Jarrapellejos/Capítulo VI

Capítulo VI

Otra boda de rumbo aristocrático, cuyos grandes preparativos traían preocupadas y absortas a las gentes, era la del conde. La casa de doña Antonia veíase convertida en centro de reunión de las muchachas. Ernesta no salía, atareada dirigiendo las costureras, bordadoras y encajeras, que llenábanla de ropa blanca los armarios. Aparte la recibida del Louvre, de París, y de los trajes encargados a Paquin, tres de regio fausto, y once al madrileño Córdoba, modelos de La femme chic servíanla para ir confeccionando verdaderos prodigios de sábanas, cuadrantes, stores, misteriosas, manteles, servilletas, servilletitas para dulce, para té, para champaña... «¡Qué barbaridad! ¡Y que no olvida la corona! -comentaban las amigas-. ¿A santo de qué necesita tanto la criatura?» Surtida el conde de estas cosas de servicio general por los ajuares de sus tres esposas difuntas, sólo explicaríase la esplendidez de Ernesta (que, acompañada de tita Antonia, y recibida por la madre de Saturnino, había inspeccionado una mañana su futura residencia) porque no le gustase nada de las otras o porque quisiera echar el resto en trapos, ya que no aportaba capital al matrimonio. Volvíala loca el condesado. No veía nada en aquellos excelentes figurines que no se la antojase. Un día, las cajas de París, entre sombreros, corsés y medias por docenas, trajéronla unos extraños gorros y bastones. Otro día, las cajas de Londres trajéronla un raro vestido de falda corta. Las amigas, que ignoraban el uso de esto, así como el de muchas de las confecciones que, bajo la personalísima inspiración de Ernesta, iban floreciendo con sus sedas y matices delicados, alegrábanse, al objeto de informarse, de que la ingenua Jacoba Marín la interrogara. «Un saut de lit, mujer.» «Un pase de table.» «Un traje de lawn-tennis.» «Un alpenstok». «Un plaid y un pasamontañas.» «Bueno, ¿pero para qué?» «Para al levantarse.» «Para la mesa, corrido encima del mantel.» «Para apoyarse y abrigarse en las montañas, por la nieve.» «Para...» «¡El colmo! Nieve aquí, con un sol de justicia, y pensar en jugar a la pelota como un chico...» «¡No, niña: nieve, en los Alpes, cuando viaje!», aclaraba Ernesta. Y Orencia, en nombre de las demás, dándoselas de avisada, aclarábala también: «¡Sí, tonta, hija, la pelota, el lawn-tennis...; pareces simple!...» Proyectaban una sociedad de tennis, que las distrajese en el invierno.

Y a la verdad, si tales lujos fuesen un derroche innecesario, según el propio conde, sonriendo, en sus discretas y breves visitas de las doce, le indicaba a la novia alguna vez, había que conceder, al menos, que Ernesta superaba en elegancia y distinción a las tres condesas anteriores, y a cuanto nadie pudiese haber soñado nunca en La Joya. Oíanla las joyenses señoritas; miraban y remiraban cada nuevo encanto de encajes y de cintas cada tarde, y sentadas en la honda sala convertida en taller, con luces al jardín, charlaban al mismo tiempo que aprendían. Incluso las más envidiosas y rebeldes se habían rendido a la íntima evidencia de que era Ernesta una excelsa profesora del buen tono, del buen gusto; y, en tal sentido, siquiera, digna como nadie de la condal corona que tanto prodigaba. La iban imitando, poco a poco. Aunque a la reunión de curiosas los muchachos no asistían, dos, Cleofé y Gilito Antón, eran admitidos con sus novias; y así, junto a aquél, la simpática Eduvigis Porras, que antes cuidaba siempre de reír detrás del abanico por no mostrar el sarro de los dientes de abajo, a pleno descuido reíase ahora, luciéndolos tan limpios; así también en otro rincón, amartelada con el primo, guapísimo en la elegancia azul de un uniforme de cadete, Purita Salvador, que tiempos atrás solía avergonzarse de las manos, podía, despreocupada, cruzárselas de dorso sobre el vientre, para lucir lo repulido de las uñas, de paso que disimulaba la enorme hidropesía todo lo posible. La enfermedad no la amenguaba el buen humor y la alegría de ir con el novio al cine, a los paseos a las reuniones.

