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Tipos y paisajes criollos - Serie III
Fueron toldos


Fueron toldosEditar

Indicados en el medio de una zona como de ochenta leguas cuadradas de pampa, cuya venta decidió el gobierno, aparecen los «Jagüeles de Pincen.» Están marcados en el plano con tres manchitas azules que significan aguadas, y en la leyenda, vienen tan pomposamente descriptos por el rematador, que casi le sugieren al lector ideas de paraíso terrenal, de tierra fecundada por varias generaciones, y de asombrosa fertilidad. Y ¡cómo no! ya que Pincen, en otros tiempos, cacique sin rival en toda aquella comarca, eligió ese sitio para campamento de su tribu, no puede haber duda que reúna condiciones especiales: pastos inmejorables y agua dulce, por lo menos, pues Pincen, debía, mejor que nadie, conocer los secretos de la Pampa y saber aprovecharlos.

Y el objeto ansiado del penoso viaje, fue de encontrar, cuanto antes, en la llanura, quemada por la persistente sequía, los famosos jagüeles de Pincen. Después de mucho andar, de cansar caballos, entre los sotrocos de esta tierra sin pisoteo, de perder el rumbo veinte veces, entre los escasos y mezquinos mojoncitos oficiales, de dudosas indicaciones, y escondidos entre las pajas, se acabó por encontrar, en la cuenca de un médano, tres pequeñas lagunas. No había, ni podía haber la menor duda: ahí era el antiguo sitio de las tolderías del cacique; y más que todo, lo confirmaba la presencia de innumerable cráneos y huesos de yeguas, quemados unos, muchos enteros, restos de festines pasados.

¡Pobre Pincen! Las rastros dejados en la pampa por su poderosa tribu, no dan gran idea de las delicias de su vida errante.

Y también establecieron los viajeros su carpa, donde habían sido toldos. El agua era poco abundante, pero dulce, y esto sólo era, para los caballos, un gran alivio, después de las penurias de los días anteriores.

Donde ha habido toldería, siempre hay agua; y donde hay agua, forzosamente, la vegetación es algo menos pobre que en otras partes; pero si el pasto no ha desaparecido para siempre de donde pisaron los indios, como decían que sucedía donde pisaba el caballo de Atila, tampoco ha crecido tupido ni más refinado.

En su estadía secular, y siempre momentánea, de aborígenes nómadas, no han fecundado nada; nunca, de sus manos sangrientas, ha caído semilla que prospere, ni ha germinado, en todas esas frentes estrechas y bajas, más idea que repugnantes instintos de rapiña, de crueldad, y de hartadas bestialmente compensadoras de hambres acumuladas.

Sobre los ceñudos arcos de sus ojos oblicuos, pesaba también el instintivo recelo de la fiera que siempre se siente amenazada, hasta en los recovecos de su guarida; y fácilmente se adivina que así era, pues de los toldos de Pincen, aunque fueran disimulados en un hueco, se podía divisar, por pequeñas abras, todo el horizonte, notar cualquier movimiento sospechoso en la Pampa, y huir, desaparecer rápidamente, entre las ondulaciones arenosas de la llanura, en guardia siempre contra la sorpresa fatal, viniera de otros indios, envidiosos y traidores, o de los cristianos exasperados ya por los malones repetidos, el saqueo de sus poblaciones, el arreo, burlón y ruinoso, de sus haciendas, el espantoso cautiverio de sus familias, el asesinato de sus hermanos, el continuo retroceso de su pacífica conquista del desierto.

Donde fueron toldos, fácilmente se oye zumbar el alma india, y surge de las aguas azules de las tres lagunitas, en el circo formado por el médano, la visión del pasado, tan reciente, por lo demás, que la civilización todavía, apenas piensa en borrarlo: alaridos y galopes, carreras locas de figuras endemoniadas, desnudas y moviéndose en los caballos, como sólo centauros lo podían hacer, blandiendo la temible lanza; orgías repelentes; horrorosos sufrimientos de las cautivas cristianas, entregadas a los feroces amores de semejantes amos, menos crueles cuando matan que cuando aman; y las evasiones emocionantes, y las epidemias de viruela, asoladoras, que casi destruyen tribus enteras, a pesar de los conjuros ingenuamente sanguinarios de las brujas, tanto más temibles para sus víctimas, cuanto más temerosas, ellas, de las amenazas del cacique.

Y se admira uno de que tan débil fantasma, haya tenido en jaque, durante tantos siglos, al invencible poder de toda una civilización armada. Es que quedaba escondido detrás de la transparente, pero misteriosa valla de la Pampa desconocida, y que la imaginación latina, siempre dispuesta a abultarlo todo, vacilaba en arremeterlo. Ahora que el ventarrón, desencadenado a la voz de jefes audaces y serenos, lo volteó, barriendo de la llanura sus toldos miserables, al solo flameo de la bandera argentina, queda abierto el desierto al esfuerzo civilizador, y se disolverá pronto hasta el recuerdo nebuloso de este pasado de pesadilla.

Vendrá, -vino, y ya pasó-, la cueva del pioneer solitario y nómada todavía, que arrea sus rebaños, sin más rumbo que el de «siempre más allá», y surgirá poco después, el rancho, bien humilde, por cierto, pero que, a pesar de su pequeñez, toma ya real posesión de la pampa desierta; modificando de tal manera su horizonte que el viajero que vuelve de más afuera, al ver, en un solo golpe de vista, tres de ellos, en tres leguas cuadradas, exclama, convencido: «¡Está muy poblado por acá!» Y más tarde, -no mucho más- la estancia, con su buena casa, sus galpones y sus alambrados, sus montes y sus cultivos, sus rebaños mansos y altamente productores, habrá borrado de la mente de los hombres que ahí mismo, fueron toldos.