La estafeta romántica : 36

La estafeta romántica : 36 de Benito Pérez Galdós
Del mismo al mismo

Madrid, Septiembre.

Aquí me tienes otra vez, Fernandito mío, pluma en mano, dispuesto a concluir mi cuento, que no lo es, aunque lo parezca. Sabrás que la marcha desde Buenache de Alarcón a la villa de Arganda fue alegre y al modo triunfal, pues no he visto pueblos más regocijados con la presencia del Rey, ni campanas más vocingleras en el repicar. Arcos de ramaje vi en algunos puntos; en otros hubo toros, cañas y berridos de entusiasmo. Como toda esta región central es la menos castigada por la guerra y están los pueblos vírgenes de exacciones, encontramos abundantes víveres, con lo cual remediaron su hambre atrasada los expedicionarios y el sinnúmero de clérigos y covachuelistas que siguen al Rey. Tal séquito era una horrorosa carga que estorbaba las marchas y ofrecía dificultades mil para los alojamientos. Venía toda la administración de Don Carlos, sus Juntas y Consejos, un verdadero ejército de caracoles o tortugas, con la casa a cuestas, es decir, con todo el papelorio de las oficinas. Entre la turbamulta de parásitos había cundido la idea de que entrarían en Madrid sin disparar un tiro, por estar el pastel bien amasado y dispuesto para comerlo por mitad. Lo creían como el Evangelio, y no anhelaban más que llegar a la Villa y Corte para ocupar cada cual su blando puesto en las Secretarías y Ministerios, o en la Intendencia palatina.

De este optimismo participaba el Rey, a quien los italianos que le rodeaban habían hecho creer que entraría pacíficamente, acatado por tropa y pueblo, dirigiéndose a Palacio, donde reunida toda la Real familia, se daría solemne sanción legal al concierto dinástico. Mal defendido Madrid por escasa guarnición y por la Milicia Nacional, no había que temer seria resistencia, en caso de que el masonismo la intentara. Se contaba con la connivencia de varios generales, incondicionalmente afectos a palacio. Otros habían recibido instrucciones para hacerse los desentendidos. En las líneas del Este y del Sur, Puertas de Atocha y de Toledo, mandaban jefes de confianza. No había, pues, nada que temer. Madrid era del Rey, y Madrid es la llave de España y sus Indias. Con tales ideas, los últimos días de marcha fueron alegres, sin que turbaran el contento batallas ni ningún militar compromiso. Pasado el Júcar, más acá de Alarcón, entramos en un camino triunfal. No me acuerdo del lugar donde salió a recibir al Rey el escuadrón de Terpsícore, un grupo de muchachas muy lindas, con panderetas y canastillas de flores, bailando y cantando. Las coplas no eran de lo más clásico; pero resultaba un bonito efecto. El comistraje ofrecido al Rey no fue malo, según dicen, pues yo no lo caté. En Tarancón alojaron a S. M. C. en la propia vivienda del padre de D. Fernando Muñoz, donde no halló desahogo de aposentos ni un trato muy fino, y mi humilde persona se arregló con Cabrera en casa de unos hidalgos labradores, que nos trataron guapamente. La recua clerical y covachuela lo pasó tal cual ese día, pues no hubo para ella buen acomodo, quedándose algunos en cuadras pestíferas y en bodegas obscuras. Pero no faltó vino para todo el parasitismo, con lo que los duelos fueron menos y el quebranto tolerable. En Fuentidueña salió el clero con palio, el Ayuntamiento con estandarte, y la Sacra Majestad se dirigió solemnemente a la iglesia, donde la obsequiaron con religiosos cánticos. Igual demostración de gratitud al Omnipotente tuvimos en Villarejo de Salvanés, con merienda suntuosa y pellejos de vino a discreción. La alegría de la ojalata llegó a manifestarse con estruendo impropio de gente tan sesuda y de la gravedad de un Monarca que hacía su regio papel imitando a los ídolos. Llegamos por fin a la villa de Arganda, famosa hasta hoy por sus caldos, y que lo será en lo sucesivo por la solemnidad del Te Deum que nos endilgó con desusada fiesta de pólvora, colgaduras y demás manifestaciones de pública inocencia. Divisadas desde allí las torres y chapiteles de la metrópoli de las Españas, prorrumpieron tropas y clérigos en alaridos de monárquico frenesí. ¡Cuán cerca estaba el triunfo! Un día no más les separaba del descanso. Concluiría la guerra; se inauguraría el reinado de la justicia y la legitimidad, quedando encadenada para siempre la infame hidra de la revolución.

