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Historia general de la medicina en Chile, tomo I/Capítulo XVIII

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CAPÍTULO XVIII.

Higiene Pública y Policía Sanitaria




SUMARIO.—§ I. Ordenanzas del siglo XVIII. Higiene pública y privada. Su relación con los servicios médicos. Medidas administrativas. Los vapores mefíticos considerados en España como correctivos del clima. El agua potable.—§ II. Cuarentenas y Cordones sanitarios. Primeras medidas tomadas en Chile. Documentos. Importantes informes para la literatura medica colonial, por los Drs. Rios, Chaparro, Nuñez Delgado, Llenes, y Sierra.




§ I.

La ciudad de Santiago comenzó por ser «un montón de barro coronado de ramas de espino», ha dicho con razón, el erudito historiador don Miguel Luis Amunátegui.[1]

La capital creció en medio de la inmundicia.

La higiene pública fue completamente descuidada durante la colonia; las escasas medidas que se tomaban cuando había alguna epidemia, eran olvidadas apenas pasaba el peligro.

La primera medida de aseo data de 1550, en que el Cabildo ordenó la limpieza de las calles, por los indios ó esclavos de cada casa.

En sesión del 9 de Septiembre de 1588, se volvió á ordenar el aseo de la ciudad de Santiago ¿¿por cuanto conviene al bien y limpieza que no haya basurales, perros y otras cosas muertas. El 4 de Noviembre del mismo año acordaron los rejidores salir por turno, para vijilar las borracheras en los dias de fiesta con orden de trasquilar y azotar á los indios ebrios; iguales providencias se tomaron repetidas veces durante el régimen monárquico.

En el siglo XVII, se comenzó la pavimentación de la capital con piedra redonda de río, y se dictaron medidas para las plantas de nuevas fundaciones de pueblos, que iban aumentando con el avance de las fronteras.[2]

Por aquel tiempo se crearon las ordenanzas de alcaldes de barrios, sobre fiscalización y aseo de calles, figones, bodegones, casas de alojamiento, de socorros, de expósitos, enfermos etc.

En 1712, el Cabildo resolvió gastar 80 pesos, en asear las acequias y calles, en vista de ser, unas y otras, más bien basurales donde arrojaban todos los desperdicios, incluso las ropas de enfermos contagiosos, y animales muertos, los que eran devorados por las aves de rapiña y otros animales hambrientos, á vista y paciencia de los vecinos.

Sólo en Julio de 1725, por indicación de Cano de Aponte, el Cabildo contrató con un empresario el aseo de la ciudad y remoción de las basuras, al rio, «á virtud del gran daño que se sigue en esta ciudad á causa de las muchas basuras que hay en las calles, desapareciendo los empedrados.»

Si esto sucedía en la capital, en los otros pueblos, la negligencia, traspasaba los límites de lo inmundo.

En cuanto á salubridad general, en la ciudad de Copiapó, por ejemplo, durante todo el primer período de su Cabildo, 1745-1753, sólo una vez se trató de la salud pública, en vista de haber aparecido la viruela en Santiago y la Serena.[3]

El 28 de Noviembre de 1771, la municipalidad de la capital, prohibió á los sacristanes el que arrojaran á las calles los restos de las sepulturas, tablas de atahudes, almohadas, ropas de difuntos etc.[4]

En los archivos del Cabildo de la Serena, se comprueba que sólo en 1786, se dictó el primer bando sobre buen gobierno y policía sanitaria.[5]

En 1779, se tomaron en la capital algunas medidas de higiene por temor de que se contagiase la ciudad de la epidemia catarral llamada, vulgarmente, quebranta-huesos.—la grippe, sin duda—y que hacía grandes estragos en el Perú, según nota del virrey al presidente de Chile.

En esta ocasión el Cabildo se reunió, extraordinariamente, para tomar las determinaciones más convenientes, á fin de «evitar é impedir todas las causas que puedan, corrompiendo el ambiente, introducir el contagio,» pidiendo al mismo tiempo al gobernador que, en vista de ser «su preservación, la mayor limpieza y aseo de la ciudad, ordenase por bando que todos los vecinos limpien sus acequias y que boten fuera de la ciudad las inmundicias.»

Estas medidas se llevaron á cabo con alguna regularidad, agregando el gobernador una ordenanza sobre cuarentenas, en la rada de Viña del Mar, para los navíos procedentes del Callao y con escala en Valparaíso.

El reglamento más completo sobre salubridad, de la era colonial, fué dictado por el Marquez de Vallenar, don Ambrosio O'Higgins, y puesto en vigencia el 19 de Agosto de 1788.

En cuanto á la higiene privada, se puede decir que casi no existía; los usos más elementales sobre las personas ó lo medios de vida eran descuidados, cuando no ignorados, asemejándose en sus hábitos á los propios de los naturales.

En los hospitales, tampoco se cuidaban de las reglas higiénicas.

El bachiller Jordán de Ursino se quejaba de esta negligencia , y en cuanto á la comida y trato de los enfermos dice se les daba, «por vía de mantenimiento, carne cocida con maiz quebrado que llaman chuchoca, lo cual es muy indigesto y perjudicial respecto de que el maiz es de nutrimento crasso y así mismo, de parte de noche, les dan mazamorra con miel así á los enfermos de llagas como á los de fiebres.»[6]

En esta misma comunicación, se lee que no había en San Juan de Dios, una sala para tísicos y éticos, ocasionando esta enfermedad á los que no la tenían, por lo cual el bachiller Jordan de Ursino reclamaba esta medida, hace trescientos años.[7] Aconsejaba que las ropas de dichos tísicos debían destruirse, y que se habilitase una sala para agonizantes y un depósito para cadáveres, pues, á unos y otros, los acostumbraban dejar expuestos ante los demas enfermos empeorándolos por el terror, y facilitándoles el contagio con la putrefacción de los cadáveres que permanecían en las salas hasta el día siguiente.

El Cirujano Manuel Esponda, que desde 1792, estaba á cargo del servicio médico-quirúrgico del hospital de Valparaíso, se queja al gobierno, con fecha 20 de Setiembre de 1798, de que la ropa de los tísicos es utilizada en otros enfermos, ó en vendas é hilas para las curaciones.

