La mirada (Pardo Bazán)

La mirada
de Emilia Pardo Bazán


Por asuntos de la gran Sociedad industrial de que yo formaba parte, hube de ir varias veces a M***, donde nadie me conocía, y a nadie conocía yo. Durante mis breves residencias en la mejor fonda pude, desde mi ventana, admirar la hermosura de una señora que vivía en la casa de enfrente. Desde mi observatorio se registraba de modo más indiscreto su tocador, y yo veía a la bella que, instalada ante una mesa cargada de frascos y perfumadores, contemplándose en el espejo, peinaba su regia mata de pelo color caoba, complaciéndose en halagarla con el cepillo, en ahuecarla y enfoscarla alrededor de su cara pálida y perfecta. Cuando acababa de morder las ondulaciones laterales el último peinecillo de estrás, sonreía satisfecha, alisando reiteradamente, con la mano larga y primorosa, el capilar edificio. Después se pasaba por la tez, suavemente, la borla de los polvos; se pulía las cejas; se bruñía interminablemente las uñas con pasta de coral; se probaba sombreros, lazos, cinturones, piquetes de flores, encajes, que arrugaba alrededor del cuello; en suma: se consagraba largas horas a la autolatría de su beldad. Y clavado a la ventana por el incitante espectáculo, encendida la sangre a profanar así la intimidad de una mujer seductora, nacía en mí otra curiosidad, el ansia de conocer su historia, en la cual, sin duda, habría episodios pasionales, goces, penas, recuerdos...

Me estremecí, por consecuencia, al oír una noche, en la mesa redonda, que pronunciaban su nombre, que la discutían... Me alteré, como el cazador al sentir rebullir en el matorral la pieza que aguarda. Motivaba la conversación el haber dicho monsieur Lamouche, el viajante francés en joyas, que pensaba pasar a casa de la belle Madame... -aquí el apellido, que no entregaré a la publicidad- para ofrecer su stock, esperando importante venta.

-¡Ni que lo piense usted! -objetó uno de los comensales, señorito venido de un pueblo próximo a pasar el día alegremente en M***-. Conozco de sobra al marido de Tilde, que es prima mía allá... no sé por dónde..., y desde que le regaló a su mujer el aderezo de boda, se acabaron los despilfarros. ¡Sí, a buena parte! Más tacaño que las hormigas...

-¿Será -observó chapurreando, el viajante- que el esposo se entender mal con su dama, la cual es sí bonita y le trompará, allons, todo naturalmente?

-¡Ojalá! -suspiró, en chanza, el señorito-. Si a Tilde la diese por ahí, soy capaz de apuntarme en lista con el número uno, así me rompiese la crisma el dueño legal. ¡Al contrario! Tilde no ha dado jamás que decir ni esto... No niego que esté engreída con su hermosura; lo está y mucho; pero su única pasión es la compostura, el adorno. La disloca, más que hacer conquistas, que rabien las otras mujeres ante la elegancia. ¡Bah! Si en algo hubiese delinquido, aunque sólo fuese en una mirada, se sabría. En los pueblos relativamente pequeños no quedan ocultas esas cosas... Y la que entrega la mirada, lo entrega todo... Les repito a ustedes, y cualquiera se lo repetirá, que Tilde no sólo es intachable, sino glacial e inexpugnable.

Los demás comensales confirmaron el aserto del señorito.

-Entonces -insistió el francés, que no perdía de vista su negocio-, si ella ama tanto la toilette, yo traigo cosas deliciosas...

-¡Tiempo perdido! No se ablanda el cónyuge... ¡Es un sucio! ¡Tener una mujer así, y sujetarla a una mensualidad exigua para sus trapos! Merecería...

Al final de la plática, que aún se prolongó verbosamente, latíame el corazón, las arterias me zumbaban: una idea extraña acababa de ocurrírseme. El señorito y los restantes huéspedes se fueron al teatro, y solo ya con monsieur Lamouche, que gustaba de mi conversación porque hablábamos corrientemente en francés, le hice la proposición, y en vez de negarse en seco -lo que yo temía-, la aceptó y aun la celebró regocijado, haciendo en el aire además de pegarme en el vientre una palmadica.