El impetuoso Cabrera se aproximó el 12 a Vallecas, tiroteándose con unos desdichados milicianos que salieron por la Puerta de Atocha. Ello fue poca cosa, más bien nada. Al mediodía recalaron en el Real alojamiento de Arganda tres pajarracos de la Junta carlista de Madrid. Dijéronme, pues yo no veo bien, que no traían caras de Pascua, sino de tristeza y desaliento. Por la tarde, aun con mi corta vista, pude apreciar la consternación que se pintaba en los rostros de los expedicionarios del brazo eclesiástico, así como del militar y civil; y lo apagado y cavernoso de sus voces, oyéndoles cuchichear, me demostró que las risueñas ilusiones de aquellos infelices eran juguete del viento. En la bodega donde Rapella y otro italiano y dos franceses se alojaban, supe que la Reina Cristina se había vuelto atrás. No había nada de lo dicho, y lo convenido y tratado entre las dos ramas enemigas no debía mirarse más que como una broma.

Creí yo que este no era el desenlace, pues D. Carlos tenía bastante fuerza para demostrar que con él no se juega. Esperábamos todos que al día siguiente 13 se daría un ataque formal a la coronada Villa. Cabrera no deseaba otra cosa: quería ser el primero en asaltar la guarida de la revolución y el masonismo. Mal guarnecida la Corte, el Pretendiente tenía frente a sí la ocasión suprema, la hora crítica de su destino. Se jugaba la Corona, eso sí; mas no le faltaban probabilidades de ganarla, y ganarla en tal momento era ser Rey de carne y hueso, no de cartón. Cualquier hombre de juicio claro y de corazón grande no habría vacilado en acometer la empresa, arriesgando el todo por el todo. El sino de D. Carlos María Isidro era no hacer nada a tiempo, y ver silencioso y lelo el paso de las ocasiones.

A eso de las diez se nos dijo que S. M., celebrado Consejo, había decidido retirarse. Saldría la expedición a las dos de la madrugada en dirección de Alcalá. ¡Oh desencanto, oh infinita tristeza! Vi movimientos de desesperación, manos que iracundas asían mechones de cabellos, resoplidos de angustia y rabia. ¡Vaya, que tocar a Madrid con las puntas de los dedos, y no agarrarlo! A Cabrera no le vi. Supe que trinaba; que el matiz de su cara era verde; que sus ojos echaban fuego; que rechinaba los dientes. Dicen que dijo: Mentras este abad de Poblet nos mani, no farem cosa bona. Por mi parte, no pensé más que en preparar también mi retirada, o sea mi separación de la Causa, lo que no me fue difícil, ocultándome, de acuerdo con D. Aníbal, en la bodega de mi alojamiento. Al rayar la aurora del 13, cuando ya no se veían ni rastros de carlistas en las inmediaciones de Arganda, agregueme a unos trajinantes que venían a Madrid, y oprimiendo los lomos de una poderosa mula, hice mi entrada triunfal por la Puerta de Atocha, sin que salieran a recibirme muchachas con panderetas, ni el fastuoso clero con alzada cruz. Una corazonada felicísima, que más bien me ha parecido después secretico del Espíritu Santo, me llevó a pedir hospitalidad a cierto palacio tan viejo como suntuoso, que extiende sus amenos jardines no lejos de las Vistillas y de Nuestra Señora de la Almudena. Y vieras tú cómo allí me recibieron con palio, y me cantó el Te Deum una dulcísima y fiel amiga, a quien he diputado siempre como la hembra de más sutil ingenio que mecieron doradas cunas. Gala es de ambas aristocracias, castellana y aragonesa, y digna de que se estampe con letras de oro en el libro de la fama su bonito nombre: Pilar de Loaysa, por nacimiento Condesa de Arista, amén de otros sonoros títulos; por enlace, Condesa-Duquesa de Cardeña y Ruy-Díaz. En su corona se juntan los ilustres timbres de los Bustos de Lara y de los Idiáquez y Loaysa... Mas tantas preeminencias históricas no igualan a la grandeza de su talento, a la supina aristocracia de su amabilidad y cortesanía. Hame recibido como a un rey, agasajándome y proveyéndome de cuanto necesitaba mi caduca salud. Hemos hablado largamente a solas, querido Fernando, concluyendo por ponernos los dos muy alegres, y con esto te digo más que si te escribiera seis pliegos.

