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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús (Versión para imprimir)

Esta es la versión para imprimir de La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús.

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Elenco
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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Félix Lope de Vega y Carpio


Lo que ha de ser

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



DON DIEGO
DON RAMIRO
LEONIDO, criado de DON DIEGO
FLORO, criado de DON RAMIRO
TERESA DE JESÚS


DON ALONSO DE CEPEDA, su padre [de Teresa]
LEBRIJA, escudero
EL AMOR DIVINO
LA JUSTICIA
DON JUAN DEL VALLE


PETRONA
UNA ABADESA
UN SACRISTAN
DON JUAN, hermano de SANTA TERESA


DOÑA JUANA
UN FRAILE
LUZBEL, demonio
ASTAROT, demonio




>>>

Acto I
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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen DON DIEGO, DON RAMIRO, LEONIDO y FLORO, criados.
DON DIEGO:

  Grandes fiestas se previenen.

DON RAMIRO:

Pienso que serán de ver;
muchos forasteros vienen.

DON DIEGO:

Fiestas de corte han de ser.

DON RAMIRO:

Tal nombre en Ávila tienen.

DON DIEGO:

  Mira, que nos esmeremos;
costosas galas saquemos,
emparejando este día,
en el talle y bizarría,
con el nombre que tenemos.

DON RAMIRO:

  ¡Buenos caballos tendréis!

DON DIEGO:

En la plaza los veréis;
el que por extremo alabo
es un rucio.

DON RAMIRO:

¿Es bueno?


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DON DIEGO:

Es cabo.
Cuanto imaginar podéis
  de buen talle, paso y brío.

DON RAMIRO:

Del castaño obscuro fío,
porque en su veloz carrera
honra el Betis, y ribera
de su gran soto sombrío.

LEONIDO:

  Hoy, señor, echa y derrueca
el jaez de rosa seca
y el bayo de frente blanca
que te dió en Salamanca
don Alonso de Fonseca.

DON DIEGO:

  ¡Es un bravo caballero!

DON RAMIRO:

¿Es Fonseca? Sí será.

DON DIEGO:

Con vuestra licencia, quiero
ver el bayo.

DON RAMIRO:

Bueno está:
id con Dios.

DON DIEGO:

En casa espero.

(Vanse DON DIEGO y LEONIDO.)


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DON RAMIRO:

  Tenme a punto el alazán
con la encarnada mochila,
el rucio de don Tristán,
y bayo de don Favila,
y castaño de don Juan;
  al tordillo jaspeado
pondrás el jaez dorado.

FLORO:

¿El amarillo?

DON RAMIRO:

El primero;
que hasta en el caballo, quiero
mostrarme desesperado.

FLORO:

  ¿En el tordillo la entrada,
y con jaez amarillo?

DON RAMIRO:

El alma desesperada,
quiero que diga el tordillo
mi pretensión malograda.
  Y no es de maravillar
que un tordillo sepa hablar,
teniendo tan gran talento,
por ser tal mi pensamiento
que no le deja callar.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen TERESA y LEBRIJA, viejo.)
FLORO:

  Doña Teresa de Ahumada
es ésta.

DON RAMIRO:

¡Cómo!

FLORO:

¿Estás ciego?

DON RAMIRO:

Floro, el alma descuidada
cegó, mirando su fuego,
con la primer llamarada.

TERESA:

  ¿Es tarde?
{{Pt|LEBRIJA:|
Serán las tres.

DON RAMIRO:

Floro, buena ocasión es:
toma este papel apriesa,
dásele a doña Teresa;
no esperes más.

FLORO:

Vete, pues.

DON RAMIRO:

  Dirásle que se le envía
mi hermana.

FLORO:

Déjame ahora.

(Vase DON RAMIRO, salen DON DIEGO y LEÓNIDO)


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DON DIEGO:

Buena invención, como mía!

FLORO:

El papel de mi señora...

TERESA:

¿De quién?

FLORO:

De doña María.

LEONIDO:

  Cuando ya llegue a la plaza
se le daré.

DON DIEGO:

¡Buena traza!

LEONIDO:

Muestra el papel.

DON DIEGO:

Tómale.

TERESA:

En la plaza le veré.
(Vase LEONIDO y dale FLORO el papel.)

DON DIEGO:

¡Qué desdicha me amenaza!
  ¡Mirad de quién me confío!
Guardóle, no hay que esperar:
¡ay, papel! ¡Ay, hado mío!
A Leonido iré a buscar
para que no le dé el mío.

(Vase DON DIEGO)


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(salen LEONIDO y DON RAMIRO.)
DON RAMIRO:

  Si dió el papel... ¡Ay amor!

LEONIDO:

No tendré ocasión mejor:
mi señora doña Juana,
que es vuestra prima, y hermana
de don Diego, mi señor,
  os envía este papel;
y advertid...

TERESA:

¿Qué he de advertir?

LEONIDO:

Que respondáis hoy a él.

TERESA:

Ansí le podéis decir...

DON RAMIRO:

Qué, ¿le recibes, cruel?

LEONIDO:

  Leedle.

TERESA:

No hay tiempo, aquí.
(Vase LEONIDO.)

DON RAMIRO:

¿Guardóle en la manga? Sí.
¿Quién vió jamás tal querella?
¡Que tome el veneno ella
y haga operación en mí!


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(Sale DON DIEGO.)
DON DIEGO:

  Romperé en esta ocasión
las aldabas del recato.

DON RAMIRO:

Donde hay celos, no hay razón.

DON DIEGO:

Publicaré su mal trato.

DON RAMIRO:

Pregonaré mi pasión.

DON DIEGO:

  Ya se acabó la paciencia.

DON RAMIRO:

Ya me falta resistencia.

DON DIEGO:

Ya he visto el rostro a la muerte.

DON RAMIRO:

No he visto, cosa más fuerte.

TERESA:

Ni yo más impertinencia.
  Don Ramiro, ¿qué intentáis?
Don Diego, ¿qué me queréis?
¡Cómo! ¿En qué locura dais?
Qué, ¿el respeto, me perdéis
y descompuestos me habláis?

DON RAMIRO:

  ¿Quién tal novedad pensara?

DON DIEGO:

¿Quién, señora, imaginara
que ese pecho me ofendiera?


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TERESA:

Y, ¿quién de los dos creyera
que el jüicio les faltara?

DON DIEGO:

  ¿Quejoso está don Ramiro?
¡Yo estoy loco!

DON RAMIRO:

¡Yo estoy ciego!

DON DIEGO:

¡Con justa causa me admiro!

DON RAMIRO:

De nuevo pierdo el sosiego:
  bien pronto, la vuelta disteis.

DON DIEGO:

Decidme, a fe, ¿a qué vinisteis?

DON RAMIRO:

¡Qué linda pregunta es ésta!
¿Venís a pedir respuesta
del papel que me encubristeis?

DON DIEGO:

  ¿Yo? ¿Qué papel?

DON RAMIRO:

¡Bien, por Dios!
Ya el vuestro está recibido,
y sé que sois dueño vos
del premio que he pretendido.

TERESA:

¿Qué esto que escucho a los dos?


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DON DIEGO:

  ¿Qué me decís?

DON RAMIRO:

Que lo vi.

DON DIEGO:

¿Qué visteis?

DON RAMIRO:

¡Pesar de mí!
¿No me basta ya mi afrenta,
sino querer que os dé cuenta
dónde y cómo la sufrí?

DON DIEGO:

  Sois mancha de mi opinión,
y contra mí estáis ahitado.

DON RAMIRO:

Ya esto pasa de ocasión.

DON DIEGO:

Pues espada tengo al lado.

DON RAMIRO:

Yo tengo espada y razón.
(Sale DON ALONSO, padre de TERESA.)

DON ALONSO:

  Pues don Ramiro, don Diego,
no me perdáis el respeto.

DON RAMIRO:

¡Duro trance!

DON DIEGO:

¡Bravo aprieto!


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DON ALONSO:

Por mí se aplaque este fuego:
  Lebrija, escuchad.

LEBRIJA:

Señor.

DON ALONSO:

¿Por qué fue la enemistad?
¿De qué nació este furor?

LEBRIJA:

Temo contar la verdad.

DON ALONSO:

En peligro está mi honor.

LEBRIJA:

  Yo pienso que se encontraron,
porque los dos enviaron
cada uno su papel
a mi señora.

DON ALONSO:

¡Oh, cruel,
que en ti mi sangre afrentaron!

LEBRIJA:

  Vió don Ramiro el recado
de don Diego, y vió don Diego
de don Ramiro el criado,
y encendió la envidia el fuego
del humo que te ha inflamado.
  Y al fin...

DON ALONSO:

No me digas más.


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LEBRIJA:

Saber el caso podrás,
de dos papeles que esconde
en su propia manga.

DON ALONSO:

¿Adónde?

LEBRIJA:

Sin duda los hallarás.

DON ALONSO:

  Quiero averiguar el caso.

DON DIEGO:

Desengañarme pretendo.

DON RAMIRO:

En vivos celos me abraso.

DON ALONSO:

Deja la manga.

TERESA:

Ya entiendo.

DON ALONSO:

Muestra el papel, y habla paso.

DON RAMIRO:

  En su mano está el papel.

DON DIEGO:

Ya salió el testigo fiel
que me absuelve y me condena.


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DON ALONSO:

Ya en el potro de mi pena
comienza el trato, cruel;
  la manga, a quien he pedido
el mal que se me ordenaba,
almendra preñada ha sido,
pues sólo un papel buscaba,
y tres en uno han salido.
  Ya mi daño, deseo ver.
Papel, ya temo leer;
mas quiérome abalanzar;
que la purga y el pesar
de una vez se han de beber.
(Papel)
  «Con vuestro padre hablé,
y por esposa os pedí;
pienso que buen fin tendré
si vos aceptáis de mí
los principios de mi fe.-
  Don Ramiro.»

DON ALONSO:

Yo ando bueno,
de, mí propio me enajeno;
testigo el papel me diera,
si el casamiento no fuera
triaca de su veneno.

DON RAMIRO:

  Todo, en fin, tengo de ver.


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DON ALONSO:

Veré lo que dice el otro,
que hasta acabar de leer
está mi honor en el potro,
y quédame qué temer.
(Papel)
  «La toca, prima querida,
como tuya, al fin, lucida,
bordada a trechos de oro,
en roja sangre de un toro
te la volveré teñida.-
  Don Diego.»

TERESA:

¿Qué habrá leído?

DON ALONSO:

¡Ah, pobre sangre de Abel,
dos Caínes te han seguido!
Temo de esotro papel
que sea de otro marido.
  Pero letra es de mujer,
y mi remedio ha de ser:
Llegaos, don Ramiro, a mí.
¿Conocéis la letra?

DON RAMIRO:

Sí,
ya no hay duda que temer;
  mi letra y mi firma son.

DON ALONSO:

Pues de una su prima es éste,
monja de la Encarnación.


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DON RAMIRO:

La vida es bien que me cueste,
pues me cegó la pasión.

DON ALONSO:

  Dejadme hablar a don Diego,
y apáguese ahora el fuego
que pudo abrasar mi honor.

DON RAMIRO:

Id, y perdonad, señor;
que estuve de enojo ciego.

DON ALONSO:

  Sobrino, este papel ved.

DON DIEGO:

Señor, esta firma es mía.

DON ALONSO:

Este, agora, conoced.

DON DIEGO:

¿Cúyo?

DON ALONSO:

De doña María,
de vuestra prima; leed.

DON DIEGO:

  Sosegado está mi pecho;
salí de temido estrecho.

DON ALONSO:

Quisiéraos satisfacer.

DON DIEGO:

Para mí no es menester.


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DON RAMIRO:

Pues yo ya estoy satisfecho.

DON ALONSO:

  Daos las manos.

DON DIEGO:

Soy su amigo;
digo que os tendré amistad.

DON RAMIRO:

Lo mismo que decís digo.

DON ALONSO:

Y yo de vuestra bondad
pongo al cielo por testigo,
  con experiencia de viejo;
porque os miréis en mi espejo,
vuestro enojo he reparado,
y pues ya pasó el nublado,
saldrá el sol de mi consejo.
  Procederé como sabio
en esta fuerte ocasión.

DON DIEGO:

Yo callo.

DON RAMIRO:

Yo muerdo el labio.

DON ALONSO:

Aunque llegue al corazón
la verdad de aqueste agravio,
  el que a mi hija escribió,
y el que a mí me la pidió...

DON DIEGO:

Por mí dice.


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DON RAMIRO:

Yo, soy ése.

DON ALONSO:

Razón será que le pese
del enojo que me dió.
  Yo sé que no le conviene
preciarse de espadachín.

DON DIEGO:

Dice bien.

DON RAMIRO:

Esto a mí viene.

DON ALONSO:

Que tarde tendrá buen fin
quien malos principios tiene.
  Por cierto, bien procediera
quien matara y quien hiriera,
pues cuando más me obligara,
el honor me salpicara
con la sangre que vertiera.
  No quiero correspondencias
fundadas en trato doble,
con fingidas apariencias;
que por una mujer noble
no se han de reñir pendencias.
  El que me hubiere entendido,
perdone lo que ha sufrido;
que en el enojo pasado,
como suegro le he mirado,
y como padre reñido.
  Venid vos.


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TERESA:

¿Quién te enojó?

DON ALONSO:

Vuestro, pleito, se verá;
que el proceso llevo yo.
(Vanse DON ALONSO, TERESA y LEBRIJA.)

DON DIEGO:

Su yerno me llamó ya.

DON RAMIRO:

Como a yerno me trató.

DON DIEGO:

  Dejárame don Ramiro.

DON RAMIRO:

De mi ventura me admiro.

DON DIEGO:

En extremo soy dichoso.

DON RAMIRO:

Ya puedo llamarme esposo
de aquella por quien suspiro.
(Sale LEONIDO.)

LEONIDO:

  Ya, señor, queda el tordillo
relinchando, en el zaguán
con el jaez amarillo.

DON DIEGO:

Pon luego en el alazán
el verde de cañutillo.

LEONIDO:

  ¿Pasóse ya la mohína?


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DON DIEGO:

El jaez verde, camina,
las guarniciones bordadas,
las estriberas doradas
y el bozal de plata fina.

DON RAMIRO:

  Galán salís.

DON DIEGO:

Bien querría;
ni ve mi bien ni su mal;
que en este dichoso día
las campanas del bozal
repican a mi alegría.

DON RAMIRO:

  Mejor fuera que tocaran
las que en su muerte doblaran,
y, sin duda, fuera cierto
que no escapara de muerto
si mi dicha le contaran.

DON DIEGO:

  ¿Trujiste cañas?

LEONIDO:

Y lanza.

DON RAMIRO:

Don Diego, no nos tardemos.

LEONIDO:

No hay amantes sin extremos,
ni veleta sin mudanza.
(Vanse todos)


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(sale DON ALONSO y LEBRIJA.)
DON ALONSO:

  La cena esté prevenida
como ya tengo tratado:
en los servicios, cuidado,
y presteza en la bebida.

LEBRIJA:

  La nieve de mí confía,
que este es el mayor regalo.