En 1788, se reglamentó el que los médicos y cirujanos diesen cuenta á las autoridades, de los fallecimientos por enfermedades contagiosas, so pena de 50 pesos de multa por la primera omisión y con privación del ejercicio profesional en caso de reincidencia.[8] Se especificó también un régimen sobre aseo de poblaciones y sobre uso y ubicación de cementerios. Este reglamento fué ratificado por Carlos IV, el 28 de Julio de 1789 [9]


Con fecha 20 de Junio de 1797, se publicó en Chiloé un Bando sobre salud pública y policía sanitaria, con extensas reglamentaciones, de cuyo original tomamos el siguiente acápite: [10]

«Enfermedades contagiosas.—Art. 22.—Que los médicos de esta Provincia den puntual cuenta por escrito á este Govierno, luego que fallezca cualquiera persona á quien hubiesen asistido de enfermedad contagiosa ética, ó tísica, para que comisione y mande á quien le pareciere que proceda á hacer quemar las ropas y muebles contaminados, y tome las precauciones convenientes para evitar que se propague el contagio, y padezca la salud pública, cuya precaución deben tomar los jueces territoriales, donde no haya médico ó cirujano, cuando ocurran fundadas sospechas haber muerto alguno de contagio so pena de ser multados en la tercera parte de sus sueldos, por cada omisión en tan estrecho encargo.»

Las siguientes frases expresan las ideas imperantes sobre higiene y salubridad:

«En las admirables páginas que ha consagrado Buckle al estudio de la civilización española en el siglo XVIII—dice el Dr. Orrego Luco—[11] encuentra Ud. la prueba incuestionable de que, por grande y hasta increíble que fuera nuestro atraso, la España no se encontraba á mayor altura á este respecto.

Habían trascurrido ciento cincuenta años después de la muerte de Harvey y todavía la circulación de la sangre era discutida ó negada en la península! Entraba ya el último tercio del siglo XVIII, cuando tuvo lugar el curioso y característico episodio á que dió marjen el proyecto de limpiar las calles de Madrid. Los médicos consultados por la corte interesada en el proyecto, no vacilaron en declararlo un experimento audaz y peligroso, llegando basta á sostener que las exhalaciones mefíticas eran un elemento de salubridad pública. Hablando sobre este proyecto,—que ahora nadie se permitiría discutir en el más atrasado villorio,—dice Cabarrus, en su elogio de Carlos III: «Pero ¿quien creerá que este noble empeño produjo las más vivas quejas; que se conmovió el vulgo de todas las clases y que tuvo varias autoridades á su favor la estraña doctrina de que los vapores mefíticos eran un correctivo saludable para la rigidez del clima? Ferrer del Rio, en su historia de Carlos III, entrando en mayores detalles, recuerda que cuando el ministro Esquilache perseveraba en su empeño de limpiar las calles de Madrid, los que se oponian al proyecto averiguaron la opinión de sus antepasados, á este respecto, y el resultado fué, «que le presentaron cierta originalísima consulta hecha por los médicos bajo el reinado de uno de los Felipes, de Austria, y reducida á demostrar que siendo sumamente sútil el aire de la población á causa de estar próxima la sierra de Guadarrama, ocasionaría los mayores estragos si no se impregnara en los vapores de las inmundicias desparramadas por las calles.»

Don Antonio Ferrer del Rio, pone á este respecto en boca de Carlos III esta picante frase: Los españoles son como los niños, lloran cuando se les quita la inmundicia...(aquí usa una palabra más gráfica.)

En medio de esta descidia llama la atención los varios esfuerzos que se hicieron para surtir de agua potable á la capital. Estos trabajos fueron iniciados á mediados del siglo XVI.

Las primeras providencias que hemos encontrado en los archivos del municipio datan de la sesión del 15 de Febrero de 1747, y dicen lo siguiente:

«Para que se haga la fuente que venga á la Plaza desta Cibdad del arroyo Tobalaba. En este dicho Cabildo se acordó que el agua del nascimiento que sale del manantial por arriba de Tobalaba se traiga toda ella á esta dicha cibdad para hacer en la plaza pública una fuente para beber el común, atento á la gran nescesidad que esta cibdad tiene de agua clara para conservar la salud del común, y que se traiga por una acequia que se haga del fondo de una vara y del anchura de media vara, hasta la calle de Alonso del Castillo, porque desde allí hasta la plaza se dará orden como se traiga cubierta hasta la fuente que se ha de hacer en la plaza.»—Licenciado Calderón.—Juan de Cuevas.—Nicolás de Gárnica.—Santiago de Azocar.—Francisco de Lugo.—Francisco de Toledo.—Juan de la Peña, escribano público y del Cabildo.»

Los capitulares, el licenciado Gonzalo Calderón, Juan de Cuevas, Santiago de Azocar, Nicolás de Gárnica, Francisco de Lugo y Francisco de Toledo—el 15 de Febrero de 1577—acordaron que «el agua que sale del manantial por arriba de Tobalaba se traiga toda ella á esta dicha cibdad para hacer en la plaza pública una fuente para beber el agua común, atento á la gran necesidad que esta cibdad tiene de agua clara para conservar la salud del común.»

El 24 de Enero de 1578 se halla esta otra resolución:

«Que se traiga de la fuente: En este Cabildo acordaron sus mercedes que se traiga á la plaza desta ciudad una fuente del agua que viene de Tobalaba y Apoquindo, é que si para traerla se le siguiese daño á algún particular, se le tase el daño y se le pague, atento la gran necesidad que esta ciudad padece mayormente á los veranos, de agua limpia y clara, porque la del rio viene muy turbia y no se puede beber de ella, y causa á los vecinos, estantes y habitantes della grandes enfermedades, y que se traiga toda la agua de Ramón, que es la de Tobalaba y Apoquindo.—Licenciado Calderón.—Gaspar de la Barera.—Francisco de Lugo.—Francisco de Gálvez.—Antonio Carreño.—Juan de Ahumada.—Ramiriañez de Saravia.—El Licenciado Ribas.—Juan de Barona.—Babilés de Arellano.—Gaspar Calderón.

Y todavia en la de 31 de Enero de 1578, se lee lo siguiente:

Carlos de Medina que traiga la fuente y señálasele salario.—Se le darán 150 pesos de buen oro, 100 dias de trabajo y con indios que le dará el Cabildo etc.»

En 21 de Agosto de 1579—don Hernando de Balmaseda, se presentó pidiendo se le permita á su costa proseguir, frente á su casa viña y chácaras, la cerca por la parte afuera hacia el rio, para reparar la acequia del agua de la fuente que viene para proveimiento desta ciudad; lo que se permitió.

Hay numerosas providencias sobre los trabajos del reguero abierto por donde se llevó el agua á la ciudad; los rejidores y alcaldes se turnaban semanalmente para vijilar los trabajos. Se prohibió las siembras cerca de la corriente hasta la primera alcantarilla so pena, al indio que lo hiciese, de 200 azotes y de ser trasquilado.—Se emplearon 2,500 trabajadores y el costo fué 747 pesos y 3 tomines, los cuales se pagaron el 13 de Octubre de 1578.

