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Historia general de la medicina en Chile, tomo I/Capítulo XIX

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CAPÍTULO XIX.

Medicina Pública

Hospitales y Beneficencia




SUMARIO.—§ I. Fundación de hospitales. El de San Juan de Dios, llamado antes de Nuestra Señora del Socorro. Su erección, principales fundadores y fechas de sus reedificaciones.—§ II. El hospital de San Juan de Dios, de Concepción. El de Nuestra Señora de la Asunción, de la Serena. Los de Villarica, Imperial y Valdivia. La Caridad. Las Recogidas. La Casa de Expósitos ó de Huérfanos. El hospital de mujeres de San Francisco de Borja. El de San Juan de Dios, de Valparaiso. El de San Agustín, de Talca. Los de Chillán y Mendoza. Hospitales provisionales.—§ III. Administración civil y religiosa de los hospitales. Datos sobre la dirección del Cabildo y de los padres Capachitos. Los servicios técnicos. Deficiencias de los servicios debido al mismo atraso de la colonia.—§ IV. Estadística.




§ I.

Las primeras noticias que existen sobre la fundación del primer hospital de Santiago, datan del 3 de Octubre de 1553, fecha en que don Juan Fernández de Alderete donó unos solares para establecer el convento de la orden seráfica de San Francisco, con la condición de que se erijiera un hospital en dichos terrenos.[1] El fraile Martin de Robledo, aceptó la donación de los «solares y hermita, como lo ha dicho Fernández de Alderete, para el dicho Monasterio de Nuestro Señor San Francisco, y hospital que en él ha de haber.»

Tres años más tarde, en las referidas actas del ayuntamiento, se lee que, por acuerdo de 21 de Marzo de 1556, se mandó hacer «una capilla y altar en el hospital de N. S. del Socorro», en vista de ser práctica en España, el erijir la capilla antes que las salas para enfermerías.

Fué el Cabildo el que tomó esta resolución, por ser costumbre el que dicha corporación tuviese la dirección de los hospitales, hasta que pasó á ser su obligación por ley de 1565. [2]

Los terrenos indicados, estaban situados á una cuadra más al oriente de la actual ubicación del hospital de San Juan de Dios que data desde principios del siglo XVIII, en tiempos del presidente Ustáriz.

El 22 de Septiembre de 1556, los cabildantes nombraron á los primeros diputados, ó visitadores del hospital, que debían supervijilar la dirección general del establecimiento; correspondió este servicio al alcalde D. Pedro de Miranda y al encomendero D. Juan de la Cueva.[3]

La primera renta que se donó al hospital, y que sólo alcanzaba á 160 pesos, se debe á un alemán, que españolizó su apellido, Bartolomé Flores, que legó el molino del cerro, y que hasta hoy se conserva al oriente y al pié del Santa Lucía.

Este ejemplo fué imitado por personas caritativas, alcanzando á reunirse á fines del siglo XVI una renta de 600 pesos.[4]

Un razgo ejemplar que repercutió por mucho tiempo, fué la acción del indio Juan Nieto, que, al ver la pobreza del hospital, se ofreció el 16 de Junio de 1568 para servir de enfermero durante toda su vida, sin más gravamen que su indispensable alimentación.

La edificación de la casa hospitalaria pasó por demoras y dificultades innumerables, no sólo por la falta de recursos, sino por la caída de paredes que, á medio concluir, eran derribadas por la lluvia y los frecuentes temblores, como aconteció en mayor escala después del terremoto de 1647.

En 1702, el presidente Ibañez pudo hacer terminar el cierro del solar y habilitar una enfermería, á costa de mil pesos tomados de una multa de cinco mil que impuso á los padres franciscanos en reprimenda de un tumultuoso capítulo de elecciones que fue difícil de apaciguar, con gran escándalo de la colonia.

En 1714, el presidente D. Andrés de Ustáriz, reedificó el hospital, en el local en que hoy se encuentra.

En 1798, fué nuevamente reconstruido por el gobernador Avilez, que hizo levantar lo que hasta hoy se llama el crucero Avilez, y cuatro salas nuevas para enfermos, secundado por los vecinos Manuel Tagle Torquemada y José Ramírez Saldaña, que contribuyeron con su dinero y trabajos directivos, hasta la terminación de la obra, en 1801. En esta fecha el hospital contó con seis salas, en mejores condiciones higiénicas, y con 120 camas.

La beneficencia pública, fué siempre el sostén de estas santas instituciones que tan duras pruebas sufrieron en su principio, consiguiendo alcanzar la vida robusta que hoy llevan sostenidas siempre por la caridad y la acción de nuestras autoridades.

El hospital del Socorro, fué el humilde albergue de la caridad colonial, cuya iniciación se debe, como hemos visto, al esfuerzo particular, en primer término, secundado después por el gobierno del reino y los directores locales de los pueblos. [5]


§ II.


El largo período colonial, dió vida á los siguientes hospitales y casas de beneficencia:

El hospital de San Juan de Dios, de Concepción, fué fundado, provisoriamente, en el año 1552, siendo por tanto el primero de Chile; en 1557, el Gobernador don García Hurtado de Mendoza, fundó el hospital también provisional de San Julián.

El de Nuestra Señora de la Asunción, de la Serena, el 14 de Agosto de 1559, bajo la administración del teniente gobernador y justicia mayor del reino don Hernando de Santillán.

Con el de Santiago, estos hospitales, constituyeron los primeros asilos del dolor durante el siglo XVI.

