La torería
de Antonio de Hoyos y Vinent
Capítulo II

Capítulo II

-¡Cocherito, para!

Los jamelgos escalaban fatigosamente la cuesta de San Vicente en lamentable exhibición de osamentas que amenazaban traspasar la pelada piel, y a su tardo paso, los desvencijados armatostes, coches por mal nombre, que arrastraban tras sí, se bamboleaban, crujían, se inclinaban de modo sospechoso, amenazando dar en tierra con su alegre carga. Dentro, amontonados en los duros y estrechos asientos, los excursionistas reían, gritaban y cantaban en escandalosa algarabía que profanaba procaz el majestuoso silencio de la noche.

Ocupaban el primer vehículo «el Lucero», que, reclinado en el fondo, se envolvía en silenciosa displicencia; Rosita, triste por el reflejo de la tristeza de su amante; «Morenito», locuaz y jaranero, y la «Patro», que, un si es o no bebida, no paraba de decir ternezas al «Peque», encaramado, a falta de sitio mejor, en el pescante. En el segundo, además de la «Visajes» y «el Huesca», que decididamente se entendían, como con harta claridad hacía sospechar su empalagoso besuqueo, iban don Saturnino, un «aficionao», gordo, bromista, un poco ridículo con su leontina de oro y su pequeño hongo café caído sobre la ceja izquierda, rico (relativamente a sus aspiraciones), antiguo jugador de ventaja, furibundo apasionado de las corridas, de las que no perdía una, y donde lo mejor que llamaba al presidente -a poco que se apartase de las leyes, para él sagradas como un decálogo, del arte supremo del toreo- era «¡morral!» o «¡ladrón!», gran conocedor de ganaderías y protector de diestros, a quienes trataba con una mezcla de admiración y superioridad condescendiente que le dictaba su «don» sobre los nombres a secas de los «chicos»; la «Ricitos», una nena de grandes ojos azules, ingenuos y candorosos y carita de vicio, encaramada sobre sus rodillas, y «el Chulo de la raya», que se les había incorporado al pasar por la estación.

De pie, y ya parados los coches, «Morenito» interpeló a gritos a los del otro simón:

-Bueno, vosotros, ¿«aónde» vamos?

Don Saturnino dio la respuesta.

-¡Adónde hemos de ir! ¡A casa de la Manola!

Rosita saltó como si le hubiesen puesto un par de banderillas de fuego.

-Yo no voy.

-Mujer, ¿qué te importa, si va ése contigo? -intervino conciliadora la «Patro».

-¡Que no!, ¡que no! y ¡que no! ¡Pues hombre, hasta ahí podíamos llegar!...

Todos trataron de convencerla, pero fue inútil. Se había puesto terca y no había quien la llevase a razón.

-«¡Dejarla!» ¡Si ya se sabe que es el aguafiestas! ¡Si con ella no se puede ir a ninguna parte! -dejó caer «el Lucero», hasta entonces sumido en su indiferencia. Y encarándose con ella: -Mira, si quieres, vienes; y si no, te quedas, porque nosotros vamos.

-Además -apoyó don Saturnino-, Julito ha dicho que iría allí a buscarnos con la francesa del Trianón Palace.

-Maldito sea ese tío y «toa» su casta -fulminó Rosita.

Y «el Lucero» sin hacer caso:

-¡Arrea, cochero! A casa de la Manola-. Y, rumiando, malhumorado: -¡Pues, hombre, estamos lucidos!

Se sentía brutal sin saber por qué. Desde aquella tarde, desde la reaparición de la bella imagen que iluminó un instante su vida con un sueño de gloria y amor, sentía nacer en él un odio inconsciente, irrazonado por los que le rodeaban en su fracaso: por aquellos «chulos aburridos», por aquellas «mujerzuelas» a merced de todos, y hasta por Rosita, la sin par, la celeste Rosita, su alentadora, su consuelo y sostén. ¡Qué fea, qué vulgar y tonta la veía junto a la bella amazona que se cruzara en su camino!

La víctima, caída en el fondo del coche, lloraba silenciosamente, sin hacer caso de los consuelos que trataban de verter sobre su oprimido corazón; lloraba, sumida en asombro doloroso, ante la primera brutalidad, ante la crueldad presentida por la tarde al paso del espléndido tren.

