La prudencia en la mujer/Acto II

Acto I
La prudencia en la mujer
de Tirso de Molina
Acto II

Acto II

En el Palacio Real de León.


DON JUAN, ISMAEL.

  

DON JUAN:

De reinar tengo esperanza
con traidora o fiel acción;
mas no juzgo por traición
la que una corona alcanza.
Reine yo, Ismael, por ti,
y venga lo que viniere.

ISMAEL:

Si el niño Fernando muere,
cuya vida estriba en mí,
no hay quien te haga competencia.

DON JUAN:

De viruelas malo está;
fácil de cumplir será
mi deseo, si a tu ciencia
juntas el mucho provecho
que de hacer lo que te pido,
se te sigue.

ISMAEL:

Agradecido
a tu real y noble pecho
quiero ser, porque esperanza
tengo que en viéndote rey,
has de amparar nuestra ley.
Y en ella nuestra venganza,
y si palabra me das
en viéndote rey, de hacer
mi nación ennoblecer,
y que podamos de hoy más
tener cargos generosos,
entrar en ayuntamientos,
comprar varas, regimientos
y otros títulos honrosos;
quitándole al Rey la vida,
te pondrás corona hoy.
Su protomédico soy;
la muerte llevo escondida
en este término breve;
 (Saca un vaso de plata.)
conque si te satisfago,
diré que el Rey en un trago
su reino y muerte se bebe.
A un sueño mortal provoca,
donde con facilidad,
de la sombra a la verdad
y al corazón de la boca
viendo el veneno correr,
llamar, de la muerte puedes
los médicos, Ganimedes,
pues que la dan a beber.


DON JUAN:

Ismael, no pongas duda
que si por ti rey me veo,
satisfaré tu deseo,
y medrarás con mi ayuda.
Los de tu nación serán
de ilustre y famoso nombre;
haréte mi ricohombre;
tu privanza envidiarán
cuantos desprecian tu vida.
Enferma Castilla está;
pues su médico eres ya,
purga con esa bebida
la enfermedad que la daña.
Su cabeza es un infante
pequeño, siendo gigante
su cuerpo el mayor de España.
Monstruosidad es que intente
un cuerpo de tal grandeza
tener tan chica cabeza,
y que el gobierno imprudente
de una mujer, el valor
regir de Castilla quiera.
Púrgala, por que no muera
deste pestilente humor;
que yo con premios y honores
la cura te pagaré.


ISMAEL:

Haciéndote rey, daré
a Castilla defensores
que del loco frenesí
de una mujer la aseguren,
por más que ingratos procuren
ir, Infante, contra ti.
Vete con Dios; que aquí llevo
tu ventura recetada.

DON JUAN:

Una traición coronada
no afrenta. El proverbio apruebo
de César, cuya ambición
es bastante a autorizar
mi intento, pues por reinar
lícita es cualquier traición.

  (Vase.)


ISMAEL.
  

ISMAEL:

Pues honra y provecho gano
en matar a un niño rey,
estima tanto mi ley
a quien da muerte a un cristiano,
¿qué dudo que no ejecuto
del infante la esperanza,
de mi nación la venganza
y destos reinos el luto?
La droga le voy a dar.
¿De qué tembláis, miedo frío?
Mas no fuera yo judío,
a no temer y temblar.
Alas pone el interés
al ánimo; mas, ¿qué importa,
si el temor las plumas corta,
y grillos pone a los pies?
Pero, ¿qué hay que recelar
cuando mi sangre acredito,
y más no siendo delito
en médicos el matar?
El niño Rey está aquí;
que beba su muerte trato.

(Al querer entrar en el aposento del REY,
repara en el retrato de la REINA,
que está sobre la puerta.)
 
Mas, ¡cielos!, ¿no es el retrato
éste de su madre? Sí.
No sin causa me acobarda
la traición que juzgo incierta,
pues puso el Rey a su puerta
su misma madre por guarda.
¡Vive Dios, que estoy temblando
de mirarla, aunque pintada!
¿No parece que enojada
muda me está amenazando?
¿No parece que en los ojos
forja rayos enemigos,
que amenazan mis castigos
y autorizan sus enojos?
No me miréis, Reina, airada.
Si Don Juan, que es vuestro primo,
y en quien estriba el arrimo
del Rey, prenda vuestra amada,
es contra su mismo rey,
¿qué mucho que yo lo sea,
viniendo de sangre hebrea,
y profesando otra ley?
No es mi traición tan culpada;
la ira vengativa.
¡Qué hiciérades a estar viva,
pues que me asombráis pintada?
Mas, ¿para qué doy lugar
a cobardes desvaríos?
Ea, recelos judíos,
pues es mi oficio matar,
muera el Rey, y hágase cierta
la dicha que me animó...

(Al querer entrar,
cae el retrato,
y tápale la puerta.)

Pero el retrato cayó,
y me ha cerrado la puerta.
Dichoso el vulgo ha llamado
al judío, Reina hermosa;
mas no hay más infeliz cosa
que un judío desdichado.
Y pues tanto yo lo he sido,
riesgo corro manifiesto,
si no huyo de aquí...

(Quiere huir por la otra puerta;
sale la REINA, detiénele y él se turba.)


La REINA, ISMAEL.
  

REINA:

¿Qué es esto?
¿De qué estáis descolorido?
Volved acá. ¿Adónde vais?
¿De qué es el desasosiego?