El presidente Guill y Gonzaga, y el oidor Traslaviña, dieron gran impulso á estas obras en los años 1763 y 66.

La historia del agua potable de la capital, es pues larga en el primer período de su establecimiento; numerosos son los estudios y discusiones á que ha dado lugar, y aún, hoy por hoy, es causa de activas preocupaciones de la autoridad, ya para el aumento de su caudal como para el mejoramiento de sus condiciones higiénicas.


§ II.


Las medidas preventivas que nuestros antepasados tomaron, en épocas de epidemias fueron vigorosas.

Las cuarentenas y cordones sanitarios, se organizaron algunas veces con bastante regularidad para aquellos tiempos; y sus infracciones fueron penadas con severidad.

Los documentos más antiguos que hemos hallado sobre imposición de cuarentenas se remontan al 20 de Noviembre de 1589. En dicha fecha el Cabildo sostuvo una larga discusión referente á las medidas que se debían tomar para precaverse de varias enfermedades que se habían desarrollado en el Perú, con carácter epidémico, como ser las viruelas, el sarampión y el tabardete. Con este motivo el Gobernador don Alonso de Sotomayor y varios señores cabildantes demostraron tener más criterio médico que los facultativos Alonso del Castillo y Damián de Mendieta; pues mientras el Gobernador ordenó que no entrase por los puertos ninguna clase de ropa y bultos sin abrirlos y orearlos detenidamente, apesar de las protestas de los mercaderes, medida que fué adoptada por los miembros del ayuntamiento, en tanto, los indicados médicos dijeron que no había inconveniente en que se admitiese la ropa de lugares ó buques infestados y que menos necesidad había en abrir los bultos. Con motivo de esta misma discusión, el alcaide Agustín Briceño opinó que los que arribasen en navíos y que hubiesen tenido algunas de las enfermedades antedichas, debían ser reembarcados inmediatamente sin que pudiesen salir de abordo durante cuarenta dias so pena de la vida», y que las demás personas y mercaderes del mismo buque contagiado pasasen á un sitio determinado, como ser á Casablanca ó al Paso de Zapata, á sufrir también igual cuarentena, sin que ningún extraño á los desembarcados pudiese tocar las ropas y bultos que los acompañasen; además debería quemarse la ropa que hubiese sido usada por los enfermos.

El alcalde Juan Hurtado, y los regidores capitán Pedro Ordoñez Delgadillo, Carlos de Molina, Baltazar de Herrera y Andrés de Torquemada, dijeron que su voto y parecer era igual al del alcalde Briceño, agregando el regidor Bernardino Morales de Albornoz que además de dichas medidas debía ser obligatorio el oreo de ropas y fardos durante los mismos cuarenta dias. Por unanimidad también acordaron que los cuarenta días debían comenzar á contarse desde el día de arribo del navio, al puerto, y así mismo nombravan al regidor Carlos de Molina para que se trasladase á Valparaíso é hiciese cumplir, estrictamente, lo ordenado.

El 27 de Octubre de 1622, el ayuntamiento impuso cuarentena á los pasajeros de las provincias de Cuyo, por estar infestadas de peste; para dar fiel cumplimiento á esta orden se nombró al capitán y regidor don Gregorio Serrano para que se trasladase al puente de Aconcagua, con jente armada, é impidiese el tráfico de llegada para los que no trajesen testimonio de sanidad.

Otras noticias datan del año 1659; se refieren á una «Causa Criminal que la Real Audiencia mandó seguir al Corregidor de la provincia de Cuyo, Don Luis de Molina Parraguez, por no haber dado cumplimiento á una real provisión que se despachó á fin de que no dejase pasar á Chile apersona alguna que viniera de Tucumán, Paraguay y Buenos Ayres, sin presentar previamente certificado de no hallarse contagiado de la peste general que reina en dichas provincias.» [12]

El Cabildo de Copiapó, con fecha 20 de Diciembre de 1745, impidió la entrada á la provincia á los viajeros del sur, conminándoles con 500 pesos de multa si los infractores eran españoles, y con 100 azotes y expulsión del territorio si eran indios, negros, mulatos y mestizos.[13]

En 1759, se impuso una cuarentena á la fragata «Soplo de Lero», en la isla de Quiriquina, que venía del Callao, con dirección á Talcahuano, y que durante la travesía había tenido á su bordo varios casos de viruela.[14]

Dicho aislamiento se llevó á efecto con todo rigor, y evitó el contagio de la enfermedad.

En 1760, el navio «Bregonia», fué aislado también en Quiriquina, y sus enfermos atendidos en el lazareto que dirijia el benemérito fraile hospitalario José Eyzaguirre.

El 7 de Julio de 1762, llegó á la bahía de Coquimbo el navío «El Valdiviano», con varios casos de viruela á bordo. Incontinente se aisló el buque en la Herradura, y se llevaron á un rancho lejano, en la costa, á todos los enfermos, y se hicieron fumigaciones generales con litre ó carachamoye.[15]

En aquella época se hacía salir á los enfermos y sus familias, fuera del pueblo, como le pasó á don Agustín Jorquera que con todos los suyos tuvo que irse á seis leguas de la Serena, por tener un apestado en su casa. El Cirujano Ignacio Zúñiga, único médico de dicha ciudad, en 1762, fué el encargado de la vijilancia y atención de dicha familia secuestrada.[16]

En 1765, el presidente Guill y Gonzaga publicó por bando, el establecimiento de un cordon sanitario, como consta del decreto que sigue:[17]

 «Santiago y 20 de junio de 1765.

En conformidad de lo que dice el Sr. Fiscal, y para evitar la internación de la Peste de Viruelas á las Provincias de adentro, mando se haga la quarentena por todas las personas que salieren de esta ciudad, y hubieren de transitar por el partido del Maule, de cualquiera calidad, estado y condición que sean en el paraje acostumbrado que es en las inmediaciones del Rio Lontué para que assí el correxidor de Maulé como el de Colchagua darán todas las providencias conducentes hasta hacerlo regresar y embargar sus cargas y cabalgaduras hasta cumplir la quarentena, para lo que el correxidor de San Fernando, ó su teniente de justicia más inmediato dará á cada uno la certificación de haver cumplido, y con ella no se le pondrá embarazo en su tránsito y llegando al de Maulé corroborará la certificación, á cuio fin se escrivirá Carta por mi secretario de Cámara a ambos correxidores para su intelijencia.»