Y sentía la cuitada alzarse un odio inmenso en su alma contra aquella duquesa y aquel elegante, contra Tina Rosalba y Julito Calabres, a quienes hasta entonces no conociera, pero de quienes oía hablar constantemente en perpetuo narrar de extraordinarias e indecorosas aventuras; contra aquellos frívolos y extraños personajes que vivían rodeados de una leyenda capaz de avergonzar a una persona honrada, pero que ellos cultivaban con amor, como un «chic» más de su turbulento vivir, y recordaba involuntariamente las historias en que Tina Rosalba, enigmática, sin saberse a ciencia cierta si era una viciosa o una estrafalaria ansiosa de llamar la atención, apareciera tratando de emular a la clásica duquesa Francisca de Alba que amara Goya, nuestro señor, y en que Julito, vestido de frac y cubierto de brillantes, rodaba a las altas horas de la noche por temerosos antros rodeado de gentes maleantes.

El coche, tras de cruzar la plaza de Oriente y la calle Mayor, había enfilado la del Sacramento, camino de la calle del Grafal, y rodaba con gran estrépito por los tortuosos callejones empedrados de puntiagudos guijarros. Llegaban. A la puerta la Lolita, con roja bata de rico percal, esperaba a los oficiantes del culto venusino para hacerles los honores del templo e iniciarles en los encantos del pagano paraíso. Sobradamente conocía a los recién llegados, y así, gratamente sorprendida en el aburrimiento de su larga espera, prorrumpió en exclamaciones entusiastas:

-¡Vaya lo bueno que se viene por aquí! Pasen, pasen, que ama Manola se alegrará. Arriba para con don Julito una francesona; en el comedor están la «Bilbaína» y la «Sorbitos».

Refociláronse con tan gratas nuevas los juerguistas y, tras obsequiar a la cancerbera con algún amable achuchón, cruzaron el comedor y coláronse por sucia escalerilla.

Vulgar, poco más o menos la sala de todas las mancebías, ofrecía la de la Manola el más peregrino fondo que un pintor de decadencia a caza de contrastes monstruosos podía soñar al extraño mundo allí congregado. Cubría las paredes papel gris perla que hacía destacarse algunos hórridos cromos sensuales-amatorios. Eran éstos una mora en lánguida postura, mostrando entre los descompuestos ropajes morbideces que seguramente harían nacer en los clientes del establecimiento esperanzas pronto defraudadas por aquellas señoras; una pareja bogando en lancha, cautivos de ternísimo deliquio, bajo la mirada satisfecha de un Cupido mofletudo y congestionado; un bodegón con sandías y melones -no se ha averiguado aún qué secreta conexión halló el decorador entre aquellos frutos y el amor (tal vez era un «civilizado» y pensó en las extrañas perversidades de la «Dame de Beauté» de «monsieur de Bougrelon»)- y una pareja Luis XV besándose en un jardín. El testero principal ocupábalo el espejo, envuelto en gasa verde y enriquecido por multitud de tarjetas de comercios. Cortinas de reps rojo cubrían puertas y ventanas, y una sillería de imitación de palosanto, forrada de la misma tela, brindaba, a más de unos divanes, sus cómodos asientos a los tertulios.

Bajo el espejo, extraña, imponente, casi repulsiva, con algo de ídolo indostánico o chinesco, reposaba su monstruosa humanidad la Manola. Debió ser bella en otros tiempos; pero la balumba de carnes que el buen trato y los forzados ocios habían hecho nacer, anegaba en ella toda apariencia, no ya femenina, sino humana. Bajo el pelo negro, suelto sobre la espalda (le dolía la cabeza aquella noche), la frente tersa y blanca cobijaba dos ojos castaños que serían bellos de no encogerse agobiados por la carnosa masa de las mejillas; la parte inferior del rostro desaparecía borrada por desaforada papada, que iba a descansar sobre los senos, que, a su vez, enormes, flojos como dos odres semivacíos, apenas prisioneros en una chambrilla de percal, reposaban en el vientre hinchado, hidrópico, tremendo, bajo el delantal de cuadros azules y blancos, en uno de cuyos bolsillos tintineaban con alegre campanilleo las ganancias de la noche; sus manos torpes, carnosas, de amorcillados dedos cargados de prodigiosos anillos -turquesas de palidez de cielo, rubíes sangrientos, esmeraldas misteriosas como pupilas de encantadores zafiros inquietantes en el candor de su azul-, una reposada sobre el vientre, mientras la otra llevaba a los labios de vez en cuando un pitillo de cuarenta y cinco. Y junto a ella, horrendo, con ese horror grotesco y trágico de los monstruos favoritos de antiguos reyes -enanos velazqueños, bufones inmortalizados por Antonio Moro-, compartía la gloria señoril de sofá Pedrito, su esposo y esclavo. ¿Qué le encontró la hembra aquella que supo volver locos en su día a aristócratas y toreros, a príncipes y artistas, al feo y desgarbado enanillo para elevarlo en prodigioso salto desde las humildes funciones de criado de casa pública a las gloriosas de amo? ¡Vaya usted a saber! Bajo, muy bajo, enclenque, manco y bizco, sucio y torpe, vivía junto a ella con derecho a ensuciarlo todo, a estropearlo todo como esas bestezudas mimadas de estrafalarias solteronas. Y allí, esclavo de ella, dueño y señor de las niñas, que le respetaban, halagado por sus iguales y aun atendido por los concurrentes a la tertulia cotidiana, vivía feliz. ¡Y qué tertulia!