El de San Juan de Dios, de la Serena, que reemplazó al de la Asunción, se debe á los esforzados trabajos del lego, de la asociación hospitalaria, Juan de Fuentes y Carranza que, en 15 de Noviembre de 1700, se presentó al Cabildo de aquella ciudad, solicitando el permiso para su organización. Su apertura sólo pudo efectuarse el día 5 de Mayo de 1745, sin que su piadoso fundador alcanzara la dicha de ver coronada su obra.

El obispo don Juan Bravo de Rivero, fue el activo cooperador y director de este hospital, hasta su completo establecimiento.[6]

El de la antigua Penco, fué restablecido en local definitivo en 1771, y tuvo por principal objeto el asistir á los enfermos y heridos militares que caían en las campañas del sur.

En el siglo XVII, se fundaron también los hospitales de Villarrica é Imperial, y á principios del siguiente, el de Valdivia, los cuales fueron destruidos repetidas veces, por las invasiones araucanas.

El siglo XVIII fué más fecundo en obras de beneficencia y construcciones hospitalarias. En Santiago se inauguraron las siguientes:

La Caridad, en tiempo de Cano de Aponte, en 1726, á fin de que sirviera de iglesia y campo santo, para doctrinar á los presos y enterrar á las víctimas del crímen, ó á los cadáveres de los ajusticiados.

Las Recogidas, el 11 de Noviembre de 1734, por el presidente Martin de Poveda, y el obispo Romero, para asilar á las meretrices. Se llamó más tarde á esta casa, la Corrección ó Corrupción, como decía el vulgo, y que hoy se halla transformada en el Buen Pastor.

La Casa de Expósitos, ó de Huérfanos, se fundó en 1758, con los bienes legados por el comerciante valenciano don Pendro Tisbe, y las donaciones de su albacea, don Juan Nicolás de Aguirre. Se abrió con 50 camas, una sala para parturientas vergonzantes y un torno para expósitos.

El hospital de mujeres de San Francisco de Borja, se erijió, en 1772, previa autorización real de fecha 3 de Junio de 1771, en las propiedades de los jesuitas expulsos,—en la casa donde tenían su noviciado—con 50 camas, repartidas en tres salas, asistidas por un médico y un cirujano, ganando el primero 12 pesos mensuales y el segundo 6 pesos y 67 centavos. Este hospital tuvo el usufructo de la botica de los jesuitas, única que había á la sazón en la capital ubicada en la calle de Morandé, hasta el año 1788. Su inauguración oficial se verificó en 1782, y sus progresos fueron rápidos, pues á principios del siglo XIX pudo contar con 110 camas, y salas especiales de parto, de cirugía, de venéreas y convalescientes.

Estas instituciones tan necesarias, han tenido siempre el óbolo manifiesto de la sociedad chilena y el socorro de los gobiernos. Los legados al hospital de San Borja y al de San Juan de Dios, de nuestra capital, merecieron el mayor apoyo y las donaciones se sucedían constantemente. Merece especial mención la herencia de la valiosa hacienda—agrandada por sucesivos obsequios—que hasta hoy es propiedad del hospital de San Juan de Dios, con el nombre de El Hospital. Este legado fué hecho por don Alonso de Miranda.

El hospital de Valparaíso, se levantó, provisoriamente, en 1783, en una bodega ofrecida por los padres domínicos. En 1790, se edificó en su local propio—perteneciente á los antiguos jesuitas—y se le bautizó con el nombre de San Juan de Dios, por ser también atendido por la orden hospitalaria, sirviendo para hombres, y también para mujeres en el caso que aumentasen las rentas y se pudiese hacer una instalación particular, según reza la constitución de dicho establecimiento, escrita por el presidente Jáuregui.

El auto de la fundación está fechado el 23 de Junio de 1777.[7]

La Junta de Temporalidades, presidida por el gobernador del puerto don Juan de la Riba Herrera, trabajó mucho por la instalación de esta casa.

El hospital de San Agustín, de Talca, cuyas primeras obras se extendieron á fines del siglo XVIII—en 1799—sólo pudo abrir sus puertas en 1804—con 16 camas—costeado por los vecinos don Juan Manuel y don Nicolás de Cruz,[8] que entregaron la construcción al arquitecto Joaquín Toesca, y le dieron todos los fondos necesarios para su completa instalación, dotando al hospital de una renta segura.

La supervijilancia de los trabajos la tuvo don Vicente de la Cruz, hermano de los fundadores.

El 8 de Julio de 1803, el monarca aprobó la creación del hospital y le adjudicó el noveno y medio del diezmo de la provincia.[9]

Con motivo de la inauguración de este hospital, se originó un hecho característico de la época y fue el llamado de un médico por medio de carteles pegados en un local visible de las plazas de Talca y de Santiago, haciéndole ver la conveniencia que hallaría en servir el puesto de médico del hospital de San Agustin, por su interés particular y el de la comunidad.

En el mismo siglo se fundó además el hospital de San Bartolomé de Chillan, cuyo entusiasta organizador fué don José Gabino con la autorización del Barón de Ballenar.[10]

El hospital de Mendoza, fundado por el padre de Belem José Melendez, á fines del siglo XVIII, llevó el nombre de Hospicio de San Antonio de la ciudad de Mendoza.[11]

En los albores del siglo XIX, se echaron las bases del Hospicio de Pobres, por orden de la Real Audiencia, asignándosele á esta obra la suma anual de mil pesos, tomada del ramo de balanza.[12]

Fuera de las fundaciones de hospitales y casas de beneficencia que hemos apuntado, hay que contar con múltiples construcciones provisorias para la sanidad militar, y las instalaciones ad hoc para atender á los enfermos de epidemias, entre las cuales se hallaba en primer lugar la peste de viruelas. [13]

Tal es el resumen suscinto de este importante ramo durante la era de la dominación española.[14]


§ III.