En 1785 el navío «San Pedro Alcántara» observó una estricta interdicción cuarentenaria, evitándose la propagación de viruelas que tenia á bordo.

En la nota adjunta [18] publicamos el decreto de don Ambrosio O'Higgins, mandando poner en cuarentena al referido navío, y en la siguiente [19] un informe del protomedicato sobre este mismo punto, en el cual después de explicar las causas y medios del contagio, se expone un resumen de las medidas que debían tomarse para evitar la epidemia, y los medios terapéuticos de utilidad en tales casos. Ambos documentos merecen leerse para conocer las prácticas de esta parte de la medicina antigua, entre nosotros.

En 1787, se usaron otra vez los aislamientos, en profilaxia de la misma epidemia, por orden del gobernador O'HIiggins.

En 1789, se desarrolló en la ciudad de Concepción una gran epidemia, como pocas veces se había visto, lo que obligó á las autoridades á tomar enérjicas providencias, asesoradas por el protomedicato, que reunido especialmente con dicho objeto, estudió un detallado informe el cual transcribimos en la nota correspondiente. Este informe expone con minuciosidad la manera de prevenir las invasiones de tan terrible flajelo, indica el secuestro de los enfermos, propone las fumigaciones generales de la ciudad y en particular de las casas y habitaciones infestadas, y el uso del famoso vinagre llamado de los cuatro ladrones, que tanta boga alcanzó en la colonia, y enseña todavía el arreglo metódico de la vida, el uso de alimentos «suculentos y dulces», baños de medio cuerpo en agua templada en invierno, y en agua fria en verano, etc., y una cantidad de indicaciones oportunas que fueron de provechosa utilidad en aquellos días en que dominaba el pánico, tanto entre los conquistadores como entre los indios araucanos, agobiados por la peste.

Este informe, lo publicamos, en este lugar, por su atingencia con el tema que tratamos, aunque avance muchos puntos sobre inoculación y viruelas que son objeto de un capítulo especial.

Otra cuarentena rigorosa fue impuesta al buque «El Valdiviano», en 1790, en la bahía de Coquimbo, por llegar inficionado de viruelas desde el puerto de Valparaíso. Aí tratar de los informes técnicos dados por fray José Flores, y fray Juan Chacón de Aguijar hemos dado algunos pormenores sobre esta materia. [20]

En el volumen 814 del Archivo de Gobierno, existe un informe del protomedicato sobre medidas de aislación y desinfección de apestados; dicho informe dice así:

«El Protomédico, obedesiendo a la superior orden de Us. dice que habiendo citado á junta general á todos los profesores de la facultad médica, concurrieron á ésta, el P. fr. Daniel Botello, Dn. Eugenio Nuñez, Dn. Cipriano Mesías, j don Joseph Llenes, a quienes propuse el motivo tan justo y urjente de la junta, dividiendo los objetos en dos clases, unos contagiados de viruelas, o convalescientes de ellas, y otros que han pasado tiempo á este accidente, en cuya proposición los tres primeros profesores fueron de parecer que unos i otros deben guardar la cuarentena, debiéndose contar desde el dia que salieron de esta ciudad u otro lugar contagiado de la peste, considerando que solo de este modo se verán libres varios lugares de un veneno tan pestilencial, Dn. Josef Llenes y yo fuimos de parecer que los convalescientes de peste deben guardar la cuarentena, y se les debe contar desde el dia que se levantaron de la cama, pues este tiempo es suficiente para disipar las partículas virulentas del humor varioloso, con advertencia que sus personas y ropas esten lavadas y purificadas, pero los sugetos que tiempo ha que padecieron este peligrosa accidente no deben demorarse la dicha cuarentena, cuando solo por sus negocios particulares parten de un lugar a otro, siendo para esto el suficiente la ventilación de sus personas y ropas, mediante el ambiente de esas campañas. Que es cuanto puedo informar en cumplimiento del superior decreto de V. S. Santiago y Junio 21 de 1776.—Josef Ant.° Rios


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  1. El Cabildo de Santiago.—Ob. cit.
  2. En el Archivo de Gobierno—M. S. de la B. N.—existen varios legajos sobre fundaciones de ciudades, en cuyas actas se anotan los detalles sobre dichas plantas, anchos de calles y plazas etc., pero sin niguna especificación sobre medidas de salubridad.
  3. Historia de Copiapó, por Carlos María Sayago.—Copiapó, Imp. de «El Atacama.»—1874.
  4. Actas del Cabildo de Santiago.
  5. Indice del Archivo del Cabildo de la Serena—publicado en los Anales de la Universidad, por. J. E. Peña Villalón.—1899.
  6. Arch. del M. del I.— Vol 963.
  7. Sólo ahora con las modificaciones en la administración de la beneficencia pública, en la cual toma mayor parte el elemento médico, y debido á la mayor actividad de las autoridades civiles y sanitarias, se estudian medidas sobre el servicio y aislamiento en hospitales y sanatorios, de dichos enfermos. En provincias no se han llevado á cabo aún estas reformas.
  8. Bando del Marquez de Vallenar, don Ambrosio O'Higgins.
  9. Cedulario de la Biblioteca Nacional.
  10. Bando de buen gobierno, del gobernador de Chiloé don Antonio Montes de la Puente, dado en la ciudad de San Carlos, el 20 de Junio de 1797.
  11. Carta del Doctor Augusto Orrego Luco, al Dr. Ignacio de la Puente secret. de la Soc. Méd. de Lima.—Doc. cit.
  12. Arch. de la R. A.—Vol. 384.—N.° 1036.—Años 1652 á 59.
  13. Historia de Copiapó, por Sayago.—Ob. cit.
  14. Arch. del M. del I.— Vol. LIV.—N.° 985.—Expediente sobre cuarentenas en Valparaíso—Domingo de la Peña y Lillo.
  15. Crónica de la Serena, etc, por Manuel Concha.—Ob. cit.
  16. Id. Id.
  17. Arch, del M. del I.—Vol. 813.
  18. Bando del Marquez de Vallenar don Ambrosio O'Higgins, sobre cuarentenas al navío San Pedro Alcántara, en 1785.

    Don Ambrosio Higgins de Vallenar, Brigadier de Caballería de los les ejércitos de S. M., Maestre de Campo General del Reino, Subinspector de Milicias y Comandante de las Fronteras de S.M.

