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En la Edad Media la renta regular del rey era el producto de su patrimonio. En el siglo XVI todavía se seguía considerando el impuesto como un recurso excepcional, creado solamente para hacer la guerra, y se le llamaba "ingreso extraordinario". Pero los reyes habían ido distribuyendo poco a poco a sus favoritos casi todo sus bienes, aun cuando los hubiesen declarado inalienados. Las rentas del patrimonio no constituían, pues, más que una parte muy pequeña de los ingresos, todo el resto procedía del impuesto.

Francisco I gastaba mucho. Hacía la guerra, levantaba castillos, daba magníficas fiestas, concedía pensiones enormes a sus favoritos. Tuvo grandes necesidades de dinero, y siempre el dinero le faltó.

Para proporcionárselo, dobló las tallas que pesaban sobre los aldeanos. Obligó a los habitantes de las grandes ciudades, sobre todo a los de París, a pagarle un impuesto extraordinario, llamado donativo gratuito. En los momentos difíciles, vendió sus tierras y las joyas de la Corona.

Francisco I hizo muchos empréstitos. Como el rey no habría inspirado confianza, hubo acuerdos con la ciudad de París. El rey puso como garantía los impuestos que pagaba París sobre la carne, las bebidas, la sal. Los que prestaban, a cambio de su dinero, recibieron una renta perpetua, que se les prometió pagar todos los años con el producto de aquellos impuestos, y esa renta podían ellos revenderla. Por 200.000 libras prestadas se les había de pagar 12.600 al año, con lo que el interés era del 8 por cien. Con estas "rentas del Estado", que había de elevarse poco a poco a 30.000 millones.

Para la recaudación de los impuestos y registrar el producto, el rey nombró personal nuevo. Para las rentas del patrimonio creó los cuatro tesoreros de Francia, que se distribuían el territorio del reino. Para los fondos tributarios, creó cuatro generales de Hacienda y cuatro recaudadores generales.

Como el rey necesitaba siempre dinero contante, precisaba tener tesoreros que tuvieran dinero suficiente para anticipárselo. Nombraba, pues, a gentes ricas, sobre todo hijos de acaudalados comerciantes. Aquellos financieros formaban unas cuantas familias unidas por lazos matrimoniales, y, por lo común, estaban de acuerdo entre sí. Anticiparon dinero a Francisco I para la guerra de Italia, para la elección imperial, para las fiestas del Campo del paño de oro. El más célebre, un rico mercader de Tours que se había hecho banquero, estaba encargado de los asuntos de la madre del rey, la reina Luisa, y llegó a ser barón de Semblançay. La reina madre, que se había incomodado con él, mandó que le procesaran, y fue condenado a muerte.

Enrique II reunió las funciones de tesorero y de general en un cargo único de tesorero general. Francia se dividió en varias regiones, que se llamaron generalidades. Fue el sistema que perduró hasta 1789.

El tesorero general no estaba encargado más que de guardar el dinero. Para recaudarlo se conservaban varios personales enteramente distintos, cada uno encargado del percibo de una clase de ingresos.

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