La administración de los servicios hospitalarios se divide en tres períodos, atendiendo á la dirección civil, ó del Cabildo, á la religiosa, ó de los padres hospitalarios, y á la de la beneficencia pública que rije hoy dia, de acuerdo con las autoridades civiles y sanitarias.

El primer período corresponde á los años que medían entra 1556 y 1617, en que los cabildos por intermedio de sus diputados, dirijian todos los servicios, hasta que entraron los padres capachos ó capachitos,—como los llamaban por llevar cubierta la cabeza con la capucha del hábito—que hasta el año 1823, tuvieron la dirección de los hospitales bajo una lijera supervijilancia civil.

La institución laica de la beneficencia pública llena el tercer período que es el que rije actualmente.

La primitiva administración del ayuntamiento, en ardua época de conquistas y de defensa propia, tuvo, naturalmente, que resentirse en lo tocante á la salubridad y hospitales.

Todos aquellos servicios, fueron no sólo deficientes sino malos y muchas veces perniciosos.

Los malos médicos por un lado,—á algunos de ellos los llamó el Cabildo supinos ignorantes—y la falta de medios de asistencia, como la escases de camas [15] alimentos y ropas, de útiles y recursos, y de elementos indispensables, por otro, hacían que los hospitales primitivos fueran temidos por el pueblo. Más de un historiador ha dicho que aquellos establecimientos fueron durante algún tiempo, depósitos de cadáveres, antes que sitios de alivio y de salud.

Para reformar tan funesto réjimen, el presidente Alonso de Rivera hizo traer á Chile á los padres capachos, después de haber mandado como emisario especial, para esta comisión, al general Juan Perez de Urazandi, que preparó la venida de estos religiosos para el año 1617. El virrey del Perú, Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, autorizó la traslación de cuatro padres, en 13 de Abril de 1616, y poco después la aprobó Felipe III. El prior de la nueva orden, fray Gabriel Molina, se trasladó á Concepción, á ponerse á las órdenes del gobernador Rivera, pero estando este gravemente enfermo sólo alcanzó á auxiliarlo en sus últimos instantes.

El mismo dia de su muerte, el 7 de Marzo de 1617, don Alonso de Rivera firmó las capitulaciones de recepción y réjimen de los padres hospitalarios. Según estas bases, los hospitales de Concepción y de Santiago quedaban dirijidos por la Orden de San Juan de Dios, bajo la supervijilancia del patronato real.

El padre Molina, después de recibirse del hospital de Concepción pasó á Santiago á solicitar del ayuntamiento la entrega del hospital en cumplimiento de las órdenes del difunto gobernador; más, el Cabildo se negó á cumplir la orden, pues la obedecieron pero sin darle cumplimiento, como reza la curiosa resolución que transcribimos entre los documentos siguientes, tomados de la sesión de 18 de Abril de 1617:

Títulos del Hospital.—En la ciudad de Sanctiago de Chille, en diez y siete dias del mes de abril del el año de mill y seiscientos y diez y siete, ante el Cabildo, Justicia y Regimiento desta dicha ciudad y por ante mí el escribano se presentó esta petición con las provisiones que hace mención.

Fray Gabriel de Molina, hermano mayor de los que venimos á este reino de la Orden de nuestro padre el beato Joán de Dios, ante V. S. parezco y digo: que yo y tres compañeros hermanos venimos de la ciudad de los Reyes enviados por el señor Virrey y por el hermano mayor fray Francisco López, á pedimento del señor presidente y gobernador Alonso de Ribera, que sea en gloria, para administrar los hospitales deste dicho reino, conforme á la advocación de nuestro instituto, y nos presentamos ante Su Señoría, el cual nos entregó el hospital de la ciudad de la Concepción y dió título para que se nos entregase el desta ciudad con las condiciones que en el dicho título se contienen, que presento, y para que se mande guardar y cumplir con esta real provisión que asimismo presento.

A V. S. pido y suplico se sirva de mandarnos entregar y entregue el dicho hospital para que desde luego acudamos á los ministerios de nuestra profisión en él, de que resultará mucho servicio á Dios, nuestro señor, y bien de los pobres.—Fray Gabriel de Molina.

Y visto por Su Señoría el dicho pedimento, dijeron: que á Su Señoría le es notorio el grande bien que el hospital rescibiera de que se cumplieran las provisiones que tienen presentadas, por la utilidad dél y porque al presente se ha visto y el tiempo pasado el gran daño que tiene y la diminución en que ha ido el dicho hospital y el poco refrigerio y cuidado que se tiene con los enfermos y nescesidades que en él pasan, y que, por haber muerto el señor presidente y gobernador Alonso de Ribera, que la despachó, y no estar confirmadas por el señor Gobernador, las obedecen, y en cuanto á su cumplimiento no ha lugar y que ocurra á pedir su justicia donde y cómo le convenga ante el señor Gobernador, excepto el capitán Santiago de Uriona, que su voto y parescer dijo ser que se rescibiese al dicho hermano fray Gabriel Molina en el cargo para que es nombrado; y lo firmó y los demás del dicho Cabildo que fueron de parescer se guarde lo proveído; en cuyo estado, Juan de Astorga, procurador general della, dijo que en nombre desta ciudad y por su bien, de no rescibir por tal mayordomo del dicho hospital apela para ante los señores de la Real Audiencia, donde pide se vaya á hacer relación.

