IX

Anduvo larguísimo trecho D. Beltrán por la margen izquierda del Guadalope, sin encontrar alma viviente, pues los caseríos estaban desamparados, los ganados dispersos, hombres y animales del campo huídos; y tan presuroso iba por el estímulo de su deseo, que al llegar a las primeras casas de una aldea desierta, que debía de ser Castellseras, faltáronle súbitamente al anciano los alientos, y dejándose caer en un montón de tierra, cercano a un edificio en ruinas, dijo a sus acompañantes: «Amigos míos, la costumbre de andar en coche y a caballo ha quitado vigor a mis piernas para la marcha peonil. Vosotros andáis sin fatigaros muchas leguas, yo no puedo. Me rindo, me entrego, y pues ya no estamos lejos del punto en que os habíais citado con la maestra, os ruego que os adelantéis y le digáis que la espero aquí. Recordad bien mi nombre: D. Beltrán de Urdaneta... el grande amigo y en otro tiempo protector de su padre...».

Obedecieron sin chistar los dos viejos, y D. Beltrán se quedó solo con su criado Tomé, el cual no hacía más que mirar a los cerros cercanos, pues en todos veía fusiles y boinas su medrosa fantasía. Por indicación suya, se pusieron al abrigo y sombra de aquellas derrumbadas paredes, de donde vigilarían quién viniera, y podrían esconderse si alguien se acercaba con malas intenciones. Allí se aguantaron como unas dos horas, y ya se impacientaba Urdaneta, cuando Tomé, encaramado en lo más alto, avisó la presencia de cuatro personas por el camino que habían seguido los viejos al partir.

«¿Ves a los enterradores? -preguntó Don Beltrán ansioso-. ¿Viene con ellos una señora vestida de monja o penitente?

-A los dos abuelicos les veo -dijo Tomé cuando las cuatro figuras se aproximaron-; pero no viene ninguna monja, sino dos chicarrones, uno de ellos con sotana.

-¿Estás bien seguro del sexo?

-¿Qué dice, señor? Si llama sexo a lo de distinguir de machos y hembras, apuesto lo que quiera a que los cuatro son hombres naturales, aunque al uno no le veo piernas por bajo, y por arriba le veo melenicas como las de una imagen.

-¿Luego viene uno con faldas?

-Mas no son faldas ni andares de mujer, sino al modo de las túnicas de los santos, que siempre usaban sayos o camisones».

Y cuando ya cerca estaban, y amo y criado salían de las ruinas para recibirles, gritaba Tomé: «Señor, señor, déjeme que me santigüe, pues esto no es cosa buena. El de los pelos largos y caídos es un muchacho amujerado, o mujer hombruna. No he visto otra...

-Cállate, simple, y ponte a un lado, que ya veo los bultos, y me adelanto a saludar a Marcela».

Del grupo que venía, se adelantó una figura híbrida, tal y como Tomé la había descrito, para mozuelo, de regular talla, para mujer, de elevada estatura, con gallarda medida y proporción. Era el rostro moreno, tan tostado del sol que semejaba al de una efigie secular, cuyo barniz el tiempo ha obscurecido dándole una dulce pátina con vislumbre sienoso. Los ojos grandes, negros y de profundo mirar, parecían de hombre; de la nariz para abajo representaba cara fina y graciosa de hembra, con hoyuelos en la barbilla, y un poco de vello sobre el labio superior. El cabello caía en guedejas que parecían plumas de un gallo negro, y le llegaba hasta mitad del pescuezo, no menos tostado que el rostro, partiéndose en la frente en dos ramales espesos, ásperos, que a veces nublaban los ojos. Era el cuerpo de rara perfección, más de hombre que de mujer, pues no se le notaba elevación del seno, el cual era poco más alto que el de un mocetón de anatomía lozana; bien sentidas la cintura y cadera, sin ofrecer curvas muy acentuadas; el pie desnudo, de color de antigua caoba, de mediano tamaño tirando a grande, y admirable forma. El sayal que vestía, de parda estameña, remedaba un hábito franciscano de varón; pero sin cuello ni capucha, sencillísimo en su traza y corte, ceñido a la cintura por una cuerda. Llevaba el rosario en un bolsillo interior del hábito, que se manifestaba en una abertura vertical al costado derecho, por donde asomaba la cruz de bronce. Mayor bulto que el de un rosario se veía por aquella parte; señal de que guardaba otros objetos, pañuelos quizás, o sabe Dios qué. La voz, que hirió con sonoro timbre los oídos de Don Beltrán en el primer saludo, era como de muchachón tierno, engrosada por la constante vida al aire libre en país tan frío.

