Inocentes:IV

¿Inocentes o culpables? - Capítulo IV​ de Antonio Argerich


Dorotea había dado parte de su instalación en el barrio, ofreciendo sus servicios, a varias familias de la vecindad.

Con este motivo recibió algunos desaires que la enojaron mucho al principio, pero su encono hizo crisis murmurando de esas vecinas, que ella llamaba mal educadas, y recogiendo todos los defectos que las ponían, para devolverlos a la circulación con mayores comentarios.

La cuadra se dividió en dos bandos: el opuesto, en que estaba Dorotea, lo encabezaba misia Mercedes, señora que era del boticario que tan mal quería Dagiore.

Estas buenas gentes pasaban el santo día menoscabando recíprocamente sus reputaciones.

A la vuelta vivía la señora del Dr. Ferreol: de una familia distinguida y pudiente habíase casado diez años antes: su esposo entonces acababa de graduarse: pobre y sin más porvenir que su suerte y su audacia, previó que ligándose a una rama influyente y con fortuna tendría andado la mitad del camino que soñaba su ambición.

Empezó a visitar en la casa de la que era actualmente su esposa: no fue muy bien recibido al principio, pero dotado de un pronunciado temperamento bilioso-nervioso, los obstáculos avivaban sus esfuerzos. Con su labia de profesión, mareó por completo a la joven en algunos bailes en que la encontró: fue aún más lejos: la hizo cometer actos en público que la comprometían, al mismo tiempo que ponían de manifiesto el afecto que le tenía.

El joven abogado le pintaba un porvenir color de rosa y había conseguido convencerla de que sólo con él podría realizarlo.

En la sociedad empezó a murmurarse de la terquedad de los padres: se inventó toda una novela, hasta que al fin, consintieron en la boda, pero fijando un plazo algo largo. Ferreol, una vez recibido oficialmente en calidad de novio, hizo en la sala varios informes in voce para conquistar a los padres. Nunca pudo averiguarse bien, si por aburrimiento de oír tanta redundancia de palabras o porque efectivamente les hubiera agradado; pero el caso fue que el término se acortó y al año se casaron.

Josefa, que así era el nombre de la joven, resultó una inmejorable esposa y buena madre de familia.

Misia Pepita, como la llamaron después en el barrio, era la misma que había invitado un día a Dorotea de regreso de la iglesia, a descansar un rato en tu casa.

Ella, como recordarán nuestros lectores, no aceptó en esa ocasión, pero prometió volver.

Así lo hizo efectivamente. Dorotea tenía muchas pretensiones y como siempre estaba sobre aviso creyendo que todos querían echarle en cara el oficio de su marido, era susceptible a lo sumo. Por nada se ofendía, enemistándose con sus amigas de la víspera.

Todas las veces que había ido de visita a esta casa, misia Pepita invariablemente la recibió en el comedor. Por una parte veía que aquello era una prueba de confianza y que de cualquier manera había de nacer con este trato franco cierta intimidad, pero por otra, su orgullo se sublevaba, porque veía siempre una distancia entre ella y su opulenta amiga que la acobardaba y la hacía perder toda su altanería.

En una palabra, no se sentía bien allí. Mil veces había decidido no volver, pero todo la empujaba nuevamente, porque la relación de esta señora era buscada con empeño en toda la vecindad. Su riqueza, su distinción y la política de que hacía gala con sus relaciones la habían puesto de moda. Ella no participaba de las pequeñas miserias del barrio y cuando sucedía que en su casa se encontraban personas de los dos bandos, sabía dirigir la conversación de una manera admirable para que no recayese en un tema que pudiese originar alguna reyerta.

No por esto dejaba de informarse de los chismes corrientes, tratando con cautela de saber en qué concepto la tenía cada una de las vecinas.

A un observador le habría llamado la atención tan sano juicio en una mujer, como misia Pepita, baja, bastante gorda y de limitada inteligencia.

Sin embargo, nada más natural: todos sus procederes respondían a instigaciones de su marido.

El afecto entusiasta que le había profesado de soltera no disminuyó un ápice en diez años que llevaban de matrimonio.

Por el contrario, parecía que el tiempo trascurrido lo había avivado.

Era una pasión de hábito y deseo, que en los últimos tiempos había despertado con nuevo ardor al tener conocimiento de varias aventuras galantes de su marido.

La última que le colgaban era con una joven que llamaba la atención general por su belleza, casada con uno de los primeros empleados de un ministerio.

La cosa había corrido bastante, hasta que no faltó una alma caritativa que se lo soplase a la esposa del marido infiel.

Se siguió de aquí una violenta escena de celos y llantos y el doctor tuvo que ceder esos días a mil exigencias que estorbaban sus negocios: al salir después de almorzar, tenía que dar una infinidad de besos, prometer hora fija para volver a comer y después no salir o acompañar al teatro a su esposa. Aun allí mismo le privaba que saliese en los entreactos.

Lejanos resplandores de la luna de miel, no podían durar mucho, hasta que una nueva picardía viniese a crear una situación igual: cansado de esta vida carcelaria, llegaban días en que se revestía de toda su energía y elocuencia, y se iba, aunque quedase su esposa anegada en un raudal de lágrimas.

