Inocentes:IX

¿Inocentes o culpables? - Capítulo IX​ de Antonio Argerich


Por causas bien complejas y que no es este lugar de exponer, había venido la política argentina a ser una esfinge más que nebulosa. En repetidos períodos de nuestra historia habíamos tenido ya una situación idéntica, marcada con acentuados matices. Así que la cosa, por lo menos, no tomaba de sorpresa.

Estas incertidumbres que sombreaban el horizonte vinieron a dar una fisonomía más típica a nuestra política de costumbre, que tanto en el gobierno como en la oposición, se alimenta de la mentira, y que forja hipócritamente un ambiente falso para pasear el fantasma que la demagogia, la candidez o la autoridad interesada, llaman luego, bombásticamente, «sufragio popular».

Entre nosotros no puede haber elección libre ni elección consciente, porque la mayoría de la población carece de instrucción, y la misma extensión del territorio obsta a la independencia necesaria que requieren actos de esta naturaleza. ¡Pobre del habitante de una región aislada que no siga a su Comandante! Año tras año estará sangrando multas y vejámenes.

Se comprende la república en Francia, que tiene de base una tradición de régimen administrativo y donde sus Liceos y Facultades formaron mayoría de plebeyos ilustrados con relación a los representantes de la nobleza.

Pero entre nosotros la democracia es una verdadera farsa, y la libertad política, un mito, que sólo aprovechan y proclaman los partidos cuando triunfan.

Es, pues, la política, entre nosotros, esencialmente romántica, y como D. Quijote, confunde pedantescamente un rebaño con vigorosos núcleos humanos.

Este utopismo de las instituciones relaja las fuerzas sociales y entorpece su desarrollo, que no puede ser lógico ni proporcionado. Los gobiernos no estudian las necesidades reales del país y sólo tratan de propiciarse amigos y de construir obras de aparato para esculpir en ellas su vanidad y hacer creer que es necesaria la permanencia de un determinado partido en el mando. Incrustada así la superchería, que nace de instituciones impracticables, se ha ido formando la costumbre de mentir en todo, y el gobierno ejecutivo, las cámaras, el pueblo y la prensa viven en un disfraz perdurable. Esto es bien natural, porque si la base es un continuo sofisma, claro está que los complementos del edificio social tienen que resentirse lastimosamente. Puede decirse que hay dos patrias. Una, que tenemos en la imaginación, y otra, que existe realmente y que no se la conoce o no se la quiere conocer.

El país, a la sazón, estaba infestado de politiqueros y todos esperaban como al Mesías, la aparición de un candidato a la Presidencia que contase con la influencia del primer magistrado de la Nación.

Había tenido lugar una cuestión sin importancia en el gabinete, nada fundamental y que podría clasificarse de simple amor propio. Siempre sucede lo mismo, porque para integrar los ministerios no se buscan hombres que representen verdaderos principios de gobierno del punto de vista económico o social. Sólo se piensa en reclutar ciegos partidarios.

Los círculos políticos se sentían agitados y en la prensa llovían los comentarios al respecto.

Esta crisis terminó con la renuncia de uno de los ministros y vino a sucederlo el Dr. Ferreol. La prensa amiga lo elevó a las nubes y su ambición se encontró sobremanera halagada. Recibió telegramas, infinidad de adhesiones, y pudo leer en los diarios, con indecible alborozo, biografías de su persona tan complacientes y exageradas que hubieran hecho ruborizar a otro más modesto.

Su nombramiento tuvo una particularidad que le sirvió de mucho.

Cansado el Presidente de la República con los comentarios de la prensa y el juego de intrigas que hacían valer los círculos para imponer determinados candidatos, se reunió con unos pocos amigos, y discutiendo el punto se resolvió ofrecerlo la cartera a Ferreol.

Decidido esto, el Presidente se trasladó acompañado de dos personas a la casa del Diputado. Este se deshizo en protestas de adhesión y sahumó la frente pálida del Presidente con una frase galante de cortesano.

-Más que el puesto, señor -le dijo-, me obliga el honor de la visita.

Allí mismo se redactó el decreto y se mandaron copias del mismo a los diarios.

Desde entonces Ferreol fue el hombre de moda, y los infinitos camaleones de nuestra política empezaron a cortejarlo.

Había alhajado su casa fastuosamente y daba recibos cada jueves. Allí la puerta era franca para todo el mundo, porque si bien invitaba por tarjetas había dado la consigna a sus amigos de que llevasen la gente que quisiesen. Deseaba ensanchar el círculo de sus relaciones y asegurar el mayor número de adictos, porque su cerebro ahora se encontraba destrozado por la única preocupación de suceder en el mando al primer magistrado de la República.

Dorotea había sido también invitada. Ferreol sabía que Dagiore era dueño de un Café muy concurrido y que allí se podía hacer algo, aunque más no fuera que colocar algunos ejemplares de su diario. También quería halagar al Mayor, el cual era uno de sus buenos partidarios y hacía tiempo que sospechaba las relaciones que lo unían a Dorotea, por malicia o quizás por espíritu de venganza, pues no había ninguna prueba ostensible y la conjetura partía de ver a Paz concurrir asiduamente a lo de Dorotea. Esta no asistió a los primeros recibos, creyendo que la invitación obedeciese solamente a una cortesía de misia Pepita; pero luego que supo que frecuentaba todo el mundo la casa de Ferreol, se decidió a asistir pensando en sus hijas y también en José que podía conseguir un buen empleo. Toda una semana se la pasó en los aprestos para presentarse dignamente en el recibo. Victoria y María estaban fuera de sí. Se prometían gozar como nunca lo habían hecho y en sus cerebros vagaban los novios más apuestos y rendidos que se pueden concebir. Llegó, al fin, el suspirado jueves y por la noche aún les faltaba algo. Clara, que todavía las servía y que había quedado como un miembro de la familia, tuvo que disparar varias veces a las tiendas del barrio por cintas y alfileres.

