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La crisis actual del patriotismo español

La crisis actual del patriotismo español
de Miguel de Unamuno

Nota: Miguel de Unamuno «La crisis actual del patriotismo español» (25 de diciembre de 1905) Nuestro Tiempo, nº 66, pp. 471-484.


La crisis actual del patriotismo español

«Á lo cual replicó el vizcaíno: ¿yo no caballero? Juro á Dios tan mientes como cristiano: si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuan presto verás que al gato llevas: vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes, que mira si otra cosa dices.»


(Del cap. VIII de la parte I del Quijote.)

 El motín de parte de la oficialidad de guarnición en Barcelona provocó en nuestra prensa de cobardía y de mentira un estallido de antipatriótica patriotería, que no ha sido, en su fondo, sino un acto de adulación al incipiente dogma de la infalibilidad del sable.
 Si la guarnición de Barcelona, toda ella, hubiera adoptado una actitud francamente revolucionaria; si, armados de todas armas y como en los antiguos y famosos pronunciamientos, hubieran amenazado con ocupar militarmente á Barcelona, y gobernarla ellos si el Gobierno no la gobernaba como creen que debe ser gobernada, en tal caso la protesta habría sido genuinamente militar; pero tal como se ha llevado á cabo, aunque ejecutada por militares, no ha sido protesta militar, sino meramente un motín de oficiales.
 Es fundamento de las sociedades civilizadas que nadie tiene derecho á tomarse la justica por su mano, y menos que otros cualesquiera aquellos á quienes se supone encargados de hacer cumplir, en última instancia, por la fuerza, los fallos de la llamada justicia. El sable, ó se saca para dar con él de filo, ó se le tiene envainado; para lo que no debe nunca desenvainarse es para dar con él de plano.
 De todos modos, es uno de los más tristes síntomas de la anarquía que parece estar devorando á España, de esta anarquía desde arriba —y desde muy arriba—á que parece ha venido á parar aquella revolución, también desde arriba, que, como necesaria, proclamaba Maura.
 Conviene ponerse en guardia, desde luego, contra la especie de que los militares sientan el patriotismo más vivamente que los demás ciudadanos, lo cual es tan falso como suponer que los sacerdotes sean más religiosos que los demás hombres, ó que los profesores tengamos más amor á la cultura que los que no lo son. Hay que reaccionar contra la tendencia de que eso que se llama la religión del patriotismo asuma formas militares.
 La cuestión de las formas de gobierno, y si es preferible la Monarquía, ó la República, es una cuestión casi escolástica y que no tiene sentido fuera de lugar y tiempo determinados. Una y otra forma, tienen, como enseñaba muy sabiamente Pero Grullo, sus ventajas y sus inconvenientes; pero entre los inconvenientes de la Monarquía es uno de los mayores el de que el Jefe del Estado propenda á aparecer ante los súbditos, y á sentirse él en sí mismo, no ya como el primer ciudadano, puesto sobre todas las diferencias de clases, condiciones y profesiones; mas ni aun como el Sumo Sacerdote —cual sucedía en la antigüedad—ni como el primer magistrado, sino como el jefe del Ejército. Aparece más como militar que como paisano, y su pueblo se compone más de paisanos que de militares; pertenece á una casta, en vez de estar sobre ellas. Su educación predominante, si es que no en el fondo exclusivamente militar, le hace un Soberano poco apto para el estado de paz, que debe ser el estado normal de las sociedades cultas.
 Civilización se deriva de civil, y el lenguaje encierra muy hondas enseñanzas.
 Otras muchas falacias pueden citarse al respecto, y entre ellas lo de reservar la frase de «dio su vida por la patria» para aquel á quien se la arrebataron violentamente mientras sostenía, con las armas en la mano, el partido que el Gobierno de su patria le mandó sostener, como si no diera también su vida por la patria aquel que la consume día á día en servicio de su cultura y su prosperidad.
 Si el sentimiento patriótico ha de sostenerse y perdurar teniendo por base capital la forma militarista de él, hay que confesar que al sentimiento patriótico le quedan ya pocas raíces en España y que acabará por borrarse.
 Acaso en el fondo del choque habido en Barcelona no hay sino dos maneras de concebir, y más que de concebir de sentir la patria, y es una precipitación de juicio, y no otra cosa, el afirmar, desde luego, que los unos representaban el patriotismo y el antipatriotismo español los otros.
