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Impresiones en una visita al Paraná

Impresiones en una visita al Paraná
de Juan Bautista Alberdi



...Yo no amo los lugares mediterráneos y pienso que este sentimiento es general, porque es racional. Si el hombre es un ente social, debe huir de lo que es contrario a su sociabilidad. Me he visto en medio de los portentos de gracia y belleza que abriga el seno de nuestro territorio, me he sentido triste, desasosegado por una vana impresión de inquietud de no encontrar una playa en que pudiesen derramarse mis ojos; he creído habitar un presidio destinado a los poetas descriptivos.

...Yo no sé si este sentimiento es común, pero nunca he podido pararme en las orillas de un río, sin sentirme poseído de no sé qué ternura vaga, mezclada de esperanzas, de recuerdos, de memorias confusas y dulces. He tenido envidia de preguntar a las aguas que pasaban de qué regiones procedían y a dónde iban. Las he visto pasar con envidia, porque yo amo todo movimiento. Me ha parecido que iban a otros climas más felices. Las playas de los ríos han sido siempre una musa, un germen de inspiraciones para mi alma, como para los estados un manantial de progresos. Y yo reconozco en este instinto algo de justo. Estas aguas que he visto pasar llevan un destino grande, van a engrosar el vehículo poderoso de la libertad y de la sociabilidad humanitaria: el océano. El océano es la unidad, el progreso, la vida misma del espíritu humano. Sin este lazo divino no fuera un solo y mismo hombre que vive siempre y progresa continuamente. Agotar los mares fuera sumir las naciones en la servidumbre y la barbarie. La libertad moderna de la Europa, es natural de una isla. La libertad como los cisnes y las musas ama las orillas de las aguas. Si las antiguas musas habitaron los bosques, las musas del día buscan los ríos y los mares. Hijas de la libertad y del progreso, aman la cuna de sus padres.

Un poeta americano ha hecho bien en pintar las facciones del desierto. Estas pinturas a más de un interés de curiosidad, reúnen el interés social. Aunque el desierto, no es nuestro más pingüe patrimonio, por él sin embargo, debe algún día, como hoy en Norte América, derramarse la civilización que rebosa en las costas. El arte triunfará de nuestros desiertos mediterráneos, pero antes y después de la venida del arte, las costas del Paraná y del Plata serán la silla y el manantial de la poesía nacional...

Aunque el arte actual no sea la expresión ideal de la vida social, la profecía del porvenir, él no podrá profetizar un porvenir inmenso a la sociedad americana, sin darle un teatro adecuado, y este teatro no podrá ser otro que el borde de nuestros opulentos ríos. El egoísmo humano ha dicho Río de la Plata, queriendo decir: río de la libertad, de la prosperidad, de la vida. El Río de la Plata es hijo de dos ríos de poesía y de gracia, como para dar a entender, que la libertad y la opulencia de los pueblos son hijos de las musas.

Es a la faz de estas aguas famosas, en las márgenes del Paraná, donde yo escribo estas impresiones, que sus encantos producen en mi alma. He venido en busca de mi vida que sentía aniquilarse, como la voz humana en el silencio del desierto. El desierto es como nuestra vida, como nuestra voz, y si nos deja, la vida nos lleva el contento. La música es una revelatriz sincera de los secretos del alma, y para sondear el estado íntimo de los habitantes de nuestros campos solitarios, basta fijarse en el acento de sus melodías: son llantos de peregrinación y de soledad. Me he sentido renacer de un golpe a la vista celestial del Paraná. Lo he visto por la primera vez en una tarde apacible; se levantaba, la luna, no como un objeto del cielo, sino como parte de las aguas, como flor luminosa que volaba a los cielos. Dejé caer una sonrisa involuntaria: la extrema belleza infunde un sonreír inefable. Me quedé repitiendo: ¡Qué gracia! ¡Qué belleza! ¡Qué majestad! Me acordé al momento de Lamartine, de Chateaubriand, de Didier, de todos los grandes pintores de la naturaleza. Si se viesen donde yo me veo, mudo de admiración me decía, qué Paraná no veríamos manar de sus plumas.

Aquellos bosques que nuestros campos echan de menos, y que los ojos buscan en vano a la vista de llanuras inmensas, han venido a colocarse en medio de las aguas. Bosques encantados, jardines flotantes, paisajes que la poesía no habría columbrado en sus sueños divinos.

Tengo a mis pies el cuadro, piso la soberbia ribera de San Pedro, que parece erguirse de vanidad de las aguas que custodia, desde aquí contemplo las isletas de flores en formas graciosas: veo diademas de flores que parecen mirarse en los espejos del río, flores coronadas de cristal: es un laberinto armonioso en donde las vastas láminas del río juegan con las guirnaldas azules, conciertos graciosos y risueños.