Le tenía verdadero y sano cariño: era una adhesión ciega: todo lo que decía el doctor debía hacerse sin réplica; en lo único que no le creía era en sus ocupaciones de la noche.

Ferreol se había lanzado, desde que se recibió de abogado, en ese mar revuelto de nuestra política militante.

Había empezado por arrimarse a personas influyentes y a hacer una escala del bombo mutuo.

Pertenecía a su círculo, que no tenía más estatuto que la alianza ofensiva y defensiva.

Redactó un diario, ocupó distintos puestos, hasta que consiguió efectuar su entrada a la Cámara de Diputados.

Desde este momento sus antecedentes crecieron iluminados por la pasión y el interés de sus amigos. Se hizo un hombre influyente, de la noche a la mañana.

El más ilustre de los argentinos -Rivadavia- decía que la prensa entre nosotros no quita reputaciones, aludiendo sin duda a la injusta turpitud con que a veces ataca; pero puede agregarse, para completar el pensamiento, que da famas, que la maña, luego, de los favorecidos y los hechos consumados, las hacen reposar en pedestal de granito: esto, felizmente, es transitorio y efímero: glorias de aldea, se disipan con la muerte, y encuentran su ocaso en el sepulcro, porque no queda en pos una obra duradera ni una semilla en el dominio fecundo de las ideas.

Sin ser un pensador ni un erudito el Dr. Ferreol, salió siempre airoso de las más críticas circunstancias con su cháchara de barbero, que sus amigos comparaban con la elocuencia apasionada de Gambetta o con la palabra fácil o ilustrada de lord Beasconfield.

Siguió así la corriente de su vida dormido en los laureles conquistados tan fácilmente.

Bastante haragán, pocas veces concurría a la Comisión de negocios constitucionales, de que era miembro. Tampoco estudiaba, y esperaba el porvenir tranquilamente, confiando en que las argucias de su genio práctico lo sacarían con honor de cualquier conflicto sus colegas, tan ignorantes como él, pero de todo punto menos audaces, tenían de su talento la más favorable opinión. Cuando había algún asunto escabroso lo nombraban miembro informante, y se preparaba para hablar, como antes lo hiciera para escribir su artículo de todos los días: recurría a sus enciclopedias, tomaba apuntes de leyes, y asunto concluido. Su fuerte eran las comparaciones de la «República Modelo». En esto nadie le ponía el pie adelante. Antes en la prensa y ahora en el parlamento, no se cansaba de citar a Hamilton, Jefferson, Madisson, Kent y Story, la divisa de Monroe, etc. Infinidad de veces había dicho hablando del Federalista «el libro de oro de las democracias», «la biblia de los pueblos libres de la tierra».

Su ambición miraba lejos, y más de una noche soñó que dirigía como Presidente electo el acuerdo de ministros.

Para todas estas eventualidades, que pensaba iban a producirse tarde o temprano, había aleccionado a su esposa, sin manifestarle del todo su pensamiento.

-Mira, Pepa -la repetía incesantemente-, es preciso tratar a todos bien, sin pensar en su condición social: en nuestro país nada es estable y todo se renueva de la manera más impensada: el que te pide hoy limosna puede mañana sacarse la lotería y alcanzar a tu nivel social, porque el dinero todo lo iguala. Además, nosotros estamos bien y debemos tratar de hacernos amables y captarnos simpatías para desbaratar odios y envidias en germen. Debes hacer con las mujeres lo que me ves hacer a mí con los hombres: a todos trato afablemente y me toco el sombrero hasta cuando me saluda un negro: no sabes lo que halagan estas cosas a los pobres: de esta manera uno cobra para siempre su consideración y simpatías.

Era toda su táctica republicana: quería subir sin enemigos personales, que podrían más tarde con su encono, indigestarle más de una comida.

Cuidaba de su caudal como un perro hambriento el hueso que roe, pero era pródigo a manos abiertas con los dineros públicos. Siempre se le encontraba en la mejor disposición para prestar su influencia a los cesantes que buscaban empleo. En esto era consecuente con la línea de conducta que se había trazado. Buscaba popularidad, y ningún medio mejor podíasele ocurrir para conseguir entusiastas adhesiones. Cuando lo veía un pretendiente, en el cual descubría inteligentes disposiciones, lo acompañaba personalmente y lo presentaba al ministro: siempre, se decía, que un hombre de talento había de levantar tarde o temprano la cabeza, y por esto él quería captársele con un servicio desde sus primeros pasos.

