La laguna aquerenciadora

Los milagros de la Argentina
La laguna aquerenciadora
 de Godofredo Daireaux


La laguna aquerenciadora Cuando, en 1870, llegó a la Argentina Juan Bautista Loritegui, no venía por cierto, el pobre, en son de conquista, sino que más bien caía como pájaro arrollado por la tempestad, extraviado y maltrecho.

Cansado de sufrir y de trabajar, en su tierra, con tan mezquina manutención y tan miserable salario que, ni siquiera una vez en su vida, había por casualidad podido saciar su hambre juvenil, se había embarcado, como tantos otros vascos, para la América del Sur.

Pronto se había conchabado en un tambo de los suburbios, en casa de un compatriota suyo, con un sueldo regular que, por comparación, le parecía una fortuna, y lo que todavía le parecía mejor, leche y carne a discreción, como si en la Argentina fueran Pascuas todos los días del año. La verdad que tampoco era oficio de haragán el suyo, pero, al fin y al cabo, no era mucho menos lo que, toda la vida, había tenido que hacer allá, en los Pirineos; y también le gustaba más, pues había tenido siempre predilección por las vacas. En su tierra, sólo ordeñaban las mujeres, porque, cuando muchas, no tenía cada chacarero más de dos o tres lecheras, pero de muy buenas ganas lo hacía él, en su nueva condición de inmigrante sin orgullo, dispuesto a todo para comer, primero, y para hacerle después seña a la fortuna, si se presentaba la ocasión.

A la madrugadita, de noche, más bien dicho, había que llenar los tarros, cargarlos en las árganas y echar a trote largo, camino de la ciudad, cruzando pantanos de sal-si-puedes, pisando barro el caballo hasta el encuentro, muchas veces, mojado hasta los huesos o quemado por el sol, pero cantando, lo mismo bajo el agua del cielo que bajo el fuego estival. Y de puerta en puerta, al trote siempre, para sacudir la leche hasta que se desprendiera la manteca fresca para las parroquianas preferidas, iba por los entonces atroces empedrados de la capital, saltando del caballo, midiendo leche, llenando tarritos, tazas, jarros y jarrones, amontonando en el tirador los pesos y volviendo a saltar y a bajar y a saltar otra vez, a cada rato, hasta la hora de volver a la chacra con los demás lecheros, vascos todos, alegres compañeros y de conversación tan sonora que con éxito luchaba con el ruido de lata de los tarros vacíos y hasta lo dominaba.

Tarea penosa para quien no fuera vasco, pero Loritegui no era hombre de acobardarse por tan poca cosa, y el único descanso que conociera era entregarse de vez en cuando con pasión a su ejercicio favorito, en la cancha de pelota.

Dejó pasar así algunos meses, el tiempo de acriollarse algo, de conocer un poco el país, de oír hablar de otros vascos que se enriquecían afuera, en la Pampa, criando ovejas o vacas. Supo que yéndose algo lejos de la ciudad, se encontraban campos sin dueño, donde, si bien se corría algún riesgo de tener que pelear a veces con los indios, también podía uno hacerse rico pronto, con tal que lo favoreciese un poco la suerte; y con los pesitos que había podido ahorrar, salió para el Sur.

Trabajando en las estancias pudo aprender lo que era la Pampa, conocer sus recursos y los medios de aprovecharlos y cuando, después de un año de andar rodando en varios establecimientos, llegó al Azul, y supo que hasta ahí no más alcanzaba el ferrocarril, pronto realizó el sueño de irse más allá, donde podría trabajar, con peligro de la vida quizá, pero también con alguna esperanza de adelantar ligero.

Compró algunas vacas, salió con ellas en dirección al fortín Olavarría; siguió camino despacio, ayudado por dos gauchos baqueanos de aquellos campos, que no pedían otra cosa que agregarse con alguien que les suministrase la tumba y los vicios.