Y Su Señoría dijo que la oye y se vaya á hacer la relación que pide.—Joán Pérez de Urasandi.—Joán de Azoca.—Santiago de Uriona.—Antonio de Azocar.—Alonso del Campo Lantadilla.—Don Diego González Montero.—Don Diego Jaraquemada.—El licenciado Escobar Villarroel.—Ante mí.—Manuel de Toro Mazote, escribano público y de cabildo.

Don Felipe, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Hierusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, Indias y Tierra-firme del Mar Océano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, conde de Absburg, de Flandes y de Tirol, señor de Vizcaya y de Molina, etc.

Por cuanto ante don Francisco de Borja, príncipe de Esquiladle, gentil-hombre de mi cámara y mi Virrey de las provincias del Pirú, se presentó el memorial siguiente, etc.

Excmo. señor.—El hermano Francisco López, de la Orden del beato Joán de Dios, hermano mayor de hospital del señor San Diego de los convalecientes desta ciudad, dice: quel general Joán Pérez de Urasandi, procurador general del reino de Chille, le ha pedido en nombre del Gobernador dél, cuatro hermanos para que sirvan en hospitales que S. M. tiene en él, donde se curan los soldados del ejército del dicho reino, en las ciudades de Sanctiago y la Concepción, por haber muy gran falta de personas que acudan á su regalo y curación, en que padecían muy gran necesidad, lo cual no ha querido acetar sin que V. E. lo mande; para lo cual suplica á V. E. mande dar su provisión para que él pueda dar los dichos cuatro hermanos y otras de recomendación en que se encargue mucho al Gobernador y Real Audiencia los amparen, pues van á servir á S. M. y á los pobres de aquel reino, en que rescibirá caridad y merced.—El hermano Francisco López.

Lo cual visto por el dicho mi virrey, teniendo consideración á las causas referidas, fué por él acordado que debía de mandar dar esta mi carta y provición real en la dicha razón, y yo túvolo por bien, por la cual doy licencia y permisión al hermano Francisco López, de la Orden del beato Joán de Dios, para que pueda dar y entregar cuatro hermanos de la dicha Orden al cápitan Juan Pérez de Urasandi y los lleve á las dichas provincias de Chile para los efetos contenidos en el dicho memorial suso incorporado.

Y encargo y mando á mi gobernador y capitán general y Real Audiencia dellas los amparen y favorezcan en todo lo que fuere posible, porque así es mi voluntad.

Dada en los Reyes, á trece días del mes de abril de mill y seiscientos y diez y seis años.—El príncipe don Francisco de Borja.

Yo, Miguel de Medina, secretario de la gobernación destos reino del Pirú por S. M. la fice escrebir por su mandado con acuerdo de su virrey.—Registrada.—Joán de Esquibel—Chanciller.


Alonso de Rivera, del Consejo de S. M., su gobernador y cápitan general en este reino é provincias de Chille y presidente de la Real Audiencia que en él reside, etc.

Por cuanto por algunas causas convenientes al servicio de Dios, nuestro señor, bien y aumento del hospital de Nuestra Señora del socorro questá fundado en la ciudad de Sanctiago, invié á pedir al hermano Francisco López, de la Orden del beato Joán de Dios, y hermano mayor della en casa del señor San Diego de la ciudad de los reyes del Pirú, inviase á este reino algunos hermanos de la dicha su Orden para que tuviesen en administración el dicho hospital y se encargasen de las cosas pertenescientes á él; y en orden á esto, el dicho hermano Francisco López dió licencia y facultad al hermano fray Gabriel de Molina y á otros tres hermanos para que viniesen al efeto referido, y en prosecución de su viaje se han presentado ante mí con recaudos bastantes; y atendiendo á esto y á los muchos y grandes útiles, así á él dicho hospital como á los pobres españoles y naturales que á él ocurrieren á curarse, por la larga experiencia que se tiene de la caridad, vida y costumbres de los hermanos que profesan esta Orden y el mucho fruto que han hecho en todas las partes donde se han poblado, por la presente en nombre de S. M. y como su gobernador é cápitan general y por virtud de los poderes y facultad que de su persona real tengo, en la mejor via é forma que de derecho puedo y debo, nombro por administrador del dicho hospital (de) Nuestra Señora del Socorro al dicho hermano mayor fray Gabriel de Molina, para que lo tenga á su cargo y sus bienes y rentas, según y como lo han podido y debido usar los mayordomos que han sido dél y conforme á las capitulaciones que sobre la dicha razón están fechas, que son del tenor siguiente:

Primeramente, que el dicho hospital de la dicha ciudad de Sanctiago haya de quedar debajo del patronazgo real y en administración de los hermanos de la Orden del beato Joán de Dios y hermano mayor que es ó fuere, entregando la escripturas, rentas, propios que el dicho hospital tiene y que el dicho hermano mayor esté obligado á dar cuentas á la persona que el señor Presidente, nombrare de el rescibo y gastos y aumentos que el dicho hospital tuviere.

Item, que los oficiales que hubiere de tener el dicho hospital, como son capellanes, doctor, zurujano, boticario, barbero, los haya de nombrar y salariar el dicho señor presidente, como hasta aquí se ha hecho.

Item, que si en algún tiempo viniere á esta ciudad algún religioso sacerdote de la dicha Orden del beato Joán de Dios, se le haya de dar y dé la capellanía de el dicho hospital, y para ello se haya de vacar la de la persona que la sirviere, por ser su augmento y utilidad.

Item, que destas capitulaciones traerá el dicho hermano mayor confirmación de Su Majestad, y si no se sirviere de pasar por ellas, esté obligado á entregar el dicho hospital con cuenta y razón, como le ha sido entregado, con el augmento que tuviere, y ansimismo las ha de aprobar el hermano mayor general de la dicha Orden del beato Joán de Dios, las cuales se han de guardar é cunplir según y como de suso van declaradas, hasta tanto que por Su Majestad otra cosa se provea y mande; en cuya conformidad ordeno al capellán que es ó fuere del dicho hospital, y mando á las demás personas que en el asistieren á los oficios que aquí van expresados, guarden y cumplan lo que les ordenare el dicho hermano mayor, fray Gabriel de Molina, y le respeten y acaten por tal y ellos y las demás personas, estantes y habitantes en la dicha ciudad de Sanctiago y sus términos, le guarden y hagan guardar, á él y á los demás hermanos de la dicha su Orden, todas las honras, gracias, mercedes, franquezas, exenciones y libertades que deben haber y gozar y conforme se les concede por las bulas apostólicas, sin ir ni venir contra ellos en ninguna manera so pena de 500 pesos de oro para la camara de S. M. y gastos de la guerra por mitad.

Y ordeno é mando al Cabildo, Justicia y Regimiento de la dicha ciudad de Santiago que luego que el hermano fray Gabriel de Molina se presentare ante el dicho Cabildo, le resiban á la administración del hospital, so la dicha pena, al que lo contrario hiciere y este nombramiento se asiente en el libro del Cabildo de la dicha ciudad, para que en todo tiempo conste.

Que es fecho en la ciudad de Concepción á 9 de Marzo de 1617—Alonso de Rivera—Por mandado de S. S.—Domingo Hernández Durán.

El síndico y mayordomo de la ciudad de Santiago don Juan de Astorga, tomó la representación de los padres y apeló de la negativa del Cabildo, ante la Real Audiencia, cuyo tribunal decretó con fecha 18 de Abril de 1617 la revocación del auto y ordenó la inmediata ejecución de lo mandado por el gobernador Rivera.

El mismo dia Fray Gabriel Molina se puso en posesión del hospital, previo el juramento de estilo y la otorgación de una fianza dada en su favor por el mercader Martín Sánchez, ante el escribano público don Manuel de Toro Mazote.

Desde dicha fecha el antiguo hospital del Socorro pasó á llamarse de San Juan de Dios.

Los padres capachos, se hicieron cargo de la administración interna, con amplios poderes, reservándose la autoridad civil el derecho de revisar las cuentas y nombrar y vijilar á los médicos, cirujanos, sangradores y capellanes.

Al principio de este nuevo réjimen las cosas marcharon mejor, tanto por la misma actividad de los relijiosos, como el respeto confianza y cariño con que los recibió el pueblo; pero ya por la venida de nuevos padres neglijentes ó viciosos 3 la mala inversión de los escasos recursos pecuniarios, el hecho es que el orden interno volvió á perderse y los servicios hospitalarios cayeron, en diversos períodos, en el mayor y más censurable desprestijio.

Con unos cuantos colchones de melinje—veintiuno en el año 1638—y sobre los cuales dormian en inmundo hacinamiento dos ó tres enfermos, principalmente en tiempos de epidemias, con cinco bacinicas de cobre y tres geringas de estaño, y con un canco de agua fria en el centro de cada sala para que los enfermos fuesen á beber, por si solos y á discreción,—todo esto como único menaje—amén de las irregularidades del servicio del personal, se puede concebir cuales serían las desastrosas consecuencias que soportaban los enfermos en aquellos dias del antiguo reino.[16] En otros puntos de este estudio histórico, ya hemos hecho referencia á tan pésima situación, y al complemento de estos males, al tratar de los bachilleres y varchilones que despachaban á sus clientes á fuerza de llenarlos de mercurio y agua caliente, aniquilarlos con las sangrías y envenenarlos con el ignorante abuso de hierbas, cuya acción fisiológica desconocían por completo.

El espiritual Vicuña Makenna, tratando de los desordenes de los capachitos dice que los frailes de San Juan de Dios, se habían hecho calaveras, á fuerza de estar en las sepulturas.[17] Este mismo autor anota que dicha decadencia de la orden hospitalaria fué suprimida en gran parte por el famoso Corregidor don Luis de Zañartu, llamado el mano de fierro, durante su administración que duró desde 1772 hasta 1779.

En los dias de la patria vieja, los cargos y odiosidades contra esta institución se redoblaron, porque estos padres se hicieron realistas—salvo honrosas escepciones, como el padre Chaparro—y no disimulaban su mala voluntad para asistir á los servidores del ejército patriota. Fué público en aquellos dias, las dificultades y trabas que opusieron para incorporarse al servicio de los hospitales militares.

En cuanto á los religiosos, cuya obra nos ocupa, debemos consignar que si es verdad que hubo épocas en que abusaron de su puesto, en que fueron neglijentes en sus tareas, en que invirtieron las rentas en sus satisfacciones particulares,[18] y en algunos casos se entregaron, aún, á licenciosas inmoralidades, hay, sin embargo, hermosos períodos de actividad y corrección y huellas luminosas de caritativos y santos varones que se dedicaron por entero no sólo al cumplimiento estricto de sus obligaciones, sino, tambien, al sacrificio y heroico olvido de sus personas en aras de la humanidad doliente.

Muchos de estos nombres tendriamos que exponer si fuera de otro orden el tema de este libro, por lo que sólo hemos apuntado en la sección respectiva los de aquellos que sobesalieron como médicos prácticos, útiles y abnegados.

En 1823, fueron separados de los hospitales, por decreto del presidente Freire y del Ministro Egaña, entregándose el servicio directivo á la benificencia pública presidida por el filantrópico y activo ciudadano don Manuel Ortuzar.[19]

La administración religiosa había durado 205 años. Mas adelante volveremos sobre el tercer período correspondiente á la dirección laica de la beneficencia.


§ IV.


Una antigua estadística, verificada por el historiador don Vicente Pérez Rosales, suma 26,230 enfermos, en los primeros 47 años del servicio hospitalario de Santiago, dirijido por los padres de la orden de San Juan de Dios. {1617—1664)

Entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional de Santiago y de los archivos de Beneficencia se hallan algunos cuadros estadísticos, cuyo resumen es como sigue:[20]

Hospital de San Juan de Dios de la capital. Desde 1738 hasta 1741—(27 meses).


Hombres, entrados 821
Hombres,Id. salidos 668
Hombres,Id. muertos 153

Mujeres, entradas 1,058
Mujeres,Id. salidas 963
Mujeres,Id. muertas 95

Desde 1741 hasta 1744 (34 meses).
Hombres, entrados 948
Hombres,Id. salidos 883
Hombres,Id. muertos 65

Mujeres, entradas 739
Mujeres,Id. salidas 685
Mujeres,Id. muertas 54

Desde 1744 hasta 1748 (4 años y 5 meses).

Hombres, entrados 1926
Hombres,Id. salidos 1875
Hombres,Id. muertos 51

Mujeres, entradas 1338
Mujeres,Id. salidas 1257
Mujeres,Id. muertas 81

El resumen general de estos diez años dá las siguientes cifras:[21].

Hombres, entrados 3695
Hombres,Id. salidos 3426
Hombres,Id. muertos 269

Mujeres, entradas 3135
Mujeres,Id. salidas 2905
Mujeres,Id. muertas 236

Como se desprende de los números citados, la mortalidad es muy escasa,—fluctúa entre un 6 á un 7%—corresponde, por cierto, á las noticias de los historiadores coloniales, que se quejan de la execesiva mortalidad de los hospitales, achacando á algunos la culpa á los médicos, otros á los religiosos y al pésimo servicio higiénico y ecónomico de dichas cosas.

Es tanto más de admirar esta estadística cuanto que en los años 1740 y 1741, hubo una terrible epidemia de viruela, siendo los enfermos atendidos en el hospital de San Juan de Dios, y á este respecto tenemos datos precisos sobre los estragos y mortalidad causados por esta enfermedad.

Debemos pues aceptar con reserva estos cuadros estadísticos de la colonia, que apuntamos sólo como datos históricos conservados en nuestros archivos.

Hospital de San Juan de Dios, de Valparaíso. Desde 1783 hasta 1784.

Hombres, entrados 224
Hombres,Id. salidos 198
Hombres,Id. muertos 26

Este cuadro es el de más elevada mortalidad, correspondiente a dicho hospital.

El más benigno es el siguiente:

Desde 1787 hasta 1788.

Hombres, entrados 561
Hombres,Id. salidos 154
Hombres,Id. muertos 13

El resumen de un legajo correspondiente á los años 1783—1790 [22] es así:

Entrados 3114
Salidos 2970
Muertos 114

Hospital de San Francisco de Borja. Desde el 8 de Marzo de 1782, fecha de su instalación, hasta el 30 de Septiembre de 1785:


Mujeres, entradas 3668
Mujeres,Id. curadas 2853
Mujeres,Id. fallecidas 525
Mujeres,Id. en tratamiento 291

Esta estadística parece ser más exacta.[23]

Hospital de San Juan de Dios, de la Serena. Desde 1784 hasta 1788.

Hombres, entrados 356
Hombres,Id. muertos 41

Mujeres, entradas 291
Mujeres,Id. muertas 37

Hospital de San Juan de Dios, de Concepción.

Desde 1766 hasta 1770 (4 años tres meses).

Hombres, entrados 1433
Hombres,Id. salidos 1368
Hombres,Id. muertos 75

Respecto á estas cifras nos atenemos á lo expresado en las estadísticas anteriores, y tanto mas cuanto que la ciudad de Concepción fue el centro de los servicios médicos de la campaña de Arauco y el asiento de numerosas epidemias que atacaron al ejército, á los españoles y á los naturales.

En el Archivo del Ministerio del Interior—en el volumen 965, sobre hospitales, se encuentran varios expedientes relativos al hospital de la referida ciudad, que dirijía el padre Prior fray Cayetano de Torres. En uno de los documentos, se anota un informe autógrafo del Sr. Joseph Puga y Girón—primer tronco de la familia á la cual pertenece nuestro distinguido doctor don Federico Puga Borne—tesorero real de la ciudad de Concepción, y después ministro de la Real Audiencia, en que certifica que las cuentas y libros del hospital, estaban en orden perfecto reconociendo la economía y buena administración de los fondos disponibles para la instalación de nuevas enfermerías.

Respecto de datos estadísticos se encuentra también un documento de utilidad para nuestra historia y cuyo título es así:

«Estado que manifiesta la Inspección y Examen, practicado el ajustamiento de las cuentas del Real Hospital de San Juan de Dios, que han corrido desde el dia 26 de Septiembre del año pasado de 1776 hasta el 31 de Diciembre de 1770, y contienen Once Libros foliados y firmados por el R. P. Prior fray Cayetano de Torres, que lo ha sido de dicho Convento en el citado tiempo; cuya diligencia se ha practicado en los dias 15 al 18 del corriente mes y año, en virtud de Orden del Muy Ilustre Señor Presidente, Governador y Capitán General de este Reyno, de fecha 3 del corriente, y con asistencia del Sr. Dr. Dn. Francisco de Arechavala, Gobernador de este Obispado, por ante Dn. Antonio Cirilo de Morales, Escribano de Real Hacienda, y Notario Mayor de este Obispado.»

