Elenco
​La niña de la plata​ de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto I
Acto II

Acto I

La escena es en Sevilla
Calle.
(DOROTEA y TEODORA, en un balcón.)
TEODORA:

  Por aquí dicen que pasa
el infante Don Enrique.

DOROTEA:

Pues bien es que signifique
tanto placer nuestra casa.
  Haz, por tu vida, colgar
aquel tapete de seda;
que aunque es tan pobre y no pueda
las riquezas igualar
  de tanto noble vecino,
mostrará nuestra afición.

TEODORA:

(A una esclava que está dentro de la casa.)
Cuelga, Inés, este balcón.
Pero ya dicen que vino.
  Gran música y alegría
suena en la Puerta Real.

DOROTEA:

¿Vendrá el Rey?

TEODORA:

Llévanse mal.

DOROTEA:

Pues no le aconsejaría
  que en Sevilla se quedase;
que es don Pedro muy severo.

TEODORA:

Enrique es gran caballero,
y puede ser que envidiase
  el Rey la mucha afición
que le muestran cada día
Castilla y Andalucía.

DOROTEA:

Rigurosa condición
  tiene el rey don Pedro, tía.

TEODORA:

No fuera tan riguroso,
a no vivir sospechoso;.
pero crece cada día
  el temor de sus hermanos.

DOROTEA:

Como no son de su madre,
sino de sólo su padre,
pareceránle tiranos
  de las honras que les dió
y los estados que tienen.

TEODORA:

Ya me parece que vienen.

DOROTEA:

Yo te confieso que yo
  soy aficionada a Enrique.

TEODORA:

¿Quién hay que a tanto valor
su pensamiento, su amor
y su esperanza no aplique?


Acompañamiento, el INFANTE DON ENRIQUE y el MAESTRE DE SANTIAGO, de camino;DON JUAN, gente. Dichas.
(A DON ENRIQUE.)
MAESTRE:

  ¿Qué os parece la ciudad?

DON ENRIQUE:

Una otava maravilla;
pero con decir Sevilla
se dice todo.

MAESTRE:

Es verdad.

DON ENRIQUE:

  ¿Cómo esta calle se llama?

MAESTRE:

De las Armas.

DON ENRIQUE:

Con razón;
mas pienso que de amor son,
con tanta bizarra dama;
  y son las más peligrosas,
si esta calle es de sus armas;
que más que a cien hombres de armas
temo unas manos hermosas.
  ¿Quién es la de aquel balcón?

MAESTRE:

Una dama cuya fama
décima musa la llama,
por ingenio y discreción;
  cuarta gracia, por tener
tantas, que a las tres la añaden,
porque no se persüaden
que otra mayor puede haber;
  Cleopatra por gentileza
y Venus por hermosura,
porque competir procura
con su talle y su belleza.
  En ella, en fin, se retrata
una imagen del deseo.
¿Qué sirve tanto rodeo?
Esta es la Niña de Plata
  que habréis oído en Castilla,
porque tanta perfeción
es monstruo y admiración
y grandeza de Sevilla.
  Cuando tratan de su río,
de su alcázar eminente,
de sus calles, de su puente,
de sus armas, de su brío,
  de su regalo y riqueza,
todo se acaba y remata
con que la Niña de Plata
es cifra de su grandeza.

DON ENRIQUE:

  Oí de su discreción
y gentileza en Castilla.

MAESTRE:

No hay más qué ver en Sevilla.

DON ENRIQUE:

Los dos, Maestre, al balcón
  hagamos lo que es tan justo;
que cuando de aquesta dama
no lo mandara la fama,
lo hiciera por vuestro gusto.

TEODORA:

(A DOROTEA.)
  Haz reverencia al Infante.

DOROTEA:

Guarde Dios a vuestra alteza.

DON ENRIQUE:

En viendo tanta belleza,
no hay que pasar adelante.

MAESTRE:

  No os detengáis; que después
habrá mejor ocasión;
que aguarda el Rey, y es razón
ir a besarle los pies.

(Vanse el INFANTE, el MAESTRE, acompañamiento y gente.)



DOROTEA y TEODORA, en el balcón; DON JUAN, en la calle.
DON JUAN:

  Sirena debéis de ser,
bellísima Dorotea,
pues donde hay tanto que vea,
a un rey hacéis detener.
  Ya no se puede pasar
la calle en que lo habéis sido,
sin ir atado el sentido
del oír y del mirar
  al árbol de la prudencia,
como Ulises le llevó.

DOROTEA:

Cuando hubiera sido yo
sirena de la presencia
  de un rey de tanto valor,
resultaba en vuestra gloria,
don Juan, pues que mi vitoria
hace la vuestra mayor;
  porque quien tanto rindió
a quien rinde a quien decís,
más merece, si advertís
que él es mío, y vuestra yo.

DON JUAN:

  Con licencia de Teodora,
os querría responder.

TEODORA:

Harto quisiera poner
fin a este amor desde agora,
  si no viera tan perdida
y tan loca a Dorotea;
no porque la culpa sea
de vuestro amor merecida,
  mas por ver que no ha querido
vuestro padre el Veinticuatro,
rogado una vez y cuatro
de quien sabéis que lo ha sido,
  que os caséis con mi sobrina,
pues no habiendo de ser vuestra,
la misma razón os muestra,
por más que amor desatina,
  lo que pierde nuestra casa
honor y reputación.

DON JUAN:

Su avarienta condición,
como sabéis, no me casa,
  por ser pobre Dorotea;
y preténdeme casar
donde me venga a comprar
con oro una necia y fea.
  Mas yo, que en el corazón
tengo una mina de plata
que me enriquece y me mata,
si las del alma lo son,
  estoy tan determinado,
que antes de un mes ha de ser
Dorotea mi mujer,
con el dote más honrado
  que llevan las que lo son,
que es virtud y entendimiento;
que esto que perder consiento
de vuestro honor y opinión,
  es a cuenta de la mía:
y no hay en qué reparar,
pues se viene a restarurar
de mi casamiento el día.