Se me olvidaba una cosa: Pilar y yo tenemos parentesco, no muy lejano, por los Sobremontes, por los Pignatellis y Javierres, y otras ramas que se cruzan e injertan en nuestros respectivos árboles nobiliarios. Pero esto ni quita ni pone. Lo importante es que te estimé cuando te conocí, y ahora te conceptúo el primero de mis amiguitos, hallándome dispuesto a guiar tus pasos en la vida social con mis consejos, con la inagotable ciencia que me han dado mis años y el continuo vivir entre gente de viso... Pronto hemos de vernos, pues en cuanto yo dé a mi pobre osamenta algún reposo, y me recobre del quebranto de estos siete meses de increíbles aventuras, tomaré el caminito de Mena, y juntos en esa dulce casa, en compañía de mis hijos y nietos, os contaré los lances, ora trágicos, ora festivos, interesantísimos todos, de mi larga permanencia en el campo de la facción. Sucesos oiréis que os pondrán los pelos de punta, otros que os moverán a risa, y algunos que debieran perpetuarse en letras para enseñanza de las generaciones futuras. Y entreverando mis historias de viejo con la tuya juvenil, te diré cosas que han de serte de gran provecho en la brillante vida que te aguarda.

Y ahora sólo me falta rematar el cuento pasado con la explicación del por qué y cómo de haber Doña Cristina dado al Pretendiente el solemnísimo chasco de Arganda. No acertaba ya con la clave de este político enigma, ni pudo mi mente salir de confusiones, hasta que Pilar de Loaysa me refirió lo que te transmito, sintiendo que al pasar de sus labios a mi pluma no conserve el encanto y la gracia que ella sabe dar a cuanto dice. Fue que a mediados de Agosto se sublevaron los oficiales del ejército de Espartero, acantonado en Pozuelo, Aravaca y El Pardo, pidiendo la caída del Ministerio Calatrava, el cambio de Gobierno y de política, o sea la anulación de todo lo creado en la trifulca de La Granja por los atrevidos sargentos Gómez y García. Acudió a sofocar el movimiento el Conde de Luchana, asistido de sus buenos amigos Seoane y Van-Halen, y de primera intención fueron separados del servicio los oficiales revoltosos, y ascendidos los sargentos para cubrir las vacantes. Pero como el nubarrón venía de lo alto, sin más objeto que destruir todo lo hecho desde la infausta noche de San Ildefonso, y volver las cosas al estado que tenían antes de aquel suceso, intervinieron voluntades palatinas para que los oficiales fueran reintegrados en sus empleos y honores. Armose tumulto en las Cortes; tu amigo Mendizábal señaló al propio Baldomero como autor de este inesperado cisco; defendiole Seoane; los ministros increparon el pronunciamiento, invocando las sacras libertades, la disciplina y demás cosas bellas que nadie ha sabido respetar, y al fin resultó lo que se deseaba, que era el menoscabo y vuelco de la situación liberal y masonil. Los oficialitos, en suma, han quedado triunfantes, y se vanaglorian de haber destruido la obra de sus subordinados, el audaz Alejandro y el astuto Higinio. La buena lógica pide que la revolución de sargentos sea enmendada por oficiales, y la de estos por generales, hasta que las hagan los mismísimos Reyes, sublevándose contra su propia majestad y prerrogativas. Henos aquí, mi buen Fernando, en presencia del fenómeno histórico que singulariza a la España de nuestros días; y perdona que tome este tonillo cargante y este amanerado estilo de discurso para señalarte el dicho fenómeno. Tantas frases sonoras y campanudas se me ocurren para maldecir esta endiablada máquina de las sublevaciones militares, que prefiero no transcribir ninguna, seguro de que otras voces y plumas lo expresarán más campanuda y gravemente que yo en el curso infinito de nuestras políticas trapisondas. Es un hecho, es un vicio de la sangre, del cual participamos todos, y con él hemos de vivir hasta que Dios quiera curarnos. Yo no he de verlo, y se me figura que tú tampoco lo verás.

