Infanticida (Versión para imprimir)

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Autor: Joaquín DicentaEditar

Capítulo IEditar

Infanticida
Capítulo I​
 de Joaquín Dicenta


Los Méndez-Urda componen ejemplar familia. De modelo sirven a los buenos vecinos y aun a los malos, que doña Torcuata, la del ocho, madre de la picos pardos Juanita, dice, cuando ve por su frente al hijo mayor de los Urda:

-Como éste quisiéralo para mi niña y no el granujón de Melquiades que, sobre mantenerse con las ganancias de ella, me la pone a parir en cuanto se le enciende el humor.

El jefe de los Méndez-Urda es alto funcionario, ya retirado del oficinesco trajín, con buena cesantía, una sarta de cruces y su miaja de cupón a cortar. Nadie le gana en puntos de honra y en no sufrir mácula en la suya y en las ajenas. Respetos sociales, deberes religiosos, leyes humanas y divinas, tienen en D. Antonio fiel custodio e inquebrantable paladín. Antes pasará por rueda de tortura o por corbatín de garrote que por acción contraria a las costumbres, usos, prejuicios y ortodoxias en que sus padres le educaron.

Ha por compañera de tálamo a una cincuentona señora, casi ciega de ojos y ciega, sin casi, de intelecto. Reparte ella sus días, por mitad, entre la casera obligación y los deberes que, muy a su gusto le imponen, misas, rogativas, confesorio y novenas. En los quehaceres de la casa ayudan a doña Bibiana tres criados; en los de su beatería, el confesor, Dios y una ristra de santos que vuelven Congreso celestial la alcoba de la vieja. Teníalos antes en un gabinetito a la alcoba contiguo. Al cumplir los cincuenta, en la alcoba instaló a sus imágenes, segura de no molestarlas ni ofenderlas con su próxima vecindad.

Frutos hubo este matrimonio en número de cinco: tres varones y dos mujeres.

El mayor de aquellos entró, casi niño aún, a hacer méritos en la oficina de su padre.

Muchos y rápidos debieron ser los méritos porque ascendió como la espuma. Mientras ascendía, aprendió dos idiomas, un algo de contabilidad, otro algo de expedientes y un todo del arte adulador con que se conquista a personajes y ministros. Hoy, a los treinta y seis de edad, ocupa el destino de que su padre cobra aún la cesantía y de que su madre seguirá cobrando la viudedad al fallecimiento de Méndez-Urda si la muerte no lo remedia, llevándose a la mujer antes que al marido.

El hijo segundo es fraile en tierra de misiones; el menor ciñe espada, por él bravamente esgrimida cuando el caso justo o injusto lo requiere. El cumple su deber militar yendo donde le mandan. No discute de justicias y de injusticias; la disciplina se lo veda.

De las dos hijas, una, la menos joven, vive fuera del paterno solar, casada con cierto ricachón, cacique máximo en un castellano distrito. Algunas temporadas viene con sus padres a Madrid. No son ellas muy largas; hecha a triunfar de reina en su pueblo, no le gusta pasear la corte de súbdita.

Hortensia, la hija menor, el último vástago de los Méndez-Urda, es encantadora; cumplió los diez y ocho años, y desde los quince trae cautivo el mirar codicioso de los varones y el mirar celoso de las hembras.

Alta, rubia, esbelta sin llegar a la delgadez, tiene en sus andares gentileza; melancolías de leyenda en el azul de sus grandes ojos; transparencias provocativas en los ventanillos de su griega nariz; ansias de amor en los bermejos labios; en la sonrisa, luz; en el talle, languideces románticas. Sus pies son breves; sus manos, de puntiagudo remate. Cuando peina la cabellera y sube ésta retorcida desde la nuca, parece un casco de oro; si cae deshecha por la espalda, una lluvia de sol.

Educa fue, como sus restantes hermanos, en los principios más severos. Durante su internado con las monjas del Sagrado Corazón de Jesús sólo buenos ejemplos hubo o debió de haber a lo menos.

De su hogar no vale decir; los tertulios eran escogidos, pasados por tamiz. Nadie entraba en casa de los Urda que no llevase «marchamos» de honorabilidad. El círculo de sus relaciones también pertenecía a lo más honesto y remirado de Madrid.

No hubiera temor de que en tal círculo topara la joven con mal ejemplo o con amistad perniciosa.

No entraban por la vivienda libros de esos cuyos autores, a título de apóstoles, de voceros de un mejor mundo, siembran en las conciencias la rebeldía o la impudicicia.

Si asistía Hortensia al teatro, hacíalo para ver funciones previamente consultadas y autorizadas por el confesor de su madre.

Al paseo iba acompañaba de doña Bibiana o de respetables y seguras personas. Como en vitrina se conservaba aquella virgen aguardando su hora, es decir, la hora en que la divina voluntad y el buen consejo de sus padres la esposaran con un hombre de bien.

¡Ah! ¡Los Méndez-Urda! Celosos eran como nadie del honor de sus hembras.

Siempre recordaba Hortensia, a este propósito una conversación de sus padres, hermanos y hermana Concha, conversación sorprendida por la doncella por entre los pliegues de un cortinaje, donde se paró a oír en un impulso de curiosidad inconsciente.

Hablábase de Julia Fuertes, antigua compañera de Hortensia en el Corazón de Jesús.

-Julia -llevaba la voz doña Bibiana-, aquella huérfana confiada a la tutela de una parienta añosa, se enamoró de un hombre y se dio a él, confiada en sus engañosos prometimientos. Quedó en cinta; el sujeto la abandonó, y ella... Ella -aquí subía de tono y acusaba aires de sorpresa la voz de la dama-, ella, a cuenta de avergonzarse, de esconder su falta, aguardó el momento del parto. Al advenir éste, toda la vecindad lo supo. Pasada la convalecencia, Julia se plantificó «en la del Rey», con el muñeco en brazos, paseándoselo por las narices a la gente. ¡Ah, la poca vergüenza! Malo, imperdonable era hacerse manceba de un hombre, pero la exhibición del hijo de la prueba de su deshonra, acrecía el crimen. ¡Al menos ocultarlo! ¡No perder del todo el pudor!... Pues qué, ¿no hay Inclusas? Y sin Inclusas, ¿no puede darse la criatura a criar en un pueblo? ¿No se puede y se debe esconder la falta bajo siete estados de tierra? ¡La muy perdida!... Andaba por las calles arrogante, alta la cabeza, con el rorro en muestra, ostentándolo como un trofeo... Por supuesto, que todas sus amistades le volvían la espalda.

-No faltaba sino que fuéramos a ella con los brazos tendidos -exclamó Concha, haciendo un mohín de asco-. No podía parar en bien. El marido de la tía de Julia, su difunto tutor, era un renuevamundos, un ateo. Con tal maestro y con tal maestra -la tutora es por el estilo-, ¿qué habla de ocurrir? lo que ocurre. Otra perdis por esas calles y otra inquilina más para la caldera del diablo.

-Menos mal que es rica -añadió el mayor de los Urda-. A no, pronto daría el salto.

-¡Qué dolor para esa familia! -interrumpió el padre, cubriéndose con las manos la cara-. Líbrenos la suerte de una desgracia así. Afortunadamente nosotros somos de otra hechura. En hipótesis hablo, pero si en mi casa ocurriera, me moriría de vergüenza.

-Yo -gritó el militar- no me moriría. Mataría al seductor como primera providencia; y a ella también. ¡Quién nos mancha la honra que lo pague en el cementerio!

El hermano fraile -de paso entonces por Madrid- murmuró:

-¡La carne, la maldita carne es culpable de todo! Grave la falta de esa pecadora; pero el escándalo que ofrece todavía es más grave. La hipocresía es a veces virtud. Dios la ampare y nos libre de tentaciones.

-Hortensia se alejó de puntillas, con las lágrimas en los ojos.