TEODORA:

  De vuestra parte, don Juan,
no hay más que pida el deseo.
Esto y mucho más os creo;
que de vuestra parte están
  la inclinación y el amor;
ero de un avaro viejo,
la codicia y el consejo,
más de hacienda que de honor
  Con esto me voy de aquí;
no quiero que nadie vea
que si habláis con Dorotea,
pasa delante de mí.

(Vase.)
DOROTEA:

  Don Juan, bien dice mi tía.
Ya que vuestro padre os casa,
no es justo que en esta casa,
aunque es más vuestra que mía,
  tan públicamente habléis.
Lo que es el recato os ruego:
al Alcázar vamos luego,
y allá, mi bien, me veréis;
  que yo, haciéndole a mi honor
la salva, pues es tan justo,
os quiero bien por mi gusto,
y os tendré perpetuo amor,
  que os caséis, que no os caséis,
que me olvidéis o queráis,
que aquí os estéis o que os vais,
me escribáis o me olvidéis;
  que si no sois mi marido,
no ha nacido de quien sea
en el mundo Dorotea.
Vuestra soy y vuestra he sido.

(Vase.)
DON JUAN:

  Señora, mi bien, mi luz
Fuése el sol; su noche he sido.


CHACÓN:

¡Qué bravamente ha lucido
manto y sombrero andaluz!
  Locos van los castellanos,
Sevilla, en ver tu grandeza;
blanco ha sido tu belleza
de mil pensamientos vanos,
  cual suele nuevo zaguán
verse escrito de carbón.

DON JUAN:

En tales días, Chacón,
¿los amos solos se van?

CHACÓN:

  Perdona; que me cegó
el concurso de la gente,
y un forastero valiente
que echando juncia llegó,
  con el cual palabras tuvo
de rumbo y temeridad,
entre cuya tempestad
cerca de asentarle estuve
  dos mojadas de antuvión;
mas llegó la cofradía
de la Sangre, y de la mía
templaron la tentación.
  Ahogóse finalmente
la cólera en tinto y blanco;
que anduvo medroso y franco
conmigo y la demás gente.
  Decía bien un mohino,
que estas pendencias habladas
eran castañas asadas,
que todas paran en vino.

DON JUAN:

  ¡Quién estuviera de humor
para oír tus valentías!

CHACÓN:

¿Qué tenemos?

DON JUAN:

Estos días
anda como loco amor.

CHACÓN:

  Como demonio, dirás;
porque el día que se suelta,
no ay libertad tan resucita,
que no se le rinda más.
  ¿Han venido aquestos celos
de Castilla, por ventura?

DON JUAN:

Bien pudiera la hermosura,
admiración de los cielos,
  dárselos al mismo sol.
No son celos, es desdén.

CHACÓN:

Luego ¿no te quieren bien?
Melindre, a fe de español.
  Pero sángraste en salud.

DON JUAN:

Por abundancia de gusto
no me quejo; que no es justo;
mas traigo justa inquietud
  de que mude Dorotea
de intento en esta ocasión,
pues mi padre, sin razón,
le niega lo que desea,
  porque en esto ha respondido
que es pobre, aunque muy honrada.
Y aunque se muestra obligada
al amor que la he tenido,
  temo que viendo que ya
no es posible el casamiento,.
ha de mudar pensamiento.

CHACÓN:

Pues ¿qué responde?

DON JUAN:

Que está
  muy tierna y enamorada;
que siempre me ha de querer,
aunque la venga a tener,
como casada, olvidada.
  Mas como su entendimiento
es tan notable, Chacón,
creo que estas cosas son
un discreto cumplimiento.
  Cortesanos han venido,
Dorotea es celebrada,
hoy, hermosa y despejada,
contra mis celos ha sido
  retrato de su balcón:
todos la vieron, y hablaron
con los ojos, y enviaron
recados al corazón.
  Principios son de olvidar
dejarse en público ver;
que esconderse una mujer
es alta señal de amar.
  No dudes, los castellanos
por la fama han de servilla.

CHACÓN:

Mil damas tiene Sevilla,
que a tus pensamientos vanos
  pondrán entonces remedio.
Dos mil veces te he rogado
que dejes este cuidado
y que pongas tierra en medio.
  Amas una cosa que es
espíritu, entendimiento,
eco, acento, pensamiento,
serafín, donde no hay pies;
  oro sutil, si de Tíbar,
un junco, mimbre o taray,
un aljófar, un cambray,
un alfeñique, un almíbar,
  un extremo en filigrana,
un dije, un hilo de pita,
y un familiar que te incita
en un confite de mana;
  finalmente, una mujer
que llamó, por engreílla,
Niña de Plata Sevilla,
semanas, debe de haber.

CHACÓN:

  ¡Cuerpo de tal! Si quisieras
una mujer para todo,
para polvo y para lodo,
para burlas, para veras,
  destas de rúa y camino,
sin melindre, sin milagro,
que tienen su gordo y magro,
como pernil de tocino;
  mujeres que duran más
que un zapato de baqueta,
no vieras en esta seta
tus pensamientos jamás;
  que mejores son mostrencos.
Mas ya que desto te incitas,
¿no has visto en unas cajitas
unos bolitos flamencos?
  Pues así imagino yo
esas damas delicadas:
son buenas para miradas,
mas para jugadas no.
  ¡Buen bolazo, que es mohina,
pesia tal!, y estése en pie,
aunque un manchego le dé
con una bola de encina.

DON JUAN:

  ¡Ah Chacón!, ya fué mi suerte.
Si mi padre, por dinero,
no quisiere lo que quiero,
ten por segura mi muerte.
  Niña de Plata ha de ser
de mis ojos, esto es cierto.

CHACÓN:

A Dios ruegas por ser tuerto.

DON JUAN:

¿Cómo?

CHACÓN:

¿No lo echas de ver?
  Si esa niña que te mata,
quieres que en tu vista asista,
cuando uno no tiene vista,
se pone niñas de plata.

DON JUAN:

  Ven al Alcázar conmigo;
que allá me dicen que va.

CHACÓN:

Colgado y vistoso está.
Voy al Alcázar contigo.

DON JUAN:

  Pues quedo y no te alborotes,
y aquella sierpe la riña.

CHACÓN:

¡Oh, válate Dios por niña!
¡Quién la diera veinte azotes!

(Vanse.)