Dicho esto, voy a la miga del cuento, y aquí recobro mis mañas de vejete maleante, diciéndote que salen Doña María Cristina y Doña Luisa Carlota batiendo palmas de gozo. Dan por fenecido el vergonzoso estado político que instituyeron con brutal grosería Higinio y Alejandro. El liberalismo y las logias cayeron. Su Majestad y Alteza han convencido a Espartero de que se deje nombrar Presidente del Consejo de Ministros, poniéndole de compinches al indispensable D. Pío Pita Pizarro, a Bardají, Vadillo, Salvato y General San Miguel. El aura popular del de Luchana, su autoridad ante el ejército, y el grande amor que le tienen jefes y tropa, devuelven a la Reina la confianza perdida desde la sargentada. Ya no cree su Causa en peligro, ya respira, se crece, se sacude el miedo; ya se atreve a mirar cara a cara al obcecado Pretendiente. Y restablecidas en su travieso carácter ambas hermanas, dan por nulos y sin ningún valor los tratos para reconciliar los dos brazos de la familia, y adiós soberanía de D. Carlos, adiós casamiento, adiós ilusiones del absolutismo, adiós paz del Reino... Sabedoras las napolitanas de que el figurón anda con sus tropas por Vallecas, desde palacio dirigen hacia allá sonrisas de burla y desdén, y una de ellas da a San Miguel la orden de que sea trasladado al centro el general que mandaba en las líneas de Atocha, pretextando que, por tenerle en gran aprecio, se le quería apartar del punto de más peligro. El tal (me callo su nombre) estaba en el ajo: su misión, de prevalecer el convenio, era franquear la entrada a la facción, y su recompensa, ser nombrado Ministro de la Guerra por el Rey absolutísimo.

Se me ocurre presentarte aquí un lindo ejemplar de sombras chinescas. Imaginemos, caro Fernando, un blanco muro, que es el fondo de la Historia patria. Sobre él aparecen dos lindos bustos negros. En las graciosas cabezas, de perfil, reconoces al punto a las dos napolitanas, señalándose por más bello y picante el contorno de la Reina, colocado delante del de su hermana. Ambas aplican el dedo pulgar a la punta de la nariz, extendiendo la mano y dando a los otros dedos un temblorcito gracioso. Vuélvense las caras y manos hacia la parte aquella de Abroñigal, donde se supone que está el Pretendiente recomendando a los suyos la confianza absoluta en la protección de la Santísima Virgen de los Dolores.