Supieron por allí que hacía tiempo que no se oía hablar de malones. Los indios, según parecía, se habían arreglado con el gobierno; recibían yeguas para comer y otros auxilios, y dejaban prosperar en paz a los hacendados. Se internaron, pues, con el arreo, sin mayores apuros, hasta dejar a un lado las sierras y llegaron así a orillas de una laguna espléndida, barrancosa, extensa, honda, de agua cristalina y dulce, y tan linda le pareció a Juan Bautista, que resolvió quedarse allí con la hacienda y solicitar del gobierno la propiedad del campo.

Rudimentaria fue la instalación; pero, asimismo, bastante resguardada, con buenas zanjas, para que la indiada, en caso de volver, encontrase trabajosa la entrada a las casas.

Los pastos eran abundantes en el valle, sabrosos y engordadores, y la laguna era de agua tan rica, que produjo sobre las vaquitas de Juan Bautista el mismo efecto que sobre él mismo, aquerenciándolas en seguida; siendo lo más raro que no se llegaba a ella un animal sin experimentar esa misma influencia.

Los indios siempre dejaban abandonados numerosos animales rezagados, al arrear el inmenso botín de sus malones; los estancieros, por su lado, cuidaban con poco esmero, pasando a veces varios años sin herrar, sin recoger siquiera; y de tantos animales errantes, en busca de agua o de pastos buenos o de la querencia antigua, que vagaban en esa zona intermedia de las estancias y de las tolderías, no podían dejar, algunos siquiera, de dar con la laguna de Loritegui; y una vez que habían probado sus aguas, descansado en sus orillas, saboreado sus pastos floridos y cambiado pareceres con las vacas del vasco, allí no más se quedaban. Loritegui herraba, sin admirarse sobremanera de que su hacienda hubiese parido terneros de dos, tres y hasta de cinco y más años, y se aumentaba el rodeo en una proporción fenomenal.

Por otro lado, el vasco no quedaba inactivo; cuando no se juntaban de por sí animales alzados con los suyos, muy bien sabía él, con sus peones y algunos otros gauchos conchabados al efecto, pegar una volteada en un radio de muchas leguas en derredor y agregar así paulatinamente otros al rodeo primitivo.

También sabía que un animal sólo vale mientras está gordo y también que la gordura pronto desaparece por cualquier causa, más ligero aún de lo que ha venido; y por esto no se descuidaba, revisando continuamente la hacienda y mandando tropas de novillos gordos cada vez que alcanzaba a tener de ellos bastante número para que valiera la pena. Caían en plaza, bien o mal, y se vendían por lo que diesen; pero, cualquiera que fuese el resultado, siempre era mejor que esperar que los animales volviesen a enflaquecer.

Loritegui se iba haciendo dueño de una regular fortuna y ya podía acariciar la esperanza de que pronto las diez leguas de campo que circundaban la laguna aquerenciadora llegarían a ser de él, pues las iba poblando cada día más, de hacienda y la hacienda le daría para comprarlas.

De los malones de los indios había sufrido poco hasta entonces y poco ya se preocupaba de ellos, pensando que para siempre habían concluido, cuando corrió el rumor de que, habiéndose juntado todos los caciques de la Pampa, preparaban una formidable invasión; y antes, de que el gobierno hubiera podido mandar las tropas necesarias para atajarles el paso, llegaron las huestes arrasadoras hasta cerca del Azul, saqueando, matando, incendiando y se llevaron un arreo como nunca lo habían podido hacer, pues nunca habían estado aquellos campos tan poblados de hacienda como entonces.

Cuando Loritegui supo que venía la indiada, a pesar de los consejos de sus peones, se negó a disparar, y dejando que otro aprovechase el parejero que para ese caso siempre había tenido listo, se encerró en el rancho, con los dos gauchos que con él habían venido de adentro.

Le parecía de poco valor la vida, perdiendo los bienes adquiridos, y todo junto lo quiso arriesgar. Pero los indios andaban de prisa; arrearon con toda la hacienda, sin tratar siquiera de entrar en el rancho que, por sus fortificaciones, les pareció quizá difícil de sorprender, y por su pobreza, de poco provecho, y se fueron sin darle ni ocasión a don Juan Bautista de desquitarse algo, haciendo con el rifle estragos entre ellos.