 Así como los teólogos acostumbran decir que niega un misterio quien niega la explicación que ellos dan del tal misterio, así es muy frecuente que en todos los órdenes, pues en todos domina aquí la especial manera de discurrir que llamaré teológica, se afirme que niega, un hecho, un sentimiento ó una idea el que niega la base que á ese hecho, sentimiento ó idea le presta quien tal afirmación hace. El que para explicarse el orden moral necesita, ó cree necesitar, recurrir á la doctrina del libre albedrío, acusa á quien niega que tal libre albedrío exista de que quita todo fundamento al orden moral y suprime, por lo tanto, el orden moral mismo.
 Y así, tal vez ocurre que á quienes buscan asentar el sentimiento de la patria española sobre otras bases que las proclamadas por tradición, se les acusa de negar esa patria.
 Se dirá que en ciertas regiones de España hay personas —muchas más de lo que se cree— que en su fuero interno reniegan de ser españoles. Yo conozco á muchos que se encuentran en este caso; pero sostengo que esos mismos, mientras creen renegar de ser españoles, reniegan, en realidad, de muy otra cosa, y añado que es en tales espíritus en los que están cuajando las más fuertes raíces del futuro patriotismo español, sin que ellos se percaten de semejante cosa.
 Y que tal creencia no es en mí sino ya antigua, espero haber de probarlo con citas de escritos míos, y muy en especial con palabras del discurso que leí en Bilbao, mi pueblo, en Agosto de 1901.
 Es indudable que el patriotismo tiene dos raíces: una sentimental y otra intelectiva. Hay la patria sensitiva, la que podemos abarcar con la mirada, y que no se extiende en su origen más allá de nuestro horizonte sensible, y hay la patria intelectiva ó histórica, la que se nos enseña á querer en la escuela, con relatos más ó menos verdaderos. Son los dos polos del complejo sentimiento patriótico. Y como tengo escrito hace ya más de nueve años [1], se observa un fenómeno de polarización, «consistente en que van creciendo paralelos el sentimiento cosmopolita de humanidad y el apego á la pequeña región nativa. El regionalismo se acrecienta de par con el cosmopolitismo, á expensas del sentimiento patriótico nacional, mal forjado por la literatura erudita y la historia externa. A medida que se ensancha la gran Patria Humana, se reconcentra lo que aquí se ílama patria chica ó de campanario. Parece como que se busca en el apego al terruño natal un contrapeso á la difusión excesiva del sentimiento de solidaridad humana se concentra la intuición sensible de patria á medida que se abstrae el concepto de ella, lo cual quiere decir que no están en perfecta compenetración y armonía. Y no lo están, seguramente, por culpa de la presión coercitiva y bárbara que se ha empeñado en casarlas en la historia según intereses de clases.»
 Desde que escribí esto, hace ya cerca de diez años, se me ha corroborado el sentimiento patriótico español por haber casado mucho más mi intuición patriótica, mi sentimiento primitivo y sensible de patria, es decir, el de mi patria chica, Bilbao, con el concepto patriótico deducido de mi consideración de la Historia de España. Y esto se ha cumplido merced á una noción de lo que el espíritu de mi pueblo nativo y el de mi casta vascongada pueden ser y significar en el concierto y el porvenir del espíritu nacional. Mas cuando escribí los citados párrafos, lo que todavía predominaba en mi espíritu era la conciencia de las profundas diferencias espirituales que separan á mi pueblo, al pueblo que me ha dado mi modo de ser, del pueblo entre que vivo, y que ha dado hasta hoy tono y carácter á la cultura española.
 Los ensayos que constituyen mi libro En torno al casticismo, publicados un año antes que el citado artículo sobre La crisis del patriotismo, ensayos que son un ensayo de estudio del alma castellana, me fueron dictados por la honda disparidad que sentía entre mi espíritu y el espíritu castellano. Y esta disparidad es la que media entre el espíritu del pueblo vasco, del que nací y en el que me crié, y el espíritu del pueblo castellano, en el que, á partir de mis veintiséis años, ha madurado mi espíritu. Entonces creía, como creen hoy no pocos paisanos míos y muchos catalanes, que tales disparidades son inconciliables é irreductibles; hoy no creo lo mismo.