-¡Pobre Purita! ¿Cuándo te operan?

-¡No sé! -respondía, mimosa ella, a estas preguntas de cariño- Mamá y Barriga querían inmediatamente; pero ya esperaré a que se case Ernesta, a que la feria pase y a que Gil se marche a la Academia.

-¡Haces bien! -aprobábanla todas, y en especial Orencia, tanto porque la rubita aprovechase las diversiones del verano cuanto porque, como vecina, servíala de disculpa para acompañarla y estar entre las jóvenes.

Y era Orencia, cabalmente, la que más sabía sacar de la «profesora de buen tono». Sus dientes, sus uñas, su pelo, que nunca, a la verdad, estuvieron en el abandono de las otras, rechinaban de brillo y nitidez. Los pies se los cuidada de manera que ya podía acostarse sin medias con Pedro Luis, y la daba pena no ir descalza a las visitas.

Además, atenuada de pinturas, andaba en autoobservaciones al espejo para acabar de desecharlas; y en idénticos designios parecían metidas la preciosa, la cojita Encarnación Alba, Dulce Marín y las Jarrapellejos.

Un recuerdo le turbaba frecuentemente a la femenina tertulia el regocijo: el de Octavio. Ausente por heridas de orgullo, por herida también del corazón, quizá inconfesable, su sombra parecía flotar sobre los aprestos fastuosos de esta boda. Partido hacia Madrid apenas confirmó los propósitos del conde, se trasladó luego a San Sebastián, más tarde a Biarritz, y ya exaltado en la emoción nueva de las lejanías y lo extranjero, a París..., desde donde hacía un mes iba enviándole a Dulce Marín breves saludos en postales de vistas lindísimas y con el timbre especial de procedencia: Tour Eiffel: première étage; seconde étage; troisième étage.-Bois de Boulogne: restaurant du lac.-Bal Tabarin.-Taverne Olimpia. Estas últimas reproducían mujeres lujosas como reinas, frenéticamente desaprensivas como diablos en orgías de mágicos salones. «¿Eh?... Mirad, ¡de Octavio!... ¡Mira, Ernesta!» Miraban, miraba Ernesta..., y las otras notaban cómo la futura condesa palidecía, perdiendo largo rato su atención febril a las cintas y a las sedas: «¿Eh? ¡Mira, mira qué mujeres!... ¡Se comprende que en París se olvide La Joya! ¡Que no quiera Octavio volverse de París!» ¡Bien elegida la maligna y desahogada Dulce para mortificar a Ernesta con los desdenes del ausente!... No la nombraba éste jamás; no indicaba siquiera dirección para que Dulce pudiera contestarle. Una de las postales reproducía la avenida de los Campos Elíseos con dos divinas amazonas, en bombacho, montando a horcajadas, como hombres. Otra, del Cabaret de L'Enfer, de Montmartre, acompañábase de una cajita, dentro de la cual venía un minúsculo y monísimo esqueleto... Dudas. ¡Ah! Contempláronlo sombrías. ¿Querría el altivo expresar que su pasión por la falsa, que el despecho y el dolor que hiciéronle alejarse de ella, en fuga de casi trágica melancolía, hubiesen muerto, o simplemente mandaba el esqueletito de pasta de marfil, articulado con alambres, como muestra del esprit de los franceses? ¡Ah!, ¡ah!, ¡París! ¡El prestigio que le daba a Octavio aquel París, donde nunca había estado nadie de esta Joya, ni el conde, con ser conde!... Y Ernesta, meditando esto, abrumada por la dolida y simpática admiración creciente que todas le rendían al que pudo ser su novio; dudando, además, si encargarse de calzón o de falda un traje de amazona (¡claro, bah, aprendería la equitación!), dijérase que continuaba dirigiendo los tantos primores de su ajuar, más con el pensamiento puesto en la hechicería del París de maravilla, donde Octavio se encontraba, que no en la misma Joya, donde ella hubiese de vivir sin rumbos de condesa.

