La Miraflores: 08

La Miraflores de Arturo Reyes


VIIIEditar

Cuando el de Écija llegó al camino de Churriana, el sol caía, sin amortiguar todavía su fuego casi tropical, sobre la polvorienta carretera, flanqueada por dos acequias y por dos hileras de álamos blancos que brindaban pobre refugio a los abrumados por aquel sol que hacía relumbrar como de plata los pintorescos caseríos. Con paso lento y haciéndola rechinar con lastimeros sones, arrastraba el paciente tiro la pesadísima galera, cuyo vientre hundíase en el polvo del camino y bajo cuyo toldo abovedado de cañas y de lona cantaba el mayoral una copla melancólica; mientras un mastín corpulento jadeaba junto a ella con los hocicos a ras de tierra, y un rapaz hacía crujir el resonante látigo; una recua polvorienta y acansinada seguía con desesperante lentitud al liviano que hacía resonar la melancólica esquila; un cortijero barrigón y encanecido, jinete en un macho, adornado con vistosísimo atajarre, entregábase lánguidamente a los movimientos de su cabalgadura, defendido del sol por una gran sombrilla de seda encarnada; allá a lo lejos, una nube de polvo envolvía la diligencia que alejábase, no sin que el zagal hiciera resonar de vez en cuando la resplandeciente bocina; por delante de Cayetano desfiló una pareja de la Guardia Civil, grave, circunspecta, jinete en briosos corceles, abrillantados por el sol los vistosos uniformes.

El de Écija lo contemplaba todo con una inusitada alegría; veíalo todo como al través de un encantado cristal, parecíale que aquel día tenía el paisaje algo no advertido hasta entonces por él; antojábasele que todo cuanto le rodeaba se complacía en vivir, el sol en iluminarlo todo, el cielo en ser azul, el ambiente en ser cristalino, el campo en estar cubierto de verdores; todos los ruidos se fundían, para él, en una a modo de vaga y dulcísima melopea.

Cuando algunas horas después se encontró con su primo,

-Vamos a dar una vuelta por ahí -le dijo éste-, y me contarás lo que te ha pasao en el huerto del Soniche.

-¿Qué quieres que haiga pasao?-repúsole aquél, encogiéndose de hombros-. Que fui y que pegué la hebra con la Paca y que he quedao en ir esta noche a hablar con Paca por la ventana de Lola la Pinturera.

-¿Y el Pantalones?

-¡Y qué sé yo! Por más que yo creo que del berrinche debe estar a estas horas por lo menos con una junta de médicos.

-Pos di tú, chavó, que va la cosa de chipé -exclamó alegremente Joseíto.

-Tan de chipé -le repuso con acento sordo Cayetano-, que lo mejor que tú hacías era premitirme que no fuese yo esta noche ni nunca a platicar con esa mujer por la ventana.

-¡Y eso por qué? -le preguntó sorprendido el Cardenales.

-Pus porque en estas cosas Dios no sabe la hora que es, y lo mejor de las cartas es no jugarlas, porque lo mismo puées, a de uno que salir la del compañero, y supónte tú que por manos del demonio me gustara a mí una barbaridad la Miraflores.

-Pos peor pa ti -dijo, encogiéndose de hombros, Joseíto-, porque a Paca no hay quien la arranque de la querencia de Antonio.

Y mientras charlaban ambos amigos, Paca columpiábase lánguidamente en una mecedora en el patio de su casa, aun con los adornos con que se engalanara para ir al huerto del Soniche. Entreteníase en evocar su diálogo con el primo del Cardenales, cuyo acento parecía haber dejado una estela rítmica en sus oídos, y dedicada a tan para ella grato esparcimiento seguía, cuando la voz de su madre le hizo abandonar de mala gana la mecedora y dirigirse al interior del edificio.

Penetró Paca en la estancia que servía de comedor a los distinguidos señores de Clavijo, y a la vez de pajarera al jefe de la familia, y

-¿Me llamaba usté, madre? -preguntó a ésta, que la miraba con expresión adusta, mientras el señor Pepe empleábase en enseñar a posarse en la varilla a un triguero recientemente embragado.

-Sí, te llamaba -repúsole aquélla con voz llena de enojo-, y también te llamaba tu padre- y al decir esto posó la buena mujer una mirada casi homicida en el semblante de su don cuyo, que proseguía impertérrito en su paciente labor de educar al pájaro prisionero.

Comprendió la Miraflores que se avecinaba alguna tempestad, y

-Pos ya estoy aquí -dijo, sentándose frente a su madre, la cual, tras breve silencio, continuó:

-Tu padre y yo te hemos llamao pa que nos digas quién es ese mocito que desde antíer no sólo no deja la calle ni pa vestirse de limpio, sino que esta tarde ha pegao la hebra contigo en el huerto del Soniche.

Paca se encogió desdeñosamente de hombros, y

-Pos ese mocito, según parece, es uno de Écija, un primo del Cardenales, que está aquí de paso pa la Argentina, y si ese hombre se ha arrimao a mí esta tarde en el huerto del Soniche, no ha sio seguramente porque yo le haiga llamao. Ya sabe usté que yo no le doy pie a ningún hombre, porque maldita la gana que tengo de que se me arrime ninguno, que bastante tengo yo con lo que tengo.

-A quien tú no le das pie -exclamó la señora Pepa con voz irritada- es a quien debías dárselo; a un hombre que es más güeno que el pan y que te quiere más que a las niñas de sus ojos, y que esta prendaíto de ti y que te tendría como a una pajarita de plata en una jaula de oro.

-Mire usté, madre: lo que es a ése ni manque me lo trujieran engarzao en brillantes. ¡Si siquiera fuera el otro!

-¿Qué otro? El de esta tarde, ¿verdá? ¡Algún diputao a Cortes!

-Yo no sé que sea diputao, pero tampoco me parece a mí que es de los que tienen que pedir una chaquetita emprestá en cuantito llega el frío.

-No, encuerino no lo es -dijo el señor Pepe sin dejar la alta ocupación en que se empleaba y sin apartar los ojos del pájaro-. Yo sé que no es un descarcito del to ese primo del Cardenales.

-¿Y qué sabes tú? -exclamó, colérica, la señora Pepa. Y después, con acento irónico, continuó-: Cuando él se va a América, no le llegará el agua por mu debajo de las glándulas fijamente.

-Pos tampoco debe estar a punto de beberla contra su voluntá, porque yo sé que tiée en Écija un cortijo que vale tirao seis u siete mil duros, y que por el traspaso de la guitarrería le han dao cuatro o cinco mil pesetas de guante.

La señora Pepa había ido desarrugando el entrecejo a medida que hablaba su marido: si realmente el hasta entonces para ella desconocido tenía lo que la gente aseguraba, tampoco era cosa de ponerlo en la corriente de la calle, y mucho menos si de aquel modo y por mediación de él se conseguía arrancar a la muchacha de la querencia del hijo del señor Juan. Y al pensar esto la buena mujer, preguntó a Paca con acento ya algo menos belicoso:

-¿Y dices tú que ése te es más simpático que el Pantalones?

Paca permaneció silenciosa durante algunos instantes, y después exclamó:

-Lo que digo yo es que de tener que pechar a la fuerza con alguno de los dos, pecharía más a gusto con ése que con el otro.


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