DON ALONSO:

No hay banquete que sea malo
si está la bebida fría;
  con mucho cuidado estoy,
que tiene don Juan, mi hijo,
cuadrilla en su regocijo,
y cena en su nombre doy;
  que siempre en esta ciudad
usamos los cuadrilleros
dar cena a los caballeros
de nuestra parcialidad.

LEBRIJA:

  ¿Tengo de ir por mi señora?

DON ALONSO:

Con mi hermana se vendrá,
que en sus ventanas está.

LEBRIJA:

Dígolo porque ya es hora.

DON ALONSO:

  La postrera había de ser
de su vida y de la mía.


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LEBRIJA:

Ninguna culpa tenía;
yo sé...

DON ALONSO:

No hay qué saber.

LEBRIJA:

  Notable fue tu cordura
con los dos competidores.

DON ALONSO:

Siempre en las cosas de amores
tomo la judicatura;
  pero mi cuerda experiencia
de tal suerte me ha guiado,
que la he visto, y ha llegado
en mi favor la sentencia.

LEBRIJA:

  Con tu discreción, señor,
un reino puedes honrar.

DON ALONSO:

Quien tiene hijas que casar,
de vidrio tiene el honor.
  El verdugo tiene al lado,
sin alas se atreve al viento,
y navega en mar violento,
dentro en bajel barrenado;
  habita en minada torre,
entre espinas se recrea,
sobre pantanos pasea,
y en potro sin freno corre;
  del aire vano se espanta,
en balde su furia toca,
el agua tiene a la boca
y el cuchillo a la garganta:
  esto y más puede temer
el hombre de más valor
que tiene puesto el honor
al aire de una mujer:
  yo, pues, que tengo dos hijas,
dos hijas mozas sin madre,
yo, que soy noble y soy padre,
mira...


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LEBRIJA:

Señor, no te aflijas,
  que mi señora...

DON ALONSO:

Es razón,
que es de amor la llamarada,
y aunque sangre de Ahumada,
quizá lo está mi opinión.
(Sale DOÑA JUANA.)

DOÑA JUANA:

  Ya se hace tarde.

LEBRIJA:

Aquí viene.

DON ALONSO:

Plática se mude ahora.

DOÑA JUANA:

Señor, mira que ya es hora
y que abreviar te conviene.

DON ALONSO:

  Doña Juana, hija, querida,
¿qué dices?

DOÑA JUANA:

Padre y señor,
que me debes mucho amor.

DON ALONSO:

Eres alma de mi vida.
  Que estarás quejosa arguyo,
porque a las fiestas no fuiste.


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DOÑA JUANA:

Tu gusto, señor, hiciste,
y el mío es hacer el tuyo,
  que no tengo otro contento.
Sino el que te doy a ti.

DON ALONSO:

Bien lisonjas.

DOÑA JUANA:

Es ansí.

DON ALONSO:

Calla.

DOÑA JUANA:

Verdades te cuento;
  bien puedes creerme.

DON ALONSO:

Baste,
que razón tuvieras, Juana,
pues fue a los toros tu hermana,
y tú en casa te quedaste,
  que aunque eres menor de edad,
mayor caudal en ti hallé,
pues hoy, Juana, te fié
mi casa.

DOÑA JUANA:

Dices verdad.

DON ALONSO:

  Haya en todo buena cuenta.

DOÑA JUANA:

Cree, señor, que te he servido;
todo está ya prevenido;
yo te sacaré de afrenta;
  sarao tendrás esta noche.


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DON ALONSO:

Y llegará a la mañana.

DOÑA JUANA:

¿No, es hora de ir por mi hermana,
Lebrija?

LEBRIJA:

Vendrá en un coche.

DON ALONSO:

  Estén hachas prevenidas
por lo que acaso se ofrezca.

LEBRIJA:

Luego, al punto que anochezca,
señor, las tendré encendidas.

DON ALONSO:

  ¿Hay truchas?

DOÑA JUANA:

Sí, las que bastan.

DON ALONSO:

El mejor plato será.

DOÑA JUANA:

¡Petrona!

LEBRIJA:

En la sala está.

DOÑA JUANA:

¡Petrona!
(Sale PETRONA con plumas.)

PETRONA:

El nombre me gastan,
  ¿qué mandas a esta cuitada?


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DON ALONSO:

¿Qué es lo que tienes, Petrona?

PETRONA:

Habíalo con la mona,
que es una desvergonzada.

DON ALONSO:

  Pues dime, ¿qué ha sido el caso?

PETRONA:

Estoy por desesperarme,
señor; ha dado en cocarme
todas las veces que paso.

DON ALONSO:

  Pues esto, ¿qué importa?

PETRONA:

¡Bien!
Yo la coco porque es loca,
y pues ella a mí me coca,
loca me llama también;
  ya basta lo que he sufrido;
no más cocos con martica.

DON ALONSO:

Mirad, pues, que quien se pica,
dicen que ajos ha comido.
  Y aquí, para entre los dos,
yo digo, amiga Petrona,
que te ha cocado por mona.

PETRONA:

¡Malos años para vos!

LEBRIJA:

  Y aún es peor, que por vieja
te ha cocado.


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PETRONA:

El cimenterio

LEBRIJA:

Este es, Petrona, el misterio.

PETRONA:

Por eso es mayor mi queja;
  cóqueme por perezosa,
por floja, por descuidada,
por fea, por afeitada,
por liviana, por golosa;
  cóqueme por el dormir,
por lo tinto, por lo aloque,
y por vieja no me coque,
porque no lo he de sufrir.

LEBRIJA:

  Y si lo eres.

PETRONA:

¡Majadero!

LEBRIJA:

¡Paco!

PETRONA:

¿Vieja me llamó?
¿Parece él mejor que yo,
cara de mocos de herrero?

LEBRIJA:

  Quedaos con ella, Lebrija,
cocadla más.

PETRONA:

¡Rabio en parte!


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DOÑA JUANA:

La mesa quiero enseñarte,
vamos, señor.

DON ALONSO:

Vamos, hija,
(Vanse DON ALONSO y DOÑA JUANA.)

LEBRIJA:

  ¿Son plumas?

PETRONA:

Sí, plumas son
de las aves que he pelado.

LEBRIJA:

Buena invención has sacado.

PETRONA:

¿Yo, Lebrija? ¿Qué invención?

LEBRIJA:

  Mujer vieja y emplumada...
Pregúntalo a la cartilla.

PETRONA:

Miente el caduco, potrilla.

LEBRIJA:

Poco a poco, deslenguada.

PETRONA:

  ¿Pensáis que os he de sufrir?
Antes yo de rabia muera:
no me llames cobertera,
que aún de olla puedo servir.

LEBRIJA:

  Ya es ése mucho desgarro...

PETRONA:

Vos tenéis muy gentil cholla.


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LEBRIJA:

Ya no pasaréis por olla.

PETRONA:

Vos podéis pasar por jarro.

LEBRIJA:

  Calla, loca.

PETRONA:

Soy honrada,
y de algún bueno sobrina.

LEBRIJA:

Sí, que allá por la cocina
te puedes llamar ahumada.

PETRONA:

  Agradecelo a quien viene,
que a fe que yo os respondiera.

LEBRIJA:

Dios me libre de esta fiera
por lo que de sierpe tiene.
(Salen DON ALONSO, TERESA, DOÑA JUANA y pajes con hachas.)

DON ALONSO:

  Las hachas aquí dejad,
y al patio, pajes, volved;
vos las mesas componed,
y vos en su guarda estad.
  Luego lo que importa ordena.

DOÑA JUANA:

Al corredor quiero ir;
que he de estar a recibir
los que vienen a la cena.


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DON ALONSO:

  El trabajo se reparta.

LEBRIJA:

Vamos de aquí, fregatriz,
que eres por lo flaco miz,
y por lo cocale, marta.

PETRONA:

  Vamos, señor Gandalin,
que es hambriento por lo hidalgo,
y ligero por lo galgo,
y burdo por lo mastín.
(Vanse LEBRIJA y PETRONA.)

DON ALONSO:

  Contigo solo he quedado,
de razón y furia lleno,
porque pruebes el veneno
que tu liviandad me ha dado.
  Y fue llevarte a la fiesta,
porque quise, como sabio,
disimular el agravio
que tanta pena me cuesta.
  ¡Dos papeles en un día!
¡Por cierto, honrada mujer!

TERESA:

No te acabo de entender.
¿Qué dices?

DON ALONSO:

Bien, a fe mía.

TERESA:

  ¿No traes los papeles?


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DON ALONSO:

Sí.

TERESA:

De mi prima son los dos.

DON ALONSO:

Y éste, ¿qué es?

TERESA:

¡Válgame Dios!
Algún engaño hay aquí.

DON ALONSO:

  ¡Ah, falsa!

TERESA:

¿No me dirás
en qué?

DON ALONSO:

Mira estos papeles,
que son testigos fieles
de que engañándome estás;
  este firma don Ramiro,
de su engaño y amor ciego,
y éste, tu primo don Diego.

TERESA:

¡Mi primo! ¿Qué es lo que miro?
  Y ¿son éstos, di, señor,
los que en mi poder hallaste?

DON ALONSO:

Y el corte que levantaste
contra el filo de mi honor.

TERESA:

  ¡Jesús me valga! ¿Qué haré?
Señor, engañada fui.


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DON ALONSO:

¿Qué disculpa tienes, di,
en tu manga los hallé?

TERESA:

  Engaño ha sido.

DON ALONSO:

Y bien grande;
pues hoy, falsa, mi honor menguas,
que la mujer que anda en lenguas,
no es bien que en papeles ande.
  Que aunque haya de ser marido,
después de haberse casado
sentirá, si fuese honrado,
que los hayas recibido.

TERESA:

  No juzgues en mi deshonra.

DON ALONSO:

Escrita mira, y firmada,
la cruel sentencia dada
contra el cuello de mi honra.
  Estas las probanzas son
falsas, cruel Falerina;
que nunca en rostro de harina
sufre afeites la opinión.

TERESA:

  Por de mis primas me dieron
dos papeles.

DON ALONSO:

¡Ay, tirana!


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TERESA:

Y otro por de doña Juana;
con este engaño vinieron:
  no culpes mi buen decoro;
que este acíbar escondido,
píldora de engaño ha sido,
cubierta con hojas de oro.

DON ALONSO:

  De muerte dirás mejor;
que son las de estos papeles
hojas de aceros crueles,
forjadas contra mi honor.

TERESA:

  No me afrentes.

DON ALONSO:

¡Pierdo el ser!

TERESA:

Sin razón, señor, te enojas.

DON ALONSO:

Pues siembras en estas hojas,
¿qué fruto quieres coger?

TERESA:

  Ya digo que por engaño
los billetes recibí;
no me trates, padre, ansí,
que estoy salva.

DON ALONSO:

  ¡Extraño caso!
Reconoce este papel:
la firma y lo escrito mira,
verás clara tu mentira,
y mi afrenta escrita en él.
  Teresa, ¿ves tu deshonra?


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TERESA:

Una toca di a mi primo,
que como a deudo le estimo,
que como a deuda me honra.

DON ALONSO:

  Hija, tengas culpa o no,
la ocasión quiero quitarte;
digo que quiero casarte,
para no cansarme yo;
  ya la mano tengo dada;
don Ramiro es tu marido.

TERESA:

Llámole yo mal venido;
no tengo de ser casada.

DON ALONSO:

  ¿Qué me dices?

TERESA:

Sólo digo
que ser monja es mi deseo.

DON ALONSO:

¿Monja, hija? No lo creo.

TERESA:

Sólo el cielo es buen testigo;
  no hay duda que me poner;
que nada, señor, me espanta.

DON ALONSO:

Ya te imagino una santa;
milagros podrás hacer.

TERESA:

  ¿Burlas?


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DON ALONSO:

Por lo que te ensalzas.

TERESA:

En religión quiero entrar.

DON ALONSO:

Y luego querrás fundar
convento de las Descalzas;
  darás ejemplar doctrina
mostrando a tu religión
suspiros en la oración
y sangre en la disciplina;
  ya llego a considerarte
una vara y más del suelo;
ya pienso que se abre el cielo
con gusto de enamorarte;
  andarás toda endiosada,
y ayunarás todo el día,
pasarás la noche fría
en oración transportada.
  Ya me das indicios ciertos,
aunque de mí no creídos,
que has de sanar los tullidos
y resucitar los muertos;
  la tierra no ha de comer
tu difunto cuerpo helado,
y al fin, después de enterrado,
viva sangre ha de verter;
  tus reliquias verdaderas
el lugar irá besando.


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TERESA:

Lo que me dices burlando
podrá Dios hacer de veras.

DON ALONSO:

  Mira que yo el ser te di.

TERESA:

No he de hacer el casamiento.

DON ALONSO:

¿Por qué?

TERESA:

Por mi buen intento.

DON ALONSO:

Mira que no estás en ti;
  de tu provecho te olvidas:
que si llegamos a cuentas,
pocas monjas hay contentas,
y muchas arrepentidas.
(Sale DOÑA JUANA.)

DOÑA JUANA:

  Ya la sala tienen llena,
mi señor, tus convidados;
mira que vienen cansados,
y que se tarda la cena.

DON ALONSO:

  Vamos, hija; y vos mirad
que está el sí que tengo dado
para mañana tratado.

TERESA:

Aún tengo yo voluntad.
  Y cuando casada sea,
sólo ha de ser con don Diego.


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(Salen DON RAMIRO y PETRONA.)
DON RAMIRO:

A tu esfera se va el fuego,
y el alma al fin que desea.

PETRONA:

  Contigo, señor, me alegro.

DON RAMIRO:

Toma.

PETRONA:

El provecho está llano;
parece de ámbar la mano
por lo anillo y por lo negro.

DON RAMIRO:

  Y mano que ha florecido
con otro, muy bien parece;
buena ocasión se me ofrece.

PETRONA:

¡Gran ventura se ha tenido!
(Salen DON DIEGO y LEBRIJA.)

DON DIEGO:

  Lebrija amigo, tomad,
poné al cuello esta cadena.

LEBRIJA:

Lo que durare la cena
tenéis de tiempo, llegad.

DON RAMIRO:

  Como esposo llegar quiero

DON DIEGO:

Llegar quiero como esposo.


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DON RAMIRO:

Ya llega el punto dichoso,
que gozar mi gloria espero.

TERESA:

  ¿Quién ha entrado en mi aposento?

DON RAMIRO:

Vuestro esposo.

TERESA:

¿Dos esposos?

DON RAMIRO:

¡Abrid los ojos hermosos!

DON DIEGO:

¡Mirad que sois mi contento!
  ¿Es don Ramiro?

DON RAMIRO:

Es don Diego.

DON DIEGO:

Soy dueño de esta ocasión.

DON RAMIRO:

Yo estoy en la posesión.

DON DIEGO:

Yo estoy en medio del fuego.

DON RAMIRO:

  Yo vengo como marido.

DON DIEGO:

Yo vengo como casado.

DON RAMIRO:

Yo sólo soy el llamado.

DON DIEGO:

Pues yo sólo el escogido.