No han tocado otros resortes mil mediocridades en nuestra política. Halagando o consintiendo el vicio, cuando no participaban de su resultado, y dando alas a todas las aspiraciones ilegítimas, se han creado infinidad de talentos nulos y triviales una posición incontrastable. Toda una madeja de enredos, de esperanzas hambrientas y de negocios iniciados, forma al fin un verdadero pueblo de partidarios, en el que abundan adulones, personas de todos los pelajes que arrastra el interés, la necesidad o la gratitud: de aquí resulta un encadenamiento de circunstancias que hacen necesario a un hombre y que lo mantienen siempre a flote: colocado por la suerte y la injusticia brutal de los sucesos en esta posición, si es algo vivo escala prontamente las alturas, donde, según la atinada expresión de un autor, sólo llegan los reptiles o las águilas. Los bancos, el crédito en todas partes y la prensa asalariada salen a su encuentro para decirle cómo se empobrece a los pueblos y se corrompe su sentido moral.

Los ratos que la política y sus sueños de ambición dejaban libres al Dr. Ferreol, los dedicaba enteros al amor, o por mejor decir, a un grosero libertinaje. Ese diputado que en la Cámara hablaba con voz entera de moral republicana, había noches que penetraba como una sombra en las casas de tolerancia, buscando emociones en el seno prostituido de una torpe cortesana.

No buscaba la correspondencia del afecto ni sentimientos educados en la mujer: su animalidad olfateaba solamente al sexo.

Tenía para estas cosas una vista de lince. No escapaba a su observación un nuevo palmito que apareciera en el barrio. Desde que Dorotea principió a vestir con elegancia y a mostrarse frecuentemente en público el doctor empezó a pensar en hacer su conquista. Después, cuando supo que visitaba en su propia casa, desistió por el momento, previendo una desazón doméstica. Su prudencia le aconsejaba abandonar la empresa, como ya antes lo había hecho con mucamas fáciles de embaucar, pero que tenían la desventaja de vivir cerca de su domicilio.

Una tarde, el doctor llegó a su casa antes de la hora de costumbre.

Como casi siempre venía al anochecer, no era esperado.

En el comedor estaba misia Pepita, misia Francisca, madre de él, y Dorotea.

Cuando la primera sintió por el patio aquellos pasos, que tan conocidos le eran, dijo:

-Es Manuel: qué temprano viene hoy -y entrando luego en cuidado, agregó-: ¿si vendrá enfermo?

Dorotea quiso escurrirse, pero la dueña de casa la instó a que volviera a sentarse.

-Por acá, señor pícaro -gritó la vieja-, que si su madre no viene a verlo el ingrato no es capaz de pasar a saludarla: para eso cría uno hijos: ¿cómo estás? siguió, cuando ya el doctor pisaba el umbral del comedor.

-¿Cómo está, mama?

-¿Qué es esto? -preguntó la esposa-, tan temprano.

-No hubo número en la Cámara.

Reparando entonces en Dorotea, se sorprendió un tanto y se sacó el sombrero.

-La señora de Dagiore -dijo misia Pepita presentándola-, una vecina nuestra.

-Tanto gusto de conocer a Vd., -díjole el doctor estrechando su mano.

Dorotea balbuceó algunas palabras y se puso encarnada.

El apretón de manos había sido demasiado fuerte.

Siguió bastante animada la conversación.

La madre, sobre todo, quedaba pendiente de lo que decía el doctor: tenía verdadero orgullo de su hijo, y lo creía un genio.

Ferreol llamó a un criado y le pidió cerveza.

Cuando la botella estuvo destapada él mismo sirvió a las tres damas.

De pronto, dijo que deseaba comer temprano, porque tenía que acudir a una reunión del comité y estaba citado para las ocho.

-Mejor es que no hubieras venido para irte tan pronto -díjole su esposa-, qué hombre, -continuó, dirigiéndose a su suegra-, no para en su casa un momento.

-Qué quieres, hija -respondió la vieja, que siempre le encontraba razón a su hijo-, un hombre de importancia no es como un jornalero que acabando el día no tiene más quehacer que descansar: ya ves cómo es buscado éste, el pobre no tiene descanso, el ministro le consulta la menor cosa y en la Cámara si él no habla no está contenta la barra: otra mujer en tu caso estaría muy satisfecha de que su marido estuviese en mentas de todo el mundo: debes ser más avenida ya que te has casado con un hombre público.

Mientras la madre ensalzaba de esta manera a su hijo, misia Pepita lo contempló con una mirada maliciosa que aquel comprendió perfectamente; en el lenguaje mudo de una mirada le había vuelto a repetir una vieja cantinela: ella se resignaba a todas las salidas mientras estas no se aprovechasen para hacerle infidelidades.

Cuando su madre terminó, el doctor con viveza se adelantó a su mujer que iba a responder:

-¡Oh!, por eso no tenemos disgustos: mi mujer es la esposa más prudente del mundo y siempre sabe ponerse en razón: a su bondadoso genio en el hogar debo yo todos mis triunfos.

Aquí había cierta ironía, porque cuando redactaba el diario, hubo días en que afiebrado con las camorras que le buscaba su esposa, rompió las carillas empezadas por la mañana, saliendo sin almorzar para regresar recién a media noche.

Ella no lo comprendió, y le dijo que estaba muy galante.

Un sirviente entró a anunciar que estaba la comida.

Dorotea se puso de pie.

-Qué -dijo el doctor-: ¿nos abandona Vd.? no puede ser: Pepa, a ti te correspondo invitarla a que se quede con nosotros.