A las nuevo y media se pusieron en marcha. José las acompañaba, disgustado, y las muchachas, felices dentro de sus trajes incómodos, se mofaban de él.

En el zaguán José entregó la tarjeta de invitación a un lacayo y este les franqueó la entrada. En el patio fueron recibidos por Víctor, el hijo mayor de Ferreol, y otros caballeros. José dejó en manos de una sirvienta los tapados de las tres. Se dirigieron entonces a la parte en que estaba misia Pepita, la cual las hizo sentar y las presentó a algunas amigas. Víctor se llevó a José. Victoria y María se encontraban algo embarazadas, pero con todo, pudo la primera vencer su timidez para decir a su hermana:

-¿Repara en aquel loro?

-¿Dónde?

-Allí, a tu izquierda.

-Si es misia Mercedes.

-¡Qué espantajo!

-Sin embargo, ese verde oscuro está de moda.

-¡Ah! pero a ella no le sienta.

-Cállate, por favor, concluyó María, viendo que su hermana reía ocultándose la cara con el abanico.

La mujer del boticario, por su parte, al verlas entrar había hecho a su vecina, también enemiga de Dorotea, la crítica de las tres.

-Miren la desvergonzada, presentarse con ese escote: está visto que ya no puede reunirse la gente decente, porque la chusma tiene entrada a todas partes. -Y todas aquellas mujeres frívolas y tontas sólo se ocupaban de zaherirse y reparar recíprocamente en los trapos que las servían de adorno.

Todas allí estaban desconocidas y como envaradas por el ajuste de los corsés. José mismo desconocía a sus hermanas. Es que no hay vida para el hogar y todo se hace en él con el pensamiento fuera de la casa: ¿quién podría reconocerlas, si todas esas mujeres, ahora tan paquetas, no hacía una hora que se encontraban con el cerquillo enrulado en papeles, sin corsé y con un vestido suelto y sucio?

En cuanto a Dorotea no salía de su estupor al mirar el arreglo de la casa. Ella que la conocía no encontraba un solo mueble de los antiguos. Todo había sido renovado. Los dormitorios habían tenido que pasar al segundo patio. La sala y antesala tenían un mobiliario suntuoso y en las mesas, en el piano hasta en los rincones se veían valiosos objetos de arte. Las paredes estaban demasiado recargadas con las galerías, los cortinados, dos soberbios espejos y cuadros de gran mérito, algunos de ellos originales de Murillo. Bien mirado, aquello más parecía bazar o museo que sala de un ministro, pero esto era debido a que se le había obsequiado con exceso y Ferreol, para no herir susceptibilidades, exponía todos los regalos. Un piano Kriegelstein, de majestuosas voces, estaba esquinado en la antesala. Después de esta se pasaba al cuarto de trabajo de Ferreol. Pocos muebles, pero especiales. Un escritorio ricamente tallado, dos bibliotecas de un gusto muy elegante y con los estantes bien nutridos de tomos, un sofá, algunas sillas y una habanera trípode con incrustaciones de metal. En esta pieza los cuadros denotaban las predilecciones de su dueño. Washington, Danton, Marat, Robespierre, Thiers, Gambetta y Disraeli, estaban representados en muy buenos grabados.

Enseguida el comedor. Un juego soberbio de roble. El aparador, la gran mesa del centro, la pequeña de trinchar y las dos docenas de butacas, le habían costado cuatro mil patacones. Una de las confiterías más en boga había arreglado la mesa y tres correctos sirvientes servían los pedidos de los invitados.

Poco a poco, fue invadiendo la casa una concurrencia numerosa. Estaban allí representadas todas las clases sociales, no obstante de que la mayoría de los trajes eran uniformes.

Se formaron grupos. En la sala estaban las señoras y contados eran los galantes que las acompañaban. En los otros cuartos departían los hombres sobre asuntos generales, no faltando algunos Judas que denunciasen con sonrisas irónicas la ambición del anfitrión. Los menos relacionados o más tímidos salían a fumar al patio.

En medio de este amable tumulto se paseaba el doctor Ferreol prodigando almibaradas sonrisas. Hablaba con uno, lo dejaba, atendía a otro y así seguía, incansable y satisfecho, afirmando la base de su candidatura. El Mayor Paz lo seguía a ratos y Ferreol, acariciando su sueño dorado, pensaba que podría ser alguna vez su Edecán.

Un corredor lo abordaba con una sonrisa elocuente. No le dejaba hablar.

-Su asunto está a la firma -le decía.

Entonces un cesante, venciendo su timidez, se le cruzaba.

-Señor -profería, y empezaba en su cortedad a tragar saliva.

-No lo olvido, mi amigo: véame mañana en el Ministerio.