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DON RAMIRO:

  Yo digo en todo verdad.

DON DIEGO:

Yo también la digo en todo.

DON RAMIRO:

Probémoslo de este modo.

TERESA:

Dése algún medio: escuchad.

DON RAMIRO:

  Ya forzoso es remitirse
a la espada; esto ha de ser;
que es diamante la mujer,
y pierde mucho en partirse.

TERESA:

  Tened, si acaso los dos
queréis honrarme.

DON RAMIRO:

Yo, sí.

TERESA:

¿Y vos?

DON DIEGO:

Responda por mí
el alma que tengo en vos.

TERESA:

  Gran peligro mi amor tiene:
volved a considerar;
pero ya no hay que mirar,
que mi padre es el que viene.


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(Sale DON ALONSO.)
DON ALONSO:

  ¿Qué es esto?

TERESA:

Llega, señor;
desvíate, aleve, aparte,
que ordinario, el que departe
lleva la parte peor.

DON ALONSO:

  ¡Caballeros en mi casa!
¡En el cuarto de mis hijas!

TERESA:

Tu furia es bien que corrijas.

DON ALONSO:

¿Qué ha sido esto? ¿Cómo pasa?

DON RAMIRO:

  Yo, señor, guardo mi esposa,
y en rabiosos celos ardo.

DON DIEGO:

Yo, señor, mi esposa guardo,
lleno de furia celosa.

DON ALONSO:

  Buen fin mi casa en ti halla
¿Qué dices de lo que digo?
Pero no hay tan buen testigo
como el reo cuando calla.

TERESA:

  Cuando culpada me hallares,
corta el hilo de mis días.


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DON ALONSO:

Un marido no querías,
mas ya los tienes a pares:
  y dirás con arrogancia
que es honrosa la ocasión,
pues que los pares no son
más que los doce de Francia.
  Ya mi honor a entender viene
tu falsedad y lisonja;
que mal será buena monja
quien tantos maridos tiene.

DON RAMIRO:

  Nuestra la culpa es, señor

DON DIEGO:

Los dos tenemos la culpa.

DON ALONSO:

Uno y otro la disculpa,
pero cúlpala mi honor.

TERESA:

  Quiero abonar mi partido;
señor, si ciego no estás,
dos celosos hallarás,
y ningún favorecido.
  ..............................
No te ofenden, padre, a ti,
que me pretenden a mí
si yo no les favorezco.

DON ALONSO:

  Temo que tu honor infamen,
y más en este lugar.


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TERESA:

Si ellos me quieren amar,
¿puedo hacer que no me amen?
  No tengo yo poderío
contra su amoroso abismo;
que los hombres, aun Dios mismo
les deja el libre albedrío.

DON ALONSO:

  ¿Quién los trajo a tu aposento?

TERESA:

No lo he sabido, señor.

DON ALONSO:

Como fantasmas de amor
se vendrían por el viento.

DON DIEGO:

  Yo, que en esperanza estaba,
ver mi esposa pretendía.

DON RAMIRO:

Yo, que esperanza tenía,
la posesión procuraba.

DON ALONSO:

  Aunque enojado me habéis,
hoy de nuevo me obligáis,
pues de mi sangre os honráis
y ser mis deudos queréis.
  Y si acaso esta hija cara
dividir en dos pudiera,
una a cada uno diera
y de los dos me ilustrara.
  Mas supuesto que ella es una
y que los yernos son dos,
ella elija, y trace Dios
lo que importe a su fortuna.
  Y lo que es de la cuestión
no se trate, aquí se quede,
porque si se sabe puede
manchar mi buena opinión.
  Disimulad; que ya sale
don Juan con los convidados,


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DON RAMIRO:

Logre el amor mis cuidados.

DON DIEGO:

Mi premio a mi pena iguale.

DON ALONSO:

  Diré que al sarao vinisteis;
que importa disimular.
(Salen DON JUAN, y JUAN DEL VALLE, y pajes con hachas.)

VALLE:

Dése principio al danzar.

DON JUAN:

Siempre cortesano fuisteis

VALLE:

  Hermosa está doña Juana.

DON ALONSO:

Dése principio al sarao.

DON JUAN:

Tocad un pie de gibao,
danzaréle con mi hermana.

TERESA:

  Una batalla es mejor.

DON DIEGO:

Si mi tío me dejara,
yo la batalla lanzara
contra mi competidor.


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(Danzan TERESA y DON JUAN.)
VALLE:

  ¡Buen aire!

DON RAMIRO:

En extremo danza;
ella se lleva la palma.

DON DIEGO:

Medida me toma al alma.
el compás de esta mudanza.

VALLE:

  Es lo que hay que desear.

TERESA:

Cansada quedo, a fe mía.

DON RAMIRO:

Mirad que ha llegado el día
en que me habéis de juzgar.

DON DIEGO:

  Prima, en el punto dichoso,
mirad que estéis bien templada.

TERESA:

Caso que yo sea casada.
vos, primo, seréis mi esposo.

VALLE:

  Si gustáis, dance conmigo
mi señora doña Juana.

DON JUAN:

Bien puede danzar mi hermana;
que Valle es muy gran mi amigo.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VALLE:

  Salid antes que amanezca
para que el alba se afrente
viendo que en nuestro oriente
hay otra que la oscurezca.

DOÑA JUANA:

  ¿Qué es lo que mandáis que dance?

VALLE:

Decid vos.

DOÑA JUANA:

Un saltarén.

VALLE:

Yo sabré volalle bien,
y plega a Dios que os alcance.
(Danzan.)

TERESA:

  Hermano, disimulando,
conviene a nuestra opinión
que, para cierta ocasión,
me vengáis acompañando.
  Vamos, pues.
(Vanse DON JUAN y TERESA.)

DON RAMIRO:

Doña Teresa
con don Juan, su hermano, fue;
seguillos quisiera, a fe.

DON DIEGO:

De no seguillos me pesa.

VALLE:

  Como de vos se esperó.

DOÑA JUANA:

Por daros gusto salí.


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(Sale DON JUAN.)
DON JUAN:

Señor, engañado fui.

VALLE:

¿Quién o cómo te engañó?

DON JUAN:

  Mi hermana.

DON ALONSO:

Dime su intento.

DON JUAN:

Con extraña presunción
me llevó a la Encarnación
y se quedó en el convento.
  Dice que antes que se venga,
por lo que tú ya has sabido,
quiere elegir un marido
que a nuestra opinión convenga.
  Dice que la veas luego.

DON ALONSO:

Quédese el sarao ahora;
que ya el pintor de la aurora
derrama esmaltes de fuego.
  Perdonad.

DON RAMIRO:

Todos iremos.

DON DIEGO:

Mi vida o muerte he de ver.

DON ALONSO:

¿Qué intento puede tener?
Con brevedad lo veremos.
(Vanse)


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(salen TERESA y la ABADESA de la Encarnación; queda a la puerta un SACRISTÁN.)
TERESA:

  Aquí en la iglesia estaré
en lo que mi padre viene.

ABADESA:

Sea ansí; buen celo tiene;
guarda la puerta.

SACRISTÁN:

Sí haré.

TERESA:

  Mi luz, Cristo, habéis de ser,
y en casa de vuestra Madre
os pido, como a mi padre,
consejo en lo que he de hacer,
  cómo os pueda más servir.
(Va LEONIDO a entrar.)

LEONIDO:

Amigo, luego saldré.

TERESA:

Dios, ¿con cuál marido iré?

SACRISTÁN:

Con Cristo se puede ir.

TERESA:

  Con Cristo una voz me dijo;
el cielo debe de hablar.

LEONIDO:

¿No entraré?

SACRISTÁN:

No hay que dudar.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONIDO:

Déjame, no, seas prolijo.

TERESA:

  Esta voz misterio esconde,
pues cuando lo digo yo
que es el cielo quien me habló,
no hay que dudar, me responde.
  Aunque su dueño no he visto,
por quien habla, voz es cierta.

LEONIDO:

¿Por quién guardas esta puerta?

SACRISTÁN:

Por esta casa y por Cristo.

TERESA:

  Por Cristo y por esta casa
dice el que habla: ¡extraño caso!
Sudores de muerte paso.
(Dale LEONIDO un rempujón al SACRISTÁN.)

SACRISTÁN:

Esto y más, por Dios se pasa.

TERESA:

  Por Dios se pasa esto y más;
mi luz esta voz ordena.
¿Por quién se pasa esta pena?

SACRISTÁN:

Por Dios.

LEONIDO:

En blasfemo das.
  No jures.


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TERESA:

Al pensamiento,
¿quién dará el medio que aguarda?

LEONIDO:

¿Quién os puso aquí de guarda?

SACRISTÁN:

¿No os he dicho que el convento?

LEONIDO:

  Habla paso...

TERESA:

Qué, ¿hallaré
en el convento consuelos?}}

SACRISTÁN:

Como Dios está en los cielos.

LEONIDO:

No jures, sosiégate.

TERESA:

  ¿Que aquí el medio he de tener,
como en el cielo está Dios?

SACRISTÁN:

Aquí, para entre los dos,
esto que digo ha de ser.

TERESA:

  Al alma esta voz conforta;
mas con todo, hay que dudar.

SACRISTÁN:

No tiene que se cansar;
que ya he dicho lo que importa.

TERESA:

  ¿Lo que me importa? Es verdad;
pero tan confusa estoy,
que crédito no me doy.


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SACRISTÁN:

Ya es mucha incredulidad.

TERESA:

  Ved, señor, que estoy dudando:
ayudad porque no caya.

SACRISTÁN:

¿Yo no he dicho que se vaya
con Cristo? ¿Qué está cansando?

TERESA:

  Cansando dice que estoy,
con suave tono y manso;
mas yo digo que descanso
con lo que cansando voy.

LEONIDO:

  Hacia aquí nos desviemos
y hablemos paso.

SACRISTÁN:

En buen hora;
pero no hay lugar ahora.

LEONIDO:

Como que e . . . . . . . . .

SACRISTÁN:

  Don Alonso . . . . . . . . .
Es que co . . . . . . . . . . .

LEONIDO:

Disim . . . . . . . . . . . . . .

SACRISTÁN:

Ya la . . . . . . . . . . . . . .
Salen la ........


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ABADESA:

  Vuestro padre viene aquí,
y vuestros deudos también.

DON ALONSO:

Plegue a Dios que pare en bien.

DON JUAN:

Cierto que lo pienso ansí.

DON ALONSO:

  Señora doña María...

ABADESA:

¿Por vuestra prenda vendréis?

DON ALONSO:

Vuestra llamarla podréis.

ABADESA:

Débolo a su cortesía.

DON ALONSO:

  Hija, ¿cómo aquesto ha sido
sin mi orden, sin hablar?

TERESA:

Con Dios quise aconsejar,
y a su casa me he venido.

DON ALONSO:

  Pues don Ramiro y don Diego,
den Juan y yo, que aquí estamos,
todos respuesta esperamos
de tu gusto y mi sosiego;
  Dios te inspire, hija querida,
con que esta elección se acierte.

DON RAMIRO:

Dame la vida o la muerte.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON DIEGO:

Dame la muerte o la vida.

DON RAMIRO:

  Su padre está de mi parte;
sin duda seré el nombrado.

DON DIEGO:

Pues la palabra me has dado,
el alma quiero fiarte.

TERESA:

  Al fin en esta ocasión
mi nombramiento es forzoso.

DON ALONSO:

Tuyo ha de ser el esposo,
y a tu gusto la elección.
  Pues ya de mí se fió
el nombramiento presente
yo nombro a...

DON RAMIRO:

Detente,
que el nombrado he de ser yo...
  . . . . . qué importa a mi honor...
. . . . . . . . . . . . . . mbién
. . . . . . . . . . . . . . el bien
. . . . . . . . . . . . . . . amor
. . . . . . . . . . . . . . . . . ida
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
  Pero importa claridad,
y ansí, para mi sosiego,
a don Ramiro, a don Diego.
declaro mi voluntad;
  y por no dejar celoso
a ninguno de los dos,
nombro por esposo a Dios,
que es el verdadero esposo.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON RAMIRO:

  El alma teme y se abrasa.

DON DIEGO:

Ella teme su interés.

TERESA:

Pues ya Dios mi esposo es,
quiero quedarme en su casa.

DON ALONSO:

  Escucha.

TERESA:

No hay qué escuchar.

DON ALONSO:

Advierte...

TERESA:

No hay qué advertir,
que a mi esposo he de seguir,
y a mi padre he de dejar.

PETRONA:

  Pues mi justo amor me abona,
lléveme consigo allá.

ABADESA:

Y tú, ¿qué has de hacer acá?

PETRONA:

Seré monja motilona.
(Vanse TERESA, la ABADESA y PETRONA)

DON ALONSO:

  ¡Extraña resolución!

DON JUAN:

Por cierto motivo honrado.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON DIEGO:

De esposo se ha mejorado.

DON ALONSO:

Y yo lo estoy de opinión.

DON RAMIRO:

  ¿Qué os parece?

DON DIEGO:

No me espanto.

DON RAMIRO:

Alzósenos Dios con ella.

DON ALONSO:

Tenía censo sobre ella;
y quísola por el tanto:
  vamos a la portería.

DON JUAN:

Razón es que la veamos.

DON DIEGO:

Vamos todos; venid, vamos.

DON ALONSO:

Llorando voy de alegría

DON RAMIRO:

  ¡Grande fe!

DON JUAN:

¿Tendrá constancia?

DON ALONSO:

No la pude persuadir.

SACRISTÁN:

Ojos que la vieron ir,
no la verán más en Francia.


Acto II
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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Sale un ÁNGEL con una lanza y TERESA DE JESÚS.
ÁNGEL:

  Si el corazón de Dios habéis herido
con vuestras oraciones amorosas,
recibid estos golpes que os envía,
rásguese vuestro pecho enternecido,
y causen las heridas rigurosas
pena, dolor, contento y alegría.
Y si es ferviente fría,
la punta de este dardo fuego tiene,
fuego de amor, que enciende y nunca abrasa;
no os quemará su brasa,
porque templado con el hierro viene;
sufrid agora, y luego
podréis tocar con el amor a fuego,
que es lo que más le agrada,
veros arder y veros ahumada.
(Vase.)

TERESA:

  Herid, herid con goldes más continos;
dejadme el pecho, si gustáis, rasgado,
y una ventaja os llevaré en el suelo,
pues a vos, dulce Esposo, os dió Longinos
la lanzada con que os rompió el costado,
y a mí me abrasa un serafín del cielo:
heridme sin recelo,
seré herida cierva, y vos la fuente,
a mi sed suficiente,
que otra agua no apetezca;
la fuente salutífera merezca,
en cuyas aguas vivas dé a mi fragua
el dardo el fuego, y vuestra fuente el agua.
(Vase)


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


( sale MARIANO de ermitaño, y la ABADESA, y PETRONA de motilona.)
MARIANO:

  Qué, ¿ya está doña Teresa
en ese punto, señora?

ABADESA:

Morirá dentro de un hora.

MARIANO:

Por cierto, mucho me pesa;
  grande sierva de Dios era.