«Aunque estos pobrecitos -dijo Marcela- equivocaron el nombre... Don Jordán de la Beltraneta, ya comprendía, señor, ya comprendí que era usted... el que me hacía el honor de venir en mi busca...

-El honor es mío -replicó D. Beltrán descubriéndose y besándole la mano-, y me considero feliz de ver en opinión de santa a la que conocí muy niña... Ya, ya se anunciaba en ti la mujer superior, extraordinaria, eminente...

-Mi padre le apreciaba a usted de veras -dijo Marcela, cortando el elogio-. Diez días antes de morir, estuvo a verme, y hablamos largamente del Sr. D. Beltrán...

-Siempre tuve a Luco -afirmó el prócer, gozoso de lo que la ermitaña relataba-, por uno de mis mejores amigos. De cuantas personas he tratado en mi larga vida, Juan fue la única en quien vi siempre la flor de la gratitud... Sabrás que a mi protección decidida debía tu padre los adelantos de su fortuna.

-Lo sé... y a gala tenía el recordarlo... A mis hermanos y a mí, cuando éramos niños, nos enseñó a pronunciar con el mayor respeto el nombre para él sagrado de Urdaneta... Pero si el señor gusta de que hablemos, no piense en volverse hoy a Alcañiz, y véngase conmigo despacito hacia Calanda, que allí tengo un alojamiento regular, y podré darle algo de comer, siempre dentro de la suma pobreza».

Tan grata impresión habían hecho en el viejo las primeras palabras de la santa mujer, que a todo se prestó gozoso, diciendo: «Vamos a donde tú quieras, hija mía, y no creas que me asusta la pobreza, pues he llegado a una situación en que mi gloria es confundirme con los humildes.

-Vivimos en el reino de la desventura -dijo la ermitaña con austeridad-. El azote de Dios nos ha reducido a todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, a las extremidades de la miseria, y a no contemplar más que espectáculos de tristeza y dolor. El Señor nos ha castigado, nos somete a prueba durísima, desatando a la Muerte para que a ninguno perdone. Convenzámonos de que sólo breves instantes nos faltan para morir, que no hemos muerto ya por cansancio de la misma Muerte, la cual apenas tiene aliento para cortar tantas vidas, y preparémonos...

-¡Oh! sí, bien preparado estoy para cuando el Señor lo disponga...

-Y en tanto, fortifiquemos nuestras almas con la paciencia, con el gusto de las adversidades, y celebremos las miserias y trabajos que Dios nos envía.

-Sí, hija mía, sí... celebrémoslo... ya lo creo que debemos celebrarlo...

-'Que los trabajos bien recibidos y padecidos son, no sólo útiles y provechosos, sino gustosos y sabrosos...'. Esto lo dijo Nicéforo, famoso historiador de la Iglesia, y añade que 'son las adversidades satisfactorias por los pecados, y que los trabajos nos son útiles por la fortaleza que con ellos se gana'. Tengamos fortaleza, Sr. D. Beltrán, esta soberana virtud con que se vencen y encadenan todos los males.

-Sí, hija mía, sí -murmuraba D. Beltrán-: seamos fuertes; yo busco la fortaleza.

-Dice el bienaventurado San Juan Crisóstomo que 'aunque los trabajos no tuvieran otro bien sino el que el hombre recibe con su paz y quietud cuando le faltan, fueran de muy grande codicia'.

