Libro Decimoséptimo.

La Ciudad De Dios Hasta Cristo



CAPITULO PRIMERO. En que se trata de los tiempos en que florecieron los profetas
CAPITULO II. En qué tiempo se cumplió la divina promesa sobre la posesión de la tierra de Canaán, la cual poseyó también el pueblo de Israel, según la carne
CAPITULO III. De las tres significaciones que tenían las profecías de los profetas, las cuales unas veces se refieren a la Jerusalén terrena, otras a la celestial y otras a las dos
CAPITULO IV. Cómo se figuró el cambio del reino de Israel y del sacerdocio; y lo que antes de este, suceso profetizó la madre de Samuel, representando la persona de la Iglesia
CAPITULO V. De las cosas que un hombre de Dios dijo proféticamente a Helí, significando cómo había de quitarse el sacerdocio que se había instituido según Aarón
CAPITULO VI. Del sacerdocio y reino Judaico, los cuales, aunque se dice fundados y establecidos para siempre, no subsisten, para que entendamos que son otros los eternos que se prometen
CAPITULO VII. De la división del reino de Israel con que se figura la división perpetua que hay entre el espiritual Israel y el Israel carnal
CAPITULO VIII. De las promesas que hizo Dios a David en su hijo, las cuales no se cumplieron en Salomón, sino plenamente en Cristo
CAPITULO IX. Que en el Salmo 88 se halla otra profecía de Cristo semejante a la que en los libros de los Reyes promete Dios por medio del profeta Nathan
CAPITULO X. Cómo sucedió en el reino de la Jerusalén terrena diferentemente de lo que prometió Dios para que entendiésemos que la verdad y cumplimiento de la promesa pertenecía a la gloria de otro rey y de otro reino.
CAPITULO XI. De la substancia del pueblo de Dios, la cual está, y se halla por la sucesión de la carne, en Cristo; quien fue sólo el que tuvo potestad de sacar libre su alma de los infiernos
CAPITULO XII. A qué persona debe entenderse que pertenece la petición de las promesas de que hace mención el Salmo cuando dice: «¿Dónde están, Señor, tus antiguas misericordias?»
CAPITULO XIII. Si esta paz que promete Dios a David puede pensarse que se cumplió en los tiempos que corrieron reinando Salomón
CAPITULO XIV. Del estudio de David en componer Salmos
CAPITULO XV. Si todas las profecías que de Cristo y de su Iglesia hay en los Salmos las debemos poner y acomodar en el texto y discurso de esta obra
CAPITULO XVI. De las cosas que clara o figuradamente se dicen en el Salmo 44 que pertenecen a Cristo y a su Iglesia
CAPITULO XVII. De las cosas que en el Salmo 109 pertenecen al sacerdocio de Cristo y de las qué en el 21 tocan a su Pasión
CAPITULO XVIII. De los Salmos 3, 40, 15 y 67, donde se profetiza la muerte y resurrección del Señor
CAPITULO XIX. Del Salmo 68, donde se declara la pertinaz incredulidad de los judíos
CAPITULO XX. Del reino y méritos de David y de su hijo Salomón, y de la profecía que pertenece a Cristo y se halla así en los libros que andan con los que él escribió, como en los que no hay duda que son suyos
CAPITULO XXI. Por los reyes que hubo después de Salomón, así en Judá como en Israel
CAPÍTULO XXII. Cómo Jeroboán profanó el pueblo que tenía a su cargo con el pecado de idolatría
CAPÍTULO XXIII. De la variedad del estado de uno y otro reina de los hebreos hasta que en diferentes tiempos a ambos pueblos los llevaron cautivos, volviendo después Judá a su reino, que fue el ultimo que vino a poder de los romanos
CAPÍTULO XXIV. De los profetas, así de los últimos que hubo entre los judíos, como de los que menciona la historia evangélica cerca del tiempo del nacimiento del Señor


CAPITULO PRIMERO. En que se trata de los tiempos en que florecieron los profetas

Las promesas que Dios hizo a Abraham (a cuya descendencia sabemos que pertenecen por la divina palabra, no sólo la nación israelita según la carne, sino también las naciones, según la fe), se van cumpliendo exactamente, como lo ha manifestado el discurso que va haciendo la Ciudad de Dios, conforme al orden de los tiempos.
Y por cuanto en el libro precedente llegamos hasta el reino de David, comenzaremos a proseguir desde él la relación de todos los sucesos que parecieren suficientes para esta obra, con los demás que se sigue.
Todo el tiempo transcurrido desde que el Santo Samuel principió a profetizar y consecutivamente, hasta que el pueblo de Israel fue conducido cautivo a Babilonia, y asimismo hasta que, según la profecía del Santo Jeremías, regresados a su tierra los israelitas al cabo de setenta años, se restauró la casa del Señor, todo éste tiempo es el de los profetas. Pues aunque el mismo patriarca Noé, en cuyos días pereció toda la tierra con el Diluvio universal, y otros antes y después de él, hasta la época en que comenzó a haber reyes en el pueblo de Dios, por algunas acciones que practicaron o sucesos que prefiguraron y predijeron pertenecen a la Ciudad de Dios y al reino de los Cielos, y con mucha razón los podemos llamar profetas, y más si observamos que algunos de ellos se llamaron así expresamente, como Abraham y Moisés, con todo, llamóse especialmente tiempo de los profetas aquel en que principió a profetizar Samuel, quien ungió por rey, según el orden de Dios, primeramente a Saúl, y reprobado éste, al mismo David, para que de su descendencia fuesen sucediendo los demás mientras conviniese.
Si intentase, yo referir todo lo que los profetas han vaticinado de Cristo, entre tanto Que la Ciudad de Dios, muriendo en los, miembros: que morían y naciendo en los que sucedían, ha ido discurriendo por estos tiempos, sería nunca acabar; lo primero, porque la Sagrada Escritura, aunque parece que mientras nos va exponiendo con orden los reyes, sus acciones; empresas y sucesos, se ocupa en referir como un historiador exacto las proezas y operaciones buenas y malas de éstos; no obstante, si auxiliado de la gracia del Espíritu Santo la consideramos, la hallaremos no menos, sino tal vez más solícita en anunciarnos los sucesos futuros que en referimos los pasados; y el intentar hallar este inescrutable arcano escudriñando, y averiguarle disputando, ¿qué operación, tan molesta y penosa sería, y cuántos volúmenes no exigiría? Bien lo, conocen los que medianamente quieran reflexionarlo.
Lo segundo, porque entre las mismas cosas que no hay duda son profecías, son tantas las de Cristo y del reino de los Cielos, que es la Ciudad de Dios, que, para declararlo circunstanciadamente sería necesario formar un tratado más extenso de lo que exige la pequeñez de ésta obra.
Por lo cual, si estuviere en mi arbitrio, moderaré la pluma y el estilo; de modo que, para cumplir con esta obra, siendo la voluntad de Dios, ni diga una sola expresión, que sobre, ni deje de decir lo que sea preciso.

CAPITULO II. En qué tiempo se cumplió la divina promesa sobre la posesión de la tierra de Canaán, la cual poseyó también el pueblo de Israel, según la carne

Dijimos en el libro anterior que en las promesas que desde el principio hizo Dios a Abraham, le prometió dos cosas, es a saber: la una, que su descendencia había de poseer la tierra de Canaán, lo cual le significó, donde dice la Escritura: «Marcha a la tierra que yo te manifestaré, y haré que crezcas y formes una numerosa nación»; y la otra, que es mucho más célebre; se refiere no a la descendencia carnal, sino a la espiritual, por la cual viene a ser padre, no de una nación israelita, sino de todas las gentes que siguen e imitan las huellas de su fe, lo cual se le prometió con estas palabras: «Y serán benditas en ti todas las tribus de la tierra.» Después hicimos ver con la autoridad de otros muchos testimonios cómo le hizo Dios estas dos promesas.
Estaba, pues, en la tierra de promisión la descendencia y posteridad de Abraham, esto es, el pueblo de Israel, según la carne, y allí, no sólo ocupando las ciudades enemigas sino eligiendo reyes, había comenzado a reinar; habiéndose cumplido ya en su mayor parte las promesas que hizo Dios sobre este pueblo, no sólo las hechas a los tres patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, y otras en tiempo de éstos, sino también las que hizo por el mismo Moisés, por cuyo ministerio Sacó al citado pueblo de la servidumbre de Egipto, y por quien descubrió y manifestó en su tiempo todas las cosas pasadas, cuando conducía el pueblo por el desierto.
Porque no se acabó de cumplir la divina promesa sobre la tierra de Canaán, donde aquel pueblo había de reinar desde el río de Egipto hasta el grande Eufrates, con lo que hizo aquel ínclito capitán Jesús Nave, que introdujo al pueblo de Israel en la tierra de promisión, y conquistando aquellas naciones, la repartió, como Dios lo había ordenado, a las doce tribus, y murió, ni después de él, en todo el tiempo de los jueces se acabó de cumplir, y ya no se profetizaba qué había de suceder, sino se esperaba que se cumpliese. Se verificó en tiempo de David y Salomón, su hijo, cuyo reino se extendió y dilató tanto cuanto Dios se lo había prometido, porque sojuzgaron a todos aquellos y los hicieron sus tributarios.
Así que estaba ya la descendencia de Abraham en tiempo de estos reyes en la tierra de promisión, según la carne, esto es, en tierra de Canaán; de manera que ya no faltaba otra circunstancia para acabarse de cumplir la promesa terrena que Dios les había hecho, sino que permaneciese en la misma tierra la nación hebrea en cuanto a la prosperidad temporal por la sucesión de sus descendientes, sin mudanza ni turbación de su quietud y estado, hasta el fin y término de este siglo mortal, si fuese obediente a las leyes y mandatos de su Dios y Señor.
Mas por cuanto sabía Dios que no lo habían de cumplir, los castigó asimismo con penas temporales para ejercitar a los pocos siervos fieles que había entre ellos, y advertir a los que en adelante había de haber en todas las naciones; a las cuates convenía avisar por éstas, puesto que en ellas había de cumplir la otra promesa, revelando y manifestando el Nuevo Testamento de la Encarnación de Jesucristo.

CAPITULO III. De las tres significaciones que tenían las profecías de los profetas, las cuales unas veces se refieren a la Jerusalén terrena, otras a la celestial y otras a las dos

Así como aquellos divinos oráculos y otras cualesquiera señales o dichos proféticos que se hicieron hasta aquí en la Sagrada Escritura a Abraham, Isaac y Jacob, así también las demás profecías que hubo en adelante desde este tiempo de los reyes, parte pertenecen a los hijos carnales de Abraham y parte a aquella su descendencia, en quien se bendicen todas las naciones que son coherederas de Cristo, por el Nuevo Testamento, para alcanzar y poseer la vida eterna y el reino de los cielos; parte pertenecen a la esclava «que engendra esclavos», esto es, a la terrena Jerusalén, «que sirve con sus hijos»; y parte a la libre, que es la Ciudad de Dios, esto es, a la verdadera Jerusalén eterna en los cielos, cuyos hijos, que son los hombres que viven según Dios, son peregrinos en la tierra. Con todo, hay algunas profecías que pertenecen a ambas, a la esclava propiamente, y a la libre por figura.
Así que de tres maneras son las profecías de los profetas: unas pertenecen a la terrena Jerusalén, otras a la celestial y algunas a las dos. Creo que debo probar con ejemplos lo que digo.
Envió Dios al profeta Nathan con el encargo de reprender a David un enorme pecado que había cometido, e intimarle los males que le habían de sobrevenir. Esta y otras profecías, cuando algún hombre se hacía digno de merecerlas, ya fuese públicamente, esto es, para la salud y utilidad pública; ya fuese en particular, para el propio provecho de cada uno, con que les daba Dios noticia exacta de algún suceso futuro para bien de la vida temporal, ¿quién duda que pertenecían a la ciudad terrena?
Pero cuando dice la Escritura: «Vendrá día, dice el Señor, en que estableceré un nuevo pacto y testamento con la casa de Israel y con la casa de Judá, no según el pacto que hice con sus padres el día que les tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; y porque ellos no permanecieron en la observancia de mi pacto, también yo los desprecié. Este será el pacto que estableceré con la casa de Israel; después de aquellos días, dice el Señor, grabaré mi ley en sus almas y la escribiré en su corazón, miraré por ellos seré su Dios y ellos serán mi pueblo.» Sin duda que aquí vaticina Jeremías la celestial y soberana Jerusalén, cuyo premio es el mismo Dios, y el sumo bien de ella, y todo su bien y felicidad es tener propicio a este Señor y el ser suyo. Y a las dos pertenece también esto mismo, puesto que a Jerusalén la llama Ciudad de Dios, y en ella profetiza que estará la casa de Dios, cuyo vaticinio parece que se cumplió cuando el rey Salomón edificó aquel suntuosísimo templo; porque todo esto sucedió literalmente en la Jerusalén terrena y fue figura y representación de la Jerusalén celestial.
Esta especie de profecía, que esta como compuesta y mezclada de lo uno y de lo otro en los libros canónicos del Antiguo Testamento, donde se contiene la relación de los sucesos acaecidos, vale mucho y ha ejercitado y ejercita extraordinariamente los ingenios de los que escudriñan y meditan en la Sagrada Escritura, pues lo que se dijo y cumplió á la letra en la descendencia de Abraham, según la carne, también en la descendencia de Abraham, según la fe, hemos de buscar cómo se cumple alegóricamente, en tanto grado, que algunos han opinado que no hay cosa alguna en aquellos libros, o profetizada y sucedida, o sucedida, aunque no profetizada, que no nos insinúe algún misterio que haya de referirse alegóricamente a la Ciudad eterna de Dios y a sus hijos que son peregrinos en esta vida.
Pero si esto es cierto, los oráculos y profecías de los profetas, o, por mejor decir, de todos los libros que llamamos Viejo Testamento, serán de dos clases, y no de tres, dado que no habrá allí nada que pertenezca solamente a la Jerusalén terrena, si todo lo que allí se dice y verifica de ella, o por causa de ella, significa algún arcano que alegóricamente haya de, referirse también a la celestial Jerusalén; por lo tanto, habrá solas dos especies de profecías: la una que pertenezca, a la Jerusalén libre y la otra a las dos. Pero yo soy de parecer que, así como andan equivocados los que imaginan que los sucesos acaecidos relatados en estos libros no significan más que haber así sucedido, del mismo modo me parecen muy atrevidos los que suponen que cuanto se contiene en estos libros sagrados está envuelto en alegorías. Por eso quise mejor decir que las profecías eran de tres maneras, y no de dos, porque esto es lo que pienso, aunque no culpo o reprendo a los que pudieren, de cualquier suceso que acaeciese, sacar algún sentido espiritual, con tal que primeramente se observe la verdad de la historia. Por lo demás, cuando lo que se dice, de ninguna manera puede. convenir a las cosas que ha hecho o haya de hacer Dios a los hombres, ¿qué cristiano habrá que dude qué esto sería hablar en vano? ¿Y quién habrá que no lo refiera al sentido espiritual, si puede, o que no confiese que lo debe referir el que pueda?

