La charca
de Emilia Pardo Bazán


Este baile del Real, que de otro modo sería uno de tantos, vulgar como todos, asciende a memorable por lo que aún se discute si fue ilusión de fantasías acaloradas por libaciones, alucinación singular de los ojos, broma lúgubre de algún desocupado malicioso o farsa amañada por los concurrentes -aun cuando esto último parece lo más inverosímil, por la imposibilidad de que se pusiesen de acuerdo tantas personas extrañas las unas a las otras para referir un enredo sin pies ni cabeza.

Lo que afirmaron haber visto, visto por sus ojos, no duró más que, según unos, media hora, y, según otros, veinte minutos. Empezó a las tres en punto, y cesó cuando hubo sonado la media.

A tal hora, si bien es la más animada de locuras, hállase ya cansado el cuerpo, turbia la vista, no quedando en el salón los que van «a dar una vuelta», sino sólo los verdaderos aficionados incorregibles. No obstante, redobló de pronto el lanzamiento de serpentinas y cordones y gasas de colorines que envolvía las barandillas de los palcos y tapizaba el suelo; y al caer las tres campanadas llamó algo la atención el ingreso, en dos palcos antes vacíos, de un grupo de máscaras. Las damas lucían dominós de gro y moaré, con encajes, y la capucha que cubría su cabeza era de anticuada forma; los caballeros también vestían capuchones negros, de rico raso, con lazos de colores en los hombros. Los pliegues de los disfraces caían lánguidos sobre los cuerpos de los enmascarados, como si estuviesen colgados de una percha. Se diría que flotaban, que no cubrían bulto alguno.

Los que lo notaron observaron también que las enguantadas manos de las máscaras, apoyadas en el reborde del palco, bailaban en los guantes de cabritilla, blancos y color paja, tan cortos que no pasaban de la muñeca. Hubo quien afirmó que, donde cesaba el guante, en lugar del brazo redondo o fuerte, sólo se veía un hueso color de marfil, un hueso mondo y lirondo.

Excitada la curiosidad, la acrecentó el hecho de que, abriéndose las puertas de los palcos ocupados por las singulares máscaras, apareció en cada una de ellas un criado vestido de galoneada librea, con careta de enorme nariz, portador de un cubo donde se helaban botellas de champán, y de las copas donde había de espumar la bebida. Descorcharon en silencio y sirvieron, oyéndose el choque del cristal. Al inclinarse los criados para hacer su oficio, los mismos que se fijaban en las raras muñecas de las máscaras, repararon en que las libreas flotaban como vacías, y las manos de los servidores, bajo el guante, parecían manojos de palillos, sin mullido de carne alguna. Varios curiosos, más resueltos, subieron a los palcos vecinos, y escucharon ávidamente la conversación, apagada y cuchicheante, de los enmascarados. Alrededor de una dama, que se hacía aire con un abanico de nácar incrustado de oro, muy ancho de varillas, muy corto de paisaje, y que ostentaba unos fastuosos pendientes de gordas perlas de perilla, parecían coincidir las atenciones y los respetos de todos. Había, sin embargo, otra dama, de ojos profundos y negros, como los tienen las imágenes, muy joven, muy esbelta, que prodigaba a la del abanico el «señora» a todo pasto, mientras ésta la tuteaba...

¿De qué hablaban las máscaras? De costumbres. Juzgaban, en general, a la época presente, como si fuese para ellas algo nuevo y desconocido.

-Es una sociedad deliciosa -afirmaba la de los ojos negros, a quien nombraban duquesa-. Las señoras enseñan la pierna hasta más arriba de la rodilla, y no usan mangas. Los muchachos tratan a las muchachas de asaúras y de golfas. Se reúne la gente de alto coturno, no en los palacios, sino en las posadas y fondas. Se bailan bailes con nombres de animales, y los bailan como animales igualmente. Fuman las damas en público, y los hombres les echan el humo a la cara y pasan delante de ellas en las puertas. ¿Se acuerda la señora de la Morny? Claro que fumaba, la muy gringa, pero no delante de todos.

-No me digas. Si estoy atónita. ¿Te acuerdas de los bailes del Real en mi tiempo? Venían..., veníamos disfrazadas todas. Ahora sólo... doncellas de labor. No sé qué opinará Ramón de todo esto, y, en especial, del cotarro político. ¿Tú qué harías, Ramón, para arreglar las cosas?