    Considerando, que a mas de un siglo que resisten con el mayor conrato los Naturales de este obispado la Introducción de la Peste de Biruelas, obligándoles la Practica experiencia del estrago que opera en ellos huiendo de este contajio como del mas orrendo, y abominable enemigo y que prevenidos de este mismo terror o si se estendiese, causaria el mayor estrago. Ya por la vehemente aprehencion de su malignidad de que están poseidos; ya por el desamparo que se verian los enfermos. Con este objeto luego que fuimos noticiados que en el Navio San Pedro, que del puerto del Callado se dirijió a este avia aprendido este accidente aplicamos los medios políticos que dictan la razon para inducir y solicitar de su comandante, su retiro al de Valparaíso proponiendo las Bentajas de este destino en habono del Rey y la causa Pública, pero biendo infructuosos nuestros esfuerzos por que Incapacitaban abrazar esta resolucion la misma gravedad, y cuerpo que esta epidemia y otros males abian tomado en el Buque postrando crecido número de su tripulación, y por otros motivos que se nos expusieron emos resuelto variar de medio aplicando nuestra atencion a que de la Isla de Quiriquina donde dicho Navio se halla anclado y adonde se han acomodado los enfermos no se Trasmita la epidemia a este continente, a cuyo efecto hemos mandado acordonar las costas con las tropas Militares y compañias de Milicias para privar el comercio, y trato de las jentes de dicha embarcacion con las de tierra y rejilitando no podemos asegurarnos de que se ebite la correspondencia si el temor de alguna pena no los arredra y contiene.

    Por tanto, mandamos que ninguno reciba dinero, carta ni especie que se haya conducido en la citada embarcacion y que el que a ello contrabiniere siendo Plebeyo incurra en la pena de doscientos azotes, que se le darán irremediablemente en la Plaza de este puerto y en la de destierro por seis meses a las Obras Públicas del Rey y siendo de clase o circunstancias que lo exepcionen sufrirá la prisión de seis meses y exibirá cien pesos para auxilio de los virolentos.

    I para que esta orden tenga efecto mandamos se publique por Bando en este Puerto y en el de Penco, y que sacándose de el un testimonio se remita al Sr. Comandante del Sn. Pedro para que formando idea del terror y riesgo que amenaza libre S. S.ª las providencias que juzgue oportunas a impedir dicho comercio a que lo exortamos en nombre de S. M. (que Dios guarde). Fecho en el Puerto de Talcaguano en 27 del mes de Enero de 1785. Dn. Ambrosio Higgins.

  19. Informe del Protomedicato sobre la cuarentena del navio San Pedro Alcántara, en 1785.

     Al I. S. P.

    Los médicos que US. se sirvió mandar juntar para que conferenciasen y resolbiesen los medios que debian tomarse para precaber a la ciudad de la Concepción al contajio de Virhuelas que la amenaza el arribo del Navio del Rey Sn. Pedro de Alcántara, al puerto de Talcahuano con muchos hombres enfermos de este accidente, consideradas las razones que anuncian el Sr. Maestre de Campo de la Frontera, el Corregidor y Vecindario de dicha Ciudad, y con atencion a la situacion de ella, con respecto al puerto de Talcahuano, e Isla de la Quiriquina, como se manifiesta en el plano, é informe del Ingeniero Dn. Leandro Baradan, cumpliendo con la orden verbal de V. S. dizen: que con justa razon procuran el vecindario de la Concepcion y sus jefes evadirse del contajio de Virhuelas, porque, es de pésima índole, respecto a que esta enfermedad trae anexo inminente peligro de la vida por una parte, y por otra su contajio se propaga vivísimamente en los países en donde no es frecuente este accidente, de manera, que a pocos pasos se haze epidemia pestilencial mucho mas mortífera en los lugares y rejiones inmediatas al polo, porque siendo allí los vientos impetuosos, y el temperamento mas ríjido, sus habitadores tienen el Cútis mas denso, y la traspiracion mas difícil, y por tanto las Virhuelas no pueden salir con facilidad del centro a la circunferencia, y de ahí es, que, en la Europa esta enfermedad es mas peligrosa y mortífera en las Rejiones que se acercan mas al Norte, lo mesmo que sucede en este Reyno con las que están mas vecinas al Sur.

    Esta circunstancia y la de ser quasi todos los avitadores de la Concepcion, y sus comarcanos pábulo en que se Zebe, este mortífero beneno haxen mas horrible su Vecindad, y aparentan insuperables los medios de evadir su comunicacion y mas trayendo a la memoria los estragos que a causado en las ocasiones, en que ha invadido aquel territorio; pero contempladas las justas providencias, que se han tomado a este fin: la Cituacion de aquella ciudad: la del Surjidero en que está anclado el Buque infestado, y la de la Isla de la Quiriquina que ha sido el rezeptaculo y depósito de los corrompidos del accidente debe esperarse que no se propague y serenarse los ánimos de los interesados por las razones siguientes:

    De tres modos se propaga el contajio de Virhuelas. 1.° por contacto de la persona enferma de ellas. 2.° por uso de las cosas inanimadas, como por uso de ropas, ó muebles que inmediatamente sirven al enfermo. 3.° por inspirar el aire infeccionado por el contajio. Este último modo de propagación del contajio se subdivide, en otros dos modos: combiene á saber, en jeneral, y particular. Es jeneral, cuando la enfermedad se a hecho epidemia, porque ha invadido a muchos, y ha corrompido el ayre de una provincia, ó de una ciudad. Es particular, cuando un sujeto va a inspirar el aire que respira un enfermo, por que se va a habitar su mesma estancia, ó a asistir inmediatamente a su lecho.

    De ninguno de los dos referidos modos puede propagarse el contagio de Virhuelas de los enfermos que ha desembarcado el Navio Sn. Pedro Alcántara, á la Concepción, ni á Talcahuano conservándose en la Quiriquina los enfermos, y el Buque fondeado en la boca chica; porque, por contacto de las personas, no puede ser a menos que se levante el entredicho puesto a la comunicacion de la jente de tierra y la de a bordo, tampoco por uso de las cosas inanimadas, porque, por lo mismo de que no se comunican esas jentes, no pueden pasar de unas a otras manos las cosas de su uso. Resta solo desvanecer el temor de la comunicacion del ayre corrompido o contajiado.