CAPITULO IV. Cómo se figuró el cambio del reino de Israel y del sacerdocio; y lo que antes de este, suceso profetizó la madre de Samuel, representando la persona de la Iglesia

Llegado el tiempo de los reyes, cuando David, habiendo Dios reprobado a Saúl, alcanzó el reino de, modo que en lo sucesivo sus descendientes por una dilatada sucesión reinaron en la terrena Jerusalén, el proceso de la Ciudad de Dios nos dio una figura representativa de lo que sucedió, significándonos y comunicándonos (lo que no debe pasarse en silencio) el cambio de las cosas futuras, en cuanto a los dos Testamentos, Viejo y Nuevo, cuando se llegó a mudar el sacerdocio y el reino por el Sacerdote y Rey nuevo y eterno, que es Cristo Jesús. Porque reprobado el sacerdote Helí y sustituido en el servicio y ministerio de Dios por Samuel, que juntamente ejerció el oficio de sacerdote y de juez, y desechado Saúl, y establecido David en el reino figuraron y representaron lo que digo.
También la misma madre de Samuel, llamada Ana, que primero fue estéril y después se alegró con la fecundidad, que Dios la concedió, no parece vaticinar otra cosa cuando, llena de contento, dio al Señor las gracias, devolviéndole el mismo niño ya criado y destetado con la misma devoción que se lo había ofrecido. Pues dice así: «Confirmóse mi corazón en el Señor; mi fortaleza y gloria sea ensalzada en mi Dios; dilatóse mi boca sobre mis enemigos, me he alegrado en tu salud; porque no hay santo como el Señor, y no hay justo como nuestro Dios, y no hay otro que tú que sea santo. No queráis gloriaros, y no queráis hablar soberbias, ni salgan arrogancias de vuestra boca, porque Dios es el Señor de las ciencias, y Dios el que dispone sus invenciones y trazas. Debilitó el arco de los poderosos, y a los flacos armó de virtud y fortaleza; a los que estaban llenos y cargados de pan los debilitó, y a los hambrientos los enalteció; pues la que era estéril parió siete, y la que tenía muchos hijos se volvió estéril; el Señor es el que mortifica y vivifica, el que lleva a los infiernos y vuelve a sacar de allí; el Señor hace al pobre y al rico; Él le humilla y le ensalza; levanta del polvo de la tierra al pobre, y del estiércol al necesitado para colocarle entre los grandes y poderosos de su pueblo y darle la posesión del trono de la gloria; el que cumple y provee el voto al que se le ofrece, y bendice los años del justo, porque no hay hombre que de suyo sea poderoso. El Señor debilitará a sus enemigos; el Señor es Santo, no se jacte ni gloríe el prudente con su prudencia, no se lisonjee el poderoso en su potencia y no se gloríe el rico en sus riquezas, y solamente pueda lisonjearse el que se gloría de entender y conocer al Señor, y de hacer juicio y justicia en medio de la tierra. El Señor subió a los cielos y volvió; Él juzgará toda la extensión de la tierra, porque es justo, y es el que da virtud a nuestros reyes, y Él ensalzará la gloria de su Cristo.»
¿Acaso puede presumirse que estas palabras sean de una mujercilla que se alegra y regocija por el hijo que Dios le ha dado? ¿Es posible que el entendimiento humano sea tan opuesto a la luz de la verdad, que no advierta que lo expresado en este vaticinio traspasa la capacidad de una mujer? Pues el que con los mismos sucesos que comenzaron ya a cumplirse en esta peregrinación de la tierra se mueve, como conviene, ¿por ventura no echa de ver, no ve y conoce que por medio de esta mujer, cuyo nombre de Ana, también significa su gracia, habló así la misma religión cristiana, la misma Ciudad de Dios, cuyo rey y fundador es Cristo, habló en fin la misma gracia de Dios con espíritu profético; de cuya gracia despojará a los soberbios para que caigan; y con ella llenará a los humildes para que se levanten, que es lo que principalmente se ha celebrado en este cántico?
A no ser que alguno diga que nada profetizó esta mujer, sino que sólo alabó a Dios, celebrándole con alegría por el hijo que le concedió, condescendiendo a sus peticiones y oraciones ¿Pero qué quiere decir aquella expresión: debilitó el arco de los poderosos, y armó de virtud y fortaleza a los flacos; a los que estaban surtidos de pan los dejó vacíos, y a los hambrientos, satisfechos, porque la que era estéril parió siete, y la que tenía muchos hijos se volvió estéril? ¿Acaso parió ella siete, aunque había sido estéril? Sólo tenía uno cuando decía esto; pero ni aun después parió siete o seis, con los cuales fuese el séptimo el mismo Samuel, sino tres varones y dos hembras. Además, no habiendo todavía rey en aquel pueblo, lo que puso al fin: «El que dará virtud a nuestros reyes, y ensalzará la gloria de su Cristo», ¿por qué lo decía si no profetizaba?
Diga, pues, la Iglesia de Cristo, la ciudad del grande rey, llena de gracia, fecunda de hijo, diga cuánto tiempo ha que reconoce que se vaticinó de ella por boca de esta devota madre: «Sí ha confirmado mi corazón en el Señor; mi fortaleza y gloria se ha ensalzado en mi Dios.» Verdaderamente se confirmó su corazón, y verdaderamente se ensalzó su gloria, porque no fue en sí, sino en el Señor su Dios. Dilatóse mi boca sobre mis enemigos, puesto que la palabra de Dios en las angustias y conflictos no está ligada ni oprimida ni aun en los predicadores atados- y presos. «Me he alegrado, dice, con tu salud.» Este es Cristo Jesús, Salvador y eterna salud, a quien el anciano Simeón, tomándole en sus brazos siendo niño, como se lee en el Evangelio, y reconociéndole por grande: «Ahora, dice, dejaréis, Señor, a vuestro siervo en paz, porque vieron ya mis ojos vuestra salud.» Diga, pues, la Iglesia «me he alegrado con tu salud, porque no hay santo como el Señor, y no hay justo como nuestro Dios»; santo que santifica, y justo que justifica. «No hay santo fuera de ti, porque nadie lo es, ni llega a serlo sino por ti.»
Finalmente, prosigue, «no queráis gloriaros y no queráis hablar palabras vanas y soberbias, ni salgan arrogancias de vuestra boca, porque Dios es el Señor de las ciencias, y nadie sabe lo que Él sabe, porque el que juzga que es algo, siendo nada, él mismo se alucina y engaña.» Esto, dice, hablando con los enemigos de la Ciudad de Dios, que pertenecen a la Babilonia., que presumen de su virtud y se glorían en sí, y no en el Señor, entre quienes comprende también a los israelitas carnales, ciudadanos terrenos de la terrena Jerusalén, los cuales, como dice el Apóstol, «no sabiendo la justicia de Dios, esto es, la que da Dios a los hombres, que es el solo justo, y el que justifica, y queriendo vendernos la suya», esto es, como si ellos la hubiesen alcanzado por sí mismos y no se la hubiese dado el Señor, «no se sujetar a la justicia de Dios». En efecto, como soberbios y presuntuosos, piensan satisfacer y agradar a Dios con lo suyo y no con lo de Dios; que es Dios de las ciencias, y por lo mismo testigo de las conciencias, donde ve los pensamientos y proyectos de los hombres que son vanos cuando son de los hombres, y no proceden del Señor. «El que dispone, dice, sus invenciones trazas.» ¿Qué invenciones sino las de que se humillen los soberbios y se levanten los humildes? Porque, sigue diciendo: «Debilitó el arco de los poderosos, y armó a los flacos de virtud fortaleza.» Debilitó el arco, esto es la intención de los que a si propios imaginan tan poderosos, que sin la gracia y favor de Dios, con sola la suficiencia humana, creen que pueden cumplir los mandamientos divinos; y arma de virtud a los que dicen en su corazón: «Tened, Señor, misericordia de mi, porque soy flaco y débil.»
«A los que abundaban en pan, dice, los debilito, y a los hambrientos los enalteció.» ¿A quiénes debemos entender por abundantes en pan, sino a estos mismos casi poderosos, esto es, a los israelitas, a quienes comunicó y confió Dios sus oráculos y Escrituras? Pero en este pueblo los hijos de la esclava se debilitaron (con cuya palabra, aunque no muy latina, se declara bien cómo de mayores se hicieron menores, porque aun en los mismos panes, esto es, en los divinos oráculos, en la Divina Escritura, la cual recibieron entre todas las naciones, sólo los israelitas gustan las cosas terrenas. Pero las gentes a quienes Dios no dio aquella ley, después que por el Nuevo Testamento alcanzaron aquellos oráculos y Escrituras, teniendo mucha hambre, fueron enaltecidos sobre la tierra, porque en ellas no gustaron cosas terrenas, sino celestiales Y como si le preguntaran la causa por qué sucedió esto, dice: «La estéril parió siete, y la que tenía mucha sucesión se esterilizó.» Aquí se descubre todo lo que se profetizaba a los que tienen noticia del número septenario, con que se nos significó la perfección y unión de la Iglesia universal. Y por esto el Apóstol San Juan escribió a siete iglesias, manifestando con esto que escribía a la plenitud de una; y antes Salomón, figurando lo mismo en los Proverbios: «La sabiduría, dice, edificó una casa para sí, y la apoyó sobre siete columnas.» En todas las gentes era estéril la Ciudad de Dios antes que saliese a luz este parto, que la vemos ya en el estado de fecundidad. Vemos también a la que tenía muchos hijos, a la terrena Jerusalén, ya extenuada y estéril; porque todos los que había en ella, hijos de la libre, eran su fortaleza y virtud; pero ahora, cómo tiene la letra y no el espíritu, perdida la virtud, ha decaído y enflaquecido. El Señor es el que, mortifica y vivifica: mortificó a la que tenía muchas hijas y vivificó a la estéril, que dio a luz siete. Aunque más cómodamente puede entenderse que vivifica a los mismos que había mortificado, porque parece que repitiendo lo mismo, añade: «Condúcelos a los infiernos y vuélvelos a sacar de allí.» Pues a los que dice el Apóstol: «Si habéis muerto con Cristo, agenciad y buscad las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre», sin duda que saludablemente los mortifica el Señor a quienes persuade el mismo Apóstol diciéndoles: «Cuidad y meditad en las cosas celestiales, y no en las terrenas», para que ellos sean los que, hambrientos, se levantaron sobre la tierra. «Porque estáis muertos» dice: «Ved cuán saludable y útilmente mortifica Dios»; después prosigue: y «vuestra vida esta escondida con Cristo en Dios»; ved aquí cómo los vivifica Dios. ¿Pero acaso llevó a estos mismos a los infiernos y los volvió a sacar? Estas dos cosas, sin que haya controversia entre los fieles cristianos, las vemos cumplidas antes que en otro alguno en el que es nuestra cabeza, con quien dijo el Apóstol «que, estaba escondida nuestra vida en Dios». Porque «cuando no perdonó a su propio hijo, sino que le entregó por la redención de todos», sin duda que le mortificó; y cuando le resucitó de entre los muertos, de nuevo le vivificó. Y porque en la profecía es su voz la que dice: «No dejarás a mi alma en los infiernos»; por eso, a este mismo le llamó y le sacó de los infiernos. Con esta su pobreza hemos enriquecido, porque «el Señor es el que hace al pobre y al rico»; y para que sepamos, lo que es esto, oigamos lo que sigue: «Y él humilla y ensalza», pues, sin duda, los soberbios son a los que humilla, y los humildes a los que ensalza. Porque lo que en otro lugar dice la Escritura: «Que Dios resiste a los soberbios, y a los humildes dar gracia», esto es lo que contiene el discurso de aquel cuyo nombre significa su gracia. Lo que añade: «Levanta de la tierra al pobre», de ninguno lo entiendo mejor que de Aquel que por nosotros se hizo pobre siendo rico, para que con su indigencia, como poco ha insinuamos, nos hiciéramos ricos; porque a éste levantó de la tierra tan presto, que su cuerpo no sintió corrupción. Ni dejaré de aplicarle lo que sigue: «Y levanta del estiércol al necesitado» puesto que necesitado es lo mismo que pobre, y el estiércol de donde le levantó, congruamente se entiende de los judíos que le persiguieron, y entre ellos San Pablo, cuando perseguía la Iglesia, el cual dice: «Lo que hasta ahora tuve por lucro e interés, eso mismo por Cristo lo estimo por daño y pérdida, y no sólo por perjuicio y pérdida, sino que lo tengo por estiércol, a cambio de ganar a Cristo.» Así que de la tierra fue ensalzado sobre todos los ricos aquel pobre, y de aquel estiércol fue ensalzado sobre todos los hacendados aquel necesitado, para sentarse con los poderosos de su pueblo, con quienes hablando, dice: «Os sentaréis sobre las doce sillas», y les dará la posesión del trono de la gloria, porque le dijeron aquellos poderosos: «Ved aquí que nosotros lo dejamos todo y te hemos seguido.»
Este voto hicieron aquellos poderosos; pero pregunto: ¿por dónde les vino esta felicidad, sino por Aquel de quien aquí inmediatamente se dice: «El que da el voto al que se lo ofrece»? Porque de otra manera también ellos fueron de aquellos poderosos «cuyo arco Él debilitó. El que da, dice, el voto al que se le ofrece», pues ninguno ofreciera cosa alguna de que hubiera hecho voto al Señor, si no recibiese del mismo Señor lo que había de ofrecer: Prosigue: «Y bendijo los años del justo», es a saber, para que viva eternamente con Aquel de quien el Espíritu Santo dice: «Que sus años no desfallecerán.» Porque allí permanecen los años, pero acá pasan, o, por mejor decir, perecen, porque antes que vengan no son, y cuando hayan venido no serán, pues el llegar y fenecer, todo es uno De estas dos cosas, esto es, da el voto al que se le ofrece y bendice los años del justo, una es la que hacemos, y otra es la que recibimos. Pero esta segunda no se recibe de Dios, si no se hace la primera con el auxilio de Dios, porque no hay hombre que sin Dios de suyo sea poderoso. «El Señor debilitará a sus enemigos», es a saber, a los que envidian y resisten al hombre que ofrece su voto, para que no pueda cumplir el voto que ofreció. Puede también entenderse (porque la palabra griega es ambigua) sus enemigos, los enemigos del Señor, pues cuando el Señor nos comenzare a poseer, sin duda el enemigo que era nuestro se hace enemigo suyo, y le venceremos nosotros, aunque no con nuestras propias fuerzas; porque no hay hombre que de suyo, sea poderoso. Así que «el Señor debilitará a sus enemigos, el Señor santo», para que le venzan los santos, a quienes el Señor, santo de los santos, hizo santos.
Y por eso «no se vanaglorie el prudente con su prudencia, y no se lisonjee el poderoso con su potencia, y no se gloríe el rico con sus riquezas, sino gloríese el que se gloría en entender y conocer al Señor, y en hacer juicio y justicia en medio de la tierra». No poco entiende y conoce al Señor el que comprende y sabe que igualmente este don se lo da el Señor para que le entienda y conozca: «¿Qué tienes, dice el Apóstol, que no lo hayas recibido?» Y si lo has recibido, «¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido», esto es, como si de tu cosecha tuvieras aquello por lo que te glorías? El que vive bien, ése es el que hace juicio y justicia, y vive bien el que obedece al mandato; y el fin del precepto, esto es, a lo que se refiere el mandamiento, «es la caridad de corazón puro, de buena conciencia y fe no fingida». Y esta caridad, como dice el apóstol San Juan: «procede de Dios»; luego el hacer juicio y justicia procede de Dios. ¿Pero qué quiere decir en medio de la tierra? ¿Acaso no están obligados a hacer juicio y justicia los que habitan en los últimos confines de la tierra? ¿Quién hay que tal diga? ¿Para qué, pues, añadió «en medio de la tierra»? Que si no lo añadiera, y sólo dijera: en hacer juicio y justicia, mejor comprendiera este precepto a los unos y a los otros, esto es, a los mediterráneos y a los marítimos. Mas porque ninguno pensara que después de esta vida, que se pasa en el cuerpo mortal, nos quedaba tiempo para hacer el juicio y justicia, que no hizo mientras estuvo en el cuerpo, y que de esta manera podía escapar del juicio divino, me parece que dijo en medio de la tierra, como si dijera entretanto que uno vive en este cuerpo. Porque en esta vida cada uno trae consigo su tierra, la cual recibe la tierra común al morir el hombre, para volverla cuando resucitare. Por tanto, en medio de la tierra, esto es, en tanto que nuestra alma está encerrada en el cuerpo terreno, es necesario que hagamos juicio y justicia, para que nos aproveche después, «cuando recibiere cada uno, según las obras que hubiere hecho en el cuerpo, o bien o mal».
Porque allí el Apóstol por el cuerpo entendió el tiempo en que uno vivió en el cuerpo, pues sí uno con maligna intención y perverso ánimo blasfema, aunque no lo obre con ningún miembro de su cuerpo, no por eso dejará de ser culpado porque no lo hizo con algún movimiento de cuerpo, pues lo hizo en aquel tiempo que vivió en el cuerpo.
De esta manera puede también entenderse congruamente aquella expresión del real profeta: «Dios, nuestro Rey, ante los siglos obró la salud en medio de la tierra»; de forma que nuestro Señor Jesucristo se entienda por nuestro Dios, que es ante todos los siglos, porque él hizo los siglos y obró nuestra salud en medio de la tierra cuando «encarnó el Verbo y habitó en el cuerpo terreno».
Después de haber profetizado en estas palabras de Ana cómo se debe gloriar el que se gloría, es a saber, no en sí, sino en el Señor, por causa de la retribución y premio que ha de verificarse en el día del Juicio, dice: «El Señor subió a los cielos; y tronó: El juzgará los confines de la tierra, porque es justo.» Totalmente guardó el orden de la profesión de fe que hacen los fieles cristianos, porque Cristo nuestro Señor subió a los cielos, y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. «Porque ¿quién subió a los cielos, como dice el Apóstol, sino el que descendió primero a estas partes inferiores de la tierra? El que descendió es el que subió sobre todos los cielos para dar cumplimiento exacto a todas las profecías.» Así, pues, tronó por sus nubes, las que, al subir, llenó del Espíritu Santo. De las cuales, por medio del profeta Isaías, amenaza a la esclava Jerusalén; esto es, a su ingrata viña, que no llovería sobre ella. Y «El juzgará los últimos confines de la tierra», es como si dijera; también juzgará los confines de la tierra, porque no dejará de juzgar las otras partes el que ciertamente ha de juzgar a todos los hombres.
Pero mejor se entenderán los extremos de la tierra por los extremos o postrimerías del hombre, puesto que no serán juzgadas las cosas que en el medio y en el decurso del tiempo se mudan, mejorando o empeorando, sino en los extremos que fuere hallado el que ha de ser juzgado. Y así, dice la Escritura, «que el que perseverase hasta el fin, éste se salvará». El que con perseverancia hiciere juicio y justicia en medio de la tierra. «El da, dice, virtud a nuestros reyes para no condenarlos cuando viniere a juzgar.» Concédeles virtud, con la cual, como reyes, rijan y gobiernen la carne y puedan vencer el mundo en virtud de Aquel que por ellos derramó su sangre.
Y ensalzará la gloria de su Cristo. ¿Pero cómo Cristo ha de ensalzar la gloria de, su Cristo? Porque, como dijo antes: el Señor subió a los cielos y se entendía por nuestro Señor Jesucristo. El mismo, ¿cómo dice aquí ensalzará la gloria de su Cristo? ¿Quién es Cristo? ¿Acaso ensalzará la gloria de cualquiera de sus siervos fieles cómo la misma Ana dice en el exordio de este cántico que su gloria, la ensalzó su Dios? Porque a todos los que están ungidos con su unción y crisma muy bien podemos llamarlos Cristos, todos los cuales, sin embargo, haciendo un cuerpo con su cabeza son un Cristo.
Esto profetizó Ana, madre de aquel tan santo y tan celebrado Samuel, en el cual se nos representó entonces la mudanza del antiguo sacerdocio, y se cumplió ahora, que se volvió estéril la que tenía muchos hijos, para que tuviera en Cristo nuevo sacerdocio la estéril, que dio a luz siete hijos.

