La lucha por la vida I: 054

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


-Estaba yo aquí, leyendo el periódico -dijo el ropavejero-, y la Milagros, con su madre, hablaba con el Lechuguino. Estaban los novios de broma, cuando subió Leandro a la galería; fue a abrir la puerta de su casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros: «¿Es ése tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto. «Sí», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez», gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca. «Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fue todo rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de sangre por la boca, la mujer del Corretor gritaba y Leandro seguía al Lechuguino con la navaja abierta.

-Yo le vi salir de casa -añadió una vieja-; llevaba en la mano la navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como un toro, le echó un derrote y por poco le mata.

-Y mis tíos, ¿dónde están? -preguntó Manuel.

-En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla.

Bajó Manuel al patio.

-¿Adónde vas? -le preguntó el Aristón.

-Voy a la Casa de Socorro.

-Yo iré contigo.

Se reunió a los dos muchachos un aprendiz de un taller de máquinas que vivía en la Corrala.

-Yo le vi cuando se mató -dijo el aprendiz-; íbamos corriendo todos detrás de él, gritando: «¡A ése! ¡A ése!», cuando aparecieron por la calle del Amparo dos guardias, sacaron el sable y se pusieron delante de él; entonces Leandro dio un bote hacia atrás, abrió paso entre la gente y volvió otra vez para aquí; iba a bajar por el paseo de las Acacias, cuando tropezó con la Muerte, que le empezó a insultar. Leandro se paró, miró a todos lados; nadie se atrevía a acercarse; le echaban fuego los ojos. De pronto se metió la navaja por el costado izquierdo, yo no sé cuantas veces. Cuando uno de los guardias le agarró del brazo, se cayó como un saco.

Los comentarios del Aristón y del aprendiz eran inacabables; llegaron los muchachos a la Casa de Socorro, y allí les dijeron que los dos cadáveres, el de la Milagros y el de Leandro, los habían llevado al Depósito. Bajaron los tres chicos al Canal, a la casita próxima al río, que tantas veces Manuel y los de su cuadrilla miraban con curiosidad desde las ventanas. En la puerta se agrupaban varias personas.

-Vamos a mirar -dijo el Aristón.

Había una ventana abierta de par en par y se asomaron a ella. Tendido sobre una mesa de mármol estaba Leandro; tenía color de cera, y en su rostro se leía expresión de soberbia y de desafío. A su lado, la señora Leandra gritaba y vociferaba; el señor Ignacio, con la mano de su hijo entre las suyas, lloraba en silencio. En otra mesa rodeaba el cadáver de la Milagros un grupo de personas. El empleado del Depósito hizo salir a todos. Al encontrarse el Corretor y el señor Ignacio en la puerta, se vieron y desviaron la vista: las dos madres, en cambio, se lanzaron miradas de odio terrible.

El señor Ignacio dispuso que no fueran a dormir al Corralón, sino a la calle del Águila. Allí, en casa de la señora Jacoba, hubo una algarabía horrorosa de lloros y de imprecaciones. Las tres mujeres echaban la culpa de todo a la Milagros, que era una golfa, una mala hembra descastada, egoísta y miserable.

Un vecino de la Corrala señaló un detalle raro; al reconocer el médico forense a la Milagros y al quitarle el corsé para apreciar la herida, entre unos escapularios encontró un medallón chiquito con un retrato de Leandro.

-¿De quién es este retrato? -dicen que preguntó.

-Del que la ha matado -le contestaron.

Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba.

Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.

Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser muy triste; algo muy incomprensible y extraño.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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