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 En el fondo del catalanismo, de lo que en mi país vasco se llama bizkaitarrismo, y del regionalismo gallego, no hay sino anticastellanismo una profunda aversión al espíritu castellano y á sus manifestaciones. Esta es la verdad, y es menester decirla. Por lo demás, la aversión es, dígase lo que se quiera, mutua.
 Castilla ha sido durante siglos, y sobre todo desde los Reyes Católicos, el eje histórico de la nacionalidad española; Castilla ha impreso su sello á las letras, á las artes, á la filosofía, á la pseudo religión, á la política española. Aunque todos hayan podido participar legalmente de la gobernación del Estado, todo se ha hecho á la castellana—y entiéndase de ahora para en adelante que llamo castellanos á aragoneses y andaluces,—y por culpa principalmente de los no castellanos, que, presos de otras preocupaciones, descuidaban la de hacerse sentir en la marcha política y en la cultural.
 Y de tal modo es así, que cuantas descripciones —algunas ya clásicas— del español corren por Europa, apenas pueden aplicarse sino al castellano. No há mucho leía yo en un libro interesante de Frank Wadleigh Chandler, norteamericano, sobre la novela picaresca (Romances of roguery; an episode in the history of the novel by Frank Wadleigh Chandler, New York, 1899) este tremendo pasaje: «El español obra, pero rara vez siente; pasa y repasa por la escena, pero apenas quiere. Hay en él todavía algo del muñeco mecánico movido por un principio automático», y ello me pareció no muy lejos de la verdad si en vez de español dijera castellano. Porque, en efecto, si alguna impresión deja la genuina literatura castellana —y tomo la literatura como el más genuino espejo del espíritu,—es una impresión de sequedad, de falta de jugo afectivo, de escasez de sentimientos, y hasta es frecuente que al confesarlo quieran cohonestar tales deficiencias llamando sentimentalismo á eso que les falta, ó burlándose como de algo indigno de los nietos de aquellos duros conquistadores é insensibles tercios, de los suspirillos germánicos ó de otras manifestaciones análogas.
 La verdad debe decirse siempre, y en especial cuando más inoportuna parece á los prudentes mundanos, y la verdad es que la actitud de esos catalanes y vascos culpados de separatistas, no procede tan sólo de hostilidad ó aversión á los Gobiernos y á los políticos. Se dice, y muchos de ellos lo dicen, que no es contra la nación española contra lo que protestan, sino contra el Estado, contra la actual organización política de éste. Y la verdad es que se sienten inadaptados é inadaptables, no sólo á la organización política española, sino á su sociabilidad, á su manera de ser, manera de ser fuertemente influida por la predominancia hasta hoy de una de las castas que hacen la nación.
 Sienten aversión, y la siento también yo, hacia casi todo lo que pasa por castizo y genuino: los modales, los chistes—esos horribles chistes del repertorio de los géneros chico é ínfimo,—la literatura, el arte—sobre todo la odiosa música que se aplaude en los teatros por horas,—la navaja, los bailes, la cocina con sus picantes, sus callos y caracoles y otras porquerías; los toros, espectáculo entontecedor por el que siento más repugnancia desde que se ha declarado cursi el pronunciarse contra él, etc., etc. Es una oposición íntima y de orden social.
 ¿Puede desaparecer? No: no puede desaparecer tan ainas. Ni puede, ni debe, porque esa íntima oposición, de orden cultural, es conveniente para los unos y para los otros.
 Las únicas uniones fecundas son las que se hacen sobre un fondo, no ya de diferencia, sino de oposición. Un Parlamento sólo es fecundo cuando luchan de veras entre sí los partidos que lo componen, y el nuestro es infecundo, porque en él no hay semejante lucha, sino que todos se entienden entre bastidores y salen á las tablas á representar la ridícula comedia de la oposición.
 Hay que luchar, y luchar de veras, y buscar sobre la lucha, y merced á ella, la solidaridad que á los combatientes une. Se entienden mucho mejor las personas y los pueblos, y están más cerca de llegar á un cordial acuerdo, cuando luchan leal y sinceramente entre sí. Y es indudable que harían un grandísimo servicio á la causa del progreso de España, á la de su cultura, y se lo harían muy grande á sí mismos, si tanto catalanes, como castellanos, vascos, gallegos, etc., mostrasen su oposición á todo lo que les repugna en el modo de ser de los otros y procurara cada una de las castas imponer á las demás su concepción y su sentimiento de la vida.
 Y aquí entra el examinar lo que, tanto el catalanismo, como el bizkaitarrismo, tienen de censurable.
 Lo malo de ellos es su carácter de egoísmo y de cobardía. En vez de ser defensivos debían hacerse ofensivos.
 «España se hunde—me decía un catalán catalanista — y nosotros no queremos hundirnos con ella, y como no queremos hundirnos, hemos de vernos precisados á cortar la amarra.» Y le contesté: «No; el deber es tirar de ella y salvar á España, quiera ó no ser salvada. El deber patriótico de los catalanes, como españoles, consiste en catalanizar á España, en imponer á los demás españoles su concepto y su sentimiento de la patria común y de lo que debe ser ésta; su deber consiste en luchar sin tregua ni descanso contra todo aquello que, siendo debido á la influencia de otra casta, impide, á su convicción, el que España entre de lleno en la vida de la civilización y la cultura.»
 Entre Castilla y Cataluña ha habido un lamentabilísimo y vergonzoso pacto tácito. La primera ha sido tributaria económica de la segunda, á cambio de que ésta sea tributaria política de ella, y siempre que los Gobiernos, radicantes en Castilla é influidos por el ambiente castellano, han cedido á las exigencias económicas de Cataluña, ó más bien de Barcelona, los catalanes, distraídos en su negocio, no se han cuidado de imponer en otros órdenes de la vida su manera de sentir ésta. Han vendido su alma por un Arancel.
 Cada hermano tiene el deber fraternal de imponerse á sus hermanos, y, cuando se siente superior á ellos, no debe decir, «¡ea!, yo no puedo vivir con vosotros y me voy de casa», sino que debe decir: «¡se acabó!, aqui voy á mandar yo», y tratar de imponer su autoridad, aunque por tratar de imponerla le echen de casa.
 Cada una de las castas que forman la nación española debe esforzarse porque predomine en ésta y le dé tono, carácter y dirección el espíritu específico que le anima, y sólo así, del esfuerzo de imposición mutua, puede brotar la conciencia colectiva nacional.