CAPITULO V. De las cosas que un hombre de Dios dijo proféticamente a Helí, significando cómo había de quitarse el sacerdocio que se había instituido según Aarón

Pero esto con mayor claridad lo dice un hombre de Dios, a quien el mismo Dios envió al sacerdote Helí, cuyo nombre, aunque se calla, no obstante, por su oficio y ministerio se deja entender que es profeta, porque dice la Escritura: «Y vino un hombre de Dios a Helí, y le dijo: Esto dice el Señor; yo me descubrí y manifesté a la casa de tu padre, cuando estaban en Egipto sirviendo en la casa de Faraón, y elegí la casa de tu padre entre todas las familias de Israel para que me sirviesen y ministrasen en el sacerdocio, subiesen a mi altar, me ofreciesen incienso y vistiesen el Efod, y señalé para la comida y sustento de la casa de tu padre parte de todos los sacrificios de los hijos de Israel, que se hacen con fuego. Pero, ¿por qué, hollado o envilecido mi incienso y mi sacrificio, honraste más a tus hijos que a mi comiendo con ellos las primicias de todos los, sacrificios que el pueblo de, Israel ofreció en mi acatamiento? Por ello dice el Señor Dios de Israel, yo dije y tenía propuesto que tu casa y la casa de tu padre anduviesen delante de mí para siempre, y ahora, dice el Señor, no ha, de ser así, sino a los que me honraren los he de honrar, y a los que me despreciaren los he de despreciar. Mira que ha de venir día en que he de extirpar y asolar tu descendencia y la descendencia de la casa de tu padre, y no verás jamás anciano alguno de los tuyos en mi casa, y extirparé el varón de los tuyos, de mi altar para que desfallezcan sus ojos y se deshaga su espíritu, y los que quedaren de tu casa morirán a cuchillo y te servirá de señal lo que sucederá a tus dos hijos Ophni y Finees, que morirán en un día, Y yo me proveeré de un sacerdote fiel que me sirva en todo conforme a mi corazón y mi alma, le edificaré una casa fiel y andará siempre en la presencia de mi Cristo, y sucederá que el que hubiere quedado de tu casa vendrá a adorarle por un óbolo de plata, diciendo: Acomódame en alguna parte de tu sacerdocio para que pueda sustentarme.»
No hay testimonio igual a esta profecía, donde tan claramente se profetiza el cambio del antiguo sacerdocio sin que pueda decirse que se cumplió en Samuel. Pues aunque es cierto que Samuel no era de otra tribu, sino de la que estaba señalada para el servicio del Señor en el santuario y en el altar, con todo, no era de la estirpe de los hijos de Aarón, cuya descendencia estaba designada para que de ella se escogiesen los sacerdotes; por lo cual podemos decir aquí que hubo una sombra y figura del mismo cambio que había de haber con la venida de Jesucristo.
Y la misma profecía en el hecho, no en las palabras, propiamente pertenecía al Viejo Testamento y figuradamente al Nuevo, significándose en el hecho lo que de palabra dijo el profeta al sacerdote Helí; porque después hallamos que hubo sacerdotes del linaje de Aarón como fueron Sadoch y Abiathar en tiempo de David, y después otros, antes que llegase el tiempo en que convenía que sucediesen por medio de Jesucristo todas estas cosas que con tanta anticipación estaban profetizadas acerca de mudarse el sacerdocio.
¿Quién, al mirar con ojos fieles todo esto, no dirá que todo está ya cumplido? Ya no tienen los judíos tabernáculo ni templo alguno, ni altar ni sacrificio, y, por consiguiente, ningún sacerdote que, según la ley de Dios, fuese de la estirpe Y descendencia de Aarón; lo cual se refirió igualmente aquí, diciendo el profeta: «Esto dice el Señor Dios de Israel: Yo tenía determinado Que tu casa y la casa de tu padre anduviesen perpetuamente delante de mí; pero ahora, dice el Señor, no será así; sino que a los que me honraren los honraré, y a los que me despreciaren los despreciaré.» Con decir la casa de su padre es claro, que no habla del padre próximo e inmediato, sino de aquel Aarón a quien primero instituyeron y ordenaron sacerdote, de cuya descendencia fuesen consecutivamente los demás, como lo manifiesta lo que dice arriba: «Me descubrí y manifesté, dice, a la casa de tu padre cuando estaba en la tierra de Egipto sirviendo en casa de Faraón, y entre todas las tribus y familias de Israel escogí la casa de tu padre para que me sirviese, en el sacerdocio» ¿Quién era el padre de éste, en la servidumbre de Egipto, que al ser librados de aquel insoportable yugo fue elevado al sacerdocio, sino Aarón?
De la descendencia de éste, dice en este lugar, que había de ser de la que no hubiese más sacerdotes; lo cual vemos ya verificado.
Abra los ojos la fe, que las cosas están bien próximas y palpables; ellas se ven y se tocan y ellas mismas se ofrecen a la vista, aun de los que no las quieren ver. «Mira, dice, que vendrá día en que extirparé y destruiré tu descendencia y la descendencia de la casa de tu padre, y no se verá jamás anciano alguno de los tuyos en mi casa, y extirparé de mi altar el varón de los tuyos para que desfallezcan sus ojos y se carcoma su espíritu.» Ved aquí que los días que señala aquella profecía ya han llegado; no hay ya sacerdote alguno, según el orden de Aarón, y si hay alguno en la actualidad de su linaje, advirtiendo que en todo el orbe habitado florece el sacrificio incruento que ofrecen los cristianos, y asimismo despojado de aquel honor y dignidad tan preeminente, desfallecen sus ojos, carcómese su espíritu y se consume de tristeza.
Lo que sigue después propiamente pertenece a la casa de Helí, a quien se le presagiaban estos sucesos, «y los, que quedaren de tu casa morirán al golpe del cuchillo, y te servirá de señal lo que sucederá a tus dos hijos, Ophni y Finees, que morirán en un día». Este fue el signo dado de la mutación del sacerdocio de la casa de Helí, con el cual se nos significó que se había de mudar el sacerdocio de la casa de Aarón; porque la muerte de los hijos de aquél significó la muerte, no de los hombres, sino la del mismo sacerdocio en la familia de Aarón.
Pero lo que sigue luego pertenece a aquél sacerdote, cuya figura, sucediendo a éste, fue Samuel; y así, lo que continúa se dice de Jesucristo, verdadero sacerdote del Nuevo Testamento: «Y yo me proveeré de un sacerdote fiel que me servirá en todo conforme a mi corazón y voluntad, y le edificaré una casa fiel.»
Esta es la eterna y soberana Jerusalén, y «andará, dice, siempre en la presencia de mi Cristo», es decir, conversará y vivirá, como arriba insinuó, de la casa de Aarón: «Yo dije y tenía ideado que tu casa y la de tu padre anduviesen delante de mí para siempre.» Pero lo que dice andará en la presencia de mi Cristo, se debe entender de la misma casa y no del sacerdote, que es el mismo Cristo, mediador y salvador, así, pues, su casa caminará delante de él.
También puede entenderse: él andará (que en latín la palabra transibit significa pasará) de la muerte a la vida todos los días que dura esta mortalidad hasta la consumación de los siglos.
Lo que dice Dios «me sirva en todo conforme a mi corazón y a mi alma», no hemos de juzgarlo en el sentido de que, Dios tiene alma, siendo este gran Señor criador de las almas; mas se dice esto de Dios no propiamente, sino por metáfora, así como se dicen pies, manos y otros miembros del cuerpo.
Y para que, según esta doctrina, no creamos que el hombre en esta figura exterior del cuerpo le crió Dios a su semejanza, se añaden asimismo las alas, las cuales no tiene el hombre, y se dicen particularmente de Dios: «Ampárame debajo de la sombra de tus alas», a fin de que entendamos que esto se dice de aquella inefable naturaleza, no con lenguaje propio, sino metafórico.
Lo que añade «y será así, que el que hubiere quedado de tu casa vendrá a adorarle», no se dice propiamente de la casa de Helí, sino de la de Aarón, de la cual, hasta la venida de Cristo, hubo hombres de cuyo linaje aun hasta el presente no faltan; porque de la casa de Helí ya había dicho arriba: «Y todos los que quedaren de tu casa morirán a cuchillo.» ¿Cómo pudo decirse aquí con verdad «y será así, que el que hubiere quedado de tu casa vendrá a adorarle», si es cierto que no ha de escapar nadie del rigor del cuchillo, sino porque quiso que se entendiese que pertenecen al linaje y descendencia, y no de cualquiera, sino de todo aquel .sacerdocio, según el orden de Aarón?
Luego existen reliquias predestinadas, de quien dijo el otro profeta: «Que las reliquias se salvarán», conforme a lo cual, añade el Apóstol: «Así también ahora se salvan las reliquias, según la elección de la gracia», esto es, restan aún muchos judíos
escogidos por la divina gracia que se salvan; pues muy bien se entiende que es de tales reliquias aquel de quien dice: «El que hubiere quedado de tu casa, sin duda que cree en Cristo»; como en tiempo de los apóstoles, muchos de la misma nación, y aun ahora no faltan, aunque muy raros, que crean, cumpliéndose en ellos lo que este hombre de Dios, prosiguiendo su vaticinio, añade: «Vendrá a adorarle por un óbolo de plata»; ¿a quién ha de adorar sino a aquel Sumo Sacerdote, que es también Dios?
Porque en aquel sacerdocio, según el orden de Aarón, no venían los hombres al templo o al altar de Dios a adorar al sacerdote.
¿Qué significa lo de un óbolo de plata sino la brevedad de la palabra de la fe, de quien refiere el Apóstol que dice la Escritura: «Que el Señor consumará y abreviará su palabra y doctrina en la tierra»? Y que por la plata se entiende la palabra o divina doctrina nos lo muestra el salmista donde dice: «Qué la palabra de Dios es palabra pura y casta, es plata, acendrada y acrisolada al fuego.»
¿Qué es lo que dice el que viene a adorar al sacerdote de Dios y al sacerdote que es Dios? Acomódame en una parte de tu sacerdocio para que coma y me sustente de pan. No quiero que me coloquen y pongan en el honor y dignidad de mis padres, porque ya no existe tal dignidad; acomódame en un parte de tu sacerdocio, «porque prefiero ser uno de los más abatidos en la casa del Señor», contentándome con ser miembro de tu sacerdocio. Entiende aquí por el sacerdocio el mismo pueblo, cuyo sacerdote es el medianero de Dios y de los hombres, del hombre de Dios Cristo Jesús.
Y a este Pueblo llama el apóstol San Pedro «pueblo santo y sacerdocio real», tu sacrificio y no de tu sacerdocio, lo cual, sin embargo, significa el mismo pueblo cristiano.
Así dice San Pablo: «Que un pan y un cuerpo somos muchos en Cristo.» Y en otro lugar: «Procura, dice, que vuestros cuerpos sean un sacrificio y hostia viva.» Y añadiendo después, para que coma y me sustente de pan, elegantemente declara el mismo género de sacrificio, porque dice el mismo sacerdote: «Que el pan que nos da ha de dar es su sangre, por la salud del mundo.» Este es el sacrificio, no según el orden de Aarón, sino según el orden del Melchisedech. Advierta el lector y entiéndalo así.
Breve es la confesión, y saludablemente humilde, en que dice: «Acomódame en una parte de tu sacerdocio porque coma y me sustente de pan.» Este pan es el óbolo de plata, lo uno porque es breve, y lo otro porque es palabra, del Señor, que habita en el corazón de los creyentes. Y porque dijo arriba que había dado a la casa de Aarón, para que se sustentase, las víctimas del Viejo Testamento, donde dice: «Y di a la casa de tu padre, para que comiese de todos los sacrificios de los hijos de Israel que se hacen con fuego (pues tales fueron los sacrificios de los judíos), dice aquí: Manducare panem, esto es, para que coma y me sustente de pan, que es en el Nuevo Testamento el sacrificio de los cristianos.»