ABADESA:

Grandes muestras había dado.

MARIANO:

¿Al fin la han desahuciado?

ABADESA:

Sólo su muerte se espera.

MARIANO:

  ¿Qué mal tiene?

ABADESA:

Un accidente
que me ha puesto en confusión;
él es mal de corazón,
porque ni habla ni siente.

MARIANO:

  ¿Qué habrá que este mal le dió?

ABADESA:

Tres días debe de haber.

MARIANO:

¿De qué pudo suceder?


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ABADESA:

No lo puedo saber yo.
  Sólo sé por cosa cierta
que su mal no tiene cura
sino el de la sepultura,
que presto veréis abierta.

MARIANO:

  Sabe Dios lo que me pesa
que falte en esta ocasión,
porque de una Religión
ha de ser madre Teresa.
  La cual crecerá de suerte
por todo el mundo, que asombre,
donde ha de tener por nombre
mujer varonil y fuerte.
  Mil prodigios ha de obrar
la que veis tan humillada,
y siendo virgen hallada,
con sus hijos se ha de honrar.
  Y por soberanos modos
crecerán tanto, que entiendo
que andarán los más pidiendo,
y andarán descalzos todos.

ABADESA:

  Y ¿eso lo tenéis creído?

MARIANO:

Eso será cosa cierta.

ABADESA:

Vos la vendréis a ver muerta
antes que aqueso cumplido.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARIANO:

  ¿Remedios no se le han hecho
en este mal que ha tenido?

ABADESA:

Todos cuantos se han podido;
pero no son de provecho.
  Tres doctores la visitan,
y no hay remedio que cuadre.

PETRONA:

Antes me parece, padre,
que su muerte solicitan.

MARIANO:

  Contra Dios no hay resistir.

ABADESA:

Ni contra la muerte hay artes.

MARIANO:

Dios la eche a aquellas partes
donde más se ha de servir.

ABADESA:

  ¿Queréisla ver?

MARIANO:

Sí quería.

ABADESA:

Pues vedla subida en calma.

MARIANO:

Dios se acuerde de su alma;
que es lo que importa este día.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Corre una cortina, y está TERESA como que se está muriendo.)
ABADESA:

  Teresa está de esta suerte.

MARIANO:

Por cierto, gran confusión;
cualquier mal de corazón
es imagen de la muerte.

ABADESA:

  Buen nombre dado le habéis;
padre, encomendalda a Dios.

MARIANO:

Eso podéis hacer vos,
pues tanto con Dios podéis.

ABADESA:

  Padre, vos por ella orad,
que yo soy gran pecadora.
Ocasión tenéis ahora;
en ese oratorio entrad.

MARIANO:

  A Dios la encomendaré,
y si acaso en sí volviese,
porque al punto se confiese,
cerca, señora, estaré.
(Vase el ermitaño.)

PETRONA:

  Dígame, por vida mía,
¿qué fraile es ése?


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ABADESA:

Es un santo,
que rasga al cielo su manto
el aire que Dios envía.

PETRONA:

  Y el Papa, ¿no le persigue?

ABADESA:

¿Qué es lo que dices?

PETRONA:

Dirélo,
que pues rasga el manto, al cielo,
es bien que Dios le castigue.

ABADESA:

  No entiendes bien lo que digo.

PETRONA:

¿Quién mi verdad interrumpe?
Si es que el manto al cielo rompe,
¿no merece gran castigo?

ABADESA:

  En medio de la oración,
cuando elevado se ve,
la maestra de su fe
abre a Dios el corazón.

PETRONA:

  ¿Hay tan gran bellaquería?
¡Que a Dios el corazón abre!
Y ¡que no le descalabre
un tiro de artillería!

ABADESA:

  ¿Tú no ves que es fray Mariano,
y que es un santo, Petrona?


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PETRONA:

Y dígame, ¿es de corona?

ABADESA:

Téngate Dios de su mano.

PETRONA:

  El es un mal frailejón.

ABADESA:

¡Calla!

PETRONA:

¿Por qué ha de ser santo
quien al cielo rasga el manto
y abre a Dios el corazón?

ABADESA:

  ¿Quién vió mayor inocencia?
digo que cuando está orando,
que Dios le está regalando
con los rayos de su ausencia.
  Que el decir que rasga el manto
del cielo que le enamora,
y el pecho le abre, si llora,
es decirte que es un santo.

PETRONA:

  Pues conmigo, ¿qué servía
decírmelo con rodeo,
si no es que tiene deseo
que diga alguna herejía?

ABADESA:

  Petrona, quédate aquí;
ten cuidado con la enferma.


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PETRONA:

Ruegue a Dios que no me duerma,
que bien puede fiar de mí.
(Vase; échase PETRONA a los pies de la cama; sale FRAY MARIANO haciendo oración.)

MARIANO:

  ¡Sacro Pastor del cielo,
con el cayado de la cruz hermosa,
[-elo]
guardad esta ovejuela temerosa,
cuya piel erizada,
con vuestra sangre viene señalada!
  Guardadla, Cristo amado,
del fiero lobo que la mira hambriento;
mirad que os ha costado
más interés que vale el firmamento,
cuyas alfombras bellas
tienden a vuestras plantas las estrellas.
  Miradla, Pastor justo,
con ojos de piedad y de concordia;
y pues siempre os da gusto
que os pida el pecador misericordia,
yo, viendo el cuerpo en calma,
en su nombre os la pido por su alma.
(Suena una trompa en lo alto; aparecen la JUSTICIA, SAN MIGUEL, con un peso, y en lo bajo, un ÁNGEL y un DEMONIO.)

SAN MIGUEL:

  Es el pleito, Señor, que se litiga
entre el Ángel de Guarda y el Demonio,
sobre un alma que sale ya del cuerpo
de una doña Teresa de Ahumada,
monja profesa en la ciudad de Ávila;
sobre esto ha sido el pleito, y la discordia.


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DEMONIO:

Justicia pido.

ÁNGEL:

Yo misericordia.

MARIANO:

Señor, si con la vida ha de serviros,
viva doña Teresa, mi Dios, viva.

JUSTICIA:

Mucho puede conmigo un hombre justo;
pues que no ha muerto, désele otro término;
vuelva a su cuerpo otra vez el alma,
que está guarda para grandes cosas.

DEMONIO:

Justicia sacra, por sentencia tuya
está mandado que esta mujer muera;
manda que tu justicia se ejecute;
no revoques el fallo de tu audiencia.

ÁNGEL:

Enfrena la soberbia, desbocado.

DEMONIO:

En perdiendo la silla, perdí el freno.

ÁNGEL:

Bien se echa de ver; Justicia sacra,
piedad, piedad en esta gran discordia.

DEMONIO:

Justicia pido.

ÁNGEL:

Yo misericordia.

DEMONIO:

Manda, señor, que muera; tenga efecto
el auto justamente proveído.


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ÁNGEL:

Supuesto que si muere ha de salvarse,
¿de qué te sirve, a ti que agora muera?

DEMONIO:

Temo.

ÁNGEL:

¿Qué temes?

DEMONIO:

Que si ahora vive,
ha de sacar de mis ardientes uñas
más almas que la Libia tiene arenas
y que el fúlgido sol menudos átomos.

ÁNGEL:

Siempre de judiciario te preciaste.

DEMONIO:

Tan astrólogo soy como solía;
que no perdí la ciencia con la gracia.

JUSTICIA:

Viva doña Teresa.

DEMONIO:

¡Rabia en ella
y en mí que tal escucho! ¿No bastaba
la burla de la silla que en el fuego,
en los cóncavos senos del abismo,
mandaste prevenir para esta monja,
sino agora de nuevo amenazarme
con su vida? ¡Reniego!

ÁNGEL:

¡Vade retro!

JUSTICIA:

Ha de vivir y ser gran sierva mía.


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ÁNGEL:

Todo viene a parar en fiel concordia.

DEMONIO:

Justicia pido.

ÁNGEL:

Yo misericordia.
(Descúbrese una silla de fuego.)

JUSTICIA:

¿Qué es esto?

DEMONIO:

Ahora quiero que tú veas
la ardiente silla que en el hondo infierno
tuvo por sus pecados merecida,
por livianos intentos y descuidos
que en los mandatos de tu mano tuvo;
mira, señor, a quien mercedes haces.
(Tiembla TERESA en la cama.)

MARIANO:

Grandes secretos son, Señor, los tuyos.

JUSTICIA:

Volvióse a mí con amoroso pecho;
y cualquier pecador, y a cualquier hora
que a mí se vuelva el corazón contrito,
sabe que tendré de él misericordia.

DEMONIO:

Reniego de la luz que un tiempo tuve.

JUSTICIA:

Asiéntese este auto que pronuncio,
digo del conocido y nuevo término;
désele fin al pleito de esta audiencia.


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DEMONIO:

Qué, ¿tan poco aprovechan mis cautelas?

ÁNGEL:

Gracias a Dios que salgo victorioso.

DEMONIO:

Aquí de mi poder, aquí discordia.

ÁNGEL:

Aquí de Dios, aquí misericordia.
(Corren la cortina. Éntrase el ÁNGEL por una puerta y el DEMONIO por otra; sale la ABADESA y vuelve en sí TERESA.)

ABADESA:

  Lleguemos, que vuelve en sí.

TERESA:

¡Ay de mí!

MARIANO:

¿Qué es lo que he visto?

ABADESA:

Sin duda vuelve.

TERESA:

¡Ay, mi Cristo!

ABADESA:

Lleguemos, padre.

TERESA:

¡Ay de mí!

MARIANO:

  Señora.

TERESA:

¡Ay Dios!

MARIANO:

¿Qué sentisteis?


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TERESA:

Vi que el Ángel...

MARIANO:

Sosegaos.

TERESA:

Vi que el Demonio...

MARIANO:

Aclaraos.

TERESA:

Vi la silla, y vi...

MARIANO:

¿Qué visteis?

TERESA:

  Que el alma en la boca tuve.

ABADESA:

De frenesí ha dado indicio.

TERESA:

Tengo turbado el jüicio.
de ver lo que en él estuve.

MARIANO:

  ¿Qué es lo que visteis, señora?
Decídmelo.

TERESA:

¡Ay, padre mío!
Vi tanto, que desvarío
en referíroslo, ahora.

MARIANO:

  Ya el accidente pasó.

TERESA:

Con todo, le estoy temiendo.


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MARIANO:

Para mí, que el caso entiendo,
ya me ha dicho lo que vió.

TERESA:

  Estuve para morir,
y al fin, en aqueste mal,
mi padre, vi tanto y tal,
que no lo sé referir.

MARIANO:

  Sosegad un poco ahora,
que más despacio os espero.

TERESA:

Ved que importa.

MARIANO:

Volveré.

TERESA:

Adiós, padre.

MARIANO:

Adiós, señora.
(Vase FRAY MARIANO y cubren a TERESA, y la ABADESA despierta a PETRONA.)

ABADESA:

  Deo gracias. ¿Oye, hermana
Petrona? Está como un leño.
¿No me oye? ¡Extraño sueño!
Dormirá de aquí a mañana.
  ¡Petrona! ¡Jesús María,
y qué sueño tan pesado!
Petrona, ¡qué buen cuidado!
Despierta.


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PETRONA:

Pues ¿quién dormía?

ABADESA:

  Estése otro poco, duerma;
levántese, ¿no me ha oído?

PETRONA:

Pasito, no hagan rüido;
que lo sentirá la enferma.

ABADESA:

  Cuando la estaba llamando.
¿era menos el estruendo?

PETRONA:

Más guardaré yo durmiendo
que treinta hermanas velando.

ABADESA:

  Pues sepa, hermana Petrona.
que por haberse dormido
grande pena ha merecido,
la que no se le perdona.
(Vanse; salen TERESA y FRAY MARIANO.)

TERESA:

  Ya, padre, buena me siento.

MARIANO:

Sospecho que os ha sanado
la patente que os han dado
para fundar el convento.

TERESA:

  El supremo Superior
me hizo gran merced;
tomad, mi padre, leed.


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MARIANO:

Por cierto extraño fervor,
  licencia para Teresa
dé Jesús. ¡Gran novedad!

TERESA:

Voy fundada en humildad.

MARIANO:

Preciosa joya es esa.
  No doña Teresa ya
de Ahumada.

TERESA:

Desde hoy,
Teresa de Jesús soy,
y este nombre se me da.

MARIANO:

  Buen nombre habéis escogido

TERESA:

Como escogido en efeto.

MARIANO:

El de Jesús es perfeto.

TERESA:

Padre, regala el oído,
  y en la oración más extrema,
cuando el demonio me asombre,
temerá mejor el nombre,
ya que por mí no me tema.

MARIANO:

  Vuestro parecer alabo.


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TERESA:

Es amoroso.

MARIANO:

Y prudente.

TERESA:

Leed, padre, la patente.

MARIANO:

Bien decís, vamos al cabo.
(Lee)
«Por la presente damos licencia a Teresa de Jesús, monja profesa en nuestro convento de la Encarnación de Ávila, para que pueda fundar conventos de las Descalzas de nuestra Orden de Carmelitas, en las ciudades, villas y lugares que por bien tuviere, guardando nuestra regla primera que en el monte Carmelo fundó el santo profeta Elías; y asimismo damos licencia que, para la solicitud de los dichos conventos, salga de su convento, con una compañera, todas las veces que fuere necesario. Y mandamos a nuestros ministros inferiores que no vayan al contrario de esta nuestra patente. -Dada en la ciudad de Ávila, a de mayo de .- Fr. Ángel de Salazar, ministro provincial de Castilla.»

TERESA:

  ¿Qué decís?

MARIANO:

Que es obra hecha
de la suma Omnipotencia,
que dé tan amplia licencia
en religión tan estrecha.

TERESA:

  No quepo en mí de placer.

MARIANO:

Mucho os queréis estrechar.

TERESA:

Esta regla he de guardar:
no hay duda que me poner.


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MARIANO:

  La penitencia es doblada;
del Carmen sois recoleta,
que es la Orden más perfeta,
y de quien Dios más se agrada;
  Orden donde Elías mostró
su profundo y santo celo;
la que fundó en el Carmelo,
y del Carmen la llamó.
  Ojalá frailes hubiera
que la quisieran tener.

TERESA:

Dios lo puede todo hacer.

MARIANO:

A todo yo me pusiera.

TERESA:

  Créolo en verdad.

MARIANO:

Sí, haría.

TERESA:

Pues quizás seréis cimiento
de algún divino convento
que pienso hacer algún día.

MARIANO:

  Mujer, y ¿queréis fundar
conventos de frailes vos?


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TERESA:

Mi padre, el poder de Dios
no le queráis limitar;
  este edificio caído,
de los tiempos derribado,
pienso ver edificado
y más que nunca esparcido.
  Palabra me dió segura
el que no puede mentir,
de que yo tengo de abrir
la puerta de esta aventura.

MARIANO:

  Aclaraos.

TERESA:

En confesión,
el caso, padre, sabréis,
porque importa que guardéis
secreto en esta ocasión.

MARIANO:

  Decid, pues.