ISMAEL:

Volveré, señora, luego.

REINA:

Esperad. ¿De qué os turbáis?

ISMAEL:

¿Yo turbarme?

REINA:

No es por bueno.
¿Qué lleváis en ese vaso?

ISMAEL:

¿Quién? ¿Yo?

REINA:

Detened el paso.

ISMAEL:

Quien dijere que es veneno,
y que al Rey nuestro señor
no soy leal...

REINA:

¿Cómo es eso?

ISMAEL:

Que estoy turbado confieso,
pero no que soy traidor.

REINA:

Pues aquí, ¿quién os acusa?

ISMAEL:

(Aparte.)
Mi misma traición será.

REINA:

Culpado, Ismael, está
quien sin ocasión se excusa.

ISMAEL:

El Infante es el ingrato;
que yo no le satisfice;
y si el retrato lo dice,
engañárase el retrato.
Que aunque el paso me cerró,
cuando a purgar al Rey vengo,
yo, Reina, ¿qué culpa tengo
si el retrato se cayó?
Don Juan, el infante, sí;
que con aquesta bebida
me manda quitar la vida
al tierno Rey que ofendí...
Digo, que ofendió el Infante.

REINA:

En fin, vuestra turbación
confesó vuestra traición;
no paséis más adelante.
¿Es la purga de Fernando
ésa?

ISMAEL:

Gran señora, sí;
así he de decir aquí
la verdad... ¿Qué estoy dudando?
El deseo de reinar
con Don Juan tanto ha podido,
que ciego me ha persuadido
que llegue la muerte a dar
al niño Rey; y el temor
de que no me castigase
me obligó que le jurase
ser a Su Alteza traidor.
Afirméle que este vaso
iba con la purga lleno
de un instantáneo veneno;
pero no haga de ello caso
Vuestra Alteza, que es mentira
con que pretendí engañarle,
no más que por sosegarle,
y dar lugar a la ira.
Y pues del título infame
me he librado de traidor,
juzgo agora por mejor
que la purga se derrame;
que otra medicina habrá
que le haga al Rey más al caso.

(Quiere derramarla, y tiénele la REINA.)
  

REINA:

Tened la mano y el vaso.
Que pues mi Fernando está
para purgarse dispuesto,
no es bien perder la ocasión
por una falsa opinión,
que en mala fama os ha puesto.
Conozco vuestra virtud;
médico habéis siempre sido,
sabio, fiel y agradecido.
Asegurad la salud
del Rey, y vuestra inocencia,
haciendo la salva agora
a esa purga.

ISMAEL:

Gran señora,
no estoy, con vuestra licencia,
dispuesto a purgarme yo,
ni tengo la enfermedad
del rey Fernando, y su edad.

REINA:

¿Que no estáis enfermo?

ISMAEL:

No.

REINA:

No importa: vuestra virtud
desmienta agora este agravio.
En salud se sangra el sabio;
os purgaréis en salud.
Tiene muy malos humores
el reino desconcertado,
y por remedio he tomado
el purgarlo de traidores.
A vos no puede dañaros.

ISMAEL:

Es muy recia, y no osaré
tomarla, señora, en pie.

REINA:

Pues buen remedio, asentaros.

ISMAEL:

A vuestros pies me derribo.
No permitáis tal rigor.

REINA:

Bebedla; que haré, doctor,
atenacearos vivo.
El infante Don Juan es
noble, leal y cristiano,
sin resabios de tirano,
sin sospechas de interés;
de la nación más ruin
vos que el sol mira y calienta,
del mundo oprobio y afrenta,
infame judío, en fin.
¿Cuál mentirá de los dos?
¿O cómo creeré que hay ley
para no matar su rey
en quien dio muerte a su Dios?
Bebed. ¿Qué esperáis?


ISMAEL:

Señora,
si el confesar mi traición
no basta a alcanzar perdón,
baste el ser vos...

REINA:

Bebe agora,
o escoge salir mañana
desnudo, y a un carro atado
a vista del vulgo airado
y vuestra nación tirana,
por las calles y las plazas
dando a la venganza temas,
y vuestras carnes blasfemas
al fuego y a las tenazas.

ISMAEL:

Si he de morir, en efeto,
en este trance confuso,
la pública afrenta excuso
por el castigo secreto.
Quien contra su rey se atreve,
es digno de aqueste pago.
Muerte, bien os llaman trago,
pues sois purga que se bebe.
Pero las que receté
a costa de tantas vidas
en jarabes y bebidas,
con la mía pagaré.
Aunque en ser tantas advierto
que para que no me igualen,
a media gota no salen
los infinitos que he muerto.
 (Bebe.)
Ya mis espíritus truecan
el ser vital que desatan.
Si los que curando matan,
pagaran por donde pecan,
dieran menos que ganar
a los curas desde hoy.
El primer médico soy
que castiga por matar.
Ya obra el veneno fiero;
ya se rematan mis días.
¡Favor, Divino Mesías,
que vuestra venida espero!

(Vase por la puerta del fondo,
y cae muerto dentro.)


REINA:

¡Vos lleváis buena esperanza!
Su bárbara muerte es cierta.
Quiero cerrar esta puerta;
que el ocultar mi venganza
ha de importar por agora.
¡Ay, hijo del alma mía!
Aunque mataros porfía
quien no como yo os adora,
el cielo os está amparando;
mas pues sois ángel de Dios,
sed ángel de guarda vos,
de vos mismo, mi Fernando.