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 Tal fué el sentido de mi discurso de los Juegos Florales de Bilbao, en Agosto de 1901, y entonces resultó que disgusté con él á aquellos, mis más próximos hermanos, á quienes les dije: ¡imponeos!, y me fué aplaudido por aquellos otros cuya manera de sentir y hacer la vida nacional quisiera que desapareciese de España.
 Entonces dije á mis paisanos:
 «Si queremos hacer valer nuestra personalidad, derramémosla, estampando su sello en cuanto nos rodea. Hagamos como aquel á quien le sobra..... Tengamos también los vascos nuestro imperialismo, un imperialismo sin emperador, difusivo y pacífico. Revasemos de la patria chica, chica siempre, para agrandar la grande y empujarla á la máxima, á la única, á la gran Patria humana..... Las murallas chinescas, materiales ó espirituales, totales ó parciales, son de pueblos que han perdido la fe en sí mismos.»
 Era condenar el separatismo, total ó parcial; pero era predicar la necesidad de imponernos.
 Y más adelante:
 «La historia española se ha desquiciado ó trasquiciado más bien; ha de cambiar de goznes. Ha sido durante siglos centrífuga, tiene que ser ahora centrípeta; al tipo motor ha de sustituir el sensible.»
 Hay que sacar, en efecto, la vida política española del gozne castellano, del espíritu que obra, pero rara vez siente, del que pasa y repasa por el escenario movido de resorte automático, y hay que darle otros.
 Y luego añadí unos párrafos en que hablaba de lo maltrecho que quedó Don Quijote de su encontronazo con Robinsón y de la necesidad de curarle, encerrándole en el centro, apretando á éste con la periferia. Hoy me siento obligado á rectificar esto, pues una mayor familiaridad con Don Quijote me ha enseñado que su espíritu emigró de Castilla, de la España Central, y si en alguna parte está en la Península—fuera de ella alienta en buena parte de América,—es en mi pais vasco. Así lo he visto al componer mi Vida de Don Quijote y Sancho, en la que se trasparenta cómo la meditación de la vida del Caballero de la Fe me ha dado conciencia de lo que ha de esperarse de mi raza vasca.
 Lo que en aquel mi discurso sublevó á mis paisanos fué el proclamar lo que todos ellos saben y reconocen, que el vascuence se muere sin remedio. Se muere y se debe morir, porque su muerte y la adopción por mi pueblo de un idioma de cultura es el único medio para llevar á la cultura común nuestro espíritu y perpetuarlo en ella. Necesitamos hablar castellano, ante todo y sobre todo, para imponer nuestro sentido á los demás pueblos de lengua castellana primero y á través de ellos á la vida toda histórica de la Humanidad.
 Frente á todos los que en mi país se pronuncian contra la invasión de los maquetos, de los castellanos, decía:
 «¿Qué es eso de invasores? ¿No lo somos nosotros? Si no queréis ser invadidos, invadid; si no queréis que os absorban, absorbed; todo menos cerrar las válvulas y permanecer aislados. No guardéis una absurda virginidad de raza que nos prive de la maternidad, de la paternidad más bien. Padres, sí; que en este inevitable y fecundo encuentro de pueblos, seamos el varón, no la hembra. Tened, además, en cuenta que hay que acabar y completar la obra de la reconquista española, desarraigando las taifas que aún nos quedan, extirpando el beduinismo.»
 La cobardía del bizkaitarrismo egoísta y defensivo no oyó sino que se tocaba á un ídolo, y á un ídolo en que no se cree ya, y protestó ruidosa de quien les decía: ¡id y conquistadlos! Y al ver que ellos protestaban, los otros, los maquetos, aplaudieron, y no por patriotismo español, sino para desahogar su sorda inquina á Bilbao. Esta es la pura verdad.
