Gusev
La sala número seis (1920)
de Antón Chéjov
traducción de Nicolás Tasín
La cirugía
LA CIRUGÍA


Habiéndose marchado el doctor, recibe, en su lugar, a los enfermos del hospital el enfermero. Se llama Kuriatin. Es un buen hombre, gordo, de unos cuarenta años, con una americana blanca muy usada. Está muy penetrado de la gravedad de su misión y de su responsabilidad. Fuma un cigarro que despide un olor detestable.

La puerta se abre y entra el chantre Vonmiglasov, un viejo muy robusto, de elevada estatura, vestido con una sotana. Su ojo derecho está medio cerrado.

Busca un icono en el rincón, y no hallándole, se persigna con los ojos puestos en una gran botella de ácido fénico. Luego se saca del bolsillo un pequeño pan bendito; y, saludando al enfermero, se lo pone delante.

—¡Ah! ¡Buenos días!— dice el enfermero bostezando—. ¿En qué puedo servir a usted?

—Vengo a pedirle auxilio, Sergio Kusmich, que Dios le bendiga. Estoy padeciendo como el mismo Job no padecería.

—¿Qué le sucede a usted?

—¡Las muelas! Es para volverse loco, Dios me perdone. Imagínese usted que me siento a la mesa, en compañía de mi vieja, a tomar una taza de té, ¡y no puedo! ¡Ni una sola gota! Un dolor infernal; he estado a punto de caerme de la silla.

—¿Una muela nada más?

—Si, pero... aparte de esa muela, me duele todo este lado de la cara... Hasta la oreja me duele, como si tuviera dentro un clavo o cualquier otro objeto. ¡Es para morirse! El Señor me castiga por mis innumerables pecados. Ni siquiera puedo cantar durante la misa. No he pegado los ojos en toda la noche.

—Si, es desagradable— dice el enfermero—. Vamos en seguida a ver qué tiene usted. ¡Siéntese! ¡Abra la boca!

Vonmiglasov se sienta y abre la boca cuanto puede.

El enfermero pone una cara severa, se inclina sobre el enfermo y le mira la boca. Entre las muelas amarillas advierte una con una ancha carie.

—El párroco me ha aconsejado que me ponga en la muela enferma una gota de «vodka»; pero no me ha dado resultado. Mi tía, Dios la bendiga, me ha regalado un hilo que trajo de los Santos Lugares, y me ha dicho que me enjuague con leche caliente, y tampoco eso me ha servido de nada.

Hay una larga pausa.

—¡Es necesario sacarla!—dice, por fin, el enfermero.

—Usted lo sabrá mejor que yo. Para eso ha hecho sus estudios. Usted entiende de eso, puesto que es su oficio, mientras que nosotros sólo podemos rogar por usted y admirar su ciencia.

—No tiene importancia— responde el enfermero afectando modestia—. Se hace lo que se puede.

Se dirige al armario y busca entre los instrumentos quirúrgicos.

—La cirugía... no es gran cosa— prosigue—. Naturalmente, es necesario entenderla. Y, sobre todo, hay que tener la mano firme, la costumbre... Para mí esto no es nada. Lo hago en un abrir y cerrar de ojos. ¡Llevo sacadas tantas muelas! No hace mucho vino aquí Alejandro Ivanich Egipetsky, un gran señor. Tenía también una muela enferma. ¡Un hombre instruido, que entiende de esto, y a quien habían asistido doctores! Conoce a los profesores más insignes. Con todo, ¡tan amable!, me estrechó la mano y me habló como a un igual suyo. ¡Un verdadero señor! Ha vivido siete años en Petrogrado... Bueno; me pidió que le arrancase la muela. «¡Arránquemela, Sergio Kusmich!»—me dijo—. ¿Por qué no? Gustosísimo. Naturalmente, hay que saber lo que se tiene entre manos: hay muelas y muelas. Unas hay que arrancarlas con tenazas; otras, con llave... Eso depende...

El enfermero tarda un largo rato en decidirse. Al fin opta por las tenazas.

—Bueno; abra usted la boca todo lo que pueda. Vamos a sacársela en un abrir y cerrar de ojos. Cuestión de dos segundos. Una, dos, tres, y se acabó. Sólo hay que cortar un poco la encía, hacer una tracción vertical... así.

Hace la tracción.

—¿Ve usted? Así... Asi...

—Son ustedes nuestros ángeles guardianes... El Señor les ha dado la ciencia...

