La clemencia



Heureux le Prince empli de pieuses pensés.

VICTOR HUGO

 Iba tendiendo su luctuoso manto
    La noche oscura y fría,
          Sin que templase un tanto
 La opacidad de la región vacía,
 El rayo de la luna macilento
 Ni el trémulo fulgor de las estrellas;
          Pues, cual rastro sangriento,
 De un sol de invierno las rojizas huellas
 Surcaban sólo el negro firmamento.
    
    Tristes también las calles parecían
 De la opulenta villa coronada,
 Do circulando multitud callada,
 Sólo semblantes serios se veían,
          Que presentir hacían
          Algún grave suceso,
 Pronto explicado por las roncas voces
          Que esparcieron veloces
          Por el gentío espeso
 Los vendedores de volantes hojas,
 Gritando por doquier: «Causa y sentencia
 »Del coronel Rengifo y compañeros,
          »Que a los rayos primeros
 »Del nuevo sol terminan su existencia.»
    
          Pasan de mano en mano
          Los públicos papeles,
 Y -aunque no haya quizá pechos crueles
 Que al contemplar destino tan tirano
 Puedan negar a los dolientes reos,
 Víctimas de políticos errores,
 Un suspiro, una lágrima piadosa-
 Siguen los transeúntes sus paseos,
 Su fúnebre pregón los vendedores,
 Y la noche su marcha silenciosa.
    
 Las horas vuelan entre tanto; cesa
          La agitación del mundo,
          Y entre la sombra espesa
 Do el silencio por fin reina profundo,
 Derramando narcótico beleño
          -Que a descansar convida
 De los rudos afanes de la vida-
 Desciende en alas de la noche el sueño.
    Mas, ¡ah!, tan honda calma
 No aduerme, no, pesares sin consuelo
 -Que apenas puede resistir el alma,
          Y en su prisión austera
 Gimen los tristes que el postrer desvelo
 Sufriendo están en el infausto suelo
 Donde el sepulcro abierto les espera.
    
 Vida y vigor devolverá a natura
          La claridad febea,
          Y ellos en la luz pura
 Sólo verán su funeraria tea
 ¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores
          Puede tener, que alcance
 A bosquejar siquiera los dolores
 Que así cercanos al tremendo trance
 De cada cual el corazón devora?
 No sólo ve la muerte, la vigilia
          -De espectros crëadora-
 Presenta allí la mísera familia...
 La esposa, el padre, el hijo a quien adora!
    
 ¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna,
          De la esperanza nido,
          La pérfida fortuna
 -Que oyó propicia su primer vagido-
 Deja con luto de orfandad cubierta!...
 ¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno
          Verá la herida abierta,
 Que de su vida con brotar eterno
 La senda regará triste y desierta!...
    
 Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice?
 ¡Fuerza es morir!... Con pavorosos ecos
          Tu corazón lo dice...
 Y esa luz bella -que a tus ojos, secos
 Por insomnio crüel la aurora envía-
 Te lo dice también. Morir es fuerza;
 No esperes, no, que su guadaña tuerza,
 Piadosa a tu dolor, la parca impía.
    
 Fuerza es dejar el hijo abandonado,
       La esposa desvalida,
       El padre desolado,
 ¡Ay! y a la madre tierna, encanecida
 Por años de virtud. -De esa existencia,
 Que ella ha cuidado con afán prolijo,
 Infatigable amor, santa paciencia,
 ¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!?
 ¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?...
...................................
 
    Repentino rumor se eleva y crece
          En la mansión sombría:
          Crujiendo se estremece
 La férrea puerta, que ostentar debía
 -Cual la del reino del eterno llanto
 Del rudo Dante la inscripción tremenda;
          Y trémulos -en tanto
 Que abre a sus pasos la temida senda-
 Los sentenciados, que entre mil dolores
 Por conservarse sin flaqueza luchan,
 Ya los redobles fúnebres escuchan
 Con que a morir los llaman los tambores.
 Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia
 La voz que el nombre de Isabel pronuncia,
          Mientras cual bella aurora
 -Que las tristes tinieblas desvanece
          Y a los campos colora
 En la lóbrega estancia que ilumina,
 Tierna beldad de súbito aparece,
 Vertiendo luz de compasión divina,
 Que en sus azules ojos resplandece?...
    
 ¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!... Pura y bella,
          De sus plantas reales
          Sienta la leve huella
 De la horrible capilla en los umbrales.
 El ángel santo de piedad la guía,
 La majestad del solio la acompaña,
          La siguen a porfía
 Las esperanzas y el amor de España,
 Y huye a su aspecto la discordia impía.
 ¡Llega, virgen real! Tu planta imprime
          En la mansión del duelo
          Ejerce la sublime
 Prerrogativa que te otorga el cielo
 Perdona como él, y que la historia
 De los monarcas, con tu ejemplo egregio,
 Legue a tus sucesores la memoria
 De que -al usar tan noble privilegio-
 La diestra augusta que perdón concede
          Recoge en cambio gloria,
 Que a otra ninguna compararse puede.
    
    La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa
          En esos rostros mira,
          Do tu mano piadosa
 Secó el llanto cruel: ella respira
 En esas vidas que arrancó a la tumba
 Tu corazón magnánimo; se extiende
          En ese que retumba,
    
 Víctor inmenso, que el espacio hiende,
 Y aún brilla en el cadalso que derrumba.
    
          La tuya el laurel santo
          No hace nacer con riego
 De hirviente sangre y congojoso llanto,
 Sino de amor al fecundante fuego;
 Y el que la ensalza, sublimado canto,
 No es el que ensayo con humilde tono
          De mi lira en los sones;
 Sino el que se alza en tiernas bendiciones
          Hasta tu excelso trono.
    
 Feliz en él por dilatados días
          Goza, joven augusta,
          Las santas alegrías
 Del poder bienhechor. La frente adusta
 De la justicia tu piedad suavice;
 Que el rigor nunca la nefanda tea
          De la venganza atice;
 Y justa siempre y perdurable sea
 La voz universal que hoy te bendice.