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La lucha por la vida I Segunda parte Pío Baroja


Al volverse éste, la luz del farol de petróleo, colgado en la pared, le di¿ en la cara, y Roberto y Manuel le miraron con extrañeza. Era tipo apergaminado, amarillento; tenía una nariz absurda, nariz arrancada de cuajo y sustituida por una bolita de carne. Parecía que miraba al mismo tiempo con los ojos y con los dos agujeros de la nariz. Estaba afeitado, vestido decentemente y con una boina de visera verde.

El hombre oyó con displicencia lo que le indicó Roberto; después encendió un cigarro y tiró lejos el fósforo. A causa, sin dura, de la exigüidad de su órgano nasal, se veía en la necesidad de tapar con los dedos las ventanas de la nariz para poder fumar.

Roberto creyó que el hombre no había entendido su pregunta y la repitió dos veces. El Tabuenca no hizo caso; pero, de repente, presa de la mayor indignación, tiró el cigarro con furia y empezó a blasfemar con voz gangosa, voz de gaviota, y a decir que no comprendía por qué le molestaban con cosas que a él no le importaban nada.

-No chille usted tanto -le dijo Roberto, molestado con aquella algarabía-;van a creer que hemos venido a asesinarle a usted, lo menos.

-Chillo, porque me da la gana.

-Bueno, hombre, bueno; chille usted lo que quiera.

A mí no me dices tú eso, porque te ando en la cara -gritó el Tabuenca.

-¿Usted a mí? -replicó, riéndose, Roberto; y añadió, dirigiéndose a Manuel: -Me hacen la santísima los hombres sin nariz, y a este tío chato le voy a dar un disgusto.

Se retiró el Tabuenca, decidido, y salió al poco rato con un bastón de estoque, que desenvainó; Roberto buscó por todas partes algo para defenderse, y encontró una vara de un carretero; el Tabuenca tiró una estocada a Roberto, y éste la paró con la vara; volvió a tirarle otra estocada, y Roberto, al pararla, rompió el farol del portal y quedaron a oscuras. Roberto comenzó a hacer molinetes con su vara, y debió de dar una vez al Tabuenca en algún sitio delicado, porque el hombre empezó a gritar horriblemente:

-¡Asesinos! ¡Asesinos!

En esto se presentaron unas cuantas personas en el zaguán, y entre ellas un arriero gordo, con un candil en la mano.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Estos asesinos, que me quieren matar -gritó el Tabuenca.

No hay nada de eso -repuso Roberto con voz tranquila-, sino que hemos venido a preguntarle una cosa a este tío, y, sin saber por qué, ha empezado a gritar y a insultarme.

-Y te andaré en la cara -interrumpió el Tabuenca.

Pues venga usted de una vez; no se quede con las ganas -replicó Roberto.

-¡Granuja! ¡Cobarde!

-Usted sí que es cobarde. Tiene usted tan pocos riñones como poca nariz.

El Tabuenca engarzó una porción de insultos y blasfemias, y, volviendo la espalda, se fue.

-¿Y a mí quién me paga el farol? -preguntó el arriero.

-¿Cuánto vale? -dijo Roberto.

-Tres pesetas.

-Ahí van.

-Ese Tabuenca es un boceras -dijo el arriero del candil, al recibir el dinero-. ¿Y qué es lo que querían ustedes?

-Preguntarle por una mujer que vivió aquí hace años y que era volatinera. ‘

-Eso, don Alonso, el Titiri, quizá lo sepa. Si quieren, díganme ustedes adónde van, y yo le encargaré al Titiri que les busque.


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