—No hable usted... No se mueva. Esta muela es muy fácil de arrancar, mas ocurre a veces... sobre todo cuando sólo queda la raíz... Esto no es nada... Una, dos, tres, y se acabó...

Coge la muela con las tenazas.

—No se mueva usted... dificulta la operación... Una, dos, tres... Sobre todo, hay que coger bien la muela con las tenazas.

Comienza a tirar.

—De lo contrario, se puede romper, dejando raices... Un instante... paciencia.

Continúa tirando.

—¡Dios mío!— grita el enfermo—. ¡Virgen santa!

—¡Pero permanezca usted tranquilo... Si me agarra la mano... Vamos, sea usted razonable. Le digo que esto no es nada... Una, dos...

Sigue tirando.

—Una, dos, tres... No crea usted que es tan sencillo.

—¡Aaaah!—grita con voz ahogada el enfermo—. ¡Dios mío! ¡Tire usted de una vez! ¡No vamos a acabar nunca!

—Espera, imbécil! ¡No es esto tan fácil como te figuras.. La cirugía es una ciencia complicada... hay que entenderla... cállate y no te muevas... Un instante... Ahora... Una, dos, tres...

El enfermo, atormentado por el dolor, levanta las rodillas hasta la altura de los codos, pone unos ojos espantados y parece que se va a ahogar... Su rostro rojo se cubre de sudor, se le saltan las lágrimas. El enfermero, no menos rojo, continúa tirando con todas sus fuerzas.

Medio minuto terrible transcurre. De pronto, las tenazas resbalan y sueltan la muela. El enfermo da un salto y se lleva apresuradamente la mano a la boca. Encuentra la muela enferma en el mismo sitio.

—Pero ¿si no me la has arrancado aún?— exclama furioso—. ¡Que los diablos te arranquen todas las tuyas, una a una! ¡«Una, dos, tres!»... Cuando no conoce uno su oficio...

—Tú tienes la culpa!—protesta el enfermero—. No hacías más que agarrarme la mano, empujarme con el codo y decir tonterías. ¡Imbécil!

—¡El imbécil lo serás tú!

— Eres un mujik, en toda la extensión de la palabra. ¿Te figuras que es tan sencillo arrancar una muela? ¡Eso no es subir al campanario y tocar las campanas, como haces tú! Se trata de la cirugía, una cosa delicada, de la que tú no sabes una palabra. No eres quién para darme consejos. Le he sacado una muela a Alejandro Ivanich Egipetsky, un gran señor, que ha vivido siete años en Petrogrado, sin que me diga semejantes tonterías, ni me agarre la mano... ¡Siéntate!

—¡Dios mío, lo que sufro!... Espera... un instante...

Se sienta, respirando con dificultad.

—Pero date prisa, de un solo tirón. No se trata de tirar mucho, sino de tirar bien. -

¡No me fastidies con tus consejos!... Es una desgracia tener que aguantar a personas mal educadas y sin instrucción. Se vuelve uno casi salvaje. ¡Abre la boca!

Coge la muela con las tenazas.

—La cirugía, amigo, es una cosa extremadamente complicada... más complicada que recitar plegarias ante las viejas... ¡Te he dicho que no te muevas!... Es una muela enferma hace mucho tiempo... Tiene raíces muy profundas.

Tira con todas sus fuerzas.

—¡No te muevas. Una, dos, tres!... Se oye un crujido: la muela se ha roto.

—¡Diablo! ¡Lo había previsto—dice el enfermero confuso.

El enfermo se queda un instante como petrificado, aturdido, la mirada huraña, la faz pálida y sudorosa.

—Habrá que servirse de otro instrumento—balbucea el enfermero—. ¡Qué mala suerte!

El enfermo, vuelto en sí, se mete los dedos en la boca y encuentra, en lugar de la muela, dos pedazos salientes y agudos.

—¡Diablo!— exclama—. ¡Verdugo! ¡Podias aplicar a tus propias quijadas tu infernal cirugía!

—¡Cállate, imbécil!— balbucea el enfermero volviendo a guardar las tenazas en el armario—. ¡Ignorante! El señor Egipetsky, Alejandro Ivanich, un verdadero señor... que ha vivido siete años en Petrogrado... que lleva un traje de cien rublos, no se permitió decirme cosas semejantes, mientras que tú...

El enfermo le lanza una mirada furiosa, coge de la mesa el pan bendito que había llevado, escupe con cólera en el suelo, y se va.