La hermana de la Caridad/Capítulo VIII

Capítulo VIII

En la noche que había señalado Margarita, presentaba mágico aspecto su hermosa casa. El baile anunciado se celebraba en los espaciosísimos jardines de aquella magnífica vivienda. Estaba el cielo puro, la luna derramaba su argentina y melancólica luz en los celajes. Los árboles, cargados de lozanas flores, ostentaban luces de mil colores, en su vario follaje escondidas, luces que derramaban reflejos misteriosos e indefinibles. Las fuentes se levantaban a los cielos en argentadas columnas, descomponiendo al caer los varios rayos de luz que herían sus líquidas perlas. Hermosas macetas, conteniendo las más variadas flores; aves presas en doradas redes, que tomaban por día la hermosura y claridad de aquella noche, y despedían dulces notas acompañando a la música, que derramaba ondas de armonía en los aires, eran nuevos encantos de aquel edén.

Entre tantas flores y fuentes, alrededor de aquellas luces, faltaban las mariposas, y bien pronto se pobló de beldades el jardín, de beldades que en esa tierra pagana recordarán siempre con sus encantos la hermosura de las olímpicas diosas.

Apenas se comenzó a poblar el salón, vióse aparecer a Margarita. Estaba hermosísima. Vestía un rico traje blanco; prendía su cabeza con algunas rosas naturales entrelazadas con pequeños diamantes, que parecían gotas de rocío cuajadas en sus sedosos cabellos; mostraba desnudos sus brazos y su torneada garganta, y reunía con admirable gusto el lujo a la severa elegancia. Apenas había saludado a todos, cuando se acercó a ella un joven rubio, de ojos azules, de buen continente, y tomándola una mano, le dijo:

-Siempre injusta.

Margarita se quedó pálida, mortal; apretó las manos del joven con gran efusión, y dijo:

-Siempre cruel. ¿Venís a recordarme mis debilidades y vuestro triunfo? ¡Oh! Me avergonzáis.

-Margarita, os he querido hacer buena. Pretendí enseñaros el verdadero amor. Veo que ya es tarde.

Margarita se estremeció al oír estas palabras, y dijo con acento muy tierno, entrecortado por la profunda emoción que sentía:

-Sí, ya es muy tarde. Acaso la eternidad levante pronto un abismo entre ambos.

-¿Pensáis moriros pronto?

Un grupo de convidados vino a cortar muy pronto el hilo de esta conversación. Entre ellos se encontraba Eduardo. Pocas veces había sentido nuestro joven un dolor más verdadero y más profundo. Margarita, su amor, su ensueño, su vida, andaba de círculo en círculo, recogiendo larga cosecha de adulaciones, escuchando palabras de afecto más o menos apasionadas, reinando sobre todos los corazones; y en aquel vértigo de placer, en aquel desvanecimiento, no se acordaba de su amado, de Eduardo, que la seguía con el corazón lleno de pena y con los ojos arrasados de amarguísimas lágrimas.

Después de largo espacio de tiempo, después que ya se encontraba el baile en ese período en que nadie se acuerda de nadie, en que todos consagran su atención, o bien a la fiesta, o bien a un ser que ocupa el pensamiento, o bien a la pareja con quien hablan o danzan, Eduardo, en extremo dolorido, se asentó en un rincón del jardín, bajo una especie de dosel que formaban varias acacias entrelazadas, cuyas flores de vez en cuando caían sobre su frente arrancadas por el soplo de la brisa del mar, que se veía a lo lejos iluminado por los rayos de la luna. Eduardo pensaba con tristeza en la felicidad de los seres inanimados. «¡Cuánto más feliz que yo, decía, es la vida que se mueve a impulso de una ley que no conoce, y esa flor que, al caer del ramo en que estaba, nada siente, y esa luciérnaga que vive sin conocimiento de sí bajo una hoja, y todo cuanto en el mundo carece de libertad y se ignora a sí mismo; cuánto más feliz es que el hombre, cuya conciencia le sirve sólo para mostrarle su pequeñez, cuya libertad es un perpetuo y horrible combate!»

