La lucha por la vida I: 043

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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


La kermesse de la calle de la Pasión - El Lechuguino - Un café cantante


La kermesse de la calle de la Pasión fue esperada por Leandro con ansiedad. Otros años había acompañado a Milagros a la verbena de San Antonio y a las del Prado; bailó con ella, la convidó a buñuelos, la regaló un tiesto de albahaca; aquel verano la familia del Corretor parecía tener empeño decidido de apartar a la Milagros de Leandro. Éste se enteró de que su novia y su madre pensaban ir a la kermesse, y se agenció dos billetes, y anunció a Manuel que los dos se presentarían allá.

Efectivamente: fueron una noche de agosto, que hacía un calor horrible; un vaho denso y turbio llenaba las calles de las cercanías del Rastro, adornadas e iluminadas con farolillos a la veneciana.

Se celebraba la fiesta en un solar grande de la calle de la Pasión.

Entraron Leandro y Manuel: la música del Hospicio tocaba una habanera. El solar, alumbrado con arcos voltaicos, estaba adornado con cintas, gasas y flores artificiales, que partían como radios de un poste del centro e iban hasta los extremos. Frente a la puerta de entrada había una caseta de tablas, recubierta con percalina roja y amarilla, y una porción de banderas españolas: era la tómbola.

Leandro y Manuel se sentaron en un rincón y esperaron. El corrector y su familia llegaron pasadas las diez; la Milagros estaba muy bonita: vestía traje claro con dibujos azules, pañuelo de crespón negro y zapato blanco. Iba un poco escotada hasta el nacimiento del cuello, terso y redondo.

En aquel momento, la banda del Hospicio tocaba a trompetazos el chotis de Los Cocineros, y Leandro, emocionado, invitó a bailar a la Milagros. La muchacha hizo un gestillo de desenfado.

-A ver si me manchas el traje nuevo -murmuró, y se puso el pañuelo a la cintura.

-Si bailas con otro, también te manchará -contestó Leandro, humildemente.

La Milagros no hizo caso: bailaba cogiéndose la falda con una mano, contestando de una manera displicente y por monosílabos.

Concluyó el chotis, y Leandro invitó a la familia a ir al ambigú. A la derecha de la puerta había dos escalinatas adornadas, que conducían a otro solar a un nivel de seis o siete metros más alto del sitio donde se celebraba el baile. En una de las escaleras, llenas de banderas españolas, había un letrero, sostenido por un poste, donde ponía:

«Subida al ambigú»; en la otra: «Bajada del ambigú».

Subieron todos la escalera. El ambigú era un sitio espacioso, con árboles, alumbrado por globos eléctricos, que colgaban de gruesos cables. Sentados a las mesas, una multitud abigarrada hablaba a gritos, palmoteaba y reía.

Tuvieron que esperar muchísimo tiempo para que un mozo trajese cerveza; la Milagros pidió un helado, y, como no había, no quiso tomar nada. Estuvo así, sin hablar, considerándose profundamente ofendida, hasta que se encontró con dos muchachas de su taller, se reunió con ellas y se le marchó el enfado al momento. Leandro, a la primera ocasión, abandonó al corrector, se reunió con Manuel y fue a buscar a su novia.

En el solar próximo de la entrada, en el sitio del baile, paseaban, dando vueltas, las parejas en los momentos de descanso; las dos amigas de la Milagros y ésta, las tres agarradas del brazo, paseaban muy alegres, seguidas muy de cerca por tres hombres. Uno de ellos era un señorito achulapado, alto, de bigote rubio; el otro, un hombre bajito, de facha ordinaria, con el bigote pintado, la pechera y los dedos llenos de brillantes, y el tercero un chulapón, con patillas de hacha, mezcla de gitano y tratante en ganados, con trazas del más abyecto truhán.

Leandro, al notar la maniobra de los tres compadres, se interpuso entre las muchachas y sus galanteadores, y, volviéndose hacia ellos con impertinencia, dijo:

-¿Qué hay?

Los tres se hicieron los distraídos y se rezagaron.

-¿Quiénes son? -preguntó Manuel.


La lucha por la vida I " La busca " de Pío Baroja

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