La leyenda del Cid: 10

La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

IEditar

IIEditar

Volvamos a la mañana
de abril, el mes de las flores,
en la cual de sus olores
impregnada el aura sana,

esparcía sus aromas
de Arlanza por las riberas,
perfumando sus praderas,
valles, oteros y lomas.

Burgos, corte de Castilla,
pobre aún de caserío,
se contemplaba en el río
del cual se tiende a la orilla,

como moza labradora
que de despertarse acaba,
y en el arrovo se lava
ante la casa en que mora.

Burgos, aunque reina no era
de toda España Castilla,
de un rey en ella la silla
veía por vez primera;

porque bajando de Asturias
van ya los reyes cristianos
cuenta a pedir en los llanos
al moro de sus injurias;

y aunque por las viejas leyes
de sus jueces aún se rige,
Burgos ya jueces no elige,
ni condes: corona reyes.

Ciudad guardada por muros
y con puentes defendida,
Burgos, al crecer, olvida
sus orígenes oscuros:

y aquella humilde aldeana
que se cunó en una choza,
aunque aún no rica y aún moza,
ya aspira a ser soberana.

Torres son ya sus zarcillos,
y fosos sus ceñidores ;
ya no se toca con flores
sino con recios castillos.

En torno suyo, en lugar
de campesinos hogares,
se levantan ya solares
de porvenir secular.

Y entre los cien lugarejos
que salpican sus campiñas,
como sus jóvenes viñas
agazapados conejos,

Arlanza por ambos lados
de su cultivada vega,
lame, espeja, arrulla y riega
cien castillos blasonados.

Y en aquellos torreones
y solares de Castilla,
germinaba la semilla
de los bravos infanzones

que debían engendrar
la nobleza castellana,
que llevó la cruz cristiana
triunfante de mar a mar.

Nobles de Asturias, Galicia,
de Navarra y de León,
alzan ya en ellos pendón
y sustentan ya milicia.

Y Burgos, la albergadora
de labradores sencillos,
del reino de los castillos
comienza a ser la señora.

En uno de ellos, sentado
en la cúspide de un cerro,
de puntas de piedra y hierro
como un jabalí erizado,

vive un asturiano conde
que con el rey mucho priva;
con cuya prez positiva
su orgullo audaz corresponde.

Rico en valor, pobre en vicios
y sobrado de riquezas,
al rey con grandes proezas
tiene hechos grandes servicios.

Robusto y sano, aunque viejo,
al rey Fernando acompaña,
tan bizarro en la campaña
cuan útil en el consejo.

Mucho el rey en él se fía
y él mucho en verdad merece:
mas toda su prez empece
su insufrible altanería.

Ni cree que puede a él igual
estar hombre a su nivel,
ni que haya quien, par con él,
sea en nada su rival.

Sirve al rey como a Señor;
mas no piensa que del rey
le puede alcanzar la ley,
no siendo el rey que él mejor.

Tiene al rey por el primero;
mas del rey como segundo
no cree que va por el mundo,
sino como compañero;

y aunque fiel a su señor
le asiste y le satisface,
cree que es él quien al rey hace
con sus servicios favor.

Tal es el conde asturiano
que en aquel castillo habita,
y a quien la crónica escrita
titula el conde Lozano.

Si Gómez, Gormaz u Orgaz
antes de éste usó o se puso,
no sé; por Lozano es uso
tomarle: séalo en paz.

De averiguaciones largas
sobre nombres no me ocupo;
bien éste nunca se supo;
conque averígüelo Vargas.

Lozano o no, el en cuestión,
conde o no conde, en mi escrito
lo es, y ni pongo ni quito:
me atengo a la tradición.

Del cerro, en que su castillo
está sentado, la falda
cubre un tapiz de esmeralda
hecho de trébol, tomillo,

césped y musgo muy grueso,
que se pierde en la llanura
bajo la ondosa espesura
de un robledal muy espeso.

Desde la verde colina
que aquel castillo corona,
de tierra una extensa zona
defiende en torno y domina;

siendo aquella posesión
un productivo solar,
y un buen puesto militar
de muy fuerte posición.

Del castillo dependiente
y por él bien protegido,
de palomas como nido,
de abundancia como fuente,

comenzábase a formar
un caserío de exótico
aspecto, entre árabe y gótico,
que empieza a pueblo a aspirar.

Hoy no es más que una alquería;
y entre el bosque que la esconde,
rompe extensa y labra el conde
tierra no ha mucho baldía.

Cuida esta granja un colono,
y labriegos y soldados
la dan con lanza y arados
labor, y tal vez abono

también con su sangre misma;
pues no ha mucho que hizo osada
por su coto una algarada
la ribereña morisma.

Mas desde entonces acá
tanto Castilla creció,
que a lo que entonces osó
jamás a osar volverá.