TERESA:

Confieso y digo,
padre, para entre los dos,
que me guía el mismo Dios
en el intento que sigo:
  tres veces su fe me ha dado,
de Niño Jesús la una,
la otra puesto en la coluna,
y la otra crucificado.


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(Sale el DEMONIO.)
DEMONIO:

  Mi traza importa. Es maraña;
no la creas.

MARIANO:

Dudo, a fe.

DEMONIO:

Padre, alguna ilusión fue
que a esta monja la engaña.

MARIANO:

  No fue Dios el que os habló,
como pensáis.

DEMONIO:

Bien me ayuda.

MARIANO:

El demonio fue, sin duda,
pues tantas formas tomó.

DEMONIO:

  Discretamente la informas.

MARIANO:

Esto que os he dicho creo:
que no es Cristo el dios Proteo
para tomar tantas formas.

DEMONIO:

  Dile que huya esas visiones.

TERESA:

No hay duda que me poner.

MARIANO:

Pues yo soy de parecer
que huyas esas tentaciones.


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DEMONIO:

  Eso es lo más importante.

MARIANO:

Y cuando más no podáis,
higas y cruces hagáis
cuando se os ponga delante:
  como confesor, os mando
que lo que os he dicho hagáis.

TERESA:

Riguroso, padre, andáis.

MARIANO:

Vuestro bien voy entablando;
  esto es, señora, mi oficio:
no hay sino tener paciencia.
que el acto de la obediencia
es el mayor sacrificio.

TERESA:

  ¿Que ésta os parece ilusión?

MARIANO:

Es muy sutil el Demonio:
preguntadlo a San Antonio,
a San Mario, a San Antón.
  hable por mí el monje Mario,
San Jerónimo el del yermo.
en la oración San Guillermo,
en la celda San Hilario.
  Que con ser doctos varones,
el demonio, cada día
engañarlos pretendía,
como a vos, con ilusiones.
  Muchas almas ignorantes,
Señora, se han condenado,
porque llevar se han dejado
de ilusiones semejantes.


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DEMONIO:

  Ya no tengo más que hacer.
(Vase el DEMONIO.)

MARIANO:

Cuando venga esa ilusión,
huid de su tentación;
idos a todo correr.

TERESA:

  ¿Si me sigue?

MARIANO:

Si porfía
higas y cruces le dad;
y con esto, adiós quedad.

TERESA:

Cristo vaya en vuestra guía.
(Vase FRAY MARIANO, aparece el NIÑO JESÚS en un altar.)
{{Pt||-

NIÑO:
TERESA:

Dulce voz, el pecho ablanda;
pero el confesor me manda
que no espere. ¿Qué he de hacer?
  Dios me aclare mi sentido.
¿Llegaré? ¿Que estoy dudosa?
Mas la obediencia es forzosa,
y el pensamiento atrevido.
  Pero en estas dudas dos,
huyo. ¿Qué me desvanezco?
Que al confesar obedezco,
y en el confesor a Dios.


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(Va a huir y detiénela SAN PABLO.)
SAN PABLO:

  Por aquí no has de pasar.
que el apóstol Pablo soy,
que el paso guardando estoy
porque Dios te quiere hablar.

TERESA:

  Pues otra puerta sé yo
por donde podré salir;
que quiero en todo seguir
lo que el confesor mandó.
(Vase a ir por otra puerta, detiénela SAN PEDRO.)

SAN PEDRO:

  ¿A dónde huyes por aquí?
vuelve a Dios, mujer; detente.

TERESA:

Quisiera ser obediente.

SAN PEDRO:

No dejas de serlo ansí.

TERESA:

  ¡Dios lo que importa me advierta!
Y decidme, ¿quién sois vos?

SAN PEDRO:

San Pedro, apóstol de Dios,
que por él guardo esta puerta.

TERESA:

  ¡Válgame Dios! ¿Qué haré?
Los pasos tomado tengo;
higas y cruces prevengo,
que es lo más que hacer podré.


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SAN PABLO:

  ¿Qué reparas?

SAN PEDRO:

¿No concluyes?

SAN PABLO:

¿No llegas?

TERESA:

Sí, llegar quiero.

SAN PEDRO:

¿Qué esperas?

TERESA:

Nada espero.

NIÑO:

Vuelve a mí, ¿por qué me huyes?

TERESA:

  Por obedecer, Señor;
perdonadme si os ofendo;
y si peco obedeciendo,
culpad a mi confesor.

NIÑO:

  Esposa, de nuevo luces,
y nuevo premio mereces,
con lo bien que hoy obedeces.

TERESA:

Pues tomad higas y cruces.

NIÑO:

  ¿Qué me das?

TERESA:

Cruces con higas,
como el confesor ordena.


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NIÑO:

Obedece enhorabuena;
que obedeciendo me obligas.

TERESA:

  Higas y cruces mandó
que mis manos hoy os den,
y advirtió en extremo bien,
aunque acaso lo advirtió.
  Con ánimo de obligaros,
cruces manda que os dé a vos,
y las cruces, Niño Dios,
claro está que han de agradaros.
  Aunque salga de compás,
dos mil cruces os daré,
y por muchas que yo os dé,
pienso que vos queréis más.
  Cruces son, Niño; miradlas,
aunque a la cruz que ilustrasteis
cuando más pecho, mostrasteis
volvisteis, Dios, las espaldas.
  Que améis la cruz es razón,
pues en ella os enclavasteis.
y es la nave en que surcasteis
el golfo de la Pasión.
  Mis cruces de gusto han sido;
que el vencedor más honrado
se alegra viendo a su lado
las armas con que ha vencido.
  Gozoso podéis mirarlas;
que vuestras armas son éstas.


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NIÑO:

Armas que yo traje a cuestas,
claro está que he de estimarlas.

TERESA:

  De las higas, me temía
cómo podéroslas dar;
pero ya no hay que dudar,
que os vienen bien este día.
  Tomad mil higas, mi Esposo;
que en nadie mi dulce amor
las puede emplear mejor
que en un Niño tan hermoso.
  Remírome en vuestras luces,
y tan gozosa me veo,
que daros, Niño, deseo
tantas higas como cruces.
  Mis ojos no os hagan mal;
tomad, aunque es indecencia;
que en ser higas de obediencia,
valen más que de cristal.
  Bello Infante soberano,
higas y cruces os doy,
porque tengáis desde hoy
estos dijes de mi mano.
  Guardadlos, mi Niño bello;
ved que no pasa de raya
que un Niño por dijes traiga
cruces e higas al cuello.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NIÑO:

  En mucho estimo el amor
que tu pecho me ha mostrado,
y como amante obligado
te quiero dar un favor.

TERESA:

  Indigna soy.

NIÑO:

Bien supiste...

TERESA:

Mi Niño, súpeos amar.

NIÑO:

Una cruz te quiero dar
por las muchas que me diste;
  toma.

TERESA:

En mucho la tendré;
colgaréla del rosario;
será cruz de relicario
en el templo de mi fe.
  ¡Qué piedras tiene tan bellas!

NIÑO:

Todas son finos diamantes.

TERESA:

Son piedras tan relumbrantes
que me parecen estrellas;
  y es cuerdo mi parecer,
Señor, pues me las dais vos;
que los diamantes de Dios
estrellas deben de ser.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NIÑO:

  Segundo favor te haré.

TERESA:

¿En la fundación, mi Esposo?

NIÑO:

Yo soy todopoderoso,
y cuanto pudiere haré.
 (Tocan chirimías; desaparecen el NIÑO, SAN PEDRO y SAN PABLO, y cantan dentro lo siguiente:)
prosigue en Dios confiada;
que presto verás fundada
la religión que deseas.

TERESA:

  Absorta me quedo en calma
con lo que de nuevo he visto,
y al fin la gran piedra Cristo
es piedra imán de mi alma.
  Como suele el buen halcón
irse al cebo más llegando,
voy, y Dios me está llamando
con cebo del corazón.
  Vuelve el alma enamorada,
pero tiénenla oprimida
las pihuelas de la vida,
al tronco del cuerpo atada.
  La pasada gloria cesa,
y sin vos, Niño, he quedado
como quien rey se ha soñado,
y si despierta, le pesa.


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(Salen la ABADESA, DOÑA JUANA y PETRONA.)
DOÑA JUANA:

  Hermana del alma mía,
¿tan sola?

TERESA:

Ya podéis ver.

ABADESA:

La causa debe de ser
alguna melancolía.

TERESA:

  No es cierto.

ABADESA:

Pues bien podéis
tenerla, y tendréis razón,
porque en vuestra fundación
un grande estorbo tenéis.
  La casa que concertamos
para fundar el convento,
lo que a vuestro y a mí contento,
cual sabéis, aderezamos,
  tiene las paredes tales,
que está ya para caerse.

TERESA:

¿Qué remedio ha de tenerse?

[VOCES]:

  Aunque más contrarios veas,

DOÑA JUANA:

No hay dinero ni oficiales.
(Cantan dentro)


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TERESA:

  ¿Escuchasteis la canción?

DOÑA JUANA:

¿Qué canción?

ABADESA:

Que pierde el seso.

DOÑA JUANA:

Sin duda debe ser eso
con aquesta fundación.

TERESA:

  Sólo ha llegado a mi oído:
nuestra casa reparemos.

DOÑA JUANA:

En el suelo la hallaremos.

TERESA:

Yo sé que no se ha caído.
  Las paredes malparadas
tratemos de reparar;
que Dios nos ha de amparar
aunque estén mal reparadas.

DOÑA JUANA:

  Ya no hay reparo que hacer,
que pasa el daño de ahí;
más mal hay...

TERESA:

¡Pobre de mí!
¿Qué mal mayor puede haber?

DOÑA JUANA:

  Mayor, y la causa soy.


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TERESA:

¿Vos la causa?

DOÑA JUANA:

Yo, sin duda.

TERESA:

Hermana, si Dios me ayuda,
de buena ventura soy;
  pero, con todo, me admiro.

DOÑA JUANA:

Toda la revelación
ha sido en esta ocasión
porque me ama don Ramiro,
  el mismo que despreciaste,
y don Diego.

TERESA:

Por mi fe...

DOÑA JUANA:

Los amantes heredé
cuando en religión entraste;
  los dos, que son regidores,
levantan este rumor,
envidiosos del favor
que doy...

TERESA:

¿A quién das favores?


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DOÑA JUANA:

  A Juan del Valle, que al fin
éste ha de ser mi marido,
que como tal le he escogido;
éste es el principio y fin.
  El Consistorio, indignado,
estorba la fundación,
y con esta pretensión
al Obispo se ha quejado.
  Dice que no es buen intento
que mujeres mendicantes
quieran vivir observantes
dentro de un pobre convento.
  Que la limosna faltando,
de su clausura saldrán,
y que de fuera andarán
por las calles mendigando.
  Dice que el peligro es mucho
si mendiga una mujer,
y más de buen parecer.

TERESA:

Mi Cristo, ¿qué es lo que escucho?

DOÑA JUANA:

  Aunque es bien fiar de Dios,
la pobreza es ya sabida,
la casa toda caída
y la ciudad contra vos.
(Cantan otra vez.)

TERESA:

  ¿Habéis, por ventura, oído
las dulces voces que yo?


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ABADESA:

Que no hay voces.

TERESA:

¿Cómo no?
Preguntadlo a mi sentido.

ABADESA:

  Yo pienso que os le ha quitado
la fundación que intentáis:
sosegaos.

TERESA:

Bien lo miráis.

ABADESA:

Muestra de ello me habéis dado.

DOÑA JUANA:

  Tratad lo que más convenga
y múdese de intención.

TERESA:

Saldré con mi fundación
aunque más contrarios tenga.

DOÑA JUANA:

  A mi hermana seguiré.

PETRONA:

Yo también sus pasos sigo,
¡Madre mía!

TERESA:

Ven conmigo.

PETRONA:

De mil amores iré.

ABADESA:

  Guárdete Dios el jüicio.


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PETRONA:

Temo, si es que huya,
una disciplina suya
más que un año de silicio.
(Vanse; salen dos demonios con palancas y azadones.)

DEMONIO:

  Astarot, caiga en el suelo
la casa de esta mujer;
date priesa, que recelo
que a mi pesar ha de ser
recámara de su cielo.

ASTAROT:

  Buen fin tendrá nuestro intento.

DEMONIO:

Si quedase en pie el convento,
aquí se han de registrar
las piedras que han de ilustrar
los tronos del firmamento.
  Mil recoletas doncellas
temo que aquí Dios tendrá,
y Serán luces tan bellas,
que al cielo se las dará
por mejorarle de estrellas.

ASTAROT:

  Pica, no te escandalices,
derriba y no profetices.

DEMONIO:

Mucho, tenemos que hacer.

ASTAROT:

Ya comienzo yo a temer
por ser ansí lo que dices.


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(Salen TERESA, DOÑA JUANA, PETRONA, y ÁNGELES en figuras de oficiales.)
TERESA:

  Al nuevo templo lleguemos;
cuidado, mis oficiales.

JOSEPH:

Confía que le tendremos.

TERESA:

Dentro están buenos puntales;
venid, todos trabajemos.

DEMONIO:

  Esfuerzo mi hermana cobra

DOÑA JUANA:

Astarot, vamos de aquí.

ASTAROT:

¿Qué temes?

DEMONIO:

¡Pesar de mí!
Que hay nueva gente en la obra.

ASTAROT:

  ¿Quién, Luzbel, te hace temer?

DEMONIO:

Un obrero que hay de nuevo.

ASTAROT:

¿Quién tiene tanto poder?

DEMONIO:

Pues yo con él no me atrevo,
mira qué tal puede ser.
  Recogidos cortesanos
del cielo a trabajar vienen;
mis intentos salen vanos,
pues a hacer la iglesia vienen
los obreros soberanos.
  Del cielo deben de ser;
hoy con mis trazas concluyo;
mucho tengo que temer.


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ASTAROT:

Ya no podemos hacer
nada; Luzbel, huye.

DEMONIO:

Huyo.
(Vanse; sale DON DIEGO.)

DON DIEGO:

  Guárdeos el cielo, señora,
de cuyas rojas colores
se afrenta la clara aurora
cuando, matiza de flores
las esmeraldas de Flora.
  Yo, prima, te he de servir
hoy, en no contradecir
la fundación que deseas;
mi intento quiero que veas,
que mi amor puede decir.
  Soy, cual sabes, regidor,
y mándame la ciudad
que proceda con rigor.

DOÑA JUANA:

Aquí está mi hermana, entrad;
vuestro oficio haced, señor;
  haced la contradicción
y estorbad la fundación,
pues no la tenéis por buena.

DON DIEGO:

No quiero yo darte pena,
que estás en mi corazón;
  pues ver tus ojos merezco,
por hoy no contradiré;
prima, a servirte me ofrezco,
porque sepas de mi fe
que en tu servicio padezco.


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DOÑA JUANA:

  La merced, señor, estimo.

DON DIEGO:

Siempre en servirte me animo.

DOÑA JUANA:

Ya sé que sois muy cortés.

DON DIEGO:

Esta, vuestra hermana es.
Adiós, señora.