Jardín del Alcázar.
DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS.
DON ENRIQUE:

  Ninguno lo sabrá como don Arias.

MAESTRE:

Es caballero noble de Sevilla.

DON ARIAS:

Aunque sus maravillas sean tan varias,
ésa fuera más alta maravilla.
Las regiones remotas y contrarias,
el mar innavegable, cuya orilla
jamás áncora vió de nave nuestra,
de sus grandezas el aplauso muestra.

MAESTRE:

  No os pide Enrique que digáis las cosas
que en muchos libros no cupieran; pide
que le digáis quién fueron las hermosas
damas con quien el sol sus rayos mide.

DON ARIAS:

Las que hoy vistas de vos fueron dichosas,
con quien el cielo términos divide
y la jurisdición de nuestras vidas,
son éstas, aunque en cifras referidas:
  es la de blanco y plata doña Elena,
por quien llorar segunda Troya aguardo,
que con vestido blanco, de morena
se precia.

DON ENRIQUE:

¿Qué apellido?

DON ARIAS:

El de Fajardo.
Aquella en su hermosura Madalena,
más que en su penitencia, de oro y pardo
era Ramírez.

DON ENRIQUE:

Fuéralo si al cuello
desatara tas trenzas del cabello.

DON ARIAS:

  Doña Ángela de Vargas, de azul y oro,
tanto parece a Angélica la Bella,
que aunque no conocemos el Medoro,
mil Orlandos furiosos hay por ella.
La de lo negro con real decoro,
que era en escura noche blanca estrella,
doña Leonor del Águila; ya sabes
que el águila es la reina de las aves.
  La de pajizo, que con mil memorias
el vestido bordó de cañutillo,
dina de dulces versos y de historias,
se llama doña Brígida Carrillo;
por no tener sus conocidas glorias
principio y fin, como precioso anillo,
doña Sol de Guzmán dijo su esfera:
de tela de oro y de diamantes era.
  La de lo verde (y con razón se atreve
a lo verde su rostro) es por quien vela
desnudo amor entre su blanca nieve.

MAESTRE:

Su nombre di.

DON ARIAS:

Doña Casilda Vela.
De grande ingenio y de estatura breve,
vestida de color flor de canela,
estaba en un balcón doña Teodora
Enríquez: no era sol; mas era aurora.
  Doña Ana Téllez carmesí vestía.
y nácar doña Juana de Arellano,
raso color de mar doña María
Núñez, y doña Laura Altamirano
de turquí, celestial, doña Mencía
de Rojas, cifra del tesoro humano:
doña Luisa Cerón morado y palmas,
cera que alumbra a amor y arde en las almas;
  doña Leonor Cabrera de leonado,
Y doña Inés de Zúñiga y Fonseca
de plata sobre raso naranjado,
que al fruto del aza[ha]r las flores trueca;
doña Francisca de Padilla y Prado,
vestida de tabí de rosa seca...
Mas va la vista en un balcón retrata
la niña celestial, Niña de Plata.

DON ENRIQUE:

  El Maestre se ríe, y por mi vida
que no sé por qué.

MAESTRE:

Malicia es ésa,
que aunque la celebráis, estáis sin vida.

DON ENRIQUE:

Que reparéis en que la vi me pesa,
alabástesla vos de entretenida,
y de que hasta la envidia la confiesa
por única entre damas de Sevilla,
décima musa, otava maravilla.

DON ARIAS:

  Cuando el Maestre, gran señor, la alabe.
puede con gran razón; que Dorotea
es la sibila de Sevilla, y sabe
cómo ha de parecernos que lo sea.
Sabe las burlas y el estilo grave;
llamáronla de plata porque crea
quien oyere este nombre, que retrata
una pieza bellísima de plata.
  Canta y compone en punto diestramente
a cinco voces.

DON ENRIQUE:

¿Y no a dos?

DON ARIAS:

No, cierto.

DON ARIAS:

Pinta como el más célebre y valiente,
danza con gala y con igual concierto,
escribe versos con tal gracia...

MAESTRE:

Tente;
que cuando en esta diferencia advierto,
que los escribe una mujer y un loco,
el arte de escribirlos tengo en poco.

DON ENRIQUE:

  Maestre, esto de hablar en consonancia
y juntar de los versos la armonía,
no es la sentencia, el arte y la elegancia
con que se adorna y viste la poesía.
Muchos la escribirán con ignorancia,
padeciendo las musas tiranía;
pero éstos no son hombres, que son monas
muertos, en fin, por parecer personas.
  Algún desvanecido pensamiento
probó a hacer versos, no acertó, y porfía,
como miró incapaz su entendimiento,
que no es entendimiento la poesía.
Si alguno la escribió sin fudamento,
no por eso llegó donde podía,
porque un órgano mismo, menos diestro
le tañe un sacristán que un gran maestro.
  No ahoga el que jamás vió las escuelas
como aquel que inventó los textos mismos.
Ni cara la mujer o el sacamuelas
que a Hipócrates no vió los aforismos.

DON ARIAS:

Señor, injustamente te desvelas.
No iguala Dorotea los abismos
del arte de escribir, no a Homero, a Horacio
escribe a uso de corte y de palacio.
  Pero entre algunas que a mirar las salas
del Alcázar vinieron, serafines
desta ciudad, aunque les faltan alas,
la Niña está, señor, en sus jardines.


DOROTEA y TEODORA, con mantos. Un escudero. Dichos.
DON ENRIQUE:

¡Oh blanca Niña, que en tu nieve igualas
aza[ha]res, azucenas y jazmines,
y el carmesí de la color hermosa
a la pura vergüenza de la rosa!
  Tu fama me robó desde Castilla
la memoria, y aquí me roba el alma.

DOROTEA:

¿Eso causa a su alteza maravilla?

DON ENRIQUE:

Alla me hirió y aquí me tiene en calma

DOROTEA:

Famosa es la Giralda de Sevilla,
la del escudo, el cáliz y la palma:
por la fama pudiera y la grandeza
su alteza enamorarse de su alteza.

DON ENRIQUE:

  Volved: ¿no pasáis de aquí?

DOROTEA:

Antes me quiero volver,
porque si yo vengo a ver,
ya no hay más de lo que vi.