DON ENRIQUE, DON JUAN, BENAVIDES, DON PEDRO,
un MAYORDOMO, un MERCADER; la REINA.
  

DON ENRIQUE:

Aquí está Su Alteza.

REINA:

¡Oh primos,
ricoshombres, caballeros!

DON ENRIQUE:

A saber del Rey venimos
cómo está.

REINA:

Accidentes fieros
le afligen.

DON JUAN:

Cuando supimos
su enfermedad, con temor
de alguna desgracia extraña
nos trajo a verle el amor
que le tenemos.

REINA:

De España
sois la lealtad y el valor.
Reposando mi hijo está;
si queréis que le despierte...

DON ENRIQUE:

No, señora.

DON JUAN:

(Aparte.)
Dormirá
en los brazos de la muerte,
si el veneno obrando va;
y asentándome en su silla,
sosegaré mi ambición.

REINA:

Don Enrique de Castilla,
murió en terrible ocasión;
don Pedro Ponce en Sevilla,
y pues era adelantado
de la frontera, y sin él
desamparada ha quedado,
que supláis la falta dél,
Infante, he determinado.
Adelantado sois ya;
partid a Córdoba luego;
que el moro soberbio está
combatiendo a sangre y fuego
a Jaén.


DON ENRIQUE:

Aunque me da
Vuestra Alteza honra y provecho,
piden paga los soldados
por allá. Cóbrese un pecho
gran señora en los Estados;
que, el tesoro real deshecho,
no hay con qué poder pagallos.

REINA:

Mercaderes y pecheros
conservan, por conservallos,
al Rey y a sus caballeros,
porque no hay rey sin vasallos.
Viénenme todos con quejas
de que pobres los tenemos;
y aunque son costumbres viejas,
tanto a esquilmarlas vendremos,
que se mueran las ovejas.

DON ENRIQUE:

Pues sin dineros, señora,
los soldados no pelean.

REINA:

Ni hay tampoco huerta agora,
por más fértil que la vean
que dé fruto a cada hora.
Cada año una vez le echa;
no le pidáis cada instante;
que descansada aprovecha,
y los vasallos, Infante,
también tienen su cosecha.
Mi dote todo he gastado
defendiendo esta corona
y de mi hijo el Estado;
vendí a Cuéllar y a Escalona;
sólo Écija me ha quedado;
pero véndase también,
y páguense los fronteros.

DON ENRIQUE:

Si el venderla le está bien
a Vuestra Alteza, dineros
haré que luego me den
prestados de Andalucía,
con que sustentar un año
la frontera.

REINA:

Bien podía,
llamándome Infante, a engaño,
culpar vuestra hipocresía
y poca seguridad...

DON ENRIQUE:

Señora...

REINA:

Basta; ya estoy
cierta de vuestra lealtad.
Vuestra es Écija desde hoy;
la frontera sustentad,
y haced que vuestra partida
sea luego.

DON ENRIQUE:

Si ha de comprarla
otro...

REINA:

Ya estoy persuadida
que en nadie puedo emplearla
como en voz. Andad; no impida
vuestra ausencia la defensa
que Jaén ha menester.

DON ENRIQUE:

Beso tus pies.

 (Vase.)

La REINA, DON JUAN, BENAVIDES,
DON PEDRO, el MAYORDOMO, el MERCADER.
  

REINA:

El Rey piensa
de Aragón que no ha de haber
castigo para su ofensa.
Partid, Benavides, vos;
que si socorréis a Soria,
en dándome salud Dios,
yo os seguiré, y la vitoria
vendrá a correr por los dos.
Dineros me pediréis
con que se pague la gente.


BENAVIDES:

Mientras con villas me veis
que empeñe o venda...


REINA:

El prudente
valor mostráis que tenéis.
Rico os quiero ver y honrado;
de vuestra lealtad me fío;
no es bien que estéis empeñado.
Aunque vendí el dote mío,
joyas, Don Juan, me han quedado.
Llévense a la platería.

BENAVIDES:

Muy mal, gran señora, trata
vuestra alteza la fe mía.

REINA:

Con sólo un vaso de plata
he de quedarme este día.
Vajillas de Talavera
son limpias, y cuestan poco.
Mientras la codicia fiera
vuelve a algún vasallo loco.
 (Mira al infante DON JUAN.)
Pasaré de esta manera.
Hacedlas todas dinero,
y a Benavides lo dad,
mayordomo.

MAYORDOMO:

Voy.

BENAVIDES:

Primero
que eso Vuestra Majestad
consienta, venderme quiero.

REINA:

Nunca la prudencia yerra.
Haced esto, mayordomo;
que mientras dura la guerra,
si en platos de tierra como,
no se destruirá mi tierra.
Procurad partiros luego,
e id con Dios.

BENAVIDES:

Iré dolido,
pues tan poco a valer llego,
que aun el ser agradecido
me niegan.

REINA:

Yo no os lo niego.
Aumentad vuestro caudal;
que sois vasallo de ley,
y no me estará a mí mal,
si es depósito del Rey,
la hacienda del que es leal.

(Vanse BENAVIDES y el MAYORDOMO.)

La REINA, DON JUAN, el MERCADER.
  