    Ya se dixo arriba que de dos modos se propagaba el contajio por la inspiración del ayre infecto de él. Si el contajio es de una epidemia pestilencial se contamina todo el ayre de una provincia, ó de una ciudad, y no estamos en este caso, porque las Virhuelas de que se trata solo tienen por objeto a algunos sujetos de la tripulacion de un navío, y estando estos en una Isla distante doze millas de la ciudad de la Concepcion, y seis del puerto de Talcahuano, con la circunstancia de estar dicha Isla a sotabento de ambos lugares, no debe rezelarse que se propague el contajio, y es la razon de todo; porque los corpúsculos, ó miasmas contajiosos, que nadan en el ayre en una epidemia pestilencial son mas tenaces, como que unidos unos a otros resisten mas el choque de las vibraciones del ayre, y asi son aptos para hazer llevados a partes mas distantes; pero los mismos cuerpecillos de un contajio particular sujeto en pocas personas son mas benignos porque siendo menos en cantidad son mas desunidos, y disueltos en el ayre en que nadan, y este como menstruo aparente para atenuarlos los divide y desvanece prontamente. De aquí es que no permitiendo que la gente de tierra baya a la Isla de Quiriquina o a bordo del San Pedro Alcántara no ay que temer se agan participantes del ayre contajiado.

    Este convencimiento que producen las razones sobre dichas se apoya en dos ejemplares que tienen en la Concepcion no muy antiguos. Desde el año 1760 al de 764 han acometido a aquel territorio dos veces las Virhuelas. La primera fueron conducidas por un navio de Lima y se tomó la providencia de que los enfermos de ellas se pusieran en la Quiriquina destinando para su asistencia a Fr. Joseph Izaguirre Religioso del Orden de N. P. S. Juan de Dios y a N. Zafra soldado de Dragon de los de la dotación de la Frontera; quráronse los Enfermos, hísose pasar al buque quarentena en la boca Chica, y no se propagó el contajio. La segunda, aparecieron las Virhuelas en la mesma ciudad impensadamente; sacáronse los enfermos a Coyhueco (que es una haziendiila, que tiene el hospital como dos leguas distante de la ciudad azia la ciudad arruinada, curáronse con asistencia del mismo religioso, aunque solo se salvó uno de tres o quatro que fueron; pero se ebitó la propagación del contajio. Estos sucesos en materia tan memorable para los avitadores de la Concepcion deven serles mas notorios que a nosotros, y por lo tanto deven aquietarse en la ocacion, acompañando su memoria de las razones dichas, que fundan, que el temido contagio de Virhuelas no se estenderá sujetándose a las nacionales cautelas de que se a usado, y a otros que se pueden añadir.

    En resumen es nuestro dictamen, que para evitar que las Virhuelas que padeze la parte de la tripulacion del San Pedro Alcántara que se ha desembarcado en Quiriquina rehagan epidemia pestilencial, ó comun, se mantengan dichos enfermos en la referida Isla, el buque fondeado en la boca Chica, y que se intercepte toda comunicacion de la gente de tierra con la de a bordo, y la de dicha Isla. I respecto a que, el expresado Navio tiene que rezebir a su bordo carga que tiene depositada en Talcahuano, desde luego será necesario, que esta se conduzca, a la ribera de dicha boca chica, prohibiendo enteramente se saque cosa alguna de a bordo para tierra, porque todas las cosas contenidas en el buque deben estar impregnadas de los miasmas, contajiosos virolentos, pues estos como oleosos son fácilmente adherentes a los cuerpos inanimados, y las cosas que se componen de estopas, lanas, linos, o maderas son suceptibles de ellos.

    Para corregir el ambiente puede quemarse pólvora tanto en el Navio (lo que podrá azerse aziendo fuego la Artillería con algunas piezas por ambos costados, y poniendo peveteros de alquitran, azufre y pólvora) como en Quiriquina en donde pueden a mas de esto quemarse algunos leños olorosos como el Arrayan, Pehumo, Colliguay, y otros de esta clase, pues estas materias quemadas embalsaman el aire y corrixen los miasmas nadantes en él. Al mismo fin será muy útil regar el Navio con Vinagre fuerte, y aun el mismo ospital en que se mantienen los enfermos porque este líquido es un gran incindente de los corpúsculos contajiosos.

    La pretension para que el navio baxe a Valparaiso nos parece intempestiva, por que no siendo el contajio de Viruelas permanente, esto es de larga duracion, abiendo fondeado el S. Pedro el 22 del mes pasado, quando lleguen las providencias de V. S. a la Concepcion, ya serán pasados cerca de treinta dias, tiempo sobrado para que los enfermos desembarcados hayan convalecido, ó muerto. Sobre todo el justificado zelo de V. S. determinará lo que le pareciere mas acertado. Santiago y Febrero 12 de 1785 años.—Dr. Joseph Ant.° Ríos.—Dr. Fr. Pedro Manuel Chaparro.—Dr. Cipriano Mesías.— Joseph Llenes.

    Informe del Protomedicato en que se propone la inoculación, y otros medios, para impedir el desarrollo de las Viruelas en Concepción en 1779.

    El Protomédico de este Reino, en cumplimiento del superior decreto de V. S. de 20 del próximo pasado setiembre, para que informe este Protomedicato en el espediente remitido por el Sr. Gob. é Intendente de la ciudad de la Concepción y su obispado. Dice: Que a este fin junta a todos los profesores de su facultad, y haviéndose hecho cargo de lo que ministran los Acuerdos celebrados en Cabildo avierto de aquella ciudad en 3, 7 y 16 de agosto del pte. año, y lo que anuncia la representacion de su Síndico Procurador, despues de haber conferenciado latamente y refleccionado con madurés tan importante asunto, fueron de unánime sentir, que devían informar a V. S. lo siguiente:

    Que debe temerse justamente que la epidemia de viruelas, que ha empezado a sebarse en aquellos habitantes se haga en lo subsesivo de mui mala índole, assi por las razones que saviamente apuntó el Teniente Letrado de aquella Intendencia como que por siendo esta Epidemia del género de las Pestilenciales de dia en dia, y a proporcion del mayor número de enfermos en que se propague, se ha de ir derramando el beneno contajioso que ocasiona en una misma cantidad de ayre, combiene a saber el que compone la Atmófera de aquella ciudad; y aunque este se renove en parte a beneficio de los vientos impetuosos que la dominan, quedando un almacen de estos miasmas mortíferos en las exalaciones que despiden los cuerpos de los enfermos, y a las ropas que les sirben, añadiéndose a estos efluvios los residuos de la Atmófera no renovada, se sigue que de momento a momento se aumentan las semillas del mal.