JUANA:

Adiós, primo.
(Vase DON DIEGO; sale TERESA con una espuerta de tierra.)

TERESA:

  Dejemos la iglesia llana.

DOÑA JUANA:

Qué, ¿también trabajáis vos?

TERESA:

Es de Dios la casa, hermana,
y como es casa de Dios,
trabajo de buena gana.

DOÑA JUANA:

  Por hoy no os estorbarán,
que ya dicho me lo han.

TERESA:

¿Quién, hermana?

DOÑA JUANA:

¿Quién? Don Diego.

TERESA:

¿Aquí?


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DOÑA JUANA:

Sí; tened sosiego,
que ya no os contradirán.

TERESA:

  Mil gracias al cielo doy.

DOÑA JUANA:

Hermana, confusa estoy.

TERESA:

¿De qué?

DOÑA JUANA:

De que han de faltar
dineros para pagar
los jornaleros de hoy.

TERESA:

  En eso bien me acomodo.

DOÑA JUANA:

Pues decidme, ¿de qué modo
pensáis de pagallos vos?

TERESA:

La casa, hermana, es de Dios,
que es el proveedor de todo.
(Sale PETRONA con una espuerta de cal.)

PETRONA:

  Socorro, madre y señora,
que con la carga caí.

TERESA:

¡Pobre de mí, pecadora!
Y ¿siente algún daño?

PETRONA:

Sí,
de nuevo me siento agora.


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TERESA:

  A nuestro oficio volvamos.

PETRONA:

Madre, la iglesia limpiemos.

TERESA:

Hija, ven, alegres vamos;
que es bien que nos alegremos,
pues hoy por Dios trabajamos.
(Vanse todos; queda DOÑA JUANA y sale VALLE.)

DOÑA JUANA:

  Por cierto, grande fervor
lleváis con divino amor
que en Dios, hermana, tenéis.

VALLE:

¡Ojos, sin duda el sol veis,
pues os ciega el resplandor!
  ¡Mi señora doña Juana!

DOÑA JUANA:

¡Oh, mi señor Juan del Valle!

VALLE:

El alma os contempla ufana,
que es el aire de ese talle
céfiro de esta mañana:
  llegó el alma calurosa,
pensativa y congojosa;
pero el aire que he sentido
refresca el alma, encendido,
como el de la aurora hermosa.


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DOÑA JUANA:

  ¡Qué bien lo sabéis decir!

VALLE:

Mi palabra, vida, os doy,
que lo sé mejor sentir.

DOÑA JUANA:

¿No sabéis que vuestra soy?

VALLE:

Sé que os tengo de servir.

DOÑA JUANA:

  Si gustáis de mi contento,
no me habléis de cumplimiento.

VALLE:

Señora, si he de hablar claro,
las palabras que disparo
son balas del pensamiento.

DOÑA JUANA:

  Y balas con que abrasáis
mis sentidos abrasados.

VALLE:

Bien, mi señora, os vengáis,
pues con los ojos rasgados,
todo el pecho me rasgáis:
  vengaos, doña Juana, de él;
sed con mi pecho cruel;
pero, sin duda el rigor
se convertirá en amor
cuando os halléis dentro de él.


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DOÑA JUANA:

  Siendo, señor, eso ansí,
fuerza es mirar por los dos,
que según he visto aquí,
piadosa he de ser con vos,
por no serme cruel a mí.
  ¿Queréis con mi hermana hablar?

VALLE:

Y claro lo he de tratar;
y pues el sí me habéis dado,
lo tengo más negociado.

DOÑA JUANA:

Con todo, hay que negociar,
  porque de mi voluntad
mi hermana ha de disponer;
ya sale; habladla, y mirad
que os habrá menester
en cierta necesidad.
(Sale TERESA con una espuerta de tierra.)

VALLE:

  Suyo, como vuestro, soy.
¿Queréis ayuda?

TERESA:

Ya hoy
poco menester será,
que se acaba la obra ya,
de que al cielo gracias doy.

DOÑA JUANA:

  Decid, pesar de mis males,
¿de dónde se han de pagar,
si acaban, los oficiales?


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TERESA:

Dineros no han de faltar.

VALLE:

Yo traigo quinientos reales.

TERESA:

  A buen tiempo habéis venido.

VALLE:

Bueno, pues os he servido.

TERESA:

Habláis como hermano, al fin.

VALLE:

Siempre he llevado ese fin.

TERESA:

Ya os tengo bien conocido.

VALLE:

  ¿Sabéis de qué hemos tratado?

TERESA:

Ya sé, de mi hermana . . . . . . . .,
y le tengo confirmado . . . . . . . .

VALLE:

Sin duda hay intento . . . . . . . . .
pues vos le habéis aprobado.
(Sale PETRONA.)

PETRONA:

  Ya la casa está acabada,
tan firme y tan bien obrada,
que pone contento el vella.

TERESA:

Dios pienso que anduvo en ella,
pues queda tan bien labrada.


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VALLE:

Dineros ofrecí yo;
tomad, pagadlos enteros.

TERESA:

Ved si Dios le descargó,
pues me envía los dineros
cuando la obra se acabó.
  Dios vale al que en Él espera;
debo manos y madera.

VALLE:

Aquí están quinientos reales.

TERESA:

¿No salen los oficiales?

PETRONA:

Ya van saliendo acá fuera.
(Salen los ÁNGELES con azadones y espuertas.)

ÁNGELES:

  En el templo de este suelo,
donde ha de ser Dios servido,
razón es hayan venido
los oficiales del cielo.
(Vanse los ÁNGELES.)

TERESA:

  Vuestro, dinero ha sobrado

VALLE:

Ya, madre, lo habemos visto.

TERESA:

¿Veis, hermano, cómo Cristo
los obreros me ha pagado?


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VALLE:

  Supuesto que está de Dios
este negocio, querría,
madre, que hoy en este día
dichoso fin nos deis vos.

TERESA:

  Yo digo que se haga hoy,
pues gusta de ello mi hermana.

VALLE:

¡Vuestro soy, mi doña Juana!

DOÑA JUANA:

¡Yo, mi señor, vuestra soy!
(Sale DON DIEGO.)

DON DIEGO:

  ¿Qué es lo que mis ojos ven?
¿Qué lo que amor hoy me muestra?
¿Yo soy vuestro? ¿Yo soy vuestra?
¿Y que las manos se den?
  ¿Es menester un padrino
para el nuevo casamiento?

DON JUAN:

¡Primo!

DON DIEGO:

¡Extraño pensamiento!

DOÑA JUANA:

Algún peligro imagino.


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DON DIEGO:

  Fuera bien que yo supiera
que en aquesto se tratara,
y que presente me hallara
cuando el concierto se hiciera.
  En buena razón me fundo,
que, bien mirado, al presente
no soy tan poco pariente,
que no soy primo segundo.
  Pero, mujeres al fin,
aunque a sus deudos enojan,
siempre al principio se arrojan,
escogiendo lo más ruin.
  Según veo, tenéis talle
de haber el negocio errado,
que por mujeres tratado,
fuera milagro acertalle.

VALLE:

  Ya es mucha desenvoltura;
no os arrojéis tanto.

DON DIEGO:

¡Ah, cielos!
Corre temporal de celos,
y anégase mi cordura,
  y de vos me quejo ansí,
pues fuera mucha razón
que de vuestra pretensión
me diérades parte a mí;
  pero anduvisteis con arte
en negociar de ese modo,
que quizá os negara el todo
si de ello me dierais parte.


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VALLE:

  De la gloria que me espera,
y que solo he de gozar,
si parte no quise dar,
es porque la quiero entera.
  Del caso estoy enterado,
y tengo bien conocido,
que trato doblado ha sido
el que vendéis por honrado.

DON DIEGO:

  ¡Vos sois un mal caballero!

VALLE:

¡Vos mentís!

DON DIEGO:

Cerrad el labio;
que es bien que a quien toca agravio,
hable con lenguas de acero.

TERESA:

  Abajad la diferencia,
mi Dios; atajad su fuego;
de parte de Dios os ruego
que cese aquí la pendencia.

DON DIEGO:

  ¿Qué es esto?

VALLE:

Yo, madre amada,
ya envaino.


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DON DIEGO:

Mi furia crece.
pero el brazo se entorpece;
no puedo mandar la espada.
  ¿Fuése mi enemigo? ¡Rabio!
Quiero, y no puedo matalle;
pero bien podré alcanzalle
con las alas de mi agravio.
  ¿Fuése al fin? ¿Qué es esto, cielos?
Mas podré en esta ocasión
abrasarle el corazón
con los rayos de mis celos.
  En vano el alma se esfuerza.

PETRONA:

Señor don Diego, escuchad:
negocios de voluntad,
no los queráis de por fuerza.
  La naranja y la mujer,
lo que ellas quisieren dar,
porque en llegando a apretar,
amargo el fruto ha de ser.


Acto III
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Salen VALLE, TERESA DE JESÚS y PETRONA.
VALLE:

  Esta es la fértil vega deleitosa
do se cifra la ciencia y mi sosiego:
la insigne Salamanca suntüosa.
  Esta es la fundación del fuerte Griego,
que vertió el Paladión preñado de ira:
convirtió el edificio en vivo fuego.
  Este es el muro que al Trajano admira,
poniendo al cuarto cielo las escalas,
que temeroso, al parecer, las mira.
  Parece que las torres tienen alas,
y que Febo se humilla, disparando
piedras zafiros en lugar de balas.
  La más bella ciudad estás mirando,
que el gallardo Pintor del cielo hermoso
repasa, todo el orbe iluminando.
  Ya con su luz el Tormes caudaloso
las flores mira que guarnece atento
con blando curso de cristal ondoso.
  Este es de Salamanca el firme asiento,
pozo de ciencia, fuente milagrosa,
que trae del cielo empíreo el firmamento.


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VALLE:

  Es madre general tan generosa,
que mil extraños hijos autoriza,
dotándolos de ciencia y renta honrosa.
  Es ameno jardín, que solemniza
la provincia del mundo más extraña,
cuya planta Minerva fertiliza.
  La gran ciudad del mundo en nuestra España,
que parece se miran las almenas
en el ameno Tormes que las baña.
  Mirando con desprecio a las de Atenas,
con más valor y ciencia enriquecidas
que el ancho mar de plata vierte arenas.
  Aquí vuestras Descalzas recogidas
estrellas, son que Dios mismo atesora
para honrar sus esferas guarnecidas.
  Aquí, pues, ¡oh, mi madre fundadora!
vinisteis, para ser divino aumento
del soberano Elías, clara aurora.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TERESA:

  En Ávila fundé el primer convento,
que es la primera piedra en que me fundo,
porque fue mi primero fundamento.
  En Medina del Campo fue el segundo,
en Malagón fundé luego el tercero,
y el cuarto en la mejor villa del mundo,
  que es en Valladolid, del cual espero
que al cielo han de ofrecer mis luces bellas,
causando envidia a su mayor lucero.
  La quinta fundación, y mejor de ellas,
hice en Toledo, cuyas torres altas
quieren ganar al cielo las estrellas.
  La sexta fue en Pastrana, adonde esmaltas,
¡gran Dios!, de caridad las mis hijuelas,
ricas de amor y de riquezas faltas.
  Aquí, donde florecen las escuelas,
la séptima fundé, en que me recreo,
a pesar del demonio y sus cautelas.
  La octava en Alba, junto al Tormes veo,
y en la ilustre Segovia la novena,
y fue para mi Dios un grande empleo.
  En la villa de Zea la decena,
y la oncena fue allá en Sevilla,
que está de santidad y gloria llena.
  La duodécima fue en la ilustre villa
de Caravaca, y Orden de Santiago,
que pone cruz en Pecho a maravilla.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TERESA:

  La trecena, primera que a Dios pago,
en Villanueva de la Jara ha sido,
donde pasé de penas más de un trago.
  La cuatorcena fue, si no me olvido,
dentro en Palencia; la quincena en Soria,
de mi virgen ganado sacro ejido.
  De la décimasexta haya memoria,
que en Granada fundé, dando a mi Cristo
mil nuevas gracias de su nueva gloria.
  La postrer fundación que hasta hoy he visto,
en Burgos fue, donde las hijas mías,
rasgando el pecho están con amor listo.
  Diez y siete de monjas, en mis días,
y diez de frailes, hemos ya jurado
la santa Regla del profeta Elías.

VALLE:

  El cielo, madre, premie tu cuidado,
pues que con tus conventos de Descalzas
se mira ya hermoso y estrellado.
  El sacro nombre de tu Dios ensalzas,
y como al cielo tu fervor le sigue,
por entrar con silencio te descalzas.

TERESA:

  Quiere Dios que el trabajo se mitigue
pasado en su servicio caminando,
a quien de nuevo es bien el alma obligue.

VALLE:

  En Alba doña Juana está esperando
vuestra presencia, a quien hoy os recibe,
como el agua de mayo deseando.
  Con don Gonzalo entretenida vive,
sobrino vuestro, su hijo y mi regalo,
de cuyas gracias suma plana escribe.
  También me dice que le tiene malo.


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La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


TERESA:

Dios sabe, hermano, en todo lo que ordena.

VALLE:

Rogadle por mi niño don Gonzalo;
  si el cielo de su vida me enajena,
peligro corre, Madre, mi juicio.

TERESA:

Dios le dará salud, no tengáis pena.
  En Alba, ya de hoy más, será mi oficio
hacer de mis pecados penitencia.

PETRONA:

No faltarán azotes y galeras.

TERESA:

Paciencia, hermana.

PETRONA:

  Madre mía, paciencia;
con siete misas y una disciplina
suele desayunarse la conciencia.
  ¡Mirad qué dos pechugas de gallina!
¡De qué pernil! ¡Qué lampreadas lonjas
para cuitar al sueño la mohína!
  No somos las de acá como otras monjas,
que sólo con azotes nos pasamos.
¡Ved qué cidras en miel! ¡Oh, qué toronjas!

TERESA:

  Decid, hermano, ¿cuándo en Alba entramos?

VALLE:

En Alba alcanzaremos hoy el día,
aunque a las dos y aún a las tres; salgamos.


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TERESA:

  ¿Tan corta es la jornada?

VALLE:

Hermana mía,
son tres leguas pequeñas.

TERESA:

¿Qué se espera?
Oigamos misa, que partir querría.

PETRONA:

  Reniego de la alforja y la collera.

TERESA:

¿Qué tienes?

PETRONA:

Que me ahogo.

TERESA:

Pues, ¿qué ha sido?

PETRONA:

Corte.

TERESA:

¿Qué he de cortar?

PETRONA:

¿Quiere que muera?
  El cordel de la alforja está escondido.

TERESA:

Sosiégate.

PETRONA:

No hay sosiego agora.

TERESA:

Ya se cortó el cordel, calla.


La bienaventurada Madre Santa Teresa de Jesús:107

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TERESA:

¿Burláis de mí?

VALLE:

  Sacárame la vida.

TERESA:

Soy muy perversa pecadora y mala.