En una butaca, dejando ver por el gabán entreabierto la albura de la bordada pechera, en que nacaraba su claridad de aurora gruesa perla, Julito Calabrés contaba historias de extrañas aberraciones modernas y tenía ahora patitiesos a sus auditores después de haberles dejado turulatos con las evocaciones antiguas -Parsifae de Creta, Calimante y su buena amiga la baronesa de Casa Vieja-, mientras con exquisita afectación accionaba atusándose la pequeña melena con las manos finas, blancas, femeniles, en que lucía un ágata prodigiosa de lechosa claridad.

Frente por frente, envuelta en gasas y encajes, que dejaban ver sobre la nieve del escote el relieve de un hilo de gotas de rocío (vulgo brillantes), cobijada por un sombrero inverosímil agobiado de negras plumas, se destacaba la más ideal muñeca que puede soñarse en la frágil persona de «Diane D'Anvers». Eso era la francesa: una muñeca fría, rígida. Muy blanca, con blancura de nardo, lucían en su rostro menudo dos ojos enormes, serenos, de porcelana azul, y una boca de coral pequeña y admirable de trazo. Y había en toda su persona una inmovilidad macabra de figura de cera; sólo en el fondo de sus pupilas brillaba una lucecita siniestra de lujuria, y en la comisura de sus labios había un rictus cruel de animal carnívoro.

En un rincón un cabo de artillería en traje de faena se retorcía pedantescamente el fino bigote, dejándose adorar por Cirila, «la de la casa de empréstamos», que lo tenía a qué quieres boca, mientras lord Ewards (un amigo de Julito) hablaba con Petra la «Jerezana» y su chulo «el Cuchillada», un tío peligroso que contestaba a las chapurreadas preguntas del inglés con luminosas explicaciones sobre el difícil arte de «afanar» y el no menos noble de dar «mulé», y un poco apartado, Alberto Guacani, el poeta excelso, desfallecía murmurando un soneto de «Verlaine».

Al ver entrar a los recién venidos, la dueña y señora del harén tuvo sentidas exclamaciones de júbilo; no se movió de su asiento, porque semejante esfuerzo no entraba en sus mandamientos de urbanidad, pero ordenó, eso sí, que cerrasen ya y se subieran las «niñas». Ella no era ninguna tirana, y en cuanto «hacía» los veinte duros diarios, portazo, para dar descanso a aquellas en sus peliagudas faenas. Al fin y al cabo eran también hijas (aunque descarriadas) de Dios.

Como los asientos fuesen escasos para tan numerosa concurrencia, acomodáronse como pudieron, y señora que no encontró lugar de descanso, hallolo muelle y regalado en las rodillas de algún caballero.

Mientras las damas se instalaban, «Morenito», poseído de sus altas funciones de introductor, presentó «el Lucero» a Julito.

-«El Lucero», un amigo...

El elegante le tendió la mano.

-Tengo mucho gusto; hace días que quería conocerle. Además, hoy me han hablado de usted toda la tarde: ¡un héroe!

Cortado por el elogio, el torero sonreía.

-Yo también lo conocía de vista.

Sentábanse todos. Por orden de Calabrés habían subido Montilla y pasteles, y aquellas damas y sus caballeros hacían honor al agasajo hincando el diente con fruición a las hiperbólicas pastas enriquecidas de sospechosas cremas. «Diane» se había sentado junto al «Lucero», y en sus ojos de porcelana, fijos en él, brillaba una chispa de ansia amorosa, mientras que de vez en cuando, asomando entre los labios la lengua roja y fina, los humedecía con gesto goloso de gata. En tanto la francesa «camelaba» al torero, don Saturnino emprendía valerosamente la conquista de Rosita, instalada a su vera.

Entraron las niñas en lamentable teoría de vestales. Primero Lolita la «Madrileña», con su bata roja y su cara enharinada; después la «Sorbitos», insolente en el respingado de su nariz y las precoces arrugas de su marchita cara de histrionisa; tras ella la «Bilbaína», de cabeza caballar y amplias posaderas de vaca, que hacían aullar de entusiasmo a los carreteros y otras conquistas de la cercana calle de Toledo, y por fin, Rosalinda, pálida y exangüe, oliendo a brea y fenol, dejándose morir en lenta agonía que hacía de marfil sus pobres mejillas y hundía en azulados abismos sus ojos tristes de tísica.