Carlos y Esteban disparaban de un lado a otro como unos guarangos, riendo y poniendo motes a los invitados pero los visitantes se dejaban pisar y ajar sus trajes encontrándolos adorables y los hacían jugar: luego corrían a las faldas de la abuela.

-¡Niños! -decía esta-: vayan para allá; esténse quietos -y seguía la conversación.

Misia Francisca, desde que su hijo había sido nombrado ministro no sabía lo que le pasaba. Era de gozarla al ver las ponderaciones que hacía de Ferreol.

Tenía su círculo, y no sin razón, porque ya más de un asunto se había despachado favorablemente por haber ella intercedido ante Ferreol.

Al lado de la madre del dueño de casa estaba sentada misia Carlota, viuda de un primo hermano de Ferreol, y que al morir su marido había quedado poco menos que en la indigencia con una hijita a la cual idolatraba. Cosiendo ponchos para el Estado se había sostenido basta ver crecida a su querida niña, que la ayudó luego en el trabajo con una abnegación ejemplar. Las virtudes de esta señora habían llamado la atención de sus parientes, los cuales más de una vez quisieron socorrerla, pero ella, agradeciendo, supo rehusar dignamente el dinero, que se la ofrecía. Entonces se pensó otro modo de protegerla, buscándola costuras que fuesen bien pagadas. Misia Pepita no tenía otra costurera y la recomendaba a sus amigas, Dorotea se había mandado hacer más de un vestido con misia Carlota y era siempre la que cortaba los trajes a María y Victoria, que luego cosían estas en su casa.

Esta excelente señora se mantenía retirada del mundo, pero pensando en el porvenir de su adorada pequeña, había reñido con sus hábitos y acudido a la invitación de su encumbrado pariente.

En aquel hervidero de pasiones, muchos habían husmeado que la modesta joven era sobrina del Ministro; la creían buen partido, y por esto no le faltaban cortejantes. La inocente niña estaba bien ajena a estas maquinaciones y en cuanto a la madre, cegada en su cariño, lo atribuía todo a las dotes personales de su Carlotita, pues la niña llevaba su mismo nombre.

La joven, por otra parte, tenía ya concebida su novela sentimental y todas sus simpatías las había enviado en la luz de una mirada al alma de José. Este siempre la había distinguido y recordaba maravillosamente todas las veces que se habían visto. Como en la mayoría de estos casos, era bien difícil decir cuál de los dos había primero interesado el corazón. José, confundido en un grupo, a la distancia, no la perdía de vista y el hilo invisible de sus miradas se fundía de vez en cuando entretejiendo en esos cerebros juveniles la eterna guirnalda que forma siempre el amor de esperanzas y quimeras.

-¿Qué hay? -dijo de pronto misia Francisca, cortando el hilo de la conversación que sostenía con Catay, al ver cierto movimiento en la antesala.

-Es que va a cantar el tenor B.

-¿Quiere preguntar qué es lo que va a cantar?

-Con el mayor gusto, señora.

Ferreol, en cada recibo preparaba bellas sorpresas a sus invitados. Los mejores artistas de Colón frecuentaban su casa y los concurrentes ya sabían de antemano que se cantaría y haría música.

-Va a cantar un trozo de Romeo y Julieta -dijo Catay ya de vuelta.

El tenor tenía una fresca y bella voz.

A poco de empezar lo interrumpieron los aplausos. Se conocía que la mayoría del auditorio no era muy diletante, razón sin duda de su inmediata impresionabilidad.

Muchos pidieron silencio y entonces el tenor siguió cantando el popular solo de la escena segunda del tercer acto:


Stagnate, o lagrime,
Al core intorno...
Non vale il piangere,
Convien morir.


José había adelantado algunos pasos y no estaba muy distante de Carlota. Ese piano quejumbroso y esa melancólica expresión que daba el cantor de oficio a la cantata hacía un mal horrible a los jóvenes, que se miraban, a la sazón, intensamente. Eran almas predispuestas, porque habían crecido en la especial atmósfera de una ciudad populosa del siglo XIX. El dolor de ocasión les traía confusos recuerdos de infinitas necesidades, que no pueden ser satisfechas, porque nacen de un extravío de criterio, y estas verdaderas asfixias del alma hacían crisis en vaguedades de sonámbulo y en opresiones de pecho como si faltara aire a sus pulmones.

Y el tenor seguía cantando como si se le desgarrara el corazón:


Vis piú mi splendano
Y rai del giorno:
Sia questo l'ultimo
De'miei sospir.


Por fin, aquel fullero del sentimiento terminó. Los aplausos y luego los comentarios que se hicieron calmaron a los jóvenes de su hesitación.

De pronto se formó un bullicio, cuyo eco fue recorriendo las salas. Al avanzar la ola de esta alegre algazara cerca de misia Francisca, preguntó a su vecino más próximo qué motivaba este alboroto.

-Es que quieren bailar- se le contestó.

-¿Y por qué no? -replicó ella-: no falta nada.

El piano pobló el salón con los alegres aires de una mazurca y la danza se improvisó.

Carlota se acercó a su madre y le dijo

-Mamá: si me vienen a sacar, ¿qué hago?

-Según el que sea, hija: sí le conoces o te le han presentado, acepta no más: ahora si no te gusta o crees que no es de tu rango, dale cualquier excusa: ya sabes que hay gente aquí muy cualquier cosa.

La niña, con este permiso, apenas podía reprimir su contento.

-Mira -continuó la precavida señora-, no olvides todo lo que te tengo enseñado y las respuestas que has de dar, y si por casualidad te encuentras con un atrevido, le dices que te haga sentar.

-Sí, mamá; pierda cuidado.

En esto se allegó un joven Burgos, escribiente del Ministerio, y la rogó quisiera acompañarlo a bailar la mazurca.

Accedió ella, y bien pronto se confundieron entre el tumulto de parejas que ondulaban en rítmico vaivén por el espacio libre de la sala.

José que vio esto quedó desesperado. ¡Ah! él conocía a ese tuno. Le buscaría camorra y se la pagaría.

Sus celos no le aconsejaban nada más juicioso, por el momento. Carlota al pasar por su lado le enviaba unas miradas que hubieran aplacado a cualquier amante menos feroz; pero José se creía ya con derechos imprescriptibles. En su despecho, y como buscando un refugio se acercó a Andrés que había ido acompañando a don Isidro.

Allí todavía fue a iluminarlo la mirada enamorada de Carlota.

Un extraño que lo notó, y a quien no conocía José, lo dijo, queriendo echarla de gracioso:

-Anda Vd. en la buena. Si juega esta noche de seguro que pierde.

José se puso todo colorado.

-La verdad es que tienes mucha suerte -le dijo despacio Andrés-: yo no sé qué encuentran en ti las mujeres.

-Eso no quita que se eche en brazos de otro -respondió el joven brutalmente y dando salida a su rencor.

-No seas pavo: ¿qué quieres que haga la pobre en un baile? Bastante hace por demostrarte preferencia. La culpa es tuya que no te apuraste por sacarla.

-Sí, ¿pero no ves cómo vengo? Todos andan de frac y yo me he venido de levita.

-¿Pero estás ciego? Además que este es un baile improvisado, ya ves el traje de las mujeres, andan muchos con levita y otros se han lanzado con yaques.

En esto apareció Víctor, y José sufrió la angustia de ver cómo Andrés le imponía de lo que pasaba.

-¿No es más que eso? yo lo palanquearé, mi amigo. Voy a comprometerla para la segunda pieza, me acerco luego a conversar con Vd. un momento y Vd. lo aprovecha para pedirle la siguiente.

Así quedó convenido y no tardó mucho el delicioso instante en que José se paseaba muy ufano con ella, dándola el brazo.

Los papeles se habían trocado esta vez. Ahora era el escribiente Burgos que miraba a la feliz pareja con ojos de idiota. Estiraba el puño de su camisa, se peinaba con los dedos la onda de su pelo y buscaba una expresión lánguida para interesar a Carlota.

Los jóvenes mantenían una conversación al parecer muy animada.

¿De qué hablaban? Vaguedades que a ellos solamente les interesaba y comprendían.

Sin embargo, hubo un momento en que José venciendo su emoción quiso irse a fondo.

-Señorita -dijo-; desde la primera vez que tuve la dicha de ver a Vd. puede creer Vd. en mi sinceridad... desde esa vez la recuerdo siempre, todos los días.

Estas palabras le salieron entrecortadas, balbucientes. Lo peor del caso era que el infeliz comprendía que se había expresado de una manera vulgar. Pero no había podido concertar otras palabras. Quedó confundido y esperando como un criminal la respuesta de Carlota. Esta se había inmutado. Su corazón palpitó fuertemente, y sintió una oleada de sangre que desde sus entrañas vírgenes subía hasta incendiarle el rostro.

Los dos temblaban de pasión y los estremecimientos que sentían sus cuerpos se los trasmitían en el contacto de sus brazos.

Ella hizo un esfuerzo por reprimirse y dijo con dulce seriedad:

-Caballero, yo no puedo escuchar a Vd. esas palabras. Le ruego que me hable de otras cosas.

José había empezado y era imposible contenerlo en la pasión que ya lo dominaba. Interpretó mal las palabras de Carlota, ignorando que la infeliz no le había dado ni la tercera parte de la respuesta que lo enseñara su buena madre.

-Señorita -dijo con una tristeza que a su despecho lo invadía-: por obedecerla sacrificaría mi vida, pero Vd. será tan buena para decirme una sola cosa y le juro no la molestaré más en la vida.

La joven calló sin saber qué responder, pero no podía ocultar que había entrado en cuidado. Entonces José continuó:

-Señorita: por lo que quiera Vd. más en el mundo, le suplico me diga si tiene algún compromiso. -Y José al decir esto miraba torvamente hacia la parte en que se encontraba Burgos.

Esto decidió a la joven.

-¿Yo? ninguno -contestó.

La pieza terminaba.

Asustada de su respuesta Carlota pidió a su compañero la sentara.

-¿Por qué? -dijo este-: ¿no me acaba Vd. de decir que no tiene ningún compromiso? -agregó con picaresco desenfado.

La joven sonriendo replicó candorosamente:

-Mamá puede retarme.

-Bueno, para la subsiguiente.

-Está bien.

José la sentó y salió al patio a respirar, porque la dicha lo ahogaba. Víctor y Andrés lo felicitaron.

-Yo también, aunque no sé de lo que se trata -dijo a sus espaldas Juan Diego, que entraba en ese momento.

-¡Tú! -exclamaron los jóvenes.

-A qué hora -observó Víctor-: pareces un príncipe.

-Díme ¿dónde dejo el sobretodo y el sombrero? Qué bueno está el baile. Caramba, esto promete.

Víctor llamó un lacayo y le hizo tomar el sombrero y el sobretodo del travieso estudiante, entregando en cambio el sirviente una tarjetita numerada.

-A la acción, muchachos -dijo Juan Diego-: ¿ninguno de Vds. me acompaña? me voy a bolear si entro solo.

-Vamos -dijo Andrés.

Por amistad con José decidieron sacar a Victoria y María, que estaban planchando.

Las jóvenes excitadas por la atmósfera cargada del salón presentaban en sus mejillas unas placas moradas, signo característico del temperamento linfático y de la pobreza fisiológica de sus constituciones.

Ferreol seguía atendiendo a sus contertulios y aunque parecía muy satisfecho estaba bastante contrariado: dos caudillos electorales que esperaba esa noche no habían venido y en sus sueños de ambición daba al hecho más importancia de la que realmente tenía.

Catay y D. Isidro se le acercaron: el primero ya había aprovechado la influencia de Ferreol consiguiendo ser nombrado cirujano del ejército, con residencia en Buenos Aires; y ahora médico y boticario trataban de que el Ministro interpusiese sus buenos oficios para que fuesen aceptadas varias propuestas de medicamentos que había ofrecido D. Isidro.

Ferreol notaba el negocio sucio, pero se veía obligado a ayudar para que lo ayudasen. Se defendió débilmente.

-Pero eso es asunto de licitación -dijo.

-La licitación sólo es obligatoria cuando se trata de una compra que exceda de mil fuertes, y ninguna de mis propuestas -respondió D. Isidro-, pasa de esa cantidad. Por otra parte, los medicamentos son reclamados con urgencia y los pedidos han sido bien informados.

-Es que la mayoría de ellos, según tengo entendido, no corresponden a mi despacho.

-¡Pero usted, doctor!...

Esta frase que halagó a Ferreol, concluyó con sus escrúpulos y dio la respuesta consagrada:

-Llévese un apuntecito y véame mañana en el Ministerio; trataremos de arreglar esto.

D. Isidro tartamudeó unas cuantas frases de reconocimiento y se apartó con Catay.

-Qué hombre fino y servicial; merece ser Presidente; no hay otro como él -decía don Isidro al médico, entusiasmado ante la perspectiva de redondear un buen negocio.

D. Guillermo, dueño del Registro donde estaba empleado José, y padre de nuestro joven conocido del mismo nombre, aprovechó el momento que hacía tiempo esperaba de ver solo a Ferreol y lo abordó.

Iba también a defender el pleito de su interés: quería que el Gobierno le comprase una gran partida de cobijas y mantas con destino a varios establecimientos públicos y que se suprimiese una cláusula en una licitación por vestuario que sabía iba a publicarse de un momento a otro, por habérsela enseñado el oficial mayor del ministerio respectivo. Ferreol prometió. Se sentía cansado con tantas exigencias. Ya no creía, como antes, en la existencia de personas que tuviesen patriotismo teórico. Rodeado de sanguijuelas, su sentido moral empezaba a zozobrar y su carácter se estaba amoldando al modo de ser de un clown de Circo que las circunstancias hacían accionar en un teatro más vasto. Carecía por completo de esa buena vista y ese tacto especial que distingue a los hombres de verdaderas disposiciones para el mando y que de una simple ojeada aquilatan el valor de las personas. Ferreol confundía a todos. Para él no había más que pillos. Unos brutos y otros inteligentes, pero que encontraban su punto de conjunción en las pretensiones que manifestaban. El grupo de intrigantes que lo rodeaba le impedía ver a los hombres probos, que nunca faltan en cualquier sociedad, bien inspirados y de errores sinceros.

Él por su parte, tampoco perdía su tiempo, y el ruido de sus fiestas le atraía algunas valiosas testamentarías y otros asuntos importantes que mandaba luego al estudio de su socio.

-Mi querido amigo -le dijo una voz a la espalda.

Dio vuelta Ferreol y se encontró con un antiguo colega de la cámara, un diputado por una provincia del norte, fatuo y majadero como ninguno. Como alardeaba tener gran influencia en su provincia, los políticos le tenían regular consideración.

-Creía que ya Vd. me haría la rabona por esta noche.

-¡Qué esperanza! Le había dado mi palabra y nunca falto a ella: así, aunque hubiera sido al alba me habría tenido Vd. por aquí. El diputado miró a sus lados y en medio de acciones de mal gusto, continuó con énfasis:

-Hubo sus inconvenientes. Fui a comer con el Presidente y después me instó para que le acompañara al teatro y he corrido con él la tuna.

Era la manía del Diputado: citar el nombre del Presidente en sus conversaciones. En el resto de la noche lo nombró cien veces más y siempre refiriéndose a episodios íntimos, como para demostrar que los unía una relación casi fraternal. Por lo que respecta a su instrucción este arrogante representante del pueblo era de todo punto inofensivo.

D. Guillermo, después de dejar a Ferreol, se dirigió con su aire siempre grave adonde estaba Dorotea.

La saludó y le dijo:

-Señora, si Vd. consiente pasearemos esta pieza -y le ofreció el brazo.

-Con mucho gusto, señor.

Empezaron a andar con dificultad a causa de que bailaban muchas parejas y a cada momento tenían que esquivar algún choque.

-Tengo que hablarla de un asunto algo serio, señora.

Dorotea entró en cuidado y replicó vivamente:

-Hable Vd., señor.

-Aquí no se puede andar: ¿quiere Vd. que pasemos al comedor? Allí estaremos algo más libres.

-Como Vd. disponga.

En el comedor, don Guillermo quiso servir algo a Dorotea, pero esta, que esperaba una desazón, rehusó tomar nada.

D. Guillermo insistió y pidieron dos tazas de té.

Entre tanto se habían sentado.

-¿Qué tiene Vd. que decirme? -preguntó Dorotea.

Señora, tengo que darle muchas quejas de su hijo. Se comporta muy mal, va tarde al registro y hace las cosas allí como si no se lo pagara.

-¡Ah! pobre muchacho: tiene mala cabeza, pero considere Vd. que es joven él; se ha de componer porque tiene buen fondo, se lo aseguro.

-Difícilmente, señora, y perdone que le hable con esta franqueza. Se reúne con jóvenes muy desordenados. Vd. sabe que allí lo hemos tratado siempre con todo género de consideraciones: se le ha aumentado varias veces el sueldo y no por esto se muestra más asiduo en sus tareas. Se lo digo a Vd. para que lo reconvenga y si él no se corrige, aunque me sea sensible, porque estimo a Vd. y veo que José nos ha acompañado algunos años, tendré que verme en la necesidad de despedirlo.

-¡Ah! señor, yo agradezco a Vd. todo lo que hace por José y le juro que haré todo lo que esté de mi parte para que se porte con Vd. como es debido.

-Si él hubiera sido otro a la fecha tendría una habilitación.

-Bien lo veo, señor.

-Otra cosa, señora; porque es preciso que Vd. lo sepa todo: he tenido el gran disgusto de saber que mi hijo con el suyo concurren a parajes que no me es posible nombrar. Yo he castigado severamente a Guillermo y le he prohibido se junte con José. Ruego a Vd. quiera tener la bondad de hacer igual prevención a su hijo. Bajo este concepto y si su comportación es otra quedará en el empleo que tiene en mi casa.

Dorotea, como todas las madres, veía la inocencia de parte de su hijo y creía que Guillermo era el que había inducido a José a dar malos pasos. Iba a hacer esta salvedad, pero se contuvo.

-Está bien, señor -dijo-: lo haré así.

La conferencia había terminado y D. Guillermo condujo a Dorotea nuevamente a la sala.

El baile tocaba a su término. Varias familias se estaban despidiendo y otras habían pasado al tocador de misia Pepita para colocarse sus abrigos y arreglarse.

Dorotea, muy contrariada con lo que le había dicho D. Guillermo, se alegró de poderse retirar también ella, sin despertar atención ya que tantas señoras salían.

Las niñas llamaron a su hermano para que las acompañase a buscar los tapados.

-No, mama, espérame un poco; ¿qué objeto hay en irse tan pronto?

-Si no quieres acompañarme, nos iremos solas -replicó con acritud Dorotea. Estoy descompuesta ¿sabes?

José notó algo en su madre: pocas veces le había hablado con tal sequedad. Aunque deseaba ver hasta el último momento a Carlota, se resignó y dijo:

-Si es así, vamos.

Se despidieron de misia Pepita, de misia Francisca, de misia Carlota, de su hija y de varias otras personas que estaban cercanas. Un apretón de manos, dos besos maquinales y unas cuantas palabras de convención, que se cruzaban sin sentido, las más de las veces, tal era el hábito de repetir siempre las mismas cosas, sin escuchar ni hacer las debidas pausas.

José oprimió fuertemente la mano a Carlota y esta devolvió suavemente la presión como significándole que entendía la clave de ese lenguaje.

Salieron. En la puerta las saludó Ferreol, que había ido despidiendo al nuncio apostólico. Aunque extranjero, lo creía una influencia electoral por sus conexiones con el clero. Víctor, que también se encontraba allí, deslizó estas palabras al oído de José:

-Vuelva cuando deje su familia: lo esperamos en mi cuarto.

Caminaron ligero, porque hacía frío. José y Dorotea iban callados, ensimismados en sus impresiones, mientras que Victoria y María recordaban alegremente los episodios de la reunión.

Al abrir José la puerta de su casa, le dijo Dorotea:

-Tengo que hablarte.

-Más tarde, mama, me espera Víctor.

-¿Qué se me importa a mí de Víctor? Entra, te digo.

-¡Pero, mama!

-¿Quiere decir que ya te crees independiente y no me haces caso?

-No es que no te haga caso, sino que estoy comprometido. Voy a volver muy pronto, y sin esperar contestación se puso en marcha.

Dorotea quedó muy seria, y sus hijas, temerosas de que volviese el enojo contra ellas, penetraron calladas a su habitación.