CAPITULO VI. Del sacerdocio y reino Judaico, los cuales, aunque se dice fundados y establecidos para siempre, no subsisten, para que entendamos que son otros los eternos que se prometen

Habiéndose profetizado entonces todos estos futuros acaecimientos con tanto misterio, al presente se ven y manifiestan con la mayor claridad. Sin embargo, no en vano podrá alguno dudar y decir: ¿Cómo creemos que ha de suceder todo lo que en los libros sagrados está anunciado, si esto mismo que dice allí Dios: «Tu casa y la de tu padre andarán delante de mí para siempre» no pudo tener efecto? Porque vemos mudado aquel sacerdocio, y lo que se prometió a aquella casa no, esperamos que haya de cumplirse jamás, pues lo que sucede a éste, que advertimos reprobado y mudado, es lo mismo que se anuncia ha de ser eterno.
El que así raciocina no entiende o no advierte que hasta el mismo sacerdote, según el orden de Aarón, fue como una sombra del sacerdocio, que había de ser eterno; y cuando se, le prometió la eternidad, no se le prometió a la misma sombra y figura, sino a lo que en ella se designaba y figuraba; y porque no se entendiese que la misma sombra había de permanecer, convino que se vaticinase igualmente su transformación.
De igual modo el reino de Saúl, que, efectivamente, fue reprobado y desechado, era una sombra del futuro reino que había de conservarse en la eternidad, mediante a que el óleo santo con que fue ungido, y el crisma, de donde se dijo y llamó Cristo se debe tomar místicamente, y entender que es, un grande misterio, el cual reverenció tanto en Saúl el mismo David, que de terror le palpitó el corazón cuando habiéndose ocultado en una tenebrosa y oscura cueva, donde por acaso el mismo Saúl entró forzado de necesidad natural, le cortó sin que le sintiese, por detrás, un jirón de su manto, para tener con qué probar cómo le había perdonado graciosamente la vida pudiéndole matar, y con esta heroica acción arrancar de su rencoroso corazón la sospecha por la cual, imaginando que el santo David era su enemigo, le perseguía tan cruelmente.
Así que, por no ser culpado en un tan grande misterio, violado en Saúl, sólo por haber tocado con aquel intento la vestidura de Saúl, temió, como lo dice la Escritura, «escrupulizó David haber cortado el borde del manto de Saúl». Y a los soldados que estaban con él, y le persuadían que ya que Dios había puesto a Saúl en sus manos, le matase, les dijo: «No quiera Dios que yo cometa semejante crimen contra mi Señor, el ungido del Señor, ni que ponga las manos en él, porque éste es el ungido del Señor.» Con cuyas expresiones se manifiesta claramente que tenía tanto respeto y reverencia a lo que era sombra de lo futuro, no por la sombra, sino por lo que por ella se figuraba.
Así también, las palabras que dijo Samuel a Saúl: «Porque no observaste la orden que por mí te envió el Señor, que si la observaras, sin duda estableciera el Señor tu reino sobre Israel para siempre, ya tu reino no permanecerá en ti, y buscará el Señor una persona conforme a su corazón, a quien mandará que reine sobre su pueblo, porque no guardaste lo que te mandó el Señor», no se deben entender como si Dios hubiera mudado su idea y propuéstose que Saúl reinara para siempre, y que después no quiso cumplir lo prometido, porque pecó, pues no ignoraba que había de pecar, sino que había dispuesto su reino para que fuese figura representativa del reino eterno. Por eso añadió: «Ya tu reino no permanecerá en ti»; luego permaneció y permanecerá el que en él se significó, pero no aquél, porque no había de reinar Saúl para siempre ni sus descendientes, de forma que, a lo menos por los descendientes, sucediéndose unos a otros se cumpliese lo que dice para siempre.
«Y buscará el Señor, añade, persona», significando a David o al mismo medianero del Nuevo Testamento, el cual se figuraba igualmente en el crisma con que fue ungido el mismo David y sus descendientes. No busca Dios al hombre, como si ignorara dónde ha de hallarle, sino que habla por medio del hombre al modo natural de los mortales; y ha blando así nos busca, No sólo a Dios Padre, sino también al mismo unigénito Hijo, «que vino a buscar lo que se había perdido», éramos ya tan conocidos, que en el mismo Cristo nos había ya escogido Dios antes de la creación del mundo. Dijo, pues: «Buscará para sí»; como si dijera: «Aquel que sabe Dios, y supo que era suyo, manifestará y mostrará a otros que es su amigo y familiar», pues en el idioma latino este verbo quaero admite preposición, y se dice acquiro, cuya significación es bien patente. Aunque también, sin el aditamento de la preposición, se entiende que quaerere significa adquirir, por lo cual el lucro se llama igualmente quaestus.

CAPITULO VII. De la división del reino de Israel con que se figura la división perpetua que hay entre el espiritual Israel y el Israel carnal

Reincidió Saúl en el pecado de desobediencia, y volvió a decirle Samuel de parte del Señor: «Porque despreciaste la palabra del Señor, te menospreció el Señor para que no seas rey de Israel.»
Y en otra ocasión, confesando Saúl este mismo, pecado, pidiendo perdón por él, y rogando a Samuel que volviese a su lado para aplacar a Dios: «No volveré, dice, contigo; pues porque despreciaste el mandato del Señor, te ha desechado a ti el Señor para que no reines sobre Israel. Y volviendo Samuel el rostro para marcharse, le asió Saúl de la punta del manto, y se lo rompió, y díjole Samuel: Hoy ha roto y quitado el Señor el reino de Israel e tu mano, y le dará a tu prójimo, que es mejor que tú, y se dividirá Israel en dos, y no volverá atrás el Señor, ni se arrepentirá de lo determinado, porque no es como los hombres, que se arrepienten y que amenazan y no perseveran.»
Este, a quien dice que le ha de despreciar el Señor, para que no sea rey sobre Israel, y que le ha quitado el reino de Israel, reinó cuarenta años, es a saber, otro tanto como el mismo David, y cuando le amenazaban con este infortunio, comenzaba a reinar. Pero la amenaza significa que no había de venir a reinar ninguno de sus descendientes; para que entendamos y miremos a la descendencia de David, de la cual vino a nacer, según la carne, el medianero, de Dios y de los hombres, el hombre Cristo, Jesús. No dice la Escritura, como se lee en muchos originales latinos: disrupit Dominus regnum Israel de manu, tua, sino que, como yo lo he puesto, se halla en los griegos: dirupit Dominus regnumab Israel de manu tua, de suerte que esto se entienda de tu mano y poder, que es de Israel
Así, pues, Saúl representaba la persona de Israel, cuyo pueblo había de perder el reino, habiendo de reinar Jesucristo maestro Señor, no carnal, sino espiritualmente, por el Nuevo Testamento.
Y cuando dice «este reino lo dará a tu prójimo», refiérese al parentesco de la carne, porque, según la carne, Cristo desciende de Israel, de donde descendía también Saúl.
Lo que añade bueno sobre ti, aunque puede entenderse mejor que tú, y así lo han interpretado algunos, mejor se toma de esta manera: que es bueno sobre ti; que porque aquél es bueno, sea y esté sobre ti, conforme a la expresión del real Profeta, «hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de tus pies», entre los cuales comprende asimismo a Israel, a quien, porque fue su perseguidor, le quitó Cristo el reino.
Había allí también otro Israel, sin dolo, como grano de trigo entre paja; porque sin duda de allí eran los apóstoles, de allí tantos mártires, entre los cuales el primero fue San Esteban; de allí tantas iglesias, que refiere el Apóstol San Pablo que, con su conversión, engrandecieron a Dios.
No dudo que debe entenderse de este modo lo que se dice: «Y se dividirá Israel en dos»; es, a saber, en Israel enemigo de Cristo y en Israel que sigue a Cristo; en Israel que pertenece a la esclava y en el que pertenece a la libre; porque estos dos géneros primero estaban juntos, cuando Abraham se juntara todavía con la esclava, hasta que la estéril, que se había hecho, fecunda por la gracia de Cristo, dio voces, «echa a la esclava y a su hijo». Es verdad que, por el pecado de Salomón, sabemos que, reinando su hijo Roboán, Israel se dividió en dos partes, y perseveró así, teniendo cada una sus reyes, hasta que los caldeos, con terrible estrago, arruinaron y trasladaron toda la población de aquella tierra. Pero esto ¿qué tiene que ver con Saúl? Si amenazara con algunos de tales infortunios, antes debiera amenazar al mismo David, cuyo hijo era Salomón.
Finalmente, ahora toda la nación hebrea no está dividida entre sí, sino que indiferentemente los hebreos, conformes en un mismo error, están esparcidos por la tierra. Y aquella división con que Dios, en la persona de Saúl, que representaba la figura de aquel reino y pueblo, amenazó, al mismo reino y pueblo, se nos significó que había de ser eterna e inmutable, según las palabras siguientes: «Y no volverá atrás ni se arrepentirá, porque no es como el hombre, que se arrepiente, que amenaza y no persevera», esto es, el hombre amenaza y no persevera; pero no Dios, que no arrepiente como el hombre, porque cuando leemos que se arrepiente, se nos significa la mudanza de las cosas, quedando inmutable la presciencia divina. Así que donde dice que no se arrepiente, se entiende que no se muda.
Por estas palabras vemos que pronunció Dios una sentencia totalmente irrevocable sobre la división del pueblo de Israel, y del todo perpetua, pues todos los que han pasado o pasan, o pasarán de allí a Cristo, no eran de allí según la presciencia de Dios, aunque lo fuesen según una misma naturaleza del linaje humano, Y efectivamente, todos los israelitas que se convierten, y siguen a Cristo, y perseveran en él, nunca estarán con los israelitas que perseveran en ser sus enemigos hasta el fin de esta vida, sino que perseverarán perpetuamente en la división que aquí nos vaticina. Porque solamente sirve el Testamento Viejo del monte Sina, que engendra los hijos siervos, en cuanto da testimonio al, Testamento Nuevo.
De otra manera, entre tanto que leen a Moisés, les queda el velo puesto sobre sus corazones; pero conforme se vayan convirtiendo y pasando a Cristo se les irá quitando el velo, porque la misma intención de los que pasan es la que se muda del Viejo al Nuevo Testamento; de manera que ninguno pretenda ya recibir la felicidad carnal, sino la espiritual.
Por tanto, el mismo gran profeta Samuel, antes que ungiese por rey a Saúl, cuando clamó al Señor por Israel, y le oyó, y estando ofreciendo el holocausto, vinieron los extranjeros a presentar la batalla al pueblo de Dios, y tronó Dios sobre ellos, y los confundió y cayeron delante de Israel, y fueron vencidos: tomó entonces una piedra y la colocó entre la nueva y vieja Maspha, poniéndola por nombre Abenecer, que quiere decir piedra del «auxilio», y dijo: «Hasta aquí nos ayudó el Señor». Maspha, interpretado, significa contención, Y aquella piedra del auxilio es la mediación del Salvador, por la cual debe pasarse de la vieja Maspha a la nueva, esto es, de la intención con que se esperaba en el reino carnal, a la intención con que, por el Nuevo Testamento, se espera en el reino de los cielos la verdadera bienaventuranza espiritual; y por cuanto no hay objeto más apreciable que éste, hasta aquí esto, hasta su consecución, nos ayuda Dios.

CAPITULO VIII. De las promesas que hizo Dios a David en su hijo, las cuales no se cumplieron en Salomón, sino plenamente en Cristo

Considero que me resta manifestar ahora, siguiendo la serie del asunto que prometió al mismo David, que sucedió a Saúl en el reino, con cuya mutación se nos prefiguró la final mudanza, a la cual se endereza todo cuanto nos ha dicho y dejado el Espíritu Santo.
Habiendo disfrutado David de muchos sucesos prósperos, se propuso la idea de construir una suntuosa casa a Dios, es a saber, aquel templo tan rico y celebrado, que después fabricó su hijo Salomón. Teniendo, pues, este pensamiento, mandó Dios al profeta Nathan que se presentase al rey y le diese un mensaje de su parte, en el cual, habiendo dicho Dios que el mismo David le había de edificar casa, y que en tanto tiempo no había ordenado a ninguno de su pueblo que le construyese casa de cedro: «Ahora – dice – dirás a mi siervo David: Dios todopoderoso – dice así -, yo te escogí y saqué de entre el ganado para que fueses capitán y cabeza de mi pueblo Israel; me hallé contigo en todas las partes que anduviste; desterré de tu presencia todos tus enemigos, y te di nombre y fama, como a los más celebrados de la tierra. Pondré y señalaré también lugar a Israel mi pueblo, y le estableceré para que habite de por sí, de manera que no se turbe ni se inquiete más los pecadores no le afligirán más, como acostumbraban antes, desde el día que establecí jueces sobre mi pueblo Israel; te daré reposo de todos tus enemigos, y te anunciará el Señor cómo le has de edificar la casa. Y cuando se cumplieren tus días, y tu durmieres con tus padres, yo levantaré, después de muerto tú, a tu hijo salido de tus entrañas, y estableceré su reino. Este será el que edificará casa a mi nombre, y yo confirmaré el trono de su reino para siempre jamás. Yo le seré como padre, y él me será a mi como hijo mío, y cuando ejecutare alguna acción mala le castigaré con el azote de los hombres; mas no por eso apartaré de él mi misericordia, como la aparté de los que aparté mi rostro. Y su casa será fiel, y su reino permanecerá para siempre delante de mí, y su trono permanecerá estable y firmo para siempre.»
El que imagina que una promesa tan grandiosa como ésta se cumplió en Salomón, mucho se engaña, pues atribuye lo que dice, «éste será el que me edificará casa», a que Salomón fue el que edificó aquel famoso templo, y no reflexiona en lo que después dice: «y su casa será fiel, y su reino permanecerá para siempre delante de mi».
Considere, pues, y mire la casa de Salomón llena de mujeres e idólatras que adoraban dioses falsos, y al mismo rey, que solía ser tan sabio, seducido y engañado por ellas, abatido y sumergido en el tenebroso caos de la misma idolatría, y no se atreva a imaginar que Dios o pudo ser mentiroso en esta promesa o no pudo penetrar con su divina presciencia que Salomón y su casa habían de incurrir en este desliz.
Ni de aquí debemos tomar ocasión para reparar en esto, aun cuando no viéramos cumplir esta promesa en Cristo Señor nuestro, que nació de la descendencia y linaje de David, según la carne, para que no andemos vanamente y sin utilidad buscando algún otro, como hacen los judíos carnales, pues hasta éstos están tan ajenos de entender, que este hijo que aquí ven escrito, que le promete Dios al rey David, fuese Salomón, que aun después de habérsenos manifestado con tanta evidencia el prometido, con admirable y extraordinaria ceguedad dicen que todavía aguardan otro. Es cierto que también en Salomón se representó cierta semejanza y figura de lo futuro, en cuanto edificó el templo, y tuvo paz conforme al significado de su nombre (porque Salomón quiere decir pacífico), y a los principios de su reinado procedió con cordura, y sus acciones fueron dignas de grandes elogios.
En su persona, como sombra de lo futuro, figuraba a Cristo Señor nuestro; mas no era Cristo. Y así la Escritura dice de él ciertas cosas, como si de él se hubieran profetizado, porque vaticinando la Sagrada Escritura los sucesos que se han efectuado, en cierto modo nos dibuja en él una figura de lo venidero. Pues además de los sagrados libros, donde se relaciona que reinó, también el Salmo 71, se intitula de su mismo nombre; donde se insinúan tantos presagios, que de ningún modo pueden convenirle, y si sólo a nuestro Señor Jesucristo; a quien con toda congruencia se acomodan, mostrando que en Salomón se nos delineó originalmente la figura del Salvador, y en Cristo se nos representó la misma verdad.
Bien claros están los términos y límites en que se incluyó el reino de Salomón, y, sin embargo, se dice en el Salmo, omitiendo otras particularidades en él contenidas: «que su reino y dominio se dilataría de mar a mar, y desde el río basta los términos y confines del orbe de la tierra»: todo lo cual notamos que va verificándose en Cristo; porque desde el río comenzó a reinar, bautizado por San Juan, y mostrado por éste a los discípulos, quienes le llamaron no sólo Maestro, sino también Señor.
No principió a reinar Salomón, en vida de su padre David (lo cual a ninguno de los reyes de Israel ocurrió), sino para que nos constase que no es a él a quien se refiere esta profecía, que había con su padre, diciendo «y cuando se cumplieren tus días y durmieres con tus padres, yo levantaré después de ti a tu hijo salido de tus entrañas, y estableceré su reino».
En lo que sigue: «éste es el que edificará casa», puede entenderse que fue profetizado por Salomón; y lo que ha precedido: «cuando se cumplieren tus días y durmieres con tus padres, levantaré después de ti a tu hijo», debemos entender que se refiere a otro ser pacifico, del cual se vaticina que había de venir a levantar el trono real, no antes, como éste, sino después de la muerte de David.
Por mucho tiempo que mediase entre David y Cristo, después de la muerte del rey David, a quien había sido prometido, convenía que viniese quien edificase casa al Señor, no de madera y piedras, sino de hombres, como con el mayor júbilo y contento vemos ahora que la va construyendo. Hablando de esta casa, es decir, los fieles de Cristo dice el Apóstol: «Vosotros sois el templo que Dios santificó.»

CAPITULO IX. Que en el Salmo 88 se halla otra profecía de Cristo semejante a la que en los libros de los Reyes promete Dios por medio del profeta Nathan

En el Salmo 88, cuyo título es «Instrucción para Ethan, israelita», se refieren las promesas que Dios hizo al rey David, donde se dicen algunas cosas semejantes a las que se hallan en el libro de los Reyes, como es: «Yo prometí y juré a mi siervo David, que para siempre confirmaré y estableceré tu descendencia»; y también lo que sigue: «Entonces hablaste en visión y en espíritu a tus hijos y profetas, y les dijiste: Yo puse mi favor sobre el Poderoso, y levanté a mi escogido de en medio de mi pueblo; hallé a mi siervo David y le ungí con mi santo óleo, porque mi mano le ha de ayudar y mi brazo le ha de confirmar. El enemigo no podrá causarle daño alguno, ni los malos y pecadores podrán ofenderle. Yo destruiré delante de él a sus enemigos, y ahuyentaré a los que le aborrecen. Mi verdad y misericordia será con él, y en mi nombre se ensalzará la fortaleza de David: pondré su mano y poderío en el mar, y en los ríos su diestra y potencia. El me invocará: tú eres mi Padre, mi Dios, y el protector de mi salud. Yo le haré primogénito, y le ensalzaré sobre los reyes de la tierra. Para siempre jamás guardaré con él mi misericordia, y mi pacto y testamento se lo cumpliré fiel e inviolablemente. Haré que su descendencia sea perpetua, y su trono perpetuo, mientras durasen los cielos.» Todo lo cual se entiende de nuestro Señor Jesucristo, el cual se comprende congruamente bajo el nombre de David por la forma de siervo, que el mismo Mediador tomó de la descendencia de David, naciendo de la Virgen María.
Y prosigue, hablando de los pecados de sus hijos, ciertas cosas que se asemejan a lo que se dice en los libros de los Reyes, y persuaden que se entiendan de Salomón. Porque en el libro de los Reyes dice: «Y si este tu hijo pecare, le castigaré con la vara y azote de los hombres, y con los golpes de los hijos de los hombres; pero no apartaré de él mi misericordia», significando por los toques o golpes las plagas y azotes de la corrección y del castigo.
Conforme a esto, dice en otro lugar: «No toquéis a mis cristos y ungidos», lo cual ¿qué otra cosa quiere decir sino que no les hagáis mal, no les ofendáis? En el Salmo 88, como tratando de David, por expresarse allí con cierta semejanza alusiva a esto, dice: «Se dejasen sus hijos mi ley y no observaren mis mandamientos; si profanaren mis sanciones y traspasaren mis preceptos, visitaré y castigaré, con vara sus maldades y con azotes sus delitos, pero no apartaré de él mi misericordia y pacto.» No dijo «de ellos», aunque hablaba de sus hijos, y no de él; dijo de él, porque, bien considerado, quiere decir lo mismo. Porque era imposible hallar pecado alguno en el mismo Cristo, que es la cabeza de la Iglesia, por el cual fuera necesario que Dios le castigara con azotes y correcciones humanas, guardando su pacto y misericordia, sino en su cuerpo y miembros, que es su pueblo. Por eso dice en el libro de los Reyes iniquitas ejus, su pecado, y en el Salmo, filiorum ejus, de sus hijos, para que entendamos que en cierto modo se dice de él lo que se dice de su cuerpo. Por lo cual, el mismo Señor, desde el Cielo, persiguiendo Pablo a su cuerpo, que son sus fieles, Saulo, Saulo – dice -, ¿por qué me persigues? »
Después prosiguió el salmista: «Y no quebrantaré mi fe y verdad no profanaré o mudaré mi testamento y promesa, ni retractaré lo que he dicho por esta boca. Una vez lo prometí y, juré por mi santidad que no engañan a David«»; esto es, no ha de faltar a David mi promesa; porque suele hablar así la Escritura. Y en lo que no ha de mentir, y lo ha de cumplir, añade: «Su descendencia permanecerá para siempre, y su trono y majestad en mi presencia florecerá eternamente como el sol, y como la luna perfecta, que en el Cielo son testigos fidelísimos.»

CAPITULO X. Cómo sucedió en el reino de la Jerusalén terrena diferentemente de lo que prometió Dios para que entendiésemos que la verdad y cumplimiento de la promesa pertenecía a la gloria de otro rey y de otro reino.

Después de fundamentos tan sólidos, en que estriba una promesa tan singular e interesante a la humana naturaleza, rara que no creyésemos que se habían verificado en Salomón; como si le excluyera, y de él no hiciese mención, para semejante asunto, dice: «Tú, Señor, le desechaste y le aniquilaste.» Porque esto fue lo que sucedió al reino de Salomón en sus descendientes, hasta venir al deplorable estado de quedar destruida y asolada la misma terrena Jerusalén, que era la cabeza y silla de su reino, y especialmente hasta no quedar piedra sobre piedra del templo, que construyó con tanto esmero el mismo, Salomón.
Mas para que no juzgásemos que así lo dispuso Dios, quebrantando, su palabra y promesa, luego añade y dice: Tú, Señor, dilataste enviarnos a tu Cristo.» Luego no es Salomón, ni aun el mismo David, si se difirió la venida del Cristo del Señor; pues aunque se llamaban cristos y ungidos del Señor todos los reyes consagrados con la mística unción y crisma, no sólo desde el rey David en, adelante, sino también desde Saúl, que fue el primero a quien ungieron por rey de aquel pueblo, porque el mismo David le llama Cristo del Señor; sin embargo, uno era el verdadero Cristo, cuya figura representaban aquéllos con su unción profética; el cual, según la opinión de los que imaginaban que había de entenderse de David o de Salomón, tardaba mucho y dilataba su venida, aunque, según los altos e impenetrables decretos del Señor, se iba aprestando para venir a su tiempo.
Y en el ínterin que se difiere su venida, lo que sucedió en el reino de la terrena Jerusalén, donde aguardaban que había de reinar prosiguiendo este mismo Salmo, lo declara el real profeta, diciendo: «Diste por, tierra con el testamento y promesa que hiciste a tu siervo, profanaste en la tierra su santuario y templo, destruiste todos sus setos y vallados, e hiciste que estuviese encogido y medroso dentro de los reparos y defensas. Le robaron y saquearon todos los pasajeros, viniendo a ser el oprobio y escarnio de sus vecinos, y llenaste de gozo y alegría a todos sus contrarios. Le quitaste el auxilio que solías dar a su espada, y no le acudiste y favoreciste en la guerra. Le desterraste de sus purificaciones, y diste por tierra con su trono. Disminuiste los días que prometiste a su reino, y le has llenado de confusión.» Todo esto pasó, en la Jerusalén esclava, donde reinaron también algunos hijos de la libre poseyendo aquel reino, con dispensación temporal, y el reino de la celestial Jerusalén, cuyos hijos eran, con verdadera fe, esperando en el verdadero Cristo. Y cómo sobrevinieron tales desgracias sobre aquel reino, lo declara la historia para quien quisiere leerlo.

CAPITULO XI. De la substancia del pueblo de Dios, la cual está, y se halla por la sucesión de la carne, en Cristo; quien fue sólo el que tuvo potestad de sacar libre su alma de los infiernos

Después de haber vaticinado estos futuros sucesos, vuelve el profeta a hacer oración a Dios, y aun la misma oración es profética: «¿Hasta cuándo Señor, nos vuelves hasta el fin?» Entiéndese faciem Tuam, «nos vuelves tu rostro», como dice en otra parte: «¿Hasta cuándo me vuelves tu rostro?» Esta es la razón por qué aquí algunos libros no escriben avertir, vuelves, sino averteris, volverás, aunque se puede entender avertis misericordiam tuam, vuelves tu misericordia, la que prometiste a David. Y lo que dice, in finem, ¿qué otra cosa es sino hasta el fin? Por cuyo fin deben entenderse los tiempos últimos, cuando aquella nación ha de venir a creer también en Jesucristo, antes del cual fin habían de suceder las calamidades que arriba lloran: por las cuales prosigue aquí diciendo: «¿Acaso ha de arder, como fuego tu ira e indignación? Acuérdate de mi substancia.» Ninguna cosa se entiende aquí mejor que el mismo Jesús, que es la substancia de su pueblo, de quien tomó su naturaleza carnal: «Porque no en vano, dice, criaste a todos los hijos de los hombres»; pues si no fuera un hijo del hombre la substancia de Israel, por el cual hijo del hombre se salvarán muchos hijos de los hombres, sin duda que en, vano fueran criados todos los hijos de los hombres.
Y ahora, aunque toda la naturaleza humana, por el pecado del primer hombre, haya caído de la verdad en la vanidad, por lo cual dice otro Salmo «que se ha transformado y hecho el hombre semejante a la vanidad, y que pasan sus días como una sombra»: con todo, no sin motivo crió Dios todos los hijos de los hombres; porque lo uno libra a muchos de la vanidad por el Medianero, que es Jesucristo Nuestro Señor, y lo otro los que previó que no habían de libertarse ni salvarse, los crió para la utilidad de los que se habían de salvar, y para poder comparar las dos Ciudades, cotejándolas con su contrario. Así que no las crió vanamente, si consideramos el hermoso y arreglado orden y disposición que Dios tiene puesto en todas las criaturas racionales.
Después sigue: «¿Cuál es el hombre que ha de vivir y no ha de ver la muerte, y ha de sacar su alma del poder del infierno?» ¿Quién es éste, sino aquella substancia de Israel, del linaje y descendencia de David, Jesucristo Nuestro Señor, de quien dice el Apóstol «que habiendo resucitado de los muertos, ya no morirá más, y la muerte no tendrá ya más dominio sobre él?» Porque de tal suerte vive, y no verá más la muerte, que, efectivamente, una vez murió, pero sacó y libró ya su alma de la mano y potestad del infierno, pues descendió a los infiernos para librar y soltar de aquellas prisiones a algunos pecadores. La sacó y libertó con aquel poder de que hizo mención en el Evangelio: «Poder tengo para despedir mi alma, y poder tengo para volverla a tomar.»

CAPITULO XII. A qué persona debe entenderse que pertenece la petición de las promesas de que hace mención el Salmo cuando dice: «¿Dónde están, Señor, tus antiguas misericordias?»

