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La desheredada
Segunda Parte
Capítulo V
Entreacto en el café

de Benito Pérez Galdós



Mariano pasó algún tiempo en esta vida, sin que ocurriera cosa alguna digna de ser contada. Pero en la primavera del 76 ya empezó a fastidiarse. Dejaba de asistir al taller con harta frecuencia, y se pasaba horas y más horas en el café del Sur. Por el afán de aumentar su peculio había contraído el vicio del juego, frecuentando innobles garitos, o agregándose a los nefandos círculos que al aire libre, en las puertas de los ventorros de extramuros funcionan. Su suerte era mala, se aturdía y perdía casi siempre. Cuando ganaba se permitía lujos desenfrenados, como ir al teatro de la Infantil y ver todas las funciones desde la primera a la última, convidarse a chuletas con tomate en cualquier taberna, ir a los bailes vespertinos de criadas y costureras, donde danzaba y hacía conquistas. Cuando las ganancias habían sido por ventura fenomenales, alquilaba un jamelgo, se iba trotando hasta la Puerta de Hierro, o daba la vuelta a Madrid paseando por el Retiro entre las filas de coches de lujo y jinetes ricos. Para que esta parodia vil y nauseabunda de las disipaciones de la clase superior fuese más completa, tenía sus pequeñas deudas con el mozo del café y con los amigos.

Ya faltase todo el día al taller de Bou, ya asistiese puntualmente, nunca dejaba de ir al café del Sur. A veces no estaba más que un rato, a veces cuatro o cinco horas. Se le veía solo, en blusa azul y gorra, con los codos sobre la mesa, el vaso de café delante y en la boca un puro de a cuarto, mirando las nubecillas de humo con estúpida somnolencia.

¿Pero quién es aquel señor que abre la puerta del café y esparce su vista por el local, como buscando a alguien, y desde que ve a Mariano viene hacia él, y se le sienta enfrente? ¿Quién ha de ser sino el bendito D. José? Bien se conoce en su faz su martirio y las tristezas que está pasando. Ved su cara demacrada y mustia, sus ojos impregnados de cierta melancolía de funeral; ved también sus mejillas, antes competidoras de las rosas y claveles, ahora pálidas y surcadas de arrugas. ¿Qué le pasa? Él nos lo dirá. Durante algún tiempo su único consuelo ha sido agregarse a Mariano en el café del Sur y frente a él exhalar sus quejas, semejantes a las de los pastores de antaño; y así como las ovejas (dicho está por los poetas) se olvidaban de pacer para escuchar los cantos de los Salicios y Nemorosos, Mariano dejaba enfriar el café por atender a lo que D. José le refería.

«Hoy tampoco la he podido ver -dijo aquel día (abril de 1876)-. Ese Sr. Botín es un verdugo: no la deja salir de casa; no la deja asomarse al balcón... Te digo que me gustaría que el señor Botín y yo nos viéramos un día las caras... Yo soy padrino de tu hermana, yo soy su segundo padre, y debo velar por ella... ¡Luego el pobre Riquín estará tan solo, extrañará tanto no verme a todas horas y no jugar conmigo, como antes!... Porque has de saber que Riquín no quiere a nadie más que a mí; me quiere más que a su propia madre. Lo que es a Botín no le puede ver».

Al decir esto, Relimpio dejaba conocer, al trasluz de su pena, el regocijo de la venganza. ¡Riquín no quería al otro! ¡Oh placer de los dioses!

«Mi hermana tiene la culpa -dijo Mariano-. Ese tío Botín es una fiera. ¿Por qué no le planta en la calle, como es debido? Pero vea usted..., de aquellas cosas que pasan, ¡puño!... Él es rico; ella se ve mal... Si trabajara como yo, viviría como es debido... De consiguiente, yo no pienso poner los pies en su casa, porque una vez que fui me dijo que no volviera. De consiguiente, ese Botín no quiere que ni yo, ni usted, ni mi tía Encarnación vayamos allá. No quiere estorbos. Yo no voy, porque suponga usted que nos encontramos Botín y yo, hablamos, y sin saber cómo, pues..., de aquellas cosas que pasan..., reñimos. Total, que me hago cuenta de que no tengo tal hermana.

-Si al menos la dejara salir a la calle siempre que ella quisiera -indicó Relimpio embuchándose el café, mientras el otro se rompía las mandíbulas para sacar humo del duro cigarro- Pero quia, quia. Tiene que valerse de mil tretas para salir. La pobre lleva ya tres meses de esta vida y no sé cómo aguanta. ¿Al teatro? Que si quieres... Los domingos la hace ir a misa, y aquí paz... Dicen que ese señor es mojigato.