Muy crueles fueron los pensamientos de Dorotea: su hijo no la hacía caso, era un perdido y ella se sentía impotente para gobernarlo, porque José no sólo era un hombre, sino que desde varios años antes usaba de entera libertad para entrar a su casa a la hora que se le antojaba y aun algunas noches, faltar por completo del hogar: veía que le faltaba una mano de fierro para cortar estos hábitos. En vano se devanaba los sesos: no se le ocurrió medio de hacerlo entrar en vereda, y en su aflicción concluía por echarse la culpa de lo que sucedía y su conciencia de mala madre despertaba al fin con acerbos recuerdos. Ella no lo cuidó como era debido en su infancia, dejándolo en compañía de muchachos vagabundos, y más tarde le había concedido la llave de la puerta de calle. La punzaban extraños recelos y se figuraba a ratos que se lo traían muerto por haber peleado en alguna casa mala.

Quiso esperarlo, pero cuando pasaron dos horas largas, sus hijas, ya recogidas, la decidieron a que se acostara.

José con acelerado paso regresó a lo de Ferreol. La fiesta no había concluido aún. Muchos hombres quedaban todavía, y algunas pocas familias que se preparaban para retirarse.

Misia Francisca, que no perdía oportunidad para hablar de su hijo, se complacía escuchando a don Isidro, que no encontraba palabras suficientes para encomiarlo. El suspicaz farmacéutico pensaba que todo lo que dijera a la excelente señora lo sabría bien pronto Ferreol.

-El doctor -decía a la sazón-, es el hombre más bien preparado que tiene el país para la vida pública y tengo la convicción de que nos mandará a todos desde el puesto más alto.

-Quién sabe -replicaba la madre-, se ven tantas cosas... y no siempre suben los que saben más.

-No tenga duda, señora: es el candidato más simpático al pueblo.

-Pero si todavía falta tanto tiempo: de aquí allá pueden suceder tantas cosas... -y como no creía en estas conjeturas, reía satisfecha la buena señora, muy complacida de poder enseñar sus dientes postizos.

-Sin embargo, señora, en todas partes no se oye hablar sino de política.

-Hay que tener en cuenta que Manuel es sumamente modesto y no es como otros que trabajan para sí: ya ve usted cuando lo nombraron Ministro: aceptó por patriotismo y porque el mismo Presidente de la República vino a esta casa a ofrecerle la cartera.


-Mi tía -dijo Carlota interrumpiéndolos-, nos vamos.

-Qué apuro: nadie nos corre.

D. Isidro aprovechó el momento para despedirse: hacía media hora que no deseaba otra cosa, pero la vieja con su conversación sostenida no le había presentado la oportunidad.

-Voy a buscar a mi mujer, que me espera -exclamo al último.

-Dígale a Merceditas que me visite -respondió misia Francisca, encantada del boticario.

Cuando este se hubo alejado le dijo a Carlota:

-Qué hombre tan de buen sentido; da gusto conversar con él, -y como estaban cercanas varias personas se dieron vuelta para mirar al feliz boticario.

-Mamá está apurada, porque ya es muy tarde -dijo Carlota, y vengo a despedirme.

-No, mi hijita, vamos a ir juntas: es casi la misma dirección.

-No se incomode, mi tía, mire que nosotras podemos ir muy bien; Víctor nos va a acompañar.

-Miren el mequetrefe: valiente compaña: si van con él y les sucede algo tú o tu madre tendrían que defenderlo.

La joven rió del excelente humor de la señora.

-Cómo se pondría si la oyera -no pudo menos que decir.

-Déjate de eso: anda y di a Carlota que se tape, que vamos a ir en el carruaje.

-Mamá no va a querer -contestó en voz algo baja Carlota, porque se apercibía que muchos se imponían de la conversación, pues misia Francisca hablaba como si la escucharan sordos.

En el mismo tono continuó la señora:

-Pues no faltaba más: ¿no ves que Manuel tiene tres carruajes y es preciso ocuparlos para que los troncos no se olviden de trotar? hoy me vine en el cupé y ahora ha puesto a mi disposición el landó -y al decir esto paladeaba como si estuviese gustando un caramelo.

-Voy a decirle a mamá, entonces.

-Espera; dame el brazo, voy a despedirme de Pepa.

Se dirigieron al tocador, y cuando pasaron por el comedor, José, que estaba con Víctor, Andrés y Juan Diego, pudo bañarse una vez más en la luz que esparcía la mirada enamorada de Carlota. Esa noche sería inolvidable para ambos. Habían bailado muchas piezas y hecho comunión de ideas y sentimientos.

Carlota era realmente bella. Estatura mediana, un tallo primoroso, ojos de azabache y pelo castaño. Las demás facciones delicadas y bien proporcionadas hacían un conjunto admirable; pero lo que le daba verdadero encanto y una seducción irresistible era su modo de ser, la vivacidad de sus expresiones y su voz de un timbre fresco y sonoro. Podía decirse de sus palabras que eran armonías que exhalaban dos filas de perlas reflejando sus cambiantes nacarados al través de una granada abierta.

Los jóvenes pasaron al cuarto de Víctor y al poco rato sintió José el ruido del carruaje que llevaba a la prenda de su amor.

-Ahora, que estoy en antecedentes -dijo Juan Diego-, puedo, mi querido José, darte mi mayor enhorabuena.

-Déjate de embromar.

-Cuando se quiere bien, uno no debe ocultarlo -observó Andrés.

-Está bien -contestó José, haciendo gran esfuerzo para mantenerse sereno, pero que yo la quiera no significa nada: ella puede preferir a otro; y hay además -agregó desalentado-, que ver la opinión de la madre.