Apenas acababa de hacer estas reflexiones, cuando sintió una mano que caía ligeramente sobre su hombro. Volvióse de repente, y se quedó extático y embebido ante Margarita. El aroma de las flores, la brisa, los suspiros que por doquier resonaban, las palabras que llenaban la atmósfera, el vapor del baile, las armonías de la música, la pasión que henchía todos los corazones, las infinitas ilusiones que cual nube de mariposas volaban en su mente, todo, todo cuanto veía y pensaba, convidaba al amor.

-Eduardo, ¿me habéis ya olvidado? -dijo Margarita con acento dulce y de una delicada ternura.

-¿Vos me lo preguntáis? He estado aquí, siguiéndoos por todas partes, mirando cuánto os divertíais, contando los brazos que os recibían y estrechaban en el calor del baile, y sintiendo las palabras que os decían y contestabais, palabras horribles, que caían como gotas de plomo derretido sobre mi corazón.

-Es necesario decirlo todo. Eduardo, conozco que padecéis.

-Decidme, Margarita: ¿os habéis empeñado en que os aborrezca?

-No, me he empeñado en que seáis feliz, completamente feliz conmigo, que os amaré con todo el fuego de mi alma, lejos del bullicio del mundo, en el retiro, en la soledad, allí donde podamos formarnos un espacio para nosotros solos, en que todo sea placer y amor y contento, en que veamos, unido uno en brazos de otro, huir el tiempo mansamente, sin acordarnos ni de ayer ni de mañana, sino de aquel instante de felicidad, que se puede prolongar por toda la eternidad.

Y al decir estas palabras, sus ojos lanzaban como rayos de amoroso fuego sobre Eduardo, y sus pequeñas manos, trémulas, se perdían entre las manos del joven, y su aliento, como el perfume embriagador de hermosísima y fresca rosa, ascendía hasta los labios del cuitado, que, fuera de sí, anhelante, se pasaba la mano por la frente para convencerse de que no era presa de un sueño, pues nunca había oído palabras semejantes de Margarita, de aquella mujer por cuyas miradas hubiera dado su vida.

-¿No me decís nada? -exclamó después de algunos instantes Margarita, dejando caer la mano del joven como muestra de dolor y duda.

-¡Que no os digo nada! ¿No os dice nada este corazón que quiere saltar de mi pecho a impulso de mi trastornadora alegría?

Y Eduardo, cogiendo con efusión la mano de la joven, se llevaba al corazón como fuera de sí, y delirante por la felicidad en que le había sumergido, felicidad tan nueva que le parecía mentira o soñada.

-Pero, como muchas veces, Eduardo, os he dicho, no puedo creer en vuestro amor, en esa pasión que me pintáis tan exaltada y tierna, si una prueba de amor decisiva, inmensa, no viene en abono de mi fe.

-¿Qué prueba queréis?

-Mirad: ¿veis aquella puerta que se abre? ¿Veis aquel joven apuesto que entra en aquel gabinete y que se dirige al mismo? Pues bien: ¡ese hombre ha de morir esta noche asesinado a vuestras manos!

-¡Margarita! -dijo Eduardo con acento desgarrador-. ¿Queréis introducir el demonio del crimen y de la deshonra en el cielo de nuestro amor?

-Os he conocido -contestó Margarita con despecho-. Dejadme. No quiero saber nada de vos; dejadme; idos. Ese hombre me ha deshonrado. Ese hombre ha arrancado indignamente de mí la virtud y la pureza. Ese hombre, después, me ha despreciado. Ese hombre ha libado a la fuerza el amor que yo sólo guardaba para vos. Ese hombre me ha escupido a la cara. Y ahora, cuando os pido venganza, sí, venganza; cuando deseo que este puñal, sí, este puñal, regalo suyo, se lo clavéis en el corazón..., huís de mí y me dejáis sin venganza!

-Margarita, ¡por piedad! -exclamó Eduardo.

-¡Y yo que lo tenía preparado todo para la fuga; yo que no me he ido con vos lejos, muy lejos de Nápoles, porque esperaba ver lucir esta noche la rojiza luz de venganza; yo, que después, en el golfo, a la luz de la luna, sólo en nuestro amor pensaba, mientras las brisas me encaminaran a las playas de Sicilia, para de allí huir a más lejanos países; yo, que pensaba deciros todo lo que por mí pasaba, entregaros mi corazón, juraros un amor eterno, inmenso, fuente de nunca gustados deleites!...