-Es rico -afirmó Mariano con el tono de asombro mezclado de respeto que empleaba siempre para expresar aquella idea.

-Riquísimo. Gana millones. Si le dejan se come a España en menos que pía un pollo. ¿Y no sabes lo mejor? Es casado. Mira, si yo no fuera una persona decente, le escribiría un anónimo a su señora contándole los devaneos... Pero no está en mi sangre, no. La señora de Botín es condesa o baronesa; él es conde o barón consorte, ¿te enteras? Ella es, según dicen, buena persona, y hace muchas caridades. Hablan de que va a fundar un hospital.

-Sanguijuelas del país y del pobre que trabaja, ¡repuño!... Ellos gastan lo nuestro... Pero ya, ya verán, ¡puño! El mejor día... de aquellas cosas que pasan... El mundo da una vuelta, y palante... Ahora nos toca a nosotros. De consiguiente, venga dinero. Que todo se reparta como es debido.

-Y el que no trabaje que no coma. Lo mismo pienso yo. Desde que se fue D. Amadeo, ¡y aquel sí era persona decente!, esto está perdido. Es verdad que se acabó la guerra; pero ¿cómo se acabó? A fuerza de dinero. Esta gente es atroz. Aquí no hay administración, ni se llevan los libros de cuentas del Estado como manda la Teneduría. Mira tú; mientras no se suprima eso de que los ex ministros tengan treinta mil reales... Yo no sé cómo no se les ocurren estas cosas... Señor, que no podemos con la Hacienda, que hay déficit. ¿Pues qué más tiene usted que quitar tanto empleado vagabundo?... Señor, que la política... Pues fuera política... Si quisieran, todo lo arreglarían bien. Con ir dejando a un lado a los piratas y colocando a la gente honrada... Mira tú, es bien fácil. A ver... ¿D. Fulano es un hombre honrado? Sí señor. Pues venga acá. ¿Y D. Zutano? También. Venga. Ea, ya me tienes la Administración arreglada. Yo sé que los tunantes chillarían; pero que chillaran hasta reventar».

Estas sabias apreciaciones duraban poco, y luego volvía D. José a la monotonía de sus lamentos pastoriles. Durante varios días repitió las mismas cosas... La había visto un momento... Estaba desmejorada y triste... Riquín tampoco era feliz... En mayo añadió a tan enfadosos temas uno que era más agradable a la concupiscencia de Mariano.

«¿Sabes -le dijo- que mi hijo Melchor ha emprendido un gran negocio? Llegó aquí el mes pasado. Por cierto que me cogió desprevenido. Yo le creía en la Habana. Pero el Capitán General le quitó el destino a los veinte días de haber tomado posesión de él y me lo embarcó para la Península... Intrigas políticas... envidias y miserias.

-De aquellas cosas que pasan... -murmuró Mariano, demostrando perspicacia-. Don Melchor tendría las uñas un poco largas; de consiguiente...

-Quita, quita, hombre. Melchor es la misma honradez.

-Sí; pero..., de aquellas cosas que pasan..., al verse allí entre tanto dinero..., de consiguiente...

-Hombre, no.

-Total, que se volvió para acá sin un real.

-No tanto. Algo ha traído... Pues te contaré el negocio, que es grande, tremendo. Es un secreto que ha descubierto.

-¡Un secreto!... Y lo guardará... como es debido.

-No, lo pone a disposición de todo el mundo. Ha hecho unos prospectitos, ¿sabes? Luego ha puesto un anuncio en los periódicos, diciendo que el que quiera saber el secreto del negocio mande veinte reales en sellos. Ajajá. No puedes figurarte los sellos que han entrado en casa. Pero ya se va cansando la gente y vienen pocas cartas.

-¿Pero el secreto...?

-No sé cuál es.

-¿Y si..., de aquellas cosas que pasan..., resulta que no hay tal secreto...?

-Yo no sé... Desde que tomó la casa en la calle de los Abades, donde vivimos, se ocupa de otras cosas. Escribe artículos en un periódico. La ha tomado con las compañías de ferrocarriles y otras empresas gordas, y, ¡si vieras!, las pone como hoja de perejil. Nada, que las mata, que las está matando. Yo le digo que ya que escribe, escriba de cosas útiles, por ejemplo, de que los ingleses deben devolvernos a Gibraltar. Eso sí, yo creo que si esto se dice un día y otro día, al fin hemos de lograrlo. Y si no, guerra, guerra con los ingleses. ¡Ah! ¿No hicimos lo del Callao? Aquello si que fue grande. Te lo contaré, pues lo sé como si lo hubiera visto».