El moro está tan lejano,
que puede ya sin recelo
dejar sin guarda en el suelo
su mies el conde Lozano.

Tiene una hija el conde aquél
que entra en su quinceno abril,
como una garza gentil,
lozana como un clavel;

blanca como una azucena,
casera como una hormiga
y rubia como una espiga,
la cual se llama Jimena.

Nunca en el suelo español
desde el tiempo de Tubal
belleza a la suya igual
alumbró la luz del sol.

Sus cabellos son un rayo
de luz en hebras partido:
de su piel está el tejido
hecho con nardos de mayo:

su sonrisa es una aurora
que a su faz da un albor suave;
su voz es cántico de ave
que a quien le escucha enamora.

Su boca es una granada;
sus ojos un cielo doble
son: y la da su aire noble
el de una reina o una hada.

Del viejo conde hija sola,
único y postrer capullo
de su raza, a quien su orgullo
pospone todo y lo inmola,

tiene en su casa sin tasa
la libertad y el poder,
y es en forma de mujer
el buen ángel de su casa.

De gracia y virtud tesoro,
del débil amparadora,
de casa gobernadora
y sostén de su decoro,

cuantos en su casa moran
o de su casa dependen,
como a su honor la defienden,
y como a su ángel la adoran.

Su nodriza, montañesa
que desde que la dió el pecho,
la ha aderezado su lecho
y la ha servido a la mesa,

logró para su marido
la guarda de la alquería,
por vivir en compañía
de la de quien madre ha sido:

pues muriendo la condesa
al dar a Jimena aliento,
vió desde su nacimiento
su madre en la montañesa.

Así que una y otra ya
como hija y madre se ven;
y a que se avengan tan bien
avenido el conde está.

La alquería y el castillo
son, pues, morada igualmente
de ambas, a estilo corriente
en aquel tiempo sencillo,

en que el siervo y el señor
solian a un tiempo dar,
al calor de un mismo hogar,
a su intimidad calor:

y ante el siervo y el colono
en su castillo o su aldea,
servía la chimenea
al castellano de trono.

El viejo conde Lozano,
cuyo genio altivo y fosco
le hacía con todos hosco
y a quien nadie iba a la mano,

mas que a Jimena quería
como a la luz de sus ojos,
y de la cual los antojos
más mínimos prevenía,

con su nodriza no más
era manso y halagüeño;
y nunca la puso ceño,
ni la contrarió jamás.

Y como creía que era
el solo amor de la niña,
que con ella se encariña
como una hija verdadera;

y comprendiendo que al par
ella a Jimena adoraba,
a su capricho y sin traba,
dejólas a ambas obrar.

Y hacía bien: la asturiana
era de lealtad modelo
o no la había en el suelo
de la tierra castellana.

Bibiana (que este era el nombre
de la asturiana nodriza)
no descuidó olvidadiza
nunca el honor del rico-hombre;

y cual madre verdadera
de la hija de su señor,
guardó en sus manos la flor
de la honra de ambos entera.

Franca, empero, y complaciente
la asturiana con Jimena,
de tacto mujeril llena,
de su genio la corriente

sabe llevar con tal tino
que la muchacha no avanza,
si en ella no se afianza,
un paso de su camino.

Jamás Bibiana atajó
su voluntad frente a frente,
ni sola por la pendiente
nunca expuesta la dejó.

Tenía, pues, en Bibiana
la venturosa Jimena
esclava de adhesión llena,
amiga, madre y hermana:

y el viejo conde Lozano
fiado en tan buen guardián
no tuvo el menor afán
de irlas jamás a la mano.

Él, tranquilo, a sus negocios
del castillo se ausentaba,
y ausente o no, no turbaba
sus quehaceres ni sus ocios.

Iban y venían juntas
de la alquería al castillo,
y sentábanse en un trillo,
y aguijonaban las yuntas,

y trepábanse en los carros,
y trampas en las montañas
iban a las alimañas
a poner tras los chaparros;

y de nardos y amapolas
coronadas, se las vía
con infantil alegría
correr tranquilas y solas

del castillo a la alquería,
de la alquería al castillo;
que en aquel tiempo sencillo
tales costumbres había.

Así hoy y de esta mañana
con la luz tibia y serena,
entraba tras de Jimena
en la alquería, Bibiana;

y mientras que su marido
iba al campo con sus yuntas,
en su hogar soplaban juntas
el fuego mal encendido:

y cuando a solas quedaron,
ido el marido, en su hogar.
de este modo a platicar
ambas a dos comenzaron.

Y aquí, para que marchemos
bien de su diálogo en pos,
a lo dicho por las dos
su nombre al margen pondremos.

Dirá algún crítico acaso
que esto es de comedia a modo,
y que es barajarlo todo
por salir mejor del paso:

pero esta es la gran ventaja
que tienen nuestras leyendas;
de modas son como tiendas,
que todo en ellas se encaja.




La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;