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La bella durmiente del bosque

La bella durmiente del bosque (1900) de Charles Perrault
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LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
E
N un país muy lejano, donde reinaban reyes muy poderosos, nació una princesita, a cuyo bautizo fueron invitadas las Hadas para que le sirvieran de madrinas. Después de la ceremonia religiosa,
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celebróse en palacio un suntuoso banquete y las Hadas comieron con cubiertos de oro macizo guarnecido de piedras preciosas, que les regalaron los padres de la recién nacida. Cuando los invitados habían ocupado sus sitios correspondientes alrededor de la mesa, presentóse

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en la sala una Hada viejísima, a quien, por creerla muerta, no se le había enviado invitación. Los reyes la colocaron en lugar preferente; pero, no pudieron proveerla de cubierto de oro como a las otras Hadas, y la vieja, sintiéndose molestada,empezó a murmurar entre dientes.

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Terminado el banquete, cada una de las madrinas concedió a la princesita un don especial; pero la rencorosa vieja predijo que "la niña se atravesaria la palma de la mano con un huso y que la herida le ocasionaría la muerte" Una de lás Hadas buenas, que al retirarse oyó esta triste profecía, regresó al lado de la criatura y, acariciándola, le dijo:

—No puedo evitar que te claves un huso en la palma de la mano,

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pero haré que la herida en vez de ocasionarte la muerte, te infunda un sueño profundo que dure cien años, y esto es lo que ocurrirá.

Los reyes, para evitar que se realizara el triste presagio, prohibieron terminantemente y bajo severísimas penas el empleo del huso en todo el reino, y así lo hicieron saber a todos los súbditos por medio de edictos y pregones, 

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que fueron leídos en todas las villas y lugares. Esto no obstante, cuando la princesa tuvo diez y seis años de edad, llegó un día, recorriéndo las habitaciones del palacio, a una buhardilla que habitaba una anciana que, por desconocer los edictos del rey, estaba hilando con rueca.

¡Qué ocupación tan distraída!—exclamó, al verla, la princesita, quien, como era muy viva de genio y tenía que cumplirse la predicción, se apoderó de la rueca y se atravesó la mano con el huso sin que la anciana pudiera evitarlo.

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Cavó la joven desvanecida sobre el pavimento, y la anciana, creyéndola muerta, empezó a gritar en demanda de socorro.

A las voces, acudieron los reyes y todos los serviciarios de palacio, e inmediatamente se ordenó que llamaran al Hada protectora de la princesa, que a la sazón se encontraba a dos mil leguas de distancia. Un enano, calzado con botas que avanzaban veinte leguas a cada paso, salió al instante en busca del Hada y ésta, montada en un auto extraño guiado por un negrito, presentóse en

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palacio pocas horas después.

—Está dormida—dijo el Hada al ver a la princesa, a quien ya se había colocado sobre un lecho suntuoso—y, para que, cuando despierte dentro de cien años, no se sorprenda de ver en torno suyo cosas y personas extrañas, dormirán también un siglo entero los criados y camaristas que le sirven, y permanecerán en el mismo estado sin envejecer ni deteriorarse cuantos objetos la rodean.

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Y, tocando el Hada con su mágica varita a las personas y cosas destinadas a dormir cien años, todas quedaron instantáneamente dormidas.

Abandonaron luego los reyes el palacio, que estaba situado en medio de un bosque, y ordenaron, por edictos, que nadie se acercara a él, cosa que tampoco habria podido hacerse, porque en seguida brotaron

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en torno del edificio una infinidad de árboles grandes y pequeños, que, formando una especie de muralla, impedían completamente el paso a todo ser viviente.

Al cabo de cien años, el hijo del rey que a la sazón gobernaba el país, fué de caza por aquel sitio, y sus monteros le informaron de que en el viejo palacio, cuyas torres sobresalían por encima, de los corpulentos árboles

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de aquel impenetrable bosque, dormía una princesa bellísima desde hacía un siglo. Inflamado el corazón del príncipe por un amor repentino, avanzó hacia la muralla de zarzas y espinas, que se abrió para dejarle paso; pero la maleza cerróse nueva mente tras él y la comitiva no pudo seguirle.

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Penetró el príncipe en el antiguo palacio y, después de recorrer muchas estancias y galerías, en las que sólo encontró durmientes, llegó al aposento en que reposaba saba la bellísima princesa, en el preciso momento en que ésta, despertándose, volvía de nuevo a la vida.

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Absorto el príncipe ante la sublime belleza de una joven tan encantadora, postróse de rodillas y le declaró su amor. Como todos los servidores del palacio despertaron también al mismo tiempo, ambos jóvenes pasaron a una lujosa sala donde se les sirvió un espléndido y suculento banquete, en que reinó la alegría más loca. El príncipe volvió luego a su regia morada y refirió a sus padres lo que le habia acontecido. Toda la corte,

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vestida de gala, se trasladó al bosque y, después de admirar la belleza extraordinaria de la gentil princesita, la condujo en triunfo a la ciudad, donde los dos jóvenes contrajeron en seguida matrimonio, celebrándose con tan fausto motivo grandes fiestas en todo el reino.

Tres años más tarde, murió el rey, y el principe ciñó la

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corona, cuando ya era padre de dos preciosos niños llamados Aurora y Sol (una niña y un niño).

La madre del nuevo rey era una ogra y, como además odiaba a su nuera y a sus nietecitos ordenó al cocinero que matara cada día a uno y se los Sirviera en pepitoria; pero el cocinero, compadecido de los niños y de la joven y bellísima soberana, en vez de obedecer a la reina madre, ocultó a las criaturas.

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Indignada la ogra, mandó que llenaran de sapos, culebras y toda clase de alimañas una enorme cuba, con objeto de arrojar en ella a los dos niños y a la madre de éstos, para recrearse viéndolos morir y comérselos después... pero, en el momento en que se iba a con sumar tan monstruoso crimen, presentóse el rey, padre de las criaturas, e inmediatamente mandó suspender la infame ejecución.

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La ogra, al ver frustrados sus diabólicos planes, arrojóse de cabeza a la cuba y los sapos y culebras que en ella había la devoraron en un momento ¡Así suelen terminar los malos que gozan haciendo sufrir a los buenos!

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