    A estas poderosas razones se añade la de la constitucion peculiar a los naturales de la Concepcion dotados de un cutis mui espeso, como acostumbrados a resistir Vientos impetuosos, y muy largos y lluviosos Inviernos, de que resulta, que consistiendo la felicidad de la Viruela en que sea fácil su erupcion, encontrando mui estrechos los poros del cutis de estas gentes, por donde devia ser su salida retrocede la materia benenosa, que habia de formar las pústulas exteriores a la masa de la sangre y entrañas, y se hace maligna la viruela, corrompiendo todos los líquidos en que queda nadando un beneno que no tiene otro contrario, que la expulcion inventada por la naturaleza, cuios exfuerzos se debilitan y aniquilan por el impedimento exterior que se acaba de notar.

    Por estas razones, y otras muchas que omite el Protomedicato (por no hacer demaciado difuso este Informe) cree que la ciudad de la Concepcion está amenazada de una cuasi total despoblacion, que no solo comprenderá a los individuos que perecerian de viruelas, sino aun a los que hayan pasado esta enfermedad con felisidad en la Presente Epidemia y a los que no tengan que temerla, por haverla padecido antes, pues que todas quedan expuestas a ser víctimas de las epidemias que nacen de la ynfecion del ayre contaminado por las materias podridas, en que se resuelven las viruelas: consequencias tanto mas funestas y temibles quanto que las enfermedades resultantes de las Epidemias generales en algún Pays son una retificacion del beneno, que empieza a producirlas; y que apurado hace mas biolentos estragos en su dejeneracion, e que tenemos tristísimos y multiplicados exemplares de la Historia Médica, y por tanto la ciudad de la Concepcion debe hacer uso de todos los medios proporcionados a oponerse a esta ruina. Los que se le ofrecen a este Protomedicato son las que ha a proponer a US.

    El primero deberá ser el de extinsion del mal en su orijen por medio de la separacion de los Enfermos actuales de viruelas, pues siendo esta enfermedad de aquellas culo contajio se contrae por medio de la comunicacion con los Enfermos, o las cosas inanimadas de que estos se han servido o tocado, separando a unos y otros a lugares, cuios Aires no tengan comercio con el pueblo de que se sacan, se preservan sus moradores.

    La ciudad de la Concepcion y su Obispado tienen dos muy recientes ejemplos de la eficacia de este medio devidos al sabio selo de U. S. que la libertó de este azote. El primero quando el Navio de Guerra San Pedro Alcántara arribó a Talcahuano el 22 de enero del año pasado de 1785 llebando en su tripulacion Viruelas que asotaron a los moradores de la Ciudad y puerto, pero ocurriendo las justas providencias de V. S. para impedir el comercio de las gentes de mar con las de tierra se vió salir este enemigo sin dejar rastro el mal que amenazaba. El segundo el año pasado de 1787, en que habiendose difundido este contajio desde esta ciudad hasta las ynmediaciones del Rio Maule, se hizo V. S. obedecer de este enemigo devorador de la humanidad, poniéndole márjen á las orillas de este rio por lo justo de sus Providencias, con que defendió a sus subditos de sus estragos.

    Igual éxito tubo este mismo adbitrio en los años de 1780 y 84, en que se separaron algunos Virolentos, que se descubrieron en la misma ciudad, y se trasladaron en el primero a la isla de la Quiriquina, y en el último a Coihueco, como apuntó este Protomedicato en el Informe que dió a esta Cap. General el mencionado año de 1785 en el expediente que V. S. remitió a ella siendo Maestre de Campo General de la Frontera con motivo del arrivo del San Pedro Alcántara de que se hizo memoria antes.

    Seria inútil aglomerar aquí higuales exemplares de la utilidad de este medio observados en todo el mundo, para convencer a los abitantes de la Concepcion quando tienen por testigo a su propia esperiencia; y assi omitiendo ynnumerables que pudieran sitarse concluie este Protomedicato: que ia que no se adoptó al principio, por razones que aquel Sr. Maestre de Campo juzgó por conbenientes en cumplimiento de la Real Orden que acompañó a la remesa de la Disertación de Franc.° Gil intitullada «Preservación de Viruelas» se ponga en práctica en el dia, si el número de enfermos, que haya en la ciudad de la Concepcion no es tan numeroso, que prudentemente se crea, que toda su Atmófera está contajiada.

    Bien conoce el Protomedicato, quan difícil es fundar esta conjetura, pero consultando la razon con consideracion a la Poblacion de que se trata que tiene entendido ascender de seis a ciete mil Individuos se persuade de que si el n.° de variolosos no pasan de ciento puede recurrirse a este espediente. En este caso deberian separarse con la prontitud posible a dos o tres Hospitales provisionales todos los enfermos, que se encontraren sin excepcion de Personas interponiendo el Gobernador todo el vigor de su Respetable Autoridad para examinar escrupulosamente toda la ciudad, conminando con severas penas a los ocultadores de los contajiados, entendiéndose por tales no solo a los actualmente detenidos en cama, sino también los que estuviesen convalecientes y sus ropas con las Providencias que a V. S. parecieren mas oportunas.

    Los Hospitales pueden ponerse en Penco Viejo impidiendo el tránsito de los Pasajeros por este lugar, o en otra parte que esté a sotabento de la ciudad prohibiendo absolutamente el comercio de las Gentes que sirviesen en ellos con las de fuera, y para evitarlo en el todo, designar un lugar intermedio donde resiban las proviciones que necesiten y pongan en Papel los avisos de sus urjencias, cuidando de pasar por vinagre estos papeles antes de berlos la persona que mantenga intelijencia con los contajiados.

    El Protomedicato desconfia de que este aviso llegue a tiempo, atendido el que ha corrido desde el primer descubrimiento de Viruelas en la Concepcion, pero como el Sr. Gobernador Intendente anuncia, que el progreso que hacen es mui lento, acaso no se havran multiplicado como debe temerse. Por otra parte se hace cargo de los estorbos que se presentarán g la excension de este medio i principalmente el de que el Pueblo juzgará temeraria esta Providencia i alegará escaces de caudales.

    En quanto a lo primero puede preguntarse a los Penquistos; si juzgarán por tal la Providencia que les separase de su sociedad una porcion de Incendiarios, y asegurar sus Habitaciones de ser despojo de las llamas a que las exponian? No se cree que habrá quien responda afirmativamente. Pues como otros tantos incendiarios deben reputar a los enfermos de Viruelas porque no hai epíteto que mejor cuadre a las Pestes que el de fuego consumidor de los Pueblos, y assi para explicarse el ingreso de esta plaga en alguna parte se dice oportunamente se ensendió la peste en tal o tal parte. En cuanto a lo segundo deben apurarse los adbitrios i recursos por el Pueblo puesto en extrema necesidad, assi como lo haria un Individuo oprimido de la misma pues por tal contempla el Protomedicato la de la Concepcion en este caso.

    Separados los enfermos en el propuesto a sus Hospitales, se debe de cuidar de purificar el aire de la ciudad por medio de fumigaciones, esto es, quemando en los ángulos de ella que esten a barlovento lerbas y Palos aromáticos como los de Colliguay Peumo, Arrayan, Pino, Romerillo, y otros que despidan buen olor, regar las avitaciones que han tenido enfermos con vinagre, y sobre todo: si algún individuo fuere acometido por algún resto de contajio separarlo inmediatamente.

    En el caso de que la Epidemia haya tomado tanto vuelo, que no sea adaptable el medio propuesto debe recurrirse a los siguientes: se hará uso de las fumigaciones mencionadas arriba, y del vinagre tanto regando con él las abitaciones, como colgando vasos llenos de este Licor en lo interior, y esterior de ellos a fin de purificar y embalsamar el ayre.

    Se arreglará el método de curar a los enfermos por razón General al propuesto por don Frasc° Gil en el apendise que puso al fin de la disertacion indicada arriba, cometiendo al socorro de los accidentes particulares que ocurrieren a la prudencia y pericia del facultativo, que estuviere encargado de tan críticas circunstancias.

    Se pondrán dos Hospitales provinciales uno a barlobento de la ciudad; y otro a sotavento, el primero de preparacion, y el segundo de Inoculacion. Aquel deverá estar a barlobento para que los individuos que se dispongan a la operacion no se contajien en esta estacion por las exalaciones de la ciudad; y este a sotavento para que los inoculados no añadan miasmas al Pueblo. Al parecer del Protomedicato no hay lugar mas aparente para este último que la Isla de la Quiriquina. Esta operacion y la curacion de los infelices que fueron victimas de esta atroz enfermedad, se deberá confiar al cuidado de un médico de profesion, porque una y otra mal manejadas sacrificaran muchas vidas, y al Protomedicato le parece que corren mas riesjo las de los hombres puestas en las manos de un mal médico, que las de un ejército confiadas a un mal General.

    Si estos Hospitales no bastaran para inocular todos los individuos que se presentaren o algunos no quisieren abrazar este partido puede recurrirse al de que salgan los que tuvieren proporcion a las campañas, excemptas del contajio, pero esta fuga deverá efectuarse con precaucion, no sea que por libertar unos pocos sugetos se inficcione un partido. Para evitar este escollo se determinara un lugar a distancia de una legua o legua y media de la ciudad, en donde los que salieren de ella con el destino referido deberán lavar sus ropas, esponerlas al viento libre, y sahumarlas con el vapor del vinagre hervido, y Romero, o Alusema quemadas u otra cualquiera materia aromática, residiendo en este paraje por dies o dose dias, y de allí sin haber comunicado con persona de la ciudad dirijirse al lugar libre.

    Los que no quisieren o no pudieren usar estos adbitrios deveran arreglar su réximen de vida preparándose para resistir la enfermedad por medio de la dulsificacion de la sangre, y demas humores. Esto se consigue usando alimentos suculentos y dulses, como las carnes de Abes, de Camarones, de Tortugas, las leches, los huevos, las Yerbas como las lechugas, Escarolas, Espárragos, Yerros, Perejil, y otros de este genero. En tiempo que las aguas corrientes esten mui frias se daran frecuentes y largos baños de medio cuerpo en agua dulce templada, y en llegando la estacion ardiente se daran baños de todo el cuerpo o en tina o mejor en agua corriente, para lo que son excelentes las del Bio-Bio.

    Deverán abstenerse de las bebidas espirituosas, como el Vino y licores de esta clase: de alimentos que bolatisen, y pongan en demaciado movimiento o mui torpe la sangre, como especerías, Mariscos, Pescados, carnes saladas, y en general de toda cosa crasa, y de dificil digestion, a este propósito, le parece al Protomedicato adbertir desde ahora que si aun dura la Epidemia quando llegue la Cuaresma del año que se sigue seria conbeniente que el Ilmo. Sor Obispo de aquella Diósesis dispense las comidas de Vijilia a las personas que estubieren en riesgo inmediatamente de padecerla.

    Ultimamente por lo que hace a medios de preservacion el Protomedicato ha a proponer uno que sobre de facil composicion y facilísimo uso, es mui recomendado por muchos sabios, y se ha publicacdo como específico para robarse a los contajios en el Diario Económico de Paris de dic. de 1754. Este es el celebre Vinagre llamado de los quatro Ladrones, cuia composicion y uso se ban a detellar.

    Se toma un puñado de Ruda, otro de Agenjo, otro de Salvia, otro de Yerba buena, otro de Romero y otro de Alusema: se pone todo en un cántaro u Olla de Barro virtiendole ensima cuatro pintas, u (lo que es lo mismo ocho quartillos de Vinagre de Vino blanco) se tapa bien la Basija, y se pone en digestion por quatro dias en cenisas calientes; pasados los cuales se deja enfriar, se pasa el licor por una manga hipocrática, y se guarda en Botellas bien tapadas con corcho, añadiendo antes a cada quartillo de él una dracma de alcanfor. El modo de usar este vinagre es el siguiente: El que quiere preservarse del contagio de Peste ó Epidemia, hase gárgaras por las mañanas y se enjuaga la Boca con un poco de él, y se frota los Riñones y las Sienes. Quando se quiere salir al ayre se suerve por las Narices un poco, y se lleva siempre un pedazo de esponja empapado en él para olerla amenudo, especialmente al acercarse a algún apestado ó lugar donde lo haiga.

    El Protomedicato no duda que el Pueblo de la Concepcion que no mide su riesgo, sino por lo que ha visto al principio de la Epidemia que le empieza a oprimir, tendrá por Impertinente la proligidad con que en este Informe se trata de su remedio, y acaso le parecerá que están demás las cautelas que se le proponen; pero esto no le escusa producirse con toda la formalidad que pide el grabe asunto de una Epidemia reciente que interesa la vida de tantos Hombres, para lo subsesivo y que si no se sufoca en su cuna en tomando fuerza, se hará irresistible: Que es quanto puede informar a V. S. en la materia. Santiago y Octubre 7 de 1789. — Firmados.—Dr. Joseph Antonio Rios.—Dr. fr. Pedro Manuel Chaparro.—Eujenio Nuñez Delgado.—Joseph Llenes.—José Antonio Sierra.

  20. «Expediente formado por el Subdelegado del Partido Coquimbo, etc.» Arch. del M. del I.—Vol. 814.

Historia general de la medicina, tomo I de Pedro Lautaro Ferrer

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