Pero todo lo demás que insinúa este Salmo, donde se lee: «¿Dónde están, Señor, aquellas tus antiguas misericordias y promesas que juraste a David por tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio que padecen tus siervos, que llevé en mi seno, de mano de muchas naciones. ¿Con qué nos zahirieron tus enemigos, Señor? ¿Nos zahirieron con la mudanza de tu Cristo?», con razón se puede dudar si dice esto en persona de aquellos israelitas que deseaban se cumpliese la promesa que hizo Dios a David, o si se dice en persona de los cristianos, que son israelitas, no según la carne, no según el espíritu.
Porque esto se dijo, o escribió en tiempo de Ethan, de cuyo nombre se intituló este Salmo, y en aquel mismo tiempo fue el reino de David, y conforme a esta explicación, no diría: ¿ «Dónde están aquellas tus antiguas misericordias, las que prometiste y juraste a David por tu verdad? » Si el profeta no transformara en sí la persona de los que habían de venir al mundo mucho después, respecto de quienes pudiese ser antigua este tiempo en que se hizo tal promesa al rey David.
Puede entenderse que muchos gentiles, cuando perseguían a los cristianos, les zaherían con ignominia la pasión de Cristo, a la cual la Sagrada Escritura llama commutationem, mudanza, porque muriendo, se mudó e hizo inmortal.
Puédese también tomar porque se les haya zaherido a los israelitas la mudanza de Cristo, es a saber, porque entendiendo y esperando ellos que había de ser de su facción, vino a ser de los gentiles, y esto se lo echan en rostro al presente muchas naciones que creyeron en él por el Nuevo Testamento, quedándose ellos en su senectud; de forma que por eso diga: «Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos»; porque también ellos, después de este oprobio, no olvidándolos el Señor, sino teniendo misericordia de ellos, han de venir a creer en él.
Pero el sentido que expuse primero parece más a propósito y conveniente, porque a los enemigos de Cristo, a quien aquí se increpa que los ha dejado Cristo pasándose, a los gentiles, incongruamente se les acomodan estas palabras: «Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos», pues tales judíos no es razón que se llamen siervos de Dios, sino que estas palabras cuadran a los qué, cuando padecían por el nombre de Cristo grave opresión de persecuciones, se pudieron acordar de que la promesa que hizo Dios a la descendencia de David era el reino de los cielos, y que por deseo de él, no desesperando, sino pidiendo, buscando y llamando a la puerta, dicen: «¿Dónde están, Señor, aquellas tus antiguas misericordias que prometiste y juraste a David por tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, que llevé en mi seno, de mano de muchas gentes (esto es, que sufrí con paciencia en mi corazón). ¿Con qué nos zahirieron tus enemigos, Señor? Nos zahirieron con la mudanza de tu Cristo»; teniendo por Cierto, que aquélla no fue o conmutación, sino consumación. ¿Y qué quiere decir acuérdate, Señor, sino que tengas misericordia y nos des por esta humildad, que hemos sufrido con paciencia, la altura y grandeza que prometiste y juraste a David por tu verdad?
Pero si queremos, acomodar estas palabras a los judíos, ¿pudieron decir semejantes razones aquellos siervos de Dios que, después de expugnada y rendida la Jerusalén terrena antes de nacer Nuestro Señor Jesucristo en carne humana, fueron llevados cautivos, los cuales entendían como se debía entender la mudanza de Cristo; es a saber: que debían esperar y aguardar fielmente por él, no la terrena y carnal felicidad, cual fue la que asomó en los pocos años del rey Salomón, sino la celestial y espiritual, la cual, ignorándola entonces los infieles, cuando se alegraban, se mofaban de ver al pueblo de Dios cautivo? ¿Qué otra cosa les zaherían que la mudanza del Cristo, aunque zaherían a los que la entendían los que no la sabían?
Por eso la conclusión de este Salmo: «La bendición del Señor para siempre amén, amén», muy bien cuadra generalmente a todo el pueblo de Dios que pertenece a la celestial Jerusalén; ya sean aquellos que estaban encubiertos en el Viejo Testamento antes de revelársenos el Nuevo, ya sea a éstos, que manifiestamente se ve que, después de revelado el Nuevo Testamento, pertenecen a Cristo. Porque la bendición que nos ha de dar el Señor en el hijo prometido de la descendencia de David, no se debe esperar por corto espacio de tiempo, cual la hubo en los días de Salomón, sino para siempre, de la cual, con infalible esperanza; dicen fiat, fiat, amén, amén; que la repetición de esta palabra es continuación de esta esperanza.
Entendiendo, pues, este misterio David, dice en el segundo libro de los Reyes, de donde pasamos a este Salmo: «Has prometido la casa de tu siervo para largo tiempo»; y poco después añade: «Principia, pues, Señor, y echa la bendición a la casa de tu siervo para siempre, etc.», porque entonces estaba próximo a tener un hijo, de quien procedía su descendencia hasta Cristo, por quien había de ser eterna su casa; y también casa de Dios. Es casa de David con respecto al linaje de David, e igualmente casa de Dios por el templo de Dios, fabricado de hombres y no de piedras, donde habite para siempre el pueblo con Dios y en su Dios, y Dios en el pueblo y en su pueblo, de forma que Dios esté llenando a su pueblo y el pueblo lleno de Dios, cuando Dios: «será todas las cosas en todos», y El mismo será el premio en la, paz, como es la fortaleza en la guerra. Por eso, habiendo dicho en las palabras de Nathan «y te advierte el Señor que le has de edificar una casa», dijo después David: «Porque tú, Señor Todopoderoso; Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo, diciendo que yo te había de edificar una casa.» Porque también nosotros vamos construyendo esta casa viviendo bien, y ayudándonos Dios para que vivamos bien, pues «si el Señor no edificare la casa, en vano se cansan los que la edifican».
Cuando llegare el tiempo de la última dedicatoria de esta casa, entonces será lo que aquí dijo el Señor por medio de Nathan: «Estableceré y señalaré también el lugar a Israel mi pueblo y le plantaré para que habite y viva por sí, de manera que no se turbe ni inquiete más, ni los pecadores le afligirán más, como acostumbraban antes, desde el día que puse jueces sobre mi pueblo Israel.»

CAPITULO XIII. Si esta paz que promete Dios a David puede pensarse que se cumplió en los tiempos que corrieron reinando Salomón

Cualquiera que espera en este siglo y en esta tierra una felicidad tan grande como ésta, opina muy neciamente. ¿Acaso habrá alguno que piense que se cumplió esta promesa con la paz de que gozó el rey Salomón? Porque aquella paz la celebra con singular elogio la Sagrada Escritura por la sombra de lo que había de ser. Pero a esta sospecha advertidamente ocurrió la Escritura, cuando habiendo dicho: «Ni los pecadores le afligirán más», luego añade: «como solían antes del día que puse jueces sobre mi pueblo Israel». Porque antes de haber reyes acostumbraba haber jueces en aquel pueblo, desde que entró en la tierra de promisión.
Y sin duda que le humillaba el hijo de la iniquidad, esto es, le molestaba el enemigo gentil y extranjero, por algunos intervalos de tiempos, en que leemos que a veces hubo paz, en otras guerras, y notamos que allí la paz duró más que en los tiempos de Salomón, que reinó cuarenta años, pues en tiempo de uno de los jueces, llamado Aod, hubo ochenta años de paz.
Así que por ningún motivo debemos creer que esta promesa aludía a los tiempos de Salomón, y por consiguiente, mucho menos a los de cualquiera otro rey, pues ninguno de ellos reinó en tanta paz como él, ni jamás aquella nación tuvo el reino de suene que no estuviese con cuidado y temerosa de venir a manos de sus enemigos.
Porque en una mutabilidad e inconstancia tan grande como es la de las cosas humanas, ningún pueblo ha habido jamás a quien el cielo haya concedido tanta seguridad que no estuviese con recelo y miedo, en esta vida, de los acontecimientos y maquinaciones de sus enemigos. Luego el lugar que promete aquí para vivir en él con tanta paz y seguridad es eterno y se debe a los eternos en la madre Jerusalén, la libre; en donde verdaderamente será el pueblo de Israel, esto es, estará viendo a Dios, porque esto quiere decir Israel. Y con deseo de este premio debemos vivir santamente esperándolo en esta trabajosa peregrinación.

CAPITULO XIV. Del estudio de David en componer Salmos

Discurriendo por el orden de sus tiempos la Ciudad de Dios, primeramente reinó David en la que era sombra de lo que había de ser en lo sucesivo, esto es, en la terrena Jerusalén.
Fue David varón muy diestro y aficionado a componer canciones, y dado al eco y armonía de la música, no llevado del gusto común y vulgar, sino penetrado de una intención y ánimo devoto y fiel, pues con ella sirvió a su Dios, que es el verdadero Dios, figurando místicamente con la música un arcano grande y excelente, pues la consonancia concertada y moderada de diferentes voces nos representa la unión de una ciudad bien ordenada y regida, enlazada entre sí con una concorde variedad.
En efecto, casi toda su profecía se encuentra en los Salmos, y contiene ciento cincuenta el libro que llamamos de los Salmos, aunque algunos dicen que sólo compuso David los que tienen el título de su nombre. Otros hay que piensan que no son suyos sino los que se intitulan Ipsius David, del mismo David, y que los que tienen en el título lsip David, al mismo David, los compusieron otros y los apropiaron a su persona. Pero esta opinión queda refutada por lo que el Salvador dice en el Evangelio, que el mismo David dijo en espíritu que Cristo era su Señor, porque el Salmo 109 principia así: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos como tarima debajo de tus pies.» Sin embargo, este Salmo no tiene en el título Ipsius David, del mismo David, sino Isip David, al mismo David, como otros muchos.
Me parece más probable lo que sostienen otros, y es, que todos los ciento cincuenta Salmos los compuso David, y que a algunos les puso nombres de otros, que figuraban y significaban alguna cosa que hacía a su intento, y que los demás no quiso que tuviesen por título nombre de ninguno, según le inspiró el Señor la disposición de esta variedad interpolada de inescrutables arcanos, aunque oculta, pero no sin misterio.
Ni menos debe movernos a no prestar asenso a esta opinión el ver que en aquel libro en algunos Salmos hallamos los nombres de varios profetas que fueron muy posteriores a David, y que lo que en ellos se dice parece que lo dicen ellos; porque bien pudo el espíritu profético, cuando vaticinaba el rey David, revelarle también los nombres de estos profetas que había de haber en lo futuro para que proféticamente se cantase algún asunto que cuadraba y convenía a la persona de ellos, así como reveló Dios a un profeta el nombre del rey Josías, que había de venir a nacer y reinar al cabo dé más de trescientos años después, cuya profeta presagió también las acciones que este rey había de practicar.

CAPITULO XV. Si todas las profecías que de Cristo y de su Iglesia hay en los Salmos las debemos poner y acomodar en el texto y discurso de esta obra

Presumo que ya me están aguardando para que en este lugar declare qué es lo que David profetizó en los Salmos de nuestro Señor Jesucristo o de su Iglesia; pero si no satisfago en este particular, como parece que lo pide el deseo de los lectores, aunque ya lo he ejecutado en otro libro, es por impedirlo la mucha materia que falta. Porque no puedo relatarlo todo por no ser prolijo; y recelo que cuando haya escogido algún asunto, a muchos doctos que tienen la bastante noticia en este punto les parezca que he omitido lo más necesario. Fuera de qué el testimonio y autoridad que se alega debe tomar su vigor y firmeza del contexto de todo el Salmo, de forma que a lo menos en él no haya cosa que lo contradiga, cuando todo sea en su favor, para qué no se crea que a modo de centones vamos recogiendo versos a propósito para lo que queramos, como suele hacerse de un poema famoso, el cual se escribió, no al intento de aquel asunto, sino de otro bien distinto. Para poder manifestarlo en cualquier Salmo, sería necesario examinarlo todo, y cuán penosa y prolija sería esta operación lo indican bastante los libros que yo y otros han escrito sobre ellos.
Lea, pues, éstos el que quisiere y pudiere y hallará cuántas y cuán grandes maravillas haya profetizado de Cristo y de su Iglesia el rey y profeta David, es a saber, del rey y de la ciudad que este rey fundó.

CAPITULO XVI. De las cosas que clara o figuradamente se dicen en el Salmo 44 que pertenecen a Cristo y a su Iglesia

Por más propias y claras que sean las palabras que profetizan algún misterio es necesario que vayan mezcladas también con las trópicas y figurativas, las cuales particularmente, por causa de los rudos, ofrecen a los doctos un negocio muy trabajoso para explicarlas; con todo, hay algunas que, al primer aspecto, manifiestan a Cristo y a su Iglesia, aunque quedan entre ellas algunas cosas menos inteligibles para explicarlas despacio, como es aquello en el mismo libro de los Salmos: «Salió de mi corazón una buena palabra (una canción famosa) y, como cosa mía, va dirigida al rey; mi lengua no es más que la pluma en mano de un escribiente que escribe con velocidad: Hermoso eres, ¡oh Rey!, sobre todos los hijos de los hombres. La gracia se derramó por tus labios, y por eso te echó Dios su bendición para siempre. ¡Oh poderosísimo Señor! Ciñe la espada al lado, encima del muslo; muestra tu hermosura, donaire, majestad y gloria; acomete, camina con prosperidad y reina conforme a la verdad, mansedumbre y justicia. Y con esto, tu poderosa diestra te llevará maravillosamente al fin de tus empresas. Tus flechas agudas, poderosísimo Señor, penetrarán las entrañas de los reyes tus enemigos; los pueblos y naciones se rendirán a tus pies. ¡Oh Dios! Tu real silla es eterna, la vara y cetro de tu reino es vara de justicia y rectitud. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad. Por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de la alegría y del Espíritu, Santo con más abundancia que a los otros que participan tu nombre y se llaman Cristos y Reyes como tú. Todos tus vestidos derraman de si suavísimo olor de mirra, ámbar y canela, escogidas de los palacios y templos de marfil, con los cuales te dan gusto y honor las castas hijas de los reyes, deseando honrarte y glorificarte.» ¿Quién habrá tan estúpido e ignorante que no entienda que habla de Cristo, a quien predicamos y en quien creemos, viendo cómo se le llama Dios, cuya silla real es para siempre, y ungido de Dios, es decir, como unge Dios, no con unción y crisma visible, sino espiritual e inteligible? Porque ¿quién hay tan rudo en esta religión, o quién puede hacerse tan sordo a la fama que de ella corre por toda la redondez de la tierra, que no sepa que se llamó Cristo, de crisma, esto es, de la unción?
Conocido el Rey, Cristo o ungido; lo que aquí designa por metáforas y figuras de cómo es hermoso sobre todos los hijos de los hombres, con una hermosura tanto más digna de ser amada y admirada cuanto es menos corpórea; y cuál sea su espada, cuáles las flechas y lo demás que inserta, no propia, sino metafóricamente, sujeto ya, y debajo del dominio de este Señor, que reina por su verdad, mansedumbre y justicia, indáguese y examínese despacio.
Vuélvanse después los ojos a su Iglesia, esposa de un grande esposo, unida con él con un desposorio espiritual y con un amor divino, de la cual habla en los versos siguientes: Pusiste a la Reina a tu diestra, vestida de ricos paños de oro, labrados con varias y diferentes labores. Oye, hija, y mira; inclina tus oídos y no te acuerdes ya más de tu pueblo, ni de la casa de tu padre, porque el Rey se aficionará de tu hermosura, porque él es el Señor tu Dios, y los hijos de Tiro le han de adorar y ofrecer dones, y los ricos del pueblo harán sus ruegos delante de tu rostro. Toda la gloria de la hija del Rey es intrínseca y está vestida de oro recamado; detrás de ella traerán las vírgenes al Rey, las conducirán, ¡oh Rey!, a ti sus parientes; las traerán alegres y regocijadas; las traerán al templo del Rey. En lugar de tus padres te nacerán, Señor, hijos, y tú los harás príncipes de toda la tierra, y ellos se acordarán de tu nombre en las futuras perpetuas generaciones, por lo que los pueblos y las naciones te confesarán y celebrarán públicamente para siempre en todos los siglos de los siglos.» No creo que habrá alguno tan poco cuerdo que presuma que celebra y nos pinta aquí una mujercilla; describe la esposa de aquel de quien dijo: «Tu real silla es eterna; el cetro y vara de tu reino es vara de justicia y rectitud. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió Dios, tu Dios, con el óleo de alegría con más abundancia que a los otros que participan de tu nombre y se llaman Cristos como tú, es, a saber: ungió con más abundancia a Cristo que a los cristianos. Porque éstos son los que participan de Él, y de la unión y concordia que estos tienen en todas las naciones resulta esta Reina a quien en otro Salmo llama Civitas Regis magni, Ciudad del gran Rey: Esta, tomada en sentido espiritual, es Sión, que quiere decir especulación; porque especula y contempla el sumo bien del siglo futuro, pues allá es donde endereza toda su intención. Esta es también espiritualmente la Jerusalén de quienes hemos ya dicho grandes particularidades, cuya contraria es la ciudad del demonio, a la cual dicen Babilonia, que significa confusión.
Aunque de dicha Babilonia se desembaraza y exime esta Reina en todas las naciones y gentes por la generación, y de la servidumbre de un rey perverso pasa a un Rey sumamente bueno, esto es, del demonio pasa a Cristo. Por eso la dice: «No te acuerdes ya más de tu pueblo ni de la casa de tu padre.» De esta ciudad impía son los israelitas, que lo son por sola la carne, y no por la fe, enemigos asimismo de este gran Rey y de su Reina. Porque habiendo venido a ellos Cristo, y habiéndole muerto ellos, se hizo Rey de los otros israelitas, que no vio mientras vivió en la tierra en carne mortal. Y así proféticamente en otro Salmo dice este nuestro Rey: «Me has de librar, Señor, de la contradicción y rebelión del pueblo, y me has de hacer cabeza y príncipe de la gente. El pueblo y nación que yo no vi se sujetó a mi servicio, y oyendo mi nombre y Evangelio me rindió su obediencia.» Este es el pueblo de los gentiles, que no visitó Cristo con su presencia corporal, el cual, no obstante, por haberlo predicado, cree en Él; de manera que con razón se dijo de dicho pueblo en el Salmo que en oyendo su nombre y doctrina, luego le dio la obediencia, porque la fe nace del oído.
Este pueblo, añadido a los israelitas verdaderos, que son los israelitas, no según la carne, sino también según la fe, es la Ciudad de Dios, la cual produjo también al mismo Cristo, según la carne, cuando se hallaba en aquellos israelitas. Porque de éstos descendía la Virgen María, en la cual, para hacerse hombre, tomó Cristo carne.
Di esta Ciudad dice otro Salmo: «El hombre llama a Sión madre por haber nacido en ella, y el Altísimo la fundó.» ¿Y quién es este Altísimo sino Dios? Por consiguiente, nuestro Señor Jesucristo Dios, antes que en esta Ciudad por medio de María se hiciese hombre, Él mismo la había fundado en los patriarcas y profetas.
Así que, habiéndose anunciado proféticamente tanto tiempo antes esta Reina, que es la Ciudad de Dios, vemos ya cumplido el anuncio: «en lugar de sus padres le habían nacido hijos a quienes constituiría por cabezas y príncipes de toda la tierra» (porque ya por todo el ámbito de la tierra se hallan hijos de ésta colocados por príncipes y jefes de diferentes pueblos, pues los pueblos que concurren a ella la confiesan con confesión de alabanza eterna para siempre jamás).
Sin duda que todo cuanto aquí se nos dice con tanto énfasis y oscuridad, debajo de metáforas y figuras, como quiera que se entienda, es necesario que se refiera y se acomode a estas cosas que son sumamente claras y manifiestas.