DON ENRIQUE:

  Pues ¿qué es lo que a ver vinistes?

DOROTEA:

Las riquezas de allá arriba,
y aquí el jardín que cultiva
de esmeraldas y amatistes
  el cielo con mil primores,
y en vos hizo todo fin.

DON ENRIQUE:

¿Cómo?

DOROTEA:

En el talle el jardín,
y en el ingenio las flores.

DON ENRIQUE:

  ¿Hay tal niña? ¿Hay tal tesoro?
Muy necio fué quien os trata,
niña, por Niña de Plata.

DOROTEA:

¿Por qué?

DON ENRIQUE:

Porque sois de oro.

DOROTEA:

  Antes anduvo discreto;
que a haberme de oro llamado,
naciera en siglo dorado,
y fuera vieja en efeto.
  De plata fué cortesía,
porque es un siglo después.

DON ENRIQUE:

Verdad lo que dicen es,
Maestre, por vida mía.
  El ingenio es milagroso:
yo soy desde hoy su galán.

DOROTEA:

Mirando, señor, están.

DON ENRIQUE:

¿Es por dicha algún celoso?

DOROTEA:

  No tengo a quien dar enojos;
mas como con pocos trata,
oigo decir que la plata
la codician muchos ojos.
  Vuestra alteza dé licencia,
porque a alguno no le sobre,
que vuelva mi plata en cobre.

DON ENRIQUE:

Como vos me deis paciencia...

DOROTEA:

¿Para qué?

DON ENRIQUE:

  Para sufrilla.

DOROTEA:

Luego ¿ya sois mi galán?
¡Ay Jesús!, ¿y qué dirán
las señoras de Sevilla?
  Vamos, tía; que el Infante
habla de recién venido.

TEODORA:

(Aparte a DOROTEA.)
Discreción hubiera sido
que pasaras adelante.

(Vanse las dos.)



DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS, el ESCUDERO.
DON ENRIQUE:

(Al ESCUDERO.)
  Una palabra, buen viejo.

ESCUDERO:

Buena vuestra vida sea.

DON ENRIQUE:

¿Servís vos a Dorotea?
¿Sois de los de su consejo?

ESCUDERO:

  Escudero suyo soy.

DON ENRIQUE:

¿Quién la visita?

ESCUDERO:

Quisiera
que su alteza conociera
quién es la casa en que estoy.
  El sol no ha entrado ni tiene
licencia de entrar en ella.

DON ENRIQUE:

Adonde la luz es ella,
bien hace el sol si no viene.
  ¿Podréla yo visitar?
¿Querréisle dar un recado?

ESCUDERO:

No le hubiera pronunciado,
cuando me hiciera matar.

DON ENRIQUE:

  Esto habéis de hacer por mí;
que si os echare de casa,
quien a mejor lugar pasa,
medra y no pierde.

ESCUDERO:

Es ansí.

DON ENRIQUE:

  Haré al Rey que alcaide os haga
del Alcázar.

ESCUDERO:

Con portero
me contento. Mas primero
que de mí se satisfaga,
  corre peligro mi honor;
que soy muy gentil hidalgo.

DON ENRIQUE:

A todo digo que salgo.

ESCUDERO:

Pues vuestra alteza, señor,
  crea que soy Cueva, Arjona,
Méndez, López, Juárez, Fáñez,
Benavides, Santibáñez,
Córdoba, Enríquez, Cardona,
  Sánchez, Vázquez y Loyola:
cuesta en mi tierra, señor,
un dedo el papel mayor...

DON ENRIQUE:

¿Cómo?

ESCUDERO:

Por mi firma sola.

DON ENRIQUE:

  Creo que sois bien nacido,
y en la persona se os ve.

ESCUDERO:

Por desdicha el servir fué
quien pudiera ser servido.
  ¡Mal pecado!, en la Montaña
tuvo mi abuelo un casar
que le pudiera envidiar
para granja el rey de España.

MAESTRE:

  No lloréis; tornad consuelo,
como hidalgo bien nacido.
¿Sois de solar conocido?

ESCUDERO:

Zapatero fué mi abuelo.

DON ENRIQUE:

  Bien conocido solar.
(Aparte.)
(El viejo es precioso humor.)
¿Coméis bien?

ESCUDERO:

Bebo mejor.

DON ENRIQUE:

Para todo os quiero dar.
  Veis aquí cinco doblones.
Todos cinco son de a cuatro.

ESCUDERO:

Con ellos soy veinticuatro.
Oíd cinco bendiciones.
Dios os dé salud.

DON ENRIQUE:

  Muy bien.

ESCUDERO:

Siempre tengáis buena fama,
buena mesa y buena cama,
y buena mujer también.

DON ENRIQUE:

¿La tercera?

ESCUDERO:

  Plata en mano,
con las armas de Castilla.

DON ENRIQUE:

¿La cuarta?

ESCUDERO:

Casa en Sevilla.

DON ENRIQUE:

¿La quinta?

ESCUDERO:

Nieve en verano.

DON ENRIQUE:

  ¿Cuándo me vendréis a ver?;
que el Rey mi hermano ha venido.

ESCUDERO:

Mañana, y no me despido.

DON ENRIQUE:

Haréisme mucho placer;
  y la librea os daré,
que esta noche he de sacar.

ESCUDERO:

Por allá podéis pasar.

DON ENRIQUE:

¿Saldrá la Niña?

ESCUDERO:

No sé...
  Ello ¿no es encamisada?

DON ENRIQUE:

Buena, y con galas crueles.

ESCUDERO:

En oyendo cascabeles,
yo la doy por asomada.

(Vase.)



DON ENRIQUE, el MAESTRE, DON ARIAS.
MAESTRE:

  El viejo es alta figura.

DON ENRIQUE:

Entrémonos a vestir;
que ya por vernos salir
la noche el carro apresura.

MAESTRE:

  El Rey ¿estará vestido?

DON ARIAS:

De su cólera lo creo.

DON ENRIQUE:

Hoy me ha nacido un deseo.

MAESTRE:

Niño pintan a Cupido.

DON ARIAS:

  Su madre sabrá crialle.

MAESTRE:

¡Bueno vas, por vida mía!

