La media naranja: 03

II
IV
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XI


III.

La escena representa una habitación pobremente amueblada.

Cuatro paredes blancas de yeso, un techo idem y un suelo de gastados ladrillos vienen á constituir la jaula donde, como un pajarillo, prisionero de la pobreza y con alas para cruzar el cielo, vive, piensa, medita, sueña, escribe, canta y llora el poeta Gonzalo de Aguilar y Wolf.

Una cama de hierro pintado de azul, una cómoda bastante deteriorada, una mesa de noche, coja, una percha donde hay pendiente alguna ropa, un pié de palangana, un espejo colgado, un pequeño estante de pared atestado de libros, cuatro sillas de Vitoria, un sillón con el asiento hundido y el respaldo roto, una mesa de despacho llena de libros y papeles, una fosforera y un tintero de cristal azul, hé aqui el inventario de todos los bienes raices muebles é inmuebles del literato Gonzalo.

Y sin embargo, Gonzalo es rico, inmensamente rico. Su fortuna la lleva escondida debajo de su frente, dentro de su corazón.

Si se tasaran sus muebles, apenas llegarla su precio á unos cuantos duros.

Pero si hubiera tasador capaz de valorar los inmensos pensamientos, las infinitas aspiraciones, los éxtasis, las visiones, los sueños, las esperanzas, los latidos generosos del corazón, las nobilísimas ambiciones del habitante de aquella jaula; si ese tasador leyese con detenimiento los manuscritos, fragmentos de prosa y poesía que atestan los cajones de su mesa; si leyese un tomo de sus poesías que hay sobre la mesa de noche, tan primorosamente encuadernado, que desentona con su lujo la modestia del escenario que hemos pintado; si hablase con Gonzalo y conociese á fondo sus sentimientos levantados á la altura de sus ideas, ese tasador tasarla á Gonzalo como uno de los hombres más ricos de corazón y de inteligencia; como un Creso de cualidades morales. Riqueza de corazón y de inteligencia. Valiente puñado!...

Y ¿qué quieres? lector; Gonzalo no tiene otra riqueza. Vive de su pluma y por eso es pobre, pero su talento vale un dineral. Yo te lo aseguro.

El oro andaba por los suelos entre los Indios; y no por eso dejaba de ser oro. Por una cuenta de vidrio daban los Indios un puñado de aquel oro, en tiempo de la conquista, se entiende.

El oro del entendimiento anda en España por los suelos, pero no deja de ser oro, por más que los poetas, como los Indios, vendan por una migaja de pan los puñados del oro de su corazón y de su frente.

Pero esto no es culpa nuestra, ni del lector, ni del pobre Gonzalo que trabaja como un negro para vivir como un blanco.

Cuántas veces, en medio de sus trabajos, se encarama sobre la mesa que tiene colocada delante de la elevada y pequeña ventana situada á una cuarta más alta que su estatura. Esa ventana cae sobre el jardin de un precioso palacito; desde allí Gonzalo aspira el aroma de las flores, cuando las hay, contempla el Prado, el Botánico, el Retiro, que á su vista se extienden, absorbe el soplo vivificador de la naturaleza, se empapa en la alegria de un rayo de sol, en la poesía flotante del aire azul y trasparente, y entonces, con nuevas fuerzas, vuelve á su trabajo, más animado, más consolado, y escribe con el vértigo inspirador de la desesperación y de la esperanza, que ambas antitesis caben en la extraña síntesis del alma de un poeta.

Sorprendamos á Gonzalo en la intimidad de sus soledades.

Apuesto á que el lector espera ver un poeta sucio, mugriento, raido y melenudo.

Nada de eso: las relucientes botas de charol que calzan sus pequeños pies, el bien cortado y fino pantalón claro que modela sus artísticas formas; el chaleco negro que ciñe su cuerpo esbelto y elegante; la blancura de su bien planchada camisa; el gracioso nudo de su flamante corbata de seda azul oscuro; la corta bata encarnada que tiene puesta, la fina levita y el sombrero que hay sobre la cama, todo indica que Gonzalo puede en elegancia competir con un milord, y presentarse en cualquier parte; todo revela que rinde al mundo el exigido culto, que tiene el pudor y el orgullo de su pobreza; y que al cerrar la puerta de su cuarto, encierra en él el secreto de su vida y se lanza á un mundo que hoy no pregunta á nadie, quién eres? ni, de dónde vienes? sino, cómo vienes? Quizás la corbata le costó un dia de ayuno; pero en dándole su corbata de reglamento, el mundo no tiene derecho á saber más, ni le importa un bledo.