-¡Oh! ¡Ma foi! Muy bonito, muy español está eso... ¡Como en los romances, sapristi! Sólo le pido de no comprometerme, de tener prudencia...

Conviene saber que el viajante me conocía de antiguo; me respetaba como a persona metida en altos negocios, y estaba muy hecho a distinguir la gente seria de los tramposos, en su peligroso oficio de traficante de artículos superfluos, que todos desean poseer y todos repugnan pagar. Rehusó la fianza que quise entregarle, y puso en mis manos dos cajas de zapa negra, rellenas de sus preseas mejores. Y, con las cajas bajo el brazo y el alma en un hilo, subí la escalera de la casa de Tilde, a quien, por fin, iba a ver de cerca, a solas quizá, en la misma habitación-templo de su hermosura... Sólo esto me proponía: verla, respirar su hálito de ámbar, y que acaso nuestras manos se rozasen un momento al manejar las joyas... Y me anunciaron, y, efectivamente, pasé al tocador, deslumbrado ya, mareado, febril...

Envolvía a Tilde una bata que yo conocía, de seda flexible, gris, plegada, con tanto encaje amarillento, que apenas se veía la tela. ¡De cerca era más divina aún la beldad! En su lotería se pagaban aproximaciones... No sé qué ambiente luminoso y embriagador la rodeaba; no sé qué efluvios sutiles, delicadísimos, se desprendían de su cuerpo joven, perfumado, libre y suelto como el de las estatuas helénicas dentro del amplio plegazón del ropaje... Turbado y dominando mi turbación, abrí las cajas y presenté el surtido. Salieron brazaletes y orlas, cadenas y pinjantes, lanzaderas, sartas y «perros» endiamantados, que ella cogía, tocaba, probaba, se colgaba, se ceñía, con leves chillidos y exclamaciones de placer. Todo le gustaba; mirábase al espejo, hacía jugar las manos, ensortijadas, a la luz que entraba por la ventana, la ventana indiscreta, reveladora. No me veía; yo era para ella el escaparate, lo menos que secundario, lo accesorio.

Al fin, entre diversas tentaciones, una más fuerte se clavó en su alma femenil. Un collar, de brillantes y perlas peraltadas, un antojo ya antiguo, sin duda, y cuya falta, en su estuche-joyero, la había desconsolado mil veces, fijó sus ojos, súbitamente entristecidos, y su voz se volvió opaca y tímida para preguntar:

-¿Cuánto?...

Lancé el precio -me había enterado bien-, y vi apagarse sus pupilas oscuras, lucientes de deseo y codicia. ¡No tenía dinero para la ansiada joya! Entonces, un chispazo de mi voluntad ardió en mí. No razoné: murmuré, con silbo serpentino al pie del árbol del Mal:

-Si la señora gusta del collar..., hay mil maneras... Damos toda clase de facilidades... El pago no es urgente... Una cantidad al mes, por ejemplo...

Levantó lentamente la cabeza, y por primera vez me miró. Su olfato fino, su sagacidad de Eva habituada a la adoración, percibió en mi balbuceo «algo» más allá de las cláusulas que pronunciaba. El temblor del alma se filtraba al través de las vulgares ofertas comerciales, como rezuma el agua por el búcaro. Con los ojos respondí a los suyos, que interrogaba sin querer; los puñales, buidos, crueles, de nuestro espíritu, se cruzaron en forma de ojeada larga y significativa... «No ha delinquido ni con una mirada...». «La que entrega la mirada, lo entrega todo». Recordé esta frase del señorito, y al recordarla, me deslumbró más aún aquella luz diabólica que llegaba adentro, al fondo de mi ser de hombre apasionado, caprichoso, en la plenitud de la edad... Y seguro de que al mirar de Tilde no le añadirían sentido alguno las palabras en un diccionario entero, me incliné y le tendí al mismo tiempo mis brazos y collar, abrochándolo tiránicamente a su garganta, tembloroso de enredarme los dedos en la regia mata de pelo y caoba, viva y eléctrica...

Me costó algo cara Tilde. A joya por entrevista... No obstante, jamás lloraré aquellos miles de francos, porque, al volver años después a M***, supe que la hermosa -siempre hermosa, pues parecía poseer un secreto y conservarse entre nieve- seguía pasando por mujer inexpugnable, que ni con la mirada...