La inconstancia

La inconstancia - Oda
de José María Heredia



A D. Domingo del Monte


En aqueste pacífico retiro, 
lejos del mundo y su tumulto insano 
doliente vaga tu sensible amigo. 
Tú sabes mis tormentos, y conoces 
a la mujer infiel... ¡Oh! si del alma
su bella imagen alejar pudiese, 
¡cuál fuera yo feliz! ¡cómo tranquilo 
de amistad en el seno 
gozara paz y plácida ventura, 
de todo mal y pesadumbre ajeno!
¡Amor ciego y fatal!... Ahora la tierra 
encanta con su fresca lozanía. 
por detrás de los montes enviscados 
el almo sol en el sereno cielo 
de azul, púrpura y oro arrebolado,
se alza con majestad: brilla su frente. 
y la montaña, el bosque, el caserío, 
relucen a la vez... Salud, ¡oh padre 
del ser y del amor y de la vida! 
¿Quién al mirar a ti no siente el alma
llena de inspiración?... ¡Salve! ¡Tu carro 
lanza veloz por la celeste esfera, 
y vida, fuerza y juventud lozana 
vierta en el mundo tu inmortal carrera! 
vuela, y muestra glorioso al universo
el almo Dios, que en tu fulgor velado, 
sin principio ni fin... ¿Por qué mi frente 
doblase mustia, y en mi rostro corre 
esta lágrima ardiente? ¿Quién ha helado 
el entusiasmo espléndido y sublime,
que a gozar y admirar me arrebataba? 
¿Qué me importa ¡infeliz! el universo, 
si me olvida la infiel? ¡Ay! en la noche 
veré la tierra en esplendor bañada, 
al vislumbrar de la fulgente luna,
y no seré feliz: no embebecida 
el alma sentiré, cual otro tiempo, 
en mil cavilaciones deliciosas 
de ventura y amor: hoy afligido 
solamente diré: «No mi adorada
en tal contemplación embelesada 
a mí dirigirá sus pensamientos». 
De aquestas cañas a la blanda sombra 
recuerdo triste mi placer pasado, 
y me siento morir: lánguidamente
grabo en el tronco de la tersa caña 
de Lesbia el nombre, y en delirio insano 
gimo, y le cubren mis ardientes besos. 
Su mano, ¡ay Dios! la mano que amorosa 
mil y mil veces halagó la mía,
hundió el puñal en mi confiado pecho 
con torpe engaño y con mudanza impía. 
Heme juguete de la suerte fiera, 
de una pasión tirana subyugado, 
abatido, infeliz, desesperado,
el triste espectro de lo que antes era. 
¡Oh pérfida mujer! ¡Cómo pagaste 
el afecto más fino! 
Bajo rostro tan cándido y divino 
¿tan falso corazón pudo velarse?
Tú, mi loca pasión ¡ay! halagabas, 
y feliz te dijiste en mis amores. 
Aunque el hado tirano 
en mi alma tierna y pura 
verter quisiese cáliz de amargura,
¿Le debiste ¡infeliz! prestar tu mano? 
Cuando el fatal prestigio con que ahora 
la juventud y la beldad te cercan 
haya la parca atroz desvanecido, 
para salvar tu nombre del olvido
el triste amor de tu infeliz poeta 
será el único timbre de tu gloria. 
la mitad del laurel que orne mi tumba 
entonces obtendrás; y de tus gracias 
y de tu ingratitud y mi tormento
prolongará mi canto la memoria. 
¡Hermosura fatal! tu disipaste 
la brillante ilusión que me ocultaba 
la corrupción universal del mundo, 
y la vida y los hombres a mis ojos
presentaste cual son. ¿Dónde volaron 
tanto y tanto placer? ¿Cómo pudiste 
así olvidarte de tu amor primero? 
¡Si así olvidase yo!... Mas ¡ay! el alma 
que fina te adoró, falsa, te adora.
No vengativo anhelaré que el cielo 
te condene al dolor: sé tan dichosa 
cual yo soy infeliz: mas no mi oído 
hiera jamás el nombre aborrecido 
de mi rival, ni de tu voz el eco
torne a rasgar la ensangrentada herida 
de aqueste corazón: no a mirar vuelva 
tu celeste ademán, ni aquellos ojos, 
ni aquellos labios do letal ponzoña 
ciego bebí... ¡Jamás! —Y tú en secreto
un suspiro a lo menos me consagra, 
un recuerdo... ¡Ah cruel! No te maldigo, 
y mi mayor anhelo 
es elevarte con mi canto al cielo, 
y un eterno laurel partir contigo. 

Julio, 1821