DON ENRIQUE:

Niña, alcanzarte querría;
a correr voy a tu calle.

(Vanse.)



Habitación de DON JUAN.
(DON JUAN, CHACÓN.)
DON JUAN:

  Vísteme esa cota luego;
que es noche de regocijo.

CHACÓN:

Algún ángel te lo dijo.
De tales noches reniego.

DON JUAN:

Las noches de las desgracias
un discreto las llamó.

CHACÓN:

Al hombre que la inventa
se deben honras y gracia.
  En cayendo una cuitada
que traigo en el trato vil,
me calo las once mil.

DON JUAN:

Ella es defensa extremada;
  no hay lado, no hay aminad
más fuerte.

CHACÓN:

Yo sé, señor,
otra mejor.

DON JUAN:

¿Cuál mejor?

CHACÓN:

Un aposento.

DON JUAN:

Es verdad;
  pero habiendo de salir,
famoso amigo es un jaco.

CHACÓN:

Cuando dos azumbres saco,
puedo al diablo resistir.
  ¿Quieres espada, o estoque?

DON JUAN:

Estoque para broquel.

CHACÓN:

Hay mayor peligro en él,
como el contrario se emboque.
  Yo, si no llevo recado
para el tajo y el revés,
voy en cueros.

DON JUAN:

Ansí es,
si hubo cena y te han brindado.

CHACÓN:

  ¡Remoquetico! Ahora bien:
¿dónde ya tu valentía?

DON JUAN:

Chacón, a mi niñería
y a mi gigante desdén.

CHACÓN:

Loco estás.

DON JUAN:

  No hay en Sevilla
niña de tal perfeción.

CHACÓN:

Parece que al corazón
la echaste por zapatilla.
  Ahora bien: yo sólo debo,
que te cuadre o no te cuadre,
seguirte el humor.

DON JUAN:

¡Mi padre!


El VEINTICUATRO. Dichos.
VEINTICUATRO:

¿Adónde bueno, mancebo?

DON JUAN:

  Señor, ya lo ves, es noche
de encamisada y de luces.
Castellanos y andaluces...

VEINTICUATRO:

Y en un caballo o un coche
  ¿no salieras más seguro?

DON JUAN:

Ríñeme ya, como sueles.

VEINTICUATRO:

¡Jacos, estoques, broqueles,
y Chacón!

CHACÓN:

Su bien procuro.
  ¡Con lindos regalos vienes!

VEINTICUATRO:

Si el que yo pienso tuvieras...

CHACÓN:

¿Dónde estuviera?

VEINTICUATRO:

En galeras.

CHACÓN:

Pues ¿en qué opinión me tienes?

VEINTICUATRO:

  Del alcahuete mayor
que puso mitra en cabeza.

CHACÓN:

¿De quién?

VEINTICUATRO:

De esa buena pieza.

DON JUAN:

No tengo de quién, señor.

VEINTICUATRO:

Ya sé tus pasos.

DON JUAN:

  Advierte,
si no piensas vanos casos,
que no tengo yo en mis pasos
cosa que éste me concierte.

VEINTICUATRO:

  Eres tú muy concertado.
Ya sé dónde entras y sales.

DON JUAN:

Mis pasos son tan iguales,
que el fin es santo y honrado.

VEINTICUATRO:

  ¿Santo y honrado? Sin duda
vas a rezar a la Antigua.

DON JUAN:

Pues pregunta y averigua
si hay juego donde yo acuda,
  ni otra cosa deshonesta.
Sola una calle paseo
de una mujer, que deseo
con buen fin.

CHACÓN:

¡Linda respuesta!

VEINTICUATRO:

Es muy linda.

CHACÓN:

  Pues querer
para matrimonio santo
mujer que merece tanto,
y que ha de ser su mujer,
  ¿puédelo ningún cristiano
tener por injusta cosa?

VEINTICUATRO:

Con mujer pobre y hermosa
y bachillera, es en vano;
  porque mientras yo viviere,
don Juan no se ha de casar.

DON JUAN:

¿A qué tengo de aguardar?
¿Qué es lo que mandas que espere?
  ¿Soy doncella, que he de estar
aguardando en mi labor
a que tú tengas humor
para quererme casar?
  Si te gastara tu hacienda
con alguna mujercilla;
si anduviera por Sevilla
como caballo sin rienda;
  si tú me hubieras librado
de dos muertes o de tres;
si no pusiera los pies
menos que en lugar sagrado;
  si fuera mi desconcierto
de mil mohatras perjuras,
haciendo veinte escrituras
para cuando fueras muerto;
  o quien me las socorriera,
buscara con fingimiento
a real y medio por ciento,
y otros enredos hiciera;
  si plata acaso tomara,
el marco a como quisiera
quien el dinero me diera,
y al mismo se lo entregara;
  si te vendiera la tuya,
o hurtara joya o cadena
a mi hermana, y por tu pena
disimulara la suya;
  fuera yo el hijo querido,
anduviéraste tras mí.

VEINTICUATRO:

Todo lo que has dicho aquí,
menos lo hubiera sentido
  que casarte sin mi gusto.
Bien séo que allá se trata:
de aquesta Niña de Plata
nace todo mi disgusto.
  Si ella como el nombre fuera,
y aquellas gracias bizarras
fueran o reales o barras,
niña en mis ojos la hiciera.
  no se trate desto más.
Yo te caso con dos mil
ducados de renta.

DON JUAN:

¡Oh vil
fortuna!

VEINTICUATRO:

Con esto harás
  casi cinco mil, y aun seis.
Ésta es noche peligrosa:
no tengo por justa cosa
que en sus peligros andéis.
  Entrad; que desde el balcón
podréis ver la encamisada,
si de Holanda más delgada
las de esa niña no son.
  Ea: ¿qué me están mirando?
Entren dentro.
{{Pt|CHACÓN:|
¿Hablas de veras?

DON JUAN:

¿A qué doncella dijeras
lo que te estoy escuchando?

VEINTICUATRO:

Ea, pues.

DON JUAN:

  Obedecerte
quiero. Ya voy, ve delante.

VEINTICUATRO:

Es a tu vida importante.
(Vase.)