-Paz y quietud anhelo yo, hija mía, y por Cristo, que a mis años, después de tantas luchas y fatigas, bien merezco el reposo. Y bien podría el Señor concedérmelo en premio de la valentía con que me lanzo por estos caminos infestados de facciosos. Cierto que cuando Dios nos manda trabajos y adversidades, ya se sabrá por qué lo hace; pero yo te digo ahora, con perdón de San Nicéforo y San Crisóstomo, que maldita gracia me hará que nos salga una partida carlista y nos deje en cueros, o nos apalee o nos fusile...

-El verdadero cristiano -dijo la beata peregrina con acento firme, sin afectación-, no sólo no teme la muerte, sino que la desea. Cuenta Eusebio en sus Anales que, 'hallándose los mártires presos, se alegraban creyendo habían de ser los primeros que sacasen a martirizar, y cuando no lo eran, quedaban desconsolados'.

-Pues perdóneme el señor Eusebio...

-Y testifica San Jerónimo que el bienaventurado mártir San Ignacio escribía a Siria desde Roma, poco antes de su martirio: 'Plegue a Dios dejarme gozar de las bestias que me esperan, las cuales ruego a Dios no sean perezosas en acabarme...'. Donde dice bestias ponga usted facciosos, y digamos: 'Que vengan cuando quieran y nos despedacen'.

-Todo eso es muy bonito para dicho; pero como no soy santo, quiero guardar de ésos los pocos días que me restan».

Si en los comienzos del diálogo le encantaba a Urdaneta la firmeza de convicciones de la peregrina y el severo estilo con que la manifestaba, en cuanto empezó a largar citas se le hizo un poquito indigesta tanta sabiduría. Preguntole que cómo podía repetir sin equivocarse tantos textos de sagradas escrituras, y ella lo explicó por su prodigiosa retentiva... Lo que una vez leía, no se le olvidaba nunca, y su mente era una copiosa biblioteca, que usaba sin compulsar libros. Por todo el camino fue soltando citas de Santos Padres y de Aristóteles y Cicerón; que también éranle familiares los filósofos profanos; y ya un tanto mareado D. Beltrán con aquella erudición fastidiosa, diputó a Marcela por un papagayo con más memoria que discernimiento. Aún era muy pronto, dice el narrador, para formar juicio tan terminante.

Al caer de la tarde, llegaron a un barrio de Catanda, y metiéronse en una casa mísera, donde había tres mujeres. Ningún hombre se veía en todo el lugarejo ni en sus contornos. Impaciente por hablar largo y tendido con la santa, hizo propósito D. Beltrán de plantear el magno asunto en cuanto despacharan la frugal cena de alubias, habas secas, y algunos huevos con que fue regalado el huésped. Como si le leyese en el rostro los pensamientos, Marcela se apartó con él a un rincón de la estancia donde comieron, que era un establo de cabras, sin cabras, y le dijo:

«Sr. D. Beltrán, antes que empiece yo mis rezos y ejercicios de la noche, y antes que usted se acueste... que para su nobleza se prepara en esta humildad un mediano lecho... quiero que me diga la razón de venir a buscarme.

-Precisamente, ya se me hacía tarde el hablarte de ello, hija mía. Bien comprenderás que si a los riesgos de este viaje expongo mi ancianidad, es porque me lo exige mi decoro, el honor de mi nombre.

-Fuertes razones habrá sin duda. Recordando lo que del Sr. D. Beltrán me dijo mi padre días antes de morir, lo que después oí a mis hermanos, y agregando lo que yo con mi pobre entendimiento adivino, creo conocer los motivos que acá le traen.

-Si lo has adivinado, me libras del enojo de decírtelo, que nunca es grato en un hombre de mi condición declarar sus necesidades. Pero algo debo referirte como antecedente necesario, y es el hecho de las desavenencias graves con mi familia, y mi resolución de abandonar la casa de Idiáquez para no volver más a ella.

-También sé algo de esto -indicó la monja con un dejo de severidad-, y creo que no es toda la culpa de su familia, que buena parte de esa culpa debe recaer sobre usted.

-Puede... sí... no digo que no... -murmuró desconcertado el aristócrata.

