La instrucción de un pastor

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


La instrucción de un pastor.

En la Cuaresma del año último, no, no, yo creo que es en la del anterior, pero ello importa poco para la verdad de nuestro cuento; lo cierto es, como vamos diciendo, que una mañana, después de haberse confesado, volvió al monte el tio Lamberto el pastor, y llamando á un zagalote, como de quince años, que le ayudaba en la guarda del ganado, le dijo:

— Dime, Bartolo, ¿cuántos años tienes?

— ¡Años!! no tengo ninguno; calzones tengo dos pares.

— ¡Hombre, por Dios! te pregunto ¿qué edad tienes? es decir, ¿cuánto hace que has nacido?

— No lo sé; cá, si era yo entonces muy pequeño.

— Dios me dé paciencia: hombre, dime, ¿te has confesado alguna vez?

— ¡Yo! no lo sé.

— ¿Has ido alguna vez á misa cuando te toca ir al pueblo?

— ¡Ah! ¿es la misa cosa del pueblo? entonces si quiere V. iré ahora á traerla.

— A traerla no, porque no es cosa que se trae, pero á oiría si, es necesario que vayas ahora mismo, pues el señor cura no ha querido absolverme porque no te enviaba.

— Entonces me voy.

— Espera, porque te veo dispuesto á cometer un disparate si no te esplico lo que debes hacer. Mira, cuando llegues al pueblo, te vas á la plaza, y donde veas que se dirige mucha gente, sigue detrás, detrás, y haces lo que hagan ellos.

Bartolo no se hace de rogar, se pone la chaqueta y toma la dirección del pueblo. — ¿Qué será la misa? decia en el camino, ¿qué será lo que hacen los demás, que yo debo mirar para hacerlo también? De seguro que si fuera cosa de comer, el tio Lamberto no lo hubiera guardado para mí. ¡Toma! eso seguro. Sí, bueno es él para dar nada á los otros, que algunas veces parece que se va á comer la sartén.

Revolviendo estas ideas, llegó á la plaza, á tiempo que pasaba una boda.

— Estos van á misa, dijo Bartolo, sigámoslos; y, sin decir una palabra, se incorporó á la comitiva, atravesaron dos ó tres calles, y llegaron á casa de la novia.

La mesa está preparada; los convidados se sientan, Bartolo mira y hace lo mismo. El novio era rico, la cena espléndida. ¡Oh, qué comida! Principian á comer; Bartolo imita: beben vino, también imita Bartolo: arrojan los huesos, Bartolo vuelve á imitar.

— ¡Qué despejada es esta gente, dice, ¡ah, no se comen los huesos!

¡Y no haber sabido esto antes! esclama el pobre mozo; ¡haber estado tanto tiempo sin saber qué habia una cosa tan buena como la misa!

La comida se concluye y Bartolo vuelve á su ganado.

— ¿Te ha gustado la misa?

— ¡Que si me ha gustado! digo, pues podia no gastarme. ¡Como estaba tan mala!

— ¿Has hecho lo que hacían los otros?

— ¡Que si lo he hecho! y puede ser que haya ganado á todos.

— ¿Es decir que quieres volver?

— ¡Vaya una pregunta! ahora mismo si hay otra por la tarde; pues digo, si por mí fuera, no hubiera salido de allí, ¡como que era aquello malo!

— Pues bien, el domingo volverás otra vez.

—¿No es domingo todos los dias?

— No, hombre, no.

— ¡Qué lástima! Pasa la semana, el domingo siguiente se encuentra Bartolo de nuevo en la plaza; tocan una campana, la gente se dirige en tropel á la iglesia, porque están dando las doce; el pastor los sigue, entra, vé que todos se dirigen á tomar algo á la pila del agua bendita. Ese sí que es plato, dice chupándose los dedos; en él hay para todos. Llega, mete la mano.

— ¡Ah! esclama, solo han dejado caldo!

No quiere sin embargo marcharse sin probarlo. El sacristán lo vé y le aplica media docena de puntapiés como para él solo.

— ¡Imbécil! ¿á la iglesia se viene á beber? Ya te lo dirán de misas.