Eduardo se acercó a Margarita, la estrechó contra su corazón, imprimió un ardoroso beso en sus labios, tomó el puñal que brillaba en su mano, y a todo correr se dirigió a la escalera de mármol que abría paso del jardín a las habitaciones superiores del palacio. La joven pronunció, lanzando una prolongadísima y amarga carcajada, estas palabras:

-¡Ah! Ya estoy vengada.

Y con paso lento y con singular frialdad fue a buscar a sus convidados, hablando a todos con tal indiferencia y calma como si nada sintiera.

Después de haber conversado con varios de sus convidados, se dirigió a un asiento donde había dos jóvenes solas, y comenzó a hablarles de esta suerte:

-No puedo guardar un secreto. Me pesa en el corazón, y aunque destruya el efecto que yo apetecía, voy a deciros lo que os preparo, con la condición de no imitarme, de no decir a nadie, absolutamente a nadie, lo que yo os voy a confiar. ¿No habéis oído hablar de una joven cuya voz es prodigiosa y cuyo canto tiene una melodía celestial?

-Sí -dijo una de las jóvenes-; me han dicho que es un portento, y excita el entusiasmo de cuantos la escuchan; que anda por las calles con un pobre anciano, y que sólo canta una vez al día para adquirirse el sustento necesario. ¡Oh! Tendremos mucho gusto en oírla.

-Es ésa -dijo Margarita-; esas son las señas, esas son. Es hermosísima. Pero me ha exigido que la deje sola en uno de los kioscos, en compañía de su padre, y que desde allí cantará, porque no quiere presentarse ante la sociedad; y como todo esto aumenta los encantos de la sorpresa, no he dudado un punto en acceder a su deseo.

-Has hecho muy bien -dijeron a una ambas jóvenes.

-Después que yo haya concluido el aria de Lucrecia Borgia debe dejarse oír su voz, según tenemos precisamente convenido.

Mientras esto acontecía en el jardín, veamos lo que pasaba a Eduardo. El amor, cuando sin pararse en lo justo llega a enardecer la sangre, suele embriagar como el vino. Eduardo había sentido en su vida dos pasiones por dos objetos distintos. Al salir de la inocencia, cuando el alma se abre a las auras del cielo, había sentido un amor puro, infinito, por Ángela. Este amor era el amor del alma, sin mezcla alguna de mal; era hermoso e inocente como la mariposa, como la flor, como la gota de rocío, pues la inocencia es la primavera de la vida, y como la primavera, presenta la vida en flor, con toda la prístina pureza que le infundió el Creador. Esta pasión era el ángel de la guarda, que bajo sus nacaradas alas protegía sus ensueños y sus virtudes y sus ilusiones, y todo cuanto hay de divino en el espíritu. Así, mientras esta pasión habitó en el pecho de Eduardo, su vida corrió entre flores, retratando el cielo.

Pero un día el sentido se despertó, y perdiendo la vida su natural equilibrio, el sentido se llevó tras sí el alma. Eduardo vio a Margarita, y la amó; pero con un amor tormentoso, desasosegado, febril, con el amor de los sentidos. Encontró resistencia, y resistencia porfiada y tenaz; encontró también dudas, temores en el corazón de Margarita, donde todos sólo habían encontrado un instante de placer, y el delirio de su deseo le enajenó, haciéndole olvidar hasta la existencia de su alma y el recuerdo de su amor.

En esta pasión, su corazón ardía como el fuego, pero próximo siempre, por lo mismo, a convertirse en cenizas, a evaporarse en humo. La pasión que había tenido por Ángela, a pesar de aquel prolongado olvido, lucía como luce siempre el sol aun cuando venga la noche.

Pero aquella luz purísima le había retirado sus rayos. Así, en su alma no había más que negra noche y tristísima tempestad. El amor frenético, delirante, le llevaba como de la mano a la perdición. Las buenas pasiones impelen blandamente al hombre en su carrera por la vida. Un alma sin pasiones sería como una estrella sin luz. Pero las perversas pasiones desquician la vida, burlan y encenagan sus claros y puros manantiales.