-Porque las opiniones están conformes en que ha sido usted un pródigo incorregible... Ha derramado su caudal, y ahora se encuentra escaso y pobre. Effusus es sicut aqua; non cresces. «Derramado has como agua, y ahora no creces, no tienes», como Jacob dijo a su hijo Rubén.

-Sí, es cierto... sí... Pero yo, por mi condición generosa y mis hábitos de gran señor, desprecié siempre las cosas menudas, pequeñas...

-¡Ah! señor mío. El Eclesiástico lo ha dicho: qui spernit modica, paulatim decidet. ¿Lo entiende usted?

-Hija mía, se me ha olvidado el poco latín que aprendí en mi niñez. Háblame castellano. En castellano neto te digo yo que si es cierto que con mi conducta he creado mis daños, ya no estoy en edad de corregirme.

-Bueno, señor. Pues mi padre...

-Tu padre era, el primer año del siglo, un triste labrador que llevaba en arrendamiento algunas de mis tierras de Rubielos. Gran trabajador, gran economizador, el año 6 y 7 quiso comprarme las piezas de Alventosa y el prado grande de Alcalá de la Selva. Aunque otros compradores me ofrecían mayores ventajas, preferí a Luco, atento a su honradez y puntualidad... Además, siempre me ha gustado dar la mano al pobre. Quedose tu padre con aquellas tierras, luego con otras, y me pagaba cuando quería, a su comodidad y desahogo. ¿Es esto cierto?

-Usted lo ha dicho.

-Siempre se mostró tu padre agradecido, y andando los años recibí pruebas de la estimación en que me tenía.

-Y jamás le apremió usted por los pagos; lo sé.

-Ni le cobré intereses por las demoras. Al fin, todo fue suyo; todo no: quedábanme el monte de Mosqueruela y la encomienda de Forniche Bajo. El 22, hallándose ya Luco en gran prosperidad, por las buenas cosechas y el gran incremento que tomó el comercio de lanas, propúsele yo que me comprase la Mosqueruela para que redondeara sus estados, y accedió a ello, abonándome, desde aquella fecha hasta el 30, los plazos en que estipulamos la venta. El año 33, hallándome yo algo escaso de fondos, y necesitando reunir una cantidad para atenciones ineludibles, pedí a Luco dos mil duros, que me mandó al instante. Le cedí las rentas de la Encomienda por todo el tiempo que fuese preciso hasta la extinción de la deuda, y al año siguiente le propuse que me comprase también esta finca por la valoración que estimara justa. Todo se hizo conforme a la voluntad de tu padre, pues ni yo regateaba con un hombre de tanta rectitud y conciencia, ni me hallaba en aquellos días, por el aturdimiento que me causaban mis afanes, en disposición de apreciar mil duros más o menos en mis negocios. Siempre he sido lo mismo. Pasó tiempo; y hace unos meses, hallándome yo en Villarcayo, recibo una carta de tu padre en que me decía: «Sé, mi noble señor, que por ruindad de los tiempos y caídas de grandezas humanas, se halla Vuecencia en escasez de posibles. Si con el caudal no ha perdido la memoria, recuerde que está en el mundo Juan Luco, y no olvide que Juan Luco no consentirá jamás que padezca necesidades el primer caballero de Aragón».

-Así es -dijo la venerable, afirmando además con una fuerte cabezada.

-Y hay más, hay más, mi bendita señora -dijo D. Beltrán, animándose con el buen giro que, a su parecer, llevaba el asunto-. En la misma carta decía: «Recuerde también el señor, y medite y repare que lo de la Encomienda fue más ventajoso para un servidor que para usía; y pues Juan Luco ha sido siempre hombre de conciencia, hoy, ante la verdad clara de sus adelantos de fortuna, quiere serlo en mayor grado, y más que condenarse por egoísta, le gustará salvarse por generoso. Dígame, pues, el señor lo que necesita, y no será él tan presuroso en decírmelo como yo en acudir a su alivio y remedio...». Esto decía; y si lo dudas, angélica mujer, aquí tengo la carta...

-No, no ha de mostrármela, señor, pues lo que me dijo pocos días antes de morir mi honrado padre es en todo conforme con el tenor de su carta».