REINA:

¿Falta más?

DON JUAN:

Señora, sí.
La gente de Extremadura
que da Portugal por mí,
y la frontera asegura
de su rey, me escribe aquí
que ha un año que no recibe
pagas, y la desampara;
que sin dineros no vive
el soldado.

REINA:

Es cosa clara.
Razón tiene el que os escribe.
Ya no tengo qué vender;
sólo un vaso me ha quedado
de plata para beber:
mi patrimonio he empeñado;
mas buscadme un mercader,
que sobre una sola prenda
que me queda, supla agora
esta falta con su hacienda.

MERCADER:

Cuanto yo tengo, señora,
aunque mujer e hijos venda,
está a serviros dispuesto.

REINA:

¿Sois mercader?

MERCADER:

Segoviano.
Mi hacienda os doy, no os la presto;
que vuestro valor cristiano
es bien que me obligue a esto.

REINA:

En Segovia ya yo sé
que hay mercaderes leales,
de tanto caudal y fe,
que hacen edificios reales,
como en sus templos se ve.
Y siendo esto así, no hay duda
que quien a su Dios y ley
con tanta largueza ayuda,
al servicio de su rey
y honra de su patria acuda.
No quiero yo que me deis
de gracia ninguna cosa,
pues harto me serviréis
que sobre una prenda honrosa
cuento y medio me prestéis.
Estas tocas os empeño,
 (Va a quitárselas.)
si es que estimáis el valor
que reciben de su dueño.

MERCADER:

El tesoro que hay mayor,
para tal joya es pequeño.
Gran señora, no provoque
Vuestra Alteza mi humildad,
ni su cabeza destoque;
que no es mi felicidad
digna que tal prenda toque;
porque si Segovia alcanza
que a sus tocas el respeto
perdió mi poca confianza,
por avaro e indiscreto
de mí tomará venganza.
No me afrente Vuestra Alteza
cuando puede darme ser;
que una reina, no es nobleza
que hable con un mercader,
descubierta la cabeza.


REINA:

Capitán, he leído yo,
que para pagar su gente,
cuando sin joyas se vio,
cortó la barba prudente
y a un mercader la empeñó.
Las tocas son, en efecto,
como la barba en el hombre,
de autoridad y respeto;
y así no es bien que os asombre
lo que veis, si sois discreto,
ni que murmuren las bocas
extranjeras, si lastiman
con lenguas libres y locas
a capitanes que estiman
 (Mira al infante DON JUAN.)
más sus barbas que mis tocas.
Tomad, y a mi tesorero
daréis esa cantidad.

MERCADER:

Como reliquias las quiero
guardar de la santidad
de tal reina.

La REINA, DON JUAN.
  

DON JUAN:

(Aparte.)
Alegre espero
del Rey la agradable muerte.
¿Si habrá el veneno mortal
asegurado mi suerte?
¡Oh, corona!, ¡oh trono real!
¿Cuándo tengo que poseerte?

REINA:

Primo.

DON JUAN:

Señora.

REINA:

Bien sé
que desde que os redujisteis
a vuestro rey, y volvisteis
por vuestra lealtad y fe,
a saber que algún ricohombre
a su corona aspirara,
y darle muerte intentara
a costa de un traidor nombre,
que pusiérades por él
vida y hacienda.

DON JUAN:

Es así.
 (Aparte.)
¿Si dice aquesto por mí?
Creed de mi pecho fiel,
gran señora, que prefiero
la vida, el ser y el honor
por el Rey nuestro señor.
Pero el propósito espero
a qué me habláis de esa suerte.

REINA:

Solos estamos los dos:
fiarme quiero de vos.

DON JUAN:

(Aparte.)
Angustias siento de muerte.

REINA:

Sabed que un grande, y tan grande
como vos... ¿De qué os turbáis?

DON JUAN:

Témome que ocasionáis
que algún traidor se desmande
contra mí, y descomponerme
con Vuestra Alteza procure.

REINA:

No hay contra vos quien murmure;
que el leal, seguro duerme.
Digo, pues, que un grande intenta
(y por su honra el nombre callo)
subir a rey de vasallo,
y sus culpas acrecienta.
Quisiérale reducir
por algún medio discreto,
con vos le intento escribir;
que por quererle bien vos,
mejor le reduciréis.

DON JUAN:

¿Yo bien?

REINA:

Tan bien le queréis
como a vos mismo.

DON JUAN:

Por Dios
que el corazón me ama
a mí mismo, si supiera
que en él tal traición cupiera.

REINA:

Eso, primo, es cosa clara;
que a no teneros por tal,
no os descubriera su pecho.
El mío está satisfecho
de si sois o no leal.
Aquí hay recado: escribid.

DON JUAN:

(Aparte.)
¿Qué enigmas, cielos, son éstas?
¡Ay, reino, lo que me cuestas!

REINA:

Tomad la pluma.

DON JUAN:

Decid.

REINA:

Infante.

DON JUAN:

Señora...

REINA:

Digo
que así, Infante, lo escribáis.

DON JUAN:

Si por infante empezáis,
claro está que habláis conmigo;
pues si Don Enrique no,
no hay en Castilla otro infante.
Algún privado arrogante
mi nobleza desdoró;
y mentirá el desleal
que me impute tal traición.