-¡Sí, sí!, quédese Vd... aunque hará penitencia.

-No, señora, agradezco mucho... será otra vez... pero he dejado mi casa sola.

-No le sucederá nada a la casa, supongo -dijo el doctor, por no estar callado.

Dorotea no pudo defenderse más. Poco al corriente de las forzadas fórmulas que usa la buena sociedad, ella debía haber rehusado nuevamente, pero no lo hizo.

-A la mesa, pues -gritó el doctor.

-Que saquen -dijo al mucamo la dueña de casa.

El doctor ocupó la cabecera, a su derecha primero su esposa y después Dorotea y a la izquierda misia Francisca.

El jefe de la familia monopolizó por completo la conversación.

Con una cautela de zorro corrido miraba, a hurtadillas de su mujer, a Dorotea.

Esta comprendió muy pronto que no era indiferente para el doctor.

Esta conquista la aturdió al principio.

No había pensado ni pensaba tener un amante, pero esta corriente de simpatía que empezaba a iniciarse entre ella y un hombre de tan alta posición halagaba su orgullo, y algo como un sentimiento de gratitud sentía desbordar de su pecho.

Sus ideas, sus lecturas, todo se aunaba para despertar sus sentimientos hacia un afecto de esta naturaleza.

El doble calor de la comida y de los pensamientos que bullían en su frente habíanle coloreado vivamente las mejillas.

Así, encendida, estaba realmente hermosa: se podía notar que de todos los poros de su piel blanca y satinada surgía radiante la juventud con sus fatales incitaciones.

A los postres se levantó un momento la esposa del doctor.

Este aprovechó la ocasión y corrió su pie buscando el de Dorotea. Al sentir el contacto la joven retiró el suyo inmediatamente.

-Un poco chúcara -pensó el libertino-, y sin desconcertarse volvió audazmente a tentar un nuevo amago a la plaza.

Dorotea no sabía qué pensar; estaba aturdida: de pronto atribuía el encuentro de los pies a una mera casualidad, pero volvía a confundirse cuando recordaba las miradas elocuentes con que el doctor la había ya envuelto varias veces.

En la segunda tentativa, le alcanzó una pantorrilla. Dorotea se puso muy pálida y en medio de su estupor y cediendo maquinalmente a un movimiento de indignación, retiró la silla.

No esperaba este resultado el fogoso diputado. Se turbó algo y entró en cuidado. ¿Será tan tonta que se lo cuente a Pepa? se decía; y queriendo enmendar la plana se puso a dirigir simultáneamente la palabra a la joven y a su señora madre, que comía a la sazón, con voraz apetito, dulce con queso y pan.

En esto volvió la dueña de casa; había ido personalmente a su jardín para traer unas flores a su suegra: le dio un lindo ramito llamando su atención sobre una tumbergia, que era la primera que daba la planta.

A Dorotea la obsequió con dos fragantes pimpollos de rosa Enrique IV y a su esposo le arregló en el ojal de la levita un pequeño gajo de verde diosma.

La vieja empezó a hacer ponderaciones de las flores.

-Qué ricas están, hija, qué bien tienes el jardín, y la suerte que has tenido con tu gardenia, si vieras la mía; tiene más de dos varas, es un árbol, y hasta ahora no ha dado una sola flor.

Enseguida se tomó el café; el doctor pasó al dormitorio y como al cuarto de hora volvió a entrar al comedor.

Venía correctamente vestido y muy perfumado: sin duda se había echado en el pelo un frasco de agua de rosa, pues el olfato así lo denunciaba.

-Y a Vd., mama -dijo-, ¿quién la va a acompañar?

-Yo, hijo, yo sola me voy a ir.

-Si no lleváramos distinto camino y no tuviera tanto apuro le ofrecería mi brazo.

-Quita allá, pícaro: ¿qué has de querer salir tú con viejas?

-No: es que le hablaba seriamente.

-Ni lo pienses: tú tienes quehaceres que no se pueden desatender: conmigo siempre estás disculpado.

-Muy pronto he de ir a hacerle una visita.

-Eso sí: hoy somos jueves: te espero el domingo con los muchachos.

-Si se han portado bien, irán.

El Dr. Ferreol tenía tres hijos, todos varones; Víctor, Carlos y Esteban: convencido que su esposa no tenía carácter para educarlos y que él por falta de tiempo no podía ocuparse de llenar esa tarea, los había puesto en un colegio a pupilo: los tres cachafaces salían sólo los domingos, y esto, cuando resultaba buena su conducta y habían aprendido bien las lecciones.

Al principio misia Pepita lloró mucho con esta determinación, que llamaba cruel, pero después se fue acostumbrando y se consoló del todo cierta vez que yendo a visitarlos había visto infinidad de niños mucho menores que Esteban, que recién contaba siete años.

El doctor encendió un habano, se despidió de su madre y su esposa y al llegar a Dorotea, le dijo:

-Señora: cuente Vd. con un servidor, tocándola apenas la mano y casi sin mirarla -y siguió sin hacer pausa alguna dirigiéndole palabras a su esposa que se referían a asuntos que habían estado tratando anteriormente.

