La lucha por la vida III: 011

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La lucha por la vida III Primera parte Pío Baroja


¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías! Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con rejas, escrito con letras negras, se leía:

REBOLLEDO

MECÁNICO-ELECTRICISTA

SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES

TIMBRES, DINAMOS, MOTORES

LA ENTRADA POR EL PORTAL

Y, para que no hubiera lugar a dudas, una mano con ademán imperativo mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no habla más portal que aquél en la casa.

Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde, antes de llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:

BORDADORA

SE DAN LECCIONES

El zaguán de la casa era bastante ancho; en el fondo, una puerta daba a un corralillo; a un lado partía recia escalera de pino, muy vieja, en donde resonaban fuertemente los pasos.

Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de escombros.

Después, la calle quedaba silenciosa, y en las horas del día no transitaban por ella más que gente aviesa y maleante.

Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por aquellos campos baldíos.

Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos llenaban la plaza; pasaban los obreros, de vuelta del Tercer Depósito, en donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del poniente se oscurecían y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, se oía, melancólico y dulce, el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras. Una tarde de abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico-electricista, Perico y Manuel charlaban.

-¿No salís hoy? -preguntó Perico.

-¿Quién sale con este tiempo? Va a llover otra vez.

-Sí, es verdad.

Manuel se acercó a mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la calle de Magallanes, el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.

-¿Y la Salvadora? -preguntó Perico.

-Bien.

-¿Ya está mejor?

-Sí. No fue nada... un vahído.

-Trabaja mucho.

-Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.

-Vais a haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.

-¡Pchs!... no sé.

-¡Bah!... que no sabes...

-No. Que ésas deben tener algún dinero guardado, sí; pero, no sé cuánto... para emprender algo; nada.

-¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?

-¡Hombre!... tomaría una imprenta.

-¿Y qué le parece eso a la Salvadora?

-Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se vende o algún local que se alquila, me hace ir a verlos... Pero, todavía eso está muy lejos; quizá, tiempo adelante podamos hacer algo.

Manuel volvió a mirar distraído por la ventana, mientras Perico le contemplaba con curiosidad. Comenzó a llover; cayeron gruesas gotas, como perlas de acero, que saltaron en el agua negra de los charcos; poco después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió a nublarse, y el taller de Perico Rebolledo quedó a oscuras.


La lucha por la vida III "Aurora roja" de Pío Baroja

Prólogo

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

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