 Y más tarde, cuando he recordado la frase de un catalán de que el vasco es el alcaloide del castellano, no ha faltado quien creyese que hablaba yo humorísticamente, y no es asi. No es así, sino que creo de verdad que al protestar no pocos en mi país contra lo que llaman el españolismo, protestan contra la íntima desespañolización de España; creo que es el espíritu de Don Quijote, desterrado de la tierra en que nació su cuerpo, el que refugiado en las montañas de mi tierra protesta de los bachilleres, los curas y los barberos que se han hecho dueños de la suya.
 ¡Extirpar el beduinismol ¡Desarraigar las taifas! He aquí la grande, la noble, la patriótica tarea de todos los que ó en público ó en privado hablan de cortar las amarras. Si quieren salvarse cortando éstas, se perderán; si en vez de esforzarse por tirar de la cuerda y arrastrar tras de sí á los otros, se ocupan en cortarla, como el impulso está dado, se irán, con la cuerda cortada, á hundirse donde se hunda el que con ella les tiraba.
 «El que quiera salvar su alma, la perderá», dice paradójicamente el Evangelio. Y sólo salvará su alma el que se cuide de salvar la de los demás. El que trate de defenderse de otro y de evitar ser por él manejado y regido, será regido y manejado por él. Para evitarlo, no tiene sino un camino, y es tratar de manejar y de regir al que con él quiere hacerlo.
 Si, como se dice en España, los vascos, por una ú otra razón, mostramos mayor capacidad para la administración pública que los demás pueblos de la nación, no debemos contentarnos con el especial régimen administrativo-autonómico, sino que debemos tender á apoderarnos de las riendas administrativas españolas y administrar á los demás, ya que ellos no saben hacerlo, y enseñarles cómo se administra.
 Si, como yo creo, el pueblo vasco es en España el pueblo más capacitado hoy para la íntima vida de la cultura espiritual, no gozará de ésta mientras no trate de adquirirla, esforzándose por imponérsela á los demás pueblos que con él conviven la vida española.
 Sean cuales fueren las deficiencias que para la vida de la cultura moderna tenga el pueblo castellano, es preciso confesar que á su generosidad, á su sentido impositivo, á su empeño por imponer á otros sus creencias, debió su predominancia. Lo dije en Bilbao, en la ocasión citada: «Cuando tenía España vastos dominios allende los mares, predominó y debió predominar Castilla, el pueblo central, el más unitario y más impositivo, sí, pero el menos egoísta..... Gran generosidad implica el ir á salvar almas, aunque sea á tizonazos.»
 Por de pronto, podré irritarme contra el que me viene con la pretensión de salvarme, aun á mi pesar; pero luego que reflexione, habré de agradecérselo, viendo que me considera como á hermano, y en cambio, jamás cobraré afecto al mercader que me deja ser como yo sea y respeta hasta lo que en mí cree más pernicioso para mí mismo, con tal de explotarme y tenerme de cliente.
 Hay que tener además en cuenta que, hasta vista la cosa egoístamente, formamos todos parte de un mismo organismo nacional y los males de un extremo obran sobre los bienes del extremo opuesto. La mala administración, ó la incultura, ó el caciquismo, ó la ramplonería ó la idolatría de una región, llevan su estrago á otras regiones. Y cuando en una región anida la peste, de nada sirve acordonarse contra ella; es menester ir allá y acabar, de un modo ó de otro, con la peste esa. Aunque se muera de ella.
 O salvarse todos ó hundirse todos. Tal es la única divisa que puede llevarnos á la salvación común. El que quiera salvarse dejando que su hermano se hunda, se hundirá también con él.
 A la voz inhumana é impía de «¡sálvese quien pueda!» hay que sustituir la de «¡salvémonos todos!» Y para ello imponerle al prójimo su propia salvación cuando él por si no la conozca ó la equivoque.
 Y no sirve sutilizar sobre la hermandad. Son hermanos los que han nacido bajo un mismo techo, y viven en una misma casa, aunque no sean hijos naturales del mismo padre. Y la nación española es una casa que nos ha cobijado á todos y á cuyo amparo nos hemos hecho lo que somos cuantos pueblos hoy la constituímos.