-¡Pobre Julia! ¡Pobre compañera suya de infancia y mocedad! Ya no volverían a hablarse. Como si hubiera muerto. ¡Tan buena, tan noble como fue con todas sus compañeras del Sagrado...! Y Hortensia lloraba a su amiga, enterrada por y para los Urda, en el diálogo familiar.


Capítulo I

Capítulo IIEditar

Infanticida
Capítulo II​
 de Joaquín Dicenta


Entre las personas que con mayor intimidad recibían en su domicilio los Urda, contábase D. Juan Crisóstomo del Valle, marqués de Pedrañera. Era hombre ya maduro, de cuarenta cumplidos, pero aún daba planta de galán y llamaba la atención de las hembras, no obstante las canas que salpicaban sus cabellos castaños y las arruguillas que araban su rostro, descarándose con más hondo surco en el ángulo de los párpados y en la piel de la frente.

Ayudaban al marqués en esta prolongación de su juventud, a más del cuerpo, erguido y moceril, de la apostura prócer y del bien cuidado trajeo, unos ojos claros que de veinte años parecían, un bigote a la borgoñona rizado, y una sonrisa, abierta por bajo del bigote para descubrir la completa y blanquísima dentadura.

Fue el padre de D. Juan Crisóstomo, personaje influyente en la política española, quien ayudó a Antonio MéndezUrda en sus gateos burocráticos. Dicho se está que el hijo gozaba, por los favores de su padre y por los que hizo personalmente, gran respeto en la casa. A más, y de algunos meses a entonces, el respeto se había afirmado merced a una simpatía dolorosa, a una admirativa compasión que las desgracias del marqués provocaban entre sus amigos y hasta en quienes, sin conocerle, sabían el dramático lance.

Dio éste mucho ruido.

La marquesa de Pedrañera, hermosa y arrogante mujer de treinta años, en quien hasta entonces no pudo la murmuración incar diente, fue sorprendida por su esposo en brazos de un amante.

Era éste un artista de fama, en pleno disfrute de su juventud y su gloria. Alma generosa, abierta de par en par a la belleza y al amor, frecuentaba el domicilio de los aristócratas desde que pintó para la marquesa un retrato, que valió al joven en la Exposición de pinturas primera medalla. Grandemente ayudó el modelo a su triunfo.

Sobre el fondo rojo del lienzo destacaba la hermosa mujer como evocación mahometana, con su cabellera de azabache, con sus negros ojos sombríos, con su corta y sensual nariz, con sus labios rojos, donde sonreía la bondad y temblaba el beso. Desnuda la garganta, flexionaba dulcemente hacia atrás descubriendo las morbideces de la carne morena; el alto seno parecía temblar a los embites del suspiro; el cuerpo se rendía contra un diván persa; triunfaban los brazos por las anchurosas mangas de la bata de encaje; cruzábanse las manos sobre las rodillas y los ojos, los negros ojos de sultana se perdían tristes, soñadores, en pos de un algo que allá lejos, muy lejos, en los espacios del ensueño, debía flotar impreciso, esbozado, aguardando la hora de volverse realidad.

Fue un gran éxito la exposición de aquel retrato; mayor el logrado, sin pretenderlo, sin quererlo, por el artista en el alma de la marquesa. Amor les empujó, y una tarde, una noche, fueron uno del otro y acaso en tal hora hízose realidad el ensueño que los negros ojos de sultana perseguían soñadores y tristes en las lejanías del retrato.

La marquesa lo olvidó todo, su rango; su virtud, hasta aquel punto inaccesible, sus hijos, tres ángeles, el menor de los cuales aún balbuceaba torpemente el habla de los hombres, por este nuevo amor.

Decían las personas bondadosas o fáciles en disculpar pasiones, que la marquesa de Pedrañera venía siendo años y años víctima de D. Juan Crisóstomo; que este D. Juan Crisóstomo, no obstante sus caballerosas apariencias, su correcto vivir, su cédula social intachable, era un mal sujeto, un canalla, que trataba a su esposa en esclava y desamparaba a ella y a sus hijos, dilapidando su fortuna, ultrajando la dignidad de la madre y la esposa, haciéndola su víctima y encubriendo su infamia con habilidades hipócritas.

Murmuraciones eran sin prueba plena; tal vez disculpas improvisadas en beneficio de la dama que, creyendo a sus defensores, harta de abandonos y ultrajes, necesitada de airear su corazón con un afecto noble, se había entregado al artista. Lo cierto es que el marqués sorprendió a los adúlteros, y que en el trance se condujo como cumplido caballero.

Con la hembra, con el ser débil e indefenso, ni un ademán brusco, ni una violenta frase. Un gesto lleno de altanería y un «para siempre» dicho en baja voz con aristocrática frialdad. Al artista una inclinación de cabeza, y este anuncio hecho con toda cortesía:

-Dentro de una hora recibirá usted a mis padrinos. Excusado me parece, entre nosotros, añadir que el duelo será a muerte. Uno de los dos sobra. A sus órdenes.

Supo la marquesa que su marido -suprema bondad, según unos, según otros, manera hábil de quitarse de encima estorbos- la dejaba los hijos a condición de que viviera en perpetuo retiro, en los picos de la montaña donde asentaba el solar nobiliario. Nada de jueces y divorcios. Ello era de mal tono. Separación amistosa, pero de por vida.

El duelo se verificó en duras condiciones: a espada. Era D. Juan Crisóstomo sobresaliente esgrimidor y en el tercer encuentro agujereó con su acero aquel gran corazón de artista. El matador recibió también una herida. Sin aguardar a que la curaran partióse de Madrid. A ella regresó iba para unos meses y en ella hacía retirado vivir, mostrándose poco a las gentes y poniendo en sus ojos y en su sonrisa, cuando con las gentes hablaba, una dulce tristeza, una grave resignación que daban realce a su aventura.

Las mujeres decían de él: «Es un hombre ideal»; los hombres: «Es un perfecto caballero», y el perfecto caballero, el hombre ideal triunfaba en la corte como una resurrección de los andantes paladines, mientras su esposa, recluida en la casona montañesa, vivía para sus hijos y para la memoria del pintor muerto a golpe de hierro por el brazo experto del marqués.

Fue éste, apenas regresado a Madrid en visita a casa de los Méndez-Urda. Recibiéronle con extremos grandes, sin hacer, por expresa prohibición del prócer, alusiones a lo pasado. Él quería olvidarlo, enterrarlo y que le ayudaran al sepelio aquellos excelentes amigos.

¡El pasado!.. Al acudir este nombre a los labios de D. Juan Crisóstomo, desaparecía de ellos la melancólica sonrisa, los ojos se nublaban; un gran suspiro alzaba su pecho y el cuerpo se desplomaba aplastado por las pesadumbres del dolor y de la vergüenza.

Acompanábanle en su pena las oraciones de doña Bibiana, los consejos y seguridades amistosas de D. Antonio, los viriles apretones de manos del Urda militar las efectuosas adulaciones del Urda burocrático.

Hortensia, callada, recoleta, ponía sus hermosos ojos azules en aquel gran señor tan cruelmente tratado por la suerte, tan sin razón herido en su alma por una mala mujer que debiera haberle adorado.

-¿Qué mayor felicidad podía, apetecer la marquesa de Pedrañera? Por caminos derechos se la había otorgado el cielo en aquél varón, que reunía a su riqueza, a su rango, a sus claras luces, presencia gallarda, trato exquisito y bravo corazón.

La marquesa, de quien abominaba todo el mundo en la casa y fuera de. la casa también, no tenía para Hortensia disculpa. Menos la encontraba en el resto de la familia. Por satisfacer una liviandad había manchado su honra, entenebrecido el porvenir de sus criaturas y roto la existencia de un hombre sin tacha. Ya lo pagaría. No en balde se quebrantan leyes sociales y morales. Abandonada de su esposo, descalificada por las personas de honradez, con el querido muerto y con la juventud a punto de finar, acaso pronto a sus hijos se encargarían de poner rúbrica a la sentencia. En la tierra no encontraría indulto. Diéraselo en el cielo Dios que es misericordia suprema.