Sin duda quería hacer gala ante Dorotea que sabía despedirse con elegante desenfado, o tal vez, dejar un antecedente de manifiesta indiferencia, que todos habían presenciado, para defenderse si la joven contaba el suceso de la mesa.

Erguido y muy satisfecho de sí mismo, se dirigió a la calle calzándose los guantes.

Eran las siete y media de la noche: las veredas se encontraban bastante concurridas, y como por allí estaban afocados distintos negocios, la luz que de ellos salía combinándose con la pública de los faroles de gas llenaba la calle de vivos y claros reflejos.

Desde que el doctor se puso en marcha por la vereda empezó ceremoniosamente a repartir saludos: su inocente sombrero de copa alta debía sin duda resentirse de tanta cortesía.

Hacia el final de la cuadra estaba la Botica: aquí convergía parte de la concurrencia callejera y se oían desde la calle murmullos de risas y palabras.

A simple vista y por la constante renovación de clientes, se comprendía que el establecimiento prosperaba.

La conversación era general entre el boticario, varios vecinos amigos de este y el Dr. Catay, médico que concurría a la botica para encontrar enfermos de ocasión.

A la sazón, decía este último al primero

-D. Isidro, acerquémonos un momento a la puerta para ver pasar las buenas mozas.

En momentos que se asomaban pasaba el doctor Ferreol.

Médico y boticario le hicieron una gran reverencia, que fue contestada por Ferreol con su proverbial galantería.

Este tenía a ambos en gran consideración; pertenecían a su parroquia y empezaban a tener alguna influencia: como no tenían ambición personal y solamente entusiasmo teórico, pensaba atraérselos para que creyendo servir a la patria respondiesen a sus miras políticas.

Ellos también deseaban la relación del diputado, porque les satisfacía tal amistad y pensaban que nunca está de más tener una cuña en las altas regiones de la política.

Cuando Ferreol hubo pasado, murmuró Catay:

-¡Hombre vivo!

-Ya lo creo -replicó el boticario-, y lo mejor del cuento es que no se duerme en las pajas.

-Pero en cambio, se acuesta en la cama de muchas mujeres casadas -respondió Catay cínicamente.

Esta salida no fue del agrado del boticario: creyó ver en ella el retintín de una burla, porque misia Mercedes, su esposa, tenía mil consideraciones para el médico, y lo que al respecto se murmuraba había llegado varias veces hasta él encendiéndole el rostro la indignación: estaba hacía mucho tiempo hastiado de su mujer; el acto en sí no le importaba dos pitos: tenía muy poca elevación moral; pero lo sulfuraba la idea del ridículo; de que en el barrio cundiese la cosa y llegasen a llamarle cornudo.

-Entremos -dijo después de un rato de silencio-, corre algún aire y podemos resfriarnos.

Así lo hicieron. Como había bastantes personas al lado del mostrador y otras esperando su turno sentadas en el confidente y varias sillas que para este objeto estaban, el boticario fue a colocarse al lado del dependiente y empezó a interrogar a los clientes:

-¿Vd., señor? ¡Ah! -decía, recogiendo una receta-, tardará media hora, puede Vd. esperar o volver -y así seguía, juntando papeles, se puso después a medir las drogas, empezando por el frasco, para preparar la primera receta.

Mientras trabajaba, no dejaba de hablar.

Iba, venía, ponía la escalerita para alcanzar algún frasco colocado en un estante alto, pero como de costumbre, sin desatender la conversación.

De cuando en cuando dejaba de revolver en el almirez, para atender a un nuevo llamado del mostrador.

No se daba tiempo a despachar sus clientes con la prontitud que cada uno de estos pretendía.

-Volveré, D. Isidro -decían muchos.

Y los frascos, las purgas, los tarros de pomadas y las cajitas de píldoras, iban alineándose en el mostrador encima de su respectiva receta.

De rato en rato entraban muchachos del barrio a comprar remedios sencillos:

-D. Isidro: un peso de mostaza y un peso de llantén.

-Un peso de harina de lino.

-D. Isidro: dice mi tata que le preste La Nación de hoy, que es para ver un aviso, que después se la va a mandar.

-Un peso de tilo.

-D. Isidro, despácheme pronto.

-A mí la llapa de caramelos de goma.

Y el heroico farmacéutico, sin salir de su gravedad habitual, hacía callar a los muchachos y seguía, en compañía de su dependiente, despachando a todos según su turno.

A eso de las nueve cesó el movimiento en el despacho.

D. Isidro, Catay y dos vecinos, pasaron a la habitación en que dormía el dependiente, única también que había en aquel reducido local. Tenía ésta, salida a un pequeño patiecito en que estaba la letrina, una cocina de la cual no se hacía uso y un pozo de que tampoco se servían desde que colocaron la cañería de las aguas corrientes. Debajo del grifo estaba colocada una tina en la que un chico, al servicio de la botica, lavaba frascos y botellas.

En el centro de la habitación había una mesa redonda cubierta con una carpeta color canela, varias sillas en rededor arrimadas a la pared, una cama en uno de los ángulos, al lado una mesita de luz, más allá un baúl viejo y en la pared opuesta una percha improvisada, velada con una cortina de coco oscuro.

El gas estaba a media luz, D. Isidro lo arregló, sacó un juego de naipes del cajón de la mesita de noche y, dirigiéndose a sus contertulios, exclamó:

-Acerquen ustedes las sillas, señores.

La partida de mus de todas las noches iba a empezar.

-Andrés -gritó D. Isidro, llamando al muchacho que limpiaba los frascos-, trae unos porotos.

Vino el chico con lo que se le pedía, y agregó el boticario:

-Ponlos ahí: mira; prende el aguardiente y seba un mate.

-Se ha concluido la yerba, señor.

-Toma -respondió, metiendo la mano en el bolsillo del pantalón para sacar dinero.

-Yo no tengo ganas de hacer la partida esta noche -exclamó bostezando Catay.

-¿Por qué? -preguntó D. Isidro, alargándole cinco pesos al muchacho.

-Sería mejor que saliéramos a dar una vuelta.

Desde que D. Isidro había hecho relación con Catay sus costumbres habían cambiado por completo.

El médico le imponía su voluntad y lo arrastraba a pasos que él sólo jamás habría dado.

Sentía que lo sacaban de sus casillas con menoscabo de su salud y su bolsillo, pero se encontraba sin fuerzas para resistir.

Era cosa de todas las noches que después de la partida saliesen a correr un poco la tuna.

Se prometían ser juiciosos, pero entraban a jugar al billar en un Café, se enardecían poco a poco y luego empezaban a beber. Ya cuando salían de allí, tenían olvidado los propósitos de enmienda, y como atraídos por una voluntad que no era la suya, se abandonaban a sus instintos y concluían por penetrar a una casa de tolerancia.

-No, hombre -respondió el boticario-; es muy temprano: juguemos un poco y después veremos, aunque yo estoy con un dolorcito a la espalda que no me hace mucha gracia: debería acostarme temprano.

-Ta, ta, ta: mejor: iré yo solo, ¡y eso que he hecho hoy un descubrimiento!...

Los ojos de los tres que escuchaban se avivaron como por encanto.

-Desembuche, doctor.

-¿Es bonita?

-¿Dónde vive? -exclamaron casi simultáneamente.

-Vamos por partes -dijo-, y haciendo una pausa cogió el naipe, que estaba ya barajado, y poniéndolo cerca de sí lo tapó con una recia palmada, agregando:

-¡Esta noche no juega nadie!

-Doctor: no se enoje así, que no le hemos hecho nada -exclamó en tono de amable burla uno de los vecinos.

Catay sonrió y siguió diciendo:

-Puedo decirles que es preciosa, y para Vds. que están ya cansados de las rubias, un verdadero bocado de Cardenal: es de «no te mueva»: trigueña, ojos grandes y negros y con un pelo que le pasa el talle: no puedo decirles más: ahora, si quieren saber dónde vive, tienen que acompañarme.

-Yo voy.

-Yo también.

-¿Nos abandona Vd.? -dijo Catay al boticario.

-¿Quién resiste a tantas ponderaciones? Iré, pero todavía es muy temprano: juguemos un poco y después saldremos.

-Ya veo que en esto voy vencido: pero no daré mi brazo a torcer: jueguen Vds. y yo los miraré.

D. Isidro talló y su vecino empezó a repartir las cartas.

Entre tanto, Catay fue a revisar el libro copiador de recetas. Como la Botica estaba situada en un punto bastante céntrico despachaba todos los días recetas de diversos facultativos, entre las cuales solían aparecer algunas, firmadas por médicos distinguidos que gozaban de alta reputación en el concepto público. Este era el único estudio que hacía Catay. Por las recetas venía en cuenta del modo como curaban sus más afamados colegas de profesión las enfermedades reinantes. Tomaba apuntes, y al siguiente día propinaba a sus enfermos iguales drogas.

Cuando terminó de ver el libro, se acercó a la mesa.

Concluía en ese momento la partida y estaban repartiéndose los porotos.

-Ya basta.

-Falta otro chico.

-Suspendan para mañana.

-Y dígame, doctor -dijo de pronto uno de los contertulios-: ¿su hallazgo es mejor que la mujer del fondero?

-Cada cosa en su lugar -respondió este.

-¿Siempre la sigue Vd.?

-¡Oh! en cuanto a eso no pierdo la esperanza de que caiga en mis manos.

-¿Pero han visto Vds. -dijo terciando don Isidro-, el lujo que gasta? Qué bruto es ese animal de Dagiore: permitirle esos gastos cuando debía aplicarle una paliza para cortarle con tiempo las alas. Yo no sé lo que piensan algunos hombres.

Aquí sucedía lo de siempre: el pobre boticario predicaba sensatez para la casa del prójimo y no veía que en la suya eran bien necesarias esas medidas.

-Debe haberse vuelto loca -dijo uno de los vecinos.

