Historia VIII:Primera guerra de religión

← Historia VIII:Formación del partido calvinista
Capítulo 8 – Luchas interiores en Francia
Primera guerra de religión

de Charles Seignobos


Entonces empezaron en Francia las guerras de religión. Iban a durar más de cuarenta años. Hubo ocho guerras (de 1562 a 1595). Francia no tenía entonces ejércitos regulares, ninguno de los dos partidos era bastante fuerte para exterminar al otro. Cuando se había acabado el dinero y se sentía la fatiga de luchar, la guerra se contenía; pero tras un intervalo (de unos años por lo común), empezaba de nuevo.

Catalina, indiferente en religión, sin otro deseo que dominar, quiso primeramente desembarazarse de los Guisas, y empezó por apoyar a los calvinistas. Escribió en secreto a Condé para que viniera en su auxilio a Fontainebleau, donde ella y su hijo estaban prisioneros de los Guisas. Condé lanzó una proclama convocando a las armas a los calvinistas para librar al rey. Pero la tropa de Condé llegó demasiado tarde, Montmorency había obligado a la Corte a salir de Fontainebleau, amenazando a los criados de la reina con darles de palos porque no desmontaban bastante deprisa el lecho del rey. Llevó al rey y a la Corte a París. De París se expulsó a todos los calvinistas y fueron demolidas sus casas. Desde entonces dejó de haber protestantes en París.

Condé reunió gran número de caballeros y fué a acometer Chartres. En el camino supo que d'Andelot acaba de sorprender una puerta fortificada de Orleans. Inmediatamente salió a galope con sus hombres, las capas flotaban al viento, los sombreros volaban por el camino, los aldeanos, sorprendidos, reían a carcajadas. Llegaron ante la puerta donde d'Andelot se defendía aún con veinte hombres. Entraron a Orleans a galope. La muchedumbre que un momento antes sitiaba a d'Andelot, empezó a gritar: «¡Viva el Evangelio!»

Los calvinistas sorprendieron de esta suerte varias ciudades en el Norte de Francia. Tenían por lo común de su parte a los obreros, y también a los aventureros, que aprovechaban la ocasión para saquear las iglesias. Pero su fuerza principal estaba en en Mediodía.

En la Guyena, los calvinistas eran sobre todo campesinos y burgueses descontentos de los nobles. Se les censuraba haber dicho del joven rey: «¿Ese reyezuelo? Le haremos aprender un oficio para que se gane la vida como los demás». Montluc, un capitán que había hecho la guerra de Italia, gobernaba el país. Tuvo a su lado dos verdugos, y decía más tarde: «Se les llamó mis lacayos porque con frecuencia estaban junto a mí». Fué a prender a cuatro calvinistas que habían hablado mal del rey, los llevó al cementerio, mandó decapitar a uno e hizo colgar de un árbol a otros dos. Como el cuarto no tuviera más que dieciocho años, no quiso darle muerte, pero dijo: «Hice que le dieran tantos latigazos, que murió de resultas unos días después».

Habiéndose apoderado de una pequeña ciudad, mandó arrojar a los prisioneros a un pozo «que era muy hondo, dijo, y que se llenó tanto que se podía tocarlos con la mano». Se vanagloriaba de haber realizado estas ejecuciones «sin sentencia, ni escrituras, porque en estas cosas he oído decir que había que empezar por la ejecución». Tenía por sistema ahorcar. «Un ahorcado, decía, admira (asusta) más que cien muertos». —«Se podía, dijo, conocer por las ramas de los árboles el camino que había seguido».

En el Sudeste, el barón des Adrets, que había sido coronel en las guerras de Italia, tomó el mando de los calvinistas del Delfinado. Atacó Mornas, pequeña ciudad a orillas del Ródano, la obligó a capitular y mandó arrojar a los doscientos católicos de la guarnición desde lo alto del castillo al Ródano. Poco tiempo después, habiéndose apoderado de Montbrison, mandó conducir a los ciento cincuenta prisioneros hachos a la terraza y les ordenó que, uno por uno, fueran dando el salto al precipicio. Decía que había querido dar valor a sus hombres mostrándoles que podían tratar a los católicos como los católicos trataban a los protestantes.

Ninguno de los dos partidos tenía ejército para hacer la guerra. Los reformados no tenían más que unos cuantos miles de caballeros y una docena de ciudades. Los católicos y el rey mismo no contaban más que con escasos soldados y poco dinero. Por ambas partes se hicieron venir soldados de fuera. El rey tomó a su servicio dos regimientos de suizos que combatían a pie, armados con pica larga. El duque de Guisa hizo entrar en Francia cuatro mil infantes españoles y lansquenetes alemanes. Los calvinistas mandaron venir de Alemania jinetes protestantes, llamados reitres (caballeros). La reina de Inglaterra les envió soldados ingleses, que se apoderaron del Havre.

Los soldados no tenían aún uniformes. Los partidos se distinguían por una banda que se ponían rodeando el brazo. Los católicos llevaban la de los españoles, blanca con una cruz roja. Los protestantes adoptaron el color blanco que era el del rey.

Era difícil a estos pequeños ejércitos apoderarse de una ciudad fortificada; los cañones no disparaban aún más que balas de escasa fuerza para demoler una muralla. Los caballeros y gentileshombres no ejecutaban con gusto los trabajos de sitio. Los infantes suizos consignaban en un contrato de servicio que no se les emplearía en atacar una cuidad, no habían de servir más que en batalla. Todas las ciudades de Francia, aun las más pequeñas, eran entonces plazas fuertes, rodeadas de gruesas murallas. El partido derrotado en combate no tenía más que retirarse a sus plazas fuertes, y en ellas podía defenderse hasta que el contrario hubiera agotado el dinero con que contaba para mantener sus tropas. La guerra podía durar indefinidamente.

El duque de Guisa, habiendo conservado al rey en su poder, tuvo la preponderancia. Los católicos tomaron una por una las ciudades de que los protestantes se habían hecho dueños. Tours, Poitiers, Angers, Bourges y Rouen que fué saqueada.

Condé, con el ejército protestante, atacó Dreux, donde un habitante había prometido hacerle entrar. Fracasó el golpe. Los protestantes se retiraron, el de Guisa los persiguió y acometió. Se dió la batalla de Dreux, la más grande de la época (1562). Los católicos tenían 16.000 hombres, franceses, españoles, suizos, alemanes, contra 12.000 protestantes, franceses, ingleses y alemanes.

Los gentileshombres protestantes, a caballo, rompieron las filas de los caballeros católicos en el centro; pero los suizos habían formado el cuadro, presentado por todas partes un frente erizado de picas. Contuvieron a los protestantes y los obligaron a refugiarse en el bosque. Condé cayó prisionero.

El duque de Guisa fué a poner sitio a Orleans, única ciudad que había quedado a los protestantes en el Norte de Francia. Iba a apoderarse de ella, y el partido calvinista parecía perdido. Pero un gentilhombre calvinista, Poltrot de Méré, había penetrado en el campamento católico haciéndose pasar por desertor. Se ocultó en una espesura y disparó contra el duque de Guisa un arcabuzazo que le mató (1563). El asesino había querido imitar a Judit, matando al tirano enemigo del «pueblo de Dios».