La Chapanay
de Pedro Echagüe
XXIV

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Quince días después, hallábase ya la Chapanay de regreso en sus campos. Se había separado de sus protegidos, dejándolos en salvo, con sincera emoción, pues el agradecimiento que le habían demostrado aquéllos, fue tan afectuoso y tan vehemente, que la conmovió.

Quiso volver a ver las tristes tapias de la que fue su casa paterna, y se dirigió a las Lagunas después de haberse tomado un largo descanso. Mujer de una fuerza de voluntad admirable, como se ha visto, sus proyectos eran inmediatamente seguidos de actos. No había olvidado que los habitantes de los alrededores del Rosario, la arrojaron ignominiosamente de su rincón nativo, y esta herida sangraba todavía en lo íntimo de su ser. A la fecha, los que entonces la humillaron y la repudiaron, debían saber cómo se había redimido ella de sus antiguas culpas, y hasta qué punto se había sacrificado, durante años, por el bien de los demás. Se le debía un desagravio y quiso recibirlo.

Lo recibió en efecto, pues apenas hubo llegado a las Lagunas, sus coterráneos se apresuraron a saludarla y agasajarla. Ya se conocían allí sus hazañas, y ahora los laguneros se enorgullecían de ella, mirándola con admiración y respeto. Pusieron a su disposición una casita de barro, de las mejores del lugar, pero ella prefirió alojarse entre los escombros de la que fue la vivienda de sus padres, en donde permaneció quince días, con la ilusión de que las sombras de éstos, venían por las noches a aplaudirla y alentarla.