De ser ella «la otra», decía Hortensia para sí, sólo venturas y leales cariños hubiese hallado en su corazón el marqués, el noble y entristecido caballero que posaba frente a ella contemplándola afectuosamente con sus claros ojos tristes y melancólicos por lo común; de vez en cuando relampagueantes, quizá esperanzados en un mejor y más placentero por venir.

¡Porvenir!... ¿Cuál digno de él hallar? Su vida estaba rota. Los hijos eran muy pequeños aún para endulzar y sostener las angustias del padre. En perdones, en avenencias con la adúltera no cabía pensar. Tenía puesto muy en alto el marqués su honor para rebajarlo estrechando con sus brazos el cuerpo que otro hombre disfrutara. Muerto estaba el hombre, a manos del ofendido esposo; pero su sombra se alzarla siempre entre la marquesa y D. Juan Crisóstomo como un infranqueable muro. ¡Y él era joven! Todavía tenía derecho a amar y a ser amado, a gozar de un cariño que no fuese el mercenario, el vil; del cariño de una mujer honrada que se entregara a él noblemente, que con él rehiciera el hogar y la dicha que manos crueles le robaron. Pero, ¿dónde hallar tal mujer? Ninguna habría capaz de pagar con su deshonra la felicidad que él buscaba. Ni él se lo pidiera tampoco. ¿Verdad que era horrible su situación? ¡Solo, solo! ¡Vacía para siempre su alma! ¡Ni ventura, ni amor, ni hogar!

Al decir esto, los ojos del marqués se detenían en Hortensia; apartábalos luego como azorado y temeroso. La joven inclinaba los suyos; una ola de rubor enrojecía sus facciones, y allá, contra el pecho, golpeaba su corazón a golpes desiguales...


Capítulo II

Capítulo IIIEditar

Infanticida
Capítulo III​
 de Joaquín Dicenta


Doña Bibiana, entregada a sus devociones, pasaba fuera del domicilio un mucho de las tardes; enteras don Antonio, que al ajedrez las dedicaba en el Casino; y casi enteras el mayor de los Urdas, que entre oficina y visiteos oficiales dejaba llegar la hora de comer.

Ausente en la guerra el Urda militante, y el fraile en tierra de misiones, bien se puede decir que Hortensia quedaba sola en el hogar, siquiera la acompañase doña Jesusa, una parienta pobre, que dedicada a cuidarlo todo, nada cuidaba como no fuera el sueño que en cualquier sillón, diván o cama la cogía. Era sueño de estatua el suyo. Cuando se adueñaba de la buena señora, ni a cañonazos abría ésta los ojos. Creyérasela muerta a no ser por el trompetazo de sus ronquidos.

De raro en raro a los comienzos de su estancia en Madrid, más frecuentemente después, presentábase al caer la tarde, Pedrañera en casa de los Urda. Hacíalo al principio casi coincidiendo con el retorno de la beata. Minutos de adelanto no más solía llevar a ésta. Tales minutos los empleaba en diálogos cortados e insignificantes con Hortensia. Mayores eran las pausas que los diálogos. Durante aquéllas humedecíanse los ojos del marqués para ponerse sobre la joven; suspiros acompañaban el empañamiento de los ojos y un desesperanzado gesto crispaba la boca haciendo temblar las guías de los borgoñones mostachos.

Caídos los párpados, ruborosa la faz, trémulo el aliento, recogía Hortensia las miradas y los suspiros de don Juan Crisóstomo. La tristeza de éste se adueñaba del espíritu de la doncella llevándola hacia él por impulsos de noble compasión y de acendrada simpatía. En sus entresueños compartía la compasión doña Jesusa; y toda la familia de Hortensia durante las veladas, en que era el marqués obligado tertulio.

No había noche, luego de partir Pedrañera, en que no se dedicara buen espacio de tiempo al comentario de sus malas andanzas y a elogiar la nobleza de su carácter, las excelencias de su trato, su desengañada altivez, que le traía apartado del vivir de las gentes, para hacer única excepción en aquella familia.

Ceñido por esta aureola, que el afecto de los Urda enlucía a diario, mostrábase don Juan Crisóstomo ante las pupilas de Hortensia, primero que el sueño las entoldara con sus manos de niebla, y, aun después de entornadas, seguía mirándole por entre las nieblas del sueño.

Aparecíasele entonces el marqués como figura legendaria, como imagen de épocas fenecidas, como ser de leyenda que a ella venía en traje de caballero andante para arrodillarse a sus pies y suplicarle, con las lágrimas en los ojos, los sollozos en la garganta y la reverencia en el alma, que le acudiese en su desdicha y fuera ángel redentor de sus desengaños. Ella, en sueños, naturalmente, llegábase hasta el caballero de los ojos claros y los borgoñones bigotes; alzábale de tierra; alegraba su dolor con una sonrisa y, juntos los dos, encaminábanse hacia jardín de vegetaciones exóticas, para ocupar un trono endoselado por cortinas de tenue azul, las cuales iban sobre ellos espesándose, hasta ocultarlos, hasta hacerlos desaparecer bajo una nube que subía y subía en dirección del infinito, acompañada por el canto de los pájaros y los besos del aire.

Dé estos sueños despertaba Hortensia quebrantada, sin voluntad, esclava de sus nocturnales visiones, repugnando todas las horas de su día, salvo aquellas pasadas cerca del marqués.

¡Ay, que no duraran más los breves minutos en que Pedrañera, a solas con la joven, la miraba en silencio con sus ojos llenos de tristeza, y enviaba a ella el eco de sus largos suspiros! ¡Ojalá que los minutos en siglos se cambiaran! ¡Ojalá que los sueños de la doncella no hubiesen despertar!...

De alargar los minutos de sus estancias en la casa, con Hortensia y doña Jesusa, cuidábase el marqués, adelantando poco a poco y como al distraído, sus arribos. De aportar materiales para los sueños de la niña, cuidábase también en sus parrafeos y en las pausas que abría entre un párrafo y otro.

A la media hora, y aun a los tres cuartos, subían los adelantos hechos por el marqués en sus visitas, al retorno de doña Bibiana y el reingreso de don Antonio y de Francisco. En el gabinete inmediato al jardín aguardábales con Hortensia y con doña Jesusa que, desplomada contra un butacón, daba al espacio la música de sus ronquidos.

No a mal, a bien, y mucho, tomaban los Urda la presencia y las asiduidades del noble Pedrañera. Como de la familia era éste. Podía entrar y salir a su gusto en la casa. ¡Sirviérale ella de oasis en el desierto de su pena, y Dios hiciera que entre todos fueran devolviendo calma y alegría a aquel atormentado espíritu! A querer el prócer, le hubiesen puesto habitación en el hotel. Por su edad y por su estado, según ellos, no podía ser objeto de murmuraciones y hablillas.

No llegó Pedrañera a aceptar lo del convivir con los Urda; pero sí apretó los lazos de su intimidad, siendo muchos los días en que se quedaba a comer con ellos, y todas las noches, durante las cuales y hasta mediar ellas, permanecía en su compaña jugando al tresillo con Francisco, con don Antonio y con un señor de la vecindad, ensalzando las religiosidades de doña Bibiana y distrayéndose en las jugadas para recrearse con la contemplación de Hortensia, que frontera a él bordaba en seda y oro un manto, ofrecido por su madre a la Virgen.

Cuando el marqués terminaba de dar las cartas y jugaban los otros, solía acercarse a la joven para ver de cerca los progresos de su obra. Algunas veces, al inclinarse sobre el bastidor, rozaba con sus retorcidos bigotes aquel pelo rubio que, como otra madeja de oro, se desovillaba sobre una nuca competidora de los nácares.

En sus diálogos solitarios hablaba el marqués con Hortensia de su felicidad perdida, de su desventura presente, del hogar dichoso, que hubiera sabido conservar de por vida, a tropezarse con una mujer digna de comprender su amor y de honrar su nombre.

-¡Qué existencia comparable a la suya y a la de la esposa, objeto de su amor en el hogar aquel!... Su compañera, el alma de su alma, la elegida de su corazón, rodeada de atenciones, de comodidades, de caricias, reverenciada como una imagen, adorada como una diosa. Todas las horas de él, dedicándose a labrar la ventura de ella, todas las de ella, a realizar la dicha de él. El mundo abriéndose ante los dos como un paraíso del cual pasarían al de la eternidad sin darse cuenta, como quien va de una flor a otra en hermoso jardín. He aquí el porvenir con que soñaba él cuando era libre, cuando no había entregado a nadie su persona y su nombre. Ahora...

Tras éste ahora venían la pausa melancólica, el enmatecimiento de los ojos, el entrecortado suspiro, el silencio elocuente, más elocuente a veces por un dulce apretón que daban, en la blanca y fina de Hortensia, las manos del marqués. Hortensia, sin voluntad para retirarla, dejaba su mano entregada a aquella caricia. Una vez el prócer alzó lentamente la manecita virginal hasta la altura de sus labios y la rozó con ellos, sin que el beso llegara a ser. De pronto la soltó y se alejó del gabinete, en fuga, reprimiendo sollozos.

Y pasaron los días y vinieron los de la sensual primavera; y fue en un cálido atardecer de Mayo, cuando, tras una pausa más larga que todas las hechas en sus diálogos anteriores, las manos de Pedrañera, cogieron nuevamente por la muñeca los brazos de la joven. Temblaba ésta como las hojas en los árboles al impulso del viento.

El marqués la atrajo hacia sí, hasta levantarla de su asiento, hasta ponerla, en pie, frente a él, cerca, muy cerca de él. Una de sus manos, desprendiéndose del brazo de la joven, rodeó su cintura, ciñó a la hembra contra la carne del varón, la empujó lentamente, mimosamente, camino del jardín, y la hizo caer sobre el banco de un cenador, que tupidas y altas madreselvas trocaban en cámara nupcial. Sonó el beso ardiente, húmedo, repretado. Hortensia, desvanecida, en éxtasis, desplomó su cabeza contra el hombro de Pedrañera, perdido el concepto de la realidad, creyendo ascender por la atmósfera envuelta en una espesa nube azul. La acompañaban en su deleitoso viaje el trino de los ruiseñores y los cuchicheos amorosos del céfiro...

Doña Jesusa cabeceaba en el gabinete, sobre un ancho sillón de mimbres.


Capítulo III

Capítulo IVEditar

Infanticida
Capítulo IV​
 de Joaquín Dicenta


Fueron de encantamiento para Hortensia los días siguientes a la entrega total que hizo de su cuerpo y de su alma. Las promesas del marqués, encaminadas a jurarle pronto y amoroso retiro en un ignorado lugar, donde vivirían siempre, siempre, adorándose, lejos de la gente y sus murmuraciones, alejaban de ella los temores que pudiera sentir por el enojo de sus padres y por las censuras del mundo.

¿Temores? ¿Por qué y a qué tenerlos? ¿No estaba allí su Juan, para hacer frente a todos? Los brazos que con tanto amor la sabían acariciar, con bravura sabrían defenderla. ¿Sus padres? ¡Qué remedio!... Le amaba. No fue culpa de ella si otra mujer, unida legalmente a su Juan, tras de herir a éste, le impedía casarse con la que, en leyes de verdad y justicia, era su verdadera esposa y como a tal se le habla entregado. ¿El mundo? Lejos de él, oculta de él y libre de sus juicios, iba a hallarse muy pronto en compañía del queredor.

¿A qué, temblar, y dudar, y temer entonces? Mientras Juan fuera suyo, mientras Juan no la abandonara, por nada y por nadie debía ella sentir arredros. No la abandonaría nunca. Se lo había jurado. Aun el juramento sobraba. ¿Qué prenda de seguridad comparable al cariño de los dos? Luego él, tan leal, tan caballeroso, tan noble!... Ofensa grave constituía ponerle en entredicho.

-¡Perdóname!, ¡perdóname! -exclamaba Hortensia algunas veces, apretándose contra el corazón de su amante-. Esta noche, a mis solas, durante esos minutos en que, ya entre dormido el cuerpo, voluntad y juicio se pierden, he dudado de ti. ¿Verdad que me perdonas?

El marqués sonreía, y murmuraba entre dos caricias:

-¡Niña, más que niña!... ¿Es que no me conoces?... Déjate de recelos. Tu Juan está junto a su Hortensia. No habrá quien la dañe, mientras junto a ella esté.

Fueron así pasando días, semanas y meses sin que disminuyeran la pasión de los amantes, la confianza de los Urdas y los letargos de la buena doña Jesusa.

Cierta noche, a solas en su alcoba, cuando, ya desnuda, a punto de meterse en la cama, recogía frente a un espejo su cabellera rubia, sintió Hortensia una sacudida, un sordo estremecimiento en su vientre: era el hijo.

La joven palideció hasta quedar lívida; sus grandes ojos se abrieron estupefactos enfrente del cristal; sus labios temblaron; su cuerpo, apenas encubierto por la camisa, erizó las sedas del cutis. Inmóvil, comprimiendo la respiración, permaneció algunos segundos. Otra sacudida de la entraña le dio certidumbre del hecho. Ya no era posible dudar: el hijo estaba allí, saludando a la engendradora con el latido primero de su sangre, presentándose, denunciándose a ella, poniéndose bajo el amparo y la fianza de su amor.

La palidez de Hortensia convirtióse en rubor, en oleada bermeja que empurpuró su rostro y se extendió por toda su carne como un brochazo color rosa. ¡Su hijo! ¡Un hijo de los dos!...

Una sonrisa entreabrió los labios de la hembra; dos lágrimas, luego de esmaltar, sus pestañas, descendieron por los carrillos y resbalaron por la garganta para evaporarse en los pechos, cuyos encendidos botones abriría la maternidad. Andando de espaldas, sin apartar del espejo las pupilas azules, retrocedió la joven hasta tropezar con el lecho. En él se arrojó sollozando, hundiendo en los almohadones el rostro, dejando a su cabellera caer suelta, ondulante, al largo de la espalda, como un velo ritual.

Quedó, muy quedó, apoyándose en su hombro, tapándole con las manos los ojos para no ser mirada de él, poniendo la boca en su oído, se lo dijo en el cenador donde Juan la hizo suya, donde Hortensia cayó en sus brazos.

Sin dejarla casi concluir, don Juan Crisóstomo, el noble marqués de Pedrañera, separó bruscamente las manos de la joven, esquivó a su confesión el oído, y murmurando: «¡Un hijo!», apretó los puños mientras su faz se contraía y el borgoñón mostacho se erizaba contra su boca.

-¡Un hijo, sí!... ¡Nuestro hijo! -interrumpió la madre-. ¡Si vieras! Anoche, al sentirlo, al escuchar dentro de mí su primer sacudida, gozo y espanto se mezclaron en mi alma. ¿Sabes por qué el espanto, Juan? Por temor a mis padres, a mi familia, al mundo. A mis padres que me maldecirían, que me arrojarían de este hogar, que me matarían acaso; al mundo que me haría víctima de su desprecio, de su encono... ¡Fue un instante de horrible angustia!.. Pero a seguida pensé en ti y ya todo fue gozo; contigo a mi lado ¿a qué espantos? ¿A qué temores? A mi lado estás para hacer la felicidad de los dos. Por eso hablo tranquila y son de alegría mis lágrimas, por eso siguen sonriendo estos labios a quienes enseñaron los tuyos a dar besos de amor. Él, tú y yo. ¿Quién más hace falta encima de la tierra? ¿Verdad Juan, que nadie?

