Ganivet en Finlandia

Ganivet en Finlandia de Constantino Román Salamero
Nota: C. R. Salamero «Ganivet en Finlandia» (15 de octubre de 1917) El Imparcial, Madrid, nº 18.203


Ganivet en Finlandia

 Los libros y las ideas que Ganivet fué sembrando en ellos, con una prodigalidad tan generosa como peregrina en la época en que vivió y en muchas otras de nuestra Historia han suscitado estos días en la Prensa comentaristas y comentarios reflexivos y laudatorios. Es este un hecho signficativo, plausible por demás, y en el cual debe insistirse, porque nunca en la tarea el resultado será estéril ni infecundo.
 Ganivet, a quien nadie podrá calificar de optimista cuando en sus escritos examina las aventuras y desventuras de nuestro presente y de nuestro pasado, fué siempre un espíritu afirmativo, naturalmente encaminado a buscar pasibles explicaciones y soluciones. Consideraba, sin duda, que las negaciones, sobre ser fáciles, son generalmente perniciosas y fatales, mucho más todavía en un país como España, desprovisto de dirección y de clases directoras. En su designio de alentar esperanzas que pudieran convertirse en realidades a veces echaba mano de recursos provisionales, las cuales ofrecían, entre otras, la indudable ventaja de mantener activa la luz del espíritu en el lector.
 Fué nuestro escritor un maravilloso alumbrador de almas y actividades, hasta para las naturalezas más raquíticas de entendimiento. Pocos hombres supieron estimar como el autor de «Granada la bella» el valor de los demás hombres, ni tampoco poner en la apreciación mayor suma de humanidad y de bondad.

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 Ganivet viajero merece un estudio lento y reposado; improvisar en este caso viene a ser algo así como lanzar injurias. Sus libros de viajes se diferencian de cuantos se han escrito en otros tiempos y ahora, entre otras muchas particularidades, en la singular maestría dentro del arte más legítimo, con que va llevando a la mente del lector las cosas para éste más raras o inhabituales.
 Al publicarse las «Cartas finlandesas» en 1898, «Clarín», que desconocía los libros anteriores qu Ganivet llevaba ya publicados, consignó en unas cuantas líneas de sus «Paliques» la admiración y la sorpresa que la lectura del libro le produjeron.
 A instancias y para uso de sus amigos de Granada, Ganivet fué publicando en El Defensor las cartas como el medio más adecuado de que llegaran a todos los curiosos de cosas exóticas que las apetecían. Eran éstos, en su mayor número, los amigos a quienes Ganivet llama afectuosamente «miembros de la tan ilustre como desconocida Cofradía del Avellano». Los cofrades fueron agradecidos con su paisano, y no les faltaban motivos para ello; al terminar en el periódico la publicación de las misivas, en número de veintidós, obsequiaron a Ganivet haciendo una esmeradísima edición de la obra.
 En la carta de introducción el escritor enaltece, como de pasada, el cosmopolitismo de los granadinos, con motivo de haber tropezado en un figón del Grao en Valencia con un compatriota suyo, que de frente parecía un tribuno, y de perfil un banderillero, a causa de lo largo de sus brazos y de lo desmedrado de su chaqueta. El tal granadino hablaba de las grandezas de su ciudad, de la sierra, de la vega y de la umbrosidad de los bosques de la Alhambra, y hablaba con elocuencia tanta ante aquel auditorio de comensales, que entre los platos y las bocas las cucharas se quedaban muchas veces a la mitad del camino.
 Ganivet no quiso interrumpir aquella disertación inesperada, aun cuando viera que entre cada dos verdades el orador metía un embuste tamaño como una piedra de molino. Es un buen comenzar para los lectores y el autor, aun cuanto éste jamás echara ni una sola mentira.
 Hablando de las teorías inventadas para explicar la constitución de las nacionalidades, cuestión candente en Finlandia, el autor nos muestra la inutilidad de todas ellas, y nos dice con grandeza ingenua que, por su parte, se considera indígena de todos los territorios que pisa. El malogrado Navarro Ledesma, entrañable amigo de Ganivet, nos re[...+ en un elocuente estudio que cuando éste viajaba por España sucedá que muchas veces le tomaban por viajante de comercio. El error que suscitaba la tranca risa de Ganivet, sin que llegara a explicárselo nunca, Navarro nos lo descubre y nos lo explica por la llaneza del trato, y sobre todo por la comprensión lúcida e inmediata que para él ofrecían siempre personas y cosas.
 La política finlandesa de la época sugiere a Ganivet atinadas observaciones sobre la nuestra. Desde luego deja sentado que en ese arte, el más complicado de todos, es falso todo sistema por ser la realidad demasiado grande para embutirla en ningún molde.
 Con ocasión de las elecciones del Parlamento finlandés, Ganivet nos habla incidentalmente de las revoluciones y del sufragio universal, bastante mal de la virtualidad de las primeras; relativamente bien, hasta cierto punto, del segundo.
 Es creencia casi universalmente extendida, dice Ganivet, que si la mayor parte de los pueblos europeos disfrutan un régimen político liberal, o relativamente liberal, ello es debido a las revoluciones. Si no las hubiera habido, nada se habría adelantado. El escritor granadino difiere de ese común sentir, y para combatirlo, sin que nadie pueda motejarle de retrógrado, recuerda un discurso del general Serrano, en que el caudillo de la revolución de septiembre, «sintiéndose por un instante erudito», dijo así a fin de justificar su obra:
 —Si en el mundo no hubieran existido revolucionarios, estaríamos aún adorando el caballo de Calígula.
 A esa especie de epifonema de los tiempos progresistas Ganivet alega, adoctrinado por el sentido de la historia, que los Calígulas tienen la vida corta y los caballos menos dilatada todavía. Al gobierno de un Calígula o de un Nerón no tarda en suceder el de un Trajano, un Tito o un Marco Aurelio. La revolución de septiembre fué para nuestro autor un pronunciamiento afortunado. Verdaderos revolucionarios son aquellos que albergan ideas más nobles y más justas que los demás, y las lanzan a las muchedumbres para que germinen y fructifiquen, defendiéndolas cuando llega el caso con el sacrificio, nunca con la violencia.
 Ganivet, que en sus viajes y residencias en el extranjero confiaba sus amistades al azar, sin buscarlas nunca, tuvo en Finlancia por esa causa más amigas que amigos. Así confesaba salir ganando, porque en esa península la mujer es superior al hombre; además encontraba en ella un medio más seguro para informarse de lo que ignoraba. Hay que advertir, y Ganivet también lo advierte, que en Finlandia las amistades femeninas son posibles sin estar abocadas a trocarse en otro sentimiento más peligroso. Nuestro autor confiesa que en este respecto delicado llegó a alcanzar una serenidad envidiable, y hasta que hubiera podido dar lecciones de calma aun a los mismos finlandeses.
 Gracias a [...]nimidad tan recia, Ganivet enseñó bien el francés a algunas señoritas, dió a conocer á otras algo de nuestra novela contemporánea, y consiguió en cambio hablar el ... con relativa facilidad, y que una dama pintara su retrato por haber descubierto en el semblante de nuestro autor una mezcla rara de moro y sacerdote egipcio.
 Queda aquí sin aducir ni comentar lo mejor y más sustancioso de estas preciosas cartas, escritas, como todo cuanto salió de aquella pluma privilegiada y malograda, con el pensamiento puesto en España, con el designio permanente e inquebrantable de curar sus males o aliviarlos. Otro día trataré de completar lo mucho bueno que hoy se omite.

C. R. SALAMERO