CAPITULO XVII. De las cosas que en el Salmo 109 pertenecen al sacerdocio de Cristo y de las qué en el 21 tocan a su Pasión

En el otro Salmo expresamente llama a Cristo Sacerdote, como aquí Rey: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta tanto que ponga a tus enemigos como tarima de tus pies.» El sentarse Cristo a la diestra de Dios Padre lo creemos, no lo vemos; y el poner igualmente a sus enemigos como tarima de sus pies, aún no lo vemos; esto lo veremos al fin; ahora verdaderamente lo creemos; después lo veremos.
Pero lo que sigue: «Desde Sión extenderá y dilatará el Señor la vara y cetro de tu potencia y reinarás en medio de tus enemigos», está tan claro, que el que lo niega, lo niega, no sólo infiel y miserablemente, sino también con descaro. Porque hasta los mismos enemigos confiesan que desde Sión se extendió y esparció la ley de Cristo, que nosotros llamamos Evangelio, y ésta es la que reconocemos por vara de su potencia, y que reina en medio de enemigos. Estos mismos entre quienes reina lo confiesan bramando y crujiendo los dientes y consumiéndose de envidia, sin que puedan cosa alguna contra ella.
Lo que poco después continúa: «Juró el Señor, y no se arrepentirá de ello», nos significa que ha de ser infalible e inmutable esto que añade, diciendo: «Tú eres sacerdote para siempre, según la orden de Melchisedech.» Y supuesto que ya no existe vestigio del sacerdocio y sacrificio según el orden de Aarón, y por todo el orbe se ofrece bajo de sacerdocio de Cristo lo mismo que ofreció Melchisedech cuando bendijo a Abraham, ¿quién hay que pueda poner duda por quién se explicará así?
A estas cosas, que son claras y manifiestas, se reducen y refieren las que se describen con alguna oscuridad en el Salmo, las cuales ya explicamos en los sermones que hicimos al pueblo cómo se deben entender bien.
Asimismo, en aquel lugar donde Cristo declara en profecía la humildad de su Pasión, dice: «Traspasaron y clavaron mis manos y mis pies; me contaron todos mis huesos, y ellos, reflexionando en mi deplorable estado, gustaron de verme así», con cuyas palabras sin duda nos significó su cuerpo, tendido en la cruz, clavado de pies y manos, horadadas y traspasadas con los clavos, presentando así un espectáculo doloroso a cuantos le contemplaban y miraban. Y aún más, añade: «Dividieron entre sí mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes»; cuya profecía, del modo que se cumplió, lo dice la historia evangélica.
Entonces se dejan entender también las demás maravillas que allí se expresan con menos claridad cuando convienen y concuerdan con las que con tanta claridad se nos han manifestado; principalmente porque las que todavía no han pasado no sólo las creemos, sino que, presentes, las vemos. Así como se leen en el mismo Salmo tanto tiempo antes profetizadas, así las vemos ya presentes y que se cumplen por todo el mundo; porque en el mismo Salmo, poco después, dice: «Se acordarán y convertirán al Señor todos los confines de la tierra; se postrarán en su acatamiento y te adorarán todas las familias de las gentes, porque del Señor es el temor y Él ha de tener el dominio y señorío sobre todas las naciones.»

CAPITULO XVIII. De los Salmos 3, 40, 15 y 67, donde se profetiza la muerte y resurrección del Señor

También hallamos en los Salmos la profecía de la resurrección del Señor; porque ¿qué otra cosa es lo que se canta en nombre de Cristo en el Salmo 3: «Yo dormí, tomé el sueño y me levanté, porque el Señor me recibió y amparó»? ¿Acaso hay alguno tan ignorante que se persuada que nos quiso el profeta vender por un admirable arcano que se durmió y se levantó si este sueño no fuera la muerte y el despertar no fuera la resurrección, la cual convino que, por este término, se profetizara de Cristo? Porque aun en el Salmo 40 se nos declara este vaticinio más expresamente donde, en nombre del Medianero, según su costumbre, se nos refieren como sucesos pasados las que se profetizan que han de suceder, porque los que habían de suceder en la predestinación y presciencia de Dios ya eran como hechos, porque eran ciertos e infalibles: «Mis enemigos, dice, me echaban maldiciones diciendo: ¿Cuándo le llegará la muerte y perecerá su nombre? Si alguno venía a visitarme me hablaba fingidamente e iba recogiendo en su corazón falsedades y mentiras, y al salir fuera las comunicaba con otros que me tenían la misma voluntad. Todos mis enemigos hacían conventículos, murmuraban de mí y trazaban contra mí todo el mal que podían. En una cosa bien injusta e inicua resolvieron contra mí. ¿Por ventura el que duerme no podrá levantarse?» Verdaderamente que estas palabras están de tal forma descubiertas que parece no ha querido decir otra cosa que si dijera: ¿Acaso el que muere no podrá revivir y resucitar? Porque las palabras precedentes nos muestran que sus enemigos le maquinaron y trazaron la muerte, y que esto se ejecutó por medio de aquel que entraba a verle y visitarle y salía a venderle. ¿Habrá alguno a cuya imaginación no se presente que éste es Judas, que, de discípulo, se transformó en traidor? Porque habían de poner por obra lo que maquinaban, quiero decir, que le habían de crucificar y quitar afrentosamente la vida; para manifestar que con su vana malicia en vano darían la muerte al que había de resucitar, añadió este versículo, como si dijera: ¿Qué hacéis, necios? Toda vuestra iniquidad vendrá a parar en mi sueno, en que yo me duerma. «¿Acaso el que duerme no podrá levantarse?» Y, sin embargo, en los versos siguientes nos hace ver que tan execrable crimen no había de quedar sin el merecido castigo, diciendo: «Y aquel que era mi amigo en quien yo confiaba, el que comía mi pan a mi mesa, levantó contra mí su planta»; esto es, me holló y pisó; «pero tú, Señor, dice, ten misericordia de mí y resucítame y yo les daré su pago».
¿Quién hay que pueda ya negar este vaticinio viendo a los judíos después de la pasión y resurrección de Cristo expulsos y desarraigados totalmente de su asiento con el rigor y estragos de la guerra? Porque habiéndole muerto, resucitó, y en el ínterin les dio una instrucción y corrección temporal, además de la que reserva a los que no se enmendaren cuando vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.
El mismo Jesucristo, Señor nuestro, declarando a los apóstoles el traidor que le vendía, a pasar del bocado de pan que le daba, refirió también este verso del mismo Salmo, y dijo que se cumplió en él: «El que comía mi pan conmigo a mi mesa levantó sobre mi el carcañal.»
Lo que dice: «En quien tenía puesta mi confianza», no corresponde a la cabeza, sino al cuerpo, puesto que no dejaba de conocerle el mismo Salvador, pues poco antes había dicho de él: «Uno de vosotros es diablo calumniador y traidor.» Pero suele transferir a su persona y atribuirse lo que es propio de sus miembros; porque cabeza y cuerpo es un solo Jesucristo, y de aquí la expresión del Evangelio: «Cuando tuve hambre me diste de comer.» Aclarándola más, dice: «Cuando esto hiciste con uno de los más ínfimos de los míos, conmigo lo hiciste.» Dijo, pues, de sí que confió y esperó lo que esperaban y confiaban de Judas sus discípulos cuando le admitió en el número de los apóstoles.
El Cristo que esperan los judíos, no creen que ha de morir, y por eso el que nos anunciaron la ley y los profetas no imaginan que es el nuestro, sino el suyo, de quien dan a entender que no puede padecer muerte y Pasión, y así, con maravillosa vanidad y ceguera, pretenden que estas palabras citadas por nosotros no significan muerte y resurrección, sino sueño y estar despierto. Sin embargo, con toda claridad lo dice asimismo el Salmo 15: «Porque está Dios a mi diestra se ha regocijado mi corazón y se ha alegrarlo mi lengua, y fuera de esto, cuando dejare por un momento el alma también mi carne descansará en esperanza, porque no dejarás a mi alma en el infierno ni consentirás que tu santo vea la corrupción.» ¿Quién podía decir que había descansado su carne con aquella esperanza, de manera que, no dejando a su alma en el infierno, sino volviendo luego al cuerpo, vino a revivir, porque no se corrompiera como suelen corromperse los cuerpos muertos, sino él resucitó al tercer día? Lo cual, sin duda, no puede decirse del real profeta David, pues también clama el Salmo 67, diciendo: «Nuestro Dios es Dios, cuyo cargo es salvarnos; y del Señor son las salidas de la muerte.» ¿Con qué mayor claridad nos lo pudo decir? Porque Dios, qué nos salva, es Jesús, que quiere decir Salvador o que da salud; pues la razón de este nombre se nos dio cuando antes que naciese de la Virgen dijo el ángel: «Parirás un hijo y le llamarás Jesús, porque él ha de salvar a su pueblo y lo ha de libertar de sus pecados.» Y porque en remisión de estos pecados se había de derramar su sangre, no convino, sin duda, que tuviese otras salidas de esta vida, que las de la muerte. Por eso, cuando dijo: «Nuestro Dios es Dios, cuyo cargo es, salvarnos», añadió: «y del Señor son las salidas de la muerte para manifestarnos que, muriendo, nos había de salvar». Admira que diga y del Señor, como si dijera: tal es la vida de los mortales, que ni aun el mismo Señor salió de ella de otra manera que por la muerte.

CAPITULO XIX. Del Salmo 68, donde se declara la pertinaz incredulidad de los judíos

Pero como los judíos no quieren creer de ningún modo los testimonios tan manifiestos e incontrastables de esta profecía, aun después de haberse cumplido los vaticinios con efectos y pruebas tan claras y ciertas, sin duda se cumple en ellos lo que se escribe en el Salmo siguiente. Porque diciéndose en él proféticamente en persona de Cristo ciertas particularidades que pertenecen a su Pasión, se refiere aquello mismo que se verificó en el Evangelio: «Me dieron a comer hiel, y en aquella terrible sed que padecí me dieron a beber vinagre.»
A consecuencia de estos banquetes y de unos manjares de esta calidad, como si los hubiera ya recibido, añade: «Conviértaseles su mesa en trampa, en retribución y tropiezo; ciéguense sus ojos de forma que no vean; encorva y humilla, Señor, siempre sus espaldas.» Esto lo dice no deseándolo, sino que lo anuncia profetizando, en cierto modo como si lo deseara.
¿Y qué maravilla es que no vean cosas tan manifiestas los que tienen los ojos en tinieblas Y ciegos para que no puedan ver? ¿Qué extraño es que no los alce al cielo una nación que, para estar pronta e inclinada a la tierra, tiene siempre encorvadas sus espaldas? Pues por estas palabras, que se toman metafóricamente del cuerpo, se nos denotan los vicios del alma.
Baste esta doctrina acerca de los Salmos, esto es, de lo respectivo a la profecía del rey David, para que haya alguna medida en la exposición de este punto y no sea demasiado prolijo, y perdonen los lectores que no lo saben ya, y no se quejen si viesen o imaginaren que he omitido otras particularidades que pudiera acaso alegar como más firmes y sólidas.