Eduardo, oyendo sonar las febriles palabras de Margarita; entusiasmado con sus pinturas de un porvenir delicioso, que él anhelaba con esa fiebre delirante de los sentidos; enardecido por el beso que acababa de recibir, tras el cual había por tanto tiempo desaladamente corrido; aguijoneado y espoleado por el deseo, en aquellos instantes oía sólo el zumbido del viento de sus pasiones, y sólo sentía el ardiente hervir de su encendida sangre.

Así se lanzó al salón donde estaba el joven que le había señalado Margarita. Éste se dejó caer sobre un diván, diciendo: «Me flaquean las piernas. Estoy cansado.» Y a los pocos instantes, aunque luchaba tenaz y porfiadamente con el sueño, procurando levantarse y frotarse los ojos, se quedó profundamente dormido. Entonces entró Eduardo, y se quedó contemplando silenciosamente, en actitud de meditar, las consecuencias de la escena infame a que le arrastraban sus desbordadas y tormentosas pasiones.

-Voy a matar, decía, a un hombre. Voy a matarle a sangre fría. ¿Qué habrá en estas pasiones que así me ciegan? ¿Qué habrá en mi corazón que así se conturba y estremece? Horas dulcísimas del amor dulce y tranquilo, ¿qué os habéis hecho? Pero esa mujer, esa mujer me ha trastornado el alma. Mi sangre no se renueva sino al contacto de su aliento; mi corazón no late sino en su presencia; mis ojos no tienen luz si no la toman de sus ojos. Por un beso daría cuanto soy; ¿por qué al recibirlo no he de dar mi alma? Y voy a cometer un crimen, sí, ¡un crimen! ¿Se habrán borrado de mi conciencia las nociones de lo justo y de lo honesto? ¡Ay! En mi alma no hay más que un pensamiento, no hay más que un anhelo: triunfar de esa mujer. Verla en mis brazos amante, esa es mi aspiración única, el deseo encerrado en el fondo de mi alma. Parece que esta pasión me arranca el corazón, y me muerde en mis entrañas, abrasándolas como las tenazas del infierno. Todas estas angustias, todos estos dolores podrán aplacarse el día en que esa mujer me pertenezca, el día en que esa mujer me siga y me pida una mirada, como yo ahora la sigo anhelante, y padezca todo el martirio inmenso que yo padezco. Y ¿no es dable, para conseguir este fin, pasar por encima de las entrañas de un hombre? El menor de nuestros deseos cuesta la vida a infinitos seres. Nos alimentamos de la muerte. Cubrimos nuestras carnes con los despojos de todos los seres. En la gota de agua que bebemos para aplacar la sed, destruimos el mundo de infinitos insectos. Y si por todas partes dejamos grabadas huellas de destrucción, de ruinas, de muerte, ¿no ha de sernos posible acabar con un hombre que se levanta en nuestro camino? ¡Ay! Pero no conozco a ese hombre. No me ha hecho ningún mal.

Y cuando estas reflexiones cruzaban por la mente de Eduardo, se oyeron las apasionadas notas de la Lucrecia, que lanzaba al aire la voz de Margarita.

-¡La señal! Sí, la señal del crimen. Ese hombre ha devorado el amor de esa mujer que me trastorna el sentido; ha alcanzado una felicidad indecible, inexplicable, y acaso en sus ensueños se esté burlando de mí. Muera, sí, muera, ya que es necesario para que yo sea feliz.

Y al pronunciar estas palabras, levantando el puñal, se dirigió al diván donde estaba durmiendo la víctima.

Pero en aquel mismo instante se oyó una voz dulce, ternísima, un canto celestial, que parecía descendido de las esferas celestes, una armonía desconocida de oídos mortales, que embargaba los corazones y se llevaba tras sí el pensamiento: era una voz que caía sobre el corazón como el rocío sobre la flor; que derramaba una melancolía dulcísima, esa melancolía que sólo es dado sentir a la virtud, y que un poeta, en su divina habla, ha llamado la nostalgia del cielo.