REINA:

¿No hay infantes de Aragón,
de Navarra y Portugal?
¿De qué escribiros servía,
estando juntos los dos?
Haced más caso de vos.

DON JUAN:

(Aparte.)
¡Qué traidor no desconfía!

(Paseándose la REINA, va dictando,
y DON JUAN escribe.)
  

REINA:

Infante: como un rey tiene
dos ángeles en su guarda,
poco en saber quién es tarda
el que a hacerle traición viene.
Vuestra ambición se refrene,
que se acabará algún día
la noble paciencia mía;
y os cortará mi aspereza
esperanzas y cabeza.
La reina Doña María.
Cerradle y dadle después.

DON JUAN:

¿A quién? Que saberlo intento.

REINA:

El que está en ese aposento
os dirá para quién es.

 (Vase.)

DON JUAN.
  

DON JUAN:

«¡El que está en ese aposento
os dirá para quién es!».
Misterios me habla, después
que matar al Rey intento.
¡Escribe el papel conmigo,
y remite a otro el decirme
para quién és! Prevenirme
intenta con el castigo.
¿Si hay aquí gente cerrada,
para matarme en secreto?
Ea, temor indiscreto,
averiguad con la espada
la verdad desta sospecha.
(Saca la espada, abre la puerta del fondo
y descubre al judío muerto,
con el vaso en la mano.)
¡Ay cielos!, mi daño es cierto.
El doctor está aquí muerto,
y la esperanza deshecha
que en su veneno estribó.
Todo la Reina lo sabe;
que en un vil pecho no cabe
el secreto: él le contó
la determinación loca
de mi intento depravado.
El veneno que ha quedado
he de aplicar a la boca.
 (Toma el vaso.)
Pagaré así mi delito,
pues que colijo de aquí
que sois, papel, para mí,
siendo un muerto el sobrescrito.
Si deste vano interés
duda vuestro pensamiento,
«El que está en este aposento,
os dirá para quién es»,
mudo dice que yo soy;
muerto está por desleal;
quien fue en la traición igual,
séalo en la muerte hoy;
que por no ver la presencia
de quien ofendí otra vez,
a un tiempo verdugo y juez
he de ser de mi sentencia.
  
(Quiere beber, sale la REINA,
y quítale el vaso.)


La REINA, DON JUAN.
  

REINA:

Primo, Infante, ¿estáis en vos?
Tened la bárbara mano.
¿Vos sois noble?, ¿vos cristiano?
Don Juan, ¿vos teméis a Dios?
¿Qué frenesí, qué locura
os mueve a desesperaros?

DON JUAN:

Si no hay para aseguraros
satisfacción más segura
si no es con que muerto quede,
quiero ponerlo por obra;
que quien mala fama cobra,
tarde restaurarla puede.

REINA:

Vos no la perdéis conmigo.
Ni aunque desleal os llame
un hebreo vil o infame,
que no vale por testigo,
le he de dar crédito yo.
Él fue quien dar muerte quiso
al Rey: tuve dello aviso,
y aunque la culpa os echó,
ni sus engaños creí,
ni a vos, Don Juan, noble primo,
menos que antes os estimo.
El papel que os escribí,
es para daros noticia
de que en cualquier yerro o falta
ve mucho, por ser tan alta,
la vara de la justicia.
Escarmentad, primo, en él,
mientras que seguro os dejo,
y si estimáis mi consejo,
guardad mucho ese papel.
Que siendo contra el honor
la traición mortal veneno,
no hay antídoto tan bueno,
Infante, como el temor.

DON JUAN:

No tengo lengua, señora,
para ensalzar al presente
la prudencia que en vos...

REINA:

Gente
viene; dejad eso agora.

DON ALONSO, y soldados que traen a DON DIEGO preso.
Detrás, DON NUÑO, DON ÁLVARO y otros caballeros.
Dichos.
  

DON ALONSO:

A los pies de Vuestra Alteza,
que leal y humilde beso,
pone labios y cabeza
Don Diego, y aunque está preso
por mí, nunca su nobleza
traicionaros pretendió.
Del Rey es deudo cercano,
amor ciego le cegó,
pretendió daros la mano
de esposo, y así buscó
en el de Aragón ayuda,
sin que en ausencia o presencia
su lealtad pusiese en duda,
ni de la justa obediencia
saliese que a tantos muda.
Perdonadle, gran señora,
porque en vuestra gracia viva.


DON DIEGO:

Yo enmendaré desde agora,
como en ella me reciba,
faltas de quien os adora.
Bástame para castigo
el venir, señora tal,
pues a la enmienda me obligo
que...

REINA:

Don Juan de Carvajal.

DON ALONSO:

Señora.

REINA:

Venid conmigo.
  
(Vanse la REINA y DON ALONSO,
dejando de rodillas a DON DIEGO.)

DON JUAN, DON DIEGO, DON NUÑO,
DON ÁLVARO, caballeros.
  

DON DIEGO:

¡Pues de esa suerte se va
sin oírme Vuestra Alteza!
¿Satisfacciones no oirá?
¿Tan falto estoy de nobleza?
¿Tan poco valor me da
la sangre real que me ampara,
que cuando estoy a sus pies,
y algún príncipe estimara
postrarse a los míos, es
aún de palabras avara?
¿Don Diego de Haro no soy?
¿A Vizcaya no poseo?
¿Tan sin parientes estoy
que no den, si lo deseo,
venganza al desprecio de hoy?
Pues, vive Dios, que ha de ver
presto Castilla si puedo...