DON JUAN:

Más lo parece a mi muerte.
  Chacón, por el azotea
podré saltar a la casa
de don Luis; las armas pasa.
(Vase.)

CHACÓN:

Quiera Dios que por bien sea;
  que temo que por burlalle
caigamos sin resistencia,
como gatos en pendencia,
desde el tejado a la calle.
(Vase.)

Salón del Alcázar.
(DON ENRIQUE, DON ARIAS.)

DON ENRIQUE:

  No está acabado el vestido,
y el Rey, gran prisa.

DON ARIAS:

Señor,
fué poco el tiempo.

DON ENRIQUE:

El amor,
de hoy en el alma nacido,
  y de hoy en ella tan viejo
como si de un siglo fuera,
me da prisa de manera,
que me ha faltado consejo.
  El que me diste tomé,
y con industria he llamado
a su hermano.

DON ARIAS:

Has acertado.

DON ENRIQUE:

Poco, don Arias, podré,
  o tendré entrada en su casa
de aquesta niña que adoro.

DON ARIAS:

Ella es de plata, hazla de oro,
y tú verás lo que pasa.


FÉLIX, un CRIADO, dichos.

CRIADO:

  Aquí está Félix, señor,
hermano de Dorotea.

DON ENRIQUE:

Que muy bien venido sea.
(Vase el CRIADO.)
Llegad, no tengáis temor.

FÉLIX:

  ¿Quién no le ha de tener en la presencia
de un príncipe tan alto y generoso?
Con cuidado he venido, pareciéndome
cosa muy nueva que importarle pueda
el servicio de un hombre tan humilde.

DON ENRIQUE:

Félix, a mí me han dicho que en Sevilla
no hay hombre que conozca los caballos
como vos, y que en casa habéis criado
un potro que de Córdoba os trujeron,
que es excelente cosa. Yo querría
que le feriemos, esto lo primero;
y lo segundo, que con gran cuidado
ocho o diez me busquéis para Castilla.

FÉLIX:

Pienso que hay otro Félix en Sevilla;
que yo, señor, ni sé ni tengo gusto
de caballos ni potros; que muriendo
mis padres, y harto pobres por fianzas,
dejaron una hija casi en pelo
en el pesebre humilde de mi casa,
que con necesidad y honor se cría
debajo del amparo de su tía.
Otro debe de ser del nombre mío
el que tiene ese potro y que conoce
de caballos, señor; que yo sólo tengo
esto que os digo y veinte o treinta libros,
a que soy en extremo aficionado;
que un pobre en ellos halla sus jardines,
sus casas, sus caballos y sus galas.

DON ENRIQUE:

Basta; que se engañó por vuestro nombre
el que el recado os dió. Mas vuestro talle
y buen entendimiento me ha obligado,
ya que os llamaron, que de vos me sirva.
¿Es casada esa hermana?

FÉLIX:

Si lo fuera,
no estuviera, cual dije, en otro amparo.
Es doncella discreta y virtuosa;
que lo menos que tiene es ser hermosa.

DON ENRIQUE:

¿Por qué no la casáis?

FÉLIX:

Porque no tengo
lo que tan recebido tiene el mundo,
pues ya no es dote la virtud; que todo
se ha reducido a plata y a dinero;
y con poderla dar toda de plata,
no es plata de virtud la que se trata.

DON ENRIQUE:

Éstas, don Arias, son las cosas justas
a que debe acudir el justo príncipe.
¡Qué lástima, qué pena que me ha dado
el ver pobre un hidalgo tan honrado!
Quedaos en mi servicio; que yo quiero
de hoy más haceros bien y remediaros.

FÉLIX:

Tus generosos pies beso mil veces.

DON ENRIQUE:

Yo miraré el oficio que convenga
con vuestra calidad.


El CRIADO, DON ENRIQUE, DON ARIAS, DON FÉLIX.

CRIADO:

Ya está el vestido,
y lo demás que llevas, prevenido.

DON ENRIQUE:

¿Estálo el Rey?

CRIADO:

Y el Gran Maestre.

DON ENRIQUE:

Félix,
veámonos mañana.

FÉLIX:

Guarde el cielo
tus años, gran señor; que yo y mi hermana
rogaremos a Dios eternamente
que tus estados y tu vida aumente.

DON ENRIQUE:

¡Ah, sí! ¿Cómo se llama?

FÉLIX:

Dorotea.
(Vase.)

DON ARIAS:

¿Qué vas trazando?

DON ENRIQUE:

Junto materiales
para aqueste edificio de mi gusto.

DON ARIAS:

Ya el escudero y el hermano tienes.

DON ENRIQUE:

¡Ay Arias, por aquella niña ingrata
daré un gigante de la misma plata!
(Vanse.)


Sala en casa de DOROTEA.
(DOROTEA, DON JUAN, CHACÓN, INÉS.)

DOROTEA:

  ¿Cómo te has entrado aquí?

DON JUAN:

Porque hallé la puerta abierta.

DOROTEA:

¿No sabes tú que esta puerta
es para mi esposo?

DON JUAN:

Sí,
  y por eso intento yo,
como tu esposo, el ganar
puerta que me la ha de dar
adonde ninguno entró.
  No me muestres, Dorotea,
desdén, por Dios te suplico;
que si eres pobre y soy rico,
amor quiere hacer que sea
  el medio destos extremos
el casarnos, que es virtud.

DOROTEA:

Estoy con grande inquietud.

INÉS:

¡Ay señora!

DOROTEA:

¿Qué tenemos?
Tu hermano.

DOROTEA:

(A DON JUAN.)
  Tú lo has querido.
¡En qué confusión estoy!

DON JUAN:

¿Hay más de decir que soy
claramente tu marido?

DOROTEA:

  No; que aventuras mi honor
y tu vida. Aquí detrás,
mientras se vuelve, estarás;
que tiene un poco de amor,
  y es noche de luminarias.

DON JUAN:

Entra, Chacón.

CHACÓN:

A no ser
hermano...

DON JUAN:

Acaba...
(Escóndense DON JUAN y CHACÓN.)


FÉLIX, DOROTEA, INÉS.