Después de especificar los gastos generales se lee, en dichos apuntes, una partida denominada Salario del Médico, regulada en $300 anuales, y otra de $40 para el barbero sangrador.

Termina el informe con los dos cuadros que consignamos á continuación, que son un detalle de cifras estadísticas apuntadas mas arriba:

Años Curación de soldados
  Enfermos Sanos Muertos
1766 50 48 2
1767 138 134 4
1768 158 153 5
1769 153 149 4
1770 245 237 8
744 721 23
Años Curación de Pobres de solemnidad
Enfermos Sanos Muertos
1766 51 46 5
1767 143 134 5
1768 169 158 11
1769 152 142 10
1770 174 167 7
689 647 42

Concepción de la Madre Santísima de la Luz y Septiembre 20 de 1771.—Joseph Puga Girón.


  1. Actas del Cabildo de Santiago.—Doc. cit.
  2. Nov. Recop. de L. de Esp. é Indias.—Ley III—lib. 7.°. t. 38.
  3. El acta de la fecha indicada dice así: «Se confirma y ratifica por escrito el nombramiento de los primeros diputados del hospital, acordado antes sólo de palabras, á los señores Pedro de Miranda, alcalde ordinario y á Juan de la Cueva, con las facultades de intervenir en su dirección y vigilar la buena administración de el hospital, y ser sus representantes legales.»
  4. Orígenes de la Iglesia Chilena, por Crescente Errázuriz.—Ob. cit.
  5. Se confirma el hecho de que la acción individual inició esta obra, con las siguientes palabras, que aparecen en la real cédula de 31 de diciembre de 1628: «Por parte del Obispo de esa Iglesia Catedral—de Santiago—se me ha hecho relación que el hospital que hay en esa ciudad se fundó de una donación de un sitio que dió una persona particular de ella»—se refiere á los solares de Juan Fernández de Alderete—(Cedulario de la Biblioteca Nacional de Santiago.)

    Esto destruye la tradición tan conocida de que el fundador del hospital, hoy de San Juan de Dios, había sido el conquistador don Pedro de Valdivia.

  6. «Crónica de la Serena, desde su fundación hasta nuestros dias, 1549—1870. Escrita según datos de los archivos de la Municipalidad, Intendencia y otros papeles particulares, por Manuel Concha—Imp. de la Reforma—La Serena—1871.»

    —Expediente sobre la reconstrucción del hospital de San Juan de Dios en 1809. Se establece la sisa sobre los licores en beneficio del Hospital, y cuentas rendidas por el rejidor y comisionado para la recaudación del ramo de sisa de 1811 y parte de 1812.

    — Id. sobre la construcción del hospital de San Juan de Dios de esta ciudad de la Serena.

    — Inventario y mensura del hospital y demás papeles sin número de otro hospital, 1737, 1740 (Archivo del Cabildo de la Serena—Indice pub. por J. E. Peña Villlalón—Anales de la Univ. Dic. de 1899.)

  7. Cedulario de la B. N. de S.—El rey aprueba.su fundación por R. C. firmada en San Ildefonso, el 8 de Octubre de 1786.
  8. «Construcción del hospital de la muy noble y leal ciudad de San Agustin de Talca, capital de la provincia del Maulé, en el Reyno de Chile, á expensas de don Juan Manuel Cruz, y de don Nicolás—8 de Julio de 1803.»— Vol. 751.— N.° 15.— Arch. de la R. A.
  9. En la Biblioteca Hispano Chilena, ya citada, se encuentran algunos datos relativos á don Nicolás de la Cruz y Bahamonde, natural de Talca, que con su hermano don Juan Manuel fundaron el hospital de San Agustin de Talca.

    Don Nicolás publicó una extensa obra en 14 tomos, cuyo título es: Viages de España, Francia é Italia, siendo sus primeros volúmenes editados en Madrid y los últimos en Cadiz. Su autor, Consiliario de la Real Academia de las Bellas Letras de Cadiz y Conde del Maule, dedicó su trabajo a Chile y especialmente á Talca, su cuna, y al pueblo gaditano donde residía hacía 29 años, en 1806, fecha de la publicación del primer tomo de su obra. Tradujo del toscano la obra histórica del Abate Molina. En un oficio firmado por el Barón de Ballenari, al Ministro de Ultramar, el 3 de Mayo de 1796, lo recomienda encarecidamente; dice que como teniente de milicias urbanas y después como capitán de Húsares de Borbón, sirvió á S. M. á costa de su propio peculio en lo que ocurriese de la guerra que entonces se tenía con Inglaterra; da cuenta de un regalo—costeado por los dos hermanos—de un terno de tisú de valor de tres mil pesos para la parroquia de Talca; agrega, el Barón, que don Nicolás es un sugeto ilustrado, de conocimiento é ideas útiles y ventajosas en favor del Rey y de su patria; cita el regalo de los retratos de los monarcas españoles al municipio de Talca, y termina pidiendo para este señor, la condecoración de Carlos III. Don Nicolás de la Cruz murió en 1826.