Sentía los latigazos de desdén de estas postales. Su parquedad aún la acentuaba el hecho de saberse que el altivo, al mismo tiempo, le escribía largas cartas a Cidoncha.

Tampoco en ellas la nombraba.

«Querido Juan: ¡Cuánto al dejar esas tierras, y con la pena de tener que compararlas, se siente uno como nuevo, como un hombre que renaciera a las grandezas del mundo sobre el olvido y la vergüenza de las pequeñas mezquindades que ahí nos encarroñan. El Bidasoa opera tal milagro. Basta cruzarlo para recibir la oleada noble de la vida. Es inconcebible, pero cierto; un río, un puente..., y atrás quedan unas verdes montañas, por cuyo embellecimiento no hizo nada nadie, sino Dios; una raza famélica y enclenque, y unas mujeres que le prestan ridículas seriedades e importancias de ídolo chino a su beldad..., mientras que a la opuesta orilla, el paisaje, salpicado de cultivos, de chalets, es bello y artístico, los hombres fuertes y con cara de salud, y las mujeres, bonitas todas, porque comen; llanas y afables, como quien sabe que no es ningún don sobrehumano la belleza...

Aparte tal única y vaga alusión a lo que pudo haberle convertido en ciego juguete de la hermosa casquivana, lo demás de la correspondencia consagrábalo el viajero a comentar sus impresiones. Amenas e instructivas las cartas, Cidoncha se las leía a los del Liceo por lo que contenían de trascendentes, y a Isabel, por lo que entrañaban de filosófico consuelo para la infelicidad de la infeliz que él no podía dulcificar de otra manera. El cariño a ella y a la madre, acrisolábaselo en veneraciones santas al martirio de las dos. Consternada Isabel cuando sobrevino aquello tan absurdo de ver a su padre preso, encima de que el incendio acababa de arruinarlas, llorando, y relacionándolas con la infamia de la prisión, le había referido a Juan, ya que antes, por delicadeza, no lo hizo las proposiciones de don Pedro. Y por delicadeza, por respeto a los decoros de la digna Juan hubo de dominar sus indignaciones sin pedirle cuentas al déspota, que fácilmente se sinceraría de su no intervención en el proceso, y no quiso siquiera desenmascarárselo a la gente del Liceo, concitando contra él los odios populares. Una cualquier imprudencia, degenerada en escándalo, pudiera excitarle los enconos de un modo todavía más peligroso para ambas desdichadas.

Sólo a Octavio le escribió lo del encarcelamiento de Roque, limitando la amargura de su queja a esta apostilla: «¡Miserias de La Joya! Motivos hay para creer que obedece todo al vil maquiavelismo de un desesperanzado de Isabel.» Y como el deslumbrado de París no pareció concederle a esto mucho aprecio, lo mismo que no parecía interesado por absolutamente nada que a La Joya se refiriese, Cidoncha, que no le hablaba del pueblo, ni de Ernesta y su boda, respetándole la voluntad de olvidos, no volvió tampoco a hablarle del asunto. Los ímpetus de Cruz, capaces de engendrar el peligroso clamoreo, supo aplacarlos a fuerza de consejos sensatísimos. Pagándole en gratitud y estimación, ella le autorizó a visitarla, como novio de Isabel por hallarlo preferible a que se siguieran viendo en casa de los abuelos. Poco o mucho, algún respeto infundiría para quienes carecían de mejor amparo contra las villanías de La Joya y del bárbaro cacique; y, por lo pronto, tuvo la eficacia de limpiar de grotescos tenorios la escalinata de la Cruz.

Desamparadas, sí, a no contar el moral apoyo de la prudencia, del talento de Cidoncha, y de su firme fe en el triunfo final de la justicia. El aislamiento en que ya vivían de siempre, por la falta de vecindad en el descampado de la ermita y por la especie de secuestro que el asedio de los señoritos habíala impuesto a Isabel entre las gentes de su clase, acrecíase ahora casi hasta el horror al apestado -no obstante la recóndita piedad que inspiraba el desafuero que con el buen Roque cometíase-, por el mero hecho de sospechar todo el mundo que danzaba en la cuestión don Pedro Luis. Lloraban ellas, lloraban...; iban a ver al preso en compañía de Cidoncha, y, dignamente rechazándole a éste los pobres auxilios pecuniarios compatibles con su sueldo, trabajaban con ahínco en la tahona, ayudadas por el viejo abuelo, en los acarreos de la jara y de la leña. Juan sentía más de una vez una lágrima en los ojos al ver aquel pan, que bien podía decirse que Isabel amasaba con su llanto. ¡Isabel! ¡Su Isabel! ¡La buena de cara y alma dolorosa, que tenía como jamás la expresión inefablemente bella de la Pura que él pintó, y que ya lucía en las procesiones el estandarte de las Hijas de María! Volvió a contemplarlo una tarde, el lujoso estandarte aquel de seda azul, de barra y cruz de plata, y la congoja del corazón hízole pensar que él, para que entre la crueldad bestial del pueblo la paseasen con fervor de seres otras vírgenes esclavas, había exaltado en efigie de mártir a la divinamente humana Isabel, que al lado suyo y de la madre iba lenta recorriendo hacia la cárcel su calvario.

Fue tanta la emoción de Juan en esta tarde, ya vueltos a la ermita, al ver llorar a las dos mujeres abrazadas, que, llorando también, de un impulso, abrazó con el mismo abrazo a ambas, y las estrechó a su corazón, a la vez que proponía: «Cruz, Isabel... ¿Quieren? ¡A escape! ¡Desde hoy mismo, Isabel..., lo arreglamos todo y nos casamos...» ¿Sorpresa? De la precipitación, de la inoportunidad, no de la intención. Preso el padre, debía esperarse, a fin de que no fueran luto y dolor los contentos de la boda. Todavía el ansia del noble por compartir el martirio, por adquirir con mayor responsabilidad el derecho a defenderlas, le hizo en los días siguientes insistir; pero Isabel le glosaba, dulce, las razones de la madre; y entonces, solos muchas veces -porque aquélla abandonábalos para atender a sus quehaceres, para salir incluso a la venta del pan, confiadísima en la virtud de su hija y en la corrección del futuro yerno, no necesitadas en manera alguna de la ofensa de guardianes-, sentados uno junto a otro, o ella amasando y la silla de él cerca de la artesa, charlaban de sus esperanzas, fijadas al fin a los estudios del profesor por unas oposiciones, o leían las cartas de Octavio y las iban comentando gentilmente.

«Sí, es desastrosa la comparación de España con Francia. Aquí se adquiere el triste convencimiento de que ése es un país pobre, atrasadísimo, punto menos que perdido. Ni los que más creen tener, tienen nada que merezca la pena en cuanto salen del marco patrio de miseria. Los grandes hoteles de Biarritz, por ejemplo, reservados a los potentados del mundo, por rara casualidad, ofrecen en sus listas un nombre español. En cambio, el Hotel Salins, modesto, de diez o quince francos, aunque cómodo, aloja a lo más conspicuo de la aristocracia madrileña. «¡Estamos así mejor, como en familia!», discúlpanse, al modo de aquel que viajaba en tercera por comodidad. Menos mal que se conforman; y menos mal, también, que, gracias al automóvil, que no olvidan nunca traerse, les dan a sus plebeyos compatriotas una impresión de fausto por la playa, por las calles. No comprendo, querido Juan, cómo los hombres políticos que viajan puedan recruzar la frontera sin un firme designio de reconstitución interior, en todo, que nos libre de vergüenzas ante Europa.»

-Es listo, es buenísimo ese Octavio, ¿verdad? -decía Isabel.

El profesor, enteramente obligado con ella a las sinceridades, respondía, procurando no ofender las ausencias del amigo:

-Sí; cuando menos, es de lo mejor que suele encontrarse por ahí. Su defecto capital es el orgullo. Leía otra carta:

«He atravesado la Francia, desde Hendaya hasta París, y ante el jardín que es esta tierra, con sus ríos canalizados, con sus hermosos cultivos, con sus limpias aldeas como vergeles, en donde a menudo humean las máquinas agrícolas, me ha hecho llorar el recuerdo de aquel expreso que me trajo por los ingratos llanos de Castilla, con sus pueblos sucios de moscas y de estiércol tan maravillosa como estúpidamente cantados por la musa de Gabriel y Galán, por la prosa de Unamuno y por el pincel de Zuloaga. La historia, la tradición, la rutina, nos ahogan, nos aplastan. Es necesario romperlas para surgir hacia el presente, hacia el progreso.»