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 Por dos veces en el pasado siglo fueron la región vasco-navarra y la levantina (Cataluña y Valencia) los focos de un espíritu que, armado, trataba de imponerse á casi todo el resto de España. Algo debe enseñarnos el hecho de que en las dos guerras carlistas fueran sus hogares los hogares hoy del movimiento regionalista.
 El alma del carlismo está, creo, por estudiar; las pasiones de un bando y del otro impiden que se haga ese estudio serenamente. Cuando en mi novela Paz en la guerra intenté escudriñar algo del alma del carlismo, no faltó quien me dijo que simpatizaba con éste.
 Se acaba siempre por simpatizar con todo aquello que se estudia serenamente y sin prejuicios.
 Me parece difícil, dificilísimo, que se forme claro concepto del fondo del carlismo aquí, en el fondo de España, en las mesetas, donde no lo ven sino por su aspecto más externo y pegadizo, por el aspecto que se llama, sin serlo, religioso. El sentido ultramontano, neo, clerical ó como quiera llamársele, se lo dio al carlismo la influencia histórica castellana. Y ese sentido es el que le impidió vencer.
 El carlismo fué, en lo que le dio honda vitalidad, una protesta contra el liberalismo absolutista y huero, contra el estado de cosas que surgió del predominio de la burguesía creada por la desamortización—y no porque los bienes desamortizados lo fueran de la Iglesia, sino porque con ellos se corroboró y fomentó el odioso régimen económico actual,—contra el leguleyismo, contra la manía uniformadora y centralista, contra todo lo que fué hacer una nación categórica y á la francesa.
 También en el país vasco hubo liberales, y muchos y buenos; pero el bien se mira, aquellos liberales estaban, en general, más lejos de los liberales del interior que de los carlistas contra quienes combatían.
 Al tradicionalismo vasco y al catalán le perdió, aparte del íntimo egoísmo, de su timidez defensiva, el haber confundido su causa con la causa de los apostólicos esteparios, de los inquisidores del interior. La vieja fórmula unitaria castellana, la de la alianza del altar y el trono, de la cruz y la espada, fué la que mató todo lo que de hondamente democrático, de radicalmente liberal había en el fondo del carlismo vascongado. De aquel lema Dios, Patria y Rey, se encontraron con que en vez de Dios le daban un ídolo y con que el Rey era el Rey que atentó siempre contra las libertades por que peleaban. Han quitado el Rey y han puesto Dios y fueros (Jaungoikoa eta legezarrak) pero aún no han cobrado conciencia ni de su Dios ni de sus fueros, y disponen de un Dios de prestado, que monopoliza una clase, y no saben sus fueros.
 La grave dolencia del carlismo fué eso que se ha llamado integrismo, ese tumor escolástico, esa miseria de bachilleres, canónigos, curas y barberos ergotistas y raciocinadores, todo lo que halló un verbo en el gran retórico y no menor charlatán Marqués de Valdegamas, el apocalíptico.
 Hoy el carlismo no es, en mi país por lo menos, ni sombra de lo que fué. No creen en él los mismos que dicen profesarlo. Há perdido su fuerza: su fe. Su alma de vida, su sustancia vivífica, se fué al bizkaitarrismo.
 Y este mismo padece, como padece el catalanismo su hermano, de eso que llamamos espíritu reaccionario, y que sería mucho más sencillo llamar espíritu católico. Lo que llaman por ahí clericalismo, el ultramontanismo, lo que los jesuítas llaman el reinado social de Jesucristo—y que es todo lo contrario de ello,—el sentido político católico, en fin, se ha apoderado del movimiento regionalista catalán y vascongado. Y es hasta ahora en vano cuanto por libertarlo de eso ha hecho lo que en Barcelona llaman la izquierda del catalanismo.
 Y ha sido en vano, porque esa izquierda, á su vez, carece hasta ahora de ideal y de sentimiento religioso con el que infundir vida al movimiento que trata de encauzar. Las hondas tendencias del espíritu vasco y del espíritu catalán buscaron apoyo, luz y calor en el sentimiento religioso, y tuvieron que apoyarse en el sentimiento religioso de la religión tradicional. Y así se fraguó el carlismo.
 Mas no por ello creo se deba afirmar que el carlismo es esencialmente católico. No; ni es esencialmente católico, ni es tampoco carlista, en la restringida significación de este término. Lo cual quiere decir que el alma mater, que el íntimo resorte de vida, que la sustancia perdurable y esencial, no era'ni su ortodoxia ni su monarquismo. Todo lo que justificaba al tradicionalismo—vale más llamarle así que con ese mezquino nombre de carlismo, derivado del nombre propio de un Pretendiente de alma extranjera y nada carlista,—quedaría en pie, y por quedar más libre quedaría más fuerte, más puro y más fecundo, desligándole de su falsa alianza con el altar y el trono de los destronados. Tal alianza le perdió, y alianzas análogas perderán á sus herederos: el nacionalismo catalán y el vasco.
 Si el catalanismo y el bizkaitarrismo no se limpian de su conservatorismo y su eclesiasticismo fracasarán en su inconciente intento de reconstruir la patria española sobre otras bases, ó, mejor dicho, sobre las viejas bases, sobre sus primitivos cimientos históricos: los anteriores á los Reyes Católicos y á las Casas de Austria y de Borbón. Y le llamo á ese intento inconciente, porque tanto catalanistas como bizkaitarras creen—aunque no siempre lo confiesen en público—que no conspiran á reconstruir, sino á destruir la nación española. Mas les sucede lo que Mefistófeles, que queriendo hacer el mal producía el bien. Así ellos.
 El sentido católico-conservador busca aislar á los pueblos, separarlos, levantar murallas entre ellos. La iglesia no ha visto nunca con buenos ojos las grandes nacionalidades, y recuerda con melancólica añoranza aquella edad media en que, disgregados y divididos los pueblos en pequeños Estados, era ella el único poder que los unía y resolvía sus diferencias. La Iglesia fué siempre enemiga del Imperio; lo es de todo Imperio.
 «No enseñéis á vuestros hijos castellano—decía un cura en mi país,—porque el castellano es el vehículo del liberalismo.» Y por razón análoga he oído condenar los ferrocarriles y entonar himnos á la santa ignorancia y á la primitiva sencillez paradisiaca.
 Y á esto se une la parte de la burguesía adinerada que ve más claro su propio interés, y fomenta en el límite en que le conviene todas las tendencias al exclusivismo y al aislamiento.
 Y no hay pueblo que conserve su personalidad aislándose. El modo de robustecer y acrecentar la propia personalidad, es derramarla, tratar de imponérsela á los demás. El que se está á la defensiva perece al cabo.