Gonzalo es la limpieza y el esmero personificados. Es verdad que su hermosa figura se merece eso y mucho más.

Alto, flexible y esbelto como un Apolo, su cuerpo tiene una elegancia artística unida á esa delgadez robusta de una constitución nerviosa y muscular. Hijo de español y alemana, brilla en su rostro la energía meridional y la dulzura germánica; el sonrosado de sus mejillas y la blancura casi femenina de su cutis, se armonizan con unas facciones varoniles, correctas y llenas de expresión. Sus hermosos ojos claros, serenos y de dulce mirar, como los del madrigal de Gutierre de Cetina, tienen sin embargo una expresión meditabunda, intensa, apasionada. La cabellera de un rubio oscuro y la barba de un rubio de oro alemán tostado por el sol de Andalucía; la cabeza pequeña, primera condición para ser artística, destellando nobleza é inteligencia en todos sus lineamientos, todo esto hace de Gonzalo lo que se llama vulgarmente un arrogante mozo. La dulzura y la nobleza; la vivacidad de fantasía y la idealidad de sentimiento; la pasión y la melancolía, todo en Gonzalo revela su naturaleza hispano-germánica; el rayo del sol del Mediodía, coloreando la flotante bruma del Norte.

Miéntras yo he contado estos detalles al curioso lector, Gonzalo ha revuelto todos los cajones de su mesa y de su cómoda, todos los libros de su estante, y después de una inútil pesquisa, se ha dirigido á la mesa, y en una carta recien escrita ha puesto la siguiente postdata:

«No puedo enviarte el ejemplar de mis poesías, que me pides, aporque he regalado todos y no me queda más que uno de los seis tirados en papel vitela que me regaló el impresor, y que con mi fotografía unida hice encuadernar lujosamente para dedicarlos á las personas de mayor preferencia.»

Iba Gonzalo á cerrar la carta, cuando la desdobló para leerla de nuevo.

Aunque sea de mala educación leer lo que otro lee, sin su permiso, seamos por esta vez mal educados, y colocándonos detrás de Gonzalo, leamos lo que dice en esta carta de gran valor para nosotros. La carta escrita con elegante y corrida letra inglesa, decia así:

«No te rias, querido Enrique, si te digo que cada dia estoy más ciego, más enamorado, más loco y frenético por la divina Clara. Desde la ventana que tú llamas mi observatorio astronómico, me paso las horas enteras contemplando su jardin y sus ventanas. Con la ayuda de mi excelente anteojo la veo unas veces cuidando sus flores, otras leyendo un libro y otras bordando detrás de los cristales de su gabinetito. En esos momentos me parece que tengo un anteojo mágico que ofrece las visiones del cielo; detengo la respiración, siento que mi corazón estalla, que mi sangre hierve y que mi alma abandona mi cuerpo para volar á los pies de aquella adorada y pura imagen. Qué hermosa es! ¡cuánta poesía, idealidad y sentimiento hay en su rostro de ángel! ¡qué elegancia, qué noble sencillez en su artística figura! Si la vieras, Enrique, lejos de burlarte de mi, quedarlas tan enamorado como yo, porque es imposible ver á esa sublime criatura sin adorarla.

»Cuando borda, cuando se asoma á su ventana, cuando toca el piano ¡qué agena está esa mujer de que hay dos ojos de fuego que la miran incesantemente y la devoran con el deseo, y dos oidos que escuchan sus acordes como si fuesen las arpas de los querubines; de que hay un alma rindiéndola, la adoración estática de una secreta idolatría, un pensamiento nutriéndose de su contemplación, una imaginación rebosando en inspiraciones por ella! Ah! si pudiese establecerse un hilo misterioso entre el corazón de esa mujer y el mió, esa mujer caería como herida por el rayo al recibir todo el fluido de mi corazón.

»Unas cuantas varas me separan de esa mujer, y sin embargo, qué inmensa distancia nos divide! Ella es inmensamente rica; yo soy miserablemente pobre.... Para encontrarnos tendrá ella que bajar al precipicio de mi pobreza, ó yo tendría que subir á la cumbre de su opulencia; cosas imposibles. El polo Norte no dista más del Sur que yo disto de esa mujer: la pobreza y la riqueza son los dos eternos antípodas del mundo social.

»Ay! tú no sabes lo que es tener que hacer de mi silencio mi única virtud; de mi anteojo mi único tesoro: vivir amando en secreto, exhalando sólo en unos cuantos versos ignorados el dolor de tan infinita pasión.