Quedó el pobre del todo desconsolado cuando vio esfumarse entre las brumas del horizonte la nube de tierra en que trotaba envuelto el montón de su hacienda. Se puso a llorar, descorazonado, y quedó encerrado sin querer salir una sola vez durante más de una semana. Sus peones, para distraerlo, lo querían llevar a recorrer el campo; pero:

-«¿Para qué? -decía él-, si ya no hay hacienda que repuntar».

Un día miraba con tristeza el campo desierto; por lejos que echase la vista, no alcanzaba a divisar un solo animal; hasta el último ternero se habían llevado los indios. Del espejo azul de la laguna se levantaba al rayo del sol un vapor transparente que, por la distancia, formaba en el horizonte una brillazón; Loritegui la contemplaba con la indiferencia del que ya perdió hasta la ilusión de la esperanza. Pensaba con dolor que se le iba a vencer el plazo para pagar al gobierno la última cuota del campo y que, no teniendo ya con que hacer plata, iba a perder también sus derechos a la propiedad.

-«Y de todos modos -murmuraba,- ya que no tengo más haciendas, ¿para qué necesito campo?»

De repente, lleno de alegre emoción, se irguió: clavó la mirada en el espejismo y detuvo un grito de admiración. La brillazón iba cambiando de aspecto, de forma, de color; su inmenso y turbio espejo sólo reflejaba, un momento antes, las pajas altas y los yuyos grandes que crecían en la orilla de la laguna, indicando con claridad cierta mancha rosada que en la orilla había una bandada de flamencos, inmóviles como quien sueña. Ahora, se agitaban y volaban los flamencos; el espejismo, todo removido, se cargaba de tonos obscuros mezclados de manchas claras. Aumentaba la agitación de la nube transparente, se extendía en ella como una pincelada negruzca en forma de media luna y ya no pudo tener duda Juan Bautista de que en la laguna estaban tomando agua muchos animales. Llamó a sus dos peones y les enseñó lo que tanto le turbaba. Primero temieron ellos que los indios hubieran vuelto; pero fue sólo un recelo inconsciente y rápido, pues con sólo mirar no se podían engañar: era hacienda, hacienda vacuna, mucha hacienda, y hacienda sola, sin nadie que la arrease; de todo esto no cabía duda, y, sin correr ningún riesgo, podían los tres -lo que en seguida hicieron -aproximarse a ella y reconocerla. Ensillaron tres de los caballos que hasta ese día habían tenido encerrados en el reducto de las casas y dando una gran vuelta para no asustar los animales y dejarles tomar agua a su gusto, se les acercaron despacio, bastante para ver que las vacas que hacían de punteras eran las que quedaban de las mismas primeras que había comprado Loritegui en el Azul, y que entre los tres habían traído hasta la laguna.

Tan aquerenciadora había resultado ésta para ellas, que al ser batidos los indios por las tropas del gobierno, no habían esperado que las arreasen por otra parte, y mientras seguía la persecución a los salvajes, despacio, pero sin parar, habían punteado para ella, y como las que desde entonces había ido juntando con ellas don Juan Bautista también conservaban de la laguna el mejor recuerdo, siguieron a las compañeras.

Pero lo más raro fue el inmenso arreo quitado a los indios y provisionalmente abandonado a su suerte por los vencedores, hasta que volviesen de la sableada, desorientado por la caminata, por el hambre y el cansancio, y por la enorme mixtura producida en marcha tan apurada entre haciendas sacadas de tantas partes distintas, siguió también en su mayor parte a las punteras de don Juan Bautista Loritegui. Y éste, viendo que en todas esas haciendas había miles de vacas orejanas, las rondó con sus peones para que se quedasen en el campo; de todos modos, cabían todas; la parición se acercaba; seguramente tan lejos no vendrían todos los dueños a reclamar en seguida las suyas, y una vez grandecitos y herrados los terneros que iban a nacer, con echar del campo las madres, quedaba asegurada la... pichincha.

-¡Viva la laguna aquerenciadora!- exclamó Loritegui, tirando al aire la boina.

-¡Viva!- contestaron los peones, y para descansar de tanto charque, pues no comían otra cosa desde el malón, enlazaron una vaquillona gorda y la asaron con cuero.


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