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 Se habla, mucho de la religión del patriotismo; pero esa religión está, en España por lo menos, por hacer. El patriotismo español no tiene aún carácter religioso, y no le tiene, entre otras razones, por una, la más poderosa de todas ellas, y es que le falta base de sinceridad religiosa. Nada puede sustentarse sobre la mentira.
 Es la raíz de las raíces de la triste crisis por que está pasando España, nuestra patria. Todo se quiere cimentar sobre la mentira; una cosa se dice entre bastidores y otra en el escenario. Concretándonos á un orden, al orden político, acaso estábamos respecto á él en vías de salud, con sólo que se dijese en el Salón de Sesiones todo lo que en los pasillos se dice; absolutamente todo. Y lo mismo pasa en los demás órdenes.
 Cuéntase que el apóstol Juan el Evangelista, siendo ya viejo, no hacía sino repetir á sus discípulos, á modo de estribillo, estas palabras: amaos los unos á los otros. Aquí se hace preciso ir por campos y plazas, por montes y valles, por hogares y sitios públicos, repitiendo esto: «decid siempre en voz alta lo que penséis en silencio.»
 El encono entre los cambatientes cesa así que pueden verse los unos á los otros desnudas las almas; siguen combatiendo entonces, pero combaten con amor. Pues cabe amor entre los adversarios, y el amor los junta muchas veces en la pelea. Por amor hacia mi prójimo trato de hacerlo á mi imagen y semejanza; por amor á mí, trata mi prójimo de hacerme á su imagen y semejanza.
 Hay en el fondo del catalanismo y del bizkaitarrismo mucho de noble, de puro, de elevado, y tratando de descubrirlo y ponerlo á luz es como se combate mejor contra todo lo que de innoble, de impuro y de bajo tengan, como toda clase humana tiene. Y ellos, á su vez, esos dos movimientos, no darán lo que deben dar sino rompiendo la mezquindad del egoísmo defensivo.
 Castilla ha cumplido su deber para con la patria común castellanizándola todo lo que ha podido, imponiéndole su lengua é imponiéndosela á otras naciones, y ello es ya una adquisición definitiva. El deber de Cataluña para con España es tratar de catalanizarla, y el deber para con España de parte de Vasconia, es el de tratar de vasconizarla.
 Sería la ruina más completa de la patria el que continuaran apareciendo como los heraldos del patriotismo los que quieren hacer españoles á palos ó los políticos traviesos que han usado del poder para corroborar el beduinismo, cuya fórmula es: «soy amigo de mis amigos».
 Cuando se ve que nuestros fraguadores de opinión no aprenden; que, fieles á la cuarteta de