-Yo sé quién se la va a comer, si es que ya no lo ha hecho -agregó el otro.

-¿Quién? -preguntó el boticario.

-¿Quién ha de ser sino el doctor Ferreol, que se pinta solo para estas cosas?

-¡Cuánto me alegraría! -replicó D. Isidro, dando salida al encono de barrio que profesaba a Dagiore, avivado en él por los chismes exagerados con que le llenaba la cabeza el espíritu intrigante de su mujer.

-¿Qué sabe usted algo? -preguntó Catay con vivo interés.

-De fondo nada; pero la veo a Dorotea visitar mucho a misia Pepita.

-¡Bah! si no es nada más que eso...

-Es que el doctor es muy vivo, y allí, en un momento, puede concertar una cita. De todas maneras, está más adelantado que usted, porque la trata, la habla y mantiene con ella muy buena relación.

Picado Catay en su amor propio, respondió:

-Yo también la trato y siempre me contesta el saludo con los mejores modos del mundo.

-Pero usted no la visita.

-Tal vez por esto estoy en mejor camino; y en fin, conmigo no puede tener ningún género de vergüenza, porque me he cansado de tocarle las piernas: si vieran ustedes qué hermosas las tiene: no la merece ese animal de fondero...

-No diga usted esas barbaridades -interrumpió D. Isidro.

-Conque estábamos tan adelantados, -dijo uno de los otros-: adelante, doctor, cuéntenoslo usted todo: le garantimos que no nos hemos de ruborizar.

-Sí, pues -continuó Catay-, cuando salió de cuidado fui yo uno de los que la asistieron.

-Ja, ja, ja, -rieron los tres, algo despechados por el desenlace del cuento, pero reanimándose poco a poco, volvieron a las preguntas-:

-¿Conque buenas piernas, eh?

-No hay dos opiniones al respecto: son magníficas: carnes duras, muy blancas y suaves como el terciopelo.

-¿Cómo estaría usted?

-No lo crea: en esos casos uno no piensa en tales cosas, pero después se recuerdan.

-¿Fue Dagiore quien lo llamó?

-Qué va a llamar ese animal: hoy los médicos especialistas en partos se mueren de hambre, porque las malditas parteras italianas han echado a perder el oficio...

Los circunstantes se echaron a reír.

-Sí, es la verdad: ¿querrán ustedes creer una cosa? La lavandera de casa es partera recibida.

-¡Esa la inventó usted!

-Mi palabra de honor: así son las barbaridades que hacen: bien, pues, el fondero llamó a una de estas y al rato no más echó a perder el asunto: se asustaron en la Fonda y llamaron entonces dos médicos: por esto es que le vi y toqué las piernas: ¡qué diablos! los médicos también tienen sus boladas. ¿Les parece que salgamos? -agregó-, ya es tiempo.

Se pusieron en marcha. Habrían andado media cuadra, cuando dijo D. Isidro:

-¿Para dónde vamos?

Como siempre, salían sin rumbo, fastidiados, y sin saber qué hacer con el malestar que les procuraba su aburrimiento.

-Primero al Café -contestó Catay.

-Dejémonos de Café -replicó el boticario.

-Vamos a ver a la princesa de ojos negros -dijo otro de los compañeros.

En la conversación habían llegado maquinalmente hasta la calle de Suipacha.

-Nos vamos a aburrir en el Café -agregó el boticario-: a esta hora han de estar ocupados todos los billares.

-Sí, sí, doblemos.

El hábito del vicio los atrajo hacia uno de sus centros. Doblaron por Suipacha y siguieron por Corrientes hacia el oeste.

Al pasar por Cerrito se detuvieron en la bocacalle.

-No, hombre, yo no2 los acompaño -dijo don Isidro-: pasa mucha gente: miren cómo viene ese tramway.

-Yo les decía -replicó el doctor-, que fuéramos al Café: allí habríamos hecho tiempo: a mí también me parece que es muy temprano: si quieren vamos a ver la polla de que les he hablado: los presentaré, pero con la condición de que han de pagar la cerveza.

-¿Dónde vive?

-En la calle de Santiago del Estero.

-Un poco lejos.

-Podemos tomar el tramway.

-Mejor es ir a pie.

-Aprobado, y en marcha -dijo el doctor cerrando el debate.

Empezaron a ascender la calle de Cerrito.

Catay iba adelante jugando con su bastón y hablando fuerte.

Cuando encontraba un perro le daba a traición un gran palo, con la intención, decía, de que mordiera a alguno de los camaradas que iban detrás de él.

-No embrome así -habíale dicho más de una vez el boticario-: parece usted un muchacho de escuela; sea más juicioso.

A las mujeres que encontraba solas en el tránsito les arrojaba vulgares piropos y su audacia llegaba muchas veces hasta manosearlas groseramente.

Sin recordarlo, iban a pasar en ese momento por la casa de Dorotea.

La joven estaba en la puerta. Minutos antes había enviado a la niñera hasta el almacén, y como tardara, fue a ver si venía.

Miraba precisamente en sentido inverso al que traían los cuatro calaveras.

