La Miraflores: 10

La Miraflores de Arturo Reyes


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-¿A qué hora viene Cayetano? -preguntó Dolores la Pinturera a Paca, que le contestó con acento distraído:

-A las ocho en punto viée toitas las noches, pero sin que falte una.

-Pero ¿me quieres tú decir a mi qué es lo que a ti te pasa pa estar tan triste, chiquilla?

-¡Pero si yo no estoy triste, Dolores, si ésas no son más que figuraciones tuyas!

-¡A mi me dejas tú de figuraciones! ¡Si te conoceré yo a ti! Si sabré yo que tú estás que no vives porque Cayetano se te ha metío en el corazón y se te abren las carnes de pensar que mañana llega Antonio el Cartagenero.

Inclinó la cabeza Paca, y después, cogiendo las manos a su amiga y acercando su rostro al de aquélla,

-Pos bien, sí -le dijo con voz suave como un susurro-; es verdá que ese hombre se me ha metío en el corazón.

-Me lo temía -murmuró Lola-, me lo temía y tenía que pasar; ese hombre vale cien veces más que el otro. Pero lo malo es que el Cardenales dice que él no puée premitir que al volver su amigo se encuentre con otro hombre en la ventana y que cuando vuelva ha de encontrarte en esta reja más solita que la una.

-¿Y cómo evito yo que Cayetano tenga un enganche con Joseíto, si Joseíto le provoca? -exclamó con voz angustiada la Miraflores.

-Y qué sé yo, hija. ¿Tú le has dicho alguna vez si le quieres o no le quieres a Cayetano?

-Yo no sé -balbució la Miraflores, inclinando la cabeza-. Los primeros días hacíamos como que hablábamos de broma, pero aluego..., aluego yo no sé, pero él parece que está loco, ¡pero que loco perdío!

-¿Y tú...? -le preguntó, mirándola fijamente a los ojos, Dolores.

-Yo... -dijo Paca con voz trémula.

Y tras algunos instantes de silencio inclinó la cabeza bruscamente sobre el pecho de su amiga, y con voz en que apuntaba levísimamente el sollozo, continuó:

-Pos bien, sí, Dolores: yo también estoy loca por él, ¡pero que loca perdía!

-No, si no me sorprende. ¿No te digo que me lo sospechaba? -dijo Lola-. Pero no te pongas asín y vamos a pensar cómo se va a salir de este atolladero en que nos hemos metío.

-Yo estoy jechita un mar de confusiones. Yo no sé... A mí no se me ocurre naíta: yo no pienso sino en lo que aquí va a pasar en cuantito venga Antonio.

-¿Y por qué no le dices a Cayetano que deje de arrimarse a la ventana siquiera por unos días?

-Porque no querrá fijamente hacer lo que yo le diga.

-Pos yo tú lo que hacía -exclamó Lola, encogiéndose de hombros -era decírselo, y si él no lo quiere hacer..., si no lo quiere hacer..., pos que truene lo que truena y que sea lo que Dios quiera.


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