La escuela de los maridos/Acto I/Escena II

La escuela de los maridos (1830) de Molière
traducción de Leandro Fernández de Moratín
Acto I, Escena II.
ESCENA II.
DOÑA LEONOR. DOÑA ROSA. JULIANA. (Las tres
salen con mantilla y basquina de casa de Don Gregorio,
y hablan inmediatas á la puerta.)
DON GREGORIO.
D. MANUEL.


DONA LEONOR.

No te dé cuidado. Si te riñe, yo me encargo de responderle.

JULIANA.

¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la calle, ni poder hablar con persona humana! ¡Qué fastidio!

DONA LEONOR.

Mucha lástima tengo de ti.

DONA ROSA.

Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me haya llevado consigo, que aun es peor.

JULIANA.

Le echaría yo mas alto que.....

D. GREGORIO.

¡Oiga! ¿Y adonde van ustedes, niñas?

DOÑA LEONOR.

La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aqui por la puerta de San Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de acompafiarnos.....

P. MANUEL.
Sí por cierto: vamos allá.
DONA LEONOR.

Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de Doña Beatriz.... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á esta por allá, que ya no sé qué decirla: con que, si usted quiere, irá conmigo esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y al anochecer estamos de vuelta.

D. GREGORIO.

Usted (A Doña Leonor, á Juliana, á Don Manuel y á Doria Rosa, según lo indica el diálogo.) puede irse adonde guste: usted puede ir con ella..... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo tiene á bien; y usted á casa.

D. MANUEL.

Pero, hermano, déjalas que se diviertan y que.....

D. GREGORIO.

A mas ver.

(Coge del brazo á Doña Rosa, haciendo ademan de entrarse con ella en su casa.)

D. MANUEL.
La juventud necesita.....
D. GREGORIO.

La juventud es loca, y la vejez es loca también muchas veces.

D. MANUEL.

¿Pero hay algún inconveniente en que se vaya con su hermana?

D. GREGORIO.

No, ninguno, pero conmigo está mucho mejor.

D. MANUEL.

Considera que.....

D. GREGORIO.

Considero que debe hacer lo que yo la mande..... y considero que me interesa mucho su conducta.

D. MANUEL.

¿Pero piensas tú que me será indiferente á mí la de su hermana?

JULIANA.

(Aparte. ¡Tuerto maldito!)

DOÑA ROSA.
No creo que tiene usted motivo ninguno para.....
D. GREGORIO.

Usted calle, señorita, que ya la explicare yo á usted si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo proponga, y la lleve, y la traiga, y la cuide.

DOÑA LEONOR.

¿Pero qué quiere usted decir con eso?

D. GREGORIO.

Señora Doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con usted.

DOÑA LEONOR.

¿Pero piensa usted que mi hermana estará mal en mi compañía?

D. GREGORIO.

¡Oh, qué apurar! (Suelta el brazo de Doña Rosa y se acerca adonde están los demás.) No estará muy bien, no señora, y hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.

DOÑA LEONOR.

Mire usted, señor Don Gregorio, usando con usted de la misma franqueza, le digo, que yo no sé cómo ella tomará semejantes procedimientos, pero bien adivino el efecto que haría en mí una desconfianza tan injusta. Mi hermana es, pero dejaria de tener mi sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y esa opresion en que usted la tiene.

JULIANA.

Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mugeres! Pues qué, ¿estamos entre turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso son malditos de Dios? ¡Vaya que nuestro honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted, y al hombre mas ladino le volvemos tarumba, cuando se nos pone en la cabeza burlarle y confundirle. Ese encerramiento y esas centinelas son ilusiones de locos, y lo mas seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á granelísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el nombre que tengo que me las habia de pagar.

D. GREGORIO.

Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?

D. MANUEL.

En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme sino de reir, y bien considerado no la falta razon. Su sexo necesita un poco de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni á la vigilancia mas suspicaz, ni á las zelosías, ni á los cerrojos. Bien poco estimable sería una muger, si solo fuese honesta por necesidad y no por eleccion. En vano queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos merecer su confianza y su carino. Yo te aseguro, que á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien solo faltase la ocasion de ofenderme, si por otra parte la sobraban los deseos.

D. GREGORIO.

Todo eso que dices, no vale nada.

(Juliana se acerca el Doña Rosa, que estará algo apartada. D. Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve el retirarse.)

D. MANUEL.

Será lo que tú quieras..... Pero insisto en que es menester instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender sus defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que á su nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educacion de Leonor. Nunca he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca me he negado á complacer aquellas inclinaciones que son propias de la primera edad, y te aseguro que hasta ahora no me ha dado motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á concurrencias, á diversiones, que baile, que frecuente los teatros, porque en mi opinion (suponiendo siempre los buenos principios) contribuye mucho á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad, si hemos de vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye acaso tanto como los libros mas doctos. Su padre dispuso que fuera mi muger, pero estoy bien lejos de tiranizarla; para ninguna cosa la daré mayor libertad que para esta resolucion, porque no debo olvidarme de la diferencia que hay entre sus arios y los mios. Mas quiero verla agena, que poseerla á costa de la menor repugnancia suya.

D. GREGORIO.

¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es miel y almivar..... Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando se ha concedido en los primeros arios demasiada holgura á una niña, es muy difícil ó acaso imposible el sujetarla despues, y que se verá usted sumamente embrollado cuando su pupila sea ya su muger, y por consecuencia tenga que mudar de vida y costumbres.

D. MANUEL.

¿Y por qué ha de hacerse esa mudanza?

D. GREGORIO.

¿Por qué?

D. MANUEL.

Sí.

D. GREGORIO.

No sé. Si usted no lo alcanza, yo no lo sé tampoco.

D. MANUEL.
¿Pues hay algo en eso contra la estimacion?
D. GREGORIO.

¡Calle! ¿Con qué si usted se casa con ella, la dejará vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora?

D. MANUEL.

¿Y por qué no?

D. GREGORIO.

¿Y consentirá que gaste blondas y cintas y flores y abaniquitos de anteojo y.....

D. MANUEL.

Sin duda.

D. GREGORIO.

¿Y que vaya al prado y á la comedia con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el rio, y.....

D. MANUEL.

Cuando ella quiera.

D. GREGORIO.

¿Y tendrá usted conversacion en casa, chocolate, lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?

D. MANUEL.

Preciso.

D. GREGORIO.

¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galan amartelado?

D. MANUEL.

Si no es sorda.

D. GREGORIO.

¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo?

D. MANUEL.

Pues ya se supone.

D. GREGORIO.

Quítate de ahí que eres un loco..... Vaya usted adentro, niña: usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.

(Hace entrar en su casa a Doña Rosa apresuradamente, cierra la puerta y se pasea colérico por el teatro.)