Don Saturnino se había ido entusiasmando con su conquista, y Rosita, que en los comienzos le dejó hacer, para dar celos al «Lucero», comenzaba a cansarse del juego, e impaciente, aburrida, se revolvía a un lado y otro con esa nerviosidad inquieta que precede al drama, con gran júbilo de Julito, a quien tales cosas encantaban. Mientras, lo de la francesa y el torero iba viento en popa; cada vez estaban más cerca y cada vez sus ojos se acariciaban con mayor insistencia; y eran rozamientos, choques de rodilla, súbitos enlaces de las manos que se encontraban en un ademán rematado con tierna presión.

Los demás no se ocupaban de tales menudencias entretenidos en sus juegos; la «Patro», medio borracha, se revolcaba de risa, prisionera entre «el Peque» y «Morenito»; la «Visajes» había llegado a la cima de su amor por «el Huesca», a quien se lo manifestaba de modo harto expresivo; Calabrés compartía su atención entre Rosalinda, a quien daba consejos estéticos, y la escena de las dos parejas; las «niñas» jugueteaban, como ninfas caprichosas, con «el Chulo de la raya», e inmóvil, sonriente como deidad propicia, la «Manola» presidía desde su alto trono la saturnal.

De pronto, «Diane», con un gesto espléndido de reina apasionada, se quitó una sortija de brillantes y rubíes que lucía en una de sus manos, cargada de joyas como la de bizantino icono, y se la colocó en el anular al «Lucero». Rosita rebotó de rabia, pero con supremo esfuerzo se contuvo aún. La otra se puso en pie y, cerrando con un gesto teatral el flotante abrigo, se encaró con Julito y le habló en francés. Tomó él la palabra.

-«Diane» ha pasado un rato delicioso, pero está un poco cansada y se va. -Y encarándose con el torero advirtió:- Tú la acompañas.

-¡Que la acompañe el Nuncio! -bramó la querida, ciega de ira.

Trataron de convencerla de la imposibilidad de que el representante de Su Santidad acompañase a una cupletista a las altas horas de la noche. ¿Por qué se enfadaba? ¿Tenía algo de particular que «el Lucero» diese guardia a una señora hasta su casa? ¡Qué tontería! ¡Era ridículo ponerse así! ¡Ni que lo fuese a comer!

Todos rivalizaban en oficiosidad para convencerla, pero ella no se dio a partido.

-¡Os digo que no va!, ¿sabéis?; ¡porque a la hija de mi madre no se le ríe nadie en las narices, y menos una franchuta que parece una muñeca de las que dicen «papá» y «mamá»!

Julito intervino:

-¡Mujer, no seas bestia!

-¡Malos «mengues» te lleven a ti y a todos los de tu pijotera casta!; ¡vosotros tenéis la culpa de «muchismas» desgracias!

El elegante rió guasón.

-«Jetatura».

-¡Narices! -saltó furiosa-. ¡Lo que te digo es que no va, que no, vamos, que no!

«El Lucero» tuvo un gesto magnífico de desdén:

-¡Haré lo que me dé la gana!

-¡Ah!, ¿sí? ¿De veras? -escupió encarándose con él ahora, presa en sorda furia-. ¡Pues yo te digo que no vas!

La miró de arriba abajo desdeñoso y frío.

-¿Oye, niña, en qué «mercao m'as comprao»?

-En ninguno, pero eres mi novio y no vas.

-¡Voy!

-¡No!

-¡Que sí! -y dio un paso.

Ella se interpuso.

-Habremos «acabao».

Fue canalla:

-¡Mejor! ¡«Pa» lo que me das!

Sintió ella toda la crudeza del ultraje y vaciló; su furor fundiose en lágrimas y dejose caer en una silla sollozante. Entre hipos reprochó:

-Te doy «too» lo que tengo.

Siguió inabordable:

-Así echo yo este pelo...

-Me daré a la vida y así ganaré más -gimió entre suspiros.

Julito no pudo menos de aplaudir tan prudente resolución y bromeó:

-Te haré «reclame».

«El Lucero», altivo, desdeñoso, se dirigió a la puerta con la francesa, y tras un «¡aliviarse!» salió. La abandonada siguió llorando. Don Saturnino se sentó junto a ella y empezó la tarea de consolarla, paternal como un viejo patriarca que hiciese olvidar a una esclava la partida del amado. Poco a poco el temporal amainó, y entre los celajes de lágrimas se abrió paso el rayo de sol de una sonrisa. Julito rió irónico:

-¡Dido olvida a Eneas!