La lucha por la vida I: 062

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La lucha por la vida I Tercera parte Pío Baroja


Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid - El Expósito - El Cojo y su cueva - La noche en el observatorio


Un día Manuel se vio bastante sorprendido al saber que su madre no se levantaba y que estaba enferma. Hacía tiempo que echaba sangre por la boca; pero no daba importancia a esto.

Manuel se presentó en la casa humildemente, y la patrona en vez de recriminarle, le hizo pasar a ver a su madre. No se quejaba ésta más que de un magullamiento grande en todo el cuerpo y de dolor en la espalda. Pasó así días y días, unas veces mejor, otras peor, hasta que empezó a tener mucha fiebre y hubo que llamar al médico. La patrona dijo que habría que llevar a la enferma al hospital; pero como tenía buen corazón, no se determinó a hacerlo.

Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces.

Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los alimentos que recomendaba el médico.

El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde había estado hablando animadamente con su hijo; pero esta animación fue desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal.

Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías prusianas.

A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra dijo a Manuel.

-Llámale a don jacinto y dile que estoy peor.

Manuel entró en el comedor. En la atmósfera espesa por el humo del tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno dijo:

-Callad un poco, que hay un enfermo.

Manuel dio el recado al cura.

-Tu madre no tiene más que aprensión. Luego iré -repuso don jacinto.

Manuel volvió al cuarto.

-¿No viene? -preguntó la enferma.

-Ahora vendrá; dice que no tiene usted más que aprensión.

-¡Sí; buena aprensión! -murmuró ella tristemente-. Estate aquí.

Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía.

Iba a dormirse cuando le llamó su madre.

-Mira -le dijo-,trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en la sala.

Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba.

-Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo.

Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor.

De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vio que su cara, más pálida, tenía extrañas contracciones.

-¿Qué le pasa a usted?

La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y dijo al muchacho:

-Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción.

Mandó el cura callar a los que alborotaban en el comedor, y enmudeció la casa entera.

No se oyó entonces más que ruido de pasos, abrir y cerrar de puertas y luego el estertor de la moribunda y el tic-tac de un reloj del pasillo.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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