CAPITULO XX. Del reino y méritos de David y de su hijo Salomón, y de la profecía que pertenece a Cristo y se halla así en los libros que andan con los que él escribió, como en los que no hay duda que son suyos

Reinó David en la terrena Jerusalén y fue hijo de la celestial Jerusalén, tan elogiado por el irrefragable testimonio de las sagradas letras, y que con tanta piedad, religión y devoción confesó y satisfizo sus culpas por medio de la verdadera y saludable acción de la penitencia, que, sin duda, podemos numerarle entre aquellos de quienes dice él mismo: «Felices y bienaventurados aquellos cuyas culpas están perdonadas y cuyos pecados están abiertos y olvidados».
Después de éste, reinó sobre todo el mismo pueblo su hijo Salomón, quien, como insinuamos arriba, principió a reinar ea vida de su padre. Habiendo sido buenos y loables susprincipios, sus fines llegaron a ser malos, porque las prosperidades, que suelen dar en qué entender a los mas sabios, le dañaron mucho más que lo que le aprovechó su sabiduría, que en la actualidad y en lo sucesivo es y será memorable y famosa, y entonces fue muy célebre y alabada por todo el mundo.
También está averiguado que Salomón profetizó en sus libros, de los cuales tres están admitidos por canónicos, a saber: los Proverbios, el Eclesiastés y el Cántico de los Cánticos; los otros dos, el de la Sabiduría y el Eclesiástico, por la semejanza del estilo, comúnmente se atribuyen también a Salomón. Y aunque no dudan los más doctos que no son suyos, con todo, los ha recibido desde los tiempos más remotos por canónicos, especialmente la Iglesia Occidental; y en el uno de ellos, que se intitula La Sabiduría de Salomón, expresamente está profetizada la Pasión de Cristo, haciendo mención de los impíos que le mataron, y diciendo: «Oprimamos al justo porque es desabrido para nosotros, y contradice lo que hacemos, y nos da en rostro con los pecados de la ley; divulga y manifiesta las culpas y desórdenes de nuestra vida; jáctase de que tiene noticia y ciencia de Dios, y llámase Hijo de Dios. Se ha hecho descubridor y reprensor de nuestros pensamientos, y no le pueden ya ver ni sufrir nuestros ojos porque su modo de vivir es diferentes del de los otros y muy otro su instituto; nos tiene en opinión de falsos y adulterinos, y huye de nuestros caminos como de inmundicias; aventaja los extremos y fines de los justos, y gloriase que tiene por Padre a Dios. Veamos si es verdad lo que dice, probemos a ver el suceso que tienen sus cosas y sabremos en qué para su fin, porque si es verdadero Hijo de Dios, le ayudará y libertará de los contrarios. Probémosle con denuestos y tormentos para ver su modestia y mansedumbre y experimentar su paciencia; condenémosle a una muerte infame e ignominiosa, porque de sus palabras colegiremos lo que Él es.» Esto fue lo que imaginaron ellos, y erraron, porque los cegó su malicia.
En el Eclesiástico nos anuncia la fe de las gentes de este modo: «Ten misericordia de nosotros, Señor Dios de todo lo criado, e infunde tu temor sobre todas las gentes levanta tu mano sobre las naciones infieles y observen tu poder, para que, así como fuiste santificado en nosotros, viéndolo ellos, así viéndolo nosotros seas engrandecido en ellos y te conozcan, así como nosotros te hemos conocido, porque no hay otro Dios sino tú, Señor.» Esta profecía, que está concebida bajo la fórmula de desear y rogar, la vemos cumplida por Jesucristo, aunque lo que no se halla en el Canon de los judíos, no parece que se alega con tanta autoridad y firmeza contra los contradictores.
En los otros tres libros que consta son de Salomón, y los judíos los tienen por canónicos, si quisiéremos mostrar que lo que en ellos se halla semejante o alusivo a esto perteneciente a Cristo y a su Iglesia, requeriría un examen circunstanciado, prolijo y penoso, en el cual, si nos detuviésemos, nos haría ser más largos de lo que conviene. Sin embargo, lo que dicen los judíos en los Proverbios: «Escondamos en la tierra injustamente al varón justo, traguémosle vivo, como lo hace el infierno, y desterremos de la tierra su memoria; tomemos posesión de su preciosa heredad, no está tan enfático y oscuro que, sin trabajar mucho en exponerlo, no pueda entenderse de Cristo y de su heredad, que es la Iglesia.
Porque alusivo a esto mismo es lo que nos muestra el mismo Señor Jesucristo en una parábola del Evangelio, en la que decían los inicuos labradores: «Este es el heredero; venid, quitémosle la vida y vendrá a ser nuestra la heredad.» Y asimismo aquella expresión del mismo libro, que hemos apuntado ya otra vez, hablando de la estéril que dio a luz siete, los que la oyen leer y saben que Cristo es la sabiduría de Dios, no suelen entenderlo, sino de Cristo y de su Iglesia: «La sabiduría edificó su casa ‘y la apoyó sobre siete columnas; sacrificó sus víctimas; echó su vino en la taza. Envió sus criados a llamar y convidar con una famosa embajada a beber de su taza, diciendo: El que fuere ignorante lléguese a mí, y a los faltos de sentido dijo: Venid y comed de mis panes, y bebed del vino que os he prevenido.» Aquí, sin duda, reconocemos que la sabiduría de Dios, esto es, que el Verbo, tan eterno como el Padre, edificó en las entrañas de la Virgen su casa, que es su cuerpo humano, y que a éste, como a cabeza, le añadió y acomodó como miembros su Iglesia, sacrificando en ella las víctimas de los mártires, y disponiendo la mesa con pan y vino, donde se nos descubre también el sacerdocio, según, el orden y semejanza, de Melchisedech, llamando y convidando a los faltos de entendimiento y de sentido; porque, como dice el Apóstol: «Escogió Dios lo más flaco para confundir lo fuerte»; y a estos flacos, sin embargo, les dice lo que sigue: «Dejad de ser necios para que viváis, y buscad la prudencia para que poseáis la vida.»
Y el participar de su mesa es lo mismo que comenzar a tener vida; porque hasta en otro libré, llamado el Eclesiastés, donde dice: «No tiene otro bien el hombre, sino lo que comiere y bebiere», ¿qué cosa, más creíble podemos entender que nos dice sino lo que pertenece a la participación y comunicación de esta mesa que nos pone el mismo sacerdote, medianero del Nuevo Testamento, según el orden de Melchisedech, con los platos de su cuerpo y sangre? Porque este sacrificio sucedió en lugar de aquellos sacrificios del Viejo Testamento que se ofrecían e inmolaban en sombra y significación de lo futuro; por lo cual echamos de ver que lo que dice el Mediador en el Salmo 39 lo dice proféticamente: «No quisiste ya servirte más de sacrificios y ofrendas, y por eso me hiciste y formaste cuerpo»; porque en lugar de todos aquellos sus sacrificios y ofrendas, se ofrece ya su Cuerpo y se suministra y da a los que participan de él. En lo que el Eclesiastés dice del comer y beber, lo cual nos lo repite muchas veces y encarecidamente nos los recomienda, bastante nos muestra que no habla de los manjares del gusto de la carne aquello que dice: «Más vale ir a casa donde lloran que donde beben»; y poco después: «El corazón de los sabios se halla en la casa donde lloran, y el corazón de los necios e ignorantes en la casa donde comen y beben.»
Pero lo que me parece más digno de referir en este libro es aquello que pertenece a las dos Ciudades: a la del demonio y a la de Cristo, y a sus dos príncipes, Jesucristo y el demonio: «¡Ay de ti, dice, ¡oh tierra!, donde el rey es joven y donde los príncipes andan en banquetes desde la mañana, y bienaventurada la tierra cuyo rey es hijo de nobles y generosos y cuyos príncipes comen a su tiempo para alentar y no quedar confusos!» Joven llamó al demonio por su ignorancia, por la soberbia, temeridad y disolución, y por los demás vicios de que suele abundar este siglo; y a Cristo, hijo de nobles y generosos, esto es, de los santos patriarcas que pertenecen a la Ciudad libre, de quienes desciende según la carne. Los príncipes de la otra ciudad comen y andan en banquetes de mañana, esto es, antes de la hora conveniente, porque no aguardan la felicidad oportuna del siglo futuro, que es la verdadera, queriendo ser bienaventurados luego del presente con el aplauso de este siglo; Pero los que son príncipes de la Ciudad de Cristo aguardan con paciencia el tiempo de la verdadera bienaventuranza. Esto, dice, «para alentar y no quedar confusos»; porque no les saIe vana su esperanza, de la cual dice el Apóstol «que a ninguno deja confuso», y el Salmo: «Todos los que tuvieron puesta en Dios su esperanza no se engañaran.»
El libro de los Cantares, ¿qué es sino un espiritual deleite de las almas en el desposorio del rey y reina de aquella ciudad, que es Cristo y su Iglesia? Pero este deleite está envuelto debajo de la corteza y la cubierta de alegorías para que se desee con más fervor, se vea con más complacencia y se nos muestre el esposo, de quien dice en los mismos Cantares «que la misma bondad y santidad está enamorada de él», y para que veamos a la esposa, a quien llama «mi amor y regalo». Muchas cosas paso en silencio por dirigirme ya al fin de esta obra.

CAPITULO XXI. Por los reyes que hubo después de Salomón, así en Judá como en Israel

Los demás reyes de los hebreos que sucedieron después de Salomón, si no es por ciertos enigmas de algunas particularidades, que dijeron o hicieron, apenas profetizaron cosa que pertenezca a Cristo y a su Iglesia, así en Judá como en Israel. Porque así se llamaron las dos partes de aquel pueblo, después que por la culpa de Salomón, en tiempo de su hijo Roboán, que sucedió a su padre en el reino, se dividió por justo juicio y castigo de Dios.
Las tribus que siguieron a Jeroboán, criado de Salomón, y le alzaron por rey en Samaria, propiamente se llamaban Israel, aunque este nombre era general a todo aquel pueblo. Y las otras dos tribus, la de Judá y Benjamín, las cuales, por particular afecto a David, y porque no se desarraigasen totalmente de su casa y linaje el reino, quedaron sujetas a la ciudad de Jerusalén, se llamaron Judá, porque Judá era la tribu de donde descendía David, y la otra tribu de Benjamín, como dije, pertenecía al mismo reino, de donde fue Saúl su rey, antes de David.
Pero estas dos tribus juntas, según insinué, se llamaban Judá, y con este nombre se distinguían de Israel, que se denominaban, propiamente las diez tribus, y tenían su rey. La tribu de Leví, como era la sacerdotal y estaba designada al culto y servicio de Dios, y no al de los reyes, era la decimotercera; porque Joseph, que fue uno de los doce de Israel, no constituyó una sola tribu, como los demás, cada uno la suya, sino dos, la de Efraím y la de Manasés. A pesar de esto, la tribu de Leví pertenecía más al reino de Jerusalén por estar allí el templo de Dios, a quien servía.
Dividido, el pueblo, el primero que reiné en Jerusalén fue Roboán, rey de Judá, hija de Salomón; y en Samaria, Jeroboán, rey de Israel, criado que fue de Salomón. Y queriendo Roboán hacer guerra a la otra parcialidad, que se había apartado de su obediencia, como a rebelde, mandó Dios al pueblo que no pelease contra sus hermanos, diciéndole por su profeta que él había hecho aquello; de donde se advirtió que en esta disposición no hubo pecado alguno, o del rey de Israel, o del pueblo, sino que se cumplió la voluntad y justo juicio de Dios, lo que Sabido por la una y la otra parte vivieron en paz, porque la división que se hizo no era de la religión, sino del reinó.

CAPÍTULO XXII. Cómo Jeroboán profanó el pueblo que tenía a su cargo con el pecado de idolatría

Sin embargo, Jeroboán, rey de Israel, no creyendo, con ánimo impío, a Dios, a quien por experiencia había hallado propicio y verdadero en haberle prometido y dado el reino, temió que, acudiendo sus vasallos al templo de Dios, existente en Jerusalén (donde, conforme a la divina ley, había de presentarse toda aquella nación para ofrecer los sacrificios), se los sonsacasen y volviesen a rendir vasallaje y obediencia a los hijos de David como a descendencia real; para impedirlo estableció la idolatría en su reinó, engañando con impiedad nefanda al pueblo de Dios, y obligándole, como lo estaba él, al culto y reverencia de los ídolos.
Mas no por eso dejó Dios de reprender por sus profetas, no sólo a este rey, sino también a los que le sucedieron e imitaron su impiedad, y al mismo pueblo, porque entre ellos florecieron aquellos grandes y famosos profetas que obraron tan portentosas maravillas y milagros, Elías y Eliseo, su discípulo. Y diciendo Elías: «Señor, han muerto a tus profetas, han derribado tus altares, yo he quedado solo y andan buscando ocasiones para quitarme la vida», le respondió Dios: «Que aun había entre ellos siete mil personas que no se habían arrodillado delante de Baal.»

CAPÍTULO XXIII. De la variedad del estado de uno y otro reina de los hebreos hasta que en diferentes tiempos a ambos pueblos los llevaron cautivos, volviendo después Judá a su reino, que fue el ultimo que vino a poder de los romanos

Tampoco en el reino de Judá, que pertenece a Jerusalén, en los tiempos de los reyes que se fueron sucediendo, faltaron profetas, según que tuvo por anunciarles lo que les estaba bien, o reprenderles sus pecados, o encomendarles la justicia. Porque asimismo en este reino, aunque mucho menos que en Israel, hubo reyes que ofendieron gravemente a Dios con sus enormes crímenes y que fueron castigados con moderados azotes juntamente con el pueblo; y sin duda no son pequeños los méritos que se celebran de los reyes que fueron píos y temerosos de Dios. Pero en Israel los reyes, cual más, cual menos, todos los hallamos malos y reprobados.
Una y otra parte, según que lo ordenaba o permitía la Providencia divina, o se engrandecía con las prosperidades o la oprimían las adversidades, viéndose afligida, no sólo con guerras extrañas, sino entre sí con las civiles, para que por algunas causas que lo motivaban se manifestase la misericordia de Dios, o su ira, hasta que, creciendo su indignación, toda aquella nación no sólo fue destruida en su tierra por las armas de los caldeos, sino que la mayor parte fue llevada prisionera y transportada a la tierra de los asirios: primeramente la parte que se llamaba Israel, dividida en diez tribus, y después también la que se llama Judá, destruida y asolada Jerusalén y su famoso templo, en cuya tierra estuvo cautiva setenta años, pasados los cuales, dejándolos salir de allí, restauraron el templo que les habían destruido, y aunque muchos de ellos vivían en las tierras de extranjeros e infieles, con todo, desde entonces para en adelante, no tuvieron el reino repartido en dos porciones, y en cada una sus diferentes reyes, sino que en Jerusalén tenían todos una sola cabeza, y acudían al templo de Dios establecido allí, en señalados tiempos, todos los de todas aquellas provincias, en dondequiera que estaban, y de dondequiera que podían; Aunque tampoco entonces les faltaron enemigos de las otras naciones, ni quien procurase conquistarlos; porque Cristo Señor nuestro, cuando nació, los halló ya tributarios de los romanos.

CAPÍTULO XXIV. De los profetas, así de los últimos que hubo entre los judíos, como de los que menciona la historia evangélica cerca del tiempo del nacimiento del Señor

En todo aquel tiempo, desde que regresaron de Babilonia, después de Malachías, Ageo y Zacarías que profetizaron entonces, y Esdras, no tu vieron profetas hasta la venida del Salvador, sino otro Zacarías, padre de San Juan, e Isabel su esposa, próximo ya el nacimiento de Cristo; y después de nacido, el anciano Simeón, Ana la viuda, ya muy vieja, y al mismo San Juan, que fue el último de todos; el cual, siendo joven, anunció a Cristo ya mozo, no como futuro, sino que sin conocerle le mostró y enseñó con el conocimiento divino que tenía de profeta, por lo cual dijo el mismo Señor: «La Ley y los profetas hasta Juan. »
Y aunque de las profecías de estos cinco tenemos noticia exacta por el Evangelio, donde hallamos asimismo referido que la misma Virgen María, Madre del Señor, profetizó antes de Juan, con todo, estos vaticinios de estos cinco varones santos no los admiten los judíos, digo, los réprobos; pero los admitió un crecidísimo número de ellos, que creyeron en la fe evangélica. Y en éstos verdaderamente se dividió Israel en dos, con aquella división que por el profeta Samuel se le anunció al rey Saúl que era inmutable. Malachías, Ageo, Zacarías y Esdras son, pues, los últimos a quienes aun los judíos réprobos tienen recibidos en su canon. Porque asimismo se halla lo que éstos escribieron, como lo de los otros que profetizaron entre la grande muchedumbre del pueblo, aunque fueron muy pocos los que no escribieron asunto alguno que mereciese autoridad canónica. De lo que éstos vaticinaron tocante a Cristo y a su Iglesia me parece decir lo preciso en esta obra; lo que haremos con más comodidad, con el favor del Señor, en el libro siguiente, para que en éste, que es tan extenso, no aglomeremos ya más materias.