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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


Manuel, al principio, se mostraba respetuoso; pero viendo que ella no se incomodaba, se iba atreviendo cada vez más, y la abrazaba a traición. La Justa se desasía con facilidad y se reía al ver al mozo con su cara seria y la mirada brillante de deseos.

Con la libertad de palabras que le caracterizaba, la justa tenía conversaciones escabrosas; contaba a Manuel lo que la decían en la calle, las proposiciones que los hombres deslizaban en su oído y hablaba con gran delectación de compañeras de taller que habían perdido su flor de azahar en la Bombilla o en las Ventas con cualquier Tenorio de mostrador, que se pasaba la vida atusándose de bigote delante del espejo de alguna perfumería o tienda de sedas.

Las frases de la justa tenían siempre doble sentido y eran, a veces, alusiones candentes. Su malicia y su coquetería chulesca y desgarrada creaba en derredor suyo una atmósfera de deseo.

Manuel sentía por ella anhelo doloroso de posesión, mezclado con gran tristeza, y hasta con odio, al ver que la justa se reía de él. Muchas veces, al verla llegar, Manuel se juraba a sí mismo no hablarla, ni mirarla, ni decirla nada, y entonces ella le buscaba y le sonreía y le provocaba haciéndole señas y dándole con el pie.

Era la Justa de una desigualdad de carácter perturbadora. Unas veces, al verse asida por Manuel de la cintura y sentada en sus rodillas, se dejaba abrazar y besar; otras, en cambio, sólo porque se le acercaba y le tomaba la mano, le soltaba una bofetada que le dejaba aturdido.

-Y vuelve por otra -añadía, al parecer incomodada.

Manuel sentía ganas de llorar de ira y de rabia, y se tenía que contener para no preguntarle con lógica infantil: «¿Por qué la otra tarde dejaste que te besara?» Pero luego pensaba en la ridiculez de una pregunta así hecha.

La Justa iba sintiendo cierto cariño por Manuel, pero cariño de hermana o de amiga; como novio, como pretendiente, no le parecía bastante para tomarle en serio.

Aquel flirteo, que fue para la justa como un simulacro de amor, constituyó para Manuel un doloroso despertar de la pubertad. Sentía vértigos de lujuria, que terminaban en atonía y en aplanamiento mortales. Y entonces echaba a andar de prisa con el paso irregular de un atáxico; muchas veces, al atravesar el pinar del Canal, le entraban deseos de dejarse ahogar en el río; pero el agua sucia y negra no invitaba a sumergirse en ella.

En estas rachas de lujuria era cuando le acometían con más fuerza los pensamientos negros y tristes, la idea de la inutilidad de su vida, de la seguridad de un destino adverso, y al pensar en la existencia de abandono que se le preparaba, sentía su alma llena de amargura y los sollozos le subían a la garganta...

Un domingo de invierno, la Justa, que había tomado la costumbre de ir todos los días de fiesta a casa de sus padres, dejó de aparecer por allá; Manuel supuso si la causa de esto sería el mal tiempo, y pasó toda la semana intranquilo y nervioso, contando los días que faltaban para ver a la justa.

Al domingo siguiente, Manuel se apostó en la esquina del paseo de los Pontones a esperar que pasara la muchacha, y al verla de lejos le dio un vuelco el corazón. Venía acompañada por un joven elegante, medio torero, medio señorito, con un sombrero cordobés y capa azul llena de bordados. Al final del paseo se despidió la justa del que la acompañaba.

Al otro domingo, la justa se presentó en casa de su padre con una amiga y el joven de la capa bordada, y presentó a éste al señor Custodio. Dijo después que era hijo de un carnicero de la Corredera Alta, y muy rico, hermano de una muchacha del taller, y a su madre la justa le confesó, alborozada, que el muchacho le había pedido relaciones. Aquella frase de pedir relaciones, que lo dicen relamiéndose, desde la princesa altiva hasta la portera humilde, er?cantó a la mujer del trapero, mayormente tratándose de un muchacho rico.

El hijo del carnicero fue considerado en casa del señor Custodio como prototipo de todas las perfecciones y bellezas; Manuel únicamente protestaba y fulminaba sobre el Carnicerín, como le denominó desde el primer momento con desprecio, miradas asesinas.

Los sufrimientos de Manuel al comprender que la justa admitía con entusiasmo como novio al hijo del carnicero fueron crueles; ya no la melancolía, la ira y la desesperación más rabiosa agitaban su alma. Eran también demasiadas ventajas las de aquel mozo: alto, gallardo, esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil; tenía casi el derecho de estar tan satisfecho de su persona como lo estaba.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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