Otra carta decía:

«Madrid, ¡oh! ¿Ves la calle de Alcalá en un día de toros con Bombita? (Creo que no puedo concretarte motivo de mayor animación...) Pues así están todos los días y a todas horas, de gente y de coches, los bulevares y cualquier calle del centro de París. Pero, además, ¡qué diferencia de todo con todo! En Madrid parece que, al edificarlo, faltó el terreno, según se iba trazando cada calle y cada plaza; aquí, cada plaza y cada calle, tomó el espacio necesario para ofrecer inmensas perspectivas. No podrás imaginar nada más grandiosamente bello que esta enorme urbe, capital del mundo y como del alma de la civilización, cruzada de aeroplanos por los aires, de lindas naves de transporte por el río, de un verdadero tumulto de coches y de autos y tranvías por el suelo, y de trenes a setenta kilómetros de marcha por debajo de la tierra. Las estatuas, generalmente, en vez de ser de mármol, son doradas, de metal; una alada maravilla, con ellas, en triunfos de trofeos y de caballos, el puente de Alejandro III. Las del Hótel de Ville brillan perdidas en lo alto como áureas gracias del moderno arte sobre las vetustas y seculares moles de granito. La de Juana de Arco tiene la guerrera solemnidad del histórico heroísmo contemplando lo moderno. La de Alfredo de Musset, blanca, ésta sí, está familiarmente en medio de las gentes, en el rincón grato de una acera, y las lindas midinettes se paran a leer en el pedestal de piedra el verso de suspiro... ¡Oh, Juan!, lo infecto, lo mezquino de nuestras ciudades, Madrid, Sevilla, muchas veces mantenido con su prístina porquería en nombre de lo histórico, aquí, y sin que nada por ello pierda lo históricamente digno de conservación, no existe más. El arte y la vida tumban cuanto les estorba con sus propios hálitos de creador progreso, haciendo sobre lo viejo florecer sus maravillas.»

Más metidas en la intimidad de las costumbres, otras cartas eran de este estilo:

«Con mis prismáticos, con mi Baedeker, pláceme, igual que a Víctor Hugo, mirar a París desde la imperial de los tranvías. Me toman por inglés. Huyo de españoles. De rato a rato, a pie, por barrios diferentes, busco al azar lo pintoresco. La Foire de Paris, celebrada anualmente en un antiguo cuartel de la place de la République, sirve para exponer las novedades industriales de la creación francesa: he comprado tinteros, timbres, microscopios, juguetes ingeniosísimos, cien monadas diminutas; un franco, dos; serán novedades en España dentro de muchos meses, y costarán quince o veinte pesetas. Pueblo que come, que come (insisto en ello, porque es fundamental), los restaurantes excelentes y baratos abundan: en uno de la Porte Maillot sirviéronme ayer el almuerzo de un franco cincuenta, que importaría cuatro o cinco pesetas en Madrid: así comprenderás que los obreros, las muchachas de taller, con sueldos de seis a doce francos, los frecuentan; la música de su conversación los anima. Pienso que las mujeres de Francia son más delicadas por razón de su lenguaje, lleno de inflexiones musicales. No hablan; parece que cantan. Habitúalas el oído a la armonía, y acaban por ser armónicas. No tomes esto, Juan, como una observación optimista de viajero dispuesto a embelesarse. Tiene su importancia, y hasta su fisiológica explicación dentro de la orgánica y refleja receptividad emocional educativa; si no, fíjate en qué bien, sin verlas, por el timbre de la voz, sabe uno distinguir a una marquesa, por ejemplo, de una bruta lavandera: ésta nos lastima con monótonas rudezas; aquélla cautiva con su ritmo. Lo saben los cómicos, que para representar papeles de príncipe hablan con damas aflautadas. En cambio, al jurrajamalajá de los salvajes le sobran las rudas jotas y las erres. También a nuestro idioma español le sobran todavía muchas erres y jotas de salvaje, mucha rudeza de la que transmite de constante e insensible modo al alma popular. Aquí diríase que todas las mujeres son marquesas. Y marqueses los hombres. Aprenden unas y otros desde niños. Delicadísimos espíritus, tal vez formados por el pentagramático dulzor que les empieza a arrullar desde la cuna. Crecen, y van a tomar el sol en los jardines, echándoles pan a los pájaros; los veo yo así, por las mañanas, en las Tullerías, en Luxemburgo, rodeados, acosados de esos mismos gorriones que en España huyen de las trampas y peñascazos de los chicos. Crecen más, y van al Barrio Latino a aprender nuevas suavidades de libros y de amores; el bul Mich (boulevard Saint-Michel) es un encanto a medianoche; las terrazas de los cafés están llenas de parejas juveniles: son el estudiante de Medicina, de Leyes, de Letras, y la obrerita romántica y gentil, acaso futura grande artista, quizá presunta gran cocota, que, llena de idílicas visiones de Alfredo de Musset, se entrega a su amor y a su lindo amante sin pensar en el precio y en la tasa, que es lo primero en que se fijan las modistillas madrileñas. No de otra suerte estos alegres muchachos, en el gran libro de la realidad, del amor, de los amores, de lo más hermoso de la vida, aprenden sutiles gentilezas que ya siempre perduran en su trato y su veneración a la mujer. Los estudiantes españoles, sin estas criaturas deliciosas, al revés, se ven forzados a trocar su ilusión de flor en desengaño con sucias prostitutas, que les envenenarán la sangre de enfermedad, y el alma, para siempre ya y para con todas las mujeres, de idea de venta y de cosa deseadamente despreciable, de bestialidad, de tiranía, de grosería... Comprende, pues, querido Juan, que una masculina juventud cual la de aquí, educada en el culto a las mujeres, a las flores y a los pájaros, pueda engendrar una gran nación de hombres, respetuosa para todo, y para los derechos del débil especialmente. ¡Mi afán, cuando vuelva a ésa (y habrás tú de ayudarme), te lo juro, se cifrará en ser diputado, por deberes de conciencia, por derechos de razón, para ver de ir haciendo en nuestra pobre Patria, cuanto antes, algo muy distinto de lo que por culpa dé ministros débiles o tontos y de tiránicos caciques nos tiene desde hace tiempo convertidos en el justo oprobio de la Europa! Francia, París, admírate, me van sirviendo para aprender españolas vergüenza y dignidad.»

Algunas de las cartas, las que eran como ésta, especialmente, arrancaban a Isabel mudas lágrimas por La Joya, por la España de atraso y maldición en que se ahoga y en que cometíanse infamias y brutales desconsideraciones, como la que se estaba realizando con su padre, y con ella misma involuntariamente, puesta a puja de estúpidos pastores... Y el novio, entonces, para atenuar aquel penoso exceso de consuelo que habríala dado la reflexión de no ser ella la sola desdichada en un país de generales desdicha y tiranía -consuelo extraño, producido a costa de amargárselo después con el ansia inasequible de otros lejanos parajes, en los que las gentes, según lo que Octavio relataba, disfrutasen las venturas plenas de la justicia y de la humana dignidad-, dedicábase, siempre exacto, siempre ecuánime en sus juicios, a desvirtuar en no pequeña proporción las visiones alucinadas del viajero.

Juan hallábase persuadido de que la civilización representada en su máximo esplendor por Europa, y aunque rodando a torrentes hacia un próximo porvenir magnífico, cruzaba moralmente todavía, a pesar de sus automóviles y aeroplanos y telégrafos, un período semibárbaro. Entre unas naciones y otras apenas hallaba más diferencias que un poco de riqueza y de sabiduría industrial y comercial; pero, en el fondo todas lo mismo, bastando sacar ligeramente las brillanteces de Londres, de París, para que apareciese, y tal vez más espantoso en el contraste, lo inicuo, lo podrido, lo brutal...