Catay no la reconoció. Vio en la penumbra un busto incitante de mujer y le puso la mano en el seno, murmurando algunas palabras torpes y estúpidas.

La joven se revolvió de indignación y sorpresa.

-¡Atrevido! -dijo-, y le dio una bofetada en la cara.

Catay, furioso, le envió una andanada de denuestos, y cobardemente enarboló el bastón.

Más sereno el boticario, lo contuvo a tiempo, mientras que Dorotea se refugiaba en el interior de su casa.

Los otros dos acompañantes habían disparado desde un principio y esperaban el desenlace en la próxima esquina.

El boticario arrastró a Catay.

-¡Qué barbaridad la que ha hecho usted!

-¿Quién es?

-¿No la ha conocido usted?... la fondera.

-¡Aunque sea la hija de un rey me la ha de pagar!

Se reunieron.

-¿Qué hay? ¿qué hay? -preguntaban los dos vecinos.

Cuando se informaron, también tuvieron reproches para el doctor.

-Yo no la había conocido -dijo éste.

-Mala había sido -dijo D. Isidro, con un asomo de burla, y como viera que Catay volvía a enfurecerse, agregó:

-Pero, qué diablos: si ella me permitiera una libertad como la que usted se ha tomado yo de buena gana sufriría veinte coscorrones que me diera: pero sigamos: ¿qué estamos haciendo aquí como unos zonzo? felizmente la cosa no ha tenido ulterioridades: es preciso que vayamos con juicio: vea, usted nos compromete: recién recuerdo que he pasado por frente de mi casa: qué barbaridad: ¿si nos habrán visto?

A Catay le pareció salir de un sueño.

-Es cierto -contestó-: ¿pero en qué hemos venido pensando?

Entonces dieron vuelta la cara y como observaran en quietud y silencio la cuadra que dejaban a la espalda, concluyeron por tranquilizarse.

Entonces siguieron los comentarios. D. Isidro volvía a los detalles y sus palabras eran festejadas con continuas risas.

Una noche más de orgía veló casi por completo el recuerdo de este bochornoso episodio.

Cuando volvió la niñera, Dorotea estaba encerrada. La abrió con cautela y le preguntó si no había visto unos hombres en la vereda.

Esta contestó negativamente, y entonces le mandó cerrar la puerta de calle. Dagiore aún no había vuelto, tenía llave y jamás se le esperaba.

El pequeño José dormía con seráfica tranquilidad en su camita.

Dorotea hizo acostar a la sirvienta y ella misma empezó a desvestirse.

Estaba aturdida y frenética por los sucesos de ese día.

Había reconocido a Catay y pensaba en el doctor Ferreol.

-Vaya unas cosas lindas las que me suceden -se decía-. ¡Ah! y esto a mí solamente me pasa. Si José fuera otro hombre, yo le diría; pero qué va a ser capaz de vengar un ultraje hecho a su mujer. Y ese canalla de Catay: ¡ah! ser tan sola, si debía haber llamado al vigilante; y el otro, seguía, refiriéndose a Ferreol: esos son los decentes: creen que con una, porque no es hija de un príncipe, pueden hacer lo que quieran: ya verán, ya verán, estos cochinos.

Y continuando su pensamiento en esta ruta, se excitaba más cada vez, hasta que su dolor terminó por hacer crisis en un llanto enfermizo.

Como todos sus razonamientos iban envueltos en la densa niebla de su vanidad, pensaba que todo eso le sucedía porque la tenían en menos y que su conducta y su seriedad no bastaban para atraerse el respeto de los hombres.

En parte, no se equivocaba, porque a Ferreol y a Catay les pareció siempre que sería una conquista que no daría mucho trabajo.

Ella jamás había imaginado el amor de una manera tan brutal.

En su corazón, el médico y el abogado estaban de todo punto desahuciados. Suponía cómo serían después, si al iniciar sus pretensiones ya mostraban una vulgaridad tan chocante.

Todo en ella concurría para soñar con un amor puro, mantenido en las esferas de un afecto noble y delicado. Anhelaba la encarnación de los sentimientos que desbordaban de su pecho, pero sin que se contaminaran en el lodo de la tierra. Quería ser protagonista de un amor ideal, tal como lo había encontrado en las novelas.

Estas lecturas, que eran el pasto diario de su imaginación, su posición equívoca en la sociedad, que la impelía a buscar un consuelo para resarcirse de los desaires que recibía, y hasta su mismo estado, pues estaba nuevamente embarazada, contribuían poderosamente a afirmar semejantes ideas.

Todo su enojo lo refundía luego en Dagiore, el cual, cediendo a los impulsos de su carne, satisfacía con todo rigor el débito conyugal, y, sin saberlo uno y otra, era esta una de las causas que reprimía el temperamento nervioso de la joven.

¿Dónde estaría, si a su edad no hubiese sentido ya dos veces estremecidas sus entrañas, por la misteriosa influencia de la maternidad, que modera, salvo casos excepcionales, ciertas incitaciones fatales, que por sus ideas y el medio en que actuaba no le habría sido posible reprimir?...



Capítulo IV