La Hora de todos y la Fortuna con seso: 003

La Hora de todos y la Fortuna con seso
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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Júpiter, hecho de hieles, se desgañitaba poniendo los gritos en la tierra.
Porque ponerlos en el cielo, donde asiste, no era encarecimiento a propósito.
Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando. Marte, don
Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete y la insignia de
viñadero enristrada, echando chuzos, y a su lado, el panarra de los dioses,
Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada la vista, y en la boca, por
lagar vendimias de retorno derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado
y todo el celebro en poder de las uvas.
Por otra parte, asomó con pies descabalados Saturno, el dios marimanta,
comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó, hecho una sopa,
Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro, que eso es tres
dientes en romance, lleno de cas carrias y devanado en ovas, oliendo a
viernes y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco de Plutón,
que venía en su seguimiento. Dios dado a los diablos, con una cara afeitada
con hollín y pez, bien sahumado con alcrebite y pólvora, vestido de cultos tan
escuros, que no le amanecía todo el buchorno del sol, que venía en su
seguimiento con su cara de azófar y sus barbas de oropel. Planeta bermejo y
andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de
guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro y en engarzar
años y siglos, mancomunado con las cenas para fabricar calaveras.
Entró Venus, haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante,
empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la jeta y el moño,
que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado, por la prisa.
Venía tras ella la Luna, con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda,
luz en cuartos, doncella de ronda y ahorro de lanternas y candelillas. Entró
con gran zurrido el dios Pan, resollando con dos grandes piaras de númenes,
faunos, pehcabros y patibueyes. Hervía todo el cielo de manes y Iemures y
penatillos y otros diosecillos bahúnos. Todos se repantigaron en sillas y las
diosas se rellanaron, y, asestando las jetas a Júpiter con atención reverente,
Marte se levantó, sonando a choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la
carda, dijo: