La señorita Bisturí

El spleen de París (1935)
de Charles Baudelaire
traducción de Enrique Díez Canedo
La señorita Bisturí
Nota: Poema número 47 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).

Cuando llegaba yo al extremo del arrabal, a los destellos del gas sentí que un brazo se escurría suavemente por debajo del mío, y oí una voz que al oído me decía:

-Es usted médico, ¿verdad?

Miré; era una chica alta, robusta, de ojos muy abiertos, con ligero afeite; sus cabellos flotaban al viento, como las cintas de su gorra.

-No, no soy médico. Déjeme pasar.

-Sí. Usted es médico. Se lo conozco. Venga a mi casa. Quedará contento de mí. ¡Ande!

-Sí, sí; ya iré a verla, pero más tarde, después del médico. ¡Qué diablo!...

-¡Ah, ah! -lanzó, sin soltar mi brazo, con una carcajada-. Es usted un médico bromista; he conocido varios por el estilo. Venga.

Me gusta con pasión el misterio, porque siempre tuve la esperanza de aclararlo. Así, pues, me dejé arrastrar por la compañera, o más bien, por aquel enigma inesperado.

Omito la descripción del tugurio; la podrían encontrar en varios conocidísimos poetas franceses. Sólo -detalle que no advirtió Regnier- dos o tres retratos de doctores célebres estaban colgados de la pared.

¡Qué mimos recibí! Buen fuego, vino caliente, cigarros; y al ofrecerme aquellas cosas tan buenas, mientras ella encendía también un cigarro, la chistosa criatura me decía:

-Figúrese usted que está en su casa, amigo mío; póngase cómodo. Así recordará el hospital y los buenos tiempos de la juventud. ¡Anda! ¿De dónde ha sacado estas canas? No estaba usted así, no hará mucho todavía, cuando era interno de L... Recuerdo que en las operaciones graves usted me asistía. ¡Aquél era un hombre amigo de cortar, de sajar y raspar! Usted le iba dando los instrumentos, las hilas y las esponjas. ¡Y con qué orgullo decía, una vez hecha la operación, mirando el reloj de bolsillo: «¡Cinco minutos, señores!» ¡Oh! Yo voy por todas partes. Ya conozco yo a todos esos caballeros.

Algunos instantes después, tuteándome, volvía a su estribillo y me decía:

-Eres médico. ¿Verdad, gatito mío?

Aquella muletilla ininteligible me hizo ponerme en pie de un brinco.

-¡No! -grité furioso.

-Pues serás cirujano...

-¡No, no! Como no sea para cortarte la cabeza...

-Espera -continuó-. Vas a ver.

Y de un armario sacó un legajo de papeles, que no era sino una colección de retratos de los médicos ilustres de entonces, litografiados por Maurin, que muchos años he visto expuesta en el Quai Voltaire.

-Mira. ¿Reconoces a éste?

-Sí; es X. Además, tiene el nombre debajo; pero lo conozco personalmente.

-¡Ya decía yo! Mira. Aquí está Z, el que decía en clase, hablando de X: «Ese monstruo, que lleva en la cara lo negro de su alma.» ¡Y todo porque no era de su opinión en cierto asunto! ¡Qué risa levantaba todo esto en la escuela por aquel entonces! ¿Te acuerdas? Mira: éste es K, el que denunciaba al Gobierno a los insurrectos que curaba en el hospital. Eran tiempos de motines. ¿Cómo podrá tener tan poco corazón un hombre tan guapo? Aquí tienes ahora a W, un médico inglés famoso; lo pesqué cuando vino a París. Parece una señorita, ¿verdad?

Y, corno yo tocase un paquete atado con un bramante que había sobre el velador:

-Espera un poco -dijo-, éstos son los internos, y los del paquete, los externos.

Desplegó en forma de abanico un montón de fotografías que representaban caras más jóvenes.

-Cuando nos volvamos a ver, me darás tu retrato, ¿verdad, querido?

-Pero -le dije, siguiendo yo a mi vez con mi idea fija-, ¿por qué crees que soy médico?

-¡Eres tan simpático y tan bueno con las mujeres!

-¡Lógica singular! -dije para mis adentros.

-¡Oh, no suelo engañarme! He conocido muchísimos. Tanto me gustan esos caballeros que, aun sin estar enferma, voy a verlos muchas veces nada más que por verlos. Hay quien me dice fríamente: «¡Usted no tiene enfermedad ninguna!» Pero otros hay que me comprenden, porque les hago gestos.

-¿Y cuando no te comprenden?...

-¡Hombre! Como les he molestado inútilmente, es dejo diez francos encima de la chimenea. ¡Son tan buenos y tan cariñosos esos hombres! He descubierto en la Pitié un chico interno, bonito como un ángel, y ¡tan bien educado! ¡Lo que trabaja el pobre chico! Sus compañeros me han dicho que no tiene un cuarto, porque sus padres son pobres y no pueden enviarle nada. Eso me ha dado confianza. Después de todo, bastante guapa ya soy, aunque no demasiado joven. Le he dicho: «Ven a verme, ven a verme a menudo. Y por mí no te apures; yo no necesito dinero.» Pero ya comprenderás que se lo he dado a entender con muchos miramientos; no se lo dije así, en crudo; ¡tenía tanto miedo de humillarle al pobrecillo! Pues bueno, ¿creerás que tengo un capricho tonto y que no me atrevo a decírselo? ¡Quisiera que viniese a verme con el estuche y el delantal, hasta un poco manchado de sangre!...

Lo dijo en tono muy cándido, como un hombre sensible diría a una cómica de la que estuviese enamorado: «Quiero verla vestida con el traje que saca en ese famoso papel que ha creado.»

Siguiendo en mi obstinación, continué:

-¿Puedes acordarte de la época y de la ocasión en que ha nacido en ti esa pasión tan especial?

Difícilmente conseguí que me entendiera, pero lo logré al cabo. Solo que entonces me contestó con aire tristísimo, y, si no recuerdo mal, hasta apartando de mí los ojos:

-No sé..., no me acuerdo...

¿Qué rarezas no encuentra uno en una gran ciudad, cuando sabe andar por ella y mirar? En la vida, los monstruos inocentes pululan. ¡Señor, Dios mío! ¡Vos, el Creador; Vos, el Maestro; Vos, que hicisteis la ley y la libertad; Vos, el Soberano que deja hacer; Vos, el Juez que perdona; Vos, que estáis lleno de motivos y de causas, y que habéis puesto acaso en mi espíritu el gusto por el horror para convertir mi corazón, como la salud en la punta de una cuchilla; Señor, apiadaos, apiadaos de los locos y de las locas! ¡Oh, Creador! ¿Pueden existir monstruos ante los ojos de Aquel que sólo sabe por qué existen, cómo se han hecho y cómo hubieran podido no hacerse?