La máscara interpelada se inclinó, deferente, conteniéndose para no soltar terno de toda respuesta. Ajustó la capucha sobre la lisa peluca, y contestó al fin:

-Señora, lo mismo que hice siempre... Y ya sabe que me dio excelente resultado... Hasta que yo lié el petate no le ocurrió nada de malo a mi reinecita... Fatales tiempos han sobrevenido para todos. Me atrevo a creer que conmigo no pasaría mucho de lo que está pasando.

-De seguro, duque -intervino la de los ojos de imagen-. Y, para mí, lo peor de todo es la invasión de ordinariez. Nosotros seríamos lo que se quiera, pero éramos gente fina, por lo menos.

-Sí, sí -aprobó la máscara a quien el del pelucón había llamado reinecita-. Hay muy poca educación y mucha despreocupación. Pero, así y todo, veo cosas bien bonitas en estos tiempos tan fatales. Mira tú que se ha progresado. Yo no sé si debemos brindar por nuestra época o por la moderna. A mí me parece que todas las cosas tienen su lado bueno, ¿no?

-Siempre ha sido así la señora, muy bondadosa, muy indulgente -observó la duquesa-. Yo, pareciéndome que en nuestra situación se debe ser franco, confieso que celebro infinito no existir...

Cuanto tal dijo la máscara, los que escuchaban sintieron un escalofrío glacial. «¡Son muertos, son muertos!», repitieron, paralizados por el mismo susto. «¡Son fantasmas!», opinaban algunos, dando diente con diente. Y, como para aumentar su horror, las máscaras misteriosas alzaron las manos, en cuyas muñecas blanqueaba el hueso mondo y lirondo, y desataron los antifaces. Pero antes de realizar este movimiento, los criados de luenga nariz rubicunda, como oyeron nombrar brindis, sirvieron copas colmadas, cubiertas por fuera de un rocío fresco; y las máscaras las apuraron, chocándolas antes cordialmente. Y los que no apartaban la vista del grupo de enmascarados, se fijaron en que el champán, pasando por la boca, venía a salir por el cuello, rebosando por cima de los elegantes capuchones y las pecheras almidonadas, que cerraban diamantes de roca antigua, montados en botones de esmalte azul. Apuradas las copas cayeron los antifaces, y se vieron los rostros. Eran de carne, al parecer, si bien no faltó, al día siguiente, quien asegurase que aquellos rostros estaban moldeados con goma y hábilmente pintados con los colores de la vida. Fuese lo que fuese, el runrún, que ya crecía entre la concurrencia, arreció, hasta convertirse en alboroto amenazante. Un cruce de exclamaciones, de preguntas, de protestas, de gritos, se alzaba hacia el palco donde tranquilamente sonreía la que antaño España aclamó con entusiasmo tal. Era su faz sonrosada; sus bandós de dulce tono castaño con reflejos rubios; sus azules ojos de apacible y un tanto maliciosa mirada; su bien modelada frente; su respingada y picaresca nariz; en suma: sus facciones tal cual rodaron estampadas en el cuño de los metales y en el papel de los sellos. Y a su lado, la fisonomía inconfundible del Espadón, y, formándolo una corte deslumbradora, las hermosuras célebres de su período, cuyos trajes y adornos son polvo, y cuyas joyas, dispersas, lucen acaso hoy en las orejas y escote de las héteras famosas. También podía verse allí al banquero fastuoso y al magnate rival de los monarcas, y semiescondida, esperando su hora de reinado efímero, a la duquesa de la Torre, linda como un sueño, morena todavía...

El gentío se precipitó, enloquecido, hacia la escalera que conduce a los palcos. Corrían, se empujaban; alguno rodó, maltrecho, y fue pisoteado. Se enredaban en las serpentinas al querer ir más aprisa. Parecía que manos invisibles lanzaban las largas y frágiles cintas de papel a millares. Al cabo, la turba llegó a los palcos de las asombrosas máscaras, que ya no lo eran realmente, pues descubrían su rostro. Y, al empujar la puerta, se oyeron clamoreos, chillidos, a los cuales sucedió un estupor profundo. Los palcos estaban vacíos. Vacíos del todo.

-No quedaba -murmuró uno de los que subieron al asalto- ni señal de la presencia de enmascarados semejantes, y, por tanto, habrá que suponer que fue todo un espejismo de la imaginación, que sufrimos sin darnos cuenta. Puede que el champán tuviese alguna composición que trastornase los sentidos...

-¡El champán! -repitió el otro interlocutor-. El champán es lo que prueba la verdad... Fíjese usted. Mire el suelo del palco, y dígame qué significa entonces esta charca...

Era lo que había rebosado de la bebida de los extraños enmascarados, sin bajar al estómago. El suelo estaba encharcado, verdaderamente. Un río de champán serpenteaba hasta el pasillo...