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Todo, Señor, publica tu existencia;
todo tu gloria canta;
y, si todo enmudece, la conciencia
tu imagen agiganta.
Su fe te rinde el hombre en quien despiertas,
ya esperanzas, ya angustias;
su olor te dan las rosas entreabiertas
y las violetas mustias.
Tu alabanza pregona con su arrullo
la tórtola en la olmeda,
y una oración te eleva en su murmullo
la trémula arboleda.
Nadie, Señor, tu enojo desafía
ni tu ira desconoce;
y, al quererte burlar, la hipocresía
tu imperio reconoce.
El malo, como el bueno, al invocarte
se somete a tu yugo;
y aspiran a ponerte de su parte,
ya el mártir, ya el verdugo.
A ti claman, Señor, la plebe opresa
y el déspota vencido:
tu auxilio imploran el león sin presa
y el ruiseñor sin nido.
Todos a tu poder se supeditan,
y, besando tu huella,
todos, Señor, tu amparo solicitan
con razón o sin ella;
y, si airado nos vuelves el semblante
con ceño furibundo,
trepida como un seno palpitante
la redondez del mundo.
¡Sólo el sabio a dudar de ti se atreve!
¡Él, con saña ferina,
ciego escupe a la fuente donde bebe
y al sol que le ilumina!
No estudia el libro que a Moisés pasmado
tu almo labio dictaba,
ni el otro donde Newton admirado
tu nombre descifraba.
Haciendo escarnio de la fe sencilla,
no sabe ¡oh vil recelo!
ni doblar en la tierra la rodilla,
ni alzar la frente al cielo.
Si halla claras tus huellas inmortales,
blasfemando se aleja.
Ve la miel rebosar en los panales,
¡y aún duda de la abeja!