-Eso es lo de menos -exclamó Víctor-: yo me encargo de presentarlo en la casa.

-Ya lo ves -dijo Juan Diego-, se te abre el camino: «gracias, mi querido primo», dile.

Victor y José se miraron y rieron de la ocurrencia.

El hijo de Ferreol simpatizaba en extremo con José: conocía sus calaveradas y su audacia y estaba perfectamente dispuesto a intimar con él y a ayudarlo en todo lo que pudiese.

Así como lo pensaron se hizo, y nuestro joven empezó a visitar en casa de misia Carlota, donde fue bastante bien recibido.

José esa noche parecía que tenía azogue en el cuerpo.

Sus nervios estaban excitados y sentía una necesidad de acción que lo martirizaba.

El soplo confortante de un amor digno y puro había estremecido todo su ser y a su contacto mágico vibraban las cuerdas de su alma modulando plegarias, y resurgiendo en él frescos y lozanos los capullos de nobles sentimientos que guarda siempre el corazón humano como una herencia bendita o imprescriptible.

-Vamos al duerme -dijo Andrés, que era el más juicioso de todos ellos.

-Yo tengo que estudiar la conferencia de mañana -agregó el estudiante-: creo también que es hora.

-¿Cuántos años te faltan? -preguntó Víctor.

-¿Cuantos? Uno no más. En Marzo del que viene presento la tesis.

-Yo no tengo sueño -exclamó José.

Al pobre joven lo conturbaba una ansiedad creciente. Sentía estimulada su actividad por la pasión que le devoraba el pecho y le ponía brillante la mirada. Soñaba con causas generosas, deseaba exponerse a mil peligros y distinguirse para demostrar grandeza de alma.

Pero a esa hora no había para él más que dos caminos: el de su hogar o el de la casa de tolerancia; y optó por la última.

-Vamos un momento a lo de Amalia -dijo Juan Diego.

-Lo que es yo no los acompaño -contestó Andrés.

-Qué diablos, vamos a cualquier parte, pero vamos todos -propuso José.

-Yo siento no poderlos acompañar -dijo Víctor en tono bajo- porque pienso írmele al cuarto a la sirvienta.

-Diablo: eso es más cómodo -contestó Juan Diego.

Entonces los jóvenes se despidieron.

-Hasta el jueves que viene -dijo Victor.

-Bueno.

-Lo que es usted Dagiore, ya sabemos que no vendrá por nosotros.

-¡Cómo no!

-Adiós.

-Adiós.

-Que les vaya muy bien.

-Y a ti con la...

-¡Chist! -y riendo se separaron.

Víctor fue a su cuarto a esperar que todos se recogieran en la casa, mientras su padre, cansado y aturdido con la fiesta, trataba en vano de conciliar el sueño, que ahuyentaba su ambición al forjar alianzas, combinaciones y prestigiosos caudillos catequizados.

José y Juan Diego arrastraron a Andrés, y los tres se dirigieron a lo de Amalia. Allí, como de costumbre, los abrió la puerta Josefina, que sorprendió a los jóvenes a causa de tener puestos unos grandes anteojos oscuros. La infeliz seguía cada vez peor de la vista.

José, tanto en el trayecto como en lo de Amalia, hablaba pronto de Carlota y de sentimientos dignos y elevados, y casi sin transición, al mismo tiempo, descendía a temas licenciosos. ¿Cómo explicar estas aberraciones? ¿Sería que la educación y el medio, lo arrastraban, como las olas de un mar embravecido a una débil nave que hubiera perdido el timón?

A la madrugada penetró a su casa y cuidando de no hacer ruido entró a su cuarto.

Cuando Dorotea se levantó se asomó a la habitación de su hijo y vio que dormía profundamente.

A las nueve se decidió a recordarlo.

-¿No piensas ir hoy al empleo? -le dijo.

-¿Qué hora es? -preguntó José, restregándose los ojos, y levantando la almohada, consultó su reloj.

-Es temprano -dijo.

Dorotea aprovechó la ocasión para decirle el sermón que le tenía preparado.

Ella creía que José quedaría confundido, pero sucedió todo lo contrario. El joven había hecho progresos de dialéctica.

-Mira, mama, te ha mentido miserablemente. Guillermo es el que no tiene ya compostura: debe a todo el mundo y es un sinvergüenza: en cuanto a que no me junte con él, perfectamente, y también encuentro razonable que se me pida vaya más temprano; pero eso de meterse don Guillermo en mi vida privada y calumniarme como lo ha hecho, no lo permitiré y hoy mismo le tiraré su empleo por la cara y me ha de dar una satisfacción: ¡si creerá ese viejo zonzo que me va a asustar!...

Dorotea se desarmó con estas palabras y empezó a rogar: trató de aminorar el alcance de lo dicho por don Guillermo y le pidió continuara en su empleo hasta encontrar otro.

José, que comprendía que en sus circunstancias no le convenía perderlo, se dejó convencer y habló un rato amigablemente con su madre.

Cuando esta hubo salido se empezó a vestir; tomó una bebida preparada con mercurio, y pasó a lavarse los dientes, porque el remedio se los ponía negros.

A las diez probó un bocado, y correctamente vestido salió para el Registro, no sin antes hacer un rodeo con el objeto único de hacer un pasacalle a Carlota.


Capítulo IX