VALLE:

Ya por quien sois estáis bien conocida.
(Salen DON DIEGO y LEONIDO vestidos de villanos, con pistoletes.)

DON DIEGO:

  Este es quien me afrentó.

LEONIDO:

Pon bien la cala,
por que no yerres bien el diestro tiro;
sobre seis perdigones, una bala.

DON DIEGO:

  Bien hecha está la carga.

LEONIDO:

Ya me admiro:
pásale el pecho, y sea de manera,
que sólo un ¡ay! pronuncie y dé un suspiro.

DON DIEGO:

  ¡Viva mi honor, y mi enemigo muera!

TERESA:

¡Mi buen Jesús, valedle!

VALLE:

¡Ay, Dios!

PETRONA:

¡Ay, triste,
que han muerto a Juan del Valle!


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TERESA:

Hermana, espera.

PETRONA:

  ¿Qué he de esperar, si he visto lo que viste?

TERESA:

Mírale el pecho bien.

VALLE:

Dios me ha guardado.

DON DIEGO:

¡Bien le apunté!

LEONIDO:

¡Gallardo tiro hiciste!

VALLE:

  Sólo de la ropilla me ha pasado,
porque a la sangre de este medio paño,
perdigones y bala han respetado.

TERESA:

  Obra es de Dios.

PETRONA:

Lloré por cierto el daño.

VALLE:

Una es la bala, y seis los perdigones.

LEONIDO:

¿Qué dices de esto?

DON DIEGO:

Que es milagro extraño.

LEONIDO:

Libróle Dios de tus persecuciones.


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DON DIEGO:

  Por que el pecho se os quiete,
nueva amistad os prometo,
que no es bien que os inquiete,
pues hoy os tuyo respeto
la bala de un pistolete.
  De vos estaba ofendido,
y con disfraz de vestido,
ciego en la ofensa de Dios,
los pelos buscaba en vos
del perro que me ha mordido.
  Pero este intento deshace
el nuevo que agora sigo;
hoy nuestra amistad se trace;
que yo no quiero enemigo
por quien Dios milagros hace.
  Ya la venganza destierro,
y la plana al odio encierro,
y ejemplo en la bala tomo,
pues cuando os conoce el plomo,
vengo a conocer el yerro.
  Perdonadme.

VALLE:

Bien se entiende
que Dios, en quien yo confío,
calificarnos pretende,
pues hoy con un plomo frío,
de nuevo el alma se enciende.


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DON DIEGO:

  Pues tan encendido estoy,
que propongo desde hoy
ser fraile.

TERESA:

Glorioso intento:
¿sabéis que fundo convento?

DON DIEGO:

Sé que vuestro fraile soy,
  y vuestro amigo, señor.

VALLE:

Nuevo milagro éste ha sido,
pues el odio y el rigor
tan presto se han convertido
en amistad y en amor.

TERESA:

  Las gracias a Dios las dad
de vuestra nueva amistad.

VALLE:

Y a vuestra...

TERESA:

No me afrentéis.

VALLE:

Iba a decir santidad,
pero atajado me habéis.

TERESA:

  No me tratéis de esa suerte.


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VALLE:

Hoy me ha librado de muerte
este peto que formasteis;
con la sangre le templasteis,
porque saliese más fuerte.
  Pero ha sido bien fiel,
hermana, este medio lienzo,
pues la bala paró en él.

TERESA:

Dejemos eso.

VALLE:

Hoy comienzo,
sin duda, a vivir por él.
  La bala, a hacer su hecho,
parece en este antepecho;
aunque sedienta llegó,
como vuestra sangre halló,
no quiso la de mi pecho.
  Y fue discreta la bala
en excusarme, de pena;
que si en sangre se regala,
la de vuestro dedo es buena,
y la de mi pecho es mala.
  No quiso el plomo este día
la caliente sangre mía:
la vuestra le dió contento,
que como llegó sediento,
buscó la bebida fría.
  El milagro, dibujado
en este lienzo se halla,
que es, aunque lienzo pintado,
lienzo también de muralla,
pues de un tiro me ha librado:
  volverle quiero a mi pecho.


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DON DIEGO:

Jaco será de provecho.

VALLE:

Con vos, lienzo, iré seguro;
que ya, cual lienzo de muro,
me serviréis de antepecho.

DON DIEGO:

  Decidme dónde he de ser
fraile, que por vuestra mano
quiero la casa escoger.

TERESA:

Con el retor fray Mariano,
don Diego, os habéis de ver.
  En Maqueda, primo, está,
que es el convento primero
de mis Descalzos.

DON DIEGO:

Y espero
que para mi bien será.

TERESA:

  Dado me habéis gran contento,
porque sois la piedra vos
de mi primero convento,
y piedra que labra Dios
para piedra del cimiento.

DON DIEGO:

  Disponga el Eterno Padre
lo que a mi corazón cuadre.

TERESA:

Ansí lo habéis de pedir.


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DON DIEGO:

Luego me quiero partir.

TERESA:

Adiós, hijo.

DON DIEGO:

Adiós, mi madre.
  De vos espero el perdón.

VALLE:

Yo le concedo y le pido
de la pasada cuestión.

DON DIEGO:

Yo solo el culpado he sido.

VALLE:

Yo solo di la ocasión.

LEONIDO:

  Seguirle hasta el fin conviene.
(Vanse DON DIEGO y LEONIDO.)

VALLE:

El nuevo ejemplo que tiene
me ha dejado puesto en calma.

TERESA:

Si Dios le ha tocado el alma,
cual a piedra imán se viene.

PETRONA:

  Un cilicio me ha mandado
el hermano fray Tardón;
¿quiere envialle un recado?

TERESA:

Dios reciba la intención,
y baste el que yo le he dado.


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PETRONA:

  ¡Madre!

TERESA:

Tenga más jüicio.

PETRONA:

Que traiga dos me conceda:
no cercene mi ejercicio;
que no es seda sobre seda,
cilicio sobre cilicio.

TERESA:

  De pláticas excusemos;
entrar en Alba hoy querría:
venid luego, en misa entremos.

VALLE:

Con más de una hora de día,
en Alba, madre, entraremos.

TERESA:

  Veré las mis hermanitas,
las mis monjas descalcitas,
honra del monte Carmelo,
que puede ilustrar el cielo
con sus luces carmelitas.

VALLE:

  Velas el cielo tan bellas,
que a las suyas las trocara;
pero el convento sin ellas,
luego a engaño se llamara,
y pidiera sus estrellas.
  La misa quiere salir.

PETRONA:

Largos serán los oficios.


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VALLE:

Luego podemos partir.

PETRONA:

Que me quiten los cilicios,
no es vida para sufrir.
(Vanse; salen DOÑA JUANA, con un niño en brazos, y DON JUAN, su hermano.)

DON JUAN:

  De verte llorar me aflijo.

DOÑA JUANA:

No hay llanto que no me cuadre,
pues aguardo un vivo padre
con nuevas de un muerto hijo.
  Ya se acabó mi regalo
y mi ventura también;
ya no espero tener bien,
pues me faltáis vos, Gonzalo.
  La muerte, niño, os llevó:
¡ay, mi Dios! Sin vos, ¿qué haré?
¿Qué cuenta de vos daré
al padre que os me encargó?

DON JUAN:

  Hermana, ten más sentido.

DOÑA JUANA:

Siempre hay llanto donde hay muerte.

DON JUAN:

Que llegan ya cerca, advierte,
nuestra hermana y tu marido.


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DOÑA JUANA:

  Mirad, niño, el caso atroz;
recibid mi nuevo aliento,
porque en este sentimiento
me consuele vuestra voz.
  Ángel que estáis en el cielo,
de guarda podéis ya ser;
ea, venidme a valer,
que es mucho mi desconsuelo.
  Aunque haga su justo oficio
el Ángel bueno de Dios,
pienso que he menester dos
que me guarden el jüicio.

DON JUAN:

  Ya tu llanto es infinito,
aunque la causa le abona.

DOÑA JUANA:

Lloraré como leona
por ver si le resucito.
  Niño, consuelo, regalo,
vida, ángel o león,
doleos de mi pasión;
respondedme, don Gonzalo.
  Mis lágrimas remediad;
que los ángeles cual vos,
por sólo imitar a Dios,
suelen tener caridad.
  Tenedla conmigo aquí.
pues afligida me halláis,
y pues ya con Dios priváis,
pedidle algo para mí.
  Don Gonzalo, consoladme;
mas ¡ay de mí! que recelo
que por no dejar el cielo
dejaréis de consolarme.


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DON JUAN:

  El niño me he de llevar
antes que pase adelante.

DOÑA JUANA:

Sangre lloró mi diamante;
bien os podéis ablandar.

DON JUAN:

  Mi traza este medio ordena.

DOÑA JUANA:

¡Traidor!

DON JUAN:

Perdonad, señora;
que la causa quito ahora
por ver si quito la pena.
(Lleva DON JUAN el niño.)

DOÑA JUANA:

  Déjame el hijo, traidor;
déjame con mis cuidados;
que te comeré a bocados
cual la tigre al cazador.
  Oye, aguarda, mira, espera;
vuelve. dame el niño, acaba,
que muerto me consolaba;
mira vivo lo que hiciera.


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(Salen VALLE, TERESA y PETRONA.)
VALLE:

  Ya, señora, en Alba estáis,
y en mi casa hoy hospedada.

TERESA:

Por cierto, mucho me agrada
esta villa.

VALLE:

Vos la honráis.

DOÑA JUANA:

  Con mi cordero se aleja;
vuelve a mis manos el robo;
mas ¡ay! que no siente el lobo
los balidos de la oveja.

TERESA:

  ¡Hermana!

VALLE:

¡Bien de mi vida!
¿Qué voces, decid, son éstas?

DOÑA JUANA:

Las mesas tengo ya puestas,
y la cena prevenida.
  Quería disimular,
pero no puedo ni acierto.

TERESA:

Sin duda Gonzalo es muerto,
mas Dios lo ha de remediar.


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VALLE:

  ¿Qué llanto es éste, señora?
No sé, a fe, qué me decir,
sino que en vernos venir
lloráis de contento ahora.

DOÑA JUANA:

  Río, viéndoos, de placer,
pero vuélvome a mirar
y luego vuelvo a llorar;
ved cuál me debo de ver.

VALLE:

  Guardad esas perlas bellas,
no las vertáis en el suelo;
mirad que, sentido el cielo,
os pondrá pleito por ellas.
  Cuando, según buena cuenta,
salgo de un golpe de enojos,
en la luz de vuestros ojos
hallo mayor la tormenta.
  Mas ¿cómo ha puesto en olvido
el norte de mi regalo?
¿Dónde está mi don Gonzalo?
¿Cómo no me ha recibido?

DOÑA JUANA:

  ¡Vuestro hijo!...

VALLE:

¿Qué ha pasado?

DOÑA JUANA:

No preguntéis más, señor.


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VALLE:

Ya me dice mi dolor
que el cielo me le ha quitado.
  Ya sé que el niño murió;
que en esta respuesta incierta
vive la sospecha cierta
que el alma me adivinó.
(Sale LEBRIJA.)

LEBRIJA:

  Tres horas debe de haber
que expiró el ángel hermoso.

VALLE:

Trago me dais muy penoso,
pero al fin se ha de beber.
  ¿Dónde el niño me tenéis?

DOÑA JUANA:

Señor, pedídselo a Dios.

VALLE:

Madre, pedídselo vos,
pues tanto con Él podéis.

TERESA:

  Algún desmayo será;
trae el niño con cuidado.

LEBRIJA:

Yo traeré su cuerpo helado;
que el alma en el cielo está.

DOÑA JUANA:

  Hoy su muerte el cielo ordena,
aunque el seso pierda aquí;
estoy quejosa de mí
porque no he muerto de pena.


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TERESA:

  Digo que el niño no es muerto.

DOÑA JUANA:

En mis brazos expiró.

TERESA:

Creed lo que os digo yo.

DOÑA JUANA:

Lo que vi tengo por cierto.

TERESA:

  Pues aunque visto le habéis,
lo que yo os digo creed;
buena esperanza tened;
fiad en Dios, no lloréis.
(Sacan el niño LEBRIJA y DON JUAN.)

DON JUAN:

  Este es el ángel del cielo.

TERESA:

¡Don Juan!

DON JUAN:

Hermana, tomad.

VALLE:

Por su vida a Dios rogad.

LEBRIJA:

Muerto está como mi abuelo.

TERESA:

  Viva este niño, mi Dios;
mi fe vuestro pecho abra;
ved que he dado mi palabra
para que la cumpláis vos.
  Cumplid, aunque es fuerte cosa,
esta palabra que he dado;
que el esposo está obligado
a cumplir la de la esposa.
  ¿No me habláis, niño querido?


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NIÑO:

¡Madre, tía! Sí hablaré.

TERESA:

¿Veis como desmayo fue?

VALLE:

Bien se ha visto lo que ha sido.

DOÑA JUANA:

  ¡Mi niño, mi bien, mi estrella!

VALLE:

¡Regalo del alma mía!

NIÑO:

Dejadme hablar a mi tía;
que tengo una queja de ella:
  muy quejoso estoy de vos.

TERESA:

¿Por qué?

NIÑO:

Porque vuestro celo
me quitó el subir al cielo,
donde gozara de Dios.
  ¿Tengo razón?

TERESA:

Sí tenéis;
mas fundéme en caridad.

NIÑO:

El bien que perdí notad,
pues en Dios visto le habéis.

VALLE:

  Los ángeles de gran celo,
almas suelen dar a Dios,
y obligáisle, madre, vos
con sacárselos del cielo.
  Nuevo modo de obligar.


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TERESA:

Las gracias a Dios se den.

VALLE:

Pues hoy por vos me hace bien,
también os las quiero dar.
  Vuestra pena es bien se ataje,
pues hoy nuestra madre amada,
antes de ser hospedada,
tan bien paga el hospedaje.

DOÑA JUANA:

  Mi hermana, mucho os cansamos
y es razón que os regalemos;
venid, en mi cuarto entremos,
descansaréis.

VALLE:

Madre, vamos.

TERESA:

  Eso no he de consentir.

VALLE:

Aquí os tengo de hospedar.

TERESA:

No me lo habéis de mandar;
que en mi casa he de dormir.
  Vengo mala, y no querría
curarme fuera de casa.

DOÑA JUANA:

El corazón me traspasa.

VALLE:

Quedaos por hoy, madre mía.
  Mirad...


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TERESA:

Dadme este contento.

VALLE:

Por dárosle, mucho haré.

TERESA:

Este, señor, se me dé;
que me importa ir al convento.

VALLE:

  Yo, madre, quiero ir con vos.

TERESA:

Adiós, hermana.

DOÑA JUANA:

Adiós, madre.

VALLE:

Adiós, Gonzalo.

NIÑO:

Adiós, padre.

DOÑA JUANA:

Adiós, mi bien.

VALLE:

Vida, adiós.

DOÑA JUANA:

  Para algún viaje largo
parece que os despedís.

VALLE:

Si lo que os quiero advertís,
no me echaréis este cargo.
  Luego vuelvo.


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DOÑA JUANA:

Aquí os espero;
no se ahogue mi regocijo.

