Fabla Salvaje: VII

 
Fabla Salvaje César Vallejo


VII



 Obsesionado Balta por los celos, aquella noche injurió a su mujer, la acuchilló a denuestos, y, poseído del más sincero y recóndito dolor, la decía:

 – Está bien, Está bien. ¡Pero tú has muerto ya para mí!

 Adelaida intentó en un principio persuadirle de que sus cargos eran infundados.

 El marido, exacerbado, gruñía sus imprecaciones en alta voz,acusando, hachándola a miradas, llorando, sangrando a pedazos.¡Qué la había hecho él! ¡Por qué le pagaba así! En la vida él no amó a nadie, sino a ella sola. No fue jamás un mal hombre, un vicioso, un holgazán. No. Fuera de su hermana, tantos años ausente, solo Adelaida. ¡Solo Adelaida en el mundo! ¿Quién la obligó para irse con él? Al formular esta pregunta, Balta empleaba un timbre de adoración infinita por su mujer. Asomaban en esa interrogación elástica, cérica, de una sublime trascendencia dramática, perdones, piedades, misericordias supremas. ¿Quién la obligó para seguirle? No. No le había amado jamás. ¡Adelaida mala! ¡Adelaida! ¿Por qué, mejor, no quisiste alotro desde un principio, antes que a él? Imaginándose Balta lejos y extraño a ella en el mundo y por toda la vida, la amaba con una ternura aun más grande y más pura. La amaba entonces mucho.Ahora mismo que la veía sufrir acudiría a consolarla y tranquilizarla y a prestarla refugio y amparo. Sí. La ampararía.¿Por qué se la hacía sufrir? ¡Tan buena! ¡Pobrecita! La ampararía. Y consternado en sus fibras más delicadas y sensibles y diáfanas, Balta lloraba y tenía la impresión perfecta y real de estarla escudando, de estarla procurando un bálsamo, de estarla haciendo el bien. Mas, luego, salvaba todo este orbe de hipótesis sentimentales, volvía a su dolor actual y lloraba y se le astillaba el alma a pedazos, a grandes pedazos.

 Adelaida fue acercándose a él.

 –¡Oye, Balta, por Dios!

 –¡Déjame! ¡Déjame!

 Ella arrodillose prosternada ante el marido, y se puso a gemir con desgarradora lástima de amor, inclinado el moreno rostro atribulado, vencida, suave, humilde, nazarena, dulce, aromada dedolor, diluida ella entera y en el varón absorbida, en un místico espasmo femenino.

 –Déjame.

 Y Balta agregaba, llorando, a su vez:

 –¡Tú has muerto ya para mí!

 Aquella misma noche la llevó al pueblo. A través de los desfiladeros y las abras cenagosas, cortando las nieblas y la oscuridad, se fueron.

 Ya en la casa del pueblo, Balta la hizo vestir de luto riguroso, y él hizo igual cosa. Obedecía ella, llora y llora. Una luz fría y anaranjada de esperma Iluminaba y tocaba de aciaga pesadumbre los blancos muros repellados, los objetos, el ladrillamen de la estancia. Fuera quedaba la noche negra y desierta.

 Cuando hubo acabado ella de vestirse de negro, la tragedia también acababa de volver a las internas capas de madera de la viga del hogar; volvía de arañar a deshora unos restos olvidados de corteza de aquel alcanfor secular; vagó por tales incisiones y,siempre con el viejo parásito miserable a cuestas, tornó y ocupó su lugar, destino en mano, dale y dale.

 Tras una noche llena de implacables suplicios morales para ambos, Balta, irritados los nervios por la vigilia y los pesares,transido, cárdeno de incurable desventura, con el amanecer,volvió al campo, abandonando a Adelaida en la morada de la aldea. Ella permanecía dormida y enlutada sobre el lecho.

 Llegó Balta a la cabaña y la volvió a abandonar, para ir a errar allende los páramos. Sin darse cuenta, advirtiose de pronto en el mismo montículo herboso que está al pie de la cresta calva,esbelta y tallada, donde la mañana anterior estuvo sentado, las piernas colgando sobre el abismo.

 Hacía buen tiempo ahora. Un sol caluroso y dorado esparcía su flama sobre los nacientes brotes de los terrosos sembríos, y el cielo despejábase de momento en momento. El rocío brillaba entre las primeras briznas, y cuando Balta subió a la cima,revolaban a su alrededor algunas ledras que se le pegaron de los follajes del tránsito, y tenía empapado el pantalón hasta más arriba de la rodilla. Aquella ropa encharcada empezó a despedir un vaho tibio e inocente.

 Balta, sentado en el filo de la roca, miraba todo esto como en una pintura. De su cerebro dispersábanse tumefactas y veladas figuras de pesadilla, bocetos alucinantes y dolorosos. Contempló largamente el campo, el límpido cielo turquí, y experimentó un leve airecillo de gracia consoladora y un basto candor vegetal. Abríase su pecho en un gran desahogo, y se sintió en paz y en olvido de todo, penetrado de un infinito espasmo de santidad primitiva.

 Sentose aun más al borde del elevado risco. El cielo quedó limpio y puro hasta los últimos confines. De súbito, alguien rozó por la espalda a Balta, hizo este un brusco movimiento pavorido hacia adelante y su caída fue instantánea, horrorosa,espeluznante, hacia el abismo.