FÉLIX:

El placer
y el seso, cosas contrarias,
  no me han de dar, Dorotea,
lugar de hablarte con él;
que caber mi dicha en él
es imposible que sea.

DOROTEA:

  ¿Hante dado algún favor,
papel, cinta, abrazo o puertas?

FÉLIX:

Mal con mi gusto conciertas;
que no es negocio de amor.

DOROTEA:

¿Pues qué?

FÉLIX:

  Por yerro, un criado
del Infante me llamó,
porque imaginó que yo
era algún Félix que ha dado
  en criar potros y hacer
estudio en caballos; fuí,
desengañéle de mí,
y dile, hermana, a entender
  que a ti sola te tenía
en mi casa, tu belleza,
tu virtud y tu pobreza;
y fué tal la dicha mía,
  que desde hoy soy su criado,
y te quiere remediar.
Yo voy, hermana, a llevar
a las fiestas mi cuidado;
  no quise verlas sin verte
y esto de paso contarte.
El parabién vengo a darte
de nuestra dichosa suerte,
  porque también me le des.
Voy por mi requiebro. Adiós;
no te acuestes; que los dos
tenemos que hablar después.
(Vase.)

DOROTEA:

  ¿Hay historia semejante?
Bien puedes salir.
(A DON JUAN, y él sale.)


DON JUAN, CHACÓN, DOROTEA, INÉS; después, gente, dentro.

DON JUAN:

De aquí
dirás mejor, o de mí,
si ya te sirve el Infante.

DOROTEA:

  ¡El Infante a mí! ¿Por qué?

DON JUAN:

En el Alcázar te habló.

DOROTEA:

Lo que mi hermano contó,
ni lo entiendo ni lo sé.

DON JUAN:

  ¡Ay Dorotea!, no es yerro,
si eres a mi amor ingrata,
imaginar que tu plata
para mí se vuelva en hierro.
¿Qué es esto?

DOROTEA:

  ¡Gracioso estáis!
Dame culpa de tu pena.

CHACÓN:

Señor, la música suena.

DON JUAN:

¡Celos príncipes me das!

INÉS:

  Señora, ¡la encamisada!
¿Los cascabeles no escuchas?

DOROTEA:

(A DON JUAN.)
Nunca de palabras muchas
fué satisfación honrada.
  En pocas digo que estoy
de esas culpas ignorante.
(Dentro ruido de cascabeles.)
(Dentro.)
Gallardo pasa el Infante.

DOROTEA:

Bien ves que a verle no voy.

DON JUAN:

  A lo que pasa en la calle
estás atenta, y no a mí.

UNA VOZ:

(Dentro.)
Dios te guarde.

OTRA:

¿Es el Rey?

OTRA:

Sí.

VOZ:

(Dentro.)
Enrique es de mejor talle.

DON JUAN:

  Ea, no estés tan inquieta;
vele a ver.

DOROTEA:

Mira, don Juan...

VOZ:

 (Dentro.)
El Maestre es muy galán.

DOROTEA:

Que aunque no soy muy discreta,
  siento tus atrevimientos.
Donde hay honra y opinión
nunca los príncipes son
para iguales casamientos.
  Yo estoy contigo, y allá
pasa la fiesta en la calle;
si tiene bueno o mal talle,
no lo habemos visto acá.
  Estima aquesta quietud.

DON JUAN:

Sí estimo; mas estoy loco.
Todo me parece poco,
y conozco tu virtud.


Un ESCUDERO, dichos.

ESCUDERO:

  ¿Con este descuido estás?

DOROTEA:

¿De qué he de tener cuidado?

ESCUDERO:

Tres reyes se han apeado
en nuestro zaguán, no más.

CHACÓN:

  Ni fueron más a Belén.

ESCUDERO:

Reyes son, si son tan buenos;
el uno es rey por lo menos,
y los otros dos también,
  pues que son sus dos hermanos,
el Maestre y don Enrique.

DON JUAN:

¿A qué quieres que lo aplique?

DOROTEA:

Deja pensamientos vanos.

ESCUDERO:

  Agua piden, y han subido
por ella.

DON JUAN:

Los mismos son.
Escóndete aquí, Chacón.

CHACÓN:

Paréceme que has venido
  a jugar al escondite.

DON JUAN:

¡Y dice que es testimonio!

CHACÓN:

Al rey don Pedro, el demonio
que le dijera venite.
(Vuelven a esconderse DON JUAN y CHACÓN.)


El REY, DON ENRIQUE y el MAESTRE, con sayos de fiesta, plumas, botas y espuelas. DOROTEA, INÉS.

REY:

  ¿Sabéis vos que nos darán
agua en esta casa?

MAESTRE:

Aquí
la pediremos.

DOROTEA:

Si a mí
vuestras altezas me dan
  título de mar de España,
daréles agua que sobre;
pero si no, soy tan pobre,
que aun agua no me acompaña.

DON ENRIQUE:

  Siéntese aquí vuestra alteza,
descanse un poco por mí.

REY:

(Aparte a DON ENRIQUE.)
¿Sabes quién es ésta?

DON ENRIQUE:

Sí.

REY:

Gran discreción, gran belleza.
  Ea, venga el agua luego.

DOROTEA:

Yo voy.

DON ENRIQUE:

Eso no.

DOROTEA:

(Al ESCUDERO.)
Escalante,
traed agua al señor Infante.
(Vase el ESCUDERO.)

DON ENRIQUE:

(Aparte a DOROTEA.)
Quedaos vos a darme fuego.

REY:

 (Aparte a él.)
  ¿Qué tiene Enrique, Maestre?

MAESTRE:

Antojos desta mujer.

REY:

¿Tan presto?

MAESTRE:

Dicen que al ver
no es menester quien le muestre
  por dónde el alma se va,
a la voluntad y al gusto.

REY:

Ella muestra algún disgusto.

MAESTRE:

Por su opinión le tendrá.

DON ENRIQUE:

  Si vuestra alteza viniera
con más espacio, me holgara
que Dorotea cantara,
y demostración hiciera
  de muchas gracias que tiene.

REY:

Eso quiere más lugar;
allá la podéis llevar
para la fiesta que viene.

DON ENRIQUE:

  ¡Qué tal será para mí!
(Vuelve el ESCUDERO con un barro de agua, y paño.)

