XXIII

Los montes extensos del Río Negro, asilaban como hemos dicho, el mayor número de matreros; que ora vivían aislados, y en grupos de dos o tres en parajes desconocidos, ora en bandas de treinta y cuarenta, allí donde eran más apropiados los claros o potriles de la selva.

El observador que no estuviese en el secreto de las astucias y estratagemas usadas por los habitantes de las malezas, difícilmente podría descubrir huella o signo de vida en el mismo centro de sus maniobras; aún en el caso, inverosímil, de que él se hubiese aventurado hasta allí, sin recibir antes un golpe de facón o una descarga de trabuco a quemarropa.

Sus únicos refugios contra el hielo, el rigor de los inviernos, las lluvias torrenciales y la crudeza de los vientos, consistían en las espesuras del follaje o en los zarzos hechos con ramas flexibles en forma de ranchos que cubrían y recubrían con cueros vacunos y aún de carneros por todas partes, dejando apenas espacio para removerse ellos en sus camas duras de caronas y cojinillos.

Trataban siempre de improvisar estas viviendas en terrenos altos, para evitar que las aguas corriesen por debajo. Preservados así de la humedad, el calor de los cuerpos, el humo del cigarro y la proximidad del fogón a un lado de la puerta o abertura, por la que era preciso entrarse a cuatro manos mantenían en el interior un ambiente tibio y agradable que estimulaba los hábitos de holganza y de indolencia, especialmente en los días sin sol y en las largas noches de junio, mezcla de heladas, de tinieblas y de constante lluvia.

En el interior de esas viviendas, los matreros colgaban sus guascas y utensilios más rudimentarios, tocaban la guitarra, jugaban a la baraja, y concertaban sus golpes de mano y estratagemas nocturnas, respetándose recíprocamente, al menos los que tenían el mismo poder de garra y de ronca, así como se respetan las fieras aún tratándose de la prioridad en los despojos.

Si alguna vez, por un avance atrevido de los agentes de vigilancia, sus guaridas eran descubiertas, no volvían ya ellos a esos sitios, y hacían otras en lugares más distantes e intrincados, con mayores precauciones, sin miedo al tigre y al yacaré, por más que el primero tuviese por allí su madriguera y el segundo incubase sus huevos en la arena del ribazo.

Por la noche, los fogones ardían, casi invisibles a pocas varas de distancia.

La leña se echaba en hoyos a propósito, remedos de taperas, de modo que la llama se expandiese en las anfractuosidades de la excavación, lamiendo arena y greda; y en abertura regularmente ancha se colocaba la caldera sobre trébedes de troncos, que se reemplazaban así que el fuego los consumía.

De igual manera quedaba encubierto el resplandor de esos hornos especiales, cuando se asaba la carne; los asadores circuían la boca, y todo quedaba en la penumbra, o claridad dudosa de un crepúsculo.

De día no se encendían estos fuegos, porque el humo los denunciaba a la distancia.

En realidad no dejaba de presentar un aspecto imponente el cuadro original formado por un grupo de matreros en rededor de un fogón, tomando mate en las altas horas de la noche; especialmente si contra toda costumbre, ese fogón había sido encendido al ras del suelo con grandes troncos secos y trozos de estiércol vacuno.

Los árboles negros y tupidos, la soledad selvática, las señas misteriosas del espía o «bombero» colocado a la entrada del monte entre algunos «talas» o «sarandíes», el sordo bramar de las alimañas a lo lejos, el ruido de algún caballo al azotarse al río con su jinete en el interior de la selva, la rotura imprevista de las ramas al empuje de un novillo «alzado» que luego se volvía estrujándolo todo sobrecogido por la sorpresa o por el grito gutural de uno de los matreros, el resplandor rojizo del fuego en los rostros pálidos y barbudos del grupo, las voces bajas de los que hablaban de alguna hazaña lúgubre o hacían alguna historia de ataque o salteo, la inmovilidad de los cuerpos con las piernas cruzadas en el suelo, envueltos en sus ponchos oscuros abuchados hacia atrás por la culata del trabuco o el mango del facón, la mirada torva y el taimado gesto de los semblantes, las manos de peludos dedos saliéndose a cada momento del abrigo para coger el mate o sacar los puchos de atrás de la oreja, alguna risa bronca a labios cerrados, algún terno rudo, alguna ironía sangrienta escapándose como un tiro de bola de una boca escondida entre un montón de pelos erizados; todo esto, era bastante para estremecer a un observador trasladado de súbito a semejantes lugares, y mayormente aún, si llegaba a escuchar cómo este robó un cinto lleno de onzas de oro a un «tropero» empujándolo luego al fondo de un barranco, cómo éste otro dio muerte a dos soldados de un trabucazo por el ventanillo de una cocina al caer de una noche, cómo aquel desnucó a un capataz con la marca de hierro un día que estaban solos junto al corral de las yeguas, y cómo el de más allá sacó una tarde a su «china» de un rancho en que se bailaba, después de abrirle el vientre con una cuchilla mangorrera al «cantor», que le había roto la guitarra en la cabeza «blanqueándosela» de astillas...