DON JUAN:

Don Diego, callar y hacer;
que tan agraviado quedo
de que os tenga una mujer
en tan poco, que reviento
de pesar.

DON NUÑO:

Yo estoy dolido,
y aunque veis que callo, siento
que hayan los grandes venido
a tan vil abatimiento.

DON JUAN:

Y si en vosotros hubiera
ánimo como hay valor,
ricoshombres, yo os dijera
cosas que oculta el temor,
porque otra ocasión espera.

DON DIEGO:

¿De la Reina?

DON JUAN:

Aquellas tocas
blancas, honestas y bajas,
cubriendo costumbres locas,
son de la virtud mortajas;
que en las viudas siempre hay pocas.

DON DIEGO:

Aunque agraviado me veis
por la Reina, sed discreto,
y hablad, mientras aquí estéis,
con la mesura y respeto
que a Su Majestad debéis,
porque yo, Infante, me precio
de comedido y leal,
aunque siento mi desprecio.

DON JUAN:

Si la Reina fuera tal como
juzga el vulgo necio,
pusiera a la lengua tasa,
que a desdorarla se atreve.
Creed que aunque no se casa,
debajo de aquella nieve
de tocas, torpe se abrasa.

DON DIEGO:

No digáis, Infante, tal;
que es una santa la Reina,
y el que es noble no habla mal.

DON JUAN:

Si en Castilla Don Juan reina...

DON DIEGO:

¿Qué Don Juan?

DON JUAN:

De Carvajal,
desposándose con ella,
¿qué diréis?

DON DIEGO:

Que el desvarío
vuestro sentido atropella.

DON JUAN:

Aunque muerto, este judío
 (Descúbrele.)
será en mi abono y contra ella.
Al niño Rey, que está malo,
en una purga mandó
darle veneno, regalo
que el torpe amor recetó,
con que su virtud señalo.
Que como no hay fortaleza
en el reino que no esté
en su nombre (¡qué vileza!),
ni en Castilla quien no dé
por servirla la cabeza;
con fingida santidad
matando a su hijo y rey,
determina hacer verdad
que contra el reinar no hay ley,
parentesco ni amistad.
Por conjeturas saqué
esta bárbara traición,
porque de la Reina sé
la ambiciosa presunción;
y así a palacio llegué
cuando el veneno iba a dar
al Rey este vil hebreo;
y comenzando a negar,
yo que la vida deseo
de Fernando asegurar,
haciéndosele beber,
luego que llegó a los labios
el alma, vine a saber
las deslealtades y agravios
que un torpe amor puede hacer.
Confesóme todo el caso;
murió y encerréle ahí;
si de mi fe no hacéis caso,
mirad el médico aquí,
y la ponzoña en el vaso.
Dad crédito a la homicida
de su hijo, y llore España
su rey cuando esté sin vida;
veréis del modo que engaña
una santidad fingida.

DON DIEGO:

Imposible es de creer
cosa tan horrenda, Infante.
¿Tal puede una madre hacer?

DON ÁLVARO:

¿Qué no hará, si es arrogante
y ambiciosa una mujer,
por ser reina?

DON DIEGO:

Yo no creo
tal cosa.

DON JUAN:

El averiguallo
es el más seguro empleo.
Del Rey soy tío y vasallo,
y los peligros que veo
me obligan a recelar;
pero a mi quinta os convido
aquesta noche a cenar,
y el cuerdo secreto os pido
hasta que en aquel lugar
lo que importa consultemos.

DON DIEGO:

Eso me parece bien.

DON ÁLVARO:

De una mujer los extremos
no es maravilla que os den
las sospechas que tenemos.
Y pues no os mandó prender
la Reina, venid, Don Diego.

DON DIEGO:

Si verdad viniese a ser
tal traición...

DON JUAN:

Lo veréis luego.

 (Vase DON JUAN.)

DON DIEGO, DON NUÑO, DON ÁLVARO, caballeros.
  

DON DIEGO:

No lo tengo de creer.
¡Con Don Juan de Carvajal
la reina Doña María
deshonesta y desleal!

DON ÁLVARO:

Mal sabéis su hipocresía.

DON DIEGO:

¡Contra su rey natural,
contra su hijo, su fama,
su ley, su nombre, su Dios...!

DON ÁLVARO:

Es mujer, es moza, y ama;
luego, aquí para los dos,
aunque Castilla la llama
santa, en no querer casarse
con Don Juan o Don Enrique,
¿no da causa a sospecharse,
por más virtud que publique,
conde, que debe abrasarse
con el torpe amor de ese hombre?

DON NUÑO:

En una hipócrita loca,
nada, Don Diego, os asombre;
que engaña una blanca toca
y obliga un fingido nombre.

DON ÁLVARO:

¿Qué mucho haga tanto caso
y con tal privanza apoye
a un leonés de estado escaso?

La REINA. Dichos
  

REINA:

(Asomándose al tapiz.)
Mirad que la Reina os oye;
caballeros, hablad paso.
 (Vase.)

DON NUÑO:

¡La Reina!

DON DIEGO:

¿La Reina?

DON NUÑO:

Sí.

DON ÁLVARO:

Culpada está, pues consiente
y no osa volver por sí.

DON DIEGO:

Disimula, que es prudente.