Pero Mariano no paraba mientes en aquel interesante capítulo de Historia. La epopeya de los veinte reales en sellos cautivaba más su espíritu, adormeciéndole en cálculos voluptuosos y combinaciones de riquezas y placeres.

Algunos días después, Mariano era el que llevaba noticias del hijo de D. José.

«Ayer -dijo- estuvo D. Melchor hablando más de dos horas con Juan Bou. Ha inventado una rifa para los pobres. Está unido con otros señores, y de consiguiente, tiene autorización del Gobierno, como es debido. ¡Recontrapuño, qué negocito! Juan Bou hace los billetes y le dan parte.

-Si estoy enterado, hombre. Como que yo he de llevar la contabilidad. Es una idea humanitaria. Ya no habrá más pobres por las calles... Volviendo a lo mismo, Marianín, te diré que la vi ayer en misa. Por la tarde fuí a sacar al niño a paseo. ¡Ah!¿No sabes? Lo del pleito va bien. Hombre, si te veremos al fin...».

Mariano se desperezó y después que hubo estirado bien sus extremidades, descargó el puño sobre la mesa, diciendo:

«¡Maldita sea la Biblia!».

Isidora, que vivía en la calle de las Huertas, salía con frecuencia al balcón, y si veía a su padrino paseándose de arriba abajo y echando con disimulo un vistazo al piso segundo, sentía pena y lástima. Unas veces le hacía señales de que entrase, otras de que no entrase, y D. José obedecía con humildad. Llamole un día con agraciado gesto, desde dentro, alzando el visillo y mostrando su cara preciosa tras el cristal. Relimpio subió.

¡Cómo le palpitaba el corazón! Entró, cogió en sus brazos al niño, diole mil besos en la frente, en los rizos, y cargado con él, entró en la sala. Isidora vestía una bata azul de corte elegantísimo. Acababa de peinarse y su cabeza era una maravilla. Nadie que la viese, sin saber quién era, podría dudar que pertenecía a la clase más elevada de la sociedad. Contemplola D. José, más que con amor, con veneración, con fanatismo, como el salvaje contempla el fetiche, y poco faltó para que se la hincara delante.

«Estás, estás... -le dijo turbado por la emoción-, que pareces una diosa... Vengan las duquesas a tomarte por modelo... ¡Riquín!, hijo mío, sol, dame más besos... ¡Bendita sea tu madre!».

Mucho se alegraba también Isidora de ver a su padrino; pero un asunto urgentísimo les separaría muy pronto.

«¿No viene hoy ese bruto? -dijo Relimpio.

-No; hoy habla en el Congreso.

-¿De modo que me estaré aquí hasta anochecida?

-No, porque tengo que hacer, tengo que salir...».

¡Don José puso una cara tan triste!... Sus ojos vivos se amortiguaron como la llama de la exhausta lámpara colgada delante del santo.

«Tengo que hacer -dijo Isidora, sacando una carta-. Y usted me va a hacer el favor de llevar ahora mismo esta carta a Joaquín».

Don José dio un gran suspiro. Puso la cara más desconsolada y agoniosa del mundo, la cara que pondría toda persona a quien se obligara a beber un vaso de vinagre.

«¿De veras que no estás hoy en casa?

-No. Si usted quiere, puede venir a jugar con Riquín.

-Le sacaré a paseo. Está bueno el día. ¿Qué te parece?

-Muy bien.

-Pues voy, voy a hacer tu encargo» -murmuró el viejo, consolándole la idea de pasear al niño.

Isidora salió. Su traje realizaba el difícil prodigio, no a todas concedido, de unir la riqueza a la modestia, pues todo en ella era selecto, nada chillón, sobrecargado ni llamativo. Llevaba en su cara y en sus maneras la más clara ejecutoria que se pudiera imaginar, y por dondequiera que iba hacía sombra de blasones. Y sin embargo, por desgracia suya, empezaba a ser conocida, y cuantos la encontraban sabían que no era una lady.

¡Dama por la figura, por la elegancia, por el vestido!... Por el pensamiento y por las acciones, ¿qué era?... La sentencia es difícil.



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