»Siento en el alma toda la desesperación de Werther, y una pistola me sonríe como único remedio á mi mal. Cuando considero que la riqueza de esa mujer es el mayor obstáculo, quisiera como el Sardanápalo de Byron prender fuego á ese palacito y morir en los brazos de Clara, devorado por las llamas, menos horribles que la que me abrasa el corazón. Si, Enrique; por una hora de amor en los brazos de esa mujer, moriría risueño, porque esa hora seria la concentración de todas las dichas de mi vida.

»Me aconsejas que busque modo de hacerme presentar á Clara y que pruebe fortuna. ¡Imposible, Enrique, imposible! ¿Qué adelantaría yo con ello? Mi posición y mi orgullo me impedirían revelarle este amor, que su riqueza haria sospechoso. Estaría condenado á la humillante rivalidad de hombres de más posición, osadía, frivolidad y descaro que yo; sentiría los celos más horribles, sin el consuelo de castigar la insolencia irritante de adoradores afortunados. Además, quién sabe si esa Clara en quien hoy mi fantasía se complace en concentrar todas las perfecciones del tipo ideal, me aparecería frívola, coqueta y sin corazón, como suelen ser las mujeres hermosas, y vanidosa, arrogante y depravada, como suelen ser las mujeres opulentas.

»Nada, Enrique, esa mujer es una fruta prohibida para mi, y jamas extenderé una mano atrevida. Me contentaré con adorarla desde mi observatorio, con enviarla el suspiro de mi eterna tristeza, y si otro hombre conquista el corazón y la mano de esa mujer, me sepultaré en vida en cualquier rincón esperando que la muerte termine mis tormentos y el olvido esconda la ignorada historia de mi infortunio.

»He oido decir, que Alfonso de Acuña la hace la corte y obtiene una marcadísima preferencia por parte de Clara. Alfonso es aquel jerezano tan calavera y jugador que conociste en Sevilla, y que andaba á caza de mujer rica, fiado en su buena figura. Si se casa con Clara, probará que los más perdidos son siempre los más afortunados.

»Esta noticia me tiene abatido y celoso, y á confirmarse, no respondo de no pegar una paliza á ese botarate para romperle ó que me rompa el alma.

»Adiós, Enrique: compadece á tu infeliz é invariable

Gonzalo.»

Cerró Gonzalo la carta, se puso la levita y el sombrero, que había sobre su cama; tomó el bastón, miró la hora en su reló y salió precipitadamente de su cuarto. Una hora después, Gonzalo se paseaba por las alamedas de la derecha de la Fuente Castellana, donde ya quedaban pocos carruajes y menos gente.

Caminaba lentamente, y en la curiosidad con que de vez en cuando miraba al paseo de los carruajes, se conocia que buscaba alguno de ellos con afán.

De repente se detuvo medio ocultándose detrás de un árbol. Habia visto una magnífica carretela abierta, forrada de azul y tirada por dos soberbios caballos, color de canela, y en la hermosa mujer que iba en ella habia reconocido á su adorado tormento, á Clara.

Su corazón palpitó con una emoción profunda, que se tornó én despecho cuando vió un elegante joven que, montado en una esbelta yegua inglesa, negra, caminaba al lado del carruaje, inclinado, y hablando con gran intimidad y vehemencia con Clara, que le sonreía graciosamente.

Era Alfonso de Acuña.

Gonzalo le vio sacar un papel del bolsillo y entregárselo á Clara, que le recibió con la mayor coquetería, aunque recatándose para que no la vieran.

Como la carretela caminaba al paso, al cruzar por delante de Gonzalo, éste pudo oir perfectamente á Alfonso, que decia á media voz:

— Los versos son muy malos, es la primera vez que los hago, pero son la expresión de lo que siento.

— Yo creo lo contrario — dijo Clara, riéndose; — creo que los versos serán muy bonitos; pero ni más ni menos que lindísimas mentiras.

— Siempre lo mismo! .... En fin, ya hablaremos, y se convencerá Vd. de su injusticia. Hasta la noche.

Y dando la mano afectuosamente á Clara, picó espuelas y salió á trote largo, con aire arrogante y satisfecho.

— A casa! — gritó Clara al cochero, que con un latigazo hizo partir la carretela como una flecha.

Gonzalo la siguió con la vista. Lanzó un suspiro tan hondo, que casi era un rugido.

— Tienen razón! — exclamó, echando á andar precipitadamente y mirando al suelo.

Al llegar frente á la Casa de la Moneda, se apercibió de que había hecho girones los guantes. Se los quitó con rabia, los arrojó al suelo, y continuó avanzando por los jardinillos de Recoletos.

Si pudiésemos ver las ideas que bullian en su frente, bien podríamos llamar á la escena que hemos presenciado:

Tormentos de la pobreza.