DON ÁLVARO:

Vamos, Don Nuño, de aquí.

(Vanse.)

DON MELENDO, la REINA, DON ALONSO.
  

DON ALONSO:

¿Está mejor Su Alteza?

REINA:

Gloria al cielo,
de peligro salió.

DON ALONSO:

Gócele España
mil años, heredando el justo celo
de tal madre.

REINA:

Melendo de Saldaña,
¡triste venís! ¿De qué es el desconsuelo?

DON MELENDO:

Quien sirviéndoos, señora, os acompaña,
si es leal, con razón muestra tristeza
de que llegue a este extremo Vuestra Alteza.

REINA:

Pues ¿qué hay de nuevo?

DON MELENDO:

No hay en vuestra casa
con qué os dé de cenar; vendidas tengo
las prendas de la mía, que aunque escasa
se honra de ver que os sirvo y os mantengo.
No es la virtud moneda ya que pasa;
de probar amistades falsas vengo.
Prestado a mercaderes he pedido,
y con todos el crédito he perdido;
cansado, en fin, me vuelvo de rogallos.

REINA:

¡Gracias a Dios! ¡No os dé pena ninguna,
que es señal de que comen los vasallos,
Melendo noble, cuando el Rey ayuna.

DON ALONSO:

Véndanse, gran señora, mis caballos,
mi encomienda, los bienes que fortuna
me dio: mi corazón se ponga en venta;
que de lo que oye mi lealtad se afrenta.

(Hace que se va, y la REINA le detiene.)
  

REINA:

Don Juan de Carvajal...

DON ALONSO:

Si imaginara
que esto a una reina suceder podía,
la tierra como rústico cavara,
ganándoos el sustento cada día.

REINA:

Volved acá, Don Juan.

DON ALONSO:

Quién no repara
en esto, ¿qué valor...?

REINA:

Por vida mía,
Don Juan, que os soseguéis.

DON ALONSO:

No será justo
que viendo lo que veo...

REINA:

Este es mi gusto.

DON MELENDO:

Lo que me causa más enojo y pena
cuando os veo venir a tal estado,
es que el Infante a una soberbia cena,
haya a todos los grandes convidado.

REINA:

Por mí Don Juan ese banquete ordena.

DON MELENDO:

¿Por vos?

REINA:

Melendo, sí, yo le he mandado
que, para cosas del servicio mío,
los grandes junte así, de quien las fío.

DON MELENDO:

Sosiégome con eso.

REINA:

Los monteros
de Espinosa, mis guardas, con secreto
me prevenid, Don Juan, y caballeros
parientes vuestros; yo os diré a qué efeto.

DON ALONSO:

No quiero saber más que obedeceros.

REINA:

La pena refrenad, que yo os prometo
que esta noche, Melendo, a costa ajena
habemos de tener una real cena.
 
(Vanse.)

DON JUAN, DON DIEGO, DON NUÑO, DON ÁLVARO.
  

DON JUAN:

Mientras que se hace hora
de cenar entretengamos
el tiempo.

DON NUÑO:

Dados jugamos.

DON JUAN:

Dejad los dados agora;
que tienen muchos azares.

DON DIEGO:

No es pequeño el que sospecho
que ha de alborotar mi pecho,
Don Juan, mientras no repares
de la Reina la opinión,
que corre riesgo por ti.

DON JUAN:

Que el reino he librado di,
Don Diego, de una traición.

DON DIEGO:

Más difícil de creer
se me hace, cuanto más
lo pienso.

DON JUAN: ¡Terrible estás,

Don Diego! Si te hago ver
hacer la Reina favores
a Don Juan de Carvajal,
y en correspondencia igual
que él la está diciendo amores,
¿lo creerás?

DON DIEGO:

Creeré que miente
la vista; pero en tal caso
los celos en que me abraso,
si ven tal traición presente,
y de Castilla el decoro
me obligará a que os incite
que el gobierno se le quite,
y en el alcázar de Toro
esté presa.

DON JUAN:

¿A quién podremos
nombrar por gobernador,
y del niño Rey tutor?

DON NUÑO:

Si a vos, Don Juan, os tenemos,
¿qué hay que preguntar a quién?

DON JUAN:

Yo soy muy poco ambicioso.

DON DIEGO:

Don Enrique es poderoso,
y tendrá ese cargo bien.

DON JUAN: Don Enrique ha pretendido

ser rey, y si en su poder
está el reino, ha de querer
lo que hasta aquí no ha podido.

DON ÁLVARO:

Lo será Don Diego, pues,
que nadie en España ignora
quién es.

DON JUAN:

Dejemos agora
aquesto para después;
que cuando por elección
el remo en Cortes me elija,
será fuerza que lo rija,
y tuerza mi inclinación.

DON DIEGO:

(Aparte.)
Este es traidor, vivo el cielo,
y por verse rey levanta
a la Reina, cuerda y santa,
el insulto que recelo.
Aunque la vida me cueste,
lo tengo de averiguar.

DON JUAN:

(Tocan a rebato.)
Caballeros, a cenar.
Pero ¿qué alboroto es éste?

DON ÁLVARO. Dichos.
  

DON ÁLVARO:

La Reina y toda su guarda
la casa nos ha cercado.