-Verdad, mujer, verdad. Y ahora, sosiégate. Sobre todo, reserva; muchísima reserva, hasta que determine yo.

No tardó mucho en determinar el ilustre marqués de Pedrañera, el noble don Juan Crisóstomo del Valle, el calderoniano vengador de su honra, el espejo de hidalgos, que mientras un gran artista pudría tierra a golpe de su acero y una mujer, y tres chiquillos vivían en retiro por pragmática de su buen nombre, secuestraba doncellas y obtenía en la corte título de caballero sin mancilla y sin tacha.

Su resolución fue tan fácil como inmediata: hacer la maleta, embarcar para el extranjero y dejar a Hortensia y a la criatura de Hortensia abandonadas a su destino. Otra más a la cuenta y a seguir luciendo por el mundo su apostura gallarda. Así como así, el mundo es ancho.


Capítulo IV

Capítulo VEditar

Infanticida
Capítulo V​
 de Joaquín Dicenta


El abandono del marqués fue para Hortensia como un mazazo en pleno espíritu. Durante un mes vivió aplastada, embrutecida, sin darse cuenta cabal de su desventura. Al llegar la hora de sus entrevistas con Pedrañera, se encaminaba al cenador, de puntillas, dando atrás el rostro, procurando no hacer crujir la arena, guardando precauciones iguales a las de aquel, para siempre desvanecido entonces.

Caída contra el banco de césped, que sirviera de almohadón a su rendimiento, contaba los segundos; valíase para ello del tic-tac de su corazón. Poco a poco su cabeza iba desmayando en el pecho, la luz se apagaba en sus ojos, la esperanza en su espíritu. Dos lágrimas, cuajando entre los párpados, se tendían, sobre ellos, para transparentar la contracción dolorosa de las pupilas. Después se recogían, oscilaban en el pestañal y caían de golpe.

Otras dos lágrimas cuajaban lentamente en el espacio que las caídas dejaron libre.

En presencia de sus padres y hermanos, Hortensia permanecía abstraída, sin proferir frase, con pretexto de lectura o de labores. Temía que la delataran sus ojos, que la denunciara su palidez, que la verdad brotase impulsivamente por su boca, en borbotones de palabras.

Las noches eran de crueles insomnios, de visiones que se abocetaban en la obscuridad de su alcoba, con desdibujos espectrales.

Ya surgía en un ángulo, encogiendo los hombros, mofándose de su credulidad, la figura de Pedrañera, con sus claros ojos y su bigote borgoñón. Tendía ella los brazos en ademán de retenerle, y Pedrañera se eclipsaba, dejando tras su sombra el eco de una burlona risa. Otras veces era el hijo por nacer quien se la aparecía; pero no pequeño, sonrosado, gentil, con trazas de ángel, sino monstruoso, enorme, enderezando hacia la madre sus brazos amenazadores, engarfiando en ella sus uñas y arrastrándola al borde de un abismo, en cuyo fondo hormigueaba una multitud rencorosa, aguardando su caída para cebarse en ella. En otros momentos, eran sus hermanos, sus padres, quienes avanzaban a su encuentro, execrándola, maldiciéndola, pidiéndole cuentas de su culpa, condenándola sin apelación al abandono y a la infamia.

Y la condenarían en la realidad como en visión la condenaban. ¡Pobre de ella si su falta llegaba a descubrirse!... ¿Cómo evitarlo? ¿A quién acudir en demanda de apoyo?

¿A su familia? Fuera adelantar el castigo. ¿A sus amistades? Fuera anticipar los desprecios y las repulsas. Estaba sola, ¡sola! Entregada a sí misma. Quien debió protejerla había huido; el protector convirtióse en verdugo. ¡Infame!... Y el hijo del infame seguía golpeando en el vientre de la hembra abandonada, tomando carne y vida, disponiéndose a venir al mundo.

Pensando así Hortensia sentía apoderarse de su alma un espanto invencible, que traía aparejado un odio, invencible también, a la criatura en formación. ¡Ah si pudiera hacerla desaparecer! Pero ¿cómo? Estaba bien cogida a la entraña. Disimular hasta que el momento llegase, era el recurso único de Hortensia. Cuando el momento llegase ya resolvería. ¡Hasta entonces!... Menos mal que su hermana Concha estaba ausente en un viaje por el extranjero, del que tardaría en volver; menos mal que los ojos de su madre, casi del todo ciegos, compliceaban el engaño. Los hombres... Con ellos no es difícil el disimulo. ¡Ay si ella tuviera a quién dirigirse, a quién volverse en demanda de caridad y auxilio!...

A nadie tenía. Buena prueba de ello alcanzó una tarde en que, obligada por los suyos, hubo de salir a paseo. Acompañabanla sus padres, doña Jesusa y el hermano mayor.

Llegados al Retiro, tomaron padres y hermano asiento en un banco inmediato a una plazoleta.

Hacia la plazoleta se encaminó Hortensia, acompañada de doña Jesusa, y por la plazoleta vio desembocar a una señora que correteaba tras un chicuelo de dos años.

El chiquillo tropezó con las faldas de Hortensia y dio con su cuerpecito en el suelo. Alzóle Hortensia, llegó a ella la madre del rapaz en actitud de gracias, y al enfrontarse, al reconocerse, las dos mujeres exclamaron:

-¡Julia!

-¡Hortensia!

¡Fue irreflexivo impulso en las antiguas condiscípulas del Sagrado Corazón de Jesús. Con el recuerdo de su niñez relampagueándoles en los ojos y en la sonrisa, cayeron la una en brazos de la otra.

Doña Jesusa, con el asombro pintado en su fisonomía imbécil, retrocedió hasta el banco donde asentaba la familia.

-¡Hortensia... Hortensia!... -murmuró

-¿Qué? -preguntó Francisco.

Véanla ustedes. Está allí. Abrazada con doña Julia... Vamos, con aquella Julita...

A un tiempo se pusieron en pie los dos hombres y la madre de Hortensia. Don Antonio, avanzando hasta el grupo que formaban Julia y Hortensia, gritó a ésta con voz dura:

-¡Hortensia! ¡Pronto!... Ven aquí. Ese no es tu sitio.

-Sí, ve, ve -exclamó Julia-. Y gracias por este momento de sincera amistad. Ve con los que ni olvidan, ni perdonan, ni entienden.

Y cogiendo en brazos a su hijo, le alzó en alto y le hizo ondear en el aire, como una bandera de amor.

-¿Has olvidado -decía entretanto a su hija don Antonio, con asentimiento de los demás-, has olvidado que esas mujeres no deben ser tratadas, ni aun miradas por la gente de honor? Eso está fuera de la sociedad; eso no merece más que desdén y afrenta. A quienes hacen lo que Julia, se las vuelve la espalda y se las deja pasar de largo. Maldita ella y cuantas como ella proceden.

No era en aquellos padres, en aquellos hermanos, en aquella sociedad suya en los que hallaría Hortensia acogimiento y, compasión. Estaba sola. Perdida para todos y para todo.

Y la joven, dejándose caer en el diván que decoraba su antealcoba, rompió a llorar y apretó con rabia los puños en el hueco de sus caderas.


Capítulo V

Capítulo VIEditar

Infanticida
Capítulo VI​
 de Joaquín Dicenta


Por su cuenta faltaban dos meses para que el suceso arribara; y, sin embargo, aquella noche, a poco de acostarse, sobre la una de la madrugada, experimentó Hortensia un extraño desasosiego, una convulsión en todo su organismo a la que siguieron sordos y espaciados dolores.

¿Sería...? Pero ¿cómo tan pronto? Ella pensaba en resolver, en determinar alguna cosa que salvara el conflicto. Sólo que había imaginado disponer de más tiempo. Si ello ocurría ahora, el conflicto resultaba más grave. ¡No, no era posible!... No podía haberse equivocado a tal punto.