Eduardo se detuvo un instante a la primer nota, y retrocedió apenas el canto se levantaba al cielo. Arrojó el puñal en seguida, y abriendo una ventana maquinalmente, se avanzó con delirio a respirar auras que venían bendecidas por tan divina voz. Su vida, turbada momentos antes, como el mar tempestuoso y agitado, se fue calmando, y poco a poco parecía como el mar sereno, que retrataba las estrellas del cielo. No se atrevía a respirar: tan extasiado y fuera de sí estaba. Y, en efecto, el alma tiene alas, y las tiene para volar a Dios. Cuando el lodo del mundo cae sobre las alas, pesan tanto que no pueden levantarse ni cernerse en los aires. Pero cuando un soplo celeste las impulsa, vuelven a tomar su rumbo, y nos llevan a lo infinito, que es nuestra patria, que es el centro de nuestras almas. Así, en aquel supremo instante, el alma de Eduardo se levantaba, sacudía el polvo del mundo y volaba en pos del eterno e inmoble norte de la vida. ¿Quién no ha sentido alguna vez ese misterioso y extraño éxtasis? Así es que ya se había apagado aquella melodiosa voz, y aún estaba Eduardo en la ventana embebido en sus pensamientos. Pero de pronto se le ocurrió una idea: «Yo he oído esa voz, sí; yo la he oído alguna vez.» Y entonces vino a su imaginación el recuerdo de los días felices de su puro amor y la imagen de Ángela. Entonces vio el mar tranquilo, el cielo sereno, las orillas sembradas de flores, y las flores de mariposas; la aguja del campanario de la aldea dibujándose en el firmamento; las blancas velas henchidas por las brisas, como su corazón de alegría; los amorosos sauces, que, movidos dulcemente, gemían como si aprisionaran un alma; la fuente misteriosa, y al lado de la fuente y bajo los sauces, alimentando en el hueco de la mano con dorados granos de trigo a las blancas palomas, el puro ángel de su primer amor.

Entonces ardió en ansia, en anhelo de ver a Ángela, de preguntar de dónde salía aquella voz y postrarse de hinojos ante el ser que le había apartado del crimen, que le había vuelto a mostrar el cielo de la inocencia. Y al bajar, vio que todos los convidados iban ya desapareciendo, que se apagaban las luces del jardín, y que Margarita, cogiéndole de la mano, decía:

-¡Huyamos, huyamos!

-¿Adónde hemos de huir? -contestó Eduardo.

-A ser felices -dijo con entusiasmo Margarita.

-¡Oh! Yo no puedo ser feliz sino viendo el ser bendito que ha derramado esos cánticos en el aire, esos cánticos que me acaban de apartar del crimen, pues son el santo recuerdo de mi primer amor.

Apenas pronunciaba estas palabras Eduardo, aparecía el joven convidado en la escalera, y traía en la mano el puñal; y dirigiéndose a Margarita, exclamaba:

-Os entrego este puñal. Guardadlo. Lo he encontrado al despertar, a mis plantas, y os lo entregué un día como símbolo perfecto de lo que es vuestro brillante amor.

Y saludando después a Eduardo, salió del jardín, que estaba ya solitario, alumbrado por los opacos rayos de la luna, que se iban apagando en la primera luz del naciente crespúsculo.

-Eduardo, ¿me habéis despreciado? ¿Habéis preferido vuestra virtud a mi amor? ¡Qué desgraciada soy!

-Esa mujer que ha cantado, o, mejor dicho, ese ángel, ¿dónde está, dónde? -preguntó el joven.

-Se ha ido.

-¿Dónde, dónde?

-No sé.

-Es mi primer amor.

-Vos soñáis.

-Ella me inspiró mis primeros sentimientos.

-¡Eduardo!

-¿Qué habéis hecho de ella?

-Ya os lo he dicho; se ha ido.

-¿Hace pocos instantes?

-Muy pocos.

-¿Hacia dónde va?

-Hacia la playa.

El joven, sin despedirse de Margarita, afectado por aquella revelación, combatido por mil distintos pensamientos, salió a la calle, y se dio a correr por las encrucijadas de Nápoles, sin curarse de lo vago de las señales dadas por Margarita, ni de la imposibilidad en que estaba de encontrar a la joven a tales horas y en tan intempestiva sazón.