 Procure siempre acertarla

el honrado y principal,
pero si la acierta mal

defenderla y no enmendarla,

se disponen acaso á repetir los procedimientos que nos llevaron á nuevas mutilaciones de la nación; cuando se ve que no se quiere llegar á la raíz del mal, entonces frente á los que movidos por resorte automático, obrando, pero no sintiendo, repiten: ¡palo! ¡palo! ¡palo! hay que decir ]a verdad y repetirla siempre, repetirla sobre todo ante el palo, antes que nos peguen, cuando nos peguen, después que nos hayan pegado: ¡Verdadl ¡Verdad! ¡Verdad!
 La verdad puede más que el palo. Antes romperá la verdad al palo que el palo á la verdad. Y la verdad es lo que se siente. El que lleno de fe en un principio lo proclama dice la verdad, aunque su verdad no lo sea para los demás; el que sin creer en un teorema matemático lo repite, miente.
 Yo he dicho mi verdad, y no es ya cosa mía si es ó si llega á ser la verdad de otros.

Miguel de Unamuno


  1. En el artículo La crisis del patriotismo, publicado en el núm. 6, correspondiente á Marzo de 1890, de Ciencia Social, Revista de sociología, artes y letras, que so publicaba en Barcelona, y de la que sólo aparecieron ai público ocho números, pues del noveno se recogieron los ejemplares todos durante el vergonzoso período de las atrocidades de Montjuich y de los más disparatados procedimientos á que el miedo y la ignorancia pueden conducir á los hombres que tienen el ejercicio de la autoridad, sin ser capaces de ejercerla debidamente.