¿Posible? Cierto era. La criatura se adelantaba en dos meses al tiempo natural. Las presiones, fajamientos y artes empleados por Hortensia para disimular su falta, aceleraban el advenimiento del infante. No como en claustro, como en cárcel vivió éste; sentía que le trataban mal, que no era amado en su nido de carne y se daba prisa a dejarlo, a buscar espacios nuevos donde vivir más querido y más libre.

Para conseguirlo desgarró la entraña maternal. Hortensia ahogó entre sus dientes un grito que se le encaramaba por la garganta arriba. El miedo la hizo fuerte; el terror, heroica. Aferrándose con las manos convulsas a los barrotes de la cama; mordiendo las sábanas para amordazar ayes; contrayendo fieramente los músculos para avivar el lanzamiento; a obscuras, sin ruido, buceando con los ojos la sombra, en criminal que realiza un atentado, no en madre que cumple un ministerio augusto, esperó el último dolor, el desgarramiento postrero.

Este advino con un crujimiento bárbaro de los huesos, con un brutal empujón de la entraña. El instinto obligó a la hembra a desprender de su carne al hijo, a darle cédula de criatura libre. Algo rodó sobre la cama. La mujer recoleta, inmóvil, puso hacia fuera la atención. Allí estaban sus enemigos; los que serían sus verdugos a descubrirse el hecho. Nada oyó; un gran silencio venía de los interiores de la casa; en el jardín cimbreaban, a impulsos del viento, las ramas de los árboles; la luna cabeceó por entre dos nubes. El tallo de un rosal trepador golpeaba contra la vidriera de la alcoba.

Súbito, un quejido tenue apenas perceptible, rompió el silencio de la noche. Era la criatura saludando a la vida. El quejido aquél, acentuándose gradualmente, se convirtió en sollozo. El chiquillo rompió a llorar.

Hortensia, al oír este llanto, saltó sobre la cama, trémula, dominada por el espanto. No tuvo en aquel segundo más que un pensamiento: hacer que el niño enmudeciera. ¿Cómo? De cualquier modo.

-¡Qué no llore! ¡Qué no llore más! ¡Qué no le escuchen!

Esta era la idea fija, incrustada a golpe de miedo en el cerebro de la madre; para lograrlo comprimió con mano nerviosa, terrible en el minuto aquel, la boca del recién nacido. Este procuró defenderse llorando con más fuerza. Hortensia, temiendo que oyeran sus padres el llanto, que éste la denunciara, apretó con la mano que le restaba libre la garganta del pequeñuelo. Fiebre y terror la enloquecían a la vez. Apretó, apretó con furia, con rabia, con frenesí de tigre que desgarra su presa. Sus uñas penetraban en la carne infantil, agujereándola, rompiéndola.

De pronto el niño cesó de llorar. Un rayo de luna que penetraba por el cristal de la ventana y caía sobre el infantito como una plegaria de nieve, se lo mostró a la madre.

La asfixia le había ennegrecido el rostro. Sus ojos protestaban desde unas pupilas desmesuradamente dilatadas, de aquella muerte que le sorprendía al nacer; sus labios se plegaban hacia los extremos de la boca, salpicados por una sanguinolenta espuma. Dos lágrimas -toda su vida- surcaron sus mejillas para caer como acerbo reproche sobre las manos de su madre.

Hortensia no se dio cuenta de estas lágrimas. Vio sólo que su falta se trocaba en delito, y, como procurara ocultar la primera, procuró borrar el segundo.

Ciñó al cuerpo una bata, envolvióse con un amplio mantón, ocultó bajo el mantón al muerto y, con paso febril, cauto e irregular, atravesó un pasillo. Cruzó la alcoba-dormitorio de doña Jesusa, abrió bruscamente la puerta de cristales que guiaba al jardín y echó a andar por éste, huyendo los rayos de la luna, deslizándose por un paseo embovedado con árboles, de hoja perenne.

Así, con marcha espectral, con vaguedades de fantasma, llegó hasta el cenador donde fue el hijo concebido. En un segundo de cruel desfallecimiento dejóse caer la hembra en el banco de césped donde se adueñaron de su virginidad los brazos del varón. Pronto se repuso; la fiebre y el miedo la empujaban. Casi a la carrera salvó el espacio que hasta la verja conducía. Descorrió el cerrojo, dio vuelta a la llave y se plantó en la calle desierta. No muy lejos, al volver de la esquina próxima, había un descampado, y a su fondo un muladar, un estercolero. Allí arrojaría su carga. Después... Después estaba libre. Nadie sabría de su culpa: ni sus padres, ni el mundo.

No fue marcha, fue carrera ciega la suya. El mantón flotábale sobre los hombros, abriéndose en dos anchos pliegues. Tomáraselos por dos enormes alas negras que iban y venían azotando el cuerpecillo del infantito muerto.

Dos guardias y el sereno, que platicaban en la esquina, al distinguir aquel bulto que a saltos locos la doblaba, avanzaron hacia él. Hortensia quiso huir, ocultar su carga. Fue inútil. Los aprehensores la obligaron a detenerse; el niño muerto pasó a sus manos desde los brazos de la madre, y ésta, lanzando un grito, cayó desmayada, de bruces, contra las piedras de la calle.

El pelo de oro, deshecho por el frenesí de la carrera, se extendía sobre la mujer, envolviéndola, ensudariándola...


Capítulo VI

Capítulo VIIEditar

Infanticida
Capítulo VII​
 de Joaquín Dicenta


Restablecida de una fiebre que la tuvo en trance de morir, pasó Hortensia a la cárcel.

En ella aguardó, abandonada totalmente de su familia y de su mundo, la hora del juicio de los hombres.

Los Méndez-Urda renegaban en absoluto del vástago podrido que trajo la deshonra a su hogar. La compasión de una parienta que sin visitarla, está claro, fue menos cruel, atendía los gastos materiales de Hortensia. Su hermano menor fue un día, un solo día, para preguntarle el nombre del amante, del burlador de su honra. Al menos se cobraría en él. Hortensia calló.

¿A qué denunciar a Pedrañera? Repugnábale manifestar que se había entregado a un hombre tan vil. Además, ¿qué importaba el hombre?

Una sola visita recibió, para consuelo de su espíritu: Julia, su antigua compañera en el Sagrado Corazón de Jesús.

-¡Pobre! ¡Pobre! -exclamaba Julia acariciando fraternalmente a Hortensia-. ¡Desventurada niña! Todos los prejuicios del mundo, todas las losas del ambiente pesaron sobre ti. No tuviste valor para sustraerte a ellos, y te aplastaron sin piedad. Ánimo; todavía hay en ti juventud para sostener la lucha con la vida, bondad para dignificar la tuya con un noble arrepentimiento. ¡Ánimo, pobre Hortensia! Cuenta conmigo. Ya hallaremos quien te defienda. Hasta entonces, firmeza. No pierdas la esperanza, y no pierdas tampoco la resignación.

La resignación no la perdía; lo que perdía era la esperanza de obtener gracia para un delito común de la tierra y en los interiores del cielo.

-Había sido mala, muy mala. Había asesinado a su hijo. Ni aun siquiera la detuvo el ejemplo de maternal amor que le ofrecían diariamente las bestezuelas del corralillo de su hotel, los pájaros que revoloteaban en los árboles del jardín.

¡Los pajarillos del jardín!...

A su memoria venía entonces, para torturar su conciencia, la imagen de un árbol que se alzaba en aquel jardín, frente a la ventana de la alcoba a que la joven, en su despertar de virgen, solía asomarse con la bata a medio cerrar sobre el pecho y la cabellera rubia abriéndose en haces de oro sobre la carne de su espalda.

En aquel árbol levantaron dos jilgueros un nido.

Las ramas inferiores del árbol alzábanse como un metro sobre la arena del jardín, al alcance de las manos de Hortensia.

Dueño de un lugar modestísimo, fabricado sobre tales ramas, con pajas, plumas y hojas secas, era el alado matrimonio. Hojas, pajas y plumas servían a las crías de lecho.