  10. Hospital de San Bartolomé de Chillán. Con fecha 22 de Febrero de 1791, el Presidente O'Higgins decretó la fundación de un hospital en dicha ciudad, para servir al Partido del mismo nombre y las Doctrinas de Perquilauquén y Parral. Fué el primer procurador del hospital el padre de la O. H. de San Juan de Dios, del convento de Chillan, fray Alejo de Manticha.—Arch. del M. del I.—Vol. 965.
  11. Hospital de Mendoza.—El 2 de Marzo de 1763, el Cabildo y vecinos de Mendoza, elevaron una solicitud al Presidente de Chile, para que ordenase la instalación de un hospital en dicha ciudad, bajo la dirección de los padres Bhetlemitas. Firmaron dicha petición entre otros respetables vecinos los señores Juan Martínez de Rozas, Aurelio Joseph de Villalobos, Juan, Hugo, Francisco, Pascual, Diego y Pedro de Videla, Pedro Ortiz, Juan Corvalan, Joseph Fernan Sotomayor, Aurelio de Villanueva, Nicolás Godoy, Francisco Gonzalez y Santiago de Puebla.

    El gobierno de Chile aprobó la fundación de la casa que se denominó Hospicio de San Antonio de la Ciudad de Mendoza, el cual quedó á cargo del padre Juan del Carmen, superior de los bhetlemitas.—Arch. del M. del I.—Vol. 965.

  12. Arch. de la R. A.—Vol. 500.—P. 4.ª— Expediente sobre Hospicio de Pobres.—6 hojas.
  13. Arch. de la R. A.—Vol. 298, entre otros.
  14. Los siguientes archivos contienen datos numerosos sobre fundación y marcha de hospitales coloniales:

    Arch. de los ant. jesuitas:'—Vols. 14, 15, 18, 31, 65, 77, 81, 82, 86 y 91.—N.os 1221 á 1244 del cat. corresp. de la B. N. de S.

    Ministerio del Interior':—Vols. 930, 932, 961, 964, 965 y 966.

    Real Audiencia:—Vols. 480, 485, 500, 501, 598 y 662.

    En los arch. de gobierno, de la Beneficencia, y del Cabildo, hay numerosísimos documentos á este respecto.

  15. El ayuntamiento acordó, el 12 de Marzo de 1613, en vista de la escasez de camas en el hospital que se notificara al mayordomo de él para que en el plazo de un mes tuviera en todas las camas colchones de melinje, frazadas y una docena de sábanas bajo pena de hacerlo á su costo si dentro de dicho termino no estuviera cumplida la orden.
  16. En el volumen 738 de la R. A. se archiva la nota del protomédico Jordán de Ursino, al presidente del Reino, para descargar su conciencia en vista de la desorganización del hospital, y dar cuenta de que los enfermos se cubren sólo con una sábana la cual se cambia una vez por semana quedando, en tanto, los enfermos desnudos y el que no tiene camisa se queda en cueros, siendo muchos los que han permanecido en este estado durante todo el curso de sus enfermedades. «Los colchones, dice, saliéndose la lana por todos lados, sin lavarse años, hirviendo de piojos que es menester andar con cuidado. Las comidas se reducen á medio pan de afrecho y un pedazo de carnero que el que no puede agarrarlo le quitan el plato de que resulta muerto de flaqueza; si se quejan los enfermos los maltratan y los superiores no hacen caso á la representación del médico y contestan que nadie es juez de ellos y que para eso tienen buenos pesos.»

    «Gastan á lo más tres carneros al día, un peso de pan, dos reales de papas y una olla de mazamorra que á veces se cambia (por devoción de doña Clara de Toro) en otra cosa que no se comen los enfermos. Todo apesar de tener más de $3.000 de renta, censos, obsequios, chacras etc.»

    «La botica sin jarabes, ni pectorales, ni purgantes, ni aguas, ni polvos, ni semillas, ni raices, ni infusiones, ni ungüentos, ni lo demás necesario que para no dilatarme no nombro.

    El ungüento amarillo es sebo, la miel rosada es de cañas, el aguardiente cuesta pleito que se dé.»

  17. Los Médicos de Antaño en el reino de Chile, por Benjamin Vicuña Mackenna.—Ob. cit.
  18. Después del gran terremoto de 1647 en que quedó destruida la ciudad de Santiago, y sumida en la mayor miseria, los padres hospitalarios no cumplieron su deber y fueron amenazados con la destitución de sus puestos. La Real Audiencia se quejó al gobierno de España de esta anómala conducta, en cuya nota se decía «que los pobres padecían grandes incomodidades porque sus religiosos les faltaban en el sustento, y las limosnas y frutos de sus haciendas las consumían entre ellos.»
  19. Leyes y decretos del gobierno de Chile.—Año corresp.
  20. En las Noticias pertenecientes al Reino de Chile de don Juan José de Santa Cruz, se apunta en el año 1730 una estadística de 32,000 h. para la capital; en 1788 anota 803 nacimientos y 362 defunciones; en 1789, 757 nacimientos y 263 defunciones.

    En 1736 existían en el hospital de San Juan de Dios 120 camas, asistidas por 30 religiosos, y en el de mujeres 50 camas.

  21. Arch. del M. del Int.—Vol. 966.—Datos tomados de los manusc. correspondientes á la visita verificada por el general don Juan Francisco Barros, y fray Pedro Gallo.—Año 1748.
  22. Arch. del M. del I.—Vol. 961.
  23. Plan de las Mujeres pobres enfermas que han entrado á Medicinarse en el Real H. de S. Francisco de Borja.—Vol. 65 del arch. de los antiguos, jesuítas.

Historia general de la medicina, tomo I de Pedro Lautaro Ferrer

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