Fabla Salvaje: II

 
Fabla Salvaje César Vallejo


II



 A la hora en que Balta salía de dormir, ya Adelaida había también regado y, con escoba que ella misma hacía de verdes y olorosas hierba santas traídas a esa hora de la campiña, había barrido, plata, los dos corredores, los dos patios hasta cerca de los primeros rellanos del huerto, la pequeña sala de arriba, el zaguán y la calle correspondiente a la casa. Se había lavado, y cuando servía el caldo matinal, de rica papaseca, festoneada de tajadas de áureo rocoto perfumado, a su marido plácido, todavía caían al plato humeante algunas gotas de mujer, de sus largas y negras trenzas.

  Adelaida era una verdadera mujer de su casa. Todo el santo día estaba en sus quehaceres, atareada siempre, enardecida, matriz, colorada, yendo, viniendo y aun metiéndose en trabajos de hombre. Un día Balta estuvo en la chacra, lejos. La mujer, agotadas sus faenas, propias de su incumbencia femenina, fue al corral y sacó a "Rayo". El caballo venía buenamente a la zaga de Adelaida, que lo ató al alcanfor del patio, y trajo seguidamente las tijeras. Se puso a pelarlo. Mientras hacía esto cantaba un yaraví, otro.

  Tenía una voz dulce y fluvial: esa voz rijosa y sufrida que entre la boyada es guía en las espadañas yermas, acicate o admonición apasionada en las siembras; esa voz que cabe los torrentes y bajo los arqueados y sólidos puentes, de maderos y cantos más compactos que mármol, arrulla a los saurios dentados y sangrientos en sus expediciones lentas y en los remansos alvinos, y a los moscardones amarillos y negros en sus vagabundeos de peciolo en peciolo; esa voz que enronquece y se hace hojarasca lancinante en la garganta, cuando aquel cabro color de lúcuma, púber ya, de pánico airón cosquillante y aleznada figura de íncubo, sale y se va a hacer daño al cebadal del vecino, y hay que llamarlo con silbido del más agudo pífano y a piedra de honda, ludiendo así la de lana verde y dorada que tejieran en regalo manos amorosas, y que, por esto, duele de veras estropearla y acabarla. Voz que en las entrañas de la basáltica peña índiga de enfrente tiene una hermana encantada, eternamente en viaje y eternamente cautiva... Así era la voz de Adelaida.

 “Rayo” dejabase. – Mañana, señor, va usted a portarse muy bien. Su dueño quiere tirar la prosa. Ya sabe usted. Déjese, déjese. Debe usted presentarse hermoso.

 El potro se inclinaba, deponiendo ante la dulce voz de la hembra imperiosa las tablas del fornido y gallardo cuello reluciente.

 Adelaida acabó el trasquilo.

 –¿Qué estás haciendo?

 Balta llegó y su mujer se echó a reír, respondiéndole, bajo unhalo llameante de casta verecundia:

 –Nada. Ya está. Ya está terminado.

 –Con que solo para pelar al animal vengo, suspendiendo y abandonando tanto trabajo que hay allá... ¡Qué tal mujercita!

 Ella se reía más dulcemente aun, y el marido acaricióla conmovido y lleno de pasión.