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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


-Sí; pero me falta dinero. Don Telmo me prestaba diez mil duros, a condición de cederle, en el caso de ganar, la mitad de la fortuna al entrar en posesión de ella, y no he aceptado.

-Qué disparate.

-Quería, además, que me casase con su sobrina.

-¿Y usted no ha querido?

-No.

-Pues es guapa.

-Sí; pero no me gusta.

-¿Qué? ¿Se acuerda usted todavía de la chica de la Baronesa? -¡No me he de acordar! La he visto. Está preciosa.

-Sí; es bonita.

-¡Bonita sólo! No blasfemes. Desde que la vi, me he decidido. O va uno al fondo o arriba.

-Se expone usted a quedarse sin nada.

-Ya lo sé; no me importa. O todo o nada.

»Los Hasting han tenido siempre voluntad y decisión para las cosa. El ejemplo de un pariente mío me alienta. Es un caso de terquedad, tonificador. Verás.

»Mi tío, el hermano de mi abuelo, estuvo en Londres en una casa de comercio; supo por un marino que en una isla del Pacífico habían sacado una vez una caja llena de plata, que suponían sería de un barco que había salido del Perú para Filipinas. Mi tío logró saber el punto fijo en donde había naufragado el barco, e inmediatamente dejó su empleo y se fue a Filipinas. Fletó un barquito, llegó al punto señalado, un peñón del archipiélago de Magallanes, sondaron en distintas partes y no llegaron a sacar, después de grandes trabajos, más que unas cuantas cajas rotas, en donde no quedaban huellas de nada. Cuando los víveres se acabaron tuvieron que volver, y mi tío llegó sin un cuarto a Manila, y se metió de empleado en una casa de comercio. Al año de esto, un yanqui le propuso buscar el tesoro juntos, y mi tío aceptó, con la condición de que partirían entre los dos las ganancias. En este segundo viaje sacaron dos cajas pesadísimas y grandes: una, llena de lingotes de plata; la otra, con onzas mejicanas. El yanqui y mi tío se repartieron el dinero, y a cada uno le tocó más de cien mil duros; pero mi tío, que era terco, volvió al lugar del naufragio, y entonces ya debió de encontrar el tesoro, porque llegó a Inglaterra con una fortuna colosal. Hoy, los Hasting, que viven en Inglaterra, siguen siendo millonarios. ¿No te acuerdas de Fanny, la que vino a la taberna de las injurias con nosotros?

-Sí.

-Pues es de los Hasting ricos de Inglaterra.

-¿Y usted por qué no les pide algún dinero? -preguntó Manuel.

-No, nunca, aunque me muriera de hambre, y eso que ellos se han prestado muchas veces a favorecerme. Antes de venir a Madrid estuve viajando por casi todas partes del mundo en un yate del hermano de Fanny.

-¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna isla? -dijo Manuel.

-Me parece que eres de los que no tienen fe -contestó Roberto-. Antes de que cantara el gallo me negarías tres veces.

-No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le serviría con mucho gusto.

-Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado.

-No, no señor.

-¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una filfa.

-Yo no sé.

-Pues no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un encuadernador, y la conversación que tuve con él?

-Sí, señor; me acuerdo.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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