De fijo llevarás a mal que trate yo una grave cuestión histórica por arte bufonesca. Pero, hijo, considera que los años me hacen infantil: quiero ser serio, y no lo consigo. Mi experiencia, madre de mi descreimiento en estas materias, es abuela de mi humor festivo. Añade a esto que el descanso, la paz y las comodidades que disfruto en este palacio, después de tantas desdichas, despiertan en mí una alegría retozona. Te presento el lado gracioso de esta Real intriga, porque es el que más a mis ojos se destaca. Tú, niño ilustrado, a quien las probabilidades de tomar un buen papel en la política imponen la seriedad, podrás darle la vuelta (todas las cosas tienen dos caras) y presentarlo por el lado grave, para gobierno y enseñanza de esta generación más estudiosa en los libros que en los hechos. Por mi edad y mi ciencia del mundo, estoy autorizado a ser extravagante, a tener cosas, a reírme de lo que vosotros miráis con ojos de carnero y expresáis con retóricas almidonadas. Mi relato histórico pecará de burlesco... A mi modo, soy también romántico, de la cepa maleante. El romanticismo es la juventud y también la vejez. El mundo antiguo y el presente en él se enlazan. Por un lado llora, por otro ríe. Risa y llanto constituyen la vida, y yo no estoy ahora en disposición de llorar. En todo caso, imagínate que me he muerto ya, y que tienes delante de ti, contándote historias verídicas, no a un hombre, sino a un esqueleto. Mi calavera, asaz expresiva en sus ojos huecos y en su rasgada boca, te cuenta con gracejo lúgubre los errores de nuestros primates y el inocente abandono de nuestro pueblo.

Y sigo. El pobre D. Carlos es víctima de su ineptitud. Las traviesas napolitanas, que iban de capa caída, llevan ahora la mejor parte. Han derribado a Calatrava y su partido inepto, que no gobierna ni administra; se han congraciado con Luis Felipe, que juega con dos cartas, halagando por un lado al absoluto, por otro a la Reina, y solicita de esta que sofoque el incendio revolucionario y masónico; se han agarrado al brazo fuerte de Espartero; han dado a la oficialidad el gusto de anular la obra de los sargentos. Pondrán freno a la libertad de imprenta, convertirán en un papel mojado la reciente Constitución, y este no es más que el primer paso para ir a un régimen de fuerza y autoridad. ¿Qué sucederá después? Si quieres que sea también profeta, te diré que seguirá funcionando la máquina de los pronunciamientos; que no habrá revoluciones temibles, porque el pueblo es un buenazo, a quien se engaña con colorines y palabras vacías; que tendremos disturbios, cambiazos y trapisondas, todo sin grandeza, pues no hay elementos de grandeza, y las ambiciones son de corto vuelo. Redúcense a obtener el mando, y a que los triunfadores imiten a los vencidos en sus desaciertos y mezquindades. No late en la raza la ambición suprema de un Cromwell o un Napoleón. Todo es rivalidad de comadres y envidias de caciques. ¿Qué, te ríes? Pues tú lo verás, tú, que has de ser actor en esta comedia, y te contentarás con hacer tu papelito modesta y gravemente, creyendo que haces algo. Cuando llegues al término de la vida, nuestras dos calaveras tendrán un careo gracioso en las honduras de la tierra... y nos reiremos.

Entre tanto, vive y goza. Es preciso que lo que ha padecido por ti esta noble dama, mi excelsa castellana, se trueque ahora en goces de los dos, en alegrías y confortamientos recíprocos. Hora es ya de que ella te tenga, y de que tú le entregues tu corazón y tu voluntad. Lo dicho: me iré pronto allá, llevándote mi sabrosa compañía, mi conversación amena, mis consejos sapientísimos, mis reglas de vida. Te anticipo la severa amonestación de abordar sin recelo tu enlace con la niña de Castro. No hagas tonterías, Fernando; déjate de melindres y repulgos, que no servirían más que para dar la victoria a Doña Urraca. Esto me produciría la muerte instantánea, del berrinche tan grande que cogería. De modo que si no lo haces por ti mismo, hazlo por tu madre, que te adora, y por mí, que te bendigo. Apresuraré mi viaje todo lo que pueda, pues para esos arreglos me pinto solo, y de concierto el Sr. Hillo y yo, abordaremos al buen Navarridas; y a Doña María Tirgo, si no se pone de nuestra parte, la encerraremos en un armario de la sacristía, y todo quedará solventado en horas veinticuatro. Hazme el favor de anticipar a mis hijos los tiernos abrazos, y a mis nietos los besos, que pronto les dará el antes desgraciado y ahora feliz viejo -Beltrán de Urdaneta.


Episodios Nacionales : La estafeta romántica de Benito Pérez Galdós
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