Bastábale leerle a Isabel los telegramas extranjeros de la Prensa, en comprobación de sus palabras. Un periódico cualquiera, del día -El Socialista-, de los que él solía llevar por los bolsillos:



«Londres, 12. -Según una estadística sobre la mendicidad en esta capital, resulta que en 1 de enero del año actual había en Londres 7.654 pobres menos que en igual fecha del año anterior.

En proporción con la población en general hay actualmente en la capital de Inglaterra un 21,7 por 1.000 de mendigos. En 1872 esta proporción era del 43 por 1.000.

Dícese en el documento de donde entresacamos estos datos que la disminución del pauperismo que viene observándose desde 1910 se debe a la ley que asegura pensiones para la vejez. -Bernard Murdock.»

El Imparcial:

«París, 14 (6,25 tarde). -Tres muchachas, de veintitrés, diecinueve y ocho años, y un joven de quince, hermanos los cuatro, y apellidados Brucker, se han arrojado esta madrugada al Sena, de donde fueron extraídos por la mañana sus cadáveres.

La causa del espantoso suicidio colectivo ha sido la absoluta carencia de los más indispensables elementos de subsistencia.

La infeliz familia tenía forzosamente que mudarse hoy de domicilio, arrojada a la calle por el casero, y ni aun ropa poseían los cuatro hermanos para salir a la luz del día.

El padre de los jóvenes suicidas está a punto de volverse loco de dolor. -Romero.»

También de El Imparcial:



«CRÍMENES SOCIALES


UN SABIO MUERTO DE HAMBRE


(De nuestro redactor en París)

París, 20 (10 noche). -A los ochenta y ocho años, y en espantosa miseria, abandonado de todo el mundo, ha muerto hoy en París el famoso ingeniero Carlos Tellier, creador de la industria del frío. Los recursos que anteayer le concedieron algunas sociedades, al saber por los periódicos la triste situación en que se hallaba, sólo le han servido para la mortaja.

Y, sin embargo, Carlos Tellier es uno de los hombres que han producido más riqueza en el mundo. Hay mil grandes compañías que funcionan gracias a los inventos de él, de los cuales se han derivado numerosas y florecientes industrias.

En 1868 demostró la utilidad del frío seco para la conservación de las carnes, y en 1876, el Frigorífico, buque construido por inspiración suya, llevaba carne fresca de Francia al Plata. Gracias a este procedimiento se pudo traer a Europa desde la América del Norte diez mil huevos de salmón, y se logró aclimatar y extender por nuestros países este preciadísimo pescado.

Enumerar sus inventos sería excesivamente prolijo. Citemos sólo la utilización del gas pobre, que él demostró el primero prácticamente, abaratando así de un modo enorme la fuerza motriz.

Sería curioso averiguar el número de centenares de millones que ha puesto en circulación en el mundo el ingenio singularísimo de este «apóstol del frío», como Pasteur le llamó, muerto de hambre en la ciudad europea donde más resplandece el lujo superfluo, Romero.»



-Así también Londres y París, a pesar de su delicadísimo culto por los pájaros -concluía Juan-, conservan hacia el niño y la mujer toda la indelicadeza imaginable. Junto a los ejércitos de destripadores, de apaches, de bandidos como los Bonnot y Callemin, de la banda trágica, tienen ejércitos de prostitutas, precisamente reclutadas, para escarnio de la humana dignidad, para escarnio del respeto hacia los débiles, entre esas obreritas de los versos de Musset, que extasían a Octavio, y tiene ejércitos de asesinos infantiles, como ese de quince años que acaba de degollar a toda una familia. Y, ya ves, Isabel, ciudades, naciones que por insensibilidad moral y falta de organización del trabajo y de escuelas, dejan morir de hambre a sus mujeres honradas y sus sabios, convierten a los niños en ladrones Y a los trabajadores en pordioseros o bandidos y fuerzan a las muchachas a la prostitución en grado tal (130.000 prostitutas, Londres; 72.000, París -últimas estadísticas), no deben, no pueden pasar por más dignas ni cultas que España...