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Jugar con fuego



IEditar

¡No tengas mala sangre, mujer, y ten sentío pa pensar que lo que estás tú jaciendo con ese chavalete no está bien, ni medio bien tan siquiera!

-Sí que es verdá eso, madrina, diga usté que sí, y que ya me duele a mí tamién la boca de cantarle las mismas carceleras con el mismísimo acompañamiento.

-Pos ni ella, ni tú, tenéis razón; porque yo no tengo la culpa de que esa criatura esté tonta de remate, ¡y «como no lo saque al campo y le dé la muerte amarga», yo no sé lo que voy a jacer pa que me deje tranquila!

-Naturalmente. ¡Vaya un tupé! ¡Pos quién si no tú es la que por no agurrirse, cuando te agurres, se ha entretenío en sembrar esa malita yerba en el pecho de Joseíto!

-¿Yo? Yo no he sembrao na, que yo sepa.

En este tiesto ha nacío,
madre, un clavel encarnao;
¡cómo habrá en él florecío

sin naide haberlo sembrao!


Y Dolores cantó a media voz este cantar, al par que levantaba la roja cortinilla y arrojaba una mirada escrutadora en el huerto.

-Eso sí, güena voz y mu poquita vergüenza -murmuró la señá Rosalía saliendo de la habitación, no sin posar antes en su sobrina una mirada henchida de reproches.

Pos tiée razón tu tía -exclamó Pepa la Garibaldina-. Y eso, que tú haces con el Chumbera está pidiendo a voces un castigo.

-Pos tendrá toíta la razón que tú quieras, pero en cuantico otra vez te pases a la banda de mi tía, te mato catorce veces pares, ¿tú te enteras?

Y al decir esto sonreía Dolores y le amenazaba a Pepa con el dedo índice, un dedo digno de ser reproducido en mármoles y en bronces.

-Güeno, tú me puees matar si es tu gusto; pero no por eso dejará de ser una malita faena la que tú te estás cargando con el Chumbera, y lo que yo te digo es que esas cosas tiéen sus quiebras, y que siendo Joseíto tan guasón y tan sin méritos como es, pudiera pasar que a ti se te estragara el gusto y te saliera ese juego por un ojo de la cara.

-¡Menos!, -exclamó con jovial ironía Dolores-. ¡Menos! ¡Si te creerás tú que voy yo a prendarme de Joseíto!

-De menos nos jizo Dios, y por menos canta un ciego, que ya sabes tú que


Ca cual nace con su gusto

y no hay dos gustos iguales;
y hay quien por beber en pozos,

no bebe en los manantiales.


-¡Vamos, mujer, que no digo yo; que has perdío tú los papeles!

-Si yo no digo que no, si lo que yo digo es lo que veo, y lo que yo veo es que tú por pasar el rato encomenzaste a jacerle cara a ese probe, y que te jacías peazos riéndote de él, y que aquello que encomenzó por groma va poniéndose de otras jechuras, y que te van gustando a ti los paliques con ese gachó y que ya no te da la risa en el gallillo cuando platicas con él, y, sobre to, que ya no mientas ni por casolidá al Carambola.

-¡Y pa qué voy yo a mentar a ese don Fantesía! Aquello fue una malita racha que ya pasó por fortuna, y ni engarzao en oro ni guarnecío de topacios quiero yo a ese hombre, que cuando habla parece que está concediendo pensiones vitalicias y cruces de San Fernando.

-Lo que me parece a mí es que eso te escuece a ti todavía una miajilla más de lo que tú quisieras.

-¡A mí escocerme! Puede ser; pero me parece a mí que no, que ésas son aprensiones tuyas.

-Que se arrimara de nuevo a tu vera y ya veríamos si cantabas o no la gallina; ya veríamos qué era lo que pasaba.

-Ya está ahí ése -exclamó en aquel momento Dolores, reclinándose sobre el alféizar del estrecho ventanucho.

-Es verdá, y vaya si es pinturero el mozo, que parece que desentierra un tobillo cada vez que tiée que dar un paso.

-No, güenas jechuras no diré yo que tenga; pero en tocante a lo de simpatías, lo que es de eso tiée pa repartir a los más necesitaos, que no son pocos, mi señora doña Pepa la Giribaldina.

-Güenos días -exclamó en aquel momento Joseíto deteniéndose al pie de la ventana, echado hacia atrás el amplísimo sombrero de palmas, y llevando en la mano un puñado de flores que brillaban al sol como riquísimos joyeles.

-Buenos días -repúsole Lola sonriendo al recién llegado.

-¿Se puée subir por el ascensor?, -preguntole éste con dulce acento.

-No, señor, que Dios castiga -dijo Pepa asomando su semblante moreno por encima del hombro de Dolores.

-Sí, suba usté -exclamó ésta-, suba usté y cudiao con los escalones.

Y Joseíto no se hizo repetir la orden, y momentos después trepaba, aferrándose, a los salientes del ruinoso muro, con los tallos de las flores en la boca, de donde momentos después tomábalas Lola murmurando con casi infantil alborozo:

-Muchas gracias, y qué rebonitas que son hoy.

-¡No han de serlo!, -dijo otra vez al pie de la ventana y con voz fatigosa Joseíto-. ¡No han de serlo, si yo antes de cogerlas les digo que son pa usté a los rosales!

Y diciendo esto apoyó una mano en una de las ramas de los árboles inmediatos, cruzo una pierna sobre otra y quedose mirando, como sumido en delicioso éxtasis, a la mujer amada, que, hundiendo entre las flores su semblante de raso para mejor aspirar sus perfumes, brillaba toda bañada por los rayos del sol que convertía sus blandos cabellos en áureo y en sedoso y en resplandeciente remolino.