El entusiasmo que en su admirable instinto de civilización ha cuidado siempre de erigir sus templos en lugares dominantes, parece haber sido inspirado como nunca al plantar la cruz de Cristo en las orillas del Paraná, como astro aparecido en un nuevo horizonte, para avisar que ya vienen siglos de igualdad, de libertad de asociación para estos sitios. ¿Qué anuncia en efecto esta cruz que señorea estas orillas? Es el estandarte de la libertad y de la luz nueva, que llama a los hombres de este suelo a protestar a sus plantas, en favor de la civilización humana, es decir de la igualdad de la libertad, de la confraternidad de todos los hombres que la cruz de Cristo simboliza. Es la planta de la vida cuyas flores son la libertad y la igualdad, y cuyos frutos son los pueblos.

Un profundo silencio, no obstante, envuelve hoy día esta escena de mudez, y grana. Y no podríamos preguntar: ¿Qué significado tuvo aquella inmensa algazara de 15 años, con que alborotamos el mundo y que hemos llamado revolución americana? Fue un albor primero y efímero no más, el primer canto del gallo de la libertad: un destello dulce del día del porvenir. La noche es larga como el día, todavía seguirán horas silenciosas, largas tinieblas que los espíritus enfermos confundirán con la noche, pero indudablemente la luz vendrá y brillará con un esplendor no conocido.

Entre tanto estos sitios duermen aún en brazos de un poético misterio. Este teatro espléndido, obra inédita del Creador está sin duda destinado al porvenir del mundo: los siglos de oro duermen bajo estas olas argentinas; siglos nunca vistos, piden lugares no conocidos como los peces de oro, que parten en silencio las ondas diáfanas, así las masas infantes del Paraná, ríen, juguetean y saltan con un cuidadoso silencio, como si temiesen comprometer el porvenir del mundo, revelando prematuramente, el teatro en que debe desplegarse un día.

Lleno de una ferviente y exaltada fe en el porvenir humano, que en este instante preocupa mi espíritu, me siento sumergir en un éxtasis divino que me transporta a aquellos días afortunados. Yo veo ya estas riberas coronadas por guirnaldas airosas de edificios de una arquitectura, cuya simplicitud simétrica, simboliza un mundo despejado de todo género de jerarquías. Yo veo descender como las perlas de la aurora, a las graciosas argentinas sobre las márgenes del Paraná, en aquellas tardes perfumadas, que caen en pos de un sol punzó. Yo veo esmaltarse los espejos del río de los infinitos colores de los vestidos de las jóvenes que invaden, las aguas en elegantes góndolas de variadísimos pabellones. Las veo abordar los parques encantados, que ha levantado el arte, en la más vecina de las islas. Veo descollar más atrás la frente majestuosa de los edificios levantados en las más apartadas islas.

Aturde mis oídos el torrente estrepitoso de buques de vapor que suben y bajan la inmensa riqueza de nuestra industria. Confunde mis ojos la infinidad de banderas amigas que pululan sobre nuestras aguas. Yo admiro, en fin, la vida, la actividad, la abundancia, derramarse con profusión maravillosa, con una observancia inconcebible. Me imagino una atmósfera nueva, un mundo desconocido, leyes, instituciones, ideas, formas que hoy sólo viven en las especulaciones honradas del genio; oigo hablar del siglo XIX como hoy de la Edad Media, oigo hablar de la Europa actual, esta Asia moderna, como hoy del Oriente y de la Asia primitiva. Y todavía oigo la voz infatigable de la filosofía, que profetiza y concibe tiempos y mundos más avanzados y perfectos todavía.

Aquí una campana lúgubre viene a eclipsar mis visiones, la campana de la noche que llama a la oración, esta preparación austera de los tiempos futuros. El acento que hoy me despierta para quitarme las grandezas que sueño, en otro tiempo me ha despertado para darme las que no soñaba. ¿Quién de nosotros que tenga un corazón que palpite al nombre de la patria, no se acuerda allá en los primeros días de nuestras glorias, muchas veces en la mitad de una profunda noche, de haber oído el eco majestuoso de una campana para anunciar que la espada de Belgrano o San Martín había roto un eslabón más de la cadena de nuestra servidumbre? Horas de gloria, momentos inmortales ¿habéis fugado acaso para no volver jamás? Son tantas las veces que las campanas han saludado las glorias nacionales, que sus acentos ya no pueden escucharse, sin que cien ecos respondan en el alma. Así las campanas han venido a poseer dos idiomas, el de la religión y el de la patria. Que Dios preserve nuestros corazones de olvidar jamás la clase de estas sagradas cifras.

Figarillo