DON JUAN:

(Aparte.)
¡Qué mucho si tienen al lado
los dos ángeles de guarda
que dijo que la dan cuenta
de aquesta nueva traición!
¿Cómo esperáis, corazón,
sin matarme, tal afrenta?

DON ALONSO, DON MELENDO, soldados.
Dichos, después la REINA.
  

DON ALONSO:

Daos a prisión, caballeros;
las espadas de las cintas
quitad.
(Quítanselas, y sale la REINA armada.)

REINA:

No se hacen las quintas
sólo para entreteneros.
Ni es bien que yo guarde fueros
a quien no guarda a mi honor
el respeto que el valor
de un vasallo a su rey debe,
y a dar crédito se atreve
ligeramente a un traidor.
¡Buena información por cierto
hizo el que agraviarme intenta,
pues por testigo os presenta
un judío, y ése muerto!
Cuando hagáis algún concierto
en palacio, es bien callar,
no os oigan; pues vino a dar
Dios, que os enseña a vivir,
dos oídos para oír,
y una lengua para hablar.
La fama de quien me acusa,
comparada con la mía,
responder por mí podría
sin otra prueba o excusa;
mas no ha de quedar confusa
con la traición, mi inocencia,
ni la calumnia y licencia
mancharán mi limpio estado.
Si la vida que os he dado
dos veces (que no debiera)
apetecéis la tercera,
infante inconsiderado:
decid, pues estáis atado
al potro de la verdad,
quién fue el que con deslealtad
quiso dar veneno al Rey,
haciendo a un hebreo sin ley
ministro de tal maldad.

DON JUAN:

Señora...

REINA:

No moriréis,
como la verdad digáis.

DON JUAN:

Si piadosa me animáis,
severa temblar me hacéis;
muerte es justo que me deis.
Yo al médico persuadí
que al Rey mi señor matase,
porque en su silla gozase
el reino que apetecí.
Después que muerto le vi,
por vos forzado a beber
el veneno, hice creer
a todos, en nuestra mengua,
cosas que no osa la lengua
memoria de ellas hacer.

REINA:

En la Mota de Medina
estaréis, Infante, preso,
hasta que os vuelva a dar seso
el furor que os desatina.

DON JUAN:

Quien a ser traidor se inclina,
tarde volverá en su acuerdo.
La libertad y honra pierdo
por mi ambicioso interés;
callar y sufrir, pues es
por la pena el loco, cuerdo.
(Llévanle.)

DON NUÑO:

Nadie, gran señora, ha dado
fe en vuestra ofensa al Infante.

REINA:

Noticia tengo bastante
de quien es o no culpado.
Pero decid: ¿cuántos son
los que en Castilla y León
reinan hoy? ¿De qué os turbáis,
cuando vuestra fe acrisolo?

DON DIEGO:

Fernando el cuarto es rey solo,
y vos, que le gobernáis.

REINA:

¿A él tan solo, en fin, le dais
nombre de rey?

DON ÁLVARO:

No sabemos
que haya otro, ni le queremos.

DON NUÑO:

Un Dios nos da nuestra ley,
y en Castilla un solo rey,
por quien fieles moriremos.

REINA:

Pues yo sé que hay en Castilla
tantos reyes, cuantos son
los grandes, cuya ambición
ocupar quiere su silla.
Si esto os causa maravilla
y deseáis que os los nombre,
decid, porque no os asombre:
¿Cuál de éstos es rey por obra;
quién las rentas reales cobra,
o quién sólo tiene el nombre?
¡No os atrevéis a decillo!
Pues no es difícil la cuenta;
que rey sin Estado y renta,
será sólo rey de anillo.
No puedo, grandes, sufrillo.
¿Qué cuentos a daros viene
el Rey a vos que os mantiene?

DON DIEGO:

A mí, tres.

DON NUÑO:

Y dos a mí.

DON ÁLVARO:

A mí, uno.

REINA:

Sacad de aquí
qué reyes Castilla tiene.
Mal podrá mi hijo reinar
sin rentas y sin poder,
pues por daros de comer,
hoy no tiene qué cenar.
Un cuerpo no puede estar
con tanto rey y cabeza;
que es contra naturaleza.
Estas me cortad agora,
Soldados.

DON ÁLVARO:

Reina...

DON NUÑO:

Señora...

DON DIEGO:

No permita Vuestra Alteza
tal rigor; yo volveré
lo que al Rey le soy en cargo.

DON ÁLVARO:

De satisfacer me encargo
lo que a su alteza usurpé.

REINA:

La vida os perdonaré
como me deis en rehenes
vuestros castillos.

DON DIEGO:

Ya tienes
por tuyos los que señales.

REINA:

Padece el reino mil males,
si al Rey le usurpáis sus bienes.
A ser vuestra convidada,
caballeros, he venido;
no os congojéis; que aunque he sido
por vosotros agraviada,
ya yo estoy desenojada,
cada cual su Estado cobre;
y para que a todos sobre,
desustanciad al Rey menos;
que no son vasallos buenos
los que a su rey tienen pobre.
Don Diego de Haro, ya veo
que por mi fama volvisteis,
cuando a Don Juan no creísteis.

DON DIEGO:

Sólo vuestra virtud creo.

REINA:

Conde os hago de Bermeo.

DON DIEGO:

No llegue el tiempo a ofender
tal valor, pues vengo a ver
en nuestro siglo terrible
lo que parece imposible,
que es prudencia en la mujer.