ESCUDERO:

El agua es ésta.

REY:

¡Bizarro
gentilhombre!

MAESTRE:

¿Cómo en barro,
señora, se bebe aquí?

DOROTEA:

  Lo poco que se contrata
no da para más valor;
que en esta casa, señor,
sola yo soy la de plata.

REY:

  Brindara con vos a Enrique,
a ser vuestra boca taza.

MAESTRE:

Bien se pudiera dar traza
como a la boca se aplique.

DOROTEA:

  La traza, señor, condeno,
porque taza de mujer
sin su gusto, suele ser
sospechosa de veneno.

REY:

  ¡Bien dicho, por vida mía!
Doyle esta cadena, y doro
aquella plata con oro.

MAESTRE:

¡Qué ingenio!

DON ENRIQUE:

¡Qué bizarría!

REY:

  Por qué os llamaron, deseo
saber, en toda Sevilla,
de plata. ¿Es por maravilla
de las gracias que en vos veo?

DOROTEA:

  No, señor; mas porque he sido
de muchos solicitada;
y por estar obligada
del honor, con que he vivido,
  enfermé de pensamiento;
y temiendo que amor mata,
quise ofrecerme de plata
al templo del casamiento.

MAESTRE:

  ¡Bien, por el hábito santo
de Santiago! Yo traía
estas reliquias, que había
estimado siempre en tanto,
  que a mi hermano no las diera;
y a Dorotea las doy.

REY:

Vámonos.

DON ENRIQUE:

(Aparte.)
Confuso voy.

REY:

Pero primero quisiera
  que nos dijera esta dama
cuál le agrada de los tres
por más galán.

MAESTRE:

Justo es.

DOROTEA:

Preguntádselo a la fama.

REY:

  Vos nos lo habéis de decir.

DOROTEA:

Que me place, si es forzoso.
El galán más poderoso
para poder competir
  es el Rey; el más valiente
para de noche en la calle,
el Maestre; el que del talle
se precia más justamente
  es Enrique; y si yo fuera
digna de tanto interés,
uno que fuera los tres
para mi gusto quisiera.

REY:

¡Notable mujer!

MAESTRE:

  Famosa.

DON ENRIQUE:

Estas memorias le doy.

DOROTEA:

Pienso que obligada estoy
a decir muy vergonzosa:
  tendréla de vuestra alteza
lo que tuviere de vida.

REY:

Ella es gallarda.

MAESTRE:

Escogida.

REY:

Para de plata, ¡gran pieza!
(Vanse el REY y sus hermanos.)


DON JUAN, CHACÓN. DOROTEA, INÉS.

DON JUAN:

  Para que no digas que es
acaso ahora el venir
tres príncipes a tu casa,
salgo comenzando ansí.
Dorotea, yo te quise,
cuando mi engaño creí,
como al alma; mis intentos
ya los supiste de mí.
Pensé que mi mujer fueras;
pero viéndote servir
de reyes y de maestres...

DOROTEA:

Acábalo de decir:
infantes, otro que tale.

DON JUAN:

Bien haces; dilo por mí,
porque yo estoy de manera...

DOROTEA:

¿Mas qué vienes a decir:
«Venga, venga la muerte contra mí;
que para desdichados no es vivir»?

DON JUAN:

¿Búrlaste cuando me muero?

DOROTEA:

¿Tú te mueres?

DON JUAN:

Sí.

DOROTEA:

¿Tú?

DON JUAN:

Sí.

DOROTEA:

Muestra el pulso.

DON JUAN:

¿Tú mi mano?
¿Tú me la llegas a asir?
Daréte mil puñaladas.

DOROTEA:

¿Sin confesión?

DON JUAN:

Fuiste, en fin,
mujer.

DOROTEA:

¡Qué!, ¿pensaste que era
albahaca o toronjil?

DON JUAN:

¿Así pagas mis deseos?
Corazón, ¿esto sufrís?
Ojos, demonio se ha vuelto
quien tuve por serafín.

DOROTEA:

Las tres de la noche han dado,
corazón, ¿y no dormís?

CHACÓN:

Ea; que son muchas burlas
para quien muere por ti.
Consuélale y dile que esto
no se pudo resistir
por ser violencia de un rey,
y no te burles ansí;
que supuesto que sé yo,
de lo que fuí matachín,
que cuando amor es carnero,
celos son su perejil,
no es justo darle ocasión
a que un hombre como un Cid
llore como una doncella.

DOROTEA:

Chacón, ¿en qué le ofendí?

CHACÓN:

Háblale, acaba.

DOROTEA:

¡Ah mi bien!
Volvedme esa cara, oíd.

DON JUAN:

¿Qué tengo de oírte, fiera?
Si más me vieres aquí.
todo el cielo me persiga.
¡Conmigo trato tan vil!

DOROTEA:

¡Cómo vil! ¿Ésa es palabra,
loco don Juan, para oír
una mujer como yo?
Si tú, ni cosa por ti,
vuelve a esta casa jamás,
ni en calle, iglesia, en jardín
donde estuviere, me vieres,
yo haré...

DON JUAN:

¡Ah mi vida! Advertid
que lo dije con enojo.
Chacón, ruégala por mí.

CHACÓN:

Ea, señora...

DON JUAN:

Llega más,
llega más.

CHACÓN:

Temo un chapín.
Señora, ¡misericordia!
(Vase DOROTEA.)
Inés...

INÉS:

Haréte medir
la espalda con muchos palos.
(Vase.)

CHACÓN:

Fuése.

DON JUAN:

¡Ah fiera!

CHACÓN:

¡Ah puerco espín!

DON JUAN:

Vuélveme todas mis prendas.

CHACÓN:

Llamemos un alguacil.

DON JUAN:

¡Mi muerte, Chacón, celebras
con burlar y con reír.

CHACÓN:

¿No sabes que las mujeres
son como vidrio sutil?

DON JUAN:

¡Oh cruel Niña de Plata,
y de piedra para mí!
Pues si fueres Anajarte,
Ifis soy.

CHACÓN:

¿Eres gentil?

DON JUAN:

¡Venga la muerte, venga contra mí!;
que para desdichados no es vivir.