La Miraflores: 05

La Miraflores de Arturo Reyes


VEditar

Antoñico el Pantalones, peine en mano y de pie delante del espejo, ponía en éste una mirada rencorosa al verlo reproducir de modo tan poco lisonjero para él su rostro de tez oscura y pecosa, su nariz de aventados cartílagos, sus ojos insignificantes y su boca de labios pálidos, que al entreabrirse dejaban ver la dentadura desigual y amarillenta.

Durante algunos minutos maniobró el peine ordenando y desordenando para volver a ordenar los mechones de pelo oscuro, hasta que cansado y desesperanzado el prócer de la rondeña serranía de poder dar a su rostro lo que el Supremo Hacedor de todas las cosas le negara, dio fin a su labor decorativa, se puso de cualquier modo el flamante rondeño, encendió un cigarro cuyo fagín delataba lo aristocrático de su estirpe, y se lanzó a la calle a continuar el asedio de aquella hasta entonces inexpugnable preciosísima fortaleza que tan sin gusto, y tan sin sosiego, y tan sin vivir le traía.

Llegado que hubo a la esquina de la calle donde estaba la ermita de sus amorosas devociones, clavó sus ojos en la reja donde tan breve número de veces había conseguido ver a Paca, y chasqueado en aquella como en tantísimas otras ocasiones, al llegar a la otra esquina penetró, para allí consolarse de sus amorosos infortunios, bebiendo y charlando con el tabernero, en el hondilón famoso de Tobalo el Quitapena.

Este, que entreteníase en colocar ordenadamente las limpias copas en uno de los extremos del mostrador, salió precipitadamente al encuentro del de Ronda diciéndole con acento servicial y desesperado sin duda por no poder poner más de una sonrisa en sus labios:

-¡Hola, don Antonio! Ya lo estaba echando yo a usté de menos. ¿Quiere usté que le sirva un Montilla que acabo de recibir, que dicen que es el que beben los ángeles en el cielo?

-Sí, tráeme unas copas -le repuso aquél, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda azul-. Por más que lo que yo debía beber no era más que zarzaparrilla de Bristó.

-Eso jase la sangre agua -dijo en aquel instante el señor Frasquito el Silguero, el cual, en uno de los ángulos del hondilón, en una silla retrepada contra el muro, entreteníase en pasar por el lomo a un enorme gato rabón, colocado sobre sus escuálidas piernas, la mano enjuta y renegrida como un sarmiento.

Saludó al de Ronda con un movimiento de cabeza al viejo chalán, y

-Por eso yo no la bebo -le repuso-. Pero ahora créalo usté que me sentaría muy requetebién el beberla.

-Porque usté, y viste disimule la franqueza -dijo el dueño del hondilón al par que colocaba algunas copas sobre una de las mesas-, es más súpito y más voluntarioso que nadie, y las cosas en la vía sa menester tomarlas con más calma, y sobre to las cosas de las mujeres.

-¡Ese es un mal ganao! -murmuró con voz sentenciosa el señor Frasquito-. Otro gallo nos cantara si Dios no hubiese puesto más que a Adán en el paraíso.

-¡Vaya si es un mal ganao! -dijo el Quitapenas-. Y además de mal ganao, que la más viva tiée de cordobán los sentíos, porque pensá que haiga gachí que le ponga a usté cara de hule por ponérsela de raso a un mocito sin más fortuna que el canuto cuando se lo den... Vamos, hombre, que hay cosas que le dejan a uno como tonto de remate.

-Como si lo viera: se trata de la Miraflores.

-De la Miraflores, hombre, de esa gachí que pa jacer lo que jace debe tener cinco cascabeles en vez de cinco sentíos.

-¿No quiere usté probar este Montilla, que no es malejo del to? -dijo Antonio dirigiéndose copa en mano hacia donde estaba el Silguero.

Este colocó cuidadosamente el gato en la silla y tomó la caña que aquél le ofrecía diciendo:

-Lo probaremos -y tras apurar la copa con tal elegancia que acreditaba su habilidad y larga práctica en aquella clase de trasiegos, añadió después de hacer castañetear la lengua contra el cielo de la boca-: No es malejo del to, no, señor, que no es malejo.

El Pantalones, después de asomarse a la puerta y dar un nuevo vistazo a la reja que continuaba solitaria de la Miraflores.

-¡Cámara con esa gachí! -dijo-. ¿Querrán ustedes creer que no la veo desde antier por la mañana, que la vide por casolidá?

-Como que yo usté -díjole el señor Frasquito- lo que hacía era agüecar ya el ala de una vez, porque me parece a mí que pensar en querer llevarle el pulso al Cartagenero es tiempo perdío, no porque el Cartagenero valga más que usté, sino porque a la trágala no se consigue na con ninguna de las que gastan chaponas, y lo mismo que le pasa a usté con ella le pasará seguramente a Cayetano, el primo del Cardenales, que cuando la vio ayer por vez primera, por poquito se empieza a tocar el pito de carretilla. Por cierto que si no es por mi, se agarran dambos parientes, porque como el Joseíto es tan uña y carne del Cartagenero, pos al hombre se le puso sobre el corazón que su primo no había de mirar siquiera a la Paca, y el primo dijo que a él le importaba tres coquinas el Cartagenero. Total, que si no es porque me cogió a mí allí, tienen un enganche, y hubiera sío una cosa mu esaboría, porque Joseíto es más duro que un acebuche, y el otro me parece a mí que no es de to comer, ni es de to mantequilla de cacao.

El Pantalones había palidecido oyendo al señor Frasquito, y cuando éste hubo concluido, le preguntó con voz en que se notaba la celosa incertidumbre de su espíritu:

-¿Y usté cree que el Cayetano hará caso de su pariente?

-Y qué sé yo -repúsole el Silguero, encogiéndose de hombros-. Pero si al gachó se le ha quedao pegá a la pupila la cara de la chaveíta, entonces un divé sabe lo que puée ocurrir, porque la verdá es que el tal es un mozo de órdago, toíto un mozo de tronío.

Y el famoso chalán guiñó un ojo al tabernero al ver la cara que, oyéndole, había puesto Antoñico el Pantalones.


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