Vería el observador al apuntar el día, cómo el aislamiento agreste había impreso su sello duro y áspero en aquellas figuras, y cómo el interior de sus almas se transparentaba en los rostros con la cruda altivez del macho que no ha conocido el freno; algo como una carnadura de hombre primitivo en esos seres siempre agitados bajo el ala del «pampero», en crecimiento y connubio con las fuerzas de la naturaleza, algo de modelo escultural y de belleza protea en sus cráneos cabelludos, en sus pechos salientes, en sus cuellos robustos, en sus miembros admirablemente conformados, en la trabazón férrea de sus músculos, en las formas correctas de sus caras varoniles, en la flexibilidad de sus talles y la plenitud fisiológica de sus troncos de centauros, habituados al columpio de los potros y a la embestida de la hacienda brava.

Y al contemplarlos ágiles y airosos sobre el caballo arrancar a escape por las cuestas y sofrenar en la loma, altaneros y arrogantes, para mirar al horizonte; o revolear en su diestra las boleadoras, arma temible que ellos tomaron del charrúa perfeccionándola de una en tres bolas anudadas, con el pintoresco nombre de las tres Marías; o agitar el lazo de trenza sobre sus cabezas en un día de combate para coger infantes y maturrangos dentro o fuera del entrevero; o pelear a cuchillo en alguna pulpería y abrirse paso por en medio de las gentes del preboste derribando hombres aquí y acullá con los encuentros de sus caballos, para golpearse luego las bocas en son de burla a la orilla del monte; convendría entonces el que los observase, que todo en ellos era instinto y fuerza, materia prima del valor heroico, sin otra noción moral de la patria que el fanatismo del pago, ni otra idea de Dios que una creencia fría, vaga y casi indiferente.

Por eso -fuerzas e instintos- aveníanse bien con la vida montaraz.

¡Extraña vida, y escenas de vigoroso colorido las de la odisea gaucha en los montes!

En las altas horas, el tañido de la guitarra y algún canto melancólico interrumpían el silencio. A menudo se oía el peicón alegre, o el cielito cadencioso, en cuyo éter a fuer de cielo en miniatura, deberían vagar al rayo de la luna ángeles de trenza y tez morena, perseguidos por silfos de luengas melenas, hermosos y apasionados, que calzaban «domadoras», en vez de coturnos con alas transparentes.

Estas tertulias, amenizadas a veces con la presencia de garridas criollas, capaces de sujetar un bagual en el declive de una loma, constituían el acto sociable por excelencia en el falansterio de la floresta. El concierto cotidiano de las aves, al rayar el alba, y el de las alimañas a media noche por filo, suplían otro género de distracciones; si bien el primero era para sus oídos como gotear de lluvia, y el segundo se iniciaba en mitad de un sueño profundo, sólo perturbado por algún sonámbulo, de grito más penetrante que el de los zorros pendencieros.

Cuando no había probabilidad alguna de ataque o sorpresa en campo raso, los matreros pasaban largas horas en los ranchos, en bailes o velorios de «angelitos», reposando en la lealtad de los vecindarios, que les advertían la hora conveniente del repliegue, así que vislumbraban algo de sospechoso en el horizonte.

Si llegaban a ser sorprendidos hacían causa común, y se batían con bravura, en la firme convicción de un fin desastroso, en caso de caer prisioneros.

Más de una vez, un solo matrero ha hecho frente a un destacamento, y aún salvádose por su arrojo de entre los sables y lanzas.

A un instinto poderoso de existencia libre, se unía en ellos un coraje indómito. Verdaderos hijos del clima, como Artigas, poseían la tendencia irreductible hacia las pasiones primitivas, y la crudeza del vigor local. Peleaban sin contar el número, y caían con resignación heroica.

No deja de ofrecer también originalidad cierta faz psicológica por decirlo así del matrero, y que lo presenta con un tinte simpático e interesante en medio de los azares y extravíos de su existencia semi-bárbara; y es la de muy acentuados sentimientos de gratitud y nobleza en determinadas ocasiones, los que revelaban en sus actos como una prenda segura de lealtad nativa.

Un sencillo episodio pondrá mejor de relieve esas cualidades del gaucho errante.

Sobre la costa del Río Negro, en la época a que nos referimos, vivía solo un paisano viejo, hospitalario y decidor, en un pequeño rancho por él construido, y que era el «tronco» de su «campito» en que pastoreaba algunas vacas y yeguas.

Las partidas del Preboste y los dragones de vigilancia solían acampar cerca del rancho del paisano Ramón, por encontrarse en aquellos sitios una de las picadas de salida de los matreros a campo raso, y ser por consiguiente más a propósito para seguir el rastro a los que vivían sin rey ni ley.

Siempre que esto acaecía, el paisano Ramón se guardaba bien de ir por leña al monte, por miedo de que la polecia lo tomase por aparcero de la jente «alzada»; pero en cambio, caída la noche, encendía algunas leñas de reserva en la cocina, y se estaba allí tomando mate con los soldados de la guardia hasta primer canto de gallo.

Los matreros sabían que el viejo se acostaba al escurecer, y que cuando se estaba hasta tan tarde en la cocina había «godos» en el campo; cosa que ellos observaban desde los árboles altos, manteniéndose entonces en el monte mientras durara el peligro o efectuando sus salidas por otras picadas secretas. Si en la noche siguiente la cocina estaba a escuras, los matreros decían:

-Siá costao oi con las gayinas, el paisano Ramón.

Y salían sin cuidado.

Siempre que aquel veía en desgracia algún celador de las partidas, ya acosado por un enemigo fuerte, ya caído y con la pierna rota por efectos de una rodadura, ya inquiriendo rumbos y noticias por el pago, pudiendo él socorrerlo o encaminarlo en uno u otro caso, para salvarle la vida en el primero o evitar su muerte en el segundo, pasaba de largo como si nada observase u oyese, mirando al monte y haciendo un guiño de ojo muy significativo, aunque nadie se ocupase de parar en él su atención en ese momento.

En cambio, si el paisano Ramón encontraba por acaso entre algún zarzal o entre los «talas» espinosos alguna yegua arisca y bellaca, presa por la cola y las crines en los pinchos, al punto de no poderse mover, y estarse quieta desgarrada y temblando, él detenía su galope, se apeaba compasivo, cortaba ramas y espinas con paciencia y ponía en libertad al animal que de puro grato al servicio, solía enviarle a distancia sacudiendo rabioso la cabeza dos o tres coces furibundas.

Luego él decía, al hacer el cuento de la yegua, que la había «desenredao por projimidá».

Un día, tuvo necesidad el viejo de hacer un viaje a Montevideo; y, sin que nadie lo notase se salió del pago.

Los matreros se extrañaron una semana después, de ver abandonado el rancho y las pocas yeguas y vacas, de las que ellos nunca carneaban.

El paisano Ramón al irse, había cerrado la puerta y las dos ventanillas, dejando dentro sus pobres muebles, sin esperanza alguna de encontrarlos al regreso.

Los matreros sin embargo, pasaban siempre cerca del rancho, y jamás intentaron abrir su endeble puerta de un empellón. Tenían cierto cariño al buen gaucho que los había salvado más de una vez de la muerte, y respetaban su propiedad, no permitiendo que nadie se acercase a ella. Sabían también que el paisano Ramón era muy pobre, y que no guardaba en su vivienda ningún tesoro, ni siquiera un «cinto» de cuero de nutria con botones de plata.

Cruzaban pues, por sus cercanías sin intención del menor daño, y cómo siempre se guarecían en el monte, hacia cuyos bordes daban las ventanas del rancho.

Una tarde cayó el viejo al pago sin que ser viviente alguno lo viera, y no pudo menos de admirarse al detener su «manso» frente a la puerta, de que todo se conservase como él lo dejó, pues que aquella continuaba cerrada con llave, según pudo confirmarlo empujándola despacio de a caballo.

-Pá que vea no más... -dijo en voz alta. No es tan mala la gente del monte, que ai güen lao en la mesma entraña fiera.

Pero, apenas acababa de hacerse este raciocinio, cuando las ventanas que daban a la parte del monte, y que de allí no podía ver, cayeron con estruendo, como si hubiesen sido forzadas con un tronco de «lapacho» entero.

El paisano Ramón sin asustarse, y en voz fuerte para que lo oyesen los ladrones, exclamó con muy buen talante:

-Juntito con el ablar me tapiaron la boca, ¡mosos!

Y se echó a reír, con esa risa socarrona, simpática y contagiosa del gaucho comadrero e inofensivo.

Creía él matreros los intrusos; pero nadie le contestó.

En cambio sintió dentro del rancho un gran ruido, caídas de bancos y mesas que se chocaban con estrépito.

-¡Ehu, mosos!... gritó jovial, ¡pilchéen lo que quieran; pero no ruempan el almario y la consola vieja!

El barullo seguía en el rancho.

Todo venía por el suelo; un mueble dio contra la puerta, y otros se estrellaban entre sí y en la pared, con increíble violencia.

Por su parte, él seguía gritando a voz en cuello:

-No regüelvan el cofre de abajo e la cama que no ai que escapolarios de ña Simona, y un crocifijo de gampa... que jué de la dijunta, por Dios bendito.

Y en acabando de hablar, el paisano viejo se sonreía con humildad, por si asomaba por allí algún trabuco.

Ni una voz le respondía.

El estruendo iba en aumento: los bancos parecían pelearse con la mesa, el armario de pino con la cama, el cofre con una cabeza de vaca; y aunque sucediese a intervalos el silencio, la batahola se renovaba con furia como si allí hubiese entrado el diablo.

El paisano Ramón empezó a parar la oreja.

Y viendo que nadie le contestaba dio vuelta al rancho en su caballo, paso ante paso, se sacó el sombrero nuevo de «panza de burro» que había comprado en el «pueblo», y antes de enfrentarse a una de las ventanas abiertas, iba diciendo a voces.

Toito es de ostedes, mosos!... ¡pero no quiebren el mobilario que es enocente, Cristo padre!...

Con el sombrero en la mano, y sin apearse, se echó sobre el pescuezo del caballo para asomar la cabeza por el ventanillo; y en ese instante, uno de dos enormes jaguaretées que estaban dentro, lamiéndose los bigotes, lo saludó con un bramido.

-¡Miá! -dijo el paisano Ramón, muy azorado, y dio vuelta con la rapidez del rayo, metiéndose en el brazo por el barbijo el sombrero.

Ruido de espuelas y rebenque, y arranque a escape del mancarrón, fue lo único que se sintió en un segundo.

El paisano viejo corrió en un soplo cinco cuadras, y el quíntuple habría seguido corriendo desaforado, si un encuentro imprevisto con una partida de matreros no lo hubiese compelido a sujetar riendas en un bajo.

Eran cinco mocetones de largas guedejas, que se pararon a mirarle con su ceño arisco y sombrío, cambiándose entre ellos algunas palabras.

El paisano se acercó todo arrollado en los lomos de su cebruno, al que aún le temblaban los corvejones, y dijo con una risita insegura:

-¡Güenas tardesitas, mosos!...

¿Quieren pitar?

Aquí traibo unas tagarninas del «pueblo». ¡Es güen tabaco!...

Los matreros le contestaron el saludo y le aceptaron los cigarros.

El viejo desató entonces la lengua y contó la causa de su fuga.

-Es el mesmo -dijo uno de ellos, mirándolo atentamente. ¿Diaonde sale, paisano Ramón?

-De Montivideu -respondió éste, todavía espantado.

Y que vea: juntito que me ayegué al rancho, no parecía sino que el mesmo demonio se abia colao por la chiminea... Qué cocear adentro del mobilario, ¡Cristo bendito!

-¿Son petisos los juagares, ñó Ramón?

-Se me asen más grandes que un toruno; y macho y embra an de ser porque de adentro venía un jedor recalentao que volteó el osico al mancarrón.

Los matreros rieron y se miraron.

-No tengás cuidao, viejito -dijo uno. Aurita vamos a desoyarlos pá que no güelvan a aser cría en la cama del paisano Ramón.

Todos cinco arrancaron tras estas palabras, a gran galope, armando uno los lazos y revisando otros los trabucos.

El viejo se quedó por allí más de media hora, caminando de acá para acullá, un poco temeroso; y cuando hubo él calculado que la cosa debía estar ya en punto, encaminose al rancho con un trotecito menudo.

Uno de los tigres había sido muerto, y estaba extendida su piel sobre las yerbas, como un presente de la gente montaraz.

Si bien todo se veía revuelto en el rancho, no faltaba absolutamente nada, y por el contrario los banquitos, la mesa y la consola, por que tanto se afligía el paisano, habían sido levantados y puestos en montón en el centro de su vivienda.

Los matreros habían desaparecido, dejando encima de la cama del gaucho viejo, muy bien acomodados los signos del jaguareté hembra, que parecía haber sido la víctima como más débil.