NIÑO:

¿No me habla, madre?
(Vanse TERESA y VALLE.)

DOÑA JUANA:

¡Hijo!,
daros cien mil besos quiero.
  Cual hijo y cual ángel,
ya sois todo de mi consuelo.

NIÑO:

Ya me hallaba yo en el cielo
mucho mejor que no acá.
  ¡Qué bien me pudiera holgar!

DOÑA JUANA:

Y ¿sin mí?

NIÑO:

Madre, sin vos;
que en llegando a ver a Dios,
ya no hay más que desear.
(Sale PETRONA, de camino.)

PETRONA:

  ¿Dónde nuestra madre está?

DOÑA JUANA:

En su casa.

PETRONA:

¡Oh, mi señora!

DOÑA JUANA:

Seas venida en buen hora.


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PETRONA:

Para servirte será.

DOÑA JUANA:

  ¿Vienes cansada?

PETRONA:

¿De qué?

DOÑA JUANA:

¿Cuatro, leguas no has andado?

PETRONA:

Como ésas he caminado.

DOÑA JUANA:

¿A pie, hermana?

PETRONA:

Hermana, a pie.
  Nadie a mi paso llegó.

DOÑA JUANA:

Digo que eres gran mujer.

PETRONA:

Una mula de alquiler
no camina como yo.
  Si lo que ando se regula,
en más de cuatro ciudades,
con una o dos falsedades,
pasara plaza de mula.

DOÑA JUANA:

  Buen modo de entretener.

PETRONA:

En todo he dicho verdad.


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DOÑA JUANA:

Mulas hay sin falsedad.

PETRONA:

Pues de ésas debo de ser.
  Cuando un camino importaba.
negociábalo volando,
y nuestra madre, burlando,
tragaleguas me llamaba.

DOÑA JUANA:

  Sería, en mil ocasiones,
de importancia tu persona.

PETRONA:

Yo fui posta y postillona
de todas las fundaciones.
  Mil tierras hemos andado,
con aguas, nieve y vientos,
y diez y siete conventos,
hasta hoy, hemos fundado.
  Sabe Dios, que es nuestro Padre,
cuántos pasos me costaron
las casas que se fundaron
por orden de nuestra madre.
  Siete leguas sobre seis
de sol a sol caminaba,
y si a veces me picaba,
pasaba de diez y seis.
  Pasa de cosa ordinaria
lo que anduve, no te asombre,
que en Sevilla, por mal nombre,
soy la hermana Dromedaria.
  Este nombre me llamaban,
cuando en la calle me vían
los niños, que me seguían
y la cinta me besaban.


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DOÑA JUANA:

  Mucho me alegras.

PETRONA:

Señora,
tienen grande devoción
con la nueva religión
y con su gran fundadora.
  Por verla, vi algunos días
media ciudad convocada,
y después que entró en Granada,
la llaman hija de Elías.
  El nombre le viene a pelo,
pues que tiene edificado
el edificio asolado,
que es cimiento en el Carmelo.
(Salen VALLE, DON JUAN y LEBRIJA.)

VALLE:

  Ya vuestra hermana, señora,
queda en su casa.

DOÑA JUANA:

¡Oh, mi bien!

PETRONA:

Señora, quiero también
irme a mi convento.

DOÑA JUANA:

Ahora
  conmigo te has de quedar;
mira que estará cerrado.


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PETRONA:

El discreto convidado
no se ha de hacer de rogar.
  Digo que yo soy quedada.

VALLE:

Del nuevo gusto gocemos,
aunque aguado le tenemos,
pues falta mi madre amada.

DOÑA JUANA:

  Venid, señor.

VALLE:

Vida, Vamos.
(Vanse; quedan LEBRIJA y PETRONA.)

LEBRIJA:

¡Petronilla!

PETRONA:

Poco a poco:
¿Petronilla? Viejo loco,
por cierto, de gracia estamos.
  Ya el hábito, con la edad,
pide que habléis con decencia:
escuche Su Reverencia,
oiga Su Maternidad.
  Paternidad por el padre,
al fraile el cielo llamó,
y a las monjas como yo.
Maternidad por la madre.
  Sabed que soy...


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LEBRIJA:

Ya es notorio:
figura de la piscina,
vicaria de la cocina,
y escoba del refitorio.

PETRONA:

  Aquí, para entre los dos,
afrénteme el don mastín,
y cuanto hablé el viejo ruin,
sea por amor de Dios.

LEBRIJA:

  Ya vences al pasatiempo,
Urganda de la Escritura.

PETRONA:

Vamos, mi señor, figura
de las que descarta el tiempo.
(Vanse; sale TERESA con una cruz a cuestas.)

TERESA:

  La clara y blanca luna se oscurece,
el sol se eclipsa y pierde su luz pura,
la dura piedra se abre, que, aunque dura,
viendo morir a Cristo se enternece,
el proceloso mar se altera y crece,
los vientos braman por la niebla oscura,
y el mismo cielo muestra ser criatura,
sintiendo el mal que su Criador padece.


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LEBRIJA:

Luna, sol, tierra, mar, vientos y cielo,
viendo cercado a Dios de inmensas penas,
lloran y sienten lo que yo he pecado:
yo me alegro llorando, y me consuelo
viendo que es mar la sangre de sus venas,
y mar donde se anega mi pecado.
  ¿Cómo, Dios, no he de seguiros
y en algún paso imitaros?
¿Cómo no han de conquistaros
los rayos de mis suspiros?
  Por imitaros en algo,
aunque sin fuerzas me siento,
por el claustro del convento
con la cruz a cuestas salgo.
  No hay peligro que me aflija
con este arrimo, este mármol,
que quien se arrima a buen árbol,
buena sombra le cobija.
(Arrodíllase.)
  Jesús, cargada me veo;
pero con la cruz, mi Dios,
no sé qué fuera de vos,
si tardara el Cirineo.
  Yo le había menester,
que enferma y cansada estoy.


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(Sale el AMOR DIVINO con una corona de espinas en las manos.)
AMOR:

Yo tu Cirineo soy;
ánimo, buena mujer.

TERESA:

  ¿Buena yo?

AMOR:

Buena te llamo.

TERESA:

¿Sabéislo vos?

AMOR:

Sí lo sé,
pues desde el cielo bajé
a la voz de tu reclamo.

TERESA:

  Ya os conozco, sacro halcón,
Divino Amor disfrazado,.
que del cielo os he bajado
con cebo del corazón.
  Ya he visto en mil ocasiones.
mi divino Esposo justo,
que sois halcón en el gusto,
pues gustáis de corazones.

AMOR:

  Buena ayuda tienes ya.

TERESA:

Qué, ¿os veo?


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AMOR:

Sí que me ves:
¿qué más pudo ver Moisés
en la cumbre de Siná?
  Déjame la cruz a mí,
pues de quien soy te doy luz.

TERESA:

Tendré celos de la cruz
si la queréis más que a mí.
  Ya justamente recelo
que la cruz, y no mi amor,
de vuestro nuevo fervor
os bajó del cielo el suelo:
  toda no me la quitéis;
que si mi amor estimáis,
de aquello que más amáis,
es bien que parte me deis.

AMOR:

  Esta es mi prenda querida.


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TERESA:

No me dejéis tan quejosa,
que entre el esposo y la esposa
no ha de haber cosa partida.
  Mas ya dejo esta querella;
hoy mi fe quiero mostraros,
y toda la cruz dejaros,
aunque me dejéis por ella.
  Llegad, divino Jüez,
pues su amor tanto os obliga;
llegad presto, no se diga
que la teméis otra vez.
  Gran Señor, cuasi me espanto
que la cruz améis hermosa
porque no os fue tan gustosa
para que la queráis tanto.
  No sé qué decir, Señor,
de afición tan sin compás,
sino que se quieren más
los hijos de más dolor.
  Si es esto, razón tenéis,
que la cruz mucho os costó;
mas con todo, siento yo
que por ella me dejéis.


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AMOR:

  Pídeme celos, mi esposa,
dárete cien mil consuelos;
que son todos estos celos
rayos de tu fe amorosa.

TERESA:

  Señor, diéronme osadía
las alas de mi afición.

AMOR:

Los primeros celos son,
que huelen a cortesía.
  La cruz llevemos los dos.

TERESA:

No pide más el deseo,
pues me ayuda un Cirineo
mucho mejor que el de Dios.
  Mas ¿dónde voy? Reparad
lo que advertí en este instante;
pasad, mi Amor, adelante;
vuestro lugar ocupad.

AMOR:

  Bien vamos.

TERESA:

No he de sufrir,
aunque vuestra fe me abona,
que vos lleváis la corona
y delante habéis de ir.

AMOR:

  Pues ya mi lugar te he dado,
mi corona te he de dar.


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TERESA:

¡Qué merced tan sin igual!
¡Qué premio tan señalado!

AMOR:

  Espinas tiene.

TERESA:

Hoy, en mí,
no son sino clavellinas.

AMOR:

Las que en mí fueron espinas,
se vuelven rosas en ti.

TERESA:

  Segunda vez vuelvo a vellas,
y como, son tan hermosas,
pienso, mi Amor, que las rosas
se me han de volver estrellas.

AMOR:

  Estrellas se han de volver,
Esposa, dentro en dos días,
que en mis altas jerarquías,
te las volveré a poner.

TERESA:

  Vuestra voluntad se haga;
que yo humilde sierva soy.

AMOR:

Estas flores que te doy
serán principio de paga.


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TERESA:

  Aunque el demonio es sutil,
temerá en esta ocasión,
viendo que mis flores son
pimpollos de vuestro abril.
  Con todo, mi Amor, guardaldas.

AMOR:

Esposa, no tengas miedo,
camina, que atrás me quedo
por guardarte las espaldas.
(Vanse con la cruz a cuestas; salen FRAY MARIANO y FRAY DIEGO, carmelitas.)

MARIANO:

  Ya, fray Diego, en Alba estamos,
donde hoy descansar podremos
y a nuestra madre veremos,
que es lo que más deseamos.

DIEGO:

  Tráigola en el corazón.

MARIANO:

Por cierto, razón tenéis.

DIEGO:

Pues, mi Padre, aún no sabéis
la causa de esta afición.

MARIANO:

  Que es, bien fundada os concedo.

DIEGO:

Sacóme de un ciego abismo
y libróme de mí mismo,
que es lo que más decir puedo.


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MARIANO:

  Mala me escribió que estaba;
que luego a verla viniese,
y que conmigo os trajese
porque veros deseaba.

DIEGO:

  ¿Es de cuidado su mal?

MARIANO:

Pienso que es de muerte.

DIEGO:

¡Ay, padre!
¿Tan mala está nuestra madre?
No permita el cielo tal.

MARIANO:

  Si llegó ya su ocasión,
nacida es y ha de morir.

DIEGO:

Sólo en oírlo decir
se me turba el corazón.
(Sale PETRONA llorando.)

MARIANO:

  Hermana Petrona, ¿es esta
hermana?

PETRONA:

Déjenme ahora;
que está nuestra fundadora
en las manos de Dios puesta.

MARIANO:

  ¿Tan mala está?


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PETRONA:

¡Padre mío,
dicen que se está muriendo!

DIEGO:

Yo, para mí, así lo entiendo;
pero, mi Cristo, en vos fío.

MARIANO:

  ¿Dónde vas?

PETRONA:

Voyme a cansar,
pero mensajera soy;
médicos a llamar voy
que la acaben de matar.

MARIANO:

  Espera, venos guiando
a su celda.

DIEGO:

Bien será.

PETRONA:

Levantando, el pecho está,
con la muerte peleando.
(Salen VALLE, DON JUAN y DOÑA JUANA.)

VALLE:

  Llegad, señora, y veremos
a nuestra madre.

DON JUAN:

Llegad;
abra Su Paternidad,
las puertas romperemos.


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DIEGO:

  Que no es entrar en convento
a seglares permitido.

MARIANO:

Mucho desorden ha sido.

VALLE:

Sí fue, pero buen intento.

DOÑA JUANA:

  Esto es justo que miréis.

MARIANO:

Así lo entiendo, y pues puedo,
hoy os permito y concedo
que a ver nuestra madre, entréis.

PETRONA:

  Llegad, si la queréis ver.
(Corren la cortina; está TERESA en una cama con un Cristo, y algunas monjas alrededor.)

DIEGO:

¡Prima!

DON JUAN:

¡Hermana!

MARIANO:

¡Fundadora!

TERESA:

Ya, padre, llegó mi hora;
fin que forzoso ha de ser;
  a todos pido perdón;
¿dáismele?


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MARIANO:

Madre, sí damos,
y todos juntos rogamos
que nos deis la bendición.

TERESA:

  La de Dios con todos sea,
y en este punto conmigo,
mi Cristo, mirad que os sigo;
hoy vuestra piedad se vea.
(Cantan dentro MÚSICA.)

MÚSICA:

  Pues se humilla el corazón,
suba a los cielos y exáltele Dios.

TERESA:

  Sírvame de escudo santo
vuestro pecho diamantino,
pues, sois, Señor, uno y trino
con el Espíritu Santo.

MARIANO:

  Confesó la eternidad,
y el alma a su Dios ha dado.

VALLE:

Arrimada se ha quedado
al árbol de la verdad.

MARIANO:

  Murió nuestra madre amada,
la virgen santa expiró;
una paloma salió
con la primer boqueada.
  El alma se va sellando
con el gran dueño que ha visto,
y con el esposo Cristo
a su esfera va volando.


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MÚSICA:

  Romped el aire gozosa,
mi blanca paloma hermosa.

MARIANO:

  ¿Veis algo?

VALLE:

Yo sí.

DIEGO:

Yo no.

MARIANO:

Sólo Dios ha permitido
que el milagro sucedido
lo viésemos vos y yo.

DIEGO:

  ¡Jesús, qué olor tan suave!
¿Sentísle?

MARIANO:

Y ¡cómo que siento!

VALLE:

Parece que va en aumento.

DOÑA JUANA:

Este olor al cielo sabe.

PETRONA:

  El sentido del oler
me falta.

VALLE:

Del cuerpo sale.

DOÑA JUANA:

No hay ámbar que se le iguale.


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MARIANO:

Ya es ángel, si fue mujer.

PETRONA:

  Que todos gocen de vos
este olor que les consuela,
y que yo, madre, no huela,
lo que siento sabe Dios.
  ¡Milagro, milagro, padre!

MARIANO:

¿Qué hay, hermana?

PETRONA:

Que ya huelo
este olor que sabe a cielo.

MARIANO:

Gracias a Dios y a la madre.

PETRONA:

  Ella me abrió este sentido,
que hasta aquí tuve cerrado.
(Dan golpes dentro.)

VALLE:

Del pueblo, ya convocado,
suena confuso ruido.
(Otra vez golpes y grita.)
  ¿Quién nos viene a inquietar?
 (Dentro.)
La santa madre buscamos.
Si al pueblo no la enseñamos,
las puertas han de quebrar.
  El cuerpo luego, a la hora,
al de la iglesia saquemos,
y fin a la historia demos
de nuestra gran fundadora.

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