IIEditar

-Güenos días -exclamó Pepa, estampando dos besos en las mejillas de Dolores.

-Dios te los de mu güeenos -repúsole ésta devolviéndole al par la cariñosa ofrenda y sin poder ocultar la vaga inquietud que sentía.

-¿A que no sabes a lo que vengo?, -preguntóle la Garibaldina, al par que se arreglaba, mirándose en el espejo, las flores graciosamente prendidas en su negrísima guedeja.

-Tú dirás -repúsole Lola con acento indiferente.

-¿Has visto qué flores más bonitas? Éstas me han costao mi dinerito. Yo no tengo, como tú, un mal tiesto en donde cogerlas toas las mañanas; por cierto que no veo aquí las de hoy.

-Es que hoy no ha vinío entoavía ese tiesto que tú dices.

-¿Que no ha vinío? Entonces es que ya se lo han llevao a presidio por esaborío que es y por mal ángel y por mal arte que tiene.

-¿Y qué es lo que te trae hoy por aquí, si no es un secreto?

-Oye tú, Lola: sabes tú que me va pareciendo a mí que no te va gustando que yo le jeche los cuatro piropos que se merece al Chumbera, y que si hoy tiées tú armá en corso esa carita graciosa, tal vez sea porque el mozo no ha vinío entoavía, porque se le haigan pegao las sábanas, u haiga perdío el tren, u le haiga sentao mal el desayuno.

-¡Tal vez el probe estará malo!

-Pos si está malo que se purgue. ¡Vaya un Dios! Lo que debía de jacer tu tía era mudarse ya de aquí, que ya esto pa juego es bastante, que ya jace cinco meses que empezó esta groma.... ¡y pa groma son mucho cinco meses!

-Pero ¿se puée saber a qué ha vinío hoy a esta casa, que es mu suya, la Pepa la Garibaldina?, -exclamó Lola interrumpiendo a ésta con acento impaciente.

-Pos sí, señora, que se puée saber: yo he vinío pa una cosa que va a ser mu de tu gusto: he vinío pa convidarte a los toros.

-¡A los toros! Vamos, mujer, tú estás loca de remate. ¿Pa qué voy yo a dir a los toros?

-¿Que pa qué vas tú a dir a los toros? Toma, pos a lo que vamos tos: a jecharle un remiendo de color de rosa a la pícara vía.

-Muchas gracias, pero yo no tengo gaitas de meterme en esas faenas de costura.

-Ya lo creo que vendrás en cuantito yo te diga quién es el que va a acompañarnos, además de mi hermano Curro.

-Ésa es una de las catorce millones de cosas que a mí me tiéen sin cuidiao -exclamó con voz y con actitud desdeñosa Dolores.

-No será asín cuando yo te diga que el que nos va a acompañar es un gachó mas pinturero y más cruzaíto de alas que toítos los hombres, en la flor de la vía, con dos ojos que meten mieo de bonitos que son, con un pelo más negro que la endrina, con un perfil que quita el sueño, con un pico que me río yo del de los ruiseñores; un hombre, en fin, de los que Dios jecha al mundo pa que se sepa lo que es capaz de jacer cuando le da por jacer cositas maravillosas.

-Pus pa ti ese proigio, pa ti u pa el mengue, porque lo que es a mí mardita la falta que me jace.

-Es que ese proigio se llama Currito Clavero por mal nombre el Carambola, pa lo que usté guste mandar.

-Pos pa mí ya puée dir jechando ese gachó sus méritos en aguardiente de Faraján u de Jubrique u de Cazalla de la Sierra.

-Pero chiquilla, ¡tú estás loca! Mía tú que Currito está arrepentío de haber pintao contigo la cigüeña, que el hombre está por ti ciego del to; mira, Lola, que no se encuentra otro hombre más güen mozo que él, ni más gracioso, ni más echaíllo pa alante, y que, además de ser asín, el gachó es güeno, y además de sé güeno, que está abrigaíto y...

-Pos que lo manden ar museo -exclamó Lola interrumpiendo a la amiga con acento colérico-, que yo pa naíta lo necesito, y hazme el favor de dejarme tranquila y vete tú con él a los toros, que yo no quiero ver más corría que la que yo querría ver hoy desde este pícaro tendío.

Y esto lo dijo Lola señalando el ventanucho desde el cual divisábase el huerto, donde las higueras erguían su frondosísimo ramaje, donde ya amarilleaba el fruto y piaban los gorriones.


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«Sí, estará malo, fijamente estará malo», pensaba algunas horas después llena de profunda inquietud Dolores, al par que registraba con sus hermosísimos ojos las verdes frondas del huerto; y cuando ya las melancólicas claridades del crepúsculo empezaban a matizar de misteriosas tonalidades el espacio, las verdes ramas y las azules lejanías, una voz dulce y triste, la voz de Joseíto, resonó allá en lo más hondo del huerto, la voz de Joseíto que avanzaba con paso presuroso, la voz de Joseíto, que cantaba con voz acariciadora y sentidísima:


No quieo soñar dile me quieres,

pos si lo soñara un día,
al despertar de mi sueño

la pena me mataría.


-¡Ya está ahí!, -exclamó llena de júbilo Dolores, inclinándose tanto sobre el alféizar del mísero ventanucho, que más que con la voz pareció quererle dar la bienvenida con sus brazos esculturales y con sus labios purpurinos a Joseíto el Chumbera, el humilde y victorioso rival del famoso Currito Clavero el Carambola, aquél que Dios hubo de echar a la tierra para probar los prodigios que es capaz de llevar a cabo, según afirmación hecha a Dolores por Pepa la Garibaldina.