Los padres revoloteaban sobre Hortensia. El macho vestía traje pardo con festones amarillos y rojos.

Era muy galán. Tenía el vuelo señorial, el cántico amoroso y dulce.

La hembra, más recogida de figura, menos rica en los matices del plumaje, estaba casi siempre en el nido. El cuidado de los pequeñuelos absorbía sus horas.

Los hijos eran cuatro. Aún no habían soltado el plumón. Todo en ellos era pescuezo y boca. Los ojos brillaban con glotona codicia. Los picos estaban siempre abiertos. Los pescuezos se estiraban como si hechos de goma fueran.

Hortensia fue trabando poco a poco amistad con la voladora familia.

Al principio, cuando vieron a Hortensia acercarse a su domicilio, pasaron los inquilinos un mal rato.

Las crías piaban angustiosamente. Los padres echaron a volar. Luego dieron vueltas y más vueltas en torno a la joven, con los picos amenazantes y las garrillas en tensión. La tomaban por un enemigo, por un animalucho rapaz que iba a robarles su libertad y su existencia.

Hortensia les sacó de su error. Prendada de aquel grupo hechicero, quiso ganar sus simpatías.

Para lograrlas pasó un día y otro por cerca del árbol, cada vez por más cerca, haciéndose la indiferente, sin indicar propósito alguno de aproximación a las crías.

Recostada unas veces contra el banco de piedra puesto cerca del árbol, inclinada otras sobre su labor, miraba al espacio con distraídas pupilas o seguía el correr de la aguja por el tirante cañamazo.

Los padres de los jilguerillos, viendo que el animalote humano no se ocupaba de ellos, fueron tomando confianza.

Huían del árbol cuando llegaba Hortensia, pero cada hora más convencidos de que no quería hacerles mal, se acercaban al nido, pasaban revoloteando por cima de la joven, y se cernían, trinadores, sobre las temerosas crías.

Más brava la hembra, acabó por meterse noblemente en el nido. El macho se hizo firme, durante la primer semana, en los altos del árbol. Sólo al caer la noche se juntaba a su compañera.

Acabaron por ser los mejores amigos del mundo.

El macho daba a Hortensia los buenos días con sus trinos; la hembra la saludaba sacudiendo las alas; las crías piaban al mirarla llegar y engullían las migajas de pan con que ella solía atender su apetito insaciable.

Ocasiones hubo, durante las cuales el jilguero macho se posaba sobre los cabellos rubios de Hortensia o paseó triunfalmente por las flores y los realces del bordado que lucía en el bastidor.

La joven puso bajo la bandera de su protección a la familia jilgueril. ¡Pobre de quien la molestara!... ¡Ay del chiquillo que tubiera la mala ocurrencia de encaramarse por el árbol, de atentar a la estabilidad y salud del nido!...

Era muy curioso el vivir de los pájaros. Curioseándolo pasaba Hortensia largas horas. Encantábale aquella familia que se balanceaba sobre una rama, al borde del estanque.

Ahora, en las tristezas de su celda, en las negruras de su crimen, se le aparecían, revoloteando sobre su conciencia, como un remordimiento.

Para aquellos jilgueros del jardín, el universo estaba encerrado en ellos y en sus crías. Se amaban; los amaban. Buscaban el sustento común por matas y arbustos; cantaban junto al nido el himno de la paternidad y calentaban con su plumaje el sueño de los hijos.

Cumplieron a su tiempo las leyes del amor, persiguiéndose de árbol en árbol, de ráfaga en ráfaga de aire. Ahora cumplían las leyes de la paternidad sin regatear al cumplimiento nada.

Para formar su nido rebuscaron en la campiña los más preciosos materiales; para mullirlo, arrancaron plumas a sus pechos. Al nacer las crías, ni el padre las desconoció, ni la madre se apartó de ellas.

El macho cantaba cerca de la hembra para que ésta sobrellevara la crianza en arrullo; la hembra endulzaba con sus piares los desvelos y fatigas del macho.

Uno a otro se substituían en el nido para que no faltara a los huevos calor. Cuando éstos se abrieron, cuando los jilguerillos asomaron por entre la cáscara, como un rebujo de algodones, hacia ellos se inclinaron los padres juntos; juntos prorrumpieron también en triunfales gorjeos.

Después a cuidarlos, a que no faltara alimento a sus bocas, a sus cuerpos abrigo. Durante el día a buscar, a conquistar la existencia de todos. Al llegar la noche a posarse en el nido, a volverse edredón sobre los pequeñuelos, a que los pequeñuelos durmieran mientras los padres no más entredormían, atentos al más leve rumor, prevenidos a la más remota asechanza.

Este fue el ejemplo que Hortensia, virgen aún, aprendió de aquella madre, para cuando la maternidad golpeara contra su vientre de mujer.

Este fue el ejemplo. Y, cuando la maternidad se hizo sobre un lecho carne viva de hijo, ¿cómo procedió?, ¿cómo respondió al ejemplo, al mandato, que por acciones de dos pajarillos le daba la naturaleza?

¡Cómo procedió! ¡Asesinando al hijo! ¡Estrangulándolo con dedos vueltos y garras! Corriendo a tirarlo después de estrangulado, como si fuera una carroña, en un muladar.

Ni para esto fue noble; y eso que aun para esto le dieron ejemplo los pájaros también.

Lo recordaba; como presente lo veía.

Uno de los jilguerillos murió.

Los padres aleteaban al borde del nido, sin entrar en él, contemplando con ojuelos tristes el cadáver minúsculo, acariciándolo con sus picos.

Al fin lo cogieron entre los dos picos, dulcemente, cuidadosamente, apenas tocándole; lo empujaron sobre la rama, y el pajarillo cayó como en una tumba de cristal, en las aguas del estanque, que se abrieron para recogerlo.

La madre, acurrucada sobre el nido, piaba con angustia...

Al evocar esta imagen de dolor y amor maternal, Hortensia, llorando sin ayes y sin voces, se dejaba caer de rodillas sobre las losas de la celda; extendía los brazos en dirección de la techumbre y pronunciaba esta palabra única:

-¡Perdón!

¿A quién se lo pedía?

A la criaturilla muerta que flotaba por la atmósfera de la celda, no acardenalada, no con los ojos de par en par abiertos, no con sanguinolentas espumas en la comisura de los labios sonrientes, llena de vida, posando sus manitas de ángel sobre la cabeza de la madre en señal de misericordia.


Capítulo VII

Capítulo VIIIEditar

Infanticida
Capítulo VIII​
 de Joaquín Dicenta


La multitud invadía «la Sala». Como cuña a mano era menester introducirse en el público para ganar las primeras filas. Los asientos de preferencia estaban ocupados por gente de buen tono. Al fin y a la postre no era en carne vulgar en la que iba a recaer sentencia.

La luz del sol, cernida por las sucias vidrieras, penetraba en «la Sala» hecha polvo gris. Este polvo formaba niebla en el espacio. Una gran tristeza bajaba con la niebla de la artesonada techumbre.

Al fondo, sobre el estrado, asentaban los jueces. Un Cristo de metal fijo en el centro de la mesa daba espalda a los juzgadores, encarándose con el banquillo, donde una mujer de cabellos rubios y ojos azules, enmatecidos por la pena contemplaba a la imagen, con la barba en el puño y el codo sobre las rodillas.

Aquella mujer era Hortensia. Su defensor la animó con una sonrisa de esperanza. Otra sonrisa fue también recogida por los ojos de la infeliz: la sonrisa de Julia. Hortensia bebió aquellas dos sonrisas como bebería dos gotas de agua un agonizante de sed.

En torno a los jueces tomaron asiento los jurados. Un murmullo sordo circulaba por la estancia sombría. El murmullo cesó al comenzar el interrogatorio del presidente a la acusada.

Ésta se puso en pie; su rostro, pálido y convulso, reflejaba la angustia; su pecho se alzaba y se deprimía con violencia; dio algunos pasos, y extendiendo las manos en dirección del Cristo, exclamó con acento donde temblaba el llanto y se estremecía el sollozo:

-¡Tuve miedo!... ¡Miedo del mundo, de mis hermanos, de mis padres!... ¡Estaba loca de miedo! ¡Ahora no sé nada! Sólo una cosa sé: ¡que he matado a mi hijo y que quiero morir!

Un grito ronco brotó por su garganta, y tambaleándose, oscilando pesadamente, cayó sobre el banquillo. Oculto entre las manos quedó el rostro, por los dedos resbalaban las lágrimas irisándose a los reflejos de la luz.

El fiscal examinó los hechos con rigidez escrupulosa; ateniéndose a ellos y al Código reclamó la pena consiguiente, y sin ensañarse con la culpable terminó su oración, fría y seca como los párrafos de un texto legal.

Tocó su vez al defensor. Era este un mozo joven, de frente espaciosa, ojos firmes y ademanes resueltos.

-Yo -dijo, luego de rebatir con breves frases los argumentos del fiscal- no voy a hablaros, señores jurados, de la ley escrita. Según ella, acaso y sin acaso hallaréis en mi defendida culpabilidad suficiente para un fallo condenatorio. Es a vuestra conciencia a quien recurro en tribunal de apelación; haced de vuestra conciencia Código, y de acuerdo con ella, juzgad, después de oírme, a la mujer que llora enfrente de vosotros.

»Esta mujer ha dado muerte a su hijo. El hecho es indudable. Ni ella lo niega, ni yo he de negarlo tampoco. ¡Una madre que mata a su hijo!... ¡Qué horrible! ¿Verdad?.. Parece imposible que tales horrores sucedan. Sin embargo, ahí está uno de ellos palpable, vivo, representado por esa mujer, por esa joven, hasta su culpa, modelo de virtudes; hoy, ejemplo para vosotros, con sus lágrimas y con sus frases últimas, de arrepentimiento hondo y de desventura incurable.

»Ahí está. Y yo me pregunto y os pregunto: ¿Es posible que la naturaleza yerre hasta convertir el más santo de los amores en el más cruel de los odios? ¿Puede el más perfecto y mejor organizado de los seres incurrir por su propio influjo y con no interrumpida frecuencia en crueldades ajenas a seres de más ínfima representación? La mujer, que fue siempre la imagen más acabada de la bondad y de la dulzura, la más completa encarnación de la maternidad, ¿puede, sin causas externas que la obliguen y que la empujen, contrariar esa su más alta significación y ese su más arraigado y noble afecto? ¿Cabe pensar que la mujer sea la menos madre de todas las madres?

»No; no es posible. Suponerlo valdría tanto como negar el perfeccionamiento ascendente de los seres; tanto como decir que el hombre, el organismo más remiso en su desarrollo, el que más atenciones y mayores cuidados precisa, es el más expuesto a no ser atendido por la ternura maternal. Esto es absurdo; esto no puede ser. La madre humana, por sí propia, por su esencia material y moral, es la más amante, la mejor de todas las madres. Si delinque, si atenta a la vida del hijo, hay que buscar los orígenes de su proceder en causas a su naturaleza ajenas; causas que, influyendo sobre esa naturaleza por modo invencible, llegan a modificarla, ápervertirla, a endurecerla, transformando el cariño en odio, la ternura en miedo, el amor, que vivifica y salva, en vergüenza que estrangula y destruye.

»Esas causas existen. Son producto de una organización social raquítica, antinómica, defectuosa, llena de contradicciones y anacronismos; organización aún rudimentaria, que se juzga perfecta en sus leyes, que olvida las imposiciones de la naturaleza y -por olvidarlas- crea conflictos y provoca crímenes de los cuales hace responsable al individuo, mientras ella colectivamente se exculpa.

»Ahí tenéis a esa mujer acusada de un horrible delito. Esa mujer ha nacido y se ha desarrollado en una atmósfera artificial, falsa, que vosotros, nosotros, todos creamos en nuestra ignorancia, en nuestro mal entendido concepto del deber y de la honra. Esa mujer ha oído repetir una vez y otra y otra a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, a la sociedad entera, que cuando la hembra se da a un varón, sin cumplir tales o cuales requisitos, está deshonrada; que lo reputado en la mujer casada como santo y glorioso, es afrentoso e imperdonable en la mujer soltera; como si el matrimonio, ese matrimonio que los hombres instituyeron, fuese una consecuencia humana y no un accidente social, Esa mujer amó a un hombre, y llegado un momento, una circunstancia, un impulso que las leyes sociales no pueden impedir, se entregó a él, obedeciendo a exigencias de su organismo, a mandatos de la naturaleza, porque la mujer ha nacido para ser madre y no para ser virgen.

»Aquel hombre la abandonó sin dar importancia a su abandono. Estos abandonos se estiman hecho natural y corriente. Apenas exigís responsabilidades al hombre que abandona; en cambio, seguís arrojando sobre la mujer abandonada vuestras preocupaciones, vuestros odios y vuestros estigmas.

»La mujer abandonada tuvo vergüenza, miedo; vió la social censura caer a plomo sobre su fama; comprendió que según prejuicios, la humanidad gestante en su vientre era un padrón, de futura ignominia; temió a sus padres, temió al mundo, y cuando su hijo vino, impulsada por ese temor, asesinó a su hijo, creyendo que desaparecido el hijo, el testigo, el vocero de su ignominia, recobraba la honra, esa honra que la sociedad exige a las mujeres solteras para cedularlas de respetables.

»Sé que alguien me respondería: «Esa mujer lo pudo arrostrar todo por su hijo.» Verdad. Sólo que para sufrir el escarnio, la afrenta, el latigazo en el alma, mil veces más doloroso que en el cuerpo, precisa heroísmo de mártir o fortaleza de rebelde. Los mártires y los rebeldes son excepciones humanas. No abundan encima de la tierra.

»Esta mujer cometió un delito. Es cierto; no cabe negarlo. Pero hay que estudiar los móviles que la impulsaron al delito. Recordad sus palabras últimas, las que ha pronunciado ante vosotros: «Tuve miedo.» ¿De quién? De la sociedad, que escarnece y ultraja a la mujer que se entrega por amor libremente, como si el amor no fuese un afecto que está por encima de todas, absolutamente de todas las leyes sociales y legales.

»El delito que esta mujer ha cometido es grande. Urge evitar que otros de índole semejantes ocurran. Para ello es preciso que vosotros, entidades sociales, hombres serios, jueces sabios, muchedumbres curiosas, no abofeteéis con vuestro desprecio a la mujer caída; que le tendáis la mano; que amparéis su desdicha; que si esto no basta, modifiquéis vuestras leyes por impotentes y por defectuosas; que cuando una mujer o enseñe a su hijo no preguntéis cómo le tuvo y que, ajenos a toda ofensa, respetando a la madre porque es madre y. sólo porque es madre, os inclinéis ante su paso en reverencia.

»Si no hacéis, si no hacemos esto, serán muchas las madres que maten a sus hijos. Habrá que conducirlas a presencia del juez. Habrá también que castigarlas.

»Pero, obrando en justicia, sería justamente preciso coger por el cuello a la sociedad toda entera y sentarla de golpe en el banquillo de los acusados.

»Ahora, juzgad y sentenciad.»

Murmullos en que se mezclaban admiración y asombro acogieron el discurso del defensor de Hortensia.

Ésta continuaba llorando. De su cabeza, hundida entre las manos temblorosas, sólo quedaba al descubierto la cabellera rubia; en ella se reflejaba con áureos cambiantes la luz cernida por los vidrios.

Acaso bajo aquellos oros, el pensamiento de la infanticida se encaminaba hacia un futuro en el cual, libre de temores y de prejuicios, arrepentida y fuerte, podría mostrarse a los ojos del mundo, ó por lo